¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡PERO QUÉ LATA, GENTE!!!!!!!
OTRA VEZ PARECE QUE ALGÚN BICHO SE HA ROBADO MI CONTADOR. QUE LO DEVUELVAN, QUIERO SABER CUÁNTA GENTE LEE LO QUE ESCRIBO. ¡PORRA!
OTRA VEZ PARECE QUE ALGÚN BICHO SE HA ROBADO MI CONTADOR. QUE LO DEVUELVAN, QUIERO SABER CUÁNTA GENTE LEE LO QUE ESCRIBO. ¡PORRA!
He sido a través de los años una lectora bastante fiel de la obra de la escritora cubana Anna Lidia Vega Serova, de su prosa pintoresca, provocadora, y de sus personajes marcados por la angustia de una identidad fragmentada e irreconciliable. Si le seguí los pasos fue porque desde sus primeras publicaciones me pareció una autora realmente interesante, con un imaginario sin impostaciones, una pluma sólida y una percepción profunda de la condición humana —mérito lamentablemente escaso entre los escritores cubanos de las últimas generaciones—, pero su novela Ánima fatua supera todo lo que había publicado antes y muestra ya a una creadora en plena madurez artística, no solo por el dominio de técnicas literarias y la capacidad que despliega al articular el mundo interior de sus criaturas, sino, sobre todo, porque en Ánima fatua Vega se muestra ya completamente a la altura de una de las más difíciles demandas que asedian a un intelectual: la de convertirse en conciencia crítica de la sociedad.
Lo que entiendo por responsabilidad del artista como conciencia crítica de la sociedad no es la crítica persistente y machacona de todo lo que parece estar (y realmente está) mal en un sistema social y en un modo de vida impuesto por un credo político o religioso determinado; ni mucho menos la praxis de una literatura cuya columna vertebral sea la descripción repetitiva y morbosa de situaciones dramáticas o trágicas vividas por los pueblos, sino la posibilidad de penetrar, más allá de lo meramente fenoménico, hasta los entresijos más hondos, hasta lo que hay tras el eterno telón de lo aparencial en el teatro de la existencia. O si se prefiere, como concibieran el tema los antiguos filósofos griegos: la búsqueda del Primer Motor o causa primera que impulsa el movimiento de todas las demás.
Es en este sentido que Ánima fatua constituye, quizás por primera vez en el panorama literario nacional, la posibilidad de otear inside las causas originales de un fenómeno social que los cubanos hemos venido observando durante medio siglo; y con ello esta novela trasciende, en mi criterio, las fronteras estéticas en las que en ocasiones queda atrapada una obra de arte. El fenómeno al que me refiero es la rarísima dinámica de las ineludibles relaciones humanas que, a escala microcósmica, trajo consigo la alianza de la República de Cuba con la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Pero este enunciado es solo la representación exterior de otros fenómenos mucho más profundos y complejos que más adelante expondré, y para la comprensión de los cuales resultan sumamente reveladoras las páginas de Ánima fatua.
Para quienes, como yo, nunca viajaron a la URSS ni estudiaron en sus universidades y escuelas politécnicas ni contrajeron nupcias con soviéticos, siempre ha sido difícil comprender por qué los matrimonios de rusos y cubanos (mayoritariamente de rusas y cubanos) parecían siempre condenados a alguna especie de maldición de impermanencia, de indurabilidad; por qué estas uniones se caracterizaban por convivencias violentas, a veces, hasta la ferocidad; por qué los hijos de estas parejas solían ser “diferentes” y en no pocos casos tenían personalidades francamente disfuncionales — tan al contrario, por ejemplo, de las familias chino-cubanas, por lo general tan estables y exitosas—; por qué los colegas rusos que trabajaban en nuestro centro laboral nos negaban el saludo matinal o nos lo concedían con aquella —tan— marcada reticencia y, sin embargo, por las noches recorrían los edificios múltiples del barrio vendiendo alimentos, ropa y otros objetos de primera necesidad de los cuales nosotros, los cubanos, siempre andábamos ávidos: por qué las guagüitas de rusos que recorrían Miramar a toda hora olvidaban generalmente los mandatos imperiosos de la solidaridad comunista y, en tardes bañadas por los torrenciales aguaceros característicos de esa zona costera se negaban, pertinaces, a recoger a los pobres becados cubanos que trasegábamos empapados largas distancias para salir o regresar de nuestras escuelas y que les hacíamos señas de socorro desesperadamente. ¿Acaso el generoso, caballeroso y heroico príncipe Volkonski, o el serio y bonachón Pierre Bezujov, personajes emblemáticos de La guerra y la paz, se habrían comportado con nosotros de un modo tan… descortés? Y como estas, mi generación ha tenido siempre muchas preguntas que el ballet ruso, la música de Tshaikovski y Rasmaninov, los catálogos del Ermitage, las preciosas Matrioshas, las películas de la Cinemateca, las novelas de Tolstoi, Dostoievski y los autores del realismo socialista, y los animados de Bolec y Lolec nunca nos pudieron aclarar.
Pero Ánima fatua sí ha podido ayudarme a entender o, para ser más exacta y fiel a la verdad, a corroborar lo que muchos de nosotros sospecháramos en un pasado no muy lejano sin confesarlo nunca: si bien en terrenos como la política y la economía los dos países se avenían como guante a mano, en la mucho más modesta escala de los individuos existe un abismo insalvable. Un tremendo abismo cultural.
El desfile de ánimas lastimosas que son los personajes de Anna Lidia, sus individualidades, sus historias, sus comportamientos, su morbosa incapacidad para sentir un sano amor hacia el universo que los contiene (que se resuelve en imposibilidad de conectar con la realidad y mucha, mucha enajenación), su patética dificultad para comunicarse con códigos mentales benéficos admisiblemente racionales, su incontrolable tendencia a la mimesis caricaturesca de las facetas más insustanciales de importantes fenómenos socioculturales del siglo pasado, muestran bajo una luz dolorosa y patética el extraño regalo que la Historia, como un hada perversa, concedió a Rusia per saecula saeculorum desde su nacimiento: el conflicto insalvable de la binariedad, eso que muchos llaman el alma dividida, y que como conflicto identitario alcanzó su clímax cuando Pedro el Grande, fundador del Imperio ruso, al regreso de su tournée exploratoria por la civilizada Europa Occidental decidió que había que modernizar Rusia, demasiado eslava, demasiado rusa, obligándola por decreto a afeitarse las barbas ancestrales y a pensar en francés. Alguien me comentó en una ocasión que el alma rusa es tan rusa que encaja difícilmente en otros contextos ajenos al suyo propio. Comentario que podría parecer cuestionable si no estuviera suficientemente basado en la Historia.
La novela de Anna Lidia Vega permite mirar bien adentro de una sociedad profundamente enferma, como si su autora hubiera abierto una ventana destinada a quienes tengan ojos que vean y oídos que escuchen. Una sociedad que después de su titánica participación en la Segunda Guerra Mundial ofreció al mundo una imagen paradisíaca, para terminar arrojando ante ese mismo mundo estupefacto su máscara deslucida en medio de grotescas contorsiones. Malos vientos, mefíticos vientos escapan por esta ventana que es Ánima fatua. Pero este Bóreas indiscreto y maligno que muchos piensan —por falta de información— comenzó a soplar a principios del pasado siglo viene, en realidad, trastocándolo todo desde mucho antes.
BREVE MIRADA A LA HISTORIA DE RUSIA
Brevísima, porque no es posible en el reducido espacio de un artículo analizar un fenómeno tan extraordinariamente complejo como la identidad de un país. Con una población original protoindoeuropea y escita, asentada antes del siglo I en la zona de Rusia meridional, en el siglo VII, doscientos años después de la caída del Imperio Romano,la zona del Volga Superior —por mencionar solo una parte de la geografía de lo que sería posteriormente la Rus, se encontraba aún en plena Edad del Hierro, término conceptual utilizado para referirse a las culturas prehistóricas, mientras que en la zona del Mediterráneo esta etapa del desarrollo de las civilizaciones había terminado, con el inicio de la tradición histórica, durante el periodo Helenístico y el comienzo del Imperio Romano. Los pueblos que habitaron inicialmente lo que sería después la tierra rusa se mezclaron muy temprano con pueblos del Asia Central (para muchos antropólogos, su núcleo raíz). A este vasto complejo cultural se sumó la influencia de los mongoles, presencia indeseada que se extendió por tres siglos, y de la cultura bizantina y el cristianismo, introducido desde el principado de Kiev, en ese entonces el mayor y más poderoso de toda la Europa medieval, durante el reinado de Vladimir el Sabio (1019-1054), quien puso fin —o trató sinceramente de hacerlo— al paganismo idólatra eslavo, muy cercano al animismo y el chamanismo.
La adopción del cristianismo como religión oficial, y de los dogmas y formas litúrgicas de la Iglesia Ortodoxa Oriental, tuvo importantes consecuencias políticas, culturales y religiosas para la naciente nación rusa. El empleo del alfabeto cirílico en la liturgia produjo una colección de escrituras traducidas directamente del griego a la lengua rusa y adecuadas a los pueblos de origen eslavo, que fueron convenientemente utilizadas para facilitar la conversión de los eslavos orientales a la fe de Cristo. En esta misma lengua se difundieron rudimentos de la filosofía, la ciencia y la historiografía griegas sin que ello conllevara aparejado el aprendizaje del griego antiguo ni del latín, mientras que la población culta de la Europa Occidental y Central continuaba manejando esta lengua, no solo como idioma oficial para asuntos religiosos, sino también, en algunos casos, como lenguaje cotidiano. Esta peculiaridad que caracterizó el primer contacto intelectual de la Rus con Occidente fue decisiva, porque aisló a una nación naciente de un universo lingüístico y su consiguiente sistema de pensamiento el tiempo suficiente como para que, en ese conglomerado cultural que era el pueblo ruso, se desarrollara y floreciera una cultura muy fuerte y diferente de la que caracterizaba al mundo europeo occidental. Hubo en la Rus, por su tardío arribo a la civilización europea, una mayor supervivencia del espíritu pagano propio de sus anteriores prácticas religiosas. Esto significa exactamente lo mismo que en el resto de los países europeos cristianizados (también en América se reproducirá el fenómeno tras la Conquista): la aristocracia y las clases altas adoptaron sin reservas la nueva religión, pero el pueblo, mayoritariamente campesino e iletrado, permaneció apegado a la religión de sus ancestros. Por desequilibrios internos siempre en aumento, el principado de Kiev no fue capaz de mantener su estatus de potencia próspera y dominante y, tras una historia regional muy convulsa — entre 1054 y 1224, 64 principados tuvieron una existencia efímera, 293 príncipes reivindicaron derechos sucesorios y sus disputas provocaron 83 guerras civiles—, en 1204 la Cuarta Cruzada entró a saco en Bizancio trayendo como consecuencia inmediata la decadencia de la ruta comercial del Dniéper, y con ella la de Kiev, que se escindió en varios principados ucranianos, bielorusos y rusos.
Tras la caída de Bizancio, en 1453, el principado de Moscú se convirtió en el único estado cristiano de la Europa oriental. Iván IV, más conocido en la historia por El Terrible (1530-1584), quien se hizo coronar como primer Zar, puso fin a la invasión mongola y anexó a sus dominios regiones de Asia Central como Kazán y Astrakhan, entre otras, dando comienzo a la era del Gran Ducado de Moscovia, definitivamente multiétnico y multicultural —con gran presencia de un cristianismo ortodoxo reciente, pero también con fuerte impronta musulmana—, y estructura feudal basada en el sistema de señorío patriarcal.
El zar Pedro I el Grande (1672-1725), fundador del imperio ruso, decidió modernizar el país y hacerlo marchar al ritmo de las naciones europeas, pero si le resultó relativamente fácil remodelar el ejército ruso al estilo francés y prusiano, construir una auténtica industria de armadura de navíos, afeitar las barbas de los boyardos, quitar el velo a las mujeres y poner a todo el mundo a hablar francés, la carencia de costumbres civilizadas, igualmente profunda en la nobleza y el pueblo, fue un obstáculo mucho más difícil de vencer para las intenciones civilizatorias del monarca. Es sabido que Pedro tuvo que hacer publicar —e imponer su lectura a los boyardos— un libro que enseñaba las normas más elementales de educación, entre ellas, no utilizar la punta del cuchillo para limpiarse los dientes ni tampoco el dedo índice para hacer lo mismo con la nariz. Para ayudar al proceso educativo que había iniciado, Pedro, a imitación de los monarcas europeos, favoreció la instrucción pública y creó los primeros institutos superiores, como la Escuela Politécnica y la Academia de Ciencias de San Petesburgo, estimuló la impresión de textos y en 1703 apareció el primer periódico ruso. Pero si comparamos esta etapa, relativamente breve en la historia de Rusia, con el plazo usualmente mucho más largo que ha demandado la marcha natural del proceso civilizatorio de otras naciones, habrá que convenir en que, una ves más, en el caso de Rusia el impulso fue violento y algo espástico. Y con retraso en el reloj histórico.
Un rápido análisis de la historia de Rusia muestra una nación tradicionalmente abocada a cambios drásticos de inusual velocidad y violencia históricas. Y una perpetua crisis de identidad: es malo ser pagano y creer en la bruja Baba Yaga, hay que adorar a Jesús. Es malo ser tan ruso, hay que mirar cómo son los vecinos europeos y tratar de parecerse a ellos. Es malo ser feudales y súbditos fieles del Zar: lo correcto es construir el comunismo. Y finalmente, en nuestros días, se les vuelve a decir que quizá el estilo nacional de construir el comunismo no fue una elección demasiado feliz, por lo que Rusia, tras la perestroika, emprende con entusiasmo el proceso más rápido, y de mayor envergadura entre todos los países del Este, de reconversión de una economía socialista al moderno capitalismo globalizado. La maldición de la aceleración histórica, de no poder quemar etapas. El salto perentorio, el empujón brutal. ¿Europeos o asiáticos, paganos o cristianos, occidentales u orientales, feudales o comunistas, rusos o soviéticos, comunistas o capitalistas: amigos o enemigos? Después de la teoría del caos y el efecto mariposa, ¿habrá quien piense todavía que algo puede suceder sin consecuencias?
Si la Tabla de Esmeralda de Hermes Trismegisto es algo más que una falacia, si cuando habla del reflejo del macromundo en el micromundo y enseña que “como es arriba es abajo” no está mintiendo, entonces el mundo que Anna Lidia Vega Serova recrea en Ánima fatua, el mundo de la Rusia de hoy mismo, con su gente reprimida, desequilibrada, enajenada, trocadas las raíces espirituales y culturales, profundamente trastornada, con sus mafias, sus mimesis, se nos presenta como auténtico y, tal vez, como el único lógicamente posible —hasta ahora— para esa sociedad. Es más: la dialéctica histórica que nos ha enseñado el marxismo, bien aplicada, deja fuera cualquier otro resultado histórico deducible. Finalmente, Marx y Thoth se dan la mano por sobre la mesa de un café en cualquier ciudad del mundo y se sonríen de mutuo acuerdo.
EL ESPEJO ENGAÑOSO O EL HADA DE LA VARITA FRUSTRADA
Pertenezco a la generación que vio nacer el movimiento hippie, pero para cualquiera que, aún sin haberlo vivido de cerca, haya estudiado la historia del hippismo, salta a la vista que los hippies rusos de Ánima fatua distan mucho de haber comprendido lo que este fenómeno sociocultural, uno de los más interesantes y profundos del siglo XX, significó en realidad: una revolución en todos los órdenes, pero sobre todo filosófica: una ruptura que cambió el mundo. Hasta donde la autora nos permite mirar, los hippies de la vieja Moscovia solo copiaron las formas externas de vida y conducta del movimiento —¿compulsados por su deseo de parecer más europeos, más occidentales; como un efecto rebote de la perestroika? Tal vez, no lo puedo saber a ciencia cierta, Vega haya caricaturizado algunos de sus personajes, pero me parece extremadamente coherente ese estado del ánimo y el espíritu en que la persona vaga sin una idea clara de lo que quiere o de lo que hace, como zombie, reproduce actitudes mecánicamente, impersona ídolos ajenos cuya verdadera esencia se le escapa, como tan bien ilustra la escena en que alguien dice a la protagonista, mientras los dos observan una foto del Ché, que era “tremendo hippie y tremendo loco”; o cuando el joven de buena familia, que pronto morirá de una penosa enfermedad, decide esperar el fin practicando el amor libre, bebiendo y drogándose en la tusovka, y convenciéndose a sí mismo de que es John Lenon (¿por qué no eligió a Yuri Gagarin para su abortada metempsícosis, o a cualquier otro ruso, pues en honor a la verdad en Rusia no faltan héroes?). Pienso en esa madre rusa de la protagonista, quien mostrándose ignorante de los más elementales postulados de la psicología infantil, asegura a uno de sus hijos que es bueno mientras, como en un acto teatral premeditado, acusa al otro de ser malo; esa madre que no tiene nunca un gesto de ternura filial; que no parece percatarse del drama que vive su hija, casi al borde del autismo; que no presta su apoyo; que nunca juega el papel para el que la concibió Madre Natura; que nunca se siente responsable, que se emborracha como única respuesta al naufragio de su vida. Pienso en esos abuelos distantes, rudos, más fríos que la nevaska; en los jóvenes letones obsesionados por su necia limpieza étnica, y tantos, tantos hombres y mujeres que cruzan por las admirables páginas de este libro, todos heridos, todos perdidos y sin control sobre sus vidas: todos miméticos, violados en el sentido más profundo del término: en su alma, de la que algo —nunca sabrán exactamente qué— los ha expulsado. Por doquier reina en Ánima fatua una especie de parálisis, de atrofia emocional. Se respira en el aire. Los personajes de Vega, visceralmente castrados para la comunicación y el calor humano, devienen símbolos temibles de un proceso histórico cuyo feo reflejo en el espejo ha resultado ser la realidad, mientras que la supuesta bella encarnadura no ha sido más que un espejismo vano, una vastísima ficción. Vega parece proponernos que contemplemos el penoso resultado de los pases mágicos del hada de la varita o, parodiando el título de un célebre filme soviético, el paisaje después de la batalla. Báquica distorsión.
Leyendo Ánima fatua muchas otras preguntas han venido a sumarse al eterno concierto de cuestionamientos sin respuesta que siempre me ha perseguido sobre el tema rusocubano; pero la única pregunta que no me hice ni pienso hacerme es si esta novela, que me fascinó desde su primera oración hasta el punto final, es o no es autobiográfica, o si se trata de cabo a rabo de una exitosa ficción literaria. Creo sinceramente que nadie debería detenerse en un detalle que resulta tan fútil a la hora de evaluar lo que esta obra aporta, especialmente a los cubanos: los elementos que entrega a quienes, como yo, nunca pusimos un pie en la URSS, para ayudar a comprender los matices no demasiado sutiles de una época larga, dilatada, que marcó para siempre la historia y la psiquis de nuestro país, y dejó, sin embargo, tan poca huella en su corazón. Pero aún por encima de ese logro tremendo de Ánima fatua —que muestra ya a una novelista en pleno dominio de su poética—, hay otro logro más universal en este libro, y es la maestría, la pericia literaria, la profundísima sensibilidad con que Vega ha sabido mostrar la raíz de los traumas de una infancia lacerada por la falta de amor, la soledad de una adolescente condenada a la incomunicación, el drama de un ser humano que se siente rechazado y termina por no saber a dónde pertenece. La tragedia de una sociedad entera que ha perdido la brújula varias veces a lo largo de su historia.
Y no es el menor éxito de Ánima fatua el hecho de que el insalvable abismo cultural no aparezca en sus páginas ni una sola vez como acusación abierta o toma de partido evidente. La novela está sembrada de pequeños, casi inadvertidos detalles reveladores de la posición de su autora, como aquel comentario de la proptagonista referente a que en la escuela habanera de los primeros años de Alia todos los niños querían ser sus novios por ser rusa, y que ser novios consistía en que ella les permitiera llevarle la maleta durante el trayecto de ida y vuelta al colegio y sentarse a su lado en el aula. Más tarde uno recordará estos párrafos cuando lea el pasaje donde una niña rusa de diez años, criada en buena famila, una pequeña comme in fault , recomienda con absoluto desenfado a la protagonista de 17 usar esperma de hombre sobre el rostro como crema de belleza. Cabe al lector comparar estas costumbres nuestras, de pueblo completamente desprejuiciado en su asimilación de la Otredad, con la recepción que, por ser rusocubana he hija de un hombre negro, le dedica a la protagonista en la letona ciudad de Tartu una vil pandilla de jóvenes xenófobos. El que tenga ojos, que vea, y el que tenga oídos, que oiga. Respetando las reglas más elementales del Tao, en Ánima fatua todo ha sido mostrado, todo dicho.
Para terminar, quiero creer que como receptora de esta obra de arte creada por Vega, me asiste el derecho de hacerla mía mediante mi propio código interpretativo de sus ficciones. Refugiada en esta creencia, me atrevo a cuestionar el supuesto de que el ente bifronte y protagónico nominado por su autora Alia/Alfa sea, en realidad, la pobre ánima fatua que da título a la novela. Creo que es otro el verdadero destinatario de este título, alguien así como una entidad más incorpórea y ecuménica, pero si realmente Vega procedió a velar la intención, no seré yo quien rasgue el encanto de la veladura. Solo diré que con esa hermosa frase latina de solo dos palabras, Vega ha operado desde la magia de la metáfora un luminoso ajuste de cuentas. Ajuste revelador que, estoy segura, muchos entre nosotros nunca terminaremos de agradecerle.
EL DRUIDA
Una bandada de grullas volaba frente al sol. Desde el amanecer sus
cuerpos dibujaban estelas en el viento, conformando un mensaje que pocos hombres podían comprender. El más anciano de los druidas observó atentamente el desplazamiento de las aves sagradas, intentando descifrar aquel augurio que presagiaba muerte y el final del acoso. Ocultos en un bosque donde sus antepasados habían adorado a los antiguos dioses, los druidas habían resistido largos siglos pero al final sólo quedaban trece hombres solitarios perseguidos por su propio pueblo, pues los celtas seguían ahora a un dios extranjero, un pobre carpintero crucificado en tierras lejanas donde ningún irlandés había estado jamás.
Los sacerdotes del nuevo culto eran seres sombríos. Venían de más allá de Bretaña, más allá de las Galias, de orillas de aquel mar donde el sol brilla siempre y la cálida tierra es raramente besada por los espíritus del agua. Su jefe, a quien llamaban Patrick el Siervo, era un hombre del sur de Gales capturado por guerreros de Irlanda en un raid y traído como esclavo a la isla verde, el país de los sidhes. Años después logró escapar del cautiverio y huyó al continente. Allí se refugió en el monasterio de Llerins, una de aquellas grandes comunidades de monjes oscuros que veneraban al Crucificado. Y cuando todos lo habían olvidado regresó convertido en un jefe, un azote que echó por tierra las estatuas de los dioses, adoradas por los celtas desde los tiempos en que los Tuatha de Daanan fueron vencidos y se convirtieron en los Señores de los Muertos.
Pero aquello no bastó a Patrick el Siervo. Con su energía indomable y su palabra incendiaria decretó el fin del druidismo, persiguió a quienes no quisieron desertar y asesinó a los druidas con la mayor crueldad. El populacho, enajenado con sus prédicas salvajes, masacró a los sacerdotes del roble al pie de las murallas, bajo los árboles sagrados, sobre las piedras del sacrificio y en cualquier lugar donde se refugiaran huyendo de la matanza. Cuando ya su número no sobrepasó dos míseras cifras en toda la isla, Patrick detuvo a los suyos. Había llegado el momento de matar la memoria misma, de ahogar la doctrina hasta hundirla como a un salmón de sabiduría en el fondo de un lago.
Patrick tenía una mente fría y sabía cómo debía proceder. Primero desacreditaría las viejas creencias y luego las borraría del recuerdo de los celtas como quien esparce polvo en el viento. Siguiendo este plan, envió a los druidas un mensajero para anunciarles que deberían presentarse a una ordalía. Ellos no comprendieron al principio. Estaban tan habituados a huir de la muerte que aquella citación para comparecer en un juicio de Dios los tomó por sorpresa. El más anciano gritó al enviado:
—¡Patrick nos tiende una trampa! ¡Quiere sacarnos de aquí para llevarnos a algún sitio donde pueda asesinarnos, como ya hizo con todos nuestros hermanos!
Un druida joven llamado Ainnle se abrió paso entre sus superiores:
—Si son ésas las intenciones de Patrick, entonces demostrémosle que los sacerdotes del roble no somos cobardes. Ya hace tiempo que estamos condenados. Más vale que el galés nos ataque de frente y no como la flecha del cazador, que hiere por la espalda a la presa que huye.
Sus palabras resonaron extrañamente en el silencio del bosque. El anciano druida aseguró al enviado que él y los suyos acudirían al lugar señalado por Patrick. Después le preguntó si la ordalía sería un juicio por el agua, por el fuego o por las varas del bosque, pero el monje no dio explicaciones y se limitó a ordenarles que llevaran a la cita todos sus libros sagrados.
Luego les volvió la espalda altivamente y desapareció entre los árboles. Cuando le creyeron lejos los druidas se pusieron a debatir entre ellos el asunto. Alguien insinuó que aún tenían por delante un día y una noche: podrían alcanzar la costa y pasar a Alban, tierra de los pictos tatuados, donde sin duda encontrarían salvación. Todos estuvieron a favor de la idea menos el joven Ainnle, quien se opuso otra vez resueltamente.
—Vayamos con Patrick —insistió—, porque nuestros dioses son verdaderos. Y si el monje nos engaña, que la deshonra caiga sobre su nombre y nuestra sangre sobre los huesos de su Crucificado.
Y su voz se impuso nuevamente.
Ainnle no había sido iniciado en los grandes colegios druídicos de Mona y de Bretaña, arrasados desde hacía siglos por las legiones de Roma, sino por un maestro personal, un druida ciego muy conocedor de la historia y la magia de los celtas. El muchacho había aprendido de memoria tantos versos como los druidas mayores y los más antiguos filid, y estaba muy instruido en el conocimiento de yerbas y plantas medicinales que otorgan la salud y preservan la vida, en los ocultos mecanismos del tiempo y de los números, en la secreta geografía de la Tierra y en otras muchas ciencias. A pesar de su extrema juventud era discreto y paciente, y en dos cosas se parecía a Patrick: su inteligencia era fuerte y clara y poseía un corazón que no se amilanaba. Desde pequeño huía en compañía de las últimas familias que aún veneraban al gran Dagda, a Ogme Cara de Sol y a la diosa Briggitta, dueña de la poesía y de todos los frutos de la tierra. Ainnle nunca había dormido sobre un lecho verdadero, no poseía joyas ni monedas y de él podía decirse que pertenecía a la estirpe de los que nada tienen que perder. Los últimos druidas estaban cansados de luchar y ocultarse, de temer y esperar. Miraron a Ainnle y comprendieron que ante sus ojos les había nacido un nuevo líder, y se plegaron a él por instinto. Aquella noche soñaron por última vez bajo los robles, arrullados por un viento que traía las voces de los muertos. Pero las claves de interpretación se habían perdido desde hacía mucho tiempo y ellos no pudieron desentrañar los mensajes. Tan sólo Ainnle fue visitado por la figura inconfundible del gran Dagda, con su túnica de piel y la pesada maza al hombro. El dios vino a ordenarle que protegiera la sabiduría del pasado a riesgo de su vida, y desapareció en la misma niebla que lo trajo del norte lejano para reinar sobre Irlanda por los eternos siglos.
Al alba despertaron. Después de comer algunas bayas se reunieron en torno al fuego y Ainnle expuso el plan que había concebido durante la noche: quitarían a los libros sagrados sus viejas cubiertas de madera de haya y las rellenarían con láminas de corteza fresca de abedul, mientras los libros verdaderos serían ocultados en algún sitio donde Patrick jamás pudiera descubrirlos, y ya reaparecerían ante los ojos de los hombres cuando algún dios así lo dispusiera. Ainnle estaba seguro de que el galés, con su horror a todo lo pagano, jamás se atrevería a tocar los falsos libros que los druidas llevarían a la cita y caería fácilmente en la trampa tendida por la astucia.
Los sacerdotes del roble obedecieron en silencio al nuevo jefe. Se desgarraron los dedos entre la corteza de los duros troncos, trabajaron apretando los labios para sofocar el dolor, pero el bosque sagrado no escuchó ni un lamento. Doblados sobre sus flacos vientres se secaban la sangre en sus túnicas sucias de tierra, y continuaban la extraña tarea poniendo en ella las escasas fuerzas que les quedaban todavía. Al fin llegó la noche, precedida por una luna turbia que derramó su luz sobre los libros terminados. Ainnle celebró una pequeña ceremonia de agradecimiento al gran Dagda, en la que a falta de otra víctima tuvo que sacrificar una pequeña liebre, y después permitió que durmieran los ancianos, maltrechos por el duro trabajo y el terror. Al amanecer saludaron al sol quizás por última vez y partieron hacia su destino.
Patrick los aguardaba en lo alto de un montículo a orillas del raudo Boigne. Antaño en este río desovaban salmones de sabiduría consagrados a los dioses, pero los cristianos eran hábiles pescadores, especialmente en día viernes, cuando la carne roja estaba desterrada de sus mesas, y ahora el río parecía deshabitado. Patrick, envuelto en su pesado manto negro, semejaba un gran murciélago sombrío sobre la cima de la colina. Desde allí vigilaba el camino con sus ojos rapaces mientras recordaba con pesar el benigno calor del sur de Galia. Su mensajero le había hablado largamente del joven Ainnle y el galés se sentía preocupado por el surgimiento de este nuevo caudillo. Pensó que los druidas eran como aquella hidra de siete cabezas a la cual nadie podía matar completamente, pues cada vez que alguien le cercenaba una cabeza en el muñón nacía otra más pujante. Y él ya estaba cansado de matar, porque la sangre derramada por sus manos era rápidamente bebida por la tierra, pero brotaba nuevamente bajo la forma de un vaho perturbador de los sentidos y provocador de visiones, pues qué otra cosa era su pesadilla de cada madrugada, donde su antiguo amo irlandés aparecía apuntándole a la cara con sus manos llenas de hormigas, que como dardos se precipitaban sobre él prestas a devorarle las carnes. En vano intentaba el asustado monje protegerse contra aquella avalancha, porque no contentas con hacerle mil heridas, le horadaban la piel en busca de las vísceras humeantes. Sin embargo, aunque conocía el poder de las maldiciones druídicas, Patrick se consideraba a salvo porque creía que su Crucificado era el más fuerte. Pero aunque se hubiera adherido a la idea de un dios único, en su interior aún resonaban las voces de los antiguos dioses y sus sombras laceradas le robaban la paz. Se ciñó el manto en torno al cuerpo con gesto inseguro mientras sus dedos palpaban maquinalmente la cruz de plata que llevaba al cuello, y sus pies inquietos trazaban sobre la yerba húmeda los antiguos signos de conjuro.
No tardó en aparecer a lo lejos la procesión de los druidas como una sierpe herida que se arrasta por el polvo. La planicie junto al río se abría ante ellos, ocupada por una multitud que blandía miles de antorchas precursoras del alba, y que había velado toda la madrugada para asistir a la humillación definitiva de los últimos sacerdotes del roble. Eran los renegados, los traidores a sus dioses ancestrales y abanderados del cristianismo triunfante traído por Patrick. Querían ser testigos del fin de la ordalía, que no podía ser otro que el triunfo verdadero y aplastante del único dios. Allí, junto al sagrado Boigne, los druidas harían su última actuación. Después Patrick los dejaría ir, salvo quizás a Ainnle.
Los druidas avanzaban penosamente, abatidos por el peso de los años y el de los falsos libros que acarreaban sobre sus espaldas. Ainnle marchaba al frente. No había sido su deseo; hubiera preferido ocupar un puesto al final de la fila como correspondía a su extrema juventud, pero la vejez quita los ánimos y los ancianos druidas tenían enraizado el miedo en sus corazones. Por ello cedieron al joven la cabeza de la procesión, con la esperanza de que si la cólera de Patrick se desencadenaba, caería sobre Ainnle la parte mayor. Él lo sabía, pero estaba lleno de compasión por sus hermanos castigados ya tanto, y avanzaba con los ojos clavados en la tierra mientras guardaba toda su resolución para enfrentar al implacable asesino de los suyos. Al andar, sus sandalias iban dejando una estela brillante sobre el sendero hinchado de rocío, imprimiendo en la blandura del limo la huella de pequeñas estrellas puntiagudas.
Patrick descendió del cerro majestuosamente y los dos hombres se encontraron cara a cara. Patrick contempló en silencio al joven jefe. Ainnle permaneció ante él con los párpados bajos. Patrick lo halló frágil, vio que temblaba imperceptiblemente bajo sus blancas vestiduras y se rió de la rama de muérdago que el joven druida sostenía entre sus dedos. Entonces Ainnle, muy despacio, alzó su rostro hacia el orgulloso cristiano y le clavó en los ojos sus pupilas de un límpido azul, con tanta fijeza que el otro parpedeó. Patrick había aprendido muchas maneras de dominar a los hombres y tenía ojos de fuerza y fuego, pero al ver los de su adversario reconoció en ellos el antiguo poder de los dioses derribados. Un escalofrío le recorrió la médula en forma tan súbita que no consiguió reprimir un movimiento delator. Ainnle aparentó no haberlo visto, pero siguió mirando a Patrick sin pestañear, cada vez más fijo, cada vez más hondo, mientras su cuerpo permanecía inmóvil como un alto menhir. No buscaba nada en las pupilas de su verdugo; sólo quería que éste se mirara en las suyas. Patrick deseaba a su vez intimidar con su mirada a su joven víctima, pero sólo consiguió verse reflejado en el esmalte celeste de otros ojos y allí reconoció su propio rostro, ávido y seco igual que un fruto lejos de su estación, y tuvo miedo de que alguien más le sorprendiera aquel secreto; miedo de que otros hombres descubrieran que él, elegido por Dios para clamar por todo el mundo la gloria de Su Hijo, no guardaba ninguna semejanza con las imágenes del dulce galileo contempladas allá en su monasterio provenzal. Su semblante continuaba siendo el de un esclavo endurecido por el trabajo, un siervo envilecido por los golpes y sometido por el hambre: un rostro sin piedad y sin amor.
A una señal de su brazo los druidas dejaron caer sobre la tierra los pesados libros, agradeciendo que los libraran al fin de aquella carga. Los grandes libros de madera chocaron contra el suelo pedregoso con un trueno profundo. A una segunda señal de Patrick unos monjes los arrastraron sin miramiento hasta el lecho del río. El monje que había actuado como mensajero entregó a Patrick una pequeña Biblia encuadernada en pergamino marrón y cerrada con gruesos remaches de oro. Patrick la tomó con reverencia y avanzó lentamente hacia la orilla indicando a Ainnle que le siguiera. El joven druida obedeció. El sol le daba de lleno en pleno rostro y era fácil ver que había palidecido repentinamente. En verdad ya comenzaba a comprender lo que se proponía el monje negro. Con gesto teatral Patrick lanzó a las aguas su preciosa Biblia y la corriente la arrastró lejos. Sobre la planicie reinó un silencio mortal. Patrick dejó de contemplar el río y se volvió hacia Ainnle con expresión conminatoria. Ainnle dio un paso al frente y tomando entre sus brazos el más pesado de los libros druídicos también lo lanzó al río. El volumen se hundió al instante. El joven lanzó otro y después un tercero, hasta que todos desaparecieron dejando una marca fugaz sobre las ondas. Cien metros más
lejos el monje mensajero se arrojó a la corriente para emerger de inmediato llevando en alto la Biblia rescatada. Patrick la recibió con unción, regresó con ella a la cima de la colina y alzándola sobre su cabeza en gesto triunfal la mostró a la multitud enardecida. Un grito unánime brotó de todas las gargantas y mil antorchas saludaron al sol. El más anciano de los druidas cayó sobre la tierra sacudido por el llanto.
Patrick recibió a Ainnle en la granja donde se alojaba y sostuvo con él una larga conversación. Habló de Cristo y de la conveniencia de servirle porque era el único dios verdadero, la única esperanza de eterna salvación para los hombres, y expuso al druida todas las razones y argumentos que desde hacía tiempo utilizaba para imponer su verdad. Ainnle escuchó en silencio, manteniendo siempre sus párpados bajos en espera de la sentencia final. Sabía que antes de matar por su fe los cristianos concedían a la víctima la posibilidad de renegar de su religión para adoptar la del Crucificado. Para su sorpresa, esta vez Patrick ofreció mucho más: el druida podría retirarse con sus compañeros a alguna isla desierta del norte. Allí fundaría un monasterio para evangelizar a los pictos paganos, y entre oraciones y penitencias serviría al Señor hasta que fuera llamado a su regazo. Ainnle pidió la merced de unas horas para despedirse de sus dioses. Patrick accedió, pero retuvo como rehenes a los ancianos druidas. Ya no necesitaba derramar más sangre, porque los mártires siempre resultan peligrosos y nadie mejor que un cristiano para considerar esta verdad.
Ainnle partió de inmediato sin que nadie le hiciera preguntas. Remontó la corriente del Boigne ocultándose entre los matorrales de la otra orilla. La noche le sorprendió a las puertas del castillo del gran Dagda, el túmulo circular del Brug Na Boigne, alta colina de cuarzo que albergaba en la cima una vieja fortaleza y en su base una tumba aún más remota. Hacía siglos que nadie la habitaba, pero antaño había sido la entrada al mundo de los sidhes, la patria del gran Dagda, de Lug, príncipe de guerreros, Ogme del Rostro Brillante que dio el alfabeto a los hombres, y de todos los Tuatha, misteriosos magos de la niebla que llegaron del norte lejano para ganar el señorío de Irlanda, en tiempos de los cuales ya no había memoria entre los vivos.
Si hubiera sido de día el resplandor de los cristales de cuarzo habría cegado al druida, pero en medio de la noche el túmulo era una enorme masa negra cercada por un cinturón de piedras planas. Ainnle no buscó el camino hacia la fortaleza, porque sabía que allí no encontraría más que unas cuantas monedas romanas ennegrecidas por la lluvia y restos de algún venablo semienterrado entre las piedras. Dirigió sus pasos por el sendero que conducía a la entrada de la tumba, oculto bajo un manto de césped rebelde. Antes de alcanzar la puerta sacó de entre los pliegues de su túnica la rama de muérdago, seguro talismán en el camino al más allá, sin el cual ningún druida habría intentado jamás una visita al país de los sidhes. Pero allí le esperaba una sorpresa: la piedra en forma de rueda que debía cerrar la entrada de la tumba se hallaba corrida, dejando libre acceso al interior del túnel subterráneo. Sobre el dintel colgaba una lamparilla tan diminuta que hubiera podido confundirse con el nido de una única luciérnaga. Ainnle, embargado por el tumulto interior de sus penalidades, había olvidado que aquella era la noche de Samhain, antigua fiesta celta que daba fin al Año Viejo y saludaba el advenimiento del Nuevo. En tiempos de sus tatarabuelos aún se celebraba la muerte del fuego viejo con danzas circulares que imitaban la rueda del sol y carreras de mujeres y caballos precedidas por un rey victorioso, pero aquel hermoso mundo había terminado para siempre con la llegada del triste Carpintero. Del antiguo esplendor sólo quedaba ahora una llamita ardiendo apenas en la sombra. Y ya era mucho que alguien se atreviera a mantener una tradición que podría costarle la muerte si le sorprendían los hombres de Patrick. ¿Quedaba algún celta dispuesto a iluminar el camino a los sidhes, para que regresaran como antes y se mezclaran con los hombres mortales en la mágica noche de Samhain? Quizas alguna doncella buscaría recibir en su vientre la divina semilla de los Tuatha para alumbrar héroes el próximo verano. Ainnle podría imaginar a la muchacha en el interior de la cámara sepulcral, temblando arrodillada a la espera del dios que vendría quizás a fecundarla. Se vio ante ella abrazándola y haciéndose pasar por la deidad para explorar el túnel que le nacía entre los dulces muslos, encontrando al final otra cámara, pero no para enterrar un cadáver, sino para plantar en ella un cuerpo vivo al abrigo de la cálida sangre, una vasija para su semen de hombre mortal. Ainnle no era como los monjes negros, no le estaba prohibido el placer de la carne y siempre había ardido en soledad. Con estos pensamientos agitándole el alma recorrió el túnel angosto, sintiendo la pegajosa frialdad de las losas adherirse a su piel. Se estremeció como un gato mojado y siguió avanzando a duras penas, pues su estatura era mayor que la normal y le costaba gran esfuerzo reptar doblado en dos como una rama quebrada.
La cámara mortuoria estaba envuelta en un suave capullo de luz. Ainnle percibió en el interior varias artesas apiladas contra una pared. Sobre la loza plana del altar yacían dos esqueletos muy juntos, uno de ellos coronado con astas de ciervo, y el otro con un ramillete de flores petrificadas. En el suelo había una piel de toro blanco recién sacrificado, con su olor inconfundible a cuero y sangre fresca. Las artesas rebosaban de ella. Alguien había preparado cuidadosamente el escenario para la ceremonia que los antiguos llamaban Imbas Forosnai y sólo un druida podía realizar. Nadie que no fuera un iniciado se habría atrevido a beber la sangre del toro blanco y a envolverse en su piel para invocar las almas de los muertos. Ainnle comprendió que su presencia era esperada y buscó ansiosamente en la penumbra a la muchacha que había imaginado y a quien creía predestinada a él por los dioses, pero el recinto estaba desierto. Y sin embargo, había algo raro en el viento que llegaba de fuera acariciándole el rostro con dedos invisibles. Algún poder vibraba en el aire y lo reclamaba como suyo, y entonces Ainnle supo que no estaba allí para entregarse a una suave carne de mujer, sino a las fuerzas oscuras del fuego y el viento, a la magia profunda de la tierra y las aguas. Y no pensó en resistir. Bebió la sangre del toro en la oquedad de sus manos, se hundió en la tibia piel y se tendió a dormir invocando las visiones.
No tardaron en presentarse las deseadas imágenes, pero esta vez no fue el gran Dagda con su túnica de pieles y su clava de roble quien acudió al llamado del druida, sino un hermoso joven de cuyo rostro emanaba un resplandor muy vivo. Ainnle reconoció al dios Ogme, señor de las letras del Ogham, que a muy pocos mortales permitía contemplar su faz resplandeciente. Ainnle se dispuso a escuchar con reverencia las palabras del dios, pero éste sólo pronunció dos breves frases:
—Lleva contigo mi bolsa de grullas a la casa del héroe. Tú serás su guardián hasta el fin de los tiempos.
Ogme del Rostro Brillante entregó a su druida la bolsa de piel de grulla que pendía de su cinturón y lentamente comenzó a desaparecer hasta que su contorno se disolvió en el viento. Cuando Ainnle despertó del trance contempló sus manos vacías. Sabía que el contenido mágico de la bolsa consistía en las tijeras del rey de Escocia, el yelmo del rey de Lochlainn, los huesos de Assail el bandido, el garfio del herrero Goibniu, el manto del rey del mar y una tira del lomo de la Gran Ballena, todo lo cual no era más que un juego de símbolos que servían para nombrar secretamente las letras del Ogham del Bosque, el sagrado alfabeto de los druidas en el que cada letra corresponde a un árbol divinizado. Ainnle supo que el dios Ogme le había nombrado guardián de la sabiduría de los celtas por los siglos de los siglos y más allá de la misma muerte. “Amén”, habría dicho Patrick fervorosamente si hubiera estado allí, pero el druida se encontraba completamente solo.
Al amanecer Ainnle emprendió el camino de regreso con su rama de muérdago y su encomienda fantasma. Patrick no se sorprendió cuando el joven aceptó la oferta humildemente; sabía que Ainnle había vivido aún demasiado poco para aceptar la muerte. Allá lejos, en las islas deshabitadas del norte, no podría convertirse jamás en un caudillo capaz de levantar a los pobres celtas que aún odiaban al Crucificado. Al fin no habría más intentos de restaurar a los antiguos dioses con sus orgías de sangre sobre los altares. Terminaba para siempre aquel culto salvaje con su estúpida adoración a los árboles y las piedras sin alma. Todos los hombres unidos en la mansedumbre del Señor, toda Irlanda marcada con la Cruz, el pasado enterrado y con él la memoria de los Tuatha de Daanan. Que así sea.
Cuando salió el sol Ainnle y los suyos fueron bautizados por el propio Patrick en las aguas heladas del Boigne. Ainnle no parpadeó cuando Patrick derramó sobre su frente el líquido lustral. Después El Siervo enseñó a los druidas a rezar el Padrenuestro y les entregó la Biblia salvada de las aguas por el monje mensajero. Por último les hizo cambiar sus albas vestiduras por las negras sotanas de sus monjes. Luego fueron debidamente escoltados hacia la costa y embarcados en la nave de un pescador, quien los condujo a una isla desierta señalada por el mismo galés sobre un mapa de corteza de abedul. Desde aquel día sería la morada de los últimos druidas.
Ainnle recorrió el lugar y vio que se trababa en realidad de una antigua isla oracular destinada a ser el último refugio de un rey muerto custodiado por las hadas. Así lo confirmaban la disposición del islote en la desembocadura de un río y el hecho de tener en su centro una tumba circular encerrada en un anillo de robles. Ainnle exploró la tumba pero la halló vacía. Se preguntó dónde estaría el héroe que debía ocuparla. Tampoco se escuchaban los cantos de las hadas.
A toda prisa comenzó a edificar el monasterio concebido por Patrick. Apenas colocaron la primera piedra murió el más anciano de los druidas. No pudo soportar los nuevos rezos, que se hicieron pesados a su lengua y terminaron por obstruir en su garganta el camino del aire. Ainnle quiso sepultarlo en la cueva oracular, pero los otros se negaron por temor a que Patrick descubriera su falsa conversión. El muerto tuvo entonces cristiano enterramiento en las raíces de un tejo, el antiguo árbol celta de la muerte, acompañado por unos cuantos gusanos de los cuales no tardó en ser pasto.
Un mes después las primeras chozas en forma de colmena se hallaban listas para recibir a los primeros cristianos que llegaban de tierra firme atraídos por la promesa de la vida monástica. Algunos eran druidas renegados, pero la mayoría fervorosos amantes del Crucificado, y todos juntos alababan al Señor con voces claras y llenas de entusiasmo a las que de vez en cuando se escapaban notas falsas. Con el tiempo Ainnle obtuvo de Patrick la autorización para abrir una pequeña escuela. Quería, dijo, instruir a los jóvenes en el temor de Dios y enseñarles escritura, como antiguamente habían hecho los olvidados filid. El galés, ocupado por entonces en otros asuntos, envió el permiso y unas semanas después Ainnle se encontraba ya frente a un atento puñado de adolescentes armados con tablillas y estilos de escribir. Pero Ainnle el druida, metamorfoseado por obra y gracia de la Historia en Clonnan el Monje, conservaba bien impreso en su memoria el mensaje de Ogme del Rostro Brillante. Así pues contempló a sus alumnos, vio sus jóvenes cráneos tonsurados y su ardor ferviente por la fe, y comenzó a impartirles la primera lección de su nueva escuela:
—Los druidas —dijo— fueron seres perversos adoradores de ídolos y bebedores de sangre humana; paganos malditos que odiaban al Señor, único dios verdadero, pero Patrick los venció en combate singular y a los últimos trece los derrotó míseramente en una ordalía a orillas del río Boigne. Allí nuestra Biblia triunfante flotó sobre las aguas, mientras que los libros druídicos, plagados de mentiras, se hundieron hasta el fondo en menos tiempo del que trina una avefría.
Los alumnos rieron divertidos y alguno pidió a voz en cuello la muerte de los druidas. Ainnle alzó su mano para hacerlos callar:
—Guardad vuestro furor para mejores causas —los sosegó—, pues los druidas murieron hace tiempo. Pero todo hombre debe conocer a sus enemigos mejor que a sí mismo, porque la ignorancia es una trampa muy peligrosa, así que nuestras primeras lecciones las dedicaremos a estudiar en profundidad las supersticiones de los paganos druidas, a fin de que no puedan nunca renacer entre nosotros bajo nuevo ropaje. Preparad las tablillas...
Los alumnos dispusieron cuidadosamente sus instrumentos y Ainnle comenzó a dictar con voz monótona:
—Los Tuatha de Daanan fueron un pueblo de magos y guerreros que llegaron de la cima del mundo envueltos en la niebla. En la terrible batalla de Mag Tuired derrotaron a un ejército de monstruos con cabezas de carnero y se hicieron señores de Irlanda. Los druidas eran sus sacerdotes y estaban versados en todas las artes y todas las ciencias, desde la posición que ocupa cada tierra sobre el huevo del mundo hasta el empleo de plantas para curar todos los males del cuerpo y el espíritu. Sabían dominar los elementos, hablaban más alto que los reyes en los torneos de poesía, y también enseñaban que al morir el alma encarna en sucesivas formas, antes de regresar a la tierra en nuevo cuerpo mortal para cumplir otro destino...
Y los monjes de Patrick escribieron en latín las antiguas historias de los celtas, maravillados ante el extraño mundo que el abad Clonnan evocaba ante sus ojos con la magia intensa de la poesía. Con el paso del tiempo aprendieron a grabar en sus tablillas todos los caracteres del Ogham del Bosque, y escribieron los nombres de los reyes antiguos y sus grandes batallas. Aprendieron muchas otras cosas, ellos y todos los que les sucedieron en el monástico recinto.
El tiempo transcurrió y la juventud de Ainnle se mezcló con el viento y las nieblas del lago. Un cementerio creció en los alrededores del monasterio mientras la tumba circular continuaba vacía. Ya sólo iban quedando del druida unos ojos cuyo brillo alguna vez sirvió de espejo para que otros ojos encontraran en ellos su reflejo. Ya ni siquiera podía andar con auxilio de su báculo y dos novicios le transportaban en un sillón de alto respaldo y cojines rojos. Toda la comunidad monacal le veneraba como genuino heredero de Patrick y defensor de Cristo. Era el Abad.
Una noche se encontraba meditando bajo los robles de la tumba oracular cuando escuchó por vez primera el canto de las hadas. Era una triste melopea que sólo sus oídos podían percibir, y así supo que aquel cántico agorero le anunciaba el final de sus días. Con gran serenidad hizo venir al joven monje en quien más confiaba, lo nombró su sucesor y le pidió que lo llevara hasta la cueva circular. Una vez allí le ordenó que depositara su cuerpo sobre la piedra plana del interior, porque por fin había comprendido quién era el héroe al que los dioses destinaban el lugar. El monje obedeció silenciosamente. Cuando todo estuvo hecho el abad Clonnan movió sus amoratados labios y pronunció dificultosamente unas palabras:
—Hijo mío, mi última voluntad a ti te la encomiendo: quiero que las tablillas escritas por nuestros alumnos sobre la historia de los enemigos sean transcriptas en libros de pergamino bien fino; permanezcan siempre como testimonio de su maldad para que no puedan corromper a los ingenuos ni a las generaciones que vendrán...
Flaqueó la voz del Abad y sus pupilas se cubrieron con una niebla opaca. Al verle cruzar las manos sobre el pecho el joven monje se inclinó sobre él para darle la extremaunción.
—Padre nuestro que estás en los cielos...—rezó fervorosamente.
—Soy el viento que alienta sobre el mar... —respondió el moribundo en un susurro.
—Santificado sea tu nombre... —continuó el monje desconcertado.
—Soy una ola en el océano... —susurró el moribundo.
—Venga a nosotros tu reino... —insistió aún el monje, que ya comenzaba a asustarse.
—Soy el rumor del rompiente... —siguió el viejo druida con una voz cada vez más debilitada por la cercana muerte.
El joven monje elevó sus manos al cielo como quien pide perdón para sus culpas, musitó entre dientes “Hágase tu voluntad, amén” y se inclinó sobre los yertos labios de su superior para no perder ni una sola palabra de aquel extraño rezo:
—Yo soy el buey de los siete combates —continuó Ainnle—. Soy el halcón sobre la peña, el jabalí bravío, un lago en la llanura. Soy palabra de ciencia, soy lanza victoriosa que combate...
—¡Padre! —interrumpió el monje estremecido—. ¡Abad!
—Yo soy el druida que prepara el fuego para una cabeza en el dolmen de la montaña.
Ainnle cerró los ojos y el aliento vital se heló en su pecho.
Cuando la luna se elevó rielando sobre el mar, la comunidad de los monjes oscuros desfiló con antorchas encendidas delante de la cueva en postrer homenaje al abad Clonnan, el más puro entre los siervos del Señor su Dios. Agobiados por la tristeza de su pérdida, ninguno percibió que en ese instante una bandada de grullas volaba ante el ojo redondo de la noche como un día lo hiciera frente al sol, dibujando en el viento un mensaje para el que ya no habría quizás destinatario.
El sucesor fue investido con los símbolos de su jerarquía en medio de una sencilla ceremonia, y cuando ésta hubo terminado se retiró a su cabaña. Después de rezar piadosamente por el alma del Abad tomó los estilos de escribir heredados de su antecesor y comenzó a trazar caracteres latinos sobre un pergamino. Ignoraba el sentido de los versos recitados por el abad Clonnan en el instante mismo de su muerte, pero a juzgar por la absoluta santidad del viejo monje, se trataba sin duda de una oración muy poderosa que debería ser trasmitida a las generaciones del futuro. Nunca supo que estaba copiando para la posteridad uno de los hermosos himnos de Amergin el Bardo, primer cantor de los antiguos Tuatha, cuyos versos narraban los viajes del alma antes de regresar a la tierra para cumplir con un nuevo destino. Cuando escribió las últimas palabras un dulce sueño abatió sus párpados y se quedó dormido.
PRONTO VOY A PONER AQUÍ DOS RELATOS DE MI LIBRO HISTORIAS CELTAS. SON PIEZAS QUE NARRAN DOS MOMENTOS DE LA HISTORIA DEL CRISTIANISMO EN IRLANDA Y SUS EFECTOS SOBRE LA CULTURA CELTA. DEMORO UN DÍA O DOS, TAL VEZ MENOS.
Parece una pregunta que sale sobrando, pues un país como el nuestro, con una fuerte inmigración gallega, es claro que tiene genes celtas. Pero... ¿cuánta gente está plenamente consciente de esto? Dentro y fuera de Cuba la impresión generalizada es que somos un pueblo de raíces africanas. Una nación monolítica de orichas, rumba de cajón, mulatas y mucha salsa sazonada con ron Havana Club.
Pero una mirada atenta podría derrumbar en poco tiempo ese estereotipo.
UN ANÁLISIS PRELIMINAR DEL PANORAMA RELIGIOSO Y CULTURAL CUBANO
La población cubana fue, antes de 1959, predominantemente blanca y católica. El éxodo y las nuevas políticas ideológicas y cuturales que trajo consigo la Revolución alteraron sustancialmente ese estado de cosas. Una gran cantidad de la población abandonó el catolicismo por el ateísmo revolucionario y otra gran cantidad partió al exilio con fe o sin ella. Durante décadas fuimos un pueblo que cultivó el laicismo, pero esto cambió durante los años noventa, cuando el Estado comenzó a promover la unidad religiosa y política y el Partido Comunista comenzó a aceptar en sus filas a creyentes del protestantismo y de las religiones afrocubanas. El mapa filosófico-religioso de la isla sufrió cambios significativos. El apoyo del Estado a la promoción del Barrio Chino —sin chinos— de La Habana y sus antiguas formas de cultura aceleró la expansión de las artes marciales y su concepción del mundo. La caída del campo socialista, con su repercusión en la medicina cubana, provocó un auge de la medicina tradicional, y comenzaron a llegar Maestros extranjeros que introdujeron el reiki, la energía universal, el budismo y otros sistemas de sanación desarrollo espiritual que también comportan otro modo de percepción del universo. Y a través de los grupos de rock gótico la mayor de las Antillas de repente descubrió el revival de la cultura celta, Enya, los mitos artúricos, el druidismo y el espectáculo maravilloso de Riverdance. Todo ello se ha resuelto en un nuevo sincretismo, esta vez no solo de deidades y ritualidad, sino de sistemas de pensamiento y de motivaciones culturales y artísticas,lo que sucede por primera vez en la historia de Cuba: una cultura multipolar.
¿Es esto un fenómeno solo nuestro? De ningún modo. Hemos sido alcanzados por un movimiento cultural que comenzó en Ocidente desde los años sesenta. Los Beatles, la Nueva Era, el rock, nos alcanzaron y nos abrieron a fenómenos como el descubrimiento del orientalismo y el celtismo. Las posibilidades de información, incrementadas por Internet —aún con su limitada accesibilidad para los cubanos—, las Ferias del Libro de La Habana, la despenalizació de la divisa y la posibilidad de adquirir libros en las dos o tres librerías que en esta moneda mantienen una discreta oferta en la ciudad, y el crecimiento del turismo y la mayor flexibilidad del Estado ante las relaciones de cubanos con extranjeros han posibilitado una apertura de los isleños a los flujos culturales que recorren el planeta.
Si nuestra población tiene genes celtas, y esto es incuestionable,no tenía ni nunca tuvo un sustrato cultural celta hasta los tiempos de la intervención norteamericana. Esto se debe a que los españoles de la conquista, los fundadores de nuestra nación, eran de un arraigado catolicismo bien depurado por siglos de Inquisición, y si alguna contaminación religiosa llegó con ellos fue una mínima cantidad de conversos al judaísmo —la mayoría de estos llamados "marranos" siguieron viaje hacia el continente—. El elemento africano, al sincretizarse con el español, produjo formas de música y de baile muy propias del país, como las habaneras, el danzón y el son, y muy pronto desaparecieron de las celebraciones cubanas las formas puras del baile de corte y de ritmos populares españoles que pudieron llegar con los conquistadores. Fuimos una mezcla de españolismo católico y africanía.
Con la intervención norteamericana comienzan a aparecer en Cuba, como parte de la labor de colonización, formas culturales que nosotros creemos norteamericanas, pero que, en realidad, llegaron a Estados Unidos con los fundadores ingleses y la enorme emigración irlandesa que ha caracterizado siempre a ese país. El tan controvertido y anatematizado Árbol de Navidad con sus adornos tí-picamente celtocristianizados, las colecciones de cuentos de hadas —con títulos clásicos que ya los pequeños cubanitos conocían desde hacía mucho tiempo— se empiezana vender a los niños con un repertorio de historias mucho más rico y una impresión de excelente factura en cuanto a ilustraciones y posibilidades de color. Los hijos de las familias cubanas de las ciudades crecen acunados por el dulce resplandor de las hadas, los gnomos, los príncipes y princesas, los caballeros, las brujas y hechiceros, los dragones y castillos de las sagas nórdicomedievales, vale decir celtomedievales en realidad. Los niños campesinos siguen oyendo los cuentos de madres de agua, guijes y bolas de fuego típicas del campo cubano, y los niños negros se duermen con patakines.
Paradójicamente, como tantas veces suele ocurrir cuando se trata de las ideas, los esfuerzos de la Revolución por laicizar a la población cubana han devenido en una profusión de confesiones de fe y de sistemas religiosos y filosóficos. En Cuba, junto a los marxistas convencidos pululan los católicos, los protestantes, los budistas, los yoguis, los practicantes de la medicina tradicional, del budismo, el taoísmo, los rosacruces los masones, en enorme número los babalawos y seguidores del palomonte y otras religiones africanas, seguidores entusiastas de la Nueva Era, aprendices de cabalistas, unos cuantos roqueros satanistas o que pretenden serlo, y... entusiastas fervorosos de la cultura de las cinco naciones celtas actuales y todas las antiguas.
El acercamiento económico de la isla a España, que siguió al derrumbe del campo socialista y tuvo, entre otras consecuencias, un acercamiento también cultural a la Madre Patria, produjo una inmediata proliferación de sociedades españolas que comenzaron a promover los bailes de las diferentes regiones de donde vinieron nuestros abuelos. El característico movimiento de los pies y las danzas circulares, comunes a todas las naciones celtas, dejaron de ser motivo de risa como cosa de abuelitos nostálgicos de boina y alpargatitas, para convertirse en la viva aspiración de cientos de niñas y niños, y de madres y padres no menos entusiasmados y fervorosos que sus vástagos, que cosían vestidos de vuelos y lunares, tejían mantillas y buscaba zapatos de carácter para las presentaciones. Cuba, sin darse cuenta, se fue preparando para entender, disfrutar y emocionarse hasta el tuétano con el retumbar de las tablas bajo las maravilosas piernas del conjunto irlandés Riverdance. Y de repente, el mundo de las hadas, gnomos, caballeros, princesas y dragones, despertó en el anestesiado imaginario del cubano a los acordes de las canciones de Enya y unos videoclips que mostraban, en movimiento, las imágenes de una cultura que tantos y tantos de nosotros lleva sembrada desde tiempos ancestrales en una parte de nuestra memoria genética...
LA PEÑA CELTA BAYA DE ORO
Abel Durán y Ernesto Domínguez se conocieron en la Facultad de Historia de la Universidad de La Habana, y de inmediato descubrieron que tenían una pasión común: rock y cultura celta. El 31 de octubre del 2001, en la sala-teatro Talía, asignada al Grupo de Teatro Universitario y prestada para la ocasión, los dos jóvenes inician lo que ha llegado a ser conocido como la Peña Celta Baya de Oro. Esta primera actividad adolecía de un pobrísimo soporte técnico: Abel y Ernesto solo disponían de una diskman que en un inicio pensaron conectar a un amplificador con cables improvisados, aventura que nunca funcionó, por lo que la velada transcurrió sin música. En sus primeras presentaciones ofrecieron conferencias de quince minutos sobre hitoria de los pueblos celtas. A pesar de que no habían hecho promción oficial, desde la primera peña contaron con un nutrido y entusiasta auditorio que fue creciendo en las sucesivas presentaciones. Libros como Los comentarios de Julio Cesar a la guerra de la Galias, Las colinas huecas y La cueva de Cristal, Yo Claudio y Claudio el dios, y filmes como Excalibur, Las nieblas de Avalón, Arturo y otros materiales semejantes comenzaron a circular entre los adeptos al nuevo culto, entre los que se contaban decenas de estudiantes universitarios de facultades de ciencia y humanidades. Por las reuniones de la Peña pasaron en cuatro años importantes artistas, como la agrupación de música antigua Ars Longa, internacionalmente conocida, Afrocuban Kelt, el célebre gaitero negro Wilbert Calvert, quien llamara recientemente la atención del mundo como discípulo de un gaitero gallego fallecido en Cuba, y otros. Después de un tiempo presentándose en la diminuta sala-teatro El Sótano, la peña dejó de hacer actividades oficiales durante dos años. Imposibilitados por la falta de apoyo de las instituciones culturales gubernamentales, sin sede, Abel y Ernesto no se dieron por vencidos, y tras dos años de silencio reaparecieron el sábado 31 de mayo en el Centro de Cultura Hispanoamericana, más conocido como Palacio de la Cariátides de Malecón y antigua sede del Centro Cultural de España. Con un regreso a sala desbordada, con espectadores de pie y sentados en el suelo desnudo de los pasillos, la Peña reabrió sus puertas para cerrar un evento de ciencia ficción y fantasía convocado por el grupo Behíque de jóvenes ilustradores y escritores. Con más de cuatrocientos asistentes, movidos por el concierto del dúo Pilgrim de música celta, integrado por Adela y Félix, tecladista y cantante procedentes de la ciudad de Santiago de Cuba, la Peña presentó videos, dio lectura a poemas, y realizó presentaciones de libros de temática celta escritos por autores cubanos. Por increíble que parezca, la única publicidad desplegada para la ocasión fueron unos volantes impresos que algunos voluntarios pegaron en los predios de la Universidad.
Cabe preguntarse por qué si manifestaciones culturales como el reguetón, de raíz abiertamente marginal, reciben apoyo total de las instituciones culturales de nuestro país, la Peña Celta no puede beneficiarse del mismo tratamiento. Duro ha sido el camino del rock cubano, estigmatizado fuertemente en sus inicios, pero ahora triunfante, con promoción oficial y espacios en los medios de prensa. Esperemos ¿con paciencia...? a que este destino alcance en un futuro inmediato a la Peña Celta Baya de Oro, bastión de la cultura celta en una isla del Caribe con la mitad de su sangre descendiente de Breogán, Cuchulain y Arturo. Como manifestación cultural validada por un considerable número de seguidores y dedicada a promover una cultuura que es patrimonio de la Humanidad, derecho tiene. Derecho pleno.
Lamento haber demorado tanto para volver a entrar a este blog. No había visto su pregunta sobre Carmen. Sus preguntas, en realidad. Carmen era trigueña, con el biotipo general de las criollas de entonces; debió ser pálida, tenía el cabello ligeramente rizado y ojos oscuros, largas pestañas... No era gruesa, sino de redondeces algo mórbidas. Quizás tuvo manos pequeñas y delicadas. Poca estatura. Hay constancia, por las cartas de la madre de Martí a su hijo, de que Carmen era de fragil salud, que padecía achaques y algo semejante a dolores artríticos, pues la humedad de los Estados Unidos le provocaba fortísimos dolores, y además, pasaba muicho tiempo cosiendo ropa, lo que le hacía sufrir muchas molestias en la cintura y la espalda. Doña Leonor llega a quejarse en sus cartas de que no pasa un día sin que tengan que llamarle al doctor. Parece que durante el tiempo que vivió con la familia de Martí lloraba con frecuencia y hablaba muy poco. Supongo que estaba realmente muy deprimida y no le faltaban razones. Martí nunca la amó, se casó con ella porque la desfloró y Carmen era una joven de buena familia, y desde luego, Martí también era un caballero. Esto no son rumores baratos ni malintencionados, el propio Martí se lo confiesa a su amigo Mercado en una carta, con metáforas y giros muy sutiles, pero que no dejan lugar a dudas. En cuanto a la Niña de Guatemala, si hubo entre esta jovencita, María Granados, y Martí alguna clase de intimidad es algo que probablemente nunca se llegará a saber con certeza. Pero, al menos para mí, está muy claro que Martí sintió algo muy fuerte por la muchacha. Y fue recíproco. Tal vez una auténtica pasión. Sin embargo, me parece recordar que cuando ella agonizaba (según versión oficial, de pulmonía, y no de suicidio ni de aborto, aunque muchos especulan que se adentró en el mar en día muy frío para enfermarse y morir porque él se había casado), Martí estaba en Guatemala, muy cerca, pero ya oficialmente unido a Carmen, y aunque la Niña clamó por él en sus últimas horas, él no se presentó en su casa. En cuanto al verso, como toda la poesía de Martí admite muchas interpretaciones. La más simple nos remite a la idea de una frente que arde de fiebre, pero es la frente de una muerta y los cadáveres son fríos, por lo que se trata claramente de una metáfora. La frente es el refugio de la mente, de los pensamientos. ¿Quiso decir Martí que aún después de muerta la Niña, bullían tras la pálida bóveda de su frente sus pensamientos, su pasión ardorosa por él? O quizás fue su propio sentimiento de culpa por la responsabilidad que hubiera podido caberle en aquella triste muerte, lo que hizo que sus labios interpretaran el fuego de su propia verguenza como calor proveniente de la frente de la muerta? Disfrute usted develar por sí misma el oculto sentido de ese verso, que ese y no otro es el fin de la poesía: hablar al oído de cada cual con un mensaje siempre personal e irrepetible. Espero haber aclarado sus dudas hasta donde me es posible. Recuerde que hablamos de la intimidad de dos personas de clase alta —al menos la Niña lo era—, hombre y adolescente decimonónicos, centroamericanos, latinos y católicos, vale decir, llenos de prejuicios y muy interesados en que la verdad sobre sus relaciones nunca llegara a trascender. Curioso nombre el suyo, por una letra no se llama usted como una célebre escritora habanera.
Muchas gracias por sus hermosas opiniones sobre este blog. Si usted deseara saber algo sobre un tema especifico hagamelo saber, y si dispongo de informacion al respecto la publicare inmediatamente.
N sé por qué, pero las notas correspondientes al trabajo sobre el origen de la cocina cubana no han querido dejarse copiar, por lo que el trabajo aparece sin ellas. No sé qué hacer, soy algo burrinformática. Imaginen que las han leído.
HISTORIA DE LA COCINA EN LA SIEMPRE FIEL ISLA DE CUBA
Contrariamente a lo que muchas personas han creído siempre, el aborigen cubano se alimentaba muy bien y su dieta era muy sana. Se componía fundamentalmente de maíz, yuca, patata, batata y frutas de la isla, entre las cuales tenían una marcada preferencia por la guayaba, a tal extremo que para ellos, en sus creencias religiosas primitivas, lo que pudiera considerarse su paraíso era un lugar donde el hombre, al morir, se reunía con sus dioses y pasaba el tiempo en un ocio benéfico, tendido en una hamaca y comiendo guayabas bien dulces y fragantes. No faltaba en esta dieta la proteína animal, pues sobre todo los taínos, no eran meros recolectores y pescadores, sino agricultores expertos que también cazaban majaes, jutías, iguanas, aves, almiquí, ostión, cangrejos, tortuga, jicotea, caguama, camarones, almejas, y peces como el manjuarí, jaiba, jurel, biajaca y otros propios de nuestros ríos, y degustaban con mucho placer la sabrosísima, nutritiva y delicada carne del manatí, aquel mamífero acuático que confundió a los primeros españoles que lo vieron flotar en los ríos amamantando a sus crías y lo tomaron por una sirena, la antigua mujer-pez de las leyendas marineras.
Es, pues, con la alimentación aborigen, y con lo que quedaba en las bodegas de la Pinta, la Niña y la Santa María —exhaustas tras el largo periplo que las condujo al Descubrimiento— con lo que se alimentaron los primeros europeos que pusieron sus pies en la tierra más hermosa que ojos humanos han visto. Y fue la dieta de los indocubanos la que sustentó durante muchos años a los colonos que no podían aprovisionarse de los cargamentos traídos por las flotas provenientes de España más que una o dos veces al año. Es más, durante los primeros siglos de la Colonización, fueron los aborígenes, tradicionalmente congregados en el poblado indígena de Guanabacoa, quienes se encargaron de abastecer de casabe a la flota de Indias durante sus breves estancias en el puerto de La Habana. Con el tiempo, los españoles fueron introduciendo el nabo, la calabaza, el pato, la paloma, la gallina, el ganado vacuno, el caballo, las ovejas, cabras, cerdos, la caña de azúcar, el arroz, el limón, la naranja, la harina de trigo, el vino y el tasajo.
En estos primeros siglos el núcleo de la alimentación de los blancos ocupantes de Cuba siguió siendo el más típico de los platos españoles: la olla podrida. Surgido hacia el siglo XV como una reinterpretación cristiana del plato conocido como Adafina, era originario del ritual de la fiesta sagrada del Sabbath judío. Su nombre no quiere decir en absoluto que se componga de alimentos putrefactos. En realidad “podrida” se deriva de la palabra poderida, vocablo que significa poderosa, como sinónimo de suculenta o alimenticia. La olla podrida genuina se prepara en la península con carne, tocino, legumbres, hortalizas, patatas y, en ocasiones, embuchado. Los primeros colonizadores tuvieron que hacerle a sus ollas podridas ciertas adaptaciones impuestas por la realidad nutritiva que se encontraron en la mayor de las Antillas, pero el procedimiento de mezclar diferentes carnes con viandas y hervir hasta obtener un caldo espeso siguió siendo el mismo. Así nació el mundialmente célebre ajiaco cubano.
LLEGAN LOS NEGROS
El segundo de nuestros grandes mitos culinarios consiste en repetir una y otra vez que los africanos trajeron cultivos como el plátano , la malanga, el ñame y otros que hasta hoy se han convertido en la base de la cocina cubana, fundamentalmente viandera. No fueron los negros, en su mayoría cautivos de guerras tribales revendidos a las factorías portuguesas de las costas y traídos al Nuevo Mundo en condiciones infrahumanas —hacinados en las bodegas, encadenados, asfixiados por el hedor de sus propios excrementos y medio muertos—, quienes trajeron las semillas ni mucho menos las plántulas, sino los propios comerciantes portugueses y los marinos españoles de las tripulaciones de los barcos negreros quienes, a través de Canarias, introdujeron esos productos agrícolas en la isla; productos que, en casos como el del plátano, ni siquiera eran oriundos de África, sino del Sudeste Asiático. A su vez, los primeros colonos de la isla hicieron llegar el maíz a España, y de ahí a Europa. Las semillas debieron ser conservadas entonces por métodos no muy diferentes de los tradicionales que hasta hoy se pueden encontrar entre los indios latinoamericanos y los campesinos de Cuba: principalmente secado de las semillas en secaderos confeccionados para tal fin; luego se las almacenaba en las bodegas de los navíos, ya fuera envasadas en toneles donde se las cubría con ceniza, o en otros tipos de envoltorios a los que se protegía colocándolos entre hojas de aguacate o eucalipto. Estos cuidados permitían que las semillas sobrevivieran a largas travesías que separaban a España del Nuevo mundo, al que llegaban más o menos indemnes y más o menos atacadas por las plagas de roedores que infestaban los navíos de entonces, pero aún fértiles y dispuestas para su germinación.
Lo que sí aportan los esclavos es el modo de cocinar los alimentos que caracterizaba a cada etnia en el continente, pues es un error pensar que la cocina africana era homogénea.
Tan pronto como comenzó la esclavitud en Cuba, los esclavistas, poseedores de haciendas dedicadas a la producción de azúcar, y en menor número de café, se vieron ante la tarea de alimentar adecuadamente a sus dotaciones. Tenían que dar a los esclavos una comida lo más barata posible, fácil de transportar y de largo rendimiento en los almacenes, pero al mismo tiempo lo suficientemente nutritiva como para permitirles regímenes de trabajo devastadores para el organismo humano. Los esclavos debían vivir el mayor tiempo posible en buen estado de rendimiento físico, pues cada hombre, o pieza, como se les denominaba en el cruel argot de los negreros, costaba una fortuna a sus amos. El alimento de los negros era tan importante que incluso en época de una gran hambruna en la isla, estos llegaron a andar desnudos por falta de esquifaciones , pero nunca dejaron de comer.
El tasajo y el bacalao eran los dos renglones más importantes de la alimentación del esclavo en los barracones cubanos. Las plantaciones de mayor tamaño poseían una gran cocina central donde se elaboraban los alimentos, pero las que no disponían de ella entregaban a cada esclavo su porción de bacalao y tasajo crudo, que estos llevaban para su bohío, donde lo guisaban y comían. Esta cuota les era entregada una sola vez por día. En haciendas donde no se les permitía a los esclavos vivir de manera individual en sus conucos, estos eran congregados en barracones y la comida corría a cargo de las esclavas más viejas, con limitaciones físicas que ya no les permitían participar en el corte o servir para otras tareas.
Según afirma el investigador cubano Manuel Moreno Fraginals en su libro El ingenio, el plato principal que se consumía en los barracones de ingenios y cafetales era una especie de salcocho (aquí asoma su. oreja peluda la pícara olla podrida de los conquistadores). “confeccionado con unos pocos productos que llenaban los requerimientos nutricionales”. Se le conocía como funche, y aún hoy suele ser consumido en algunas islas caribeñas, especialmente en Guadalupe; desde luego, enriquecido con más elementos. No constituía una receta única, sino que se preparaba con una base feculosa, por lo general de harina de maíz, o plátano o boniato “a la que se le agregaba una porción generosa de carne salada o bacalao”. La selección de los componentes variaba con los precios del mercado y la disponibilidad del ingenio. Era servida en abundancia y satisfacía el hambre. La manteca utilizada era de cerdo. Con el pellejo de los animales sacrificados se freían chicharrones en grandes ollas de metal.
Además del funche, los esclavos ingerían grandes cantidades diarias de azúcar en diferentes formas, ya fuera sorbiendo el zumo de las cañas en el mismo campo, o bebiendo el guarapo caliente que se procesaba en las pailas, o comiéndose los trozos de raspadura que se quedaban pegados en las enfriaderas y los tachos, o robando el azúcar y la miel de la casa de purgas.
Cuando la situación económica y comercial del país se fue estabilizando, ya cercano el siglo XIX, los esclavos comenzaron a recibir dos raciones diarias de comida por hombre. No se les daba desayuno, pero algunos ingenios les dejaban beber un trago de aguardiente al amanecer. De una costumbre creada por la esclavitud, este no desayunarse nada, o solo una taza de café o una línea de ron, se convirtió en un mal hábito que se generalizó entre las capas pobres de la población cubana, aunque en honor a la verdad, el desayuno fuerte con jamón, huevos, bacon, panecillos con mantequilla etc., nunca fue propio de la cultura española, sino más bien una herencia que adquirimos nosotros los cubanos de nuestro contacto con la cultura estadounidense. En realidad, el criollo aristocrático, el patricio, fue, independientemente de su riqueza y patrimonio, más bien frugal en el comer y en el beber. Los casos de un tragador pantagruélico como uno de los hermanos de la poderosa y rica familia Iznaga, de Trinidad, que se hacía servir enormes, suculentos banquetes en la azotea de su mansión, y comía sin parar, totalmente desnudo y rodeado de sus esclavos, no abundaron jamás en la isla.
Un esclavo consumía diariamente unos 200 gramos de carne o pescado salados y 500 gr diarios de harina de maíz. Les estaba permitido sembrar ciertos cultivos en sus conucos, así como criar aves de corral, que podían consumir o vender si así lo deseaban.
De todo ello se infiere que la alimentación de los esclavos en las plantaciones cubanas satisfacía con creces las necesidades calóricas y proteínicas para cada jornada de trabajo; era más rica que la del resto de las colonias caribeñas y casi igual a la que recibían sus congéneres en las plantaciones de algodón de Virginia, mucho más prósperas que las haciendas azucareras de la isla.
La carne salada o tasajo, que hasta el siglo XVIII se producía en Cuba, comenzó después a importarse desde Tampico y Río de La Plata. Pero luego de las guerras de independencia de las Trece Colonias este mercado se interrumpió y Cuba fue inundada por la carne de vaca procedente del vecino del norte. Esto duró hasta que terminaron las guerras liberadoras en los virreinatos y se reanudó la compra de tasajo al mercado ganadero de Montevideo.
Los rollitos de tasajo eran una excelente combinación. El tasajo se comía con arroz, en aporreado, en picadillo, en pencas y en rollitos. Se dice que los rollitos de tasajo estaban entre los platos preferidos de la gran poetisa Gertrudis Gómez de Avellaneda. El tasajo desalado se cortaba a la jardinera, se salteaba en poca grasa y se sofreía en una salsa criolla perfumada con vino. Se envolvía luego en casabe (humedecido con agua de sal). El rollito se pasaba por pan rallado (o galleta molida) y huevo y se freía en grasa bien caliente hasta dorar. Se acompañaban con boniatos fritos y salsa criolla al gusto.
El bacalao, uno de los principales, si no el más importante rubro comercial de Noruega, llegó a serlo, y esto es un dato verdaderamente curioso, gracias a las importaciones de bacalao de las plantaciones cubanas.
Tasajo y bacalao fueron, hasta mediados del siglo XIX, comida solo de negros en Cuba. Los esclavos gustaban particularmente del tasajo ligado con boniato. Pero durante la hambruna que asoló la isla cuando la guerra de los diez años, el tasajo y el bacalao se convirtieron en plato nacional comido por todos los estratos y clases sociales. Este tasajo “boniatero” la base de la comida acordada en las contratas de la mano de obra isleña e irlandesa que construyó el premier tramo Habana-Guines del ferrocarril en la isla, donde se especificaba que el tasajo solo le fuera suministrado a los negros, mientras que a los blancos se les entregaría diariamente carne fresca.
El boniato, por su parte, es una herencia de nuestros antepasados taínos y siboneyes, quienes lo comían asándolo en cazuela de barro. Así preparado, el boniato se conoce como “catibía”. Aún hoy, en muchas regiones de Cuba, cuando se quiere remarcar que cierta persona es boba, pelmaza o pierde el tiempo sin hacer nada útil, se dice que fulano es un come catibía.
Sin embargo, hubo zonas en Cuba que, por ser ganaderas, alimentaban a sus dotaciones de esclavos con carne de vacuno. Entre estas se encontraban Puerto Príncipe y Sacti Espíritus. En el ingenio Las coloradas, de la riquísima familia Valle-Iznaga, se consumían dos vacas y media por semana, más los bueyes que casa semana eran sacrificados por inútiles, y que también pasaban a formar parte de las raciones de la dotación de 260 negros. Ello se debía a que la carne fresca de vacuno era más barata que el tasajo.
Las primeras relaciones comerciales entre las Trece Colonias y Cuba no se basaron, como muchos creen, en el comercio de tabaco o azúcar, sino en el del arroz, que durante la mayor parte del siglo XVIII fue comida de esclavos. Solo a mediados del XX se comenzó a importar arroz asiático. De acuerdo con el gusto de la etnia yoruba, el arroz que actualmente sigue gustando al cubano es el de grano largo y entero, que se cocine desgranado, con manteca y más bien seco, mezclándosele con frijoles, ya sean negros, colorados, lentejas o cualquier otra miniestra. El arroz amarillo sazonado con picantes era ya conocido en la cocina yoruba anterior a la esclavitud en el Nuevo Mundo.
De todas las viandas cubanas, además del boniato —la de mayor rendimiento por área de cultivo— fue el plátano la más consumida. Era la única que habitualmente se cultivaba en los ingenios, puesto que sus hojas se utilizaban por millares para taponar las hormas de azúcar de cada zafra, y además, su fruto es el único que puede ser comido en cualquier estado de sazón, es decir, lo mismo verde que maduro. Del plátano verde se derivan deliciosos platos como el fufú y el frangollo, predilecto de José Martí. El plátano verde asado con tasajo fue una de las formas que tomó el funche. La malanga y el ñame vinieron de África en los barcos negreros En el momento de la Conquista española de la isla solo existía una especie de malanga consumida por nuestros aborígenes.
Curiosamente, a pesar de ser Cuba una isla, el pescado tradicionalmente ha sido desplazado de la mesa cubana por la carne de cerdo y vaca, las más solicitadas siempre entre nosotros. Se supone que se deba a una tradición heredada de España, en particular de los pueblos castellano, manchego y extremeño, no así de los catalanes, quienes tienen una dieta bien diferente del resto de la península.
Las carnes rojas son el elemento principal de la olla podrida, plato de las tripulaciones de marinos y los colonos que poblaron la isla, ya que los componentes de una olla podrida se podían transportar en las bodegas de los barcos con una relativa tasa de durabilidad. Presumiblemente, el cruce entre la olla podrida tradicional española y el funche de los esclavos haya dado lugar al famosísimo ajiaco criollo, cuyos principales componentes son el tasajo de res, tasajo de cerdo ahumado y pollo fresco. Actualmente y por causa de las severas restricciones alimenticias impuestas por el período especial, la caldoza ha venido a sustituir al ajiaco, pues se confecciona solo con gallina y recortería de cerdo.
En lo que a postres se refiere, es bueno recordar que fueron los esclavos africanos, aclimatados forzosamente en las plantaciones de Cuba, quienes cambiaron la naturaleza del buñuelo español, al sustituir la harina que se empleaba en su elaboración por otra de boniato rayado o yuca, y hasta de calabaza rayada, con lo que el buñuelo netamente criollo se volvió más suave en su textura y de sabor más dulce que su predecesor peninsular. A las negras esclavas cocineras se deben creaciones que han hecho famosa a la repostería cubana, tales como las deliciosas melcochas, raspadura, majarete, cremita de leche, dulce de guayaba, besitos de novia, souflé de mango, mazapán de almendra, cusubé, reguiletes de guayaba, yemitas, altea de chocolate, cafiroleta, gazeñiga, pirulí, dulce de hicacos, maravillas de coco, palanquetas de gofio, boniatillo, etc. Algunos de estos dulces vinieron de África y tienen una raíz religiosa (sobre todo los elaborados con coco como base). Entre los dulces más comunes se encuentran el coco rayado, el boniatillo (dulce hecho a base de boniato hervido y tamizado, a cuya pasta se le agrega azúcar y canela en polvo, y el arroz con leche). Otros provienen de la Península, pero quedaron definitivamente transformados al pasar por las manos de los cocineros esclavos de las grandes mansiones cubanas. Estos ya no se veían constreñidos por las escoceses del barracón, sino que manejaban las despensas de sus ricos amos, con lo que pudieron dar rienda suelta a su inventiva y buen gusto para confeccionar alimentos.
Conviene recordar que la mayoría de las comidas que se introdujeron en Cuba a través de la esclavitud y la trata tenían para los africanos un carácter religioso y ritual. Algunos de estos platos ceremoniales son el ochinchín (elaborado a base de acelga o verdolaga), el calalú (sopa tradicional y representativa en el Caribe) a antes mencionado, el confí (carne de cerdo frita conservada en manteca de cerdo), fufú de plátano, bolas de plátano, funche (guisos de maíz), frituras, guisos de quimbombó, viandas con mojos (malangas, plátanos, ñame), chilindrón de chivo, y congrí. El aguardiente y la sopa de gallo (agua con azúcar morena). Ofrendas mágicas son también las bolas de gofio con miel, dedicadas a Ochún; plátano indio, carnero y quimbombó, para Changó; carne de cerdo frita con mariquita para Olokun; ochinchín, dulce de harina, dulce de coco, natilla para Yemayá; arroz con leche, merengue, ñame para Obbatalá; ajiaco, arroz amarillo, agua con azúcar, gallo, coco, carneros para Oggún. Como bebida se ofrecía el ecó (combinación de maíz tierno, azúcar y agua) y el chequeté: especie de aguardiente mezclado con miel de purga y hierbas aromáticas.
EL AJIACO ORIGINAL CUBANO
Ya hemos dicho que el funche de los esclavos dio lugar sin duda al plato más conocido de la cocina cubana a nivel internacional, el más tradicional: el ajiaco criollo. La dama cubana doña Dolores Gómez de Dumois, primera mujer en Hispanoamérica en hacer cocina frente a las cámaras de televisión, asegura que entre los ingredientes principales de esta sabrosa comida se encontraban la yuca, los plátanos verdes y pintones, cebolla, ajíes, ajos, tomates, comino, sal, limón, ñame, malanga blanca y amarilla, boniato, calabaza, maíz tierno y, lo fundamental, las tres clases de carne: tasajo, falda de res y costillitas de cerdo. Es posible que las transformaciones sufridas por el ajiaco desde su aparición en la isla de deban a que no siempre los cocineros tenían a su alcance los ingredientes provenientes de la cocina española, y les resultara necesario introducir ciertos arreglos en la receta primigenia.
El ajiaco llegó a gozar de tal popularidad que fue adoptado sin reservas por los señores, quienes los servían en sus mesas y lo devoraban con entero placer. El riquísimo sacarócrata Miguel Aldama, constructor de uno de los más hermosos palacios habaneros y una de las mayores y prestigiosas fortunas de la isla, lo sirvió en vajilla de plata en el banquete que ofreció para homenajear a José Antonio Saco. La única condicionante que ponían los patricios para comer ajiaco era que no hubiese invitados extranjeros en la mesa. Si los había, entonces servían refinados platillos franceses.
Una variante muy apetitosa del ajiaco criollo es la conocida como “ajiaco de monte”, que contaba con las tres clases de carnes. Como en la época en que fue creado no existían aún los frigoríficos, se usaban para su confección tasajo de carne de res bien desalado, tasajo de cerdo ahumado y pollo o gallina frescos, que además de los ingredientes de la receta conocida de Doña Dolores, cuenta con chayote. En una enciclopedia de tema cubano aparecen tres recetas de este guiso tan nuestro: el ajiaco bayamés, el de Cárdenas y el ajiaco de Puerto Príncipe, con algunas variantes en la condimentación ya sea por el uso del perejil o el culantro. El más parecido de todos, incluyendo el de Monte, con el que se conoció posteriormente en el siglo XX, es el bayamés. Según el afamado antropólogo cubano don Fernando Ortiz, todos deben cocinarse en cazuela sin tapar:
Luego, fuego de llama ardiente, y fuego de ascua y lento, para dividir en dos la cocedura... Y ahí van las sustancias de los más diversos géneros y procedencias. La indiada nos dio el maíz, la papa, la malanga, el boniato, la yuca, el ají que lo condimenta y el blanco xaoxao del casabe... Los castellanos desecharon esas carnes indias y pusieron las suyas. Ellos trajeron, con sus calabazas y nabos, las carnes frescas de res, los tasajos, las cecinas y el lacón... Con los blancos de Europa llegaron los negros de Africa y éstos nos aportaron guineas, plátanos, ñames y su técnica cocinera. Y luego los asiáticos, con sus misteriosas especies de Oriente... Con todo ello se ha hecho nuestro ajiaco... Mestizaje de cocinas, mestizaje de razas, mestizaje de culturas. caldo denso de civilización que borbollea en el fogón del Caribe.»
LOS FRIJOLES NEGROS.
Cuando un extranjero visita Cuba por segunda vez, sabe que en los restaurantes de comida criolla va a saborear un plato maravilloso llamado Frijoles negros, y que puede tener un apellido tan extraño como “dormidos”. Tal vez sean los frijoles negros la comida que mejor represente a Cuba en la cocina mundial.
Los frijoles negros son más cubanos que los actuales habitantes de la isla, puesto que ya los conocían y comían los aborígenes mucho antes de que Cristóbal Colón asomara su misteriosa nariz por el Nuevo Mundo.
Tanto españoles como africanos adoptaron este grano suculento y desde entonces se elabora de muy diferentes maneras, pero en general siempre el cocinero los prefiere tiernos para que tiñan bien el caldo. Es costumbre dejarlos en remojo la noche anterior. Aplastarlos con el cazo contra el fondo de la cazuela cuando ya el fuego los ha ablandado bastante, es un hábito que heredamos de los canarios para obtener una mayor cremosidad final. Los cambios del laurel original por el cilantro o culantro criollo, y de naranja agria por vinagre, obedecen a la fantasía de los cocineros africanos, lo mismo que el modo de cocinarlos añadiendo tomate al sofrito, modalidad creada por la cocinera negra del presidente Menocal, por lo que este plato lleva el nombre del ilustre personaje. Se le puede añadir mejillones, y entonces se llama el plato Frijoles negros a lo Ricardo, y Frijoles a lo Fauny si se le agregan pimientos morrones encurtidos. Pero todas las variables llevan, inexorablemente, azúcar y sal, hábito introducido por los cocineros esclavos e ignorado por nuestros aborígenes.
Según las recetas de la ya mencionada enciclopedia cubana, hay otra forma de prepararlos, conocida como Frijoles negros pascuales, pues estos frijoles pequeños y oscuros son emblemáticos de la Navidad cubana en todas las provincias junto con el lechón asado y no faltan ni en la mesa más humilde el 24 de diciembre. Esta receta proviene del libro “Delicias de la mesa”, publicado en 1838 por María Antonieta Reyes Gavilán, quien recomienda prepararlos con aceite, pimiento verde picadito, ajo, laurel, comino molido, orégano tostado, sal, vinagre, azúcar, pimientos morrones molidos y maicena, por lo que de esta forma se cuaja artificialmente con la maicena, no como suele hacerse de forma natural con el mismo espesor que dan los frijoles aplastados.
El arroz congrí, hecho con arroz blanco y frijoles negros, que muchos confunden con el plato denominado moros y cristianos. La mezcla revuelta y cocinada del arroz blanco con los frijoles negros es de tradición africana, pero el nombre congrí proviene de Haití, donde se llama a los frijoles kongo, y al arroz ri, por lo que en lengua creole congrí quiere decir frijoles congos cocinados con arroz.
Es de suponer que los esclavos bebieran por su cuenta zumo de frutas. Algunas de las que ellos se encontraron en Cuba también existían en su lejano continente. De seguro habrán comido, vírgenes de los árboles, la chirimoya, la blanquísima guanábana, el verde caimito, el mamey de pulposa masa bermellón, el sabrosísimo anón, los hicacos, marañones…
En cuanto a la afición por las fritadas, es posible que la heredáramos conjuntamente de los españoles, especialmente de los andaluces, que por su ascendencia árabe siempre han sido muy amigos de freír, pero también de los negros, que se habituaron a la sabrosura de la grasa de puerco que se les entregaba en ocasiones como parte de la ración diaria de alimentos en las dotaciones. Los esclavos que fueron traídos de Haití cuando la revolución asoló la isla, y los que vinieron m por su propia voluntad, introdujeron en las provincias orientales recetas de su cocina nacional que aún se conservan entre nosotros, como el domplin, el bombo y las tablet, que si bien no se popularizaron, siguen siendo elaboradas entre los descendientes de esclavos haitianos en Cuba.
De los inmigrantes canarios tomó la cocina cubana la sopa de perejil, el mojo o aliño y los garbanzos. Los isleños, que constituyeron un sector de la población cubana solo comparable en pobreza a los libertos y campesinos desposeídos, convivieron con los negros en el campo y las ciudades, por lo que sus platos tradicionales también fueron degustados por los esclavos e introducidos en las mansiones donde los negros trabajaban como cocineros, y lo siguieron siendo aún después de eliminada la esclavitud en el país.
Los negros también hicieron su aporte a la cubanización del plato conocido como picadillo, que en España consiste en un guisado hecho a base de carne cruda picada y mezclada con tocino, verduras y ajos, conjunto que después de cocido se sazona con especias y huevos batidos.
LA COCINA CUBANA Y SUS VARIANTES SEGÚN LAS PROVINCIAS DE LA ISLA
Cada provincia cubana y muchos de sus pueblos tienen, por tradición, sus propios platos típicos, como el Escabeche de Canimar; los Polvorones y el Atropellado matanceros; el Salpicón, el Pastelón y las Cremitas de Leche camagüeyanos; el Ajiaco bayamés y el cardenense; el Escabeche santiaguero; el Pudín de pescado avileño; sopa de arroz a la trinitaria; palanquetas de Sancti Spíritus; Frangollo de Bejucal; empanadas de maíz orientales; huevos a la habanera; torticas de Morón; Salsa de Perro de Caibarién y el Bisté Relleno a la villaclareña. Los restaurantes, por modestos que fueran, también tenían sus recetas exclusivas y platos exóticos que los hacían famosos: El Pollo con Mojo al estilo Rancho Luna, Arroz a la marinera Boca de Jaruco, Arroz con mariscos Bellamar, la Pulpeta de Caguama del Floridita, las Papas Rellenas de El Faro de Guanabacoa, las Croquetas de«La Dominica en la Vía Blanca, los bocaditos de jamón lazqueado bien finito de El Carmel», los Panqués de Jamaica , la Vaca Frita, el Tamal con el Tayuyo y muchas otras delicias..
LOS COCINEROS NEGROS O EL HADA BUENA DE LA COCINA CUBANA
¿Cómo es que las comidas y modos de prepararlas habituales entre los negros esclavos pasaron a formar parte de la mesa blanca y aristocrática, llegando a desplazar a los manjares tradicionales españoles?
Es un hecho que en todas las casas y haciendas cubanas de la colonia donde había cocinero o cocinera, eran esclavos los encargados de desempeñar esta importantísima labor. Esto tuvo sus inevitables consecuencias. Por ejemplo, el plátano maduro frito, plato tan gustado en la cocina cubana, no es otra cosa que el modo nigeriano de comer este manjar, así como del Congo heredamos la tradición de freír los plátanos una vez, aplastarlos y volver a freírlos antes de comerlos. Estos son los mundialmente conocidos y exquisitos “tostones”, “chatinos” o “plátanos a puñetazos”, que en provincias cubanas del interior se llaman también “patacón pisao”.
Otro plato típico de la cocina afrocubana es el quimbombó, menos conocido por su nombre africano de calalú, confeccionado con productos del mar y la tierra. El calalú es también una comida sagrada, comida de orishas, dedicada a Changó. También el quimbombó se prepara de otras formas (con jamón y arroz a la criolla; quimbombó a la criolla con tasajo, cerdo y jamón; sin su baba; quimbombó con plátanos, etc.). Para cualquier cocinera cubana es una prueba de fuego cortarle la baba al quimbombó. Hay quien jamás consigue el éxito en tamaña empresa.
El mortero fue otro de los aportes de los esclavos a nuestra cocina. Los africanos introdujeron el uso de morteros, de la misma forma que los españoles trajeron desde Egipto el comino, un condimento utilizado para aderezar el pescado, la carne, los guisos, las sopas y el arroz.
Prueba definitiva de la influencia de nuestros abuelos africanos en los gustos y tradiciones de la culinaria cubana es la tradicional cena de Navidad de la isla, famosa en el mundo entero y maravilla de cuanto extranjero la ha probado. La tradicional cerveza acompañada por chicharrones (pellejos de cerdo frito), la yuca (mandioca) con mojo, frituras de malanga o maíz, plátanos chatinos (patacón) y ensalada de lechuga y tomates, el bistec de cerdo asado o frito, o en masas, los frijoles negros dormidos, el congrí, y como postres de ocasión están la mermelada de guayaba con lascas de queso amarillo y los buñuelos de yuca en almíbar con anís, sin olvidar jamás los tradicionales turrones españoles de yema, Jijona, y Alicante, y los vinos de la madre patria.
LLEGAN LOS HIJOS DE SAN FANCÓN
En 1847 pisan tierra cubana los primeros inmigrantes chinos. Venían en busca de trabajo, como mano de obra barata. Se instalaron en pequeños comercios, y se dedicaron al cultivo de vegetales Con ellos hacen su aparición las famosísimas fondas, pequeños establecimientos generalmente sin un decorado esmerado, donde elaboraban sus platos típicos, sobre todo los de la cocina cantonesa. Sus alimentos más representativos fueron el arroz frito, el chop suey, las deliciosas maripositas rellenas con carne, los helados de frutas, la col con carne, y otros. Los vegetales de su elección fueron el bledo, la espinaca, la acelga. La inmigración china no se estableció constituyendo etnias separadas, como sí hicieron los negros al dividirse en cabildos, sino que se integró al contexto sociocultural, dejando como una de sus más fuertes huellas culturales esos platos que el cubano siempre añora volver a probar.
OTRAS MIGRACIONES Y SU HUELLA EN LA COCINA CRIOLLA
Árabes y hebreos también desembarcaron en nuestras costas. Los primeros, desde principios de siglo; los segundos huyendo de la amenaza nazi. Estos dos pueblos, conocidos por sus fuertes tradiciones culinarias, no han tenido una gran influencia en nuestra cocina, porque a pesar de que se han mantenido viviendo en comunidades más o menos abiertas, especialmente los hebreos, y de que han mantenido sus tradiciones religiosas, en general se han integrado con éxito a la sociedad cubana y sus costumbres, y hoy, para degustar los platos típicos de sus dos culturas, hay que ir a cenar a la Unión Árabe de Cuba o al restaurante La mina, en el caso de los descendientes de Alá; y en el caso de los de Moisés, solo consumen sus platos, de fuerte trasfondo religioso, durante sus ceremonias tradicionales, como la Pascua Judía, fecha en que algunos aún se reúnen en el edificio de la Comunidad Hebrea del Vedado.
Pues sí,queridos amiguitos, como solía decir Calderón, el hombre de las mil voces de la popularísima Comedia del Domingo: alguien se ha comido mi contador de visitas. Tenemos aquí un caso para Hércules Poirot. Para comenzar, propongo dos variantes para la posible respuesta al enigma:
UNO: FUE EL WEBMASTER, QUE ME QUIERE CASTIGAR POR CULPAS NO CONOCIDAS...
DOS: FUERON LOS CONEJITOS DE COMPAÑÍA DE lOS SIMS. DESDE QUE LOS VI POR PRIMERA VEZ SUPE QUE SON MUY PERVERSOS.
Bueno, no importa.YO NO SOY DE LOS QUE SE RINDEN.
¿ALGUIEN QUIERE SABER QUÉ COMÍAN LOS INDOCUBANOS ANTES DE LA LLEGADA DE LOS ESPAÑOLES? ¿Y CUÁL ERA LA DIETA DE LOS NEGROS ESCLAVOS EN LOS INGENIOS Y CAFETALES DE LA CUBA COLONIAL? ¿Y DE DÓNDE NACIÓ LA RIQUÍSIMA COCINA CUBANA?
ESPEREN UN POQUITÍN Y SE LOS CUENTO..
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