Hija del aire http://hijadelaire.nireblog.com Fri, 03 Jul 2009 15:17:56 +0100 Hija del aire http://files.nireblog.com/blogs/hijadelaire/gravatar.gif http://hijadelaire.nireblog.com http://nireblog.com DE CÓMO NACIERON EN LA CIUDAD DE LA HABANA SOLARES Y CUARTERÍAS (I) http://hijadelaire.nireblog.com/post/2009/05/22/de-como-nacieron-en-la-ciudad-de-la-habana-solares-y-cuarterias-i http://hijadelaire.nireblog.com/post/2009/05/22/de-como-nacieron-en-la-ciudad-de-la-habana-solares-y-cuarterias-i Durante años me pregunté cómo nació la proliferación de “solares” o “cuarterías” que tanto abundan en la Ciudad de La Habana. No todos se encuentran asentados en antiguas mansiones de la Ciudad Vieja ni surgieron de la ocupación por esclavos libertos de las grandes casas y palacios coloniales de sus amos cuando estos decidieron abandonar sus viviendas lujosas y expandir la ciudad hacia el Cerro primero y El Vedado después, hasta terminar en Miramar y Siboney.

Estos lugares de hacinamiento humano pueden encontrarse por doquier, y en especial, por la zona antaño residencial y distinguida de Santos Suárez y Cerro su número llama la atención. He podido identificar en muchos de ellos la planta característica del barracón que sirvió de vivienda a los esclavos en los antiguos ingenios azucareros, tal como lo describe Moreno Fraginals en El ingenio. Pero el Santos Suárez que he conocido en mi ya más de medio siglo de existencia siempre fue lugar de “alcurnias y linajes”. Incluso mi curiosidad me ha llevado a indagar en sus comienzos como reparto residencial, que fueron los mismos que los de su parcelación en las postrimerías de la República; a retratar sus maravillosas casas y chalets de las décadas del diez y del veinte del pasado siglo... Entonces, ¿cómo explicar esos solares que a veces hasta se encuentran de a dos o de a tres en una misma manzana?

Tal vez la respuesta se encuentre a la mano. Cuando vamos en un ómnibus urbano atravesando la ciudad o paseamos en auto, o simplemente emprendemos una larga caminata con amigos rumbo a las afueras de La Habana, nuestros ojos contemplan un paisaje que puede parecernos magnífico, como en los alrededores del río Almendares, o tal vez desagradable como en La Timba, célebre barrio marginal de Marianao, pero lo que sí no podemos imaginar es que La Habana y sus alrededores fueron muy diferente en otros tiempos. Ya ningún cubano puede recordarlo, porque nadie vive tres, cuatro, cinco siglos. Se trata de una memoria histórica que trasciende los plazos naturales de la especie humana.

Revisando el libro La Habana (Biografía de una provincia), escrito por el doctor Julio le Riverend Brusone como parte de una colección que abarca todas las provincias de Cuba, y editado por la Academia de la Historia de Cuba en 1960 (desaparecida ese mismo año), sin ninguna reedición hasta donde conozco, encontré una posible respuesta para el enigma de los solares y cuarterías diseminados por toda la ciudad. Decidí reproducir textualmente las cuartillas donde Le Riverend refiere a las posibles claves del fenómeno, porque su escritura es sucinta y reveladora, y porque tiene gran valor histórico, ya que en estos momentos el texto es una rareza bibliográfica.

Le Riverend hace una descripción de los rubros económicos más importantes que se desarrollaron en La Habana durante los siglos XVI y XVII. Luego de referirse a los cultivos tabacaleros y la ganadería, pasa a la caña de azúcar:

“Los campos de cultivo y los ingenios se agolparon primeramente en las cercanías de La Habana. Fueron 17 los ingenios terminados con el préstamo de
40 000 ducados concedidos por la Corona a los azucareros cubanos en la década final del XVI; hacia 1603 había varios ingenios sin terminar porque no disfrutaron de parejo financiamiento.

“Los ingenios primitivos se orientaron hacia la cuenca del río La Chorrera a Almendares, bien en sus riberas o sobre la Zanja Real que conducía el agua fluvial a la ciudad. Se dice que los dos primeros estuvieron en los lugares llamados Los Cangrejos (Puente de Chávez) cercano a las marismas —hoy cegadas— que se extendían hasta el puente de Agua Dulce actual, y Los Ranchitos (Zanja y Belascoaín); [...] Se sabe de cierto que el ingenio de Hernán Manrique de Rojas se encontraba en el Cerro, posiblemente sobre el río o muy cerca de él, a la vera de la Zanja. Una información no debidamente sustanciada afirma que en 1598 Antón Recio fundó uno en Guaicanamar, con los más completos equipos de la época; hay quien identifica este lugar con la villa de Regla actual. Sin embargo [...] dicho ingenio data de 1620-30 y quedó situado más al este por la zona de Jaruco, donde se encuentra hoy su nombre como toponímico. Uno de los primeros ingenios, el San Diego, se hallaba sobre el curso inferior del río La Chorrera.

“Los campos de cultivo de caña también estuvieron en la zona inmediata a la capital, (alejados de ella, situados en las costas o muy cerca de ellas, en busca de salida fácil por medio de los barcos de cabotaje) [...] En la segunda mitad del siglo se conocen ingenios cercanos a la ciudad, como el San Antonio Chiquito, en un punto que podría identificarse hoy con el espacio de la calle Zapata entre Paseo y Carlos III, cerca de la Zanja Real. Había los llamados Santa Cruz y Cerro, de difícil identificación si bien el segundo parece ser el viejo ingenio de Hernán Manrique de Rojas. Al oeste de la ciudad y relativamente cerca de la costa se hallaba el ingenio San Francisco de la Palma (hoy Jaimanitas). Por el sur, siguiendo la corriente del río La Chorrera, los ingenios habían pasado más arriba de Santiago de las Vegas y se extendían algunos de ellos entre Calabazar y La Chorrera de Managua [...]. No faltaba cierta preferencia por la zona del este de la ciudad debido a sus facilidades marítimas; en Cojímar, encontramos el ingenio San Pedro, varios más en los límites del corral Guanabo de Arriba, otros en Bacuranao y el de Juan Rodríguez en Río Piedras, extendiéndose la industria hasta las tierras de Jaruco (Guaicanamar) y Río Blanco (ingenio Garro) y, aún más allá, se encontraba el ingenio Canímar.

“Entre l700 y 1720 aparecen cerca de la ciudad los ingenios Barco y Coca (Wajay), Barandilla (Marianao), Calabazar, Quiebrahacha y Xiaraco. La industria llegó por el oeste hasta el corral Baracoa, donde se hallaban los ingenios de M. de la Cruz y de José Veitía. Por los campos de Guatao, Cano, Bejucal, Santiago de las Vegas, Baracoa, Quiebrahacha, Quemados (Marianao), Calvario, Jesús del Monte y San Miguel del Padrón”.

Le Riverend menciona una contracción de la industria azucarera ocurrida en los alrededores de 1740, causada, según afirma, por el agotamiento de las tierras, dedicadas a la agricultura desde el siglo XVI. Entre esa década y la de 1750 se trasladaron muchos ingenios s la zona este de la provincia, y hacia 1749 “en el punto de unión entre los círculos de las haciendas Managua, Bejucal y Aguas Verdes existían los ingenios Trinidad, Jesús María y Viajacas, Santa Bárbara, San Antonio de Beitía y el de Jacinto Barreto. Al este, solamente en los límites del corral Bajurayabo, había en 1753 los siguientes: San Nicolás, Jesús María, San Rafael, Nuestra Señora del Carmen, Loreto, San Vicente y Rosario. Cerca de la ciudad las antiguas zonas están representadas en 1762 por los siguientes ingenios: Coca, Duarte, Pacheco y León, en el Cano; La Chorrera, Rosario, Salazar, Retiro, San Francisco de Barco, otro Retiro, Barrera, Beatriz, Carrillo, Santa Catalina y Santo Domingo, sobre el río Almendares; San Antonio Chiquito sobre la Zanja Real; San Juan (caserío actual) y Guadalupe (La Guinera), en el camino de Santiago de las Vegas; y San Agustín, Aguacate, Ojo del Agua, San Pedro y Carbonero en el camino de Paso Seco (curso medio del río Almendárez)”.

Un poco después la proliferación de otros cultivos agropecuarios como el café, frutales, trigo y hasta cacao, este último de fugaz existencia, provocan la paulatina demolición de las haciendas azucareras. Comienza el asentamiento de grupos de población rural y ganadera, y los antiguos cañaverales ahora desmontados se llenan de hatos y corrales. El “señor de hato” o de corral, afirma Le Riverend, “era una personalidad de alta consideración social en el XVII”. Pero el incremento de la explotación agropecuaria termina por imponerse a la ganadería. Los agricultores tienen una distribución heterogénea, siendo muchos población de tránsito, inmigrantes en buscas de tierras y asentamiento, antiguos esclavos libertos..., pero estos nuevos grupos humanos mantienen el viejo molde originario: la hacienda. Aunque en el caso de San Miguel del Padrón, localidad originariamente poblada por vegueros, se mantuvieron también las características propias de esta clase de poblamiento. De las zonas más densamente pobladas surgen las villas, futuros pueblos. Y mientras, desde su centro, como una espiral vertiginosa, La Habana crece hasta convertirse en una espléndida ciudad colonial. (Continuará...)

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Fri, 22 May 2009 07:59:37 +0100
RÍO DE PENAS, RÍO DE SANGRE: la muerte de José Martí http://hijadelaire.nireblog.com/post/2009/05/16/rio-de-penas-rio-de-sangre-la-muerte-de-jose-marti http://hijadelaire.nireblog.com/post/2009/05/16/rio-de-penas-rio-de-sangre-la-muerte-de-jose-marti Mucho se ha escrito, especulado y aventurado sobre la muerte de José Martí Pérez, Delegado del Partido Revolucionario Cubano en el exilio, poeta, escritor, periodista, más conocido como el Apóstol de la independencia de Cuba. Al comparar las diferentes historias sobre su deceso, encuentro que difieren casi todas en meros detalles, como por ejemplo, si murió o no de cara al sol (ya se sabe que fue en un día muy lluvioso); si estaba solo o lo acompañaba alguien; si su acompañante fue el joven e imberbe Ángel de la Guardia o si, como últimamente ha salido a la luz, había con ellos una tercera persona, el isleño Pablo Raimundo Martínez, más conocido como El Inglesito; si fue una caída en combate o no se puede calificar como tal… En fin, pormenores que en mi opinión, tienen, desde luego, gran valor histórico, pero dejan sin atención a lo que verdaderamente resulta más importante y trascendente en la muerte del hombre que fue el más grande luchador de todos los tiempos por la libertad de Cuba: ¿Cayó Martí en Dos Ríos víctima de su ardor patriótico mezclado con su inexperiencia total como guerrero, o la última acción de su existencia obedeció por su parte a un acto plenamente consciente? ¿Fue su muerte accidente o decisión? Y si se trató de una decisión, ¿fue suya… o de otra persona o personas?

Y lo que es más trascendente aún: ¿Qué hubiera sucedido si Martí no hubiera muerto en Dos Ríos? ¿Qué significó su prematura desaparición de la escena política no solo para el curso de esa guerra, sino para el destino posterior de la Isla de Cuba?

Antes de emprender un análisis referente a estas interrogantes, paréceme que se debiera dejar bien en claro la incuestionabilidad de la naturaleza revolucionaria, antimperialista e independentista del pensamiento martiano. No es, pues, en la esfera ideológica donde hurgaríamos para intentar un acercamiento a posibles respuestas, sino en honduras mucho más profundas que pertenecen a los más íntimos territorios del Ser y la conciencia. Y hasta en los límites de la sufriente y castigada carne.

El Martí que llega a Cuba para incorporarse a la lucha es ya un hombre muy enfermo, y aunque por esos días escriba en su diario: “nunca me he sentido más sano”, cosa que no dudamos porque conocemos el vigor que la Idea puede trasmitir al cuerpo físico, hoy sabemos, gracias a los avances de la medicina moderna en el campo del diagnóstico de enfermedades, que Martí padecía desde su más tierna juventud una tumoración testicular, que en el principio fue una úlcera causada por el roce de la cadena de los grilletes del presidio político que sufrió a los dieciséis años, y se convirtió, con el paso del tiempo, en una lesión grave que llevó a los médicos a extirparle un testículo. También existen testimonios de laboratorio de la época, provenientes de estudios histológicos que fueron practicados a Martí en vida que inducen a creer que él padecía una sarcoidosis, enfermedad granulomatosa sistémica de origen autoinmune que afecta a varios órganos y sistemas del cuerpo, y se caracteriza por la aparición de tubérculos epiteliales con necrosis que afectan a cualquier órgano o tejido. La dolencia cursa con remisiones espontáneas y recidivas. Se encuentra en la papelería martiana, especialmente en sus cartas, nutrido testimonio de que el Apóstol vivió su breve vida acosado por sus síntomas. He aquí algunas de sus quejas con respecto a la toma del pulmón por la enfermedad: “Ceso de escribir porque la hormiga del pulmón no me deja trabajar”*; “Llevo un pulmón encendido y como desnudo”; “Llevo al costado izquierdo una rosa de fuego, que me quema, pero con ella vivo y trabajo”; “Me estoy quedando sin pulmón”. No menos lo mortifica su hígado: “El verano me ha caído con furia sobre el hígado”; “He estado en cama, como todos los veranos, con un odioso ataque de bilis que me ha tenido casi el mes sin conciencia de mí”; “Aquí me quedo clavado en mi roca, viendo cómo el águila se me lleva los pedazos de mi hígado”.

Martí padecía, además, de hinchazones en los ojos, que los médicos le diagnosticaron como una manifestación propia de la sarcoidosis que a menudo se confunde con uveitis o conjuntivitis. También lo aquejaban manifestaciones neurológicas de su patología, como desmayos que él mismo calificaba de “largos y mortales” y que también pudieron obedecer a bloqueos cardíacos producidos por la enfermedad: “A usted le contaría yo, seguro de que no se reiría de mí, las morideras que me tienen tan silencioso…”. Las manos se le helaban o entumecían y sentía ardores en las plantas de los pies (parestesias). Lo aquejaban altas fiebres y frecuentes disfonías que en ocasiones lo llevaban a una mudez total mantenida por varios días: “Todo yo estallo. De adentro me viene un fuego que me quema, como un fuego de fiebre, ávido y seco. Es la muerte a retazos”.

En algunos de sus retratos se aprecia a simple vista la caída del párpado derecho, síntoma que produce la sarcoidosis al afectar el tercer nervio craneal, lo que también fuera, quizá, causa de las frecuentes cefaleas que padeció Martí, aunque pudieron ser de carácter migrañoso, puesto que se refiere más de una vez en sus cartas a la molestia que durante esas crisis le causa la luz (fotofobia); en carta a María Mantilla escribe: “Una noche tenía como encendida la cabeza y hubiera deseado que me pusieras tus manos en la frente”. Tampoco le ahorraba su corazón cuitas, y en otra epístola deja constancia de que: “…aunque tengo en el lado del corazón un como encogimiento, y un dolor que no cesa un instante (…) y salta más de lo que debe, no me quejo…”.

Lo aquejan con harta frecuencia cólicos y diarreas: “A mi doctor, (digan) que soy todo flemas, coral y retortijones”. Lo atormentaban intensos dolores de estómago que algunos de sus médicos atribuían a perforaciones intestinales causadas por sus úlceras inguinales, las cuales, a su vez, le provocaban dolorosas adenopatías en las ingles que le dificultaban la marcha. Aquejado por todos estos sufrires, siempre débil, enfermizo, perdiendo peso y abrumado por el exceso de trabajo que constantemente se imponía, solía ayudarse de un preparado de la época, llamado Vino Mariani, una copa del cual constituía muy a menudo su único alimento, y que era “un vino medicinal con propiedades tónicas y estimulantes” creado a base de hojas de coca maceradas, muy de moda en la época y consumido por personalidades de todas las esferas de la sociedad, entre las cuales se contaban nombres tan ilustres como los del inventor Thomas A. Edison, el presidente norteamericano McKinley, la actriz Sarah Bernhardt, los generales Grant y Pétain, escritores como Emile Zola, Anatole France, Julio Verne, Henrik Ibsen, Paul Verlaine, Robert L. Stevenson, los médicos Charcot y Freud, el Príncipe de Gales, la reina Victoria, el zar Alejandro II, el Sha de Persia y hasta el Papa León XIII.

Si a tantísimo sufrimiento físico se le suman las penas graves del alma, como las producidas por la separación de su familia y de su hijo, que le llevan a escribir en sus cartas frases tan desgarradas como esta: “Vivo con el corazón clavado de puñales desde hace muchos años. Hay veces en que me parece que no puedo levantarme de la pena”, y se le terminan por añadir las muchas decepciones que le causaban las miserias humanas y la imperfecta y en ocasiones deleznable naturaleza de los hombres, estaremos en presencia de un ser profundamente atormentado y presa de sufrimientos físicos y morales espantosos.

Pero si al llegar a este punto conclusivo creemos que ya se ha dicho todo, nos engañamos. Queda aún por explorar un oscuro rincón del alma de Martí al que no deben de haberse asomado muchas personas, porque pertenece a la clase de ámbitos que un hombre de honor mantiene secretos y mistéricos hasta que la Muerte lo reclama. Me refiero al conflicto, que se deja apenas entrever, entre su pensamiento revolucionario convencido de la absoluta necesidad de la guerra, y ciertos escrúpulos éticos cuya presencia no debe sorprendernos en un hombre de su infinita sensibilidad humana y su innegable espíritu crístico que ardía de amor por sus semejantes. Mientras investigaba para este trabajo reparé en unas frases que había visto antes y me habían llamado la atención, pero sobre las cuales no me había detenido a reflexionar debidamente. Algunas las escribió en su diario de campaña la madrugada del 26 de abril. No las cito aquí en su totalidad por falta de espacio, pero glosadas, aluden a las habilidades sanadoras que recién acaba de descubrirse y que le proporcionan intenso placer: “Sentía anoche piedad en mis manos, cuando ayudaba a curar a los heridos”, escribe, y dos días después añade: “…tengo acierto (…) sin más que saber cómo está hecho el cuerpo humano y haber traído conmigo el milagro del yodo. Y el cariño*, que es otro milagro…, en el que ando con tacto y rienda severa, no vaya la humanidad a parecer vergonzosa adulación”. Sobre esta piedad física hacia los cubanos heridos en combate volveré a comentar más adelante.

Otra de las frases que me han parecido muy curiosas se encuentra en una anécdota acaecida unos meses antes de la guerra. Se encontraba una noche Martí en un cuarto cedido para su descanso por el patriota Luis A. Baralt y Peoli, quien de repente escuchó “suspiros profundos y quejidos lastimeros” provenientes de la habitación. Baralt, creyendo a Martí en apuros o víctima de una pesadilla corrió a prestarle auxilio, pero lo encontró perfectamente despierto y al parecer muy atribulado. Al interrogarlo sobre la causa de su aflicción Martí exclamó: “¡Ay, las madres, las madres, cuánta sangre y cuántas lágrimas van a correr en esta Revolución a que voy a lanzar a mi país!”. Esta escena, que parece sacada de uno de los momentos más intensos de una de las más altas tragedias del teatro griego clásico, es altamente reveladora de la presencia de una contradicción ontológica y quien sabe hasta qué punto autodestructiva en el alma del Maestro. Su implacable y extrema lucidez lo inducía a mirarse a sí mismo, en ese desdoblamiento temible que alcanzan los grandes Iluminados, al unísono como Redentor y como Verdugo de muchos seres.

¿Habría, acaso —me permito preguntar— alguna relación entre ese verse a sí mismo como a un Rebis de dolorosísima legitimación y esa piedad que le brota del núcleo mismo de su hombría como descubrimiento, como revelación casi, cuando sus manos llenas de piedad tocan las llagas en los cuerpos de los cubanos heridos en combate? ¿No es este acaso el mismo sentimiento, horroroso al tiempo que sublime, que se apodera de una madre quien, en vísperas del combate que sabe último y mortal, coloca sobre el cuerpo del hijo las armas de la guerra? Los heridos que curaba ¿no se habrá reprochado Martí que sean las mismas criaturas a quienes él lanzó al dolor y la Muerte? ¿No serán los que cure al día siguiente nuevas víctimas de esa Revolución de la que se siente si no único, sí máximo responsable? ¿Podría significar el sueño narrado en su célebre poema de los Versos sencillos “Sueño con claustros de mármol”, un típico sueño de angustia donde el soñante asiste a la metáfora del peso inmenso que significa la mirada implacable de los héroes posándose en su persona, cual si le reclamaran por el éxito o el fracaso de esa terrible aventura a la que va a arrastrar a todo un pueblo, su pueblo? Hay que establecer una nítida diferencia entre la concepción martiana de la guerra necesaria como único camino para que Cuba alcanzara su libertad, y la postura personal del hombre Martí ante la guerra como fenómeno ontológico, ante la cual, hombre de letras, místico, poeta y ante todo, humanista, mostró siempre profundo rechazo.

Siempre he creído que aunque pudieran establecerse mil teorías alrededor de la muerte de Martí, ninguna llegará a gozar de suficiente acreditación histórica mientras siga faltando la pieza que es, en mi humilde opinión, clave imprescindible para conocer la verdad: las páginas del Diario de campaña de Martí donde escribió sus impresiones sobre la reunión privada que sostuviera con Gómez y Maceo en La Mejorana. Los comentarios de quienes estuvireron allí aquel día hablan con harta elocuencia de que durante ese encuentro sucedieron cosas muy negativas que causaron profunda perturbación en el ánimo del Apóstol. Pero aún sin esas páginas que Gómez destruyó en un gesto tan inconveniente como comprensible, es sabido que existían fuertes contradicciones entre Gómez, Maceo y Martí; que las relaciones de estos dos últimos eran tensas y difíciles; que Maceo había cuestionado a Martí en público y en privado en más de una ocasión, y que la cuestión de la Presidencia de Cuba una vez alcanzada la victoria mambisa sobre España era un tema candente, que debió devenir puro fuego cuando, luego de su desembarco por Las Coloradas, Martí se encontró con que las tropas y los campesinos le llamaban no Delegado, como él hubiera admitido, sino Presidente. Es de suponer que los jefes guerreros de alta jerarquía, quienes no sucumbían a la enorme impresión que hacían el prestigio, la presencia y el verbo de Martí sobre los hombres de filas, no se sentirían muy a gusto con aquel calificativo espontáneo que brotaba de los labios del pueblo y que, automáticamente los excluía del poder.

El Martí de Dos Ríos, quien desobedece la orden de Gómez de refugiarse en la retaguardia mientras la tropa se lanza al combate —orden que aún cuando fue dada en medio de la agitación del momento y con el único fin de protegerlo, no deja de revestir cierto carácter descalificante, que no descalificador— es, pues, un individuo ya casi mortalmente enfermo, con el alma transida por múltiples dolores, decepcionado de los hombres y tal vez convencido de que su misión de antorcha, ahora que ya la guerra necesaria está en marcha, ha terminado, y su presencia, que creyera tan necesaria antes de pisar tierra cubana (“Yo evoqué la guerra: mi responsabilidad comienza con ella, en vez de acabar”), intuye ahora (después de La Mejorana) que, más que hacer bien a la causa de la independencia, podría convertirse en un elemento de disturbio tras la victoria cubana, llegada la hora de constituir la nueva nación. El germen de este ánimo donde la prístina luz parece haberse opacado ante la pena, se encuentra ya esbozado (¿?) en la famosa carta que Martí escribiera a Federico Hernández y Carvajal desde Montecristi, el 25 de marzo de 1895, a menos de treinta días de su trágico fin. Carta contradictoria, complejísima, donde Martí se propuso, tal vez, dejar plasmado su pensamiento político para las generaciones venideras, pero en la que, por detrás de esta posible intención testamentaria, se sienten latir dos pulsos al unísono; dos pulsos que muestran certezas y temblores en justa; dos pulsos donde la misma fuerza de argumentos se bate desde una y otra orilla del pensamiento de su autor. Reproduzco un fragmento con el riesgo que —no ignoro— comporta mutilar un texto:

Para mí la patria, no será nunca triunfo, sino agonía y deber. Ya arde la sangre. Ahora hay que dar (…) sentido humano y amable, al sacrificio; hay que hacer viable, e inexpugnable, la guerra; si ella me manda, conforme a mi deseo único, quedarme, me quedo en ella; si me manda, clavándome el alma, irme lejos de los que mueren como yo sabría morir, también tendré ese valor. Quien piensa en sí, no ama a la patria; y está el mal de los pueblos, por más que a veces se lo disimulen sutilmente, en los estorbos o prisas que el interés de sus representantes ponen al curso natural de los sucesos. De mí espere la deposición absoluta y continua. Yo alzaré el mundo. Pero mi único deseo sería pegarme allí, al último tronco, al último peleador: morir callado. Para mí, ya es hora. Pero aún puedo servir a este único corazón de nuestras repúblicas. Las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra América, y el honor ya dudoso y lastimado de la América inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo. Vea lo que hacemos, Vd. con sus canas juveniles, y yo, a rastras, con mi corazón roto. Y en otra parte de su obra escribió: “Espanta la tarea de echar a los hombres sobre los hombres”.

"Para mí ya es hora", y "Vea lo que hacemos, Vd. con sus canas juveniles, y yo, a rastras, con mi corazón roto".

"Para mí ya es hora…"

Sí, el Martí de Dos Ríos se me antoja un hombre acorralado por circunstancias que le rebasan, pero que aún quiere, con toda la fuerza que conserva intacta en su alma apasionada, servir a este único corazón de nuestras repúblicas. Y es aquí donde la tesis de la muerte concebida como ritual de sacrificio adquiere ominoso sentido: la famosa muerte masónica, diseñada dentro de un triángulo, dos de cuyos lados son los dos ríos. Quien ya no sirve para la Vida, puede todavía servir a la Muerte como víctima propiciatoria. Quien ya no tiene lugar en la existencia siempre puede inmolarse para que la Patria encuentre su lugar en el mundo. El pequeño hombrecito que lanza su caballo en medio del fuego enemigo, deja de ser ante nuestros ojos ciegos un guerrero irreflexivo e inexperto para trasmutarse en el Homagno, el gigante humano que elige su salida de escena., que se entrega a sí mismo como manjar y ofrenda a los celosos dioses del alibi.

QUÉ HUBIERA SIDO SI…

Y para terminar este trabajo, quiero correr el riesgo de error que entraña todo intento de responder a una gran interrogante de la Historia: ¿Qué significó para el destino de Cuba la temprana muerte de José Martí? Pregunta que plantea de inmediato otra pregunta: ¿cuántos años hubiera vivido Martí después de la victoria, teniendo en cuenta que era un hombre casi mortalmente enfermo, y muy probablemente ya aquejado de un cáncer como estadio final de su sarcocele?

De una cosa estoy absolutamente segura: Martí jamás habría disuelto el Partido Revolucionario Cubano como hizo Tomás Estrada Palma, quien lo sucedió como Delegado del Partido y fuera primer Presidente electo de la República de Cuba. Con un hombre de la inmensa talla moral, intelectual y política de Martí y un Partido fuerte cohesionado a su alrededor, probablemente el Gobierno de los Estados Unidos no se habría atrevido (tal vez ni se le habría ocurrido) a poner a un lado al ejército mambí; casi con toda seguridad no habría habido un Tratado de París. Nunca hubieran sucedido las Intervenciones norteamericanas ni la Enmienda Platt. Y con total certeza jamás los generales hubieran podido apoderarse de Cuba ni establecer la corrupción como estilo permanente de gobierno. Jamás quiere decir aquí mientras Martí viviera.

Y cabe preguntarse qué giro habría impreso Martí a la política cubana, siendo conocido su rechazo a los métodos violentos del anarquismo europeo. Al respecto cabe citar aquí un párrafo tomado de la biografía Nestor Leonelo Carbonell, como el grito del águila, de Oscar Ferrer Carbonell (Premio del concurso Biografía y Memorias, de la editorial de Ciencias Sociales), que culmina con un estudio muy interesante sobre la posición de Martí con respecto al socialismo de su época:

“Si bien existen trabajos en los cuales el Apóstol dejó bien definidas sus posiciones, ideas y críticas con respecto al socialismo europeo, hasta hoy no se conoce en su vasta obra lugar alguno en que haya reflexionado en profundidad sobre la conveniencia o no de aplicar esta corriente al sistema que debía constituirse en la isla tras la derrota del poder colonial y la implantación de la República”. Y Cantón Navarro, en su libro Algunas ideas de José Martí en relación con la clase obrera y el socialismo afirma categóricamente que Martí “nunca llegó a tener un conocimiento total de las ideas marxistas…”.

Pero la prematura muerte del más grande de todos los cubanos nos deja inermes ante las interrogantes más viscerales de nuestra Historia. El ejercicio intelectual más arduo de todos los que el hombre pudiera concebir, qué hubiera sido si…, adquiere en este caso ribetes trágicos, porque jamás podrá llegar a ser desentrañado.

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Sat, 16 May 2009 02:23:05 +0100
NO TODO LO QUE BRIYA(RINI) ES ORO.. http://hijadelaire.nireblog.com/post/2009/03/26/no-todo-lo-que-briyarini-es-oro http://hijadelaire.nireblog.com/post/2009/03/26/no-todo-lo-que-briyarini-es-oro Una estrella radiante, una vida convulsa y breve, una leyenda, una canción, una obra de teatro, un ballet, un filme muy polémico… A pesar de tantos dioses rotos durante cinco décadas, el mito Yarini está muy lejos de morir y cada día parece cobrar nueva vitalidad en el imaginario de La Habana, ciudad portuaria que a pesar de los cambios sociales ocurridos en el país a partir de la histórica fecha de 1959 no puede, ni podrá jamás, sustraerse a su condición de puerto de mar ni a la naturaleza cosmopolita, promiscua, efervescente y sórdida que tal destino impone.
Pocos días antes de que me fuera encomendada la escritura de este trabajo conocí a un habanero bellísimo, con menos de treinta años, amante de la cultura y posiblemente con el mundo a sus pies… que acostumbra limpiar de polvo y hojarasca la tumba de Alberto Yarini y Ponce de León, con la misma pasión y lealtad que si lo hubiera conocido. Inmersa en la búsqueda de datos por Internet, topé también con un foro donde alguien hablaba extensamente de Yarini y publicaba fotografías poco recordadas, y en cuyo recuadro de comentarios se leía poco menos esto: “No importa, men, tu recuerdo no muere y siempre habremos otros como tú que mantendremos en alto…” He olvidado el resto. He caminado por San Isidro pronunciando en alta voz el nombre de Yarini, y he visto arder en muchos ojos la llama inextinguible de la veneración. Aunque no logro verlo como otra cosa que como el chulo, el proxeneta explotador de mujeres que realmente fue, tengo que admitir que para muchísimos cubanos sigue siendo alguna misteriosa clase de héroe popular espontáneo, de esos que no requieren del culto oficial repleto de banderas y consignas. Yarini reina por derecho desde los silenciosos territorios de la muerte, lo mismo que una soprano que desgrana con el mayor éxito la más difícil y estridente de las áreas operáticas sentada en un taburete que le oprime el diafragma.

RADIOGRAFÍA DE UN REY DEL CRIMEN
Nacido bajo el signo de Acuario, un 5 de febrero de 1882, en el seno de la acaudalada, que no realmente aristocrática, familia Yarini-Ponce de León, e hijo de Cirilo, cirujano dentista, miembro fundador de la Sociedad de Odontología y catedrático titular de la Escuela de Cirugía Dental de la Universidad de La Habana, y de la muy respetable dama Juana Emilia, tan virtuosa del piano que llegó a tocar para Napoleón III en Las Tullerías,Alberto fue el último de tres hermanos y el mimado de su señora madre. Cursó estudios en el colegio habanero San Melitón y después fue enviado a proseguir su educación en los Estados Unidos, de donde regresó a los 19 años para convertirse de inmediato en el clásico representante de la juventud burguesa de su época: es decir, un habitué de la Acera del Louvre, donde él y sus amigos distinguidos, ninguno de los cuales trabajaba, acudían cada tarde a colocar sillas en la acera para “ver pasar a la gente”, beberse unos tragos, pavonearse luciendo trajes cortados a la medida, hechos con las mejores telas y adornados con yugos, leontinas, botonaduras y pasadores de corbata que valían fortunas, y entregarse a francachelas nocturnas entre gente de baja estofa..
Alberto, además, era de gran belleza física, y aunque su estatura distaba bastante de ser elevada (la altura no era común en los varones cubanos blancos de la época) —pues solo medía cinco pies seis pulgadas y su peso corporal era de unos sesenta kilogramos—, poseía gran porte natural, incrementado por su dandysmo: “Bien rasurado y mejor peinado; de hablar pausado, en voz baja y bien modulada; con un refinamiento que le venía desde la cuna, hablaba el español y el inglés con la perfección de quien no posee gran cultura, pero ha estudiado en escuelas de ambos idiomas; era educado, sabía escuchar a los mayores en edad y jerarquía; cruzaba los cubiertos cuando le hablaban; era todo sonrisas y gestos refinados con las damas cuando se encontraba en el mundo social, político y familiar” , mientras que en San Isidro, rodeado de la hez moral de la ciudad, “era el guapo al que había que hablarle bajito y rendirle pleitesías y respeto” .
Según testimonio de los afamados músicos Gonzalo Roig y Sindo Garay, y de otras muchas personas que le conocieron, Yarini tenía una peculiaridad en su carácter que llegaba a inspirar miedo hasta a los hombres más “duros” y marginales de San Isidro: era capaz de pasar de la tranquilidad más asombrosa a estados desmedidos de ferocidad, durante los cuales podía golpear brutalmente a quien hubiera provocado su ira. En cierta ocasión, cuando almorzaba en el restaurante El Cosmopolita con amigos y correligionarios del partido Conservador, al cual pertenecía, y entre quienes se encontraba aquel día un valiente general negro de la Guerra de Independencia, advirtió que en una mesa vecina dos norteamericanos parecían burlarse del hombre de oscura piel. Tras pedir a sus amigos que se trasladaran a otro local, Yarini se dirigió solo hasta la mesa de los americanos y la emprendió a puñetazos con el más hablador, fracturándole la mandíbula y rompiéndole varios dientes a quien luego resultó ser el mismísimo representante de la Legación norteamericana en Cuba.
Simpático, generoso, distribuía por igual monedas y palmadas entre los habitantes del barrio de San Isidro, el peor afamado de la ciudad y célebre en el extranjero, donde al pasar por un café al aire libre, de esos tan comunes en las capitales europeas, se podía escuchar entre la concurrencia la entusiasta pregunta: “Cuando estuviste en La Habana, ¿no fuiste a San Isidro?”. Yarini era el amigo de pobres y ricos, de negros y blancos, el protector afable y accesible a quien siempre se podía recurrir con la certeza de no ser defraudado. A pesar de su elegancia y de que nunca renegó de su clase ni abandonó su casa paterna ni el círculo social al que pertenecía, no discriminaba ni al más humilde habitante de su crapuloso reino. Pagaba con su propio dinero los alquileres de unas cuantas negras viejas retiradas ya de la prostitución, quienes lo adoraban y halagaban cocinándole con primor toda clase de dulces tradicionales criollos, y no tenía reparo en irse a tomar un refresco en un cuchitril de mala muerte, entre el resudor de los portuarios y la mezcla de aromas baratos de las prostitutas. De él se decía en San Isidro que era “hombre a todo”, esa frase de tan rara densidad en su simple construcción, que ha sobrevivido a cuatro siglos de uso inveterado por todas las clases sociales de la isla de Cuba.
Este hombre extraño que se movía como un pez entre dos aguas bien distintas, que hacía el recorrido por las accesorias de sus putas para recaudar ganancias, que mantenía en su domicilio de Paula 96 entre tres y siete hembras que trabajaban para mantenerlo con el sudor de sus muslos, que brabuconeaba hacia los cuatro puntos cardinales y se liaba a puños y balazos con lo peor de las alcantarillas con el mismo entusiasmo con que se iba a bailar a los peores salones de La Habana, tenía otra vida de hábitos muy regulares, que incluían desayunar cada día en la casa de sus padres, reunirse con los correligionarios de su partido, ir en las noches a la Ópera y otros centros de cultura de élites y cortejar, o ser amante, de distinguidas damas de la aristocracia y la alta burguesía habanera. Yarini no hacía un secreto de su ambición de postularse para concejal y, en un futuro no muy lejano, llegar hasta la silla presidencial. Gonzalo Roig, en la entrevista que le realizara L. Cañizares para su libro San Isidro, 1910, hizo una observación curiosa y muy reveladora para la posteridad: dijo que El Rey tenía una conversación agradable, pero absolutamente insustancial.

NOSOTROS LO UTILIZÁBAMOS…
Yarini tenía carisma natural y talento genético (o astrológico, como se prefiera llamarlo) para las relaciones humanas, pero en algún momento de su vida debió realizar algún aprendizaje que reforzó sus cualidades innatas para la seducción y manipulación de personas cualquiera fuera su género. En todo caso ya las poseía en grado sumo cuando se apareció por San Isidro y en poco tiempo logró hacerse respetar y apoderarse de los hilos de dominación hasta ser reconocido como El Rey. El gran escritor cubano Alejo Carpentier lo recuerda jinete en su caballo blanco de cola trenzada y un costo de miles de pesos oro, paseándose con gallardía a la cabeza de las manifestaciones de su partido. Pero Yarini no era el único en cabalgar, ni el único en salir a pasear cada mañana su pareja de galgos (no de perros san Bernardo como aseguró el periodista Leonardo Padura en su interesante artículo La guerra de las portañuelas, publicado hace ya muchos años en el diario Juventud Rebelde), ni debió ser el único hombre que deambulaba sin guardaespaldas por las peligrosas y estrechas calles del barrio marginal. ¿Por qué, entonces, sobresalía entre todos; por qué llegó a ser el primus inter pares cuando no todos los proxenetas de San Isidro eran chulitos de café con leche? Yarini, a pesar, o tal vez por causa de su costado rufianesco, tenía madera de líder.
Y fue esto sin duda lo que atrajo sobe él las miradas del poderoso partido Conservador, donde militaban los políticos de clase alta, a la que también perteneció Yarini, y que explotaron la popularidad que gozaba el “blancazo lindo” no solo entre prostitutas, proxenetas y toda clase de tahúres que habitaban el barrio, sino entre la gente decente y pobre, como los tabaqueros, portuarios y domésticas que compartían la vida miserable de aquella zona “prohibida de la capital”: “Sí —afirmó en entrevista a D. Cañizares Federico Morales Valcárcel, líder del partido Conservador)—es verdad que nosotros aprovechamos también esa popularidad suya (de Yarini) para ganar adeptos en los barrios cercanos al puerto, porque había muchos estibadores y portuarios que nos podían proporcionar innumerables votos (…) No podíamos pasar por alto que Alberto Yarini tenía a aquella gente en sus manos (…). Por eso, entre otras cosas, lo utilizamos”.

“LOS GUAYABITOS SE REÍAN POR LAS CALLES AL PASAR FRENTE A LAS CASAS DE LOS FRANCESES…”
Los apaches, como llamaban los cubanos a las pandillas de chulos franceses de San Isidro capitaneadas por el parisino Luis Letot, eran tan levantiscos como sus homólogos del patio, pero Letot, de temperamento tal vez no demasiado violento y que se anotaba al savoir vivre, al par que extrañamente filosófico, acostumbraba decir que había que “vivir de las mujeres, y no morir de ellas”, y podía mostrarse en ocasiones tan exquisito como un cortesano de Versalles. Así se comportó con Yarini cuando este le robó escandalosamente la joya más valiosa de su último cargamento de prostitutas desembarcado en La Habana, la pequeña Berthe, hermana de su concubina Jeanne Fontaine, y por tanto su propia cuñada. Berthe, de 21 años, rubia y de ojos azules, era una absoluta lindura, según juicios de quienes la conocieron, y se la tenía como la mujer más bella que paseó zapatos por las estrechas calles del barrio. Yarini en persona anunció a Letot su relación con Berthe, y el francés se encogió de hombros, y lo mismo volvió a hacer cuando Yarini, días después, llamó a su puerta acompañado por dos de sus más vulgares seguidores y le exigió que le entregara toda la ropa de Petit Berthe. Y no contento con eso, poco después, completamente solo y paseando a sus perros, pasó frente a la casa de Letot y al verlo parado en la puerta, le gritó burlón a voz en cuello que guardara muy bien a sus putas, porque la Petit Berthe no bastaba para calmarle la calentura que tenía en aquellos días. ¿Se había enamorado Yarini de la diminuta francesita? Raro amor, porque la hacía prostituirse cada noche en una accesoria tan inmunda como la de la peor puta negra de la peor calle del barrio. ¿Había enloquecido tal vez? O quizá solo honraba el código machista que reina siempre en los emporios donde está ausente la civilización y el vicio se enseñorea de los hombres. O a lo mejor la sustancial irresponsabilidad de su carácter llegaba hasta hacerlo sentir invulnerable... Letot, sin perder la calma, le respondió: “Yo me voy a morir una sola vez”, y esa simple frase actuó como el conjuro que decretó la extraña tragedia donde fueron protagonistas dos antihéroes. Días después los dos capos caían abatidos a balazos en una embestida que nunca ha sido del todo aclarada para la Historia, y en la que participaron, de un lado, Letot revólver en mano disparando contra Yarini a quemarropa en plena calle y sus compinches armados tirando desde las azoteas, y del otro un Yarini que supuestamente no alcanzó a disparar su revolver, seguido de un Pepe Basterrechea que, de un solo tiro en medio de la frente, tendió difunto a Letot sobre las sucias piedras de la calle. Diez mil personas asistieron al entierro del Rey de San Isidro en un país de poco más de dos millones de habitantes; inmediata vendetta de los guayabitos que esperan el regreso de los coches, puñaladas, apaches muertos y heridos y una guerra que tres años después terminaría con el cierre del barrio por decreto gubernamental. Así fue el desenlace.

¿AMIGOS…?
El cabo suelto en la muerte violenta del Rey de San Isidro fue José Basterrechea, joven vizcaíno de gran belleza física y elevada estatura, al que un encuentro casual con Yarini en el gabinete dental del padre de este convirtió en su mejor e inseparable amigo por razones que escapan a una total comprensión. Pepito era de extracción humilde, y aunque poco después de que se conocieran cuidó a Yarini como una madre luego de que este se accidentara al caer desde un balcón, lo que le valió la gratitud de don Cirilo, lo cierto es que seguía comiendo en una fonda de mala muerte a donde Yarini acudía cada tarde puntualmente después de cenar en la casa paterna, solo para encontrarse con Pepito y de ahí continuar en su compañía las andanzas noctívagas por su reino de semen y vaginas. A pesar del protagonismo que le daba su cercanía con Yarini no se le conoció como chulo, y como tampoco trabajaba, hay que concluir que Yarini los mantenía a él y a su madre, quien detestaba esa relación y no cesaba de rogar a su hijo que se apartara de tan peligrosa amistad. Según testimonios, luego del fallecimiento de Yarini, Pepito mantuvo hasta su propia muerte en la pared principal de todos sus domicilios un retrato de cuerpo entero de Yarini, y se afectaba visiblemente cuando se le nombraba en su presencia. Existe una foto de los dos amigos en la que Yarini está sentado y Pepito, de pie a su lado, descansa su antebrazo sobre el hombro del Rey en una pose extrañamente familiar, casi íntima. En la época, tal colocación era la usual en las fotos de parejas, donde el hombre se mantenía gallardamente sentado mientras la mujer, de pie a su lado, posaba discretamente para la cámara envuelta en sus atavíos nupciales. Pero lo más curioso fue la nota que Yarini escribió con mano temblorosa en un recetario de hospital de Emergencias minutos antes de que los médicos le practicaran una laparotomía en vano intento por salvarle la vida. En ella se culpaba de haber disparado con su arma la bala que mató a Letot, exonerando así de toda responsabilidad a su querido Pepito, pero… al entregársela al cirujano que iba a operarlo, le advirtió que solo la diera a la policía en caso de que él no sobreviviera a la intervención, pero si lograba vivir, debía devolvérsela. ¿Qué habría pasado con Pepe si el Rey se hubiera salvado? ¿Se trataba de otra de las manipulaciones de Alberto Yarini, en el umbral mismo de la muerte y a costa de quien, desde el primer encuentro, puso enteramente su vida en tan dudosas manos?
Es muy breve este espacio para un análisis profundo de la personalidad de Alberto Yarini y Ponce de León. Pero una mirada exhaustiva a su vida y su leyenda me deja claro que se trató de un hombre superficial y ambicioso dotado de gran carisma personal, del don del liderazgo, del gusto por el vicio y el peligro y de una enorme habilidad para manipular a sus semejantes, de todo lo cual usó sin restricciones en la vana función de alimentar su insaciable egolatría, sí, pero también para alcanzar grandes triunfos sociales que, de no haber detenido la muerte, pudieron llevarlo hasta el Palacio Presidencial de la República de Cuba. ¿Héroe? ¿Tahúr? Simplemente un criollo pragmático mal criado desde la cuna acaudalada, con delirio de grandeza y una veta de crueldad que le permitía cosificar a las “infelices Mesalinas” que cada noche “raudal de oro vierten a tus pies” —como dice un verso de la canción que le compuso Sindo Garay—, ya que solo desde esa posición mental de frialdad patológica y suprema insolidaridad humana podía desentenderse de la profunda tragedia de las mujeres a quienes explotaba y vendía sin la más mínima compasión ante su desgarramiento físico y emocional.
Un chulo, un proxeneta. Los héroes son otra cosa.

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Thu, 26 Mar 2009 01:39:55 +0100
PENUMBRAS Y HABANERAS, ENTRE LA SOMBRA Y LA LUZ http://hijadelaire.nireblog.com/post/2009/02/22/penumbras-y-habaneras-entre-la-sombra-y-la-luz http://hijadelaire.nireblog.com/post/2009/02/22/penumbras-y-habaneras-entre-la-sombra-y-la-luz Entrevista al pintor cubano Damián Hidalgo Bulté

Damián Hidalgo Bulté, joven pintor camagüeyano que pronto presentará su novena exposición personal Penumbras y habaneras, accedió a conversar con Radio Ciudad de La Habana. Graduado de la Escuela Nacional de Bellas Artes San Alejandro, miembro del Fondo Cubano de Bienes Culturales, con ocho exposiciones individuales y veintitrés colectivas entre los años 1993 y 2008, y obras colocadas en colecciones individuales en más de diez países de Europa y América, se ha desempeñado también como ilustrador de editoriales cubanas y de varias ediciones de la Feria Internacional del Libro de La Habana. Su obra plástica se inscribe dentro de una tendencia que oscila entre el surrealismo y el realismo subjetivo.

En este proyecto intento recrear mi naturaleza surrealista y mi crítica sutil de la realidad, enfatizando en la realización figurativa y la factura detallista, ejecutadas en diversos formatos. Hago una severa alusión a lo objetual, y en ocasiones la figura humana y el objeto se subsumen en la técnica del collage. Utilizo el papel periódico, que por su fragilidad es maniobrable, e incorporo como elementos compositivos importantes la vela y el periódico, con los cuales hago una combinación sugerente que mantengo siempre en los límites de la subjetividad.

Expreso en cada obra un contenido de actualidad nacional. En mi pintura el papel periódico funciona más como metáfora testimonial que como materia pictórica. La técnica que he adoptado para expresarme en este proyecto consiste en forrar con las páginas del diario oficial tanto el lienzo como cualquier soporte tridimensional que utilice, con el objetivo de enriquecerlos mediante el aprovechamiento de detalles de la información. La utilización del collage me permite crear un contrapunto que es, a la vez, complementario entre noticias reales y ficticias. Asumo la figura humana a través de la mujer y la problemática recurrencia de su condición dentro de la isla. Convierto todo su mundo referencial en color, contraste y pincelada, y la ubico como elemento central en estos ambientes de velas, humo y periódico, en los que inserto humanos modélicos, poses, naturalezas muertas y objetos, procurando conseguir un amplio registro; pero es la vela, incrustada en la fina capa del papel, la materia estructural de estos personajes Tanto las velas como el ecológico periódico tratado al óleo y a la técnica mixta son elementos que, aunque por sí solos no sinteticen el mensaje, se convierten en factores de un rejuego que el espectador puede visualizar sin que le resulte necesario divorciarse de sus contextos conocidos, de su percepción habitual del entorno familiar. Mi pintura tiene como trasfondo temas naturales, y como primer plano un tratamiento de lo circunstancial basado en la aplicación de un color fuerte, en la imitación del óxido y otras texturas de lo corroído como, por ejemplo, en “Siesta, Paño rojo y Norte”, sin que falten los tonos apastelados o nacarados, y hasta descoloridos, que intensifican la fluencia textural, el color y el volumen del periódico. La transparencia torna traslúcida la escritura, y refuerza el contenido de los mensajes extraídos de la prensa, por lo cual ostenta una importancia crucial en la terminación y detalle de la obra.

Las instalaciones se convierten en objetos de tamaño real forrados con papel periódico, los cuales hago coincidir en un espacio común. Prefiero usar objetos ordinarios. Transformo el lugar, hago una habitación dentro de otra. Por ejemplo, “Vamos a Coppelia”, instalación expuesta en la Séptima Bienal de Escultura, refiere a una mesa con sus habituales platos, todo forrado con periódico, todo lleno de información, noticias e imágenes actuales aludiendo a un Coppelia de textos de diminutas letras, donde pudieras sentarte a leer la información recurrente y mas actual de la nación. Con el televisor sucede otro tanto, aunque el sonido adquiere en la obra un doble protagonismo. Convierto, además, esta tecnología moderna en un objeto sencillo y lleno de información visual de carácter plástico, donde la lectura se hace fácilmente identificable: una propuesta más, inmersa orgánicamente en este andamiaje de velas, periódicos, metales oxidados, clavos, hojas secas y personajes hibernados, conjunto con el que pretendo hacer reflexionar al espectador sobre este mundo cubano complejo y agotado, pero no por eso menos poético.

“Penumbras y Habaneras” es un intento por corporeizar y trasmitir las raras atmósferas de la isla y sus mínimos rincones extraviados, envueltos en la artificial oscuridad del apagón. En estos ambientes que muy a nuestro pesar denotan una intensa poesía, queda siempre de manifiesto el altruismo de la femme habanera, su cultura, su religiosidad, y simpatía…., el perfecto y muy ambiguo estado de lo viejo, los empastes largos, el óxido corroído por el tiempo, la simbólica vela y, más aún, el periódico incisivo e incidente en la mirada que, implicada en las circunstancias actuales, siempre es fuente de inspiración.

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Sun, 22 Feb 2009 17:06:13 +0100
EN EL REINO DE LAS ANTOLOGÍAS http://hijadelaire.nireblog.com/post/2009/02/21/en-el-reino-de-las-antologias http://hijadelaire.nireblog.com/post/2009/02/21/en-el-reino-de-las-antologias UN SALDO POSITIVO EN LA 18 FERIA INTERNACIONAL DEL LIBRO DE LA HABANA

La décimo octava edición de la Feria Internacional del Libro de La Habana, si por algo positivo se ha caracterizado en lo que a Cuba se refiere, es por la publicación de la colección de antologías en homenaje al cincuenta aniversario de la Revolución Cubana, y por compilaciones independientes de la misma índole que permiten apreciar de un modo global el comportamiento y desarrollo de la literatura cubana en la segunda mitad del siglo XX y primeros años del XXI.

Me interesa comentar en esta ocasión las antologías La ínsula fabulante, preparada por el ensayista, crítico y narrador Alberto Garrandés, que ofrece una panorámica del cuento cubano desde 1959 hasta el año 2008; Espacios en la isla, 50 años del cuento femenino en Cuba, obra de la escritora, poeta y periodista Marilyn Bobes; De los poros a las estrellas, con selección, prólogo y notas del editor e investigador doctor Enmanuel Tornés; y la tercera redición de Estatuas de sal, célebre primera antología de narrativa femenina publicada en Cuba y fruto del trabajo conjunto de las narradoras, poetas y ensayistas Mirta Yáñez y Marilyn Bobes.

La ínsula fabulante, de casi mil cuartillas, es un esfuerzo titánico y erudito por edificar un mural del cuento cubano durante medio siglo. Están representadas en ella todas las generaciones que han participado en las letras cubanas a partir del triunfo revolucionario: la generación del sesenta, elegante, experimental y realista a un tiempo, cosmopolita y abierta a todas las corrientes y estilos; la generación de los setenta, con su grado profundo de compromiso ideológico y la sombra del quinquenio gris planeando sobre sus espaldas; la generación de los ochenta, reflexiva, evaluadora, tímida aún e indecisa entre las ataduras del pasado reciente y las aún inexploradas, pero ya presentidas promesas del inminente porvenir; la generación de los noventa, Los Novísimos, abanderados del contubernio con la crónica de actualidad nacional, su iconoclastia, su irreverencia y su desafío tanto temático como estilístico, sus denuncias, su condición de puente entre el período especial y el post aún sin nombre definido que vino después; los posmodernos y su reinserción en la corriente literaria universal, su mirada retornada hacia los espacios interiores del Yo, su asalto a las estructuras convencionales del lenguaje y su penetración desenfrenada en los predios del erotismo, el realismo sucio y otros caminos hasta ahora poco transitados en Cuba; y finalmente, los nombres más jóvenes, las promesas, las crisálidas en estado larvario pero entre quienes ya se van definiendo posturas linguoestilísticas, asedios semánticos y filosofías de la escritura. Desde El gran ebbó, de Guillermo Cabrera Infante, hasta Puré Fiction Days, del joven Jorge Enrique Lage, el camino es largo y muy bien transitado por un antologador que debe a sus muchos años de trabajo como investigador en el Instituto Cubano de Literatura y Lingüística un sólido conocimiento de la literatura nacional y sus exponentes. Ningún nombre de valía falta aquí, ningún estilo, ningún género dentro del cuento y la noveleta, ninguna corriente. Como otra antología del mismo autor que la precedió en el tiempo, Aire de luz, La ínsula fabulante es una compilación de la que puede enorgullecerse el mundo literario cubano. Mi única objeción es que tal vez hubiera sido de mucho desear un prólogo más extenso, como un pequeño ensayo, que siempre torna más sabroso e interesante el enfrentamiento con el corpus lectural.

Espacios en la Isla deviene penúltimo (nunca habrá un último) paso en el quehacer literario de la mujer cubana durante las cinco décadas transcurridas desde el primero de enero de 1959. Loló de la Torriente, Aurora Villar Buceta, Dora Alonso y Loló Soldevilla encabezan la lista de escritoras que en estos años han tomado la pluma para intentar configurar un universo donde señoree la mirada arquetipal femenina, universo con rasgos propios y caracterizables, con códigos configurados de acuerdo con la condición y posición de las mujeres dentro del proceso revolucionario. También en estas páginas se evidencia que las mujeres escritoras han navegado en las mismas aguas que sus colegas masculinos, han practicado el realismo, desde el más púdico al más violentamente sucio, el erotismo en todas sus variantes, la ciencia ficción, la fantasía, el fraude escritural, el policíaco, el gótico, la fantasía heroica. Esta antología contiene nombres que en sus antecesoras Estatuas de sal y Las voces de Eva (compilada por el narrador, ensayista e investigador Amir Vale) ya eran consagrados, y otros que entonces no eran más que debutantes y jóvenes promesas como Ena Lucía Portela, Milene Fernández y Anna Lidia Vega Serova. Hay una diferencia sutil entre el desarrollo seguido por los escritores varones y el de las narradoras: mientras ellos, analizados en conjunto, han mantenido desde sus inicios una condición más o menos estable, es posible apreciar el crecimiento y maduración de sus colegas mujeres. La literatura femenina deja ver más nítidamente sus entresijos, su lenta, pero implacable maduración, y al mismo tiempo la presencia muy perfilada de estilos y universos narrativos sumamente individuales, como el de Mercedes Melo, cuyo dominio en el arte de la superchería literaria y el apócrifo solo encuentra entre nosotros una figura de talla cimera: Luis Rogelio Nogueras. La mayor parte de las escritoras que integran esta antología se encuentran aún en plena etapa de creatividad y sin duda la mejor parte de su obra personal aún está por escribir. Hago notar que faltan en esta antología, que es solo de cuento y noveleta, nombres de gran envergadura en la narrativa nacional, como el de Margarita Mateo Palmer, quien obtuviera el premio Alejo Carpentier de novela 2008 con su deslumbrante Desde los blancos manicomios, una de las novelas más originales y conmovedoras de nuestras letras.

De los poros a las estrellas, treinta y cinco narraciones escritas por hombres y mujeres en torno a la temática del amor en el proceso revolucionario, además de brillar con luz propia en el reino de las antologías, constituye un extraordinario testimonio social sobre la relación entre los sexos que nos llega a través de la fabulación, pero que no por su carácter ficcional resulta menos importante para el estudio, análisis y comprensión de las muchas vertientes desde las que puede abordarse ese sentimiento inmerso en medio de uno de los más largos y convulsos procesos de cambio social conocidos por la Historia contemporánea. Desde la influencia del internacionalismo proletario sobre la convivencia de la pareja (Leonardo Padura, Los límites del amor, pasando por los matrimonios entre cubanos y extranjeros pertenecientes a culturas muy diversas (Manuel García Verdecia, El cosaco y la cubana), erotismo descarnado y prostitución (Rogelio Riverón, Otras versiones del miedo), las transacciones emocionales inducidas por las duras condiciones de vida del período especial (Julio Travieso, Amor a los cincuenta), ensoñaciones y oniria (María Elena Llana, Raíces de humo) hasta llegar a piezas de época (Serata di gala) y relatos tan originales y pintorescos como Bos Taurus (Alberto Guerra), esta antología preparada por Enmanuel Tornés es, quizás, una de las más interesantes y útiles que se hayan publicado en Cuba, pues su alcance y posibilidades sobrepasan con mucho los límites de la escritura recreativa para penetrar en los vastos y complejos territorios de la antropología social, la investigación histórica y otras disciplinas que le confieren un valor no solo literario, sino mucho más enriquecedor, que en un futuro permitirá conocer la época que nos ha tocado vivir en esta Cuba de medio siglo que todos habitamos.

Después de tener a la vista todos estos volúmenes preparados por nuestros mejores y más profesionales antologadores, queda la tranquilidad de saber que, gracias a estas publicaciones, la visión general de la literatura cubana, la mirada global y abarcadora, ha quedado definitivamente recogida. Falta el futuro, pero hasta aquí, verso y pan han sido hechos.

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Sat, 21 Feb 2009 06:14:46 +0100
SARA BERNHARDT VINO A CUBA http://hijadelaire.nireblog.com/post/2009/02/04/sara-bernhardt-vino-a-cuba http://hijadelaire.nireblog.com/post/2009/02/04/sara-bernhardt-vino-a-cuba Por Gina Picart

Existe toda una leyenda creada en torno a la visita que la gran actriz europea Sara Bernhardt hizo a Cuba. Sucedió en una época en que la isla era escala casi obligada para las compañías de ballet y de teatro, las grandes orquestas, actores y artistas que recorrían el mundo ya fuera en giras de trabajo o en viajes de placer. Cuba era entonces una de las plazas más frecuentadas por los grandes del mundo del espectáculo.

Sara, nacida el 23 de octubre de 1844 en París, fue hija de una prostituta, se crió en un convento de monjas, ejerció la prostitución ella misma y pese a haber sido una de las más gloriosas figuras del teatro mundial, su camino hasta las tablas estuvo sembrado de obstáculos hasta que se consagró cuando el gran Víctor Hugo la eligió para actuar en sus obras dramáticas Ruy Blas y Hernani. Entre sus amantes se contaron artistas insignes como el propio Victor Hugo, Gustave Doré, Mounet Sully, D Annunzio, y representantes e la más alta aristocracia tales como Eduardo, Príncipe de Gales, el duque de Morny, y el príncipe de Ligne, con quien tuvo a su único hijo.

Sara, cuya madre era de sangre hebrea, renunció al estilo actoral del teatro francés, pródigo en declamación y sobreactuación, para estudiar en profundidad la psicología de sus personajes y ofrecer un estilo mucho más natural, semejante a la vida misma, del que desde un inicio se adueñó con la majestuosidad y seguridad de una gran diva, aunque se dice que jamás perdió el miedo escénico, y cuando subía a los escenarios sufría ataques de pánico que la obligaban a comenzar sus parlamentos con una voz chillona y gestos temblorosos por la nerviosidad, lo que después se iba calmando según iba transcurriendo la representación. Recibió los más altos homenajes y reconocimientos y llegó a ser socio pleno de la Commedie Francaise, honor del que solo disfrutaban los más grandes artistas. Actuó repetidamente en los Estados Unidos, Brasil, Argentina, Chile, Australia, Islas Hawai, Egipto, Turquía, Roma, Atenas, Moscú, Berlin, Bucarest, y cruzó el Cabo de Hornos. En los Estados Unidos le habilitaron para su exclusivo uso un tren de lujo con siete vagones al que llamaron Sara Bernhardt Special. Sara fue también la primera actriz-empresaria del mundo; rentó en París el teatro Porte-Saint Martin y allí produjo y actuó en obras tan célebres como La dama de las camelias. Se dice que nadie como ella sabía “morir” en escena de las más variadas patología de sus heroínas. También retomó la vieja tradición y actuó muchas veces en roles masculinos muy destacados. Llegó a representar el papel de Hanlet y el de Ofelia, hazaña que nadie ha vuelto a repetir. Era una mujer apasionada, temperamental, y voluble para todo lo que no fuera su arte. Una verdadera reina de las tablas universales. Las malas lenguas afirmaban que dormía dentro de un ataúd, se hacía acompañar de un pequeño tigre como mascota y azotaba a sus sirvientas y rivales, desayunaba té con algunas gotas de azahar y declamaba los versos de Hernani como si se burlara del público.

CUBA

La Divina, como la llamaban, debutó en el teatro Tacón el 10 de enero de 1887. El contrato comprendía doce funciones. Los palcos se cotizaron a quinientos pesos billete de banco y los grillés se elevaron a seiscientos pesos. Entre su repertorio se encontraban La dama de las camelias, Fedora, Adriana Lecouvreur, Hernani, La esfinge y otras obras de los grandes clásicos. Hubo edición bilingüe de los libretos, en español y en inglés. Se alojó en el hotel francés Petit, de la Chorrera, junto con su enorme gato montés (que no tigre) comprado en Valparaíso. Parece que en sus ratos libres se dedicaba a remar y pescar en las aguas aledañas, amén de ciertos acercamientos demasiado íntimos con chinos y mulatos.

Es de suponer que en una capital tan rica y provinciana como La Habana, cuya disposición para la mímesis todavía se mantiene en pie, la presencia de La Divina haya revolucionado la moda y acaparado toda la atención del entorno. Por lo menos las damas del momento comenzaron a llevar peinetas a la Bernhardt y todos los periódicos y los más grandes cronistas y críticos teatrales habaneros derramaron su adoración sobre ella.

El momento culminante de sus actuaciones fue la escena de la muerte en La dama de las camelias. La actriz estuvo magistral en su agonía. El Union Club de La Habana le obsequió un paisaje de Chartrand. Tal vez para reciprocar, en su última representación habanera Sara rebajó a la mitad los precios para que los cubanos menos adinerados pudieran aplaudir a la actriz más famosa que había pasado por la isla.

Rine Leal dice textualmente en su libro sobre el teatro cubano La selva oscura: “El Círculo habanero preparó una despedida monstruo, con sesenta carruajes, que la recibirían a su regreso (de Matanzas) a su llegada por mar de La Chorrera, para conducirla triunfalmente hasta La Punta, donde se sumarían los estudiantes en impresionante comitiva hasta el Tacón, y que iban portando hachones. El teatro, totalmente iluminado y con dos luces eléctricas en su puerta, acogería a la actriz en un palco guarnecido con flores, guirnaldas y atributos de la tragedia, mientras en el escenario estatuas y cuadros alusivos recordarían que se trataba de una velada artística”. Habría discursos en francés de Justo de Lara y Antonio Zambrano, e Ignacio Cervantes sería el encargado de ofrecer una velada musical.

Pero Sara, imprevisible como todas las divas, no acudió a su apoteosis habanera. Prefirió irse a visitar las muy hermosas cuevas de Bellamar, y a su regreso a la ciudad se fue con su amante, el torero Mazzantini, a una corrida de toros privada donde debió de divertirse muchísimo. Cuando por fin abandonó la isla llevaba en su faltriquera, diseñada como todas sus ropas, adornos y joyas, por el célebre Mucha, nada menos que 200 904 francos, o sea, 92 014 pesos. El diario El Fígaro comentaba el hecho con resignado humor: “ Sara Bernhardt ha sido un saca-oros que ha cruzado por nuestro cielo. No siempre han de ser mete-oros los que crucen por el espacio.”

Fue tal vez el impertinente bostezo de un espectador lanzado al descuido durante la escena de la muerte en La dama de las camelias lo que provocó el insulto por el que los cubanos jamás olvidaron a La Divina. Indios con levita nos llamó, sin importarle los esfuerzos desplegados para adorarla durante su estancia en la ciudad. Se sabe, por declaraciones que la actriz hizo a un diario norteamericano, que no le había gustado La Habana, y estaba convencida de que el público habanero no supo apreciar su arte, porque se volvía espaldas al escenario, hablaba en voz alta durante la representación y se introducía en los escenarios en el entreacto, lo cual, después de todo, era una antigua costumbre española que el cubano se limitó a heredar. La Divina no conocía la crónica agitación del temperamento criollo.

Sobre la posible aclaración del insulto, Rine Leal afirma en su ya mencionado libro, citando el testimonio del célebre periodista y cronista Eduardo Robreño, que Sara, en una entrevista concedida en Madrid a su padre, el también periodista Gustavo Robreño, negó muy seria haber proferido la ominosa frase, inventada, según ella juró, por el periodista Gustavo Gabaldá, quien se la atribuyó a La Divina con aviesas intenciones. Sara reconoció habernos endilgado el calificativo de indios, “¡pero con levita jamás!”.

La vida de Sara continuó de éxito en éxito por los caminos del mundo. En 1914 le fue concedida la Legión de Honor y un año después sufriría la amputación e una pierna, lo cual no le impidió, recién comenzada la Primera Guerra Mundial, hacer una gira por las trincheras francesas actuando para animar a las tropas. También siguió trabajando en el teatro, hasta que el 15 de marzo de 1923 se desmayó en escena, y once días después falleció en brazos de su hijo Mauricio. Tras un entierro multitudinario donde ciento cincuenta mil personas acudieron a despedirla, sus restos fueron depositados en París, en el cementerio Pére-Lachaise.

Sara actuó como mecenas de varios artistas, entre ellos Mucha, y fue hasta su muerte una mujer consecuente con el arte, la pasión de su vida, mostrándose en todo momento como una profesional inteligente, acuciosa y responsable. También se definió políticamente al prestar su apoyo público e irrestricto al escritor Emile Zola en su defensa del caso Dreyfus, y sumar su voz al coro justiciero que proclamó la inocencia del capitán francés condenado injustamente como parte de un complot antijudío, el cual era ya el anuncio de días más sangrientos que vendrían con la Segunda Guerra Mundial.

Veleidosa, sí, como toda gran artista, pero coherente en su carácter como pocos individuos saben serlo, no queda a los cubanos más que deplorar que se haya sentido poco apreciada en nuestra tierra. Esa sensación, y el insulto que nos dejó de regalo, cree esta cronista que habría que archivarlos piadosamente en la gaveta de los malos entendidos causados por la sombra del Otro, siempre erguido en la historia de la cultura de todos los tiempos y, como diría un cuentista cubano, trastocándolo todo.

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Wed, 04 Feb 2009 23:35:08 +0100
EL PRIMER PERIÓDICO CUBANO http://hijadelaire.nireblog.com/post/2008/10/22/el-primer-periodico-cubano http://hijadelaire.nireblog.com/post/2008/10/22/el-primer-periodico-cubano
Alguien ha dicho que una nación no empieza realmente a serlo hasta que tiene su primer periódico. De ser cierto, la nacionalidad cubana habría nacido justamente el 20 de 0ctubre de 1790, cuando los habitantes de la capital leyeron por primera vez las hojas, olorosas a tinta fresca de imprenta, del primer número de El papel periódico de La Habana, diario inaugural del periodismo cubano.

En rigor este no fue el primer “periódico” que existió en la isla. No fue la primera muestra de prensa escrita. Le había precedido La Gazeta, diario oficial y semanal, fundado en 1764 por el Capitán General conde de Ricla, e impreso en la imprenta de la Capitanía General. Este diario eran, en realidad, hojas sueltas, aunque no exactamente volantes. La Gazeta duró más o menos lo que el mandato de Ricla, aproximadamente hasta 1765.

Por esos años, nació El Pensador, periódico "ilustrado", del cual no sobrevivió ningún ejemplar o no ha sido hallado, pero cuya existencia cita Jacobo de la Pezuela, y respaldan otros estudiosos del periodismo cubano. Se cree que sus fundadores fueron uno de los primeros historiadores de Cuba y el primer Conde de Jaruco. El 8 de noviembre de 1772 vio la luz la Gazeta de La Havana, último antecesor de El papel periódico de La Habana.

UN POCO DE HISTORIA

Sin embargo, si se comparan fechas y datos sobre la aparición del periodismo en Europa y América, no queda más remedio que admitir que el nacimiento de nuestro periodismo anduvo algo retrasado.

Se admite generalmente que la primera forma de comunicación social periódica apareció en Roma, y consistió en las llamadas Actas del Pueblo, hojas con informaciones de actualidad que eran pegadas sobre los muros del palacio imperial o en las paredes del Foro. Julio César, por los años cincuenta antes de Cristo, hizo circular las suyas propias para divulgar sus victorias militares.

En la Edad Media surgieron los mercaderes de noticias que redactaban los Avisos, también llamados folios a mano. Consistían en cuatro páginas manuscritas sin título ni firma, con la fecha y el nombre de la ciudad en que se redactaban. Se vendían en los puertos y ofrecían informaciones del mediterráneo oriental (en especial sobre las cruzadas), recogidas de relatos de marineros y peregrinos. Estos avisos tuvieron un gran éxito y enseguida fueron censurados por las autoridades de toda Europa y convertidos en propiedad oficial de las ciudades.

También nacieron en torno a los puertos los Price-courrents que informaban sobre los precios de las mercancías en el mercado internacional, los horarios de los barcos, etc. Se dice que fueron muy famosos los que divulgaban testos de Colón contando el descubrimiento de América.

En el Renacimiento el precio de estas hojas se pagaba en una moneda llamada gazzetta, que dio su nombre a las primeras formas del periodismo. Las gacetas eran un magnífico ejemplo de noticierismo manuscrito, que se vendían en las plazas o circulaban a través del correo regular, hasta que la invención de la imprenta propició su enorme multiplicación y fácil difusión.

En el siglo XVI se siguen publicando avisos, ocasionales, relaciones...y aparece un nuevo tipo de publicación, los Canards, con contenidos de interés más popular, que trataban temas sensacionalistas como apariciones de, monstruos, milagros y otros hechos fantásticos que solían terminar con explicaciones de índole religiosa acordes con la mentalidad cultural de la época. Las Relaciones eran publicaciones de periodicidad semestral, coincidían con las dos ferias anuales de editoriales y libreros, que tenían lugar en la ciudad de Frankfort. Recogían los principales acontecimientos ocurridos en Europa durante los seis meses que separaban una feria de otra. Las primeras gacetas con periodicidad semanal fueron publicadas en Venecia, y a partir de 1619 pasaron, de manos de editores privados, a ser instrumentos oficiales de las monarquías.

Las gacetas más famosas fueron las francesas: La Gazette, Le Journal des Savants, y Le Mercure Galan, todas ellas pertenecientes al siglo XVII., y tuvieron gran influencia en España, que publicó su primera gaceta en1661.El primer periódico diario, el Daily Courrant, nació en Inglaterra en el siglo XVIII. México imprime su primera hoja, El mercurio volante, en 1693, ya con noticias científicas y culturales.

EL PAPEL PERIÓDICO DE LA HABANA

La publicación tuvo una primera etapa, transcurrida bajo los auspicios de sus fundadores. En la primera plana del número inicial apareció una especie de programa o proyecto informativo concebido para el diario en cuestión:

"En las ciudades populosas son de muy grande utilidad los papeles públicos en que se anuncia a los vecinos cuánto ha de hacerse en la semana referente a sus intereses ó a sus diversiones. La Habana, cuya población es ya tan considerable echa de menos uno de esos papeles que dé al público noticia del precio de las ofertas comestibles y de los bastimentos, de las cosas que algunas personan quieran vender o comprar, de los espectáculos, de las obras nuevas de toda clase, de las embarcaciones que han entrado, ó han de salir, en una palabra de: todo aquello que puede contribuir a las comodidades de la vida". (..) "A imitación de otros que se publican en Europa, comenzarán también nuestros papeles con algunos retazos de literatura, que procuraremos escoger con el mayor esmero".

En su segunda etapa, El papel periódico de La Habana pasó a ser el órgano de la Sociedad Cubana de Amigos del País, que nucleaba entre su membresía a las inteligencias más liberales de la isla. Bajo su dirección el periódico se enfocó en temas de la agricultura, el comercio, los nuevos conocimientos científicos naturales en la química, la botánica y su aplicación a la economía, pero manteniendo siempre su interés en la cultura y el pensamiento.

En sus páginas escribieron figuras tan prestigiosas como Tomás Romay, el padre Caballero, Francisco de Arango Y Parreño, Buenaventura Pascual Ferrer y otros muchos, ocultos en ocasiones tras un seudónimo.

Los lectores fundamentales de nuestro primer periódico fueron, sin duda, la burguesía esclavista habanera y, dentro de ella, en el grupo más encumbrado, los nobles beneficiados con títulos de Castilla, criollos o peninsulares, ligados con el desarrollo económico-social del Departamento occidental de la colonia caribeña. El resto de la población, compuesta de esclavos, libertos, artesanos y campesinos, era iletrada. En sus mejores tiempos El papel… solo alcanzó una suscripción de 126 miembros fijos.

Los gobiernos bajo cuyo mandato apareció el periodismo en Cuba eran todos de corte iluminista, y fueron los que introdujeron esas ideas nuevas en la isla, en franco contraste con la tendencia escolástica que reinaba entonces en el clima intelectual de la colonia. Este detalle resulta sumamente interesante a la hora de analizar el papel que desempeñó nuestra primera publicación periódica en la colosal reforma de la educación que pronto iba a tener lugar en la isla, donde ya los ricos hacendados azucareros comenzaban a demandar nuevos enfoques del pensamiento más acordes con el desarrollo de sus intereses económicos.

El papel… criticó duramente las instituciones educacionales existentes, enquistadas en los viejos esquemas mentales del escolasticismo, y demostró la necesidad de una reforma capita en los métodos de enseñanza, lo cual ya había comenzado a tener lugar en el continente americano. Ello demuestra que la isla se encontraba retrasada en relación a las otras colonias españolas de tierra firme.

Cupo a El papel… la tarea, honrosísima por demás, de despertar la curiosidad de la juventud hacia los nuevos nombres y las nuevas tendencias, científicas, intelectuales y filosóficas de la época, poniendo a Cuba en la misma frecuencia en que vibraba ya la nueva mentalidad del mundo.

REFLEJOS DEL PENSAMIENTO POLÍTICO EN EL PRIMER PERIÓDICO CUBANO

Por entonces los hacendados de la isla se encontraban muy lejos de las corrientes de pensamiento político más radicales que con el tiempo hicieron su aparición entre las clases dominantes de Cuba. Los grandes hacendados y comerciantes criollos practicaban un reformismo moderado que aún descansaba en la más estrecha unidad con España.

Es fácil reconocer las opiniones, deseos e intenciones de los poderosos hacendados congregados en la Sociedad Económica de Amigos del País en las siguientes palabras aparecidas en uno de los números de la publicación habanera:

«Entonces clamarían los ingenios pidiendo se tratase hacer más pingües sus cosechas y económicas sus atenciones. Entonces esas tierras eriales convidarían con su fertilidad para admitir en su seno el algodón, el tabaco, el café y el añil. Se examinarían cuáles eran los mejores medios de adelantar el cultivo de estas producciones, guiadas hasta aquí, sin más conocimientos que los adquiridos por sus abuelos, sin que se haya pensado adelantar cosa alguna en estos ramos».

La expresión abierta y pública de semejantes intereses no podía por menos que acicatear a los hacendados más lentos y conservadores, induciéndolos a tomar conciencia de que la asunción de nuevas posiciones ideológicas, aún cuando fueran contrarias a las esgrimidas por la Metrópoli, era necesaria y ya impostergable para la clase social que encabezaba a la mayor de las Antillas.

CONTRA NATURA...

Curiosamente fue El papel periódico de La Habana un órgano desde cuyas páginas se tomó posición, conjuntamente con los listines de ventas de esclavos, sobre fenómenos sociales tales como la homosexualidad de hombres y de mujeres. Fue esta publicación la que ofreció la primicia de la historia sobre el escandaloso descubrimiento de la verdadera identidad sexual de la ciudadana suiza Enriqueta Fabré, radicada en Cuba, quien ejerció la carrera de medicina disfrazada de hombre y terminó casando con una de sus pacientes, hasta que la misma la denunció a la justicia.

Otras muchas cosas pueden decirse de nuestro primer periódico, pero el espacio impide extenderse más. Valga consignar aquí que El papel… no fue un mero instrumento informativo, sino que cumplió desde su primer número con uno de los más sagrados requerimientos del ejercicio del periodismo: ayudar a la orientación y formación del pensamiento de toda la sociedad y acelerar su desarrollo.

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Wed, 22 Oct 2008 14:26:01 +0100
OTRO PARA ALFONSO SOBRE LAS HIJAS DE CRENAM http://hijadelaire.nireblog.com/post/2008/10/13/otro-para-alfonso-sobre-las-hijas-de-crenam http://hijadelaire.nireblog.com/post/2008/10/13/otro-para-alfonso-sobre-las-hijas-de-crenam Olvidé decirte que yo no soy experta en el celtismo de la España prerromana ni en la Galia, sino en las Islas, Irlanda e Inglaterra (bueno, tampoco experta, solo he investigado todo cuanto he podido desde La Habana, que no es mucho). Pero he leído algunos artículos muy interesantes sobre Hispania prerromana en un sitio llamado celtiberia.net, donde publican intelectuales muy serios, profesores, investigadores, historiadores, antropólogos, y la prerromanidad española me atrae mucho. Te recomiendo, por si no lo conocieras, ese sitio de Celtiberia; es magnífico y tal vez encuentres en su Biblioteca algo que resulte de tu interés. Tienen un foro, pero no sé qué pasa con él desde hace un tiempo, parece que lo han cerrado. Ve allí, te será muy agradable.
Saludos para ti.

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Mon, 13 Oct 2008 17:11:14 +0100
PARA BENIGNO http://hijadelaire.nireblog.com/post/2008/10/13/para-benigno http://hijadelaire.nireblog.com/post/2008/10/13/para-benigno Botella al mar: ¿por qué el silencio?

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Mon, 13 Oct 2008 16:56:56 +0100
A CHRISTIAN HEILER http://hijadelaire.nireblog.com/post/2008/10/13/a-christian-heiler http://hijadelaire.nireblog.com/post/2008/10/13/a-christian-heiler Usted no es el empresario mexicano que aparece en Internet con ese mismo nombre, y no despíerta mi curiosidad con su misteriosa identidad ni con su extraño lenguaje poético. Por principio, no me agrada el anonimato. Si realmente quiere comunicarse conmigo, quítese la máscara. No entraré en ese juego.

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Mon, 13 Oct 2008 16:54:00 +0100
SOBRE EL BLOG DE LAS HIJAS DE CRENAM http://hijadelaire.nireblog.com/post/2008/10/13/sobre-el-blog-de-las-hijas-de-crenam http://hijadelaire.nireblog.com/post/2008/10/13/sobre-el-blog-de-las-hijas-de-crenam Estuve leyendo el texto que me fue recomendado en esta dirección: http://lashijasdecrenam.blogspot.com/. Como se me pide mi opinión, la doy con toda modestia. Me parece un texto con potencial narrativo, tiene un ritmo dinámico y también suspense. Si se tratara de ofrecer alguna sugerencia, yo diría que convendría revisar la figura del personaje malo, el jefe de los guerreros, porque está presentado sin matices. Y en general, sería conveniente hacer un trabajo de edición que enriqueciera la narración. Pero lo leí en su totalidad y no me aburrió ni me cansó, y eso es una señal a favor del autor. Bueno espero con esto haber satisfecho la petición de opinión. Doy las gracias a la persona que me honró con su confianza en mi juicio.

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Mon, 13 Oct 2008 16:48:53 +0100
EL MISTERIOSO LIBRO CUBANO QUE VALE MÁS QUE UNA JOYA http://hijadelaire.nireblog.com/post/2008/09/12/el-misterioso-libro-cubano-que-vale-mas-que-una-joya http://hijadelaire.nireblog.com/post/2008/09/12/el-misterioso-libro-cubano-que-vale-mas-que-una-joya La Biblioteca Nacional José Martí atesora entre sus fondos bibliográficos verdaderas joyas como La Tarifa de Precios de Medicinas, impresa en 1723 y considerada el folleto cubano más antiguo; la Descripción de diferentes piezas de historia natural, o Libro de los peces, como se le conoce vulgarmente, que data de 1787, primer libro cubano ilustrado y otras piezas de enorme valor. Pero serían un joven advenedizo dominicano, de profesión médico, y un artista francés que vino a la Gran Antilla huyendo de las secuelas de La Bastilla, quienes unirían esfuerzos para dar a la isla su libro más valioso: en 1857 el doctor Justo Germán Cantero y el grabador Eduardo Laplante dieron a la imprenta el más famoso y codiciado de los libros impresos en Cuba: El libro de los ingenios.

Las planchas litográficas de Laplante constituyen hoy día verdaderas piezas de coleccionista que se venden y compran a precios de oro. Se dice que no existen más que unos cinco o seis juegos de ellas en todo el planeta, y ya Tomas Ely, investigador norteamericano que trabajó largamente en la isla buscando información para su libro Cuando reinaba Su Majestad el Azúcar, tuvo la suerte de poder ver y tocar uno de ellos allá por los años cincuenta, cuando accedió a mostrárselo su propietario, un multimillonario cubano cuyo nombre Ely no menciona, pero de quien cuenta que guardaba aquel tesoro en una caja fuerte de acero.

Muchos son los artistas plásticos y especialistas de todas las épocas que se han manifestado con gran entusiasmo estético sobre la calidad de estos grabados, considerados entre los más antiguos y de mejor calidad de los realizados en el país, pero lo cierto es que, por mucho que tal calidad deba al talento personal de Laplante, este no encontró a su llegada a nuestra tierra un vacío donde plantar su arte como bandera de fundador, sino que halló una tradición de grabado ya rica y desarrollada, en la que él se limitó a insertarse y, pensamos, fue influido por ella, lo mismo que por el entorno y las características del paisaje cubano.

Las primeras tallas xilográficas conocidas en nuestro país datan del siglo XVIII; se trata de la calcografía, y la técnica más utilizada dentro de este género fue la talla dulce con uso del buril. El primer impresor conocido en La Habana fue Carlos Havré, de origen flamenco, cuyo taller funcionó hasta 1727, aunque principalmente este pionero se dedicó a la impresión.

Pero no será hasta el siguiente siglo cuando el grabado cubano encuentre en la floreciente industria tabaquera su mejor vehículo de expresión. Los mejores artistas grabadores nacionales y extranjeros trabajan en el diseño de vitelas que son auténticas obras de arte. En 1807 comienza con Hipólito Garneray la llegada de una auténtica ola de artistas exiliados que huyendo de Napoleón recalaban en nuestras playas y se quedaban, seducidos por la belleza del paisaje y la intensidad de la luz. Garneray da inicio al movimiento más importante del grabado cubano.

Se dice que en estas primeras oleadas de recién llegados no venían artistas de primera fila, pero es incuestionable que sí lo hicieron muy buenos dibujantes y litógrafos, técnica muy moderna por entonces. Lo cierto es que una vez en tierra cubana la inspiración los fue ganando y comenzaron a crear sus obras basándose en los muy variados tipos humanos que veían a su alrededor, así como en la vegetación y arquitectura de la isla. Sus grabados constituyen una extensa muestra documental de la época, lo cual, además de sus bellezas plásticas, los hace de gran valor histórico. Ejemplo de ello fueron las vistas de La Habana realizadas por Federico Mihale, litografiadas por Luis Marquier, y que pueden hallarse en el conocido Álbum de la Isla de Cuba. Los trabajos de Mihale se caracterizan por su temática preferentemente costumbrista, su profundo dominio del dibujo académico y del claroscuro.

Otro terreno donde el grabado dejó hermosísimas creaciones fue el militar, ya que siendo Cuba plaza de especial interés para la Corona española no sólo por sí misma, sino por su condición de antemural de Las Indias Occidentales, fue casi desde los comienzos de su colonización tierra fortificada. Y entre todos los grabados de castillos y plazas realizados se distinguen las vistas de la Plaza del Mercado y la iglesia de San Francisco de Asís, dibujadas por el ingeniero militar Elías Durnfort y editadas en Londres por Edward Rooker, verdaderas joyas de nuestro patrimonio plástico nacional.

El grabado a color llega Cuba en la segunda mitad del siglo XIX, y El libro de los ingenios es la mejor muestra que ha sobrevivido de los grabados coloreados de la primera época de esta técnica.
La existencia de este libro se debe en buena parte a un crimen, por lo que podría decirse que a las bellas tintas que sus litografías que arrancaron encendidas palabras de elogio José Martí, habría que agregar el bermellón de la sangre.

Se cuenta que Justo Germán Cantero era un médico joven que llegó a Cuba procedente de Santo Domingo, de donde venía huyendo de alguna culpa de la que no ha quedado clara memoria. Una vez radicado en Trinidad comenzó a ejercer su ciencia. Gracias al carisma de su personalidad no tardó en formar parte del círculo de íntimos de don Pedro Iznaga, quien junto con Borrell, conde de Guáimaro, y el inglés William Baker, formaba el trío de las mayores fortunas de la florecientísima villa de Trinidad.

La familia Iznaga tenía fama antigua de excéntrica y rara. Abundaban en ella los especimenes con su leyenda personal, como el caso de aquel Iznaga obeso de quien se cuenta gustaba hacerse servir el almuerzo en la azotea de su casa, a donde subía enteramente desnudo para disfrutar de las brisas refrescantes en compañía de sus esclavas, también en cueros vivos, las cuales le servían los manjares y bailaban y cantaban para su solaz y esparcimiento; o el propio don Pedro, famoso en toda la isla por haber excavado un pozo muy profundo para competir por el amor de una muchacha con su hermano Alejo, quien, con tal fin construyó la famosa torre Iznaga que domina el Valle de los Ingenios.

El anciano don Pedro, enfermo e inválido, se dejó ganar por la simpatía que le demostraba el joven doctor dominicano, y le abrió las puertas de su casa y su confianza. La esposa de don Pedro, mucho más joven que su marido, aunque mayor que Cantero, se enamoró de este locamente y se entregó a él. La pareja culpable concibió el plan de eliminar al molesto esposo para vivir plenamente su amor y disfrutar en igual condición la inmensa fortuna, en la que, entre otras propiedades, iban incluidos más de diez ingenios azucareros. Cuenta la leyenda que durante uno de sus acostumbrados ataques, don Pedro bebió una pócima que le administró Cantero y pasó al otro mundo sin sospechar que era víctima de un asesinato en toda la regla. El médico y la viuda dejaron pasar unos meses y contrajeron matrimonio en medio de una villa que hervía de rumores y cóleras soterradas, pero en la que nadie se atrevió a levantar un dedo acusatorio contra los criminales. Por si fuera poco, en Madrid Cantero fue nombrado Gentilhombre de Cámara de Su Majestad el Rey de España.

Con semejante espaldarazo dado por la Corona misma, Cantero se hayó en posesión de una riqueza que aún hoy día no se ha podido calcular en toda su extensión. Como era hombre amable e ilustrado y de carácter alegre y amistoso, no tardó en rodearse de toda la sociedad trinitaria. Comenzó a redactar sus descripciones minuciosas de todos los ingenios de la isla aún antes de haber entrado en tratos con Laplante. Cuando ambos hombres se encontraron, ocurrió uno de esos sucesos humanos e históricos que parecen no tener otro objetivo que el de dar un don a la Humanidad. Cantero financió el recorrido de Laplante desde el Mariel a Trinidad, para que el artista pudiera copiar del natural el material paisajístico necesario al común propósito. Esto fue y continúa siendo El libro de los ingenios.

Desafortunadamente en nuestro país resulta muy difícil consultar este maravilloso texto, debido a que sólo existen dos ejemplares para uso de los especialistas y, desde luego, están protegidos por regulaciones destinadas a salvaguardar su integridad física y su conservación. Sin embargo, el doctor Leví Marrero publicó antes de su muerte una antología que incluye la casi totalidad de las bellísimas láminas dibujadas litografiadas por Laplante, y un resumen hecho por él de los textos descriptivos de Cantero. Esta edición es, en realidad, una separata del volumen X de Cuba: economía y sociedad, de la autoría del propio investigador.

Vale decir que en esta historia, a mal principio hubo buen fin, pues sin la ambición de un joven inmigrante y la alevosa muerte de un riquísimo hacendado cubano no existiría hoy la mayor joya bibliográfica de Cuba.

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Fri, 12 Sep 2008 13:13:10 +0100
Manuel García, el bandido que reinó en los campos de Cuba http://hijadelaire.nireblog.com/post/2008/09/08/manuel-garcia-el-bandido-que-reino-en-los-campos-de-cuba http://hijadelaire.nireblog.com/post/2008/09/08/manuel-garcia-el-bandido-que-reino-en-los-campos-de-cuba Manuel García Ponce, más conocido como el Rey de los campos de Cuba, nació el 1 de febrero de 1851 y tuvo una existencia dramática y casi legendaria. Algunos lo califican como bandolero y otros como un hombre que murió como patriota e independentista, gracias a una evolución ideológica que duró largos años de su vida y la hizo cambiar completamente.

Manuel García vino al mundo en Alacranes, provincia de Matanzas, pero su familia se trasladó a Quivicán en los años 70. Él se identificaba a sí mismo como Rey de los campos y cacique de toda la isla de Cuba. Se atribuyó carácter de separatista, mantuvo correspondencia con los revolucionarios de Cuba y de Cayo Hueso, y se dice que el dinero que obtenía de los secuestros que realizaba lo asignaba a la compra de armas y municiones para la revolución y a ayudar a los campesinos.

En una investigación histórica realizada a lo largo de varios años por los periodistas Jorge Petinaud y Raúl Rodríguez, se afirma que los servicios de inteligencia y contrainteligencia españoles fueron los primeros en endilgar a Manuel García el calificativo de bandolero, bandido y malhechor, y que luego, repitiendo superficialmente cada calumnia, escritores y periodistas de distintas generaciones contribuyeron a dar una imagen deformada de este personaje tan pintoresco de la historia de Cuba.

En 1876 Manuel García sirvió de guía en San Felipe a una expedición enviada desde Cayo Hueso por Francisco Vicente Aguilera, aunque según afirman los investigadores anteriormente citados, no se puede asegurar que haya actuado entonces movido por profundas concepciones políticas e ideológicas, como se sabe que sí lo hizo a partir del año siguiente.

A finales de esa década fue a prisión tras un altercado con un acalde que le faltó el respeto a su esposa. Tiempo después sorprendió a su padrastro golpeando a su madre, y le asestó al agresor un machetazo que lo dejó tendido, pero no muerto como se ha asegurado en otras versiones.
Para no volver a la cárcel huyó al monte, donde se vio involucrado en hechos delictivos al vincularse a un tal Cristóbal Días, quien se dedicaba a actividades ilícitas.

En 1885 viajó a Estados Unidos, donde trabajó en Cayo Hueso en una tabaquería. Allí entró en contacto con veteranos independentistas. En 1887 llegó en balandro Delphine a Puerto Escondido, al nordeste de La Habana, integrando un destacamento formado por cuatro personas, a cuyo frente Manuel quedó al morir en combate contra los españoles el capitán del Ejército Libertador que iba al frente del grupo.

Manuel García no solo viajó a Cuba en una expedición posterior a la Guerra Chiquita, sino que entre 1887 y 1895 mantuvo en pie el espíritu independentista y no dio tregua a un contingente de soldados españoles que lo perseguían por las provincias occidentales y en Las Villas, y cumplió la misión de mantener en jaque a las tropas coloniales, destruir propiedades enemigas y recaudar fondos para la lucha. José Martí en una ocasión rechazó ocho mil pesos que le envió García, y que eran producto de un rescate cobrado por causa de un secuestro. Manuel García pidió a Martí que aceptara su donativo para la causa, pero el Apóstol aclaró a Juan Gualberto Gómez, quien actuaba como intermediario en dicha transacción, que se dijera al remitente que no tomara la negativa como un desaire, pero que la Revolución no se solidarizaba con su vida anterior, y agregó que si la guerra revolucionaria estallaba, ya tendría el señor García oportunidad de mostrar sus condiciones de patriota. Martí actuó de esta manera porque siempre veló con celo sumo por la pureza de la Revolución, pero también porque deseaba acicatear a Manuel García —cuyos valores reconocía con su habitual ojo sabio— a cambiar su forma de vivir y convertirse en un hombre de pro, ya que en aquellos momentos precisamente García era objeto de una campaña sistemática en su contra a través de los medios de difusión del gobierno español colonial.

En realidad, a Manuel García se le consideraba entre los emigrados cubanos de los Estados Unidos como un rebelde contra la autoridad de España.

De él escribió José Manuel Carbonell en el Diario de La Marina:

Conocía el monte como su propia casa, y entre los sencillos habitantes del campo tenía amigos, confidentes y encubridores que lo orientaban y mantenían enterado de los movimientos de sus perseguidores. Fue admirado y querido por cuantos de cerca le trataron. Bajo la capa del malhechor, lanzado en la vorágine del mal por circunstancias imprevistas, palpitaba el corazón de un patriota que soñaba con la redención de su tierra. Porque Manuel García —hay que decirlo por la verdad de la Historia— fue un bandolero patriota que cometió desafueros por las necesidades mismas de du oficio, pero que repartía el bien a manos llenas con el producto de sus ilícitas aventuras, y pensaba en la patria, a la que quiso ayudar y ayudó con su dinero y con su persona, y a la que ofrendó su vida (…).

Manuel García murió el 24 de febrero de 1895, en el pueblo de Ceiba Mocha, Matanzas, al parecer asesinado, cuando con grados de comandante del Ejército Libertador acudía al frente de sus hombres a unirse a los patriotas matanceros alzados ese día.

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Mon, 08 Sep 2008 18:31:45 +0100
lOS CUBANOS, PIONEROS APICULTORES DEL NUEVO MUNDO http://hijadelaire.nireblog.com/post/2008/08/29/los-cubanos-pioneros-apicultores-del-nuevo-mundo http://hijadelaire.nireblog.com/post/2008/08/29/los-cubanos-pioneros-apicultores-del-nuevo-mundo Los cubanos, incluso si somos nativos de ciudades, estamos acostumbrados a ver abejas, a consumir miel, comer un trozo de panal, encender una vela y hasta a que nos piquen cuando andamos desprevenidos entre las flores, pero lo que muy pocos sabemos es que cuando los españoles pisaron nuestras costas por primera vez, los indígenas de esta isla nunca habían visto una abeja y desconocían todos los productos que de ellas se derivan.
Fueron precisamente los colonizadores, necesitados de la cera para confeccionar velas de alumbrado, quienes desde los comienzos de su instalación en estas tierras se preocuparon por introducir abejas en sus nuevas colonias de Cuba, Puerto Rico y Jamaica.
Pero no fue hasta después de la toma de La Habana por los ingleses que las autoridades españolas lograron traer los primeros ejemplares procedentes de la Florida, lo que sucedió en el año1763. Seis años después, consta por las obras de cronistas y funcionarios que todavía no existían abejas europeas en México ni en las otras colonias españolas de la región. Para disfrutar de las bondades del insecto, Centro y Sur América tuvieron que esperar la llegada del siglo XIX, siendo las tierras mayas de Yucatán las últimas en beneficiarse, tan tarde como en ¡1911! Se supone que tal demora en propagar la cría de abejas europeas productoras de miel se haya debido a que en esos países los colonizadores encontraron una especie nativa sin aguijón que producía cera y miel en abundancia, pero que en la medida en que los virreynatos iban creciendo ya no fue suficiente para su abastecimiento..
Para los cubanos de nuestra época, tan familiarizados con las virtudes de la miel, resulta raro oír que en aquellos lejanos tiempos en los que se desconocía la electricidad, la producción de miel era mucho menos importante que la de cera, que se utilizaba para el alumbrado y los usos que imponían los oficios religiosos de la Iglesia católica.
La primera exportación cubana de productos de la colmena ocurrió en 1770 y consistió en veinticinco arrobas de cera embarcadas con destino al puerto mexicano de Veracruz, lo que permite suponer que en el virreynato de México, en perpetuo crecimiento demográfico, empezaba a aumentar la demanda de ese producto. Según el sabio alemán Alexander Humboldt, que tantos conocimientos importantes divulgó sobre el Nuevo Mundo, todavía en el siglo XIX México dependía del comercio de cera con la isla de Cuba.
La primacía de Cuba en cuanto a la introducción de la apicultura tuvo, entre otros resultados, el de convertir a la isla en el primer país del continente donde se desarrolló esa industria y se publicó literatura al respecto. Las autoridades supremas de la isla e instituciones comerciales interesadas en el incremento de la apicultura nacional, emitieron ordenanzas para estimular la investigación y adquisición de nuevas técnicas en la cría de abejas melíferas, y publicaron en El Papel Periódico de La Habana la convocatoria para un concurso sobre apicultura que concedería trescientos pesos duros al autor de la obra ganadora.
Entre un total de nueve obras presentadas, el jurado premió la escrita por el señr Eugenio de la Plaza y otorgó un accésit a la del científico Tomás Romay. Las dos obras fueron presentadas en forma de memoria. La de Eugenio de la Plaza mostraba grandes conocimientos en la cría y manejo de las colmenas y su adaptación a las condiciones climatológicas de Cuba, mientras que la de Romay consistía en una investigación hecha entre cosecheros y comerciantes sobre los modos más aconsejables de fomentar e impulsar el desarrollo de la apicultura. La obra de De la Plaza fue publicada por el célebre impresor Esteban Boloña, y la de Romay por la Sociedad Económica de Amigos del País.
Sin embargo, parece ser que a pesar de no haber logrado conquistar el codiciado primer lugar en el concurso, es la memoria de Romay la más interesante para la historia de la apicultura cubana, por los datos que aportó acerca de la mejor ubicación de las colmenas, de otras especies depredadoras de las abejas, de técnicas de captura de enjambres y de procesamiento de los productos como la miel y la cera.
Es interesante destacar que el ganador, Eugenio de la Plaza, tenía conocimientos prácticos de apicultura, mientras que el doctor Tomás Romay carecía de ellos y parece que basó la elaboración de su obra en encuestas e investigaciones que llevó a cabo entre personal especializado, lo que denota la aplicación de métodos bastante modernos de acercamiento a una disciplina, y constituye una prueba más de su indudable genio científico e intelectual.

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Fri, 29 Aug 2008 02:13:00 +0100
OTRO PARA LUIS http://hijadelaire.nireblog.com/post/2008/08/01/otro-para-luis http://hijadelaire.nireblog.com/post/2008/08/01/otro-para-luis GRACIAS POR LOS SITIOS. ME VUELVE LOCA PENSAR QUEPERDÍ MI HISTORIA DE LSO BALLETS RUSOS...

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Fri, 01 Aug 2008 03:40:56 +0100
A LUIS MONTES DE OCA http://hijadelaire.nireblog.com/post/2008/08/01/a-luis-montes-de-oca http://hijadelaire.nireblog.com/post/2008/08/01/a-luis-montes-de-oca Ojalá encuentres este mensaje. Sí, soy fanática del decadentismo, el modernismo, todo ese movimiento oscuro, morboso, intenso. Desde que era adolescente y encontré los primeros libros de Pierre Lotti, Roger Peyreffit, la poesía de los simbolistas y los parnasianos, pero sobre todo la pintura, y las ilustraciones de Berdsley, que fueron probablemente lo que vi primero, me pareció que todo aquello olía a perfumes muy exóticos, tenía una atmósfera completamente diferente de otras lecturas que había hecho ya; todo era tan táctil, hablaba tanto a los sentidos del espíritu... No tenía idea de lo que era, yo solo buscaba como una ratona en las bibliotecas de mi familia y leía, leía fascinada... Hace poco la pintora e ilustradora Duchy Man Valderá, especialista en esa época y con quien puedo conectarte si deseas, me mostró un libro maravilloso, el catálogo de una exposición que organizaron en Canarias hace unos años en honor al único pintor simbolista que ellos tienen, ahora no recuerdo su nombre, pero todo un carácter decadente, y ese libro trae estudios realizados por expertos en ese movimiento, ensayos portentosos. Tengo su ficha,pero no a mano en este momento. Es un material sensacional. Hay un trabajo sobre el círculo Rosacruz y Péladan, otro sobre la caracterización genérica del héroe decadente, otro sobre la pintura... qué te cuento. Hace unos pocos meses estuve estudiando a las demi-mondaine parisinas, tengo una carpeta de fotos y hasta un minifilme erótico de la época, un material de archivo espectacular que me regalaron, y si no se ha borrado de alguna de mis máquinas, pues debe estar aún por ahí. En este momento tengo todavía un libro que me han prestado sobre modas y tejidos a través de la Historia, y esa época viene magistralmente representada, son colecciones japonesas asombrosas. Ando pensando en un cuento donde se junten Eric Satie, Péladan, Klimt y algunas de las chicas más significativas... ¿Conoces la música de Satie? Yo la descubrí hace poco, las Gimnopedias pero me gusta toda. ¿Dónde vives? Mis libros están publicados, todos mis cuentos,pero si quieres puedo enviarte los archivos.
Saludos

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Fri, 01 Aug 2008 03:37:45 +0100
EL BRILLANTE DEL CAPITOLIO DE LA HABANA: COMO EN LAS MIL Y UNA NOCHES ÁRABES http://hijadelaire.nireblog.com/post/2008/07/25/el-brillante-del-capitolio-de-la-habana-como-en-las-mil-y-una-noches-arabes http://hijadelaire.nireblog.com/post/2008/07/25/el-brillante-del-capitolio-de-la-habana-como-en-las-mil-y-una-noches-arabes Sucedió cuando al Capitolio Nacional de La Habana estaba cercano al decimoséptimo aniversario de su inauguración, ocurrida el 20 de mayo de 1929, el mismo día en que inició su segundo e inconcluso mandato el presidente Gerardo Machado.
Los acontecimientos dejaron perplejos a todos los cubanos y la prensa no dejó de hablar de ello por mucho tiempo.
En la majestuosa sede del Senado y la Cámara de Representantes, el edificio del paseo del Prado con su monumental escalera frontal, su gran cúpula y la enorme estatua en su interior, se produjo un robo que dejó atónitos a todos.
El brillante que en el Salón de los Pasos Perdidos marca el kilómetro cero de la Carretera Central, la joya, que se afirma perteneció a una de las coronas del último zar de Rusia, había sido robada de forma increíble, como una simple fruta puede ser sustraída del árbol del vecino.
El presidente de turno, Ramón Grau San Martín, había defraudado la confianza de la población al ignorar sus promesas de honestidad administrativa y dar riendas sueltas a la corrupción, el pandillerismo y la politiquería.
En aquel ambiente pletórico de escandalosas actividades delictivas se inscribió el ocurrido el 26 de marzo de 1946, hecho que ha pasado a la historia cubana como el “robo del brillante del Capitolio”.
La gema de más de 20 kilates había sido adquirida en 13 000 pesos, tras una colecta pública, a una casa de empeño de La Habana, y su diámetro era similar al de una moneda antigua de diez centavos. Un joyero la había comprado en París en la década del 20 del siglo pasado y luego la empeñó en la capital cubana a otro comerciante de ese giro.
El mencionado 26 de marzo un gendarme del Capitolio, durante su recorrido reglamentario por el Salón de los Pasos Perdidos, descubrió asombrado que el cristal protector de la joya había sido quebrado y de la piedra no quedaba ni rastro. El cristal, de pulgada y media de espesor y considerado hasta ese momento irrompible, fue destrozado en su armazón protectora de acero. El ladrón demostró que el brillante no permanecía tan seguro como se consideraba que estaba en aquel lugar.
No hubo huellas digitales y solo se halló un forro de sombrero con manchas de sangre, varios fósforos apagados y escrito con lápiz en el suelo un letrero que decía: “2:45 a 3:15-24 kilates”.
El escándalo fue de proporciones nacionales y la Policía se reconoció impotente. Los vigilantes nocturnos que trabajaron en aquella jornada fueron detenidos y liberados más tarde. Todo transcurrió como un robo perfecto. Solo la gigantesca Estatua de la República, a cuyos pies se produjo el hurto, había sido testigo mudo del acto delictivo.
Pero el brillante, que durante años ocupó con frecuencia la atención de cubanos y extranjeros —quienes acudían al Capitolio a admirar su magnificencia no solo por su tamaño, valor y belleza, sino porque algunas agencias turísticas de los Estados Unidos le atribuían supuestas propiedades curativas para llamar la atención de los incautos viajeros—, apareció un buen día, meses después del robo,también de forma misteriosa e inexplicable.
A catorce meses de la sustracción, en el despacho presidencial de Grau se produjo una escena realmente extraordinaria. El mandatario, con su estilo socarrón de siempre, les anunció a los presentes que la joya robada en el Capitolio había aparecido “misteriosamente” en su mesa de trabajo. Grau, interrogado por los allí congregados, insistió que todo había transcurrido de forma anónima y concluyó el espectáculo son una sonrisita enigmática.
La prensa se escandalizó y abundaron las interpretaciones de lo sucedido. Muchos dieron por seguro que el ministro de Educación, José Manuel Alemán, había recuperado el brillante pagando 5 000 pesos por él para ponerlo de inmediato en manos de su protector y amigo: Ramón Grau San Martín. Los dos compinches, se hizo notar entonces, se habían reunido en el despacho del Presidente poco antes del anuncio hecho por el mandatario.
Y ese no fue el único ni el último misterio de la República de Cuba. Hubo muchos más. El Caribe también tiene su encanto.

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Fri, 25 Jul 2008 14:12:33 +0100
COMERCIANTES EN LA CUBA COLONIAL http://hijadelaire.nireblog.com/post/2008/07/18/comerciantes-en-la-cuba-colonial http://hijadelaire.nireblog.com/post/2008/07/18/comerciantes-en-la-cuba-colonial Siempre que se habla de los personajes más interesantes y pintorescos de la Cuba colonial se menciona a los hacendados, los esclavos y las hermosas criollas, ricas o pobres, pero siempre sensuales, siempre reinando bajo las palmas. Sin embargo, hay otras figuras importantísimas para la historia de la isla, como son los comerciantes. No por gusto dice el investigador norteamericano Tomas Ely en su libro Cuando reinaba su majestad el azúcar:
Ninguna investigación de la industria más importante de la Gran Antilla estaría completa sin la debida apr4eciación del papel desempeñado por los comerciantes de La Habana y los puertos provinciales más grandes. Sin esos comerciantes se habría producido muy poco azúcar en Cuba, y se hubiese exportado menos todavía.
Los comerciantes, especialmente los navieros, eran el nexo del hacendado con los mercados extranjeros.
El sistema de bancos surge en Cuba en la segunda década del siglo XIX. Hasta ese omento los hacendados cubanos debían por fuerza recurrir a los comerciantes para solicitar un préstamo, sin el cual el hacendado no hubiera podido antes de la cosecha alimentar ni vestir a sus trabajadores, comprar implementos agrícolas y maquinaria. Los comerciantes eran, pues, necesitados y al mismo tiempo odiados por los hacendados.
Los comerciantes cubanos tenían sus propios muelles y depósitos, desde donde exportaban el azúcar mascabado (negro) despachado en grandes bocoyes o toneles, fabricados casi siempre en las tonelerías de propio comerciante. La picardía de los comerciantes era mucha, pues, entre otros trucos y trampas para obtener ganancias a costa del hacendado, estaba el muy socorrido de recoger en sus almacenes las mieles que drenaban los toneles, que luego el comerciante mercantilizaba sin obligación de pagar este producto al hacendado dueño del azúcar embalada. Los indignados hacendados terminaron construyendo su propio depósito de almacenaje. De otro modo jamás hubieran podido librarse de las trampas de los comerciantes.
Viajeros de la época se refieren llenos de asombro al lujo con que vivían los comerciantes, quienes habitaban hermosas casas coloniales con escaleras y pisos de mármol, azulejos de porcelana, barandas de hierro, puertas y ventanas colosales y un mobiliario rico y sólido.
El vestuario habitual de los comerciantes, no solo españoles, aunque estos fueran mayor número, sino también alemanes, franceses y norteamericanos, se había acriollado por causa del clima, y consistía habitualmente en pantalones blancos y saco suelto del mismo color, zapatos de cuero delgado y corbata angosta. Como complemento característico, fumaba un cigarro tras otro.
Las oficinas de los comerciantes se encontraban en sus propias residencias, siempre en la planta baja de la vivienda, y detrás del escritorio solían tener una caja fuete donde guardaban sus capitales. Vale decir que no hay noticias, o no quedó nunca registrado un asalto a una de estas cajas de hierro.
Pared con pared con la habitación donde el comerciante realizaba sus negocios, se encontraban los depósitos de azúcar, café y otras mercancías, por lo que los olores, intensificados por el calor y la humedad tropicales, eran muy intensos y característicos.

Los empleados que trabajaban para el comerciante vivían casi siempre en la casa de este y comían en su mesa junto con la familia del primero si la tenía. Los empleados de los comerciantes cubanos llegaron a recibir sueldos más sustanciosos que los que se pagaban a sus iguales en los Estados Unidos. Los comerciantes creaban con ellos lazos que, aunque en la realidad eran mera ilusión, pasaban por muy fuertes y emocionales, asegurándose de este modo la lealtad de los hombres bajo sus órdenes.
La vida en estas mansiones laboriosas tenía una rutina que hoy nos es conocida: Nadie se levantaba antes de las nueve de la mañana, y a las diez un sirviente llamaba al personal a desayunar golpeando un cuchillo contra el cristal de un vaso. E menú solía ser suculento y muy costoso. Los almuerzos y cenas de algunos de estos comerciantes llegaron a ser famosos en La Habana de la época. El mobiliario del comedor se improvisaba en la misma tienda para cada comida, armando la mesa con un tablero de cedro sobre un bastidor de madera, y luego se la cubría con un rico mantel. El comerciante y sus empleados comían hasta saciarse y luego se regalaba con los vinos y cigarros más finos, rodeados de sacos de arroz, cajones de arenques, jamones que colgaban del techo y otras mercancías. A menudo el comerciante tenía invitados. Algunos viajeros que dejaron importantes testimonios escritos de su paso por la capital, aseguran que nunca comieron mejor que en la mesa de los comerciantes españoles de La Habana.
También era proverbial la cortesía de los comerciantes. Siempre que alguien llamaba a su puerta llevando cartas de recomendación, los comerciantes de La Habana dejaban de lado sus obligaciones cotidianas y se dedicaban a agasajar a los recién llegados mostrándoles la ciudad y llevándoles a donde quisieran ir. Sin embargo, también ha quedado memoria en las páginas de la Historia de que los comerciantes ingleses y norteamericanos, tachados a menudo de “vagabundos” por los viajeros cronistas, eran bien diferentes de los españoles por su marcada agresividad y su escaso sentido de la hospitalidad. Sobre ellos escribe un compatriota, sir James Alexander, asiduo visitante de La Habana:

“muchos de ellos (los ingleses y norteamericanos) son hombres de pocos principios. Los comerciantes españoles temen mucho el mañoso proceder de sus colegas yanquis, quienes han dañado a propósito embarques de harinas, han echado piedras en barriles de provisiones, y se les ve (a los norteamericanos) constantemente haciendo cálculos, como si hubieran nacido con un lápiz detrás de la oreja”.

Otra compatriota de los comerciantes anglosajones, la Señora Jay, también se quejó a la Historia de los pésimos modales de un grupo de estos hombres con quienes compartió un viaje en tren hacia provincias Según ella, ponían los pies en los asientos, bostezaban, se desperezaban y vagaban de un lugar a otro por el pasillo, se gritaban entre sí desde ambos extremos de los coches y fumaban tanto como los españoles, pero esparciendo más salivazos a su alrededor, y termina diciendo: “Parecían haber dejado en sus casas los frenos que la decencia impone a la vida”.
Entre los españoles los más destacados eran los catalanes, a quienes algunos cronistas extranjeros tildaron de aventureros deseosos de hacer fortuna para ascender en la escala social de las Indias y regresar con mayor rango a su país, donde el dinero, por sí solo, no los hubiera ayudado jamás a saltar las barreras sociales. Por su parte, el Reverendo Abies Abot los calificó como “judíos completos”, a parecer por su proverbial apego al dinero.
Otra visión menos negativa tuvo Arthur Morelet en su libro Viaje a la América Central; la isla de Cuba y Yucatán, quien asegura que el monopolio de los comestibles reside en La Habana y lo manejan los catalanes, a quienes llama “raza trabajadora, ahorrativa y emprendedora”. Morelet afirma que apenas llega a puerto un barco, los catalanes son los primeros en enviar a bordo a sus agentes. Como los catalanes trabajan agrupados, quienes rechacen las condiciones e compraventa que ellos imponen se arriesgan a perder el negocio. Y termina Morelet: “Maestros en su oficio y procediendo con raro concierto, alejan o aplastan a todos los competidores extranjeros”.
Los comerciantes catalanes se ocupaban, además, de suministrar préstamos a los hacendados o, en cambio, todo lo que aquellos necesitaban para el mantenimiento de sus esclavos, pero siempre con un interés que llevó a la ruina a muchos dueños de haciendas y plantaciones.
Hay algo siniestro en este yugo de empréstitos impuesto por los comerciantes a los hacendados, muchos de los cuales eran disolutos y ostentosos y no se cuidaban de gastar con cautela. Era un yugo irrompible, un círculo vicioso del que muy a menudo el hacendado no lograba escapar nunca, por muy grande que fuera la producción de su hacienda, porque la amortización del préstamo no era lo que los arruinaba, sino la de los intereses, que los catalanes especialmente pero todos los comerciantes en general, elevaban sin la menor consideración por el destino de sus víctimas
La situación de sujeción del hacendado al garrote vil del comerciante llegó a tales alturas que amenazaba con paralizar el desarrollo económico del país. Alarmados, estadistas responsables como Martínez de Pinillos e instituciones como la Junta de Autoridades de la Isla de Cuba decidieron derogar la vieja ley denominada Privilegio de Ingenios, a cuya sombra los comerciantes llevaban a cabo sus pillerías, y tomar medidas para el fomento de la agricultura y el comercio y para restablecer la confianza en las transacciones.
Y así se puso coto al reino despiadado de los comerciantes y al vasallaje perpetuo de los hacendados, siempre desangrados por estos hombres siempre estaban sacando cálculos y parecían haber nacido con un lápiz tras la oreja.

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Fri, 18 Jul 2008 15:45:55 +0100
EL REGRESO DEL BARCO FANTASMA http://hijadelaire.nireblog.com/post/2008/07/09/el-regreso-del-barco-fantasma http://hijadelaire.nireblog.com/post/2008/07/09/el-regreso-del-barco-fantasma HISTORIA DEL SANTÍSIMA TRINIDAD
Gina Picart

Entrar en la gran nave del castillo que mira al mar desde el litoral norteño de la Ciudad de La Habana, es una experiencia muy singular: allí, reducido a dos metros de eslora se yergue, apenas recubierto su esqueleto de madera, el más fabuloso de todos los navíos de la Armada Española, y puede decirse sin temor a exagerar que junto a El Escorial, el buque Santísima Trinidad conforma el binomio insignia de la gloria imperial de la España de Felipe II.

Fue Eusebio Leal, Historiador de la Ciudad, quien prestó decididamente su apoyo al proyecto de reconstrucción de este barco que hizo historia, en colaboración con la Asociación Canadiense Amigos del Santísima Trinidad, institución que recaudó los fondos para sufragar esta hermosa aventura.

Juan Carlos Zuloaga, especialista principal del proyecto, cuenta que no se dispone de mucha información sobre el Santísima Trinidad. “La hay de otros navíos de línea de las armadas francesa, española e inglesa, pero el Santísima Trinidad, a pesar de haber sido el buque más grande de la era de la madera, de la era de vela, no tiene registrada mucha información que pueda considerarse exacta. Más bien lo que han hecho quienes han escrito sobre este barco es recoger información en los cuatro puntos cardinales. Por ejemplo, si hoy se sabe que en la batalla de Trafalgar estaba pintado de rojo, como este modelo en el que yo estoy trabajando, es porque los ingleses grababan todas las batallas en que intervenía su armada, y es por estos grabados de época ingleses que hoy podemos saber que el navío apareció en la batalla pintado de rojo con cintas negras, lo que no era el modo usual en que se pintaban los navíos de la armada española, sino en amarillo con cintas negras. Aún en nuestros días no ha podido hallarse ninguna referencia que explique por qué el barco tenía estos colores y no los reglamentarios de su país. Por eso se puede encontrar variación en los modelos que se hagan por ahí. El Santísima Trinidad llegó hasta 1805, fecha en que ya habían sido hechas otras modificaciones reglamentarias en cuanto a colores, por lo que se debe tener mucho cuidado de no caer en anacronismos al representarlo.

“También la tecnología naval se fue desarrollando, pero ya este barco no pudo beneficiarse de ello. Un ejemplo triste de este retraso es el de las bombas de achique. Se sabe que el Santísima… tenía bombas de achique de un solo émbolo., que achicaban unas ciento veinte toneladas de agua por hora, y que manejaban 150 hombres cuando había mar gruesa o temporales. Estas bombas eran insuficientes y fuera de moda, los navíos de línea de la época llevaban ya bombas de cadena como las que tenían los ingleses, que achicaban mucha mayor cantidad de agua con menos esfuerzo. Esa fue una de las razones por las cuales el Santísima no pudo ser salvado en Trafalgar, porque sus bombas de achique no dieron abasto para sacar toda el agua que le fue entrando por los boquetes hechos por los impactos de cañón recibidos durante la batalla, más el temporal. Si hubiera tenido bombas de cadena, quizás hubiera habido tiempo de que los ingleses llegaran más allá de Gibraltar y lo mantuvieran a flote. La información es tan confusa sobre este barco, que actualmente se dice que existen dos planos del mismo, uno en Estados Unidos y otro en España. Es posible que los españoles se llevaran el plano al retirarse de Cuba, pero también podrían tener los americanos el plano verdadero. ¿Cómo saberlo? Incluso he escuchado de una fuente muy relevante que en cierto apartado del Archivo Nacional existe un plano del Santísima…

“En los navíos de línea, pero no solo en ellos, sino en general en todas las armadas de época, la comida que se consumía estaba muy relacionada con los alimentos que se consumían en Europa, y lo mismo sucedía con los navíos norteamericanos. Solo había una diferencia entre, por ejemplo, españoles e ingleses, y es que estos últimos se dieron cuenta en algún momento de que el escorbuto que sufrían los marineros durante las travesía largas se relacionaba con la falta de ingesta de frutos y verduras frescos. Entonces estibaban en sus bodegas toda la cantidad de cítricos que pudieran conseguir, extrayéndoles el zumo que embazaban en botellas utilizando la misma técnica de las conservas.

“En aquella época no existía el frigorífico, por lo que era necesario embarcar los animales vivos, de modo que un navío de guerra no era solo una plataforma de guerra, sino también una especie de granja repleta de gallinas, cerdos, bueyes y cabras, estas últimas con la misión de proveer de leche a la tripulación, pues las vacas se llevaban a bordo en muy poca cantidad, siendo preferidos los bueyes, siempre destinados a la mesa de los oficiales. Estos animales vivos representaban una muy seria amenaza para la salud de la tripulación, pues los barcos de entonces tenían muy mala ventilación y peores condiciones para la vida a bordo. De hecho, para los 1048 hombres que llevaba el Santísima… en la batalla de Trafalgar, ese tipo de barco solo disponía de diez baños, una parte de ellos en los jardines que estaban ubicados en la sección destinada a la oficialidad. El resto de la tripulación, o sea, casi todos los hombres, tenían que hacer sus necesidades naturales en baldes y arrojar al mar su contenido, lo que provocaba infestación de la comida almacenada en las bodegas.

“El agua que se llevaba en las bodegas, envasada en los pipotes más grandes puesto que es el elemento que más consumen los humanos, se estibaba en la parte más baja de la sentina, que a su vez es la parte más baja del barco, es por donde corre el agua, es como un drenaje, una cloaca semejante a las de las calles. El hedor de la sentina era de tal magnitud que contaminaba el agua envasada en barriles. En esas condiciones el agua potable solo duraba unos 25 días. De ahí hasta el final de la travesía la tripulación tenía que beber cerveza y ron. El vino pertenecía a los oficiales. A los marinos rasos solo les quedaba la opción de recoger el agua de lluvia para calmar la sed.

“Los animales vivos no eran para el consumo de la marinería que iba a bordo de un navío de este tipo, sino que estaban destinados a la mesa siempre suculenta de los oficiales. La tripulación comía carne salada de cerdo y res, y también pescado salado. Para comer, los tripulantes se organizaban en ranchos. Los ranchos estaban conformados por un pequeño grupo de marineros, quienes podían agruparse por diversas razones, entre ellas el proceder de la misma tierra o población. Nunca estos ranchos pasaban la cifra de diez hombres, y el vínculo que se establecía entre ellos era como el de una hermandad. Cada rancho llevaba el nombre de su leader. Probablemente en todos los navíos existía un menú diferente para cada día. Los lunes, por ejemplo, podía tocar comer cerdo salado. A cada rancho correspondía un trozo de carne al que se le colocaba una chapa con el nombre del jefe del mismo. El jefe iba con el trozo de carne de su rancho a la cocina, donde lo entregaba a los cocineros para que fuera cocido —con chapilla y todo— en las enormes calderas —de cobre—, y una vez listo para comer era devuelto al jefe, que lo “cortaba en porciones y lo servía a sus hombres, siempre de espaldas, en escudillas de madera. El motivo por el que se volvía de espaldas a su gente era para que todos estuvieran seguros de que no servía mayor porción a alguno por preferencias ni privilegios, puesto que no podía verlos en el momento en que les entregaba su ración. Mientras el barco se encontraba en puerto la tripulación podía comer pan, pues se abastecía en tierra, pero al hacerse a la mar lo que llevaban como provisión era una especie de bizcocho, unas galletas grandes hechas con una mezcla de agua y harina, sin levadura, que duraba años en un saco, y para consumirla había que tener los dientes duros. Los marinos acostumbraban remojarla en cerveza o vino para ablandarla y poder comerla. Consumían cuatro litros y medio de cerveza por persona a diario; guisantes secos, tasajo de cerdo, harina de avena, manteca en el caso de la mantequilla, que casi siempre llegaba a bordo, aún en tierra, ya rancia y luego era muy difícil de digerir. Levaban queso, tan duro que los marinos confeccionaban botones para sus camisas con él; tasajo de buey, vino, zumo de frutas embotellado a partir de comienzos del siglo XIX.

A pesar de esta mala calidad de la alimentación a bordo y de que según algunas investigaciones, solo se comía una vez al día, muchos hombres se enrolaban en las tripulaciones para garantizar el alimento, pues al parecer había mucha hambre en Europa en aquellos tiempos. Las cocinas eran de ladrillos y también había un horno de pan. El Santísima Trinidad tenía ambas piezas. El queso probablemente era de cabra, grande, redondo, y no de muy alta calidad; no resistía las largas travesías y se pudría, hedía dentro de las bodegas y se ponía tan duro que los marinos tallaban con él los botones para sus camisas. El menú de un día podía ser carne salada, avena y queso. El personal destinado a las cocinas solía ser el pobre marino mutilado en escaramuzas y batallas, que quedaba cojo, manco, y los grumetes muy jóvenes, los pinches. Incluso había un lugar en el barco donde se preparaban los alimentos. El jefe del rancho iba a la zona donde se encontraba el almacén de alimentos, donde había un carnicero que se encargaba de cortar la carne, y otra persona, o dos, que sacaban de barriles y cubos grandes lo que iba a consumir cada rancho y lo pesaba en una pesa, lo vertían en cubos y el jefe del rancho se lo llevaba. Las leyes de a bordo eran sumamente severas, tal como se necesitaba para mantener el orden en un conglomerado de hombres semisalvajes sin instrucción, violentos, a veces desesperados, y estaban previstas sanciones severísimas para quien robara comida: “hacer una camisa a cuadros” era la más utilizada, y consistía en atar al culpable a un poste y propinarle latigazos cruzados en forma de una cuadrícula sobre la piel. Otro castigo muy duro era colocar al ladrón encadenado en un cepo, donde podía permanecer tres días sin comer ni beber, y a veces expuesto al sol. O se le ataba a un mástil.

“La tripulación de un navío de la época como el Santísima Trinidad era muy escasa. El marqués de la Ensenada, que fue quien envió a Jorge Juan Santacilia a Inglaterra para que copiara todo el sistema de construcción de barcos de la marina inglesa, llegó a plantear a Godoy, encargado de la armada, que los españoles podrían llegar a tener los mejores barcos, pero jamás tendrían la tripulación ideal para poder poblarlos. En aquellos días España tenía una muy baja densidad de población y se necesitaban 9 mil hombres para poblar los barcos, por lo que las patrullas de leva reclutaban lo mismo agricultores que pícaros, presos, etc. Esa es la razón por la cual la armada española no tenía la misma efectividad que la francesa o la inglesa, porque su marinería no era experta…”

Cuando Zuloaga termina de contar, el que escucha siente como que sale de un sueño. Pero queda en la memoria la imagen de aquel coloso de la navegación de todos los tiempos, surcando el océano con su airoso velamen, y sus alegres marineros, que viajan sin sospechar el destino que pondrá fin a su travesía.

Si dentro de unos meses, un año quizás, usted visita el castillo habanero de La Real Fuerza, podrá sentirse uno más entre las minúsculas figurillas que integran la tripulación del Santísima, quizás el timonel, con su diminuto parche sobre el ojo, o el cocinero que degüella una gallina, o los expertos de elegantes casacas que discuten en el camarote principal la trayectoria del buque ante un gran mapa desplegado sobre la mesa del Capitán…

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Wed, 09 Jul 2008 03:40:11 +0100
QUÉ PENA... http://hijadelaire.nireblog.com/post/2008/07/09/que-pena http://hijadelaire.nireblog.com/post/2008/07/09/que-pena He estado tratando de publicar aquí un cuento, pero por más que copio y pego no aparece publicado. No conprendo qué está pasando...

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Wed, 09 Jul 2008 01:21:04 +0100