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Hija del aire

13/10/2008 GMT 1

PARA BENIGNO

hijadelaire @ 16:56

Botella al mar: ¿por qué el silencio?

A CHRISTIAN HEILER

hijadelaire @ 16:54

Usted no es el empresario mexicano que aparece en Internet con ese mismo nombre, y no despíerta mi curiosidad con su misteriosa identidad ni con su extraño lenguaje poético. Por principio, no me agrada el anonimato. Si realmente quiere comunicarse conmigo, quítese la máscara. No entraré en ese juego.

SOBRE EL BLOG DE LAS HIJAS DE CRENAM

hijadelaire @ 16:48

Estuve leyendo el texto que me fue recomendado en esta dirección: http://lashijasdecrenam.blogspot.com/. Como se me pide mi opinión, la doy con toda modestia. Me parece un texto con potencial narrativo, tiene un ritmo dinámico y también suspense. Si se tratara de ofrecer alguna sugerencia, yo diría que convendría revisar la figura del personaje malo, el jefe de los guerreros, porque está presentado sin matices. Y en general, sería conveniente hacer un trabajo de edición que enriqueciera la narración. Pero lo leí en su totalidad y no me aburrió ni me cansó, y eso es una señal a favor del autor. Bueno espero con esto haber satisfecho la petición de opinión. Doy las gracias a la persona que me honró con su confianza en mi juicio.

12/09/2008 GMT 1

EL MISTERIOSO LIBRO CUBANO QUE VALE MÁS QUE UNA JOYA

hijadelaire @ 13:13

La Biblioteca Nacional José Martí atesora entre sus fondos bibliográficos verdaderas joyas como La Tarifa de Precios de Medicinas, impresa en 1723 y considerada el folleto cubano más antiguo; la Descripción de diferentes piezas de historia natural, o Libro de los peces, como se le conoce vulgarmente, que data de 1787, primer libro cubano ilustrado y otras piezas de enorme valor. Pero serían un joven advenedizo dominicano, de profesión médico, y un artista francés que vino a la Gran Antilla huyendo de las secuelas de La Bastilla, quienes unirían esfuerzos para dar a la isla su libro más valioso: en 1857 el doctor Justo Germán Cantero y el grabador Eduardo Laplante dieron a la imprenta el más famoso y codiciado de los libros impresos en Cuba: El libro de los ingenios.

Las planchas litográficas de Laplante constituyen hoy día verdaderas piezas de coleccionista que se venden y compran a precios de oro. Se dice que no existen más que unos cinco o seis juegos de ellas en todo el planeta, y ya Tomas Ely, investigador norteamericano que trabajó largamente en la isla buscando información para su libro Cuando reinaba Su Majestad el Azúcar, tuvo la suerte de poder ver y tocar uno de ellos allá por los años cincuenta, cuando accedió a mostrárselo su propietario, un multimillonario cubano cuyo nombre Ely no menciona, pero de quien cuenta que guardaba aquel tesoro en una caja fuerte de acero.

Muchos son los artistas plásticos y especialistas de todas las épocas que se han manifestado con gran entusiasmo estético sobre la calidad de estos grabados, considerados entre los más antiguos y de mejor calidad de los realizados en el país, pero lo cierto es que, por mucho que tal calidad deba al talento personal de Laplante, este no encontró a su llegada a nuestra tierra un vacío donde plantar su arte como bandera de fundador, sino que halló una tradición de grabado ya rica y desarrollada, en la que él se limitó a insertarse y, pensamos, fue influido por ella, lo mismo que por el entorno y las características del paisaje cubano.

Las primeras tallas xilográficas conocidas en nuestro país datan del siglo XVIII; se trata de la calcografía, y la técnica más utilizada dentro de este género fue la talla dulce con uso del buril. El primer impresor conocido en La Habana fue Carlos Havré, de origen flamenco, cuyo taller funcionó hasta 1727, aunque principalmente este pionero se dedicó a la impresión.

Pero no será hasta el siguiente siglo cuando el grabado cubano encuentre en la floreciente industria tabaquera su mejor vehículo de expresión. Los mejores artistas grabadores nacionales y extranjeros trabajan en el diseño de vitelas que son auténticas obras de arte. En 1807 comienza con Hipólito Garneray la llegada de una auténtica ola de artistas exiliados que huyendo de Napoleón recalaban en nuestras playas y se quedaban, seducidos por la belleza del paisaje y la intensidad de la luz. Garneray da inicio al movimiento más importante del grabado cubano.

Se dice que en estas primeras oleadas de recién llegados no venían artistas de primera fila, pero es incuestionable que sí lo hicieron muy buenos dibujantes y litógrafos, técnica muy moderna por entonces. Lo cierto es que una vez en tierra cubana la inspiración los fue ganando y comenzaron a crear sus obras basándose en los muy variados tipos humanos que veían a su alrededor, así como en la vegetación y arquitectura de la isla. Sus grabados constituyen una extensa muestra documental de la época, lo cual, además de sus bellezas plásticas, los hace de gran valor histórico. Ejemplo de ello fueron las vistas de La Habana realizadas por Federico Mihale, litografiadas por Luis Marquier, y que pueden hallarse en el conocido Álbum de la Isla de Cuba. Los trabajos de Mihale se caracterizan por su temática preferentemente costumbrista, su profundo dominio del dibujo académico y del claroscuro.

Otro terreno donde el grabado dejó hermosísimas creaciones fue el militar, ya que siendo Cuba plaza de especial interés para la Corona española no sólo por sí misma, sino por su condición de antemural de Las Indias Occidentales, fue casi desde los comienzos de su colonización tierra fortificada. Y entre todos los grabados de castillos y plazas realizados se distinguen las vistas de la Plaza del Mercado y la iglesia de San Francisco de Asís, dibujadas por el ingeniero militar Elías Durnfort y editadas en Londres por Edward Rooker, verdaderas joyas de nuestro patrimonio plástico nacional.

El grabado a color llega Cuba en la segunda mitad del siglo XIX, y El libro de los ingenios es la mejor muestra que ha sobrevivido de los grabados coloreados de la primera época de esta técnica.
La existencia de este libro se debe en buena parte a un crimen, por lo que podría decirse que a las bellas tintas que sus litografías que arrancaron encendidas palabras de elogio José Martí, habría que agregar el bermellón de la sangre.

Se cuenta que Justo Germán Cantero era un médico joven que llegó a Cuba procedente de Santo Domingo, de donde venía huyendo de alguna culpa de la que no ha quedado clara memoria. Una vez radicado en Trinidad comenzó a ejercer su ciencia. Gracias al carisma de su personalidad no tardó en formar parte del círculo de íntimos de don Pedro Iznaga, quien junto con Borrell, conde de Guáimaro, y el inglés William Baker, formaba el trío de las mayores fortunas de la florecientísima villa de Trinidad.

La familia Iznaga tenía fama antigua de excéntrica y rara. Abundaban en ella los especimenes con su leyenda personal, como el caso de aquel Iznaga obeso de quien se cuenta gustaba hacerse servir el almuerzo en la azotea de su casa, a donde subía enteramente desnudo para disfrutar de las brisas refrescantes en compañía de sus esclavas, también en cueros vivos, las cuales le servían los manjares y bailaban y cantaban para su solaz y esparcimiento; o el propio don Pedro, famoso en toda la isla por haber excavado un pozo muy profundo para competir por el amor de una muchacha con su hermano Alejo, quien, con tal fin construyó la famosa torre Iznaga que domina el Valle de los Ingenios.

El anciano don Pedro, enfermo e inválido, se dejó ganar por la simpatía que le demostraba el joven doctor dominicano, y le abrió las puertas de su casa y su confianza. La esposa de don Pedro, mucho más joven que su marido, aunque mayor que Cantero, se enamoró de este locamente y se entregó a él. La pareja culpable concibió el plan de eliminar al molesto esposo para vivir plenamente su amor y disfrutar en igual condición la inmensa fortuna, en la que, entre otras propiedades, iban incluidos más de diez ingenios azucareros. Cuenta la leyenda que durante uno de sus acostumbrados ataques, don Pedro bebió una pócima que le administró Cantero y pasó al otro mundo sin sospechar que era víctima de un asesinato en toda la regla. El médico y la viuda dejaron pasar unos meses y contrajeron matrimonio en medio de una villa que hervía de rumores y cóleras soterradas, pero en la que nadie se atrevió a levantar un dedo acusatorio contra los criminales. Por si fuera poco, en Madrid Cantero fue nombrado Gentilhombre de Cámara de Su Majestad el Rey de España.

Con semejante espaldarazo dado por la Corona misma, Cantero se hayó en posesión de una riqueza que aún hoy día no se ha podido calcular en toda su extensión. Como era hombre amable e ilustrado y de carácter alegre y amistoso, no tardó en rodearse de toda la sociedad trinitaria. Comenzó a redactar sus descripciones minuciosas de todos los ingenios de la isla aún antes de haber entrado en tratos con Laplante. Cuando ambos hombres se encontraron, ocurrió uno de esos sucesos humanos e históricos que parecen no tener otro objetivo que el de dar un don a la Humanidad. Cantero financió el recorrido de Laplante desde el Mariel a Trinidad, para que el artista pudiera copiar del natural el material paisajístico necesario al común propósito. Esto fue y continúa siendo El libro de los ingenios.

Desafortunadamente en nuestro país resulta muy difícil consultar este maravilloso texto, debido a que sólo existen dos ejemplares para uso de los especialistas y, desde luego, están protegidos por regulaciones destinadas a salvaguardar su integridad física y su conservación. Sin embargo, el doctor Leví Marrero publicó antes de su muerte una antología que incluye la casi totalidad de las bellísimas láminas dibujadas litografiadas por Laplante, y un resumen hecho por él de los textos descriptivos de Cantero. Esta edición es, en realidad, una separata del volumen X de Cuba: economía y sociedad, de la autoría del propio investigador.

Vale decir que en esta historia, a mal principio hubo buen fin, pues sin la ambición de un joven inmigrante y la alevosa muerte de un riquísimo hacendado cubano no existiría hoy la mayor joya bibliográfica de Cuba.

08/09/2008 GMT 1

Manuel García, el bandido que reinó en los campos de Cuba

hijadelaire @ 18:31

Manuel García Ponce, más conocido como el Rey de los campos de Cuba, nació el 1 de febrero de 1851 y tuvo una existencia dramática y casi legendaria. Algunos lo califican como bandolero y otros como un hombre que murió como patriota e independentista, gracias a una evolución ideológica que duró largos años de su vida y la hizo cambiar completamente.

Manuel García vino al mundo en Alacranes, provincia de Matanzas, pero su familia se trasladó a Quivicán en los años 70. Él se identificaba a sí mismo como Rey de los campos y cacique de toda la isla de Cuba. Se atribuyó carácter de separatista, mantuvo correspondencia con los revolucionarios de Cuba y de Cayo Hueso, y se dice que el dinero que obtenía de los secuestros que realizaba lo asignaba a la compra de armas y municiones para la revolución y a ayudar a los campesinos.

En una investigación histórica realizada a lo largo de varios años por los periodistas Jorge Petinaud y Raúl Rodríguez, se afirma que los servicios de inteligencia y contrainteligencia españoles fueron los primeros en endilgar a Manuel García el calificativo de bandolero, bandido y malhechor, y que luego, repitiendo superficialmente cada calumnia, escritores y periodistas de distintas generaciones contribuyeron a dar una imagen deformada de este personaje tan pintoresco de la historia de Cuba.

En 1876 Manuel García sirvió de guía en San Felipe a una expedición enviada desde Cayo Hueso por Francisco Vicente Aguilera, aunque según afirman los investigadores anteriormente citados, no se puede asegurar que haya actuado entonces movido por profundas concepciones políticas e ideológicas, como se sabe que sí lo hizo a partir del año siguiente.

A finales de esa década fue a prisión tras un altercado con un acalde que le faltó el respeto a su esposa. Tiempo después sorprendió a su padrastro golpeando a su madre, y le asestó al agresor un machetazo que lo dejó tendido, pero no muerto como se ha asegurado en otras versiones.
Para no volver a la cárcel huyó al monte, donde se vio involucrado en hechos delictivos al vincularse a un tal Cristóbal Días, quien se dedicaba a actividades ilícitas.

En 1885 viajó a Estados Unidos, donde trabajó en Cayo Hueso en una tabaquería. Allí entró en contacto con veteranos independentistas. En 1887 llegó en balandro Delphine a Puerto Escondido, al nordeste de La Habana, integrando un destacamento formado por cuatro personas, a cuyo frente Manuel quedó al morir en combate contra los españoles el capitán del Ejército Libertador que iba al frente del grupo.

Manuel García no solo viajó a Cuba en una expedición posterior a la Guerra Chiquita, sino que entre 1887 y 1895 mantuvo en pie el espíritu independentista y no dio tregua a un contingente de soldados españoles que lo perseguían por las provincias occidentales y en Las Villas, y cumplió la misión de mantener en jaque a las tropas coloniales, destruir propiedades enemigas y recaudar fondos para la lucha. José Martí en una ocasión rechazó ocho mil pesos que le envió García, y que eran producto de un rescate cobrado por causa de un secuestro. Manuel García pidió a Martí que aceptara su donativo para la causa, pero el Apóstol aclaró a Juan Gualberto Gómez, quien actuaba como intermediario en dicha transacción, que se dijera al remitente que no tomara la negativa como un desaire, pero que la Revolución no se solidarizaba con su vida anterior, y agregó que si la guerra revolucionaria estallaba, ya tendría el señor García oportunidad de mostrar sus condiciones de patriota. Martí actuó de esta manera porque siempre veló con celo sumo por la pureza de la Revolución, pero también porque deseaba acicatear a Manuel García —cuyos valores reconocía con su habitual ojo sabio— a cambiar su forma de vivir y convertirse en un hombre de pro, ya que en aquellos momentos precisamente García era objeto de una campaña sistemática en su contra a través de los medios de difusión del gobierno español colonial.

En realidad, a Manuel García se le consideraba entre los emigrados cubanos de los Estados Unidos como un rebelde contra la autoridad de España.

De él escribió José Manuel Carbonell en el Diario de La Marina:

Conocía el monte como su propia casa, y entre los sencillos habitantes del campo tenía amigos, confidentes y encubridores que lo orientaban y mantenían enterado de los movimientos de sus perseguidores. Fue admirado y querido por cuantos de cerca le trataron. Bajo la capa del malhechor, lanzado en la vorágine del mal por circunstancias imprevistas, palpitaba el corazón de un patriota que soñaba con la redención de su tierra. Porque Manuel García —hay que decirlo por la verdad de la Historia— fue un bandolero patriota que cometió desafueros por las necesidades mismas de du oficio, pero que repartía el bien a manos llenas con el producto de sus ilícitas aventuras, y pensaba en la patria, a la que quiso ayudar y ayudó con su dinero y con su persona, y a la que ofrendó su vida (…).

Manuel García murió el 24 de febrero de 1895, en el pueblo de Ceiba Mocha, Matanzas, al parecer asesinado, cuando con grados de comandante del Ejército Libertador acudía al frente de sus hombres a unirse a los patriotas matanceros alzados ese día.

29/08/2008 GMT 1

lOS CUBANOS, PIONEROS APICULTORES DEL NUEVO MUNDO

hijadelaire @ 02:13

Los cubanos, incluso si somos nativos de ciudades, estamos acostumbrados a ver abejas, a consumir miel, comer un trozo de panal, encender una vela y hasta a que nos piquen cuando andamos desprevenidos entre las flores, pero lo que muy pocos sabemos es que cuando los españoles pisaron nuestras costas por primera vez, los indígenas de esta isla nunca habían visto una abeja y desconocían todos los productos que de ellas se derivan.
Fueron precisamente los colonizadores, necesitados de la cera para confeccionar velas de alumbrado, quienes desde los comienzos de su instalación en estas tierras se preocuparon por introducir abejas en sus nuevas colonias de Cuba, Puerto Rico y Jamaica.
Pero no fue hasta después de la toma de La Habana por los ingleses que las autoridades españolas lograron traer los primeros ejemplares procedentes de la Florida, lo que sucedió en el año1763. Seis años después, consta por las obras de cronistas y funcionarios que todavía no existían abejas europeas en México ni en las otras colonias españolas de la región. Para disfrutar de las bondades del insecto, Centro y Sur América tuvieron que esperar la llegada del siglo XIX, siendo las tierras mayas de Yucatán las últimas en beneficiarse, tan tarde como en ¡1911! Se supone que tal demora en propagar la cría de abejas europeas productoras de miel se haya debido a que en esos países los colonizadores encontraron una especie nativa sin aguijón que producía cera y miel en abundancia, pero que en la medida en que los virreynatos iban creciendo ya no fue suficiente para su abastecimiento..
Para los cubanos de nuestra época, tan familiarizados con las virtudes de la miel, resulta raro oír que en aquellos lejanos tiempos en los que se desconocía la electricidad, la producción de miel era mucho menos importante que la de cera, que se utilizaba para el alumbrado y los usos que imponían los oficios religiosos de la Iglesia católica.
La primera exportación cubana de productos de la colmena ocurrió en 1770 y consistió en veinticinco arrobas de cera embarcadas con destino al puerto mexicano de Veracruz, lo que permite suponer que en el virreynato de México, en perpetuo crecimiento demográfico, empezaba a aumentar la demanda de ese producto. Según el sabio alemán Alexander Humboldt, que tantos conocimientos importantes divulgó sobre el Nuevo Mundo, todavía en el siglo XIX México dependía del comercio de cera con la isla de Cuba.
La primacía de Cuba en cuanto a la introducción de la apicultura tuvo, entre otros resultados, el de convertir a la isla en el primer país del continente donde se desarrolló esa industria y se publicó literatura al respecto. Las autoridades supremas de la isla e instituciones comerciales interesadas en el incremento de la apicultura nacional, emitieron ordenanzas para estimular la investigación y adquisición de nuevas técnicas en la cría de abejas melíferas, y publicaron en El Papel Periódico de La Habana la convocatoria para un concurso sobre apicultura que concedería trescientos pesos duros al autor de la obra ganadora.
Entre un total de nueve obras presentadas, el jurado premió la escrita por el señr Eugenio de la Plaza y otorgó un accésit a la del científico Tomás Romay. Las dos obras fueron presentadas en forma de memoria. La de Eugenio de la Plaza mostraba grandes conocimientos en la cría y manejo de las colmenas y su adaptación a las condiciones climatológicas de Cuba, mientras que la de Romay consistía en una investigación hecha entre cosecheros y comerciantes sobre los modos más aconsejables de fomentar e impulsar el desarrollo de la apicultura. La obra de De la Plaza fue publicada por el célebre impresor Esteban Boloña, y la de Romay por la Sociedad Económica de Amigos del País.
Sin embargo, parece ser que a pesar de no haber logrado conquistar el codiciado primer lugar en el concurso, es la memoria de Romay la más interesante para la historia de la apicultura cubana, por los datos que aportó acerca de la mejor ubicación de las colmenas, de otras especies depredadoras de las abejas, de técnicas de captura de enjambres y de procesamiento de los productos como la miel y la cera.
Es interesante destacar que el ganador, Eugenio de la Plaza, tenía conocimientos prácticos de apicultura, mientras que el doctor Tomás Romay carecía de ellos y parece que basó la elaboración de su obra en encuestas e investigaciones que llevó a cabo entre personal especializado, lo que denota la aplicación de métodos bastante modernos de acercamiento a una disciplina, y constituye una prueba más de su indudable genio científico e intelectual.

01/08/2008 GMT 1

OTRO PARA LUIS

hijadelaire @ 03:40

GRACIAS POR LOS SITIOS. ME VUELVE LOCA PENSAR QUEPERDÍ MI HISTORIA DE LSO BALLETS RUSOS...

A LUIS MONTES DE OCA

hijadelaire @ 03:37

Ojalá encuentres este mensaje. Sí, soy fanática del decadentismo, el modernismo, todo ese movimiento oscuro, morboso, intenso. Desde que era adolescente y encontré los primeros libros de Pierre Lotti, Roger Peyreffit, la poesía de los simbolistas y los parnasianos, pero sobre todo la pintura, y las ilustraciones de Berdsley, que fueron probablemente lo que vi primero, me pareció que todo aquello olía a perfumes muy exóticos, tenía una atmósfera completamente diferente de otras lecturas que había hecho ya; todo era tan táctil, hablaba tanto a los sentidos del espíritu... No tenía idea de lo que era, yo solo buscaba como una ratona en las bibliotecas de mi familia y leía, leía fascinada... Hace poco la pintora e ilustradora Duchy Man Valderá, especialista en esa época y con quien puedo conectarte si deseas, me mostró un libro maravilloso, el catálogo de una exposición que organizaron en Canarias hace unos años en honor al único pintor simbolista que ellos tienen, ahora no recuerdo su nombre, pero todo un carácter decadente, y ese libro trae estudios realizados por expertos en ese movimiento, ensayos portentosos. Tengo su ficha,pero no a mano en este momento. Es un material sensacional. Hay un trabajo sobre el círculo Rosacruz y Péladan, otro sobre la caracterización genérica del héroe decadente, otro sobre la pintura... qué te cuento. Hace unos pocos meses estuve estudiando a las demi-mondaine parisinas, tengo una carpeta de fotos y hasta un minifilme erótico de la época, un material de archivo espectacular que me regalaron, y si no se ha borrado de alguna de mis máquinas, pues debe estar aún por ahí. En este momento tengo todavía un libro que me han prestado sobre modas y tejidos a través de la Historia, y esa época viene magistralmente representada, son colecciones japonesas asombrosas. Ando pensando en un cuento donde se junten Eric Satie, Péladan, Klimt y algunas de las chicas más significativas... ¿Conoces la música de Satie? Yo la descubrí hace poco, las Gimnopedias pero me gusta toda. ¿Dónde vives? Mis libros están publicados, todos mis cuentos,pero si quieres puedo enviarte los archivos.
Saludos

25/07/2008 GMT 1

EL BRILLANTE DEL CAPITOLIO DE LA HABANA: COMO EN LAS MIL Y UNA NOCHES ÁRABES

hijadelaire @ 14:12

Sucedió cuando al Capitolio Nacional de La Habana estaba cercano al decimoséptimo aniversario de su inauguración, ocurrida el 20 de mayo de 1929, el mismo día en que inició su segundo e inconcluso mandato el presidente Gerardo Machado.
Los acontecimientos dejaron perplejos a todos los cubanos y la prensa no dejó de hablar de ello por mucho tiempo.
En la majestuosa sede del Senado y la Cámara de Representantes, el edificio del paseo del Prado con su monumental escalera frontal, su gran cúpula y la enorme estatua en su interior, se produjo un robo que dejó atónitos a todos.
El brillante que en el Salón de los Pasos Perdidos marca el kilómetro cero de la Carretera Central, la joya, que se afirma perteneció a una de las coronas del último zar de Rusia, había sido robada de forma increíble, como una simple fruta puede ser sustraída del árbol del vecino.
El presidente de turno, Ramón Grau San Martín, había defraudado la confianza de la población al ignorar sus promesas de honestidad administrativa y dar riendas sueltas a la corrupción, el pandillerismo y la politiquería.
En aquel ambiente pletórico de escandalosas actividades delictivas se inscribió el ocurrido el 26 de marzo de 1946, hecho que ha pasado a la historia cubana como el “robo del brillante del Capitolio”.
La gema de más de 20 kilates había sido adquirida en 13 000 pesos, tras una colecta pública, a una casa de empeño de La Habana, y su diámetro era similar al de una moneda antigua de diez centavos. Un joyero la había comprado en París en la década del 20 del siglo pasado y luego la empeñó en la capital cubana a otro comerciante de ese giro.
El mencionado 26 de marzo un gendarme del Capitolio, durante su recorrido reglamentario por el Salón de los Pasos Perdidos, descubrió asombrado que el cristal protector de la joya había sido quebrado y de la piedra no quedaba ni rastro. El cristal, de pulgada y media de espesor y considerado hasta ese momento irrompible, fue destrozado en su armazón protectora de acero. El ladrón demostró que el brillante no permanecía tan seguro como se consideraba que estaba en aquel lugar.
No hubo huellas digitales y solo se halló un forro de sombrero con manchas de sangre, varios fósforos apagados y escrito con lápiz en el suelo un letrero que decía: “2:45 a 3:15-24 kilates”.
El escándalo fue de proporciones nacionales y la Policía se reconoció impotente. Los vigilantes nocturnos que trabajaron en aquella jornada fueron detenidos y liberados más tarde. Todo transcurrió como un robo perfecto. Solo la gigantesca Estatua de la República, a cuyos pies se produjo el hurto, había sido testigo mudo del acto delictivo.
Pero el brillante, que durante años ocupó con frecuencia la atención de cubanos y extranjeros —quienes acudían al Capitolio a admirar su magnificencia no solo por su tamaño, valor y belleza, sino porque algunas agencias turísticas de los Estados Unidos le atribuían supuestas propiedades curativas para llamar la atención de los incautos viajeros—, apareció un buen día, meses después del robo,también de forma misteriosa e inexplicable.
A catorce meses de la sustracción, en el despacho presidencial de Grau se produjo una escena realmente extraordinaria. El mandatario, con su estilo socarrón de siempre, les anunció a los presentes que la joya robada en el Capitolio había aparecido “misteriosamente” en su mesa de trabajo. Grau, interrogado por los allí congregados, insistió que todo había transcurrido de forma anónima y concluyó el espectáculo son una sonrisita enigmática.
La prensa se escandalizó y abundaron las interpretaciones de lo sucedido. Muchos dieron por seguro que el ministro de Educación, José Manuel Alemán, había recuperado el brillante pagando 5 000 pesos por él para ponerlo de inmediato en manos de su protector y amigo: Ramón Grau San Martín. Los dos compinches, se hizo notar entonces, se habían reunido en el despacho del Presidente poco antes del anuncio hecho por el mandatario.
Y ese no fue el único ni el último misterio de la República de Cuba. Hubo muchos más. El Caribe también tiene su encanto.

18/07/2008 GMT 1

COMERCIANTES EN LA CUBA COLONIAL

hijadelaire @ 15:45

Siempre que se habla de los personajes más interesantes y pintorescos de la Cuba colonial se menciona a los hacendados, los esclavos y las hermosas criollas, ricas o pobres, pero siempre sensuales, siempre reinando bajo las palmas. Sin embargo, hay otras figuras importantísimas para la historia de la isla, como son los comerciantes. No por gusto dice el investigador norteamericano Tomas Ely en su libro Cuando reinaba su majestad el azúcar:
Ninguna investigación de la industria más importante de la Gran Antilla estaría completa sin la debida apr4eciación del papel desempeñado por los comerciantes de La Habana y los puertos provinciales más grandes. Sin esos comerciantes se habría producido muy poco azúcar en Cuba, y se hubiese exportado menos todavía.
Los comerciantes, especialmente los navieros, eran el nexo del hacendado con los mercados extranjeros.
El sistema de bancos surge en Cuba en la segunda década del siglo XIX. Hasta ese omento los hacendados cubanos debían por fuerza recurrir a los comerciantes para solicitar un préstamo, sin el cual el hacendado no hubiera podido antes de la cosecha alimentar ni vestir a sus trabajadores, comprar implementos agrícolas y maquinaria. Los comerciantes eran, pues, necesitados y al mismo tiempo odiados por los hacendados.
Los comerciantes cubanos tenían sus propios muelles y depósitos, desde donde exportaban el azúcar mascabado (negro) despachado en grandes bocoyes o toneles, fabricados casi siempre en las tonelerías de propio comerciante. La picardía de los comerciantes era mucha, pues, entre otros trucos y trampas para obtener ganancias a costa del hacendado, estaba el muy socorrido de recoger en sus almacenes las mieles que drenaban los toneles, que luego el comerciante mercantilizaba sin obligación de pagar este producto al hacendado dueño del azúcar embalada. Los indignados hacendados terminaron construyendo su propio depósito de almacenaje. De otro modo jamás hubieran podido librarse de las trampas de los comerciantes.
Viajeros de la época se refieren llenos de asombro al lujo con que vivían los comerciantes, quienes habitaban hermosas casas coloniales con escaleras y pisos de mármol, azulejos de porcelana, barandas de hierro, puertas y ventanas colosales y un mobiliario rico y sólido.
El vestuario habitual de los comerciantes, no solo españoles, aunque estos fueran mayor número, sino también alemanes, franceses y norteamericanos, se había acriollado por causa del clima, y consistía habitualmente en pantalones blancos y saco suelto del mismo color, zapatos de cuero delgado y corbata angosta. Como complemento característico, fumaba un cigarro tras otro.
Las oficinas de los comerciantes se encontraban en sus propias residencias, siempre en la planta baja de la vivienda, y detrás del escritorio solían tener una caja fuete donde guardaban sus capitales. Vale decir que no hay noticias, o no quedó nunca registrado un asalto a una de estas cajas de hierro.
Pared con pared con la habitación donde el comerciante realizaba sus negocios, se encontraban los depósitos de azúcar, café y otras mercancías, por lo que los olores, intensificados por el calor y la humedad tropicales, eran muy intensos y característicos.

Los empleados que trabajaban para el comerciante vivían casi siempre en la casa de este y comían en su mesa junto con la familia del primero si la tenía. Los empleados de los comerciantes cubanos llegaron a recibir sueldos más sustanciosos que los que se pagaban a sus iguales en los Estados Unidos. Los comerciantes creaban con ellos lazos que, aunque en la realidad eran mera ilusión, pasaban por muy fuertes y emocionales, asegurándose de este modo la lealtad de los hombres bajo sus órdenes.
La vida en estas mansiones laboriosas tenía una rutina que hoy nos es conocida: Nadie se levantaba antes de las nueve de la mañana, y a las diez un sirviente llamaba al personal a desayunar golpeando un cuchillo contra el cristal de un vaso. E menú solía ser suculento y muy costoso. Los almuerzos y cenas de algunos de estos comerciantes llegaron a ser famosos en La Habana de la época. El mobiliario del comedor se improvisaba en la misma tienda para cada comida, armando la mesa con un tablero de cedro sobre un bastidor de madera, y luego se la cubría con un rico mantel. El comerciante y sus empleados comían hasta saciarse y luego se regalaba con los vinos y cigarros más finos, rodeados de sacos de arroz, cajones de arenques, jamones que colgaban del techo y otras mercancías. A menudo el comerciante tenía invitados. Algunos viajeros que dejaron importantes testimonios escritos de su paso por la capital, aseguran que nunca comieron mejor que en la mesa de los comerciantes españoles de La Habana.
También era proverbial la cortesía de los comerciantes. Siempre que alguien llamaba a su puerta llevando cartas de recomendación, los comerciantes de La Habana dejaban de lado sus obligaciones cotidianas y se dedicaban a agasajar a los recién llegados mostrándoles la ciudad y llevándoles a donde quisieran ir. Sin embargo, también ha quedado memoria en las páginas de la Historia de que los comerciantes ingleses y norteamericanos, tachados a menudo de “vagabundos” por los viajeros cronistas, eran bien diferentes de los españoles por su marcada agresividad y su escaso sentido de la hospitalidad. Sobre ellos escribe un compatriota, sir James Alexander, asiduo visitante de La Habana:

“muchos de ellos (los ingleses y norteamericanos) son hombres de pocos principios. Los comerciantes españoles temen mucho el mañoso proceder de sus colegas yanquis, quienes han dañado a propósito embarques de harinas, han echado piedras en barriles de provisiones, y se les ve (a los norteamericanos) constantemente haciendo cálculos, como si hubieran nacido con un lápiz detrás de la oreja”.

Otra compatriota de los comerciantes anglosajones, la Señora Jay, también se quejó a la Historia de los pésimos modales de un grupo de estos hombres con quienes compartió un viaje en tren hacia provincias Según ella, ponían los pies en los asientos, bostezaban, se desperezaban y vagaban de un lugar a otro por el pasillo, se gritaban entre sí desde ambos extremos de los coches y fumaban tanto como los españoles, pero esparciendo más salivazos a su alrededor, y termina diciendo: “Parecían haber dejado en sus casas los frenos que la decencia impone a la vida”.
Entre los españoles los más destacados eran los catalanes, a quienes algunos cronistas extranjeros tildaron de aventureros deseosos de hacer fortuna para ascender en la escala social de las Indias y regresar con mayor rango a su país, donde el dinero, por sí solo, no los hubiera ayudado jamás a saltar las barreras sociales. Por su parte, el Reverendo Abies Abot los calificó como “judíos completos”, a parecer por su proverbial apego al dinero.
Otra visión menos negativa tuvo Arthur Morelet en su libro Viaje a la América Central; la isla de Cuba y Yucatán, quien asegura que el monopolio de los comestibles reside en La Habana y lo manejan los catalanes, a quienes llama “raza trabajadora, ahorrativa y emprendedora”. Morelet afirma que apenas llega a puerto un barco, los catalanes son los primeros en enviar a bordo a sus agentes. Como los catalanes trabajan agrupados, quienes rechacen las condiciones e compraventa que ellos imponen se arriesgan a perder el negocio. Y termina Morelet: “Maestros en su oficio y procediendo con raro concierto, alejan o aplastan a todos los competidores extranjeros”.
Los comerciantes catalanes se ocupaban, además, de suministrar préstamos a los hacendados o, en cambio, todo lo que aquellos necesitaban para el mantenimiento de sus esclavos, pero siempre con un interés que llevó a la ruina a muchos dueños de haciendas y plantaciones.
Hay algo siniestro en este yugo de empréstitos impuesto por los comerciantes a los hacendados, muchos de los cuales eran disolutos y ostentosos y no se cuidaban de gastar con cautela. Era un yugo irrompible, un círculo vicioso del que muy a menudo el hacendado no lograba escapar nunca, por muy grande que fuera la producción de su hacienda, porque la amortización del préstamo no era lo que los arruinaba, sino la de los intereses, que los catalanes especialmente pero todos los comerciantes en general, elevaban sin la menor consideración por el destino de sus víctimas
La situación de sujeción del hacendado al garrote vil del comerciante llegó a tales alturas que amenazaba con paralizar el desarrollo económico del país. Alarmados, estadistas responsables como Martínez de Pinillos e instituciones como la Junta de Autoridades de la Isla de Cuba decidieron derogar la vieja ley denominada Privilegio de Ingenios, a cuya sombra los comerciantes llevaban a cabo sus pillerías, y tomar medidas para el fomento de la agricultura y el comercio y para restablecer la confianza en las transacciones.
Y así se puso coto al reino despiadado de los comerciantes y al vasallaje perpetuo de los hacendados, siempre desangrados por estos hombres siempre estaban sacando cálculos y parecían haber nacido con un lápiz tras la oreja.

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