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Hija del aire

03/06/2008 GMT 1

¿HAY CELTAS EN CUBA?

hijadelaire @ 18:13

Parece una pregunta que sale sobrando, pues un país como el nuestro, con una fuerte inmigración gallega, es claro que tiene genes celtas. Pero... ¿cuánta gente está plenamente consciente de esto? Dentro y fuera de Cuba la impresión generalizada es que somos un pueblo de raíces africanas. Una nación monolítica de orichas, rumba de cajón, mulatas y mucha salsa sazonada con ron Havana Club.

Pero una mirada atenta podría derrumbar en poco tiempo ese estereotipo.

UN ANÁLISIS PRELIMINAR DEL PANORAMA RELIGIOSO Y CULTURAL CUBANO

La población cubana fue, antes de 1959, predominantemente blanca y católica. El éxodo y las nuevas políticas ideológicas y cuturales que trajo consigo la Revolución alteraron sustancialmente ese estado de cosas. Una gran cantidad de la población abandonó el catolicismo por el ateísmo revolucionario y otra gran cantidad partió al exilio con fe o sin ella. Durante décadas fuimos un pueblo que cultivó el laicismo, pero esto cambió durante los años noventa, cuando el Estado comenzó a promover la unidad religiosa y política y el Partido Comunista comenzó a aceptar en sus filas a creyentes del protestantismo y de las religiones afrocubanas. El mapa filosófico-religioso de la isla sufrió cambios significativos. El apoyo del Estado a la promoción del Barrio Chino —sin chinos— de La Habana y sus antiguas formas de cultura aceleró la expansión de las artes marciales y su concepción del mundo. La caída del campo socialista, con su repercusión en la medicina cubana, provocó un auge de la medicina tradicional, y comenzaron a llegar Maestros extranjeros que introdujeron el reiki, la energía universal, el budismo y otros sistemas de sanación desarrollo espiritual que también comportan otro modo de percepción del universo. Y a través de los grupos de rock gótico la mayor de las Antillas de repente descubrió el revival de la cultura celta, Enya, los mitos artúricos, el druidismo y el espectáculo maravilloso de Riverdance. Todo ello se ha resuelto en un nuevo sincretismo, esta vez no solo de deidades y ritualidad, sino de sistemas de pensamiento y de motivaciones culturales y artísticas,lo que sucede por primera vez en la historia de Cuba: una cultura multipolar.

¿Es esto un fenómeno solo nuestro? De ningún modo. Hemos sido alcanzados por un movimiento cultural que comenzó en Ocidente desde los años sesenta. Los Beatles, la Nueva Era, el rock, nos alcanzaron y nos abrieron a fenómenos como el descubrimiento del orientalismo y el celtismo. Las posibilidades de información, incrementadas por Internet —aún con su limitada accesibilidad para los cubanos—, las Ferias del Libro de La Habana, la despenalizació de la divisa y la posibilidad de adquirir libros en las dos o tres librerías que en esta moneda mantienen una discreta oferta en la ciudad, y el crecimiento del turismo y la mayor flexibilidad del Estado ante las relaciones de cubanos con extranjeros han posibilitado una apertura de los isleños a los flujos culturales que recorren el planeta.

Si nuestra población tiene genes celtas, y esto es incuestionable,no tenía ni nunca tuvo un sustrato cultural celta hasta los tiempos de la intervención norteamericana. Esto se debe a que los españoles de la conquista, los fundadores de nuestra nación, eran de un arraigado catolicismo bien depurado por siglos de Inquisición, y si alguna contaminación religiosa llegó con ellos fue una mínima cantidad de conversos al judaísmo —la mayoría de estos llamados "marranos" siguieron viaje hacia el continente—. El elemento africano, al sincretizarse con el español, produjo formas de música y de baile muy propias del país, como las habaneras, el danzón y el son, y muy pronto desaparecieron de las celebraciones cubanas las formas puras del baile de corte y de ritmos populares españoles que pudieron llegar con los conquistadores. Fuimos una mezcla de españolismo católico y africanía.

Con la intervención norteamericana comienzan a aparecer en Cuba, como parte de la labor de colonización, formas culturales que nosotros creemos norteamericanas, pero que, en realidad, llegaron a Estados Unidos con los fundadores ingleses y la enorme emigración irlandesa que ha caracterizado siempre a ese país. El tan controvertido y anatematizado Árbol de Navidad con sus adornos tí-picamente celtocristianizados, las colecciones de cuentos de hadas —con títulos clásicos que ya los pequeños cubanitos conocían desde hacía mucho tiempo— se empiezana vender a los niños con un repertorio de historias mucho más rico y una impresión de excelente factura en cuanto a ilustraciones y posibilidades de color. Los hijos de las familias cubanas de las ciudades crecen acunados por el dulce resplandor de las hadas, los gnomos, los príncipes y princesas, los caballeros, las brujas y hechiceros, los dragones y castillos de las sagas nórdicomedievales, vale decir celtomedievales en realidad. Los niños campesinos siguen oyendo los cuentos de madres de agua, guijes y bolas de fuego típicas del campo cubano, y los niños negros se duermen con patakines.

Paradójicamente, como tantas veces suele ocurrir cuando se trata de las ideas, los esfuerzos de la Revolución por laicizar a la población cubana han devenido en una profusión de confesiones de fe y de sistemas religiosos y filosóficos. En Cuba, junto a los marxistas convencidos pululan los católicos, los protestantes, los budistas, los yoguis, los practicantes de la medicina tradicional, del budismo, el taoísmo, los rosacruces los masones, en enorme número los babalawos y seguidores del palomonte y otras religiones africanas, seguidores entusiastas de la Nueva Era, aprendices de cabalistas, unos cuantos roqueros satanistas o que pretenden serlo, y... entusiastas fervorosos de la cultura de las cinco naciones celtas actuales y todas las antiguas.

El acercamiento económico de la isla a España, que siguió al derrumbe del campo socialista y tuvo, entre otras consecuencias, un acercamiento también cultural a la Madre Patria, produjo una inmediata proliferación de sociedades españolas que comenzaron a promover los bailes de las diferentes regiones de donde vinieron nuestros abuelos. El característico movimiento de los pies y las danzas circulares, comunes a todas las naciones celtas, dejaron de ser motivo de risa como cosa de abuelitos nostálgicos de boina y alpargatitas, para convertirse en la viva aspiración de cientos de niñas y niños, y de madres y padres no menos entusiasmados y fervorosos que sus vástagos, que cosían vestidos de vuelos y lunares, tejían mantillas y buscaba zapatos de carácter para las presentaciones. Cuba, sin darse cuenta, se fue preparando para entender, disfrutar y emocionarse hasta el tuétano con el retumbar de las tablas bajo las maravilosas piernas del conjunto irlandés Riverdance. Y de repente, el mundo de las hadas, gnomos, caballeros, princesas y dragones, despertó en el anestesiado imaginario del cubano a los acordes de las canciones de Enya y unos videoclips que mostraban, en movimiento, las imágenes de una cultura que tantos y tantos de nosotros lleva sembrada desde tiempos ancestrales en una parte de nuestra memoria genética...

LA PEÑA CELTA BAYA DE ORO

Abel Durán y Ernesto Domínguez se conocieron en la Facultad de Historia de la Universidad de La Habana, y de inmediato descubrieron que tenían una pasión común: rock y cultura celta. El 31 de octubre del 2001, en la sala-teatro Talía, asignada al Grupo de Teatro Universitario y prestada para la ocasión, los dos jóvenes inician lo que ha llegado a ser conocido como la Peña Celta Baya de Oro. Esta primera actividad adolecía de un pobrísimo soporte técnico: Abel y Ernesto solo disponían de una diskman que en un inicio pensaron conectar a un amplificador con cables improvisados, aventura que nunca funcionó, por lo que la velada transcurrió sin música. En sus primeras presentaciones ofrecieron conferencias de quince minutos sobre hitoria de los pueblos celtas. A pesar de que no habían hecho promción oficial, desde la primera peña contaron con un nutrido y entusiasta auditorio que fue creciendo en las sucesivas presentaciones. Libros como Los comentarios de Julio Cesar a la guerra de la Galias, Las colinas huecas y La cueva de Cristal, Yo Claudio y Claudio el dios, y filmes como Excalibur, Las nieblas de Avalón, Arturo y otros materiales semejantes comenzaron a circular entre los adeptos al nuevo culto, entre los que se contaban decenas de estudiantes universitarios de facultades de ciencia y humanidades. Por las reuniones de la Peña pasaron en cuatro años importantes artistas, como la agrupación de música antigua Ars Longa, internacionalmente conocida, Afrocuban Kelt, el célebre gaitero negro Wilbert Calvert, quien llamara recientemente la atención del mundo como discípulo de un gaitero gallego fallecido en Cuba, y otros. Después de un tiempo presentándose en la diminuta sala-teatro El Sótano, la peña dejó de hacer actividades oficiales durante dos años. Imposibilitados por la falta de apoyo de las instituciones culturales gubernamentales, sin sede, Abel y Ernesto no se dieron por vencidos, y tras dos años de silencio reaparecieron el sábado 31 de mayo en el Centro de Cultura Hispanoamericana, más conocido como Palacio de la Cariátides de Malecón y antigua sede del Centro Cultural de España. Con un regreso a sala desbordada, con espectadores de pie y sentados en el suelo desnudo de los pasillos, la Peña reabrió sus puertas para cerrar un evento de ciencia ficción y fantasía convocado por el grupo Behíque de jóvenes ilustradores y escritores. Con más de cuatrocientos asistentes, movidos por el concierto del dúo Pilgrim de música celta, integrado por Adela y Félix, tecladista y cantante procedentes de la ciudad de Santiago de Cuba, la Peña presentó videos, dio lectura a poemas, y realizó presentaciones de libros de temática celta escritos por autores cubanos. Por increíble que parezca, la única publicidad desplegada para la ocasión fueron unos volantes impresos que algunos voluntarios pegaron en los predios de la Universidad.

Cabe preguntarse por qué si manifestaciones culturales como el reguetón, de raíz abiertamente marginal, reciben apoyo total de las instituciones culturales de nuestro país, la Peña Celta no puede beneficiarse del mismo tratamiento. Duro ha sido el camino del rock cubano, estigmatizado fuertemente en sus inicios, pero ahora triunfante, con promoción oficial y espacios en los medios de prensa. Esperemos ¿con paciencia...? a que este destino alcance en un futuro inmediato a la Peña Celta Baya de Oro, bastión de la cultura celta en una isla del Caribe con la mitad de su sangre descendiente de Breogán, Cuchulain y Arturo. Como manifestación cultural validada por un considerable número de seguidores y dedicada a promover una cultuura que es patrimonio de la Humanidad, derecho tiene. Derecho pleno.

15/05/2008 GMT 1

RESPUESTA A ANA LUCÍA

hijadelaire @ 10:30

Lamento haber demorado tanto para volver a entrar a este blog. No había visto su pregunta sobre Carmen. Sus preguntas, en realidad. Carmen era trigueña, con el biotipo general de las criollas de entonces; debió ser pálida, tenía el cabello ligeramente rizado y ojos oscuros, largas pestañas... No era gruesa, sino de redondeces algo mórbidas. Quizás tuvo manos pequeñas y delicadas. Poca estatura. Hay constancia, por las cartas de la madre de Martí a su hijo, de que Carmen era de fragil salud, que padecía achaques y algo semejante a dolores artríticos, pues la humedad de los Estados Unidos le provocaba fortísimos dolores, y además, pasaba muicho tiempo cosiendo ropa, lo que le hacía sufrir muchas molestias en la cintura y la espalda. Doña Leonor llega a quejarse en sus cartas de que no pasa un día sin que tengan que llamarle al doctor. Parece que durante el tiempo que vivió con la familia de Martí lloraba con frecuencia y hablaba muy poco. Supongo que estaba realmente muy deprimida y no le faltaban razones. Martí nunca la amó, se casó con ella porque la desfloró y Carmen era una joven de buena familia, y desde luego, Martí también era un caballero. Esto no son rumores baratos ni malintencionados, el propio Martí se lo confiesa a su amigo Mercado en una carta, con metáforas y giros muy sutiles, pero que no dejan lugar a dudas. En cuanto a la Niña de Guatemala, si hubo entre esta jovencita, María Granados, y Martí alguna clase de intimidad es algo que probablemente nunca se llegará a saber con certeza. Pero, al menos para mí, está muy claro que Martí sintió algo muy fuerte por la muchacha. Y fue recíproco. Tal vez una auténtica pasión. Sin embargo, me parece recordar que cuando ella agonizaba (según versión oficial, de pulmonía, y no de suicidio ni de aborto, aunque muchos especulan que se adentró en el mar en día muy frío para enfermarse y morir porque él se había casado), Martí estaba en Guatemala, muy cerca, pero ya oficialmente unido a Carmen, y aunque la Niña clamó por él en sus últimas horas, él no se presentó en su casa. En cuanto al verso, como toda la poesía de Martí admite muchas interpretaciones. La más simple nos remite a la idea de una frente que arde de fiebre, pero es la frente de una muerta y los cadáveres son fríos, por lo que se trata claramente de una metáfora. La frente es el refugio de la mente, de los pensamientos. ¿Quiso decir Martí que aún después de muerta la Niña, bullían tras la pálida bóveda de su frente sus pensamientos, su pasión ardorosa por él? O quizás fue su propio sentimiento de culpa por la responsabilidad que hubiera podido caberle en aquella triste muerte, lo que hizo que sus labios interpretaran el fuego de su propia verguenza como calor proveniente de la frente de la muerta? Disfrute usted develar por sí misma el oculto sentido de ese verso, que ese y no otro es el fin de la poesía: hablar al oído de cada cual con un mensaje siempre personal e irrepetible. Espero haber aclarado sus dudas hasta donde me es posible. Recuerde que hablamos de la intimidad de dos personas de clase alta —al menos la Niña lo era—, hombre y adolescente decimonónicos, centroamericanos, latinos y católicos, vale decir, llenos de prejuicios y muy interesados en que la verdad sobre sus relaciones nunca llegara a trascender. Curioso nombre el suyo, por una letra no se llama usted como una célebre escritora habanera.

21/01/2008 GMT 1

A NELSON CARDENAS PADRE

hijadelaire @ 19:20

Muchas gracias por sus hermosas opiniones sobre este blog. Si usted deseara saber algo sobre un tema especifico hagamelo saber, y si dispongo de informacion al respecto la publicare inmediatamente.

19/01/2008 GMT 1

DISCULPAS

hijadelaire @ 07:40

N sé por qué, pero las notas correspondientes al trabajo sobre el origen de la cocina cubana no han querido dejarse copiar, por lo que el trabajo aparece sin ellas. No sé qué hacer, soy algo burrinformática. Imaginen que las han leído.

CÓMO NACIÓ LA COCINA CUBANA

hijadelaire @ 07:38

HISTORIA DE LA COCINA EN LA SIEMPRE FIEL ISLA DE CUBA

Contrariamente a lo que muchas personas han creído siempre, el aborigen cubano se alimentaba muy bien y su dieta era muy sana. Se componía fundamentalmente de maíz, yuca, patata, batata y frutas de la isla, entre las cuales tenían una marcada preferencia por la guayaba, a tal extremo que para ellos, en sus creencias religiosas primitivas, lo que pudiera considerarse su paraíso era un lugar donde el hombre, al morir, se reunía con sus dioses y pasaba el tiempo en un ocio benéfico, tendido en una hamaca y comiendo guayabas bien dulces y fragantes. No faltaba en esta dieta la proteína animal, pues sobre todo los taínos, no eran meros recolectores y pescadores, sino agricultores expertos que también cazaban majaes, jutías, iguanas, aves, almiquí, ostión, cangrejos, tortuga, jicotea, caguama, camarones, almejas, y peces como el manjuarí, jaiba, jurel, biajaca y otros propios de nuestros ríos, y degustaban con mucho placer la sabrosísima, nutritiva y delicada carne del manatí, aquel mamífero acuático que confundió a los primeros españoles que lo vieron flotar en los ríos amamantando a sus crías y lo tomaron por una sirena, la antigua mujer-pez de las leyendas marineras.

Es, pues, con la alimentación aborigen, y con lo que quedaba en las bodegas de la Pinta, la Niña y la Santa María —exhaustas tras el largo periplo que las condujo al Descubrimiento— con lo que se alimentaron los primeros europeos que pusieron sus pies en la tierra más hermosa que ojos humanos han visto. Y fue la dieta de los indocubanos la que sustentó durante muchos años a los colonos que no podían aprovisionarse de los cargamentos traídos por las flotas provenientes de España más que una o dos veces al año. Es más, durante los primeros siglos de la Colonización, fueron los aborígenes, tradicionalmente congregados en el poblado indígena de Guanabacoa, quienes se encargaron de abastecer de casabe a la flota de Indias durante sus breves estancias en el puerto de La Habana. Con el tiempo, los españoles fueron introduciendo el nabo, la calabaza, el pato, la paloma, la gallina, el ganado vacuno, el caballo, las ovejas, cabras, cerdos, la caña de azúcar, el arroz, el limón, la naranja, la harina de trigo, el vino y el tasajo.

En estos primeros siglos el núcleo de la alimentación de los blancos ocupantes de Cuba siguió siendo el más típico de los platos españoles: la olla podrida. Surgido hacia el siglo XV como una reinterpretación cristiana del plato conocido como Adafina, era originario del ritual de la fiesta sagrada del Sabbath judío. Su nombre no quiere decir en absoluto que se componga de alimentos putrefactos. En realidad “podrida” se deriva de la palabra poderida, vocablo que significa poderosa, como sinónimo de suculenta o alimenticia. La olla podrida genuina se prepara en la península con carne, tocino, legumbres, hortalizas, patatas y, en ocasiones, embuchado. Los primeros colonizadores tuvieron que hacerle a sus ollas podridas ciertas adaptaciones impuestas por la realidad nutritiva que se encontraron en la mayor de las Antillas, pero el procedimiento de mezclar diferentes carnes con viandas y hervir hasta obtener un caldo espeso siguió siendo el mismo. Así nació el mundialmente célebre ajiaco cubano.

LLEGAN LOS NEGROS

El segundo de nuestros grandes mitos culinarios consiste en repetir una y otra vez que los africanos trajeron cultivos como el plátano , la malanga, el ñame y otros que hasta hoy se han convertido en la base de la cocina cubana, fundamentalmente viandera. No fueron los negros, en su mayoría cautivos de guerras tribales revendidos a las factorías portuguesas de las costas y traídos al Nuevo Mundo en condiciones infrahumanas —hacinados en las bodegas, encadenados, asfixiados por el hedor de sus propios excrementos y medio muertos—, quienes trajeron las semillas ni mucho menos las plántulas, sino los propios comerciantes portugueses y los marinos españoles de las tripulaciones de los barcos negreros quienes, a través de Canarias, introdujeron esos productos agrícolas en la isla; productos que, en casos como el del plátano, ni siquiera eran oriundos de África, sino del Sudeste Asiático. A su vez, los primeros colonos de la isla hicieron llegar el maíz a España, y de ahí a Europa. Las semillas debieron ser conservadas entonces por métodos no muy diferentes de los tradicionales que hasta hoy se pueden encontrar entre los indios latinoamericanos y los campesinos de Cuba: principalmente secado de las semillas en secaderos confeccionados para tal fin; luego se las almacenaba en las bodegas de los navíos, ya fuera envasadas en toneles donde se las cubría con ceniza, o en otros tipos de envoltorios a los que se protegía colocándolos entre hojas de aguacate o eucalipto. Estos cuidados permitían que las semillas sobrevivieran a largas travesías que separaban a España del Nuevo mundo, al que llegaban más o menos indemnes y más o menos atacadas por las plagas de roedores que infestaban los navíos de entonces, pero aún fértiles y dispuestas para su germinación.

Lo que sí aportan los esclavos es el modo de cocinar los alimentos que caracterizaba a cada etnia en el continente, pues es un error pensar que la cocina africana era homogénea.

Tan pronto como comenzó la esclavitud en Cuba, los esclavistas, poseedores de haciendas dedicadas a la producción de azúcar, y en menor número de café, se vieron ante la tarea de alimentar adecuadamente a sus dotaciones. Tenían que dar a los esclavos una comida lo más barata posible, fácil de transportar y de largo rendimiento en los almacenes, pero al mismo tiempo lo suficientemente nutritiva como para permitirles regímenes de trabajo devastadores para el organismo humano. Los esclavos debían vivir el mayor tiempo posible en buen estado de rendimiento físico, pues cada hombre, o pieza, como se les denominaba en el cruel argot de los negreros, costaba una fortuna a sus amos. El alimento de los negros era tan importante que incluso en época de una gran hambruna en la isla, estos llegaron a andar desnudos por falta de esquifaciones , pero nunca dejaron de comer.

El tasajo y el bacalao eran los dos renglones más importantes de la alimentación del esclavo en los barracones cubanos. Las plantaciones de mayor tamaño poseían una gran cocina central donde se elaboraban los alimentos, pero las que no disponían de ella entregaban a cada esclavo su porción de bacalao y tasajo crudo, que estos llevaban para su bohío, donde lo guisaban y comían. Esta cuota les era entregada una sola vez por día. En haciendas donde no se les permitía a los esclavos vivir de manera individual en sus conucos, estos eran congregados en barracones y la comida corría a cargo de las esclavas más viejas, con limitaciones físicas que ya no les permitían participar en el corte o servir para otras tareas.

Según afirma el investigador cubano Manuel Moreno Fraginals en su libro El ingenio, el plato principal que se consumía en los barracones de ingenios y cafetales era una especie de salcocho (aquí asoma su. oreja peluda la pícara olla podrida de los conquistadores). “confeccionado con unos pocos productos que llenaban los requerimientos nutricionales”. Se le conocía como funche, y aún hoy suele ser consumido en algunas islas caribeñas, especialmente en Guadalupe; desde luego, enriquecido con más elementos. No constituía una receta única, sino que se preparaba con una base feculosa, por lo general de harina de maíz, o plátano o boniato “a la que se le agregaba una porción generosa de carne salada o bacalao”. La selección de los componentes variaba con los precios del mercado y la disponibilidad del ingenio. Era servida en abundancia y satisfacía el hambre. La manteca utilizada era de cerdo. Con el pellejo de los animales sacrificados se freían chicharrones en grandes ollas de metal.

Además del funche, los esclavos ingerían grandes cantidades diarias de azúcar en diferentes formas, ya fuera sorbiendo el zumo de las cañas en el mismo campo, o bebiendo el guarapo caliente que se procesaba en las pailas, o comiéndose los trozos de raspadura que se quedaban pegados en las enfriaderas y los tachos, o robando el azúcar y la miel de la casa de purgas.

Cuando la situación económica y comercial del país se fue estabilizando, ya cercano el siglo XIX, los esclavos comenzaron a recibir dos raciones diarias de comida por hombre. No se les daba desayuno, pero algunos ingenios les dejaban beber un trago de aguardiente al amanecer. De una costumbre creada por la esclavitud, este no desayunarse nada, o solo una taza de café o una línea de ron, se convirtió en un mal hábito que se generalizó entre las capas pobres de la población cubana, aunque en honor a la verdad, el desayuno fuerte con jamón, huevos, bacon, panecillos con mantequilla etc., nunca fue propio de la cultura española, sino más bien una herencia que adquirimos nosotros los cubanos de nuestro contacto con la cultura estadounidense. En realidad, el criollo aristocrático, el patricio, fue, independientemente de su riqueza y patrimonio, más bien frugal en el comer y en el beber. Los casos de un tragador pantagruélico como uno de los hermanos de la poderosa y rica familia Iznaga, de Trinidad, que se hacía servir enormes, suculentos banquetes en la azotea de su mansión, y comía sin parar, totalmente desnudo y rodeado de sus esclavos, no abundaron jamás en la isla.

Un esclavo consumía diariamente unos 200 gramos de carne o pescado salados y 500 gr diarios de harina de maíz. Les estaba permitido sembrar ciertos cultivos en sus conucos, así como criar aves de corral, que podían consumir o vender si así lo deseaban.

De todo ello se infiere que la alimentación de los esclavos en las plantaciones cubanas satisfacía con creces las necesidades calóricas y proteínicas para cada jornada de trabajo; era más rica que la del resto de las colonias caribeñas y casi igual a la que recibían sus congéneres en las plantaciones de algodón de Virginia, mucho más prósperas que las haciendas azucareras de la isla.

La carne salada o tasajo, que hasta el siglo XVIII se producía en Cuba, comenzó después a importarse desde Tampico y Río de La Plata. Pero luego de las guerras de independencia de las Trece Colonias este mercado se interrumpió y Cuba fue inundada por la carne de vaca procedente del vecino del norte. Esto duró hasta que terminaron las guerras liberadoras en los virreinatos y se reanudó la compra de tasajo al mercado ganadero de Montevideo.
Los rollitos de tasajo eran una excelente combinación. El tasajo se comía con arroz, en aporreado, en picadillo, en pencas y en rollitos. Se dice que los rollitos de tasajo estaban entre los platos preferidos de la gran poetisa Gertrudis Gómez de Avellaneda. El tasajo desalado se cortaba a la jardinera, se salteaba en poca grasa y se sofreía en una salsa criolla perfumada con vino. Se envolvía luego en casabe (humedecido con agua de sal). El rollito se pasaba por pan rallado (o galleta molida) y huevo y se freía en grasa bien caliente hasta dorar. Se acompañaban con boniatos fritos y salsa criolla al gusto.
El bacalao, uno de los principales, si no el más importante rubro comercial de Noruega, llegó a serlo, y esto es un dato verdaderamente curioso, gracias a las importaciones de bacalao de las plantaciones cubanas.

Tasajo y bacalao fueron, hasta mediados del siglo XIX, comida solo de negros en Cuba. Los esclavos gustaban particularmente del tasajo ligado con boniato. Pero durante la hambruna que asoló la isla cuando la guerra de los diez años, el tasajo y el bacalao se convirtieron en plato nacional comido por todos los estratos y clases sociales. Este tasajo “boniatero” la base de la comida acordada en las contratas de la mano de obra isleña e irlandesa que construyó el premier tramo Habana-Guines del ferrocarril en la isla, donde se especificaba que el tasajo solo le fuera suministrado a los negros, mientras que a los blancos se les entregaría diariamente carne fresca.

El boniato, por su parte, es una herencia de nuestros antepasados taínos y siboneyes, quienes lo comían asándolo en cazuela de barro. Así preparado, el boniato se conoce como “catibía”. Aún hoy, en muchas regiones de Cuba, cuando se quiere remarcar que cierta persona es boba, pelmaza o pierde el tiempo sin hacer nada útil, se dice que fulano es un come catibía.

Sin embargo, hubo zonas en Cuba que, por ser ganaderas, alimentaban a sus dotaciones de esclavos con carne de vacuno. Entre estas se encontraban Puerto Príncipe y Sacti Espíritus. En el ingenio Las coloradas, de la riquísima familia Valle-Iznaga, se consumían dos vacas y media por semana, más los bueyes que casa semana eran sacrificados por inútiles, y que también pasaban a formar parte de las raciones de la dotación de 260 negros. Ello se debía a que la carne fresca de vacuno era más barata que el tasajo.

Las primeras relaciones comerciales entre las Trece Colonias y Cuba no se basaron, como muchos creen, en el comercio de tabaco o azúcar, sino en el del arroz, que durante la mayor parte del siglo XVIII fue comida de esclavos. Solo a mediados del XX se comenzó a importar arroz asiático. De acuerdo con el gusto de la etnia yoruba, el arroz que actualmente sigue gustando al cubano es el de grano largo y entero, que se cocine desgranado, con manteca y más bien seco, mezclándosele con frijoles, ya sean negros, colorados, lentejas o cualquier otra miniestra. El arroz amarillo sazonado con picantes era ya conocido en la cocina yoruba anterior a la esclavitud en el Nuevo Mundo.

De todas las viandas cubanas, además del boniato —la de mayor rendimiento por área de cultivo— fue el plátano la más consumida. Era la única que habitualmente se cultivaba en los ingenios, puesto que sus hojas se utilizaban por millares para taponar las hormas de azúcar de cada zafra, y además, su fruto es el único que puede ser comido en cualquier estado de sazón, es decir, lo mismo verde que maduro. Del plátano verde se derivan deliciosos platos como el fufú y el frangollo, predilecto de José Martí. El plátano verde asado con tasajo fue una de las formas que tomó el funche. La malanga y el ñame vinieron de África en los barcos negreros En el momento de la Conquista española de la isla solo existía una especie de malanga consumida por nuestros aborígenes.

Curiosamente, a pesar de ser Cuba una isla, el pescado tradicionalmente ha sido desplazado de la mesa cubana por la carne de cerdo y vaca, las más solicitadas siempre entre nosotros. Se supone que se deba a una tradición heredada de España, en particular de los pueblos castellano, manchego y extremeño, no así de los catalanes, quienes tienen una dieta bien diferente del resto de la península.

Las carnes rojas son el elemento principal de la olla podrida, plato de las tripulaciones de marinos y los colonos que poblaron la isla, ya que los componentes de una olla podrida se podían transportar en las bodegas de los barcos con una relativa tasa de durabilidad. Presumiblemente, el cruce entre la olla podrida tradicional española y el funche de los esclavos haya dado lugar al famosísimo ajiaco criollo, cuyos principales componentes son el tasajo de res, tasajo de cerdo ahumado y pollo fresco. Actualmente y por causa de las severas restricciones alimenticias impuestas por el período especial, la caldoza ha venido a sustituir al ajiaco, pues se confecciona solo con gallina y recortería de cerdo.

En lo que a postres se refiere, es bueno recordar que fueron los esclavos africanos, aclimatados forzosamente en las plantaciones de Cuba, quienes cambiaron la naturaleza del buñuelo español, al sustituir la harina que se empleaba en su elaboración por otra de boniato rayado o yuca, y hasta de calabaza rayada, con lo que el buñuelo netamente criollo se volvió más suave en su textura y de sabor más dulce que su predecesor peninsular. A las negras esclavas cocineras se deben creaciones que han hecho famosa a la repostería cubana, tales como las deliciosas melcochas, raspadura, majarete, cremita de leche, dulce de guayaba, besitos de novia, souflé de mango, mazapán de almendra, cusubé, reguiletes de guayaba, yemitas, altea de chocolate, cafiroleta, gazeñiga, pirulí, dulce de hicacos, maravillas de coco, palanquetas de gofio, boniatillo, etc. Algunos de estos dulces vinieron de África y tienen una raíz religiosa (sobre todo los elaborados con coco como base). Entre los dulces más comunes se encuentran el coco rayado, el boniatillo (dulce hecho a base de boniato hervido y tamizado, a cuya pasta se le agrega azúcar y canela en polvo, y el arroz con leche). Otros provienen de la Península, pero quedaron definitivamente transformados al pasar por las manos de los cocineros esclavos de las grandes mansiones cubanas. Estos ya no se veían constreñidos por las escoceses del barracón, sino que manejaban las despensas de sus ricos amos, con lo que pudieron dar rienda suelta a su inventiva y buen gusto para confeccionar alimentos.

Conviene recordar que la mayoría de las comidas que se introdujeron en Cuba a través de la esclavitud y la trata tenían para los africanos un carácter religioso y ritual. Algunos de estos platos ceremoniales son el ochinchín (elaborado a base de acelga o verdolaga), el calalú (sopa tradicional y representativa en el Caribe) a antes mencionado, el confí (carne de cerdo frita conservada en manteca de cerdo), fufú de plátano, bolas de plátano, funche (guisos de maíz), frituras, guisos de quimbombó, viandas con mojos (malangas, plátanos, ñame), chilindrón de chivo, y congrí. El aguardiente y la sopa de gallo (agua con azúcar morena). Ofrendas mágicas son también las bolas de gofio con miel, dedicadas a Ochún; plátano indio, carnero y quimbombó, para Changó; carne de cerdo frita con mariquita para Olokun; ochinchín, dulce de harina, dulce de coco, natilla para Yemayá; arroz con leche, merengue, ñame para Obbatalá; ajiaco, arroz amarillo, agua con azúcar, gallo, coco, carneros para Oggún. Como bebida se ofrecía el ecó (combinación de maíz tierno, azúcar y agua) y el chequeté: especie de aguardiente mezclado con miel de purga y hierbas aromáticas.

EL AJIACO ORIGINAL CUBANO

Ya hemos dicho que el funche de los esclavos dio lugar sin duda al plato más conocido de la cocina cubana a nivel internacional, el más tradicional: el ajiaco criollo. La dama cubana doña Dolores Gómez de Dumois, primera mujer en Hispanoamérica en hacer cocina frente a las cámaras de televisión, asegura que entre los ingredientes principales de esta sabrosa comida se encontraban la yuca, los plátanos verdes y pintones, cebolla, ajíes, ajos, tomates, comino, sal, limón, ñame, malanga blanca y amarilla, boniato, calabaza, maíz tierno y, lo fundamental, las tres clases de carne: tasajo, falda de res y costillitas de cerdo. Es posible que las transformaciones sufridas por el ajiaco desde su aparición en la isla de deban a que no siempre los cocineros tenían a su alcance los ingredientes provenientes de la cocina española, y les resultara necesario introducir ciertos arreglos en la receta primigenia.

El ajiaco llegó a gozar de tal popularidad que fue adoptado sin reservas por los señores, quienes los servían en sus mesas y lo devoraban con entero placer. El riquísimo sacarócrata Miguel Aldama, constructor de uno de los más hermosos palacios habaneros y una de las mayores y prestigiosas fortunas de la isla, lo sirvió en vajilla de plata en el banquete que ofreció para homenajear a José Antonio Saco. La única condicionante que ponían los patricios para comer ajiaco era que no hubiese invitados extranjeros en la mesa. Si los había, entonces servían refinados platillos franceses.
Una variante muy apetitosa del ajiaco criollo es la conocida como “ajiaco de monte”, que contaba con las tres clases de carnes. Como en la época en que fue creado no existían aún los frigoríficos, se usaban para su confección tasajo de carne de res bien desalado, tasajo de cerdo ahumado y pollo o gallina frescos, que además de los ingredientes de la receta conocida de Doña Dolores, cuenta con chayote. En una enciclopedia de tema cubano aparecen tres recetas de este guiso tan nuestro: el ajiaco bayamés, el de Cárdenas y el ajiaco de Puerto Príncipe, con algunas variantes en la condimentación ya sea por el uso del perejil o el culantro. El más parecido de todos, incluyendo el de Monte, con el que se conoció posteriormente en el siglo XX, es el bayamés. Según el afamado antropólogo cubano don Fernando Ortiz, todos deben cocinarse en cazuela sin tapar:

Luego, fuego de llama ardiente, y fuego de ascua y lento, para dividir en dos la cocedura... Y ahí van las sustancias de los más diversos géneros y procedencias. La indiada nos dio el maíz, la papa, la malanga, el boniato, la yuca, el ají que lo condimenta y el blanco xaoxao del casabe... Los castellanos desecharon esas carnes indias y pusieron las suyas. Ellos trajeron, con sus calabazas y nabos, las carnes frescas de res, los tasajos, las cecinas y el lacón... Con los blancos de Europa llegaron los negros de Africa y éstos nos aportaron guineas, plátanos, ñames y su técnica cocinera. Y luego los asiáticos, con sus misteriosas especies de Oriente... Con todo ello se ha hecho nuestro ajiaco... Mestizaje de cocinas, mestizaje de razas, mestizaje de culturas. caldo denso de civilización que borbollea en el fogón del Caribe.»

LOS FRIJOLES NEGROS.

Cuando un extranjero visita Cuba por segunda vez, sabe que en los restaurantes de comida criolla va a saborear un plato maravilloso llamado Frijoles negros, y que puede tener un apellido tan extraño como “dormidos”. Tal vez sean los frijoles negros la comida que mejor represente a Cuba en la cocina mundial.

Los frijoles negros son más cubanos que los actuales habitantes de la isla, puesto que ya los conocían y comían los aborígenes mucho antes de que Cristóbal Colón asomara su misteriosa nariz por el Nuevo Mundo.

Tanto españoles como africanos adoptaron este grano suculento y desde entonces se elabora de muy diferentes maneras, pero en general siempre el cocinero los prefiere tiernos para que tiñan bien el caldo. Es costumbre dejarlos en remojo la noche anterior. Aplastarlos con el cazo contra el fondo de la cazuela cuando ya el fuego los ha ablandado bastante, es un hábito que heredamos de los canarios para obtener una mayor cremosidad final. Los cambios del laurel original por el cilantro o culantro criollo, y de naranja agria por vinagre, obedecen a la fantasía de los cocineros africanos, lo mismo que el modo de cocinarlos añadiendo tomate al sofrito, modalidad creada por la cocinera negra del presidente Menocal, por lo que este plato lleva el nombre del ilustre personaje. Se le puede añadir mejillones, y entonces se llama el plato Frijoles negros a lo Ricardo, y Frijoles a lo Fauny si se le agregan pimientos morrones encurtidos. Pero todas las variables llevan, inexorablemente, azúcar y sal, hábito introducido por los cocineros esclavos e ignorado por nuestros aborígenes.

Según las recetas de la ya mencionada enciclopedia cubana, hay otra forma de prepararlos, conocida como Frijoles negros pascuales, pues estos frijoles pequeños y oscuros son emblemáticos de la Navidad cubana en todas las provincias junto con el lechón asado y no faltan ni en la mesa más humilde el 24 de diciembre. Esta receta proviene del libro “Delicias de la mesa”, publicado en 1838 por María Antonieta Reyes Gavilán, quien recomienda prepararlos con aceite, pimiento verde picadito, ajo, laurel, comino molido, orégano tostado, sal, vinagre, azúcar, pimientos morrones molidos y maicena, por lo que de esta forma se cuaja artificialmente con la maicena, no como suele hacerse de forma natural con el mismo espesor que dan los frijoles aplastados.

El arroz congrí, hecho con arroz blanco y frijoles negros, que muchos confunden con el plato denominado moros y cristianos. La mezcla revuelta y cocinada del arroz blanco con los frijoles negros es de tradición africana, pero el nombre congrí proviene de Haití, donde se llama a los frijoles kongo, y al arroz ri, por lo que en lengua creole congrí quiere decir frijoles congos cocinados con arroz.

Es de suponer que los esclavos bebieran por su cuenta zumo de frutas. Algunas de las que ellos se encontraron en Cuba también existían en su lejano continente. De seguro habrán comido, vírgenes de los árboles, la chirimoya, la blanquísima guanábana, el verde caimito, el mamey de pulposa masa bermellón, el sabrosísimo anón, los hicacos, marañones…

En cuanto a la afición por las fritadas, es posible que la heredáramos conjuntamente de los españoles, especialmente de los andaluces, que por su ascendencia árabe siempre han sido muy amigos de freír, pero también de los negros, que se habituaron a la sabrosura de la grasa de puerco que se les entregaba en ocasiones como parte de la ración diaria de alimentos en las dotaciones. Los esclavos que fueron traídos de Haití cuando la revolución asoló la isla, y los que vinieron m por su propia voluntad, introdujeron en las provincias orientales recetas de su cocina nacional que aún se conservan entre nosotros, como el domplin, el bombo y las tablet, que si bien no se popularizaron, siguen siendo elaboradas entre los descendientes de esclavos haitianos en Cuba.

De los inmigrantes canarios tomó la cocina cubana la sopa de perejil, el mojo o aliño y los garbanzos. Los isleños, que constituyeron un sector de la población cubana solo comparable en pobreza a los libertos y campesinos desposeídos, convivieron con los negros en el campo y las ciudades, por lo que sus platos tradicionales también fueron degustados por los esclavos e introducidos en las mansiones donde los negros trabajaban como cocineros, y lo siguieron siendo aún después de eliminada la esclavitud en el país.

Los negros también hicieron su aporte a la cubanización del plato conocido como picadillo, que en España consiste en un guisado hecho a base de carne cruda picada y mezclada con tocino, verduras y ajos, conjunto que después de cocido se sazona con especias y huevos batidos.

LA COCINA CUBANA Y SUS VARIANTES SEGÚN LAS PROVINCIAS DE LA ISLA

Cada provincia cubana y muchos de sus pueblos tienen, por tradición, sus propios platos típicos, como el Escabeche de Canimar; los Polvorones y el Atropellado matanceros; el Salpicón, el Pastelón y las Cremitas de Leche camagüeyanos; el Ajiaco bayamés y el cardenense; el Escabeche santiaguero; el Pudín de pescado avileño; sopa de arroz a la trinitaria; palanquetas de Sancti Spíritus; Frangollo de Bejucal; empanadas de maíz orientales; huevos a la habanera; torticas de Morón; Salsa de Perro de Caibarién y el Bisté Relleno a la villaclareña. Los restaurantes, por modestos que fueran, también tenían sus recetas exclusivas y platos exóticos que los hacían famosos: El Pollo con Mojo al estilo Rancho Luna, Arroz a la marinera Boca de Jaruco, Arroz con mariscos Bellamar, la Pulpeta de Caguama del Floridita, las Papas Rellenas de El Faro de Guanabacoa, las Croquetas de«La Dominica en la Vía Blanca, los bocaditos de jamón lazqueado bien finito de El Carmel», los Panqués de Jamaica , la Vaca Frita, el Tamal con el Tayuyo y muchas otras delicias..

LOS COCINEROS NEGROS O EL HADA BUENA DE LA COCINA CUBANA

¿Cómo es que las comidas y modos de prepararlas habituales entre los negros esclavos pasaron a formar parte de la mesa blanca y aristocrática, llegando a desplazar a los manjares tradicionales españoles?

Es un hecho que en todas las casas y haciendas cubanas de la colonia donde había cocinero o cocinera, eran esclavos los encargados de desempeñar esta importantísima labor. Esto tuvo sus inevitables consecuencias. Por ejemplo, el plátano maduro frito, plato tan gustado en la cocina cubana, no es otra cosa que el modo nigeriano de comer este manjar, así como del Congo heredamos la tradición de freír los plátanos una vez, aplastarlos y volver a freírlos antes de comerlos. Estos son los mundialmente conocidos y exquisitos “tostones”, “chatinos” o “plátanos a puñetazos”, que en provincias cubanas del interior se llaman también “patacón pisao”.
Otro plato típico de la cocina afrocubana es el quimbombó, menos conocido por su nombre africano de calalú, confeccionado con productos del mar y la tierra. El calalú es también una comida sagrada, comida de orishas, dedicada a Changó. También el quimbombó se prepara de otras formas (con jamón y arroz a la criolla; quimbombó a la criolla con tasajo, cerdo y jamón; sin su baba; quimbombó con plátanos, etc.). Para cualquier cocinera cubana es una prueba de fuego cortarle la baba al quimbombó. Hay quien jamás consigue el éxito en tamaña empresa.

El mortero fue otro de los aportes de los esclavos a nuestra cocina. Los africanos introdujeron el uso de morteros, de la misma forma que los españoles trajeron desde Egipto el comino, un condimento utilizado para aderezar el pescado, la carne, los guisos, las sopas y el arroz.

Prueba definitiva de la influencia de nuestros abuelos africanos en los gustos y tradiciones de la culinaria cubana es la tradicional cena de Navidad de la isla, famosa en el mundo entero y maravilla de cuanto extranjero la ha probado. La tradicional cerveza acompañada por chicharrones (pellejos de cerdo frito), la yuca (mandioca) con mojo, frituras de malanga o maíz, plátanos chatinos (patacón) y ensalada de lechuga y tomates, el bistec de cerdo asado o frito, o en masas, los frijoles negros dormidos, el congrí, y como postres de ocasión están la mermelada de guayaba con lascas de queso amarillo y los buñuelos de yuca en almíbar con anís, sin olvidar jamás los tradicionales turrones españoles de yema, Jijona, y Alicante, y los vinos de la madre patria.

LLEGAN LOS HIJOS DE SAN FANCÓN

En 1847 pisan tierra cubana los primeros inmigrantes chinos. Venían en busca de trabajo, como mano de obra barata. Se instalaron en pequeños comercios, y se dedicaron al cultivo de vegetales Con ellos hacen su aparición las famosísimas fondas, pequeños establecimientos generalmente sin un decorado esmerado, donde elaboraban sus platos típicos, sobre todo los de la cocina cantonesa. Sus alimentos más representativos fueron el arroz frito, el chop suey, las deliciosas maripositas rellenas con carne, los helados de frutas, la col con carne, y otros. Los vegetales de su elección fueron el bledo, la espinaca, la acelga. La inmigración china no se estableció constituyendo etnias separadas, como sí hicieron los negros al dividirse en cabildos, sino que se integró al contexto sociocultural, dejando como una de sus más fuertes huellas culturales esos platos que el cubano siempre añora volver a probar.

OTRAS MIGRACIONES Y SU HUELLA EN LA COCINA CRIOLLA

Árabes y hebreos también desembarcaron en nuestras costas. Los primeros, desde principios de siglo; los segundos huyendo de la amenaza nazi. Estos dos pueblos, conocidos por sus fuertes tradiciones culinarias, no han tenido una gran influencia en nuestra cocina, porque a pesar de que se han mantenido viviendo en comunidades más o menos abiertas, especialmente los hebreos, y de que han mantenido sus tradiciones religiosas, en general se han integrado con éxito a la sociedad cubana y sus costumbres, y hoy, para degustar los platos típicos de sus dos culturas, hay que ir a cenar a la Unión Árabe de Cuba o al restaurante La mina, en el caso de los descendientes de Alá; y en el caso de los de Moisés, solo consumen sus platos, de fuerte trasfondo religioso, durante sus ceremonias tradicionales, como la Pascua Judía, fecha en que algunos aún se reúnen en el edificio de la Comunidad Hebrea del Vedado.

¡JOSÚ, QUE SE HAN COMIDO MI CONTADÓ!

hijadelaire @ 07:20

Pues sí,queridos amiguitos, como solía decir Calderón, el hombre de las mil voces de la popularísima Comedia del Domingo: alguien se ha comido mi contador de visitas. Tenemos aquí un caso para Hércules Poirot. Para comenzar, propongo dos variantes para la posible respuesta al enigma:

UNO: FUE EL WEBMASTER, QUE ME QUIERE CASTIGAR POR CULPAS NO CONOCIDAS...

DOS: FUERON LOS CONEJITOS DE COMPAÑÍA DE lOS SIMS. DESDE QUE LOS VI POR PRIMERA VEZ SUPE QUE SON MUY PERVERSOS.

Bueno, no importa.YO NO SOY DE LOS QUE SE RINDEN.

¿ALGUIEN QUIERE SABER QUÉ COMÍAN LOS INDOCUBANOS ANTES DE LA LLEGADA DE LOS ESPAÑOLES? ¿Y CUÁL ERA LA DIETA DE LOS NEGROS ESCLAVOS EN LOS INGENIOS Y CAFETALES DE LA CUBA COLONIAL? ¿Y DE DÓNDE NACIÓ LA RIQUÍSIMA COCINA CUBANA?

ESPEREN UN POQUITÍN Y SE LOS CUENTO..

16/01/2008 GMT 1

DOS OBSERVACIONES...

hijadelaire @ 15:00

UNO- A veces, cuando me  pongo a mirar mi blog y veo ese elevado numero de entradas, me pregunto por que nadie escribe comentarios. He visto otros blogs de escritores donde la gente deja mensajes. Me gustaria saber si es que mi blog solo es leido por la Fraternidad de los Mudos del Planeta Tierra, o si los entrantes son los conejitos de compania de Los Sims, que me siguen mis pasos blogueros desde la Sombra. Si es asi, les agradezco, pues realmente me hacen compania. Les deseo  buena suerte y que algun dia encuentren lo que buscan en este blog. Yo creo que no, pero quien sabe...

 DOS- Me pregunto si el webmaster me tendra condenada al extrano castigo de ver eternamente mi interfaz desfigurada con errores que la vuelven casi ilegible. Si estoy castigada, que me diga al menos el motivo, a ver si me puedo redimir algun dia.

 Saludos a todos y Feliz A... Bueno, no tengo tilde, asi que mejor lo dejo en unas simples Felicidades!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

12/01/2008 GMT 1

OBTIENE GINA PICART EL MÁS IMPORTANTE PREMIO LITERARIO NACIONAL CUBANO

hijadelaire @ 00:13

Gina Picart, Premio Carpentier en cuento

NARRAR POR NARRAR ES EL VACÍO

Por Leyla Leyva

Desde La poza del ángel (1994), Gina Picart Baluja hacía notar una fuerte voluntad de estilo, en ese su primer libro de relatos. Arresto creativo que reafirmaría en El druida (2000) y en sus obras posteriores: la novela Malevolgia (2006) y La ciudad de los muertos (2007). El pasado año su relato El príncipe de los lirios alcanzó la primera mención en el Premio Iberoamericano de cuentos Julio Cortázar.

Dueña de un imaginario poco habitual, entre el mito y la evocación, sus narraciones se asientan en un arduo trabajo investigativo. El jurado del Premio Carpentier distinguió su libro Oil on canvas por la originalidad de los argumentos y los logros del lenguaje.

Eres una laboriosa escritora que insiste en ese "albur" que significa presentarse a concurso, pero esta vez te ha tocado. ¿Cómo se siente ser ganadora del Carpentier de cuento?

"Carpentier es mi escritor cubano preferido, y si algo envidio en este mundo es su prosa. Pero —aunque me alegra haber ganado—, me duele que este premio haya tardado y mis padres murieran sin verlo. Y debo concursar aunque no quiera: trato de asegurar la economía de mi familia con lo único que me gusta hacer y hago mejor".

¿Cuál es el universo temático de Oil on canvas?

"La plástica. En Oil on canvas cada cuento es una técnica pictórica: hay dos óleos sobre lienzo, una serigrafía de Zaida del Río, tinta sobre vitela y marginalia como en los códices medievales. Son cuentos dedicados a lo que no fue. A las vidas que no pude vivir, los sueños rotos. Sin embargo, no es un libro sombrío como Malevolgia. Yo diría que posee una serena luz".

¿Te has vuelto con los años una escritora de lenguaje propenso al barroco?

"Yo siempre he escrito como ahora. Aún en mi libro La ciudad de los muertos, de temas cubanos, mantuve mi estilo. Y no voy a cambiar, porque yo amo la belleza, uno de los dones supremos del espíritu. Pero, indudablemente, el tiempo torna más compleja la mirada".

¿Sigues interesada en los temas fantásticos o los has abandonado definitivamente?

"Nunca he sido exactamente una escritora del fantástico ni de ciencia ficción. Antiguo error de apreciación de algunos críticos. En cuanto a lo fantástico, es la sustancia del pensamiento mágico primigenio, lo arquetípico, el modo original de percibir el universo. El arte no puede alejarse de la mente arquetípica, de algún modo tiene que mantener vínculos con ella. Eso está muy claro para mí. Narrar por narrar es el vacío".

¿En qué género te encuentras más cómoda, en el cuento o en la novela?

"Un escritor verdadero tiene que ser capaz de trabajar bien cualquier género literario. ¿Acaso no son todos ellos voces del alma?"

¿Cómo ve Gina Picart, su escritura, en el cuerpo cada vez más nutrido de mujeres en la narrativa nacional?

"Yo he escrito bastante sobre mujeres, pero jamás entre mujeres. Me niego a que mi escritura sea encasillada. A la hora de escribir soy asexual. Yo escribo y mi patria es la literatura. Sin fronteras".

CRÍTICA LITERARIA

hijadelaire @ 13:55

Hacer una lectura crítica de un libro como Los nuevos paradigmas, de Jorge Fornet, es una tarea que se presenta difícil, especialmente por la definición que el autor hace de su texto al subtitularlo  Prólogo narrativo al siglo XXI, lo que coloca al lector ante la sospecha de estar asistiendo  a  una especie de acto anticipatorio no exento de cierto soplo sibilesco. Se sabe, sin embargo, desde las primeras páginas del volumen, que el crítico Fornet tuvo, para esta escritura, el apoyo de una beca posdoctoral otorgada en 2003 (tres años antes de que este libro obtuviera el Premio Alejo Carpentier de Ensayo) por el Latin American Studies Center de la Universidad de Maryland. Si a este hecho se le suma que Jorge Fornet dirige desde hace tiempo el Centro de Investigaciones Literarias de la Casa de las Américas, ya el impacto inicial que ha sufrido el lector va tornándose en una confianza de la que el autor no desmerece en ningún momento de la lectura.

Porque aunque se comulgue o no con los planteamientos que Fornet hace a lo largo de estas páginas sobre diversos temas que competen al orbe literario cubano, es preciso reconocer su extrema lucidez en la apreciación de realidades que han sido muy enmascaradas por algunos creadores y críticos, distorsionadas por otros, exageradas hasta una cuasi demencia por otros más, pero raramente comprendidas en su verdadera esencia y, por tanto, más raramente aún bien mostradas en las obras literarias.

La primera gran interrogación con que Fornet embiste al lector es provocadora: ¿por dónde pasa el meridiano cultural de América Latina? —no de América, porque ese término es bien ambiguo y peligroso cuando se trata de cultura, y no se mencionen otros ámbitos para no agriar la controversia. Intentar una respuesta arrastraría a un número de páginas inadmisible para este espacio. Pero reflexionando sobre dicha pregunta resulta muy interesante la siguiente cita tomada del propio Fornet (pág. 10 de la edición hecha por Letras Cubanas), referida a las más recientes promociones de autores latinoamericanos:

 “No pierdo de vista el riesgo que implican los pronósticos centrados en autores cuyas obras, por lo general, apenas empiezan a sobresalir, sujetos como están a los vaivenes y ritmos de un temprano proceso de canonización asociado más con los intereses de las editoriales, academias y espacios de circulación internacionales que con la calidad literaria propiamente dicha. No sería una sorpresa que a la vuelta de diez años algunos de los nombres mencionados aquí hayan pasado a un oscuro segundo plano, desplazados (…)  por otros que hoy apenas poseen obra o la tienen en editoriales y circuitos de precaria influencia”.

 O sea, que los paradigmas literarios se asientan sobre un terreno sospechosamente movedizo. 

La cita me resulta particularmente interesante porque da entrada al tema al que Fornet dedica el capítulo Dos de Los nuevos paradigmas… Con una pequeña sustitución de palabras (que no voy a sugerir aquí), la cita anterior quedaría perfectamente adecuada a nuestra situación literaria nacional de ahora mismo y de hace un par de décadas. Especulando en conteo regresivo desde el Todo hasta la Parte, quedaríamos así: ¿Por dónde pasa el meridiano cultural de Cuba? O quizá, para ser más exactos —cuestión de número—, habría que reformular así la interrogante: ¿Por dónde pasa el meridiano cultural de La  Habana?  ¿Acaso por el realismo mágico de Carpentier, quien legó a la literatura universal una novela como El siglo de las luces, probablemente una de las obras literarias donde ha cuajado de un modo más visceral la decadencia de las revoluciones  y la decepción y la pérdida de fe, la corrupción de los ideales y la muerte del proyecto inicial de un falso e imposible paraíso igualitario sobre la Tierra? ¿Acaso por los Novísimos, ese engendro temático/generacional que nunca acaba de lograr suficiente acreditación; que no termina nunca de encarnar en un corpus reconocible más allá de su renuencia falsamente ideológica y su vocerío linguístico? ¿Acaso por Las iniciales de la tierra, primer intento de profundis de cuestionamiento en el que, sin embargo, o por lo mismo, no se levantaba demasiado la voz? ¿O tal vez por las breves páginas de  El lobo, el bosque y el hombre nuevo, que no tuvo reparos en poner nombre y apellidos —¿por primera vez? ¿Y dónde queda Reynaldo Arenas? Sin mencionar Paradiso ni Oppiano Licario, novelas que no fueron escritas desde la perspectiva de la Revolución en su conflicto con el homoerotismo— a la discriminación de ciertas minorías ciudadanas, convirtiéndose en el primer abanderado literario de la temática gay cubana, con éxito en el terruño y más allá, sin abandonar, por ello, cierta ingenua nostalgia de la utopía?

Se ha hablado y escrito mucho sobre el devenir de la literatura cubana en los últimos años, en lo que podría llamarse —como una elongación más de las posibilidades adhesivas del prefijo post— algo así como el período cultural  postMuro, es decir, lo que sobrevino tras la caída del muro de Berlín y todo lo que ello implicó y continúa implicando para la narrativa nacional, pero pocas veces ha sido expresado con tanta lucidez y coherencia, con tan acertada comprensión de los entresijos menos visibles del proceso, como en este libro de Jorge Fornet, quien se adentra, hasta donde le resulta posible, en el centro mismo del asunto: el meridiano  cultural (o literario, que es el que interesa a este trabajo) de La Habana pasa por cualquier parte de Occidente si se quiere culpabilizar en abstracto, pero sobre todo pasa, sin duda, por el propio omphalos nativo: por el canon del desencanto nacional.

Fornet  va cuantificando, con esa implacabilidad de la mirada que tipifica a la conciencia despierta, lo que pudiéramos denominar mitemas de la literatura cubana en las últimas décadas, como por ejemplo, cuando llama la atención sobre el erotismo como decadencia del cuerpo humano en tanto que metáfora de la decadencia de la nación, o  la insistencia en las catástrofes naturales como comienzo o colofón de un buen número de  historias, metáforas, a su vez, de ese desencanto que tan fielmente reproducen  estas frases de Reynaldo Arenas en Otra vez el mar: “No hay un punto exacto de partida, una fecha, un acontecimiento que marque el comienzo exacto del desastre, mucho menos sus límites; no hay una catástrofe definitiva; todo se va como disolviendo, pudriendo (…)”. Desencanto que en autores como Pedro Juan Gutiérrez parece alcanzar una especie de apoteosis de la irreferencia, intento vano de despersonalización, derrotado siempre por los perfiles inconfundibles del imaginario maldito y común: La Habana.

Habría que llegar, como lo hace Fornet, a la conclusión de que el meridiano cultural de esta ciudad pasa desde hace unos cuantos años por la disolución de un mundo, y se nutre casi exclusivamente de esas aguas estancadas y pútridas, porque los escritores cubanos no tenemos mucho que ver con los vaivenes y modas del mercado internacional (al que muy pocos de nosotros tenemos acceso real); poco que ver, también, con el fenómeno de la globalización cultural (sin acceso mayoritario a Internet ni a la literatura que se publica en el mundo, y con autores que escasamente viajan fuera de Cuba), y menos aún con eso que ha dado en llamarse la posmodernidad,  que nos ha rozado solo en el aspecto formal de la literatura, sin ir hacia otros territorios como los imaginarios, por ejemplo, y que, conceptualmente, ha tocado solo a un escaso número de escritores a los cuales, sorprendentemente, Fornet no llega a referirse en su ensayo, como si no existieran o no tuvieran lugar dentro de la narrativa nacional. Y esta sería una de las pocas carencias que se le podrían señalar a  Los nuevos paradigmas: el haberse enfocado en el sector mayoritario de la ficción realista y testimonial.

Uno de los mejores momentos de este excelente libro es el análisis al que Fornet somete la obra de Pedro Juan Gutiérrez,  análisis en el que arriba a una exposición de claridad abismal que permite al lector asomarse al motivo común en todas las ucronías de La Habana, motivo que ayuda a identificar el rostro de la ciudad detrás de las múltiples máscaras y distorsiones a la que es sometida por los diferentes autores que hacen de ella el marco de sus historias. Cito a Fornet: 

Atrapada entre el mar, La Habana Vieja y el Vedado,  Centro Habana es ruta obligada entre estos dos sitos, los más emblemáticos (y turísticos) de la ciudad. A la relativa prosperidad y el indudable encanto de estos últimos, Centro Habana opone muchos de los patrones de la pobreza. Pero no se trata de una pobreza cualquiera, que a fin de cuenta puede encontrarse en tantos barrios de la urbe, sino de una imagen muy precisa de ella, es decir, la decadencia, porque Centro Habana fue en un momento de la historia un sitio donde habitaron las  grandes fortunas del país. Su atractivo para la literatura (y el cine cubano y extranjero, que lo han explotado hasta el cansancio), radica precisamente en que allí, en esos palacetes y grandes mansiones derruidas, se resume una historia de decadencia y caída. Es el sitio ideal para representar esa retórica de la demolición que se ha adueñado del imaginario nacional en los últimos años (…)… esa depauperación física se propone metaforizar otra más profunda. 

La asunción de la metáfora de la decadencia del cuerpo humano como reflectación de la decadencia del cuerpo de la nación sería, según Fornet, la puerta ancha por donde han irrumpido el erotismo y el realismo sucio en la literatura cubana. Difiero de Fornet cuando afirma, refiriéndose a la obra de Pedro Juan Gutiérrez, que las situaciones límite que muestran a los individuos en sus facetas más reveladoras son propias del posmodernismo. Lo que se llama ahora realismo sucio no es una característica que surja con la posmodernidad: ha existido siempre (recuerdo ciertas  antiquísimas crónicas catalanas sobre la ocupación de Bizancio y otros muchos textos universales); se trata en todo caso de un regreso; lo que resulta nuevo es lo peculiar de la decadencia habanera, pues ninguna realidad es enteramente igual a otra. Este realismo sucio "nuestro" no es más que la exacerbación del realismo que siempre ha caracterizado a la literatura cubana, hija desde su nacimiento de una tradición cultural, la española, de la que hasta ahora escasamente renegó. ¿No dijo Stendhal que la novela es un espejo que se pasea a lo largo de un camino? Pues entonces, a una realidad dura corresponde un duro reflejo literario.

Si la literatura latinoamericana sufre un proceso de balcanización, como comienza afirmando Fornet en el primer capítulo de Los nuevos paradigmas, apoyándose en estudios realizados por críticos y especialistas del continente, la literatura cubana, paradójicamente, sufre un lastimoso proceso de homogenización (¿mejor decir másdelomismización o monotonía reiterativa?), exactamente expuesto en esta cita que hace Fornet de Rafael del Águila: “…parece haberse llegado a un nivel de agotamiento en que pululan hasta el hartazgo las ya clásicas jineteras, el onanismo, el sexo homo y hetero, la alienación juvenil, el desarraigo, la marginalidad, los balseros (…) un momento en que se comienza a escribir exclusivamente para las delicias de jurados  (y) o las caricias de un premio”. Por mi parte nunca olvido (¡ciertas cosas no se olvidan!) la aseveración que me hizo una funcionaria con una vastísima experiencia como jurado de premios habaneros y de provincias: “Hay que escribir sobre temas cubanos, y realismo, porque eso es lo que les gusta a los jurados”. Yo no quiero comentar esa opinión. Pero en fin, puede que las tales mencionadas situaciones límite lo parezcan vistas desde nuestro contexto, pero no lo son, y no son lo que define a la posmodernidad ni mucho menos. La posmodernidad, en la literatura cubana, está en la obra de otros escritores que, como ya dije antes, no merecieron la mirada de Fornet. De cualquier modo este detalle/omisión no resta brillo a los incisivos análisis que hace Fornet de autores y obras. Su observación final de que ciertos escritores se están despegando del imaginario compartido de la decadencia habanera para dirigirse hacia zonas más universales de la literatura es estrictamente cierta; y no solo se están desviando abiertamente hacia esas zonas, como en los casos mencionados  por él de dos escritores inteligentes como Padura y Ena Lucía Portela (que no han sido, dicho sea de paso, los primeros en huir), sino que recientemente han aparecido novelas como Las potestades incorpóreas, de Alberto Garrandés (también mucho antes su Fake, por ejemplo), que integra el extenuado imaginario de las ucronías habaneras en una cuerda universal e intemporal, mágica y mística, que sí se inscribe de lleno en los parámetros conceptuales de la posmodernidad. Y es muy posible que sean estos, y no otros que necesariamente se irán desvaneciendo, los nuevos paradigmas de la narrativa cubana del siglo XXI. Todo lo que se me ocurre decir es: ¡Ojalá!

Mis pequeñas diferencias de criterio con algunas tesis de Fornet no me impiden considerar  Los nuevos paradigmas, Prólogo narrativo al siglo XXI como uno de los ensayos sobre literatura cubana más brillantes, inteligentes, lúcidos y amenos que he leído, escrito con una lógica implacable e impecable, y una pluma gratísima. No tengo reparos en decir que me parece uno de los Premios Carpentier más justos y merecidos que yo haya visto hasta hoy.

02/12/2007 GMT 1

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hijadelaire @ 08:31

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