PARA JUAN SOBRE SOLARES HABANEROS
Juan, por favor, ¿tiene usted más datos sobre el libro Los horrores del solar habanero? Por título no lo encuentro y me interesa enormemente leerlo.
Gracias por su colaboración.
Gina
Juan, por favor, ¿tiene usted más datos sobre el libro Los horrores del solar habanero? Por título no lo encuentro y me interesa enormemente leerlo.
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ÁNGELA, QUERIDA, HAZ COMO NERUDA Y CONFIESA QUE HAS BEBIDO...
Conocí a Jacniel Marrero en el evento Behíque 2009. Su conferencia sobre papercraft aparecía anunciada en el programa para el segundo día y yo, que recordaba las conferencias de la inauguración, más prometedoras desde el punto de vista de mis intereses culturales, pensé que me esperaba una aburrida hora durante la cual algún muchacho grueso y con lentes pontificaría con pedantería sobre las últimas corrientes en el arte del ensamblado por piezas de figuras de papel, del que hasta entonces yo no sabía nada. Por alguna razón que no puedo explicar, yo relacionaba el papercraft con el manga y el anime, que me desagradan bastante a pesar de descender de la pura y bella estirpe de los animados de Disney, de los que tantos adultos seguimos siendo fanáticos a pesar de los años y las asechanzas de la vejez.
Pero, menos en eso, me equivocaba en todo lo demás. Subió al estrado un joven delgado, serio y muy formalmente vestido, y a un gesto de su mano comenzaron a aparecer imágenes proyectadas sobre la gran pantalla del salón. Y la concurrencia sucumbió a una de las charlas más interesantes y cautivadoras que yo haya visto en eventos de ciencia ficción y géneros fantásticos, donde ya es habitual encontrar de todo un poco y casi siempre interesante. Pronto comencé a darme cuenta de que, lejos de ser una variante del juego de las cuquitas, el papercraft es todo un reto para el intelecto y también para el espíritu y que, como todo arte, contiene una filosofía de la creación. La historia de Jacniel lo demuestra.
Nacido en San José de las Lajas, pueblo de La Habana al que se suele llamar en broma la capital del interior de la provincia, Jacniel estudió computación y trabaja desde hace años como profesor en el joven club de su localidad. Fue allí donde descubrió lo que estaba destinado a convertirse en el sentido de su vida: aquellos patrones de piezas que una vez armados, se transformaban en los protagonistas de célebres filmes de anime y manga y de videojuegos. Los halló en los juegos de consola Nintendo 64, únicos que corren en las computadoras de su joven club. Enseguida comenzó a imprimir las piezas en papel o cartulina y a ensamblarlas, y cuando aparecieron ante su vista los primeros muñecos sintió una enorme emoción.
Poco a poco fue haciendo amistades que comenzaron a enviarle patrones cada vez más complejos. Sentía el reto y quería vencerlo lanzándose cada vez más a fondo. Hoy Jacniel sabe que existen muchos más modelos, pero no puede acceder a ellos porque la tecnología de los ordenadores a su alcance no se lo permite. Se las ingenió para ir venciendo todos los obstáculos y llegó hasta invertir por varios meses la totalidad de su salario en comprar el material y costear la impresión en color de los patrones, que debe ser hecha en impresora láser, herramienta de la que también carece. Renunció a gran parte de su tiempo libre para pasar las horas después del trabajo sentado a su mesa dando vida a las pequeñas piezas. Casi llegó a creer que además de este hobby que era, en realidad, el centro de su interés, muy pocas cosas seguían siendo importantes para él.
Lentamente fue creciendo una minúscula población de personajes de la Fantasía. La princesa Zelda, los guerreros elfos y otros muchos muñecos eran elaborados cada vez con mayor destreza. Los conservaba de modo precario, en dos cajas de computadora que unió colocándoles un cartón duro en medio a manera de estantería. Allí guardaba celosamente cada una de sus nuevas producciones. Las puertas de la “vitrina” las resolvió con lo que estaba a su alcance: un rectángulo de nailon que supliría a unas verdaderas puertas de vidrio. Alguien de su familia llegó a sugerirle que tal vez podría vender algunas figuritas para compensar la inversión que se veía obligado a realizar cada mes para pagar la impresión en color de los patrones, pero la idea no agradó a Jacniel. No quería deshacerse ni de una sola de sus creaciones. Su madre se alarmaba porque él no descansaba lo suficiente. “Sé que ella tiene razón, pero no puedo quitarme la necesidad de hacer mis muñecos. A veces esta necesidad es tan intensa que me agota física y mentalmente. Entonces dejo de hacerlos por un par de días, pero no más, porque no puedo pasar demasiado tiempo separado de ellos. Son como mis hijitos y no puedo dejarlos solos”.
Sin embargo, Jacniel pensaba, y aún piensa, que su labor no debía ser fuente de placer para su sola persona, y comenzó a hacer trabajo comunitario con niños. Para proveerlos de patrones sencillos que pudieran manipular con facilidad, empezó a crear modelos de su propio diseño con personajes de cuentos infantiles y animados cubanos, entre los que había simpáticos animalitos que despertaban la alegría de sus pequeños alumnos. Un día también se le ocurrió que podría adiestrar a algunos adultos que mostraran interés, para que el arte del papercarft no estuviera en sus únicas manos, y así entraron en el discipulado sus amigos Javier Sánchez Alfaro y Rolando Rodríguez, con quienes ha establecido una especie de gremio medieval al que los recién llegados se han entregado con dedicación.
Jacniel está convencido de que además de la belleza que entraña la creación de las figuras en sí misma, hay también en la técnica del papercraft muchas posibilidades de ayudar a la rehabilitación de niños y adolescentes con trastornos de conducta o convalecientes de enfermedades. Piensa también que el acercamiento a los videojuegos y las películas es capaz de inducirles el interés por la lectura y acercarlos a la cultura por una vía aparentemente simple, pero que podría significar un aporte importante en su desarrollo intelectual, emocional y moral y en su vida futura. Aunque muchas personas que no comprenden crean que pierde el tiempo suyo y el ajeno en recortar muñequitos de papel, Jacniel está convencido de que ninguna labor de creación, por modesta que parezca, es inútil, y mucho menos que por tratarse de personajes de videojuegos se trate de algo insignificante o, como dicen algunos peyorativamente, “infantil”. Él sabe perfectamente que la fantasía también puede animar un reino de papel y hacerlo tan verídico y encarnador de valores deseables como si fuera humano. Él sabe que para quienes son sensibles a la poesía y la imaginación, no hay diferencia.
Dos cosas lo hacen sufrir. La primera: a sus veinticuatro serios y reflexivos años, Jacniel tiene un intenso deseo de acceder a tecnología adecuada que le permita conseguir patrones cada vez más complejos, y quisiera contar con una mayor comprensión entre quienes le rodean para que vean su labor como el respetable quehacer de un artesano artista y no como un mero entretenimiento que malgasta recursos estatales. La segunda: la fragilidad de sus creaciones, su impermanencia. Cualquier cosa puede afectarlas, estrujarlas, mojarlas y destruirlas para siempre. Ya le ha ocurrido con algunos personajes que ha logrado reparar con muchísimo amor y paciencia, pero otras figuras se han perdido para siempre. Le gustaría encontrar algún material que les diera más durabilidad, pero apenas si consigue papel. “Todo es muy precario”, dice.
Le pregunto qué haría si alguna vez llegara a no poder utilizar las computadoras a las que por ahora tiene acceso (él no posee una propia), o si la persona que hasta hoy le ha facilitado imprimir en color de repente no pudiera seguir apoyándolo. Jacniel no lo piensa, su respuesta es inmediata y firme: “Creo —sonríe convencido— que los haría de palo”.
Ahora mismo tengo sobre mi escritorio una de las figuras que generosamente donó Jacniel a los organizadores del Behíque 2009 para que fueran entregadas como parte de los premios y homenaje concedidos a personalidades y conferencistas. Es un guerrero de orejitas puntiagudas, túnica azul, escudo al brazo y una poderosa espada. De pie en pose de combate sobre una base de papel tan delicada como su cuerpecito, me hace pensar que pocas prendas morales son tan valiosas en un ser humano, especialmente en un joven, como la fuerza de una vocación y la firmeza de un carácter. Es posible que Jacniel Marrero encuentre aún muchas dificultades y obstáculos para seguir creando sus figuras, pero yo creo más posible que algún día, que no debiera demorar mucho en verdad, aparezca en su vida alguien, probablemente una institución con funcionarios inteligentes y sensibles, que comprenda el valor de su arte y le tienda una mano a este artista, posiblemente único en Cuba, para que pueda seguir poblando el mundo con sus hermosas ¡y tan vivas! criaturas de papel. No solo él, sino todos nosotros y la sociedad, lo merecemos.
MINÚSCULA HISTORIA DEL TEATRO ALHAMBRA
Por Gina Picart
Nunca imaginaron los príncipes moros de Andalucía cuando mandaron construir el palacio Alhambra, con sus columnas labradas, sus fuentes manadoras, sus exquisitos jardines y sus salas acupuladas donde la luz se desliza como un velo tenue y al mismo tiempo radiante es que, muy a diferencia de esa joya arquitectónica sublime y estilizada —donde la representación de la imagen humana estaba prohibida por la ley rigurosa del profeta Mahoma—, y muy, muy lejos de Granada, en una isla siempre recalentada por el sol y olorosa a melado de caña, siglos después iba a surgir de la nada otro Alhambra, templo al cuerpo viviente de las bellísimas y nada pudibundas vedettes cubanas, reino de la picaresca y del arte popular en toda su carnal y espontánea plenitud.
Fundado el 13 de septiembre de 1980 en el cruce de las calles Consulado y Virtudes, en pleno corazón de la Ciudad de La Habana, el teatro Alhambra no puede ufanarse de haber sido diseñado por famosos arquitectos de los muy grandes que había entonces en la capital cubana. Era un feúcho caserón de una sola planta, propiedad de un emigrado catalán de espíritu emprendedor, pero al parecer no muy afortunado en sus empresas comerciales. Se llamaba José Ross, y lo primero que tuvo en mente para llenar el espacio que le quedaba libre a su taller de herrería fue instalar un gimnasio, sueño que más tarde se convirtió como por arte de magia en un salón de patinaje y, finalmente, por sugerencia de un coterráneo más avispado, en un teatro.
Hay que decir que Ross en un principio consideró su pequeño emporio artístico como un teatro de verano a la usanza de Madrid, donde estrenaba obras del llamado género chico, zarzuelas, entremeses y obras de menor envergadura. A pocas cuadras le hacía la competencia el teatro Albisu, aunque los gacetilleros, pagados por Ross la víspera de la inauguración del Alhambra, lo anunciaron en los periódicos como un sitio más fresco y más bonito que el edificio rival. La propaganda no valió de mucho porque hay hombres a quien la mala fortuna no solo señala para toda la vida con su dedo siniestro, sino que los ahorca con él. El nuevo teatro hizo aguas por casi diez años sin proporcionar a Ross satisfacciones por tantos desvelos, y ya casi estaba sellado su destino de regresar a su prístina función cuando apareció en el horizonte un hombre que lo rescató de tan ominoso final
Federico Villoch era un libretista ya famoso cuando llegó al Alambra proveniente del teatro Martí. Traía consigo a una alocada troupe de profesionales llenos de ideas y entusiasmo que lo secundaban en todos sus proyectos: el escenógrafo Miguel Arias y el actor José López Falco. Ellos no inventaron el bufo cubano, pero lo llevaron hasta la cumbre en aquel local que para siempre quedó como abanderado del género en Cuba. Se les fueron sumando otros actores y personal de teatro, como Regino López, su hermano Pirolo y cinco generaciones de los célebres Robreño, también llegados de Cataluña, familia que tan importante papel ha jugado en la historia de la cultura nuestra. Les seguirían Acebal y el compositor Jorge Anckermann, y años después el inigualable Enrique Arredondo, el rey del bufo y uno de los más grandes actores cómicos del país. Villoch escribió alrededor de cuatrocientas obras, entre sainetes, operetas, parodias, revistas y zarzuelas, algunas muy recordadas, como La isla de las cotorras, La danza de los millones, La República Griega, La casita criolla, El rico hacendado. Su última obra fue Guamá, zarzuela estrenada en el teatro Martí en 1936, con música de Rodrigo Prats.
A partir de la llegada de Villoch comenzó en el Alhambra la que el cronista Robreño ha llamado la temporada más larga del mundo, que se extendió desde 1900 hasta 1935. Por sus tablas desfilaron cada noche el negrito, el gallego y la mulata, secundados por coros y cuerpos de bailes que representaban entelequias sociales, y todos, con el mayor desparpajo, regalaban a un público exclusivamente masculino un variadísimo registro que iba desde las más picantes monerías de las bellísimas y muy atrevidas vedettes hasta la más encarnizada sátira política, verdadera y punzantísima crítica social disfrazada con los cascabeles de la carcajada. Puede asegurarse, a pesar del mucho tiempo transcurrido, que sobre sus tablas fueron representadas en clave de farsa todas las movidas históricas que tuvieron lugar en Cuba durante esos tres decenios. Entre sus visitantes más ilustres estuvieron Rubén Darío, Blasco Ibáñez, Valle Inclán, Jacinto Benavente y García Lorca, por solo mencionar un grupo de nombres representativos en una lista que fue larga.
En el Alambra se representaron más de cinco mil piezas, todas costumbristas y de gran arraigo popular. Ya hemos visto en esa mítica película que es La bella del Alambra, del director Enrique Pineda Barnet, cómo solían transcurrir las noches entre sus muros. Dividida entre la elegante platea y el modestísimo lunetario, una desaforada multitud de varones (en la que no faltaban unas poca damas osadísimas que se disfrazaban hasta con bigotes para poder asistir al espectáculo) aplaudía con arrebato a sus vedettes favoritas o silbaba con el mismo vigor a las que ya mostraban carnes algo envejecidas en las que se iniciaba a ojos vista el proceso de decadencia de la belleza y la sensualidad; reía con las picardías del negrito y el gallego; vitoreaba fogosamente a la mulata y hasta se enzarzaba en peleas de bandos cuando la actualidad se adueñaba del escenario, como en el espectáculo que aparece en el filme, “La isla de las cotorras”, sátira que aludía a la llegada de un funcionario norteamericano mal visto por los cubanos que ansiaban la independencia política de Cuba.
Una de las características que tuvo el Alambra y que le valió el acendrado amor de los cubanos y el puesto que conserva en el imaginario nacional fue su insobornable defensa de las causas justas, pues jamás se dejó seducir ni amedrentar por los políticos de turno contra quienes arremetían sus espectáculos filosos como puñales.
Los libretos de las obras representadas resultaban muy atractivos. Los actores y actrices, aunque pertenecientes al género cómico, eran sumamente talentosos, y las mujeres, tanto las solistas como miembros del cuerpo de baile, rebosaban atractivo físico y gracejo popular. El vestuario y las escenografías eran costosos y de buen gusto y diseño, y estaba el especial encanto de la música, que se introdujo al comienzo en forma de guarachitas que actuaban como las actuales cortinas radiales, separando los actos unos de otros. Pero con el tiempo el teatro llegó a contar entre sus compositores e intérpretes musicales a relevantes figuras de la época, músicos de la talla de Marín Varona, Manuel Mauri y Rafael Palau, quienes escribieron partituras para sainetes, operetas y zarzuelas. En 1911 se incorporó al equipo el entonces joven compositor Jorge Anckermannn, considerado por el cronista Eduardo Robreño como el más fecundo de su época, con más de tres mil piezas de su probada autoría. Y con su llegada la música se convirtió en el elemento de más importancia en el espectáculo. A su muerte se hallaron entre su papelería infinidad de géneros musicales como bolero, punto guajiro, rumba, habanera, guaracha, partituras para juguetes cómicos, zarzuelas, revistas, y gran variedad de ritmos extranjeros. Ackermann cuenta entre sus méritos artísticos el haber sido el creador de la primera guajira, "El arroyo que murmura", cuya letra escribió el padre del cronista Robreño, y tuvo su estreno mundial en la obra Ni loros, ni gallos, en 1899. También llegó a crear un género de su invención, el tango-congo, que inició con la obra La casita criolla y llegó a ser muy popular. Lo interpretaba la actriz y cantante Blanquita Becerra, célebre estrella del bufo, y contenía el conocido estribillo: “Tumba la caña / anda ligero/ que ahí viene el mayoral/ sonando el cuero”.
Pero no eran tan solo los brillantes compositores quienes lograban dar brillo a la música en el teatro Alhambra. Los integrantes de la orquesta eran cuidadosamente escogidos y nadie mejor que el cronista Robreño para hablar de su calidad como agrupación: "La orquesta del Alhambra tuvo su característica: sonaba como una sinfónica por sus músicos todos formidables; recuerdo que el contrabajista era hermano de Jorge Anckermann y se nombraba Fernando; la flauta la tocaba Cotica, el violín primero fue Torroella... Los instrumentos eran de primera: “los timbales —recordaba Robreño—,costaron la bonita suma de cinco mil seiscientos pesos. Sucedió que el 10 de noviembre de 1900, a la hora de inaugurar el teatro, la administración se dio cuenta de que faltaban los timbales tan necesarios para mantener el ritmo. El músico Santiago Oquendo recordó que el padre de un amigo tenía estos instrumentos y ni corto ni perezoso salió en su busca. El hombre se los alquiló por una noche, al precio de 40 centavos. Al día siguiente tocaron con ellos y al otro, y al otro... El dueño de aquellos adminículos murió en 1906 y al hijo se le siguió pagando el alquiler.”
Por la nómina de tres decenios del Alhambra desfilaron nombres insignes del teatro y la música en Cuba: Gonzalo Roig, Juan Pablo Astorga, Mario Fernández, Candita Quintana y Xenia Marabal. Y muchos otros. El Alambra fue un exponente del arte dramatúrgico cubano, en él surgieron nuevos géneros musicales y el bufo y la comedia alcanzaron alturas inestimables. Fue también una escuela rigurosa para los profesionales más jóvenes que trabajaron en su staff. Por todo ello constituye un hito insoslayable en la historia de la cultura nacional. Llegó a ser tal su prestigio y su renombre que hasta fuera de Cuba era conocido y ponderado. Con frecuencia en alguna calle de ciudad foránea se podían escuchar recomendaciones como esta, hechas por amigos a otros que iban a viajar a Cuba “Oye, cuando pases por La Habana no te vayas a perder el Alhambra”.
Y tuvo el Alhambra el final melodramático de una gran vedette de vaudeville: malherido por la llegada del cine sonoro, el machadato y la tremenda crisis económica que el tirano desencadenó en el país, una noche se desplomaron con estrépito el pórtico y parte del lunetario. Una enorme nube de polvo se alzó desde los suelos, y el actor Enrique Arredondo, quien se encontraba justamente de pie en el lugar y momento del desastre, tuvo que poner pies en polvorosa para escapar de ser aplastado como una hormiga. Pero también, como en toda farsa auténtica, hubo en este suceso detalles de gran vis cómica: los timbales evocados por Robreño en sus remembranzas fueron hallados por los bomberos a la mañana siguiente sepultados entre los escombros, pero estaban sanos y conservaban extrañamente indemne el brillo de sus metales, lo que hizo exclamar con cándida admiración a uno de aquellos rescatistas: “¡Pero qué timbales tiene el Alambra!”
¿Eran realmente tan atrasados los aborígenes cubanos como se desprende de los juicios de valor de los conquistadores? ¿Qué rasgos comunes tenían los primitivos pobladores de Cuba con otras culturas de las Antillas y el continente latinoamericano? ¿Eran ciertamente taínos y siboneyes los pobres “inditos” que muchos piensan? ¿Qué sabe de ellos el cubano actual?
Es muy posible que el clima cálido de Cuba y la casi nula ropa y hábitos simples de los aborígenes cubanos hayan engañado a los primeros españoles que llegaron a Cuba, haciéndolos pensar que se trataba de una sociedad de salvajes. Luego, un rápido diezmo de la raza habría impedido una mejor observación de sus características. Pero su estructura religiosa y sus prácticas médicas demuestran una realidad diferente.
Los aborígenes cubanos han sido considerados durante muchos años casi totalmente extintos. Hoy los estudios de campo de antropólogos y arqueólogos han demostrado que en ciertas zonas de la isla sobreviven comunidades numerosas de descendientes, incluyendo entre ellas Guanabacoa, zona donde los españoles concentraron a los indios de las provincias occidentales y donde hoy pueden apreciarse en muchos de sus vecinos inconfundibles rasgos físicos de su sangre ancestral. También sabemos, contrariamente a lo que ha preconizado la leyenda negra de la Conquista, que no fueron mayormente exterminados por los maltratos de los encomenderos, sino que entre 1519 y 1530, más de una tercera parte de sus individuos fueron diezmados por dos sucesivas epidemias de viruela importada de Europa, patología contra la cual los indios cubanos no poseían defensas inmunológicas por ser desconocida en estas tierras antes del Descubrimiento. Sin embargo, poseían una medicina digna de atención, y aunque no pueda afirmarse que tan adelantada como otras medicinas muy interesantes de América —la inca, por ejemplo—, les servía bastante bien para los males que solían aquejarlos.
Nuestros taínos y siboneyes practicaban el chamanismo. Tenían dos clases de médicos, generalmente de edad venerable: el behíque, médico-sacerdote y figura de carácter sagrado ante los ojos de la comunidad, y el boitío, asistente del primero en la magia invocatoria y que, en dependencia de los resultados de los cuidados al enfermo, podía ser sometido a represalias y castigos por parte de una parentela descontenta de sus servicios. Semejante especialización de funciones demuestra la existencia de una jerarquía entre los que hoy podríamos llamar profesionales de la salud de estos pueblos. No hay noticias de que practicaran canibalismo ni ningún tipo de sacrificios de sangre en hombres ni animales.
Los taínos y siboneyes de Cuba llamaban cemíes a sus dioses, y contaban por lo menos con tres divinidades de la curación, Baidrama, Buja y Aiba, quienes tal vez fueran tres aspectos de una misma y única deidad sanadora. El pueblo estaba obligado a alimentarlos perpetuamente con ofrendas de comida, y si este ritual se descuidaba, los dioses enviaban enfermedades a los desobedientes.
Siguiendo siempre el testimonio de los cronistas españoles, únicos testigos de primera mano con quienes podemos contar, los aborígenes cubanos no tenían un conocimiento profundo de la anatomía humana, pero conocían la enfermedad, a la que llamaban axe. Del esqueleto tenían nociones someras, especialmente de los huesos largos asociados con la locomoción. Percibían la carne del cuerpo como grandes masas, pero no distinguían los músculos, y el único órgano que parecían diferenciar como tal era la bolsa del escroto. Curaban las contusiones y poseían remedios variados para las enfermedades de la piel que padecían con frecuencia, entre ellas úlceras, parasitismo de nigua (capaz de causar invalidez definitiva en los miembros no tratados); una afección que ponía las manos ásperas y que probablemente fuera alguna especie de sarna, a la que llamaban caracol, y otro mal más severo que hacía caer trozos de piel y, por la descripción de los cronistas, debió ser algún tipo de lepra. La pediculosis los afectaba, aunque si pensamos que era un pueblo de arraigados hábitos higiénicos, parece lógico pensar que no era endémica sino, al igual que la viruela, traída por los españoles. Como el clima favorecía las enfermedades diarreicas ellos disponían de terapias para tratarlas, y también sabían practicar sangrías, que llevaban a cabo punzándose con espinas de maguey y con pequeñas piedras filosas talladas para esos usos. Como evacuante usaban una mezcla de tabaco con cierta clase de cebolla machacada, y una yerba sagrada a la que llamaban gueyo, de propiedades sudoríficas.
Otras enfermedades que conocían y trataban los médicos indocubanos eran la anemia, a la que llamaban hipa, que quería decir en lengua indígena “palidez del doliente”, aunque nombraban igual a todas las enfermedades que entre ellos cursaban con íctero; los dolores de cabeza y de dientes; la ciática; algunas formas de reuma; diarrea, constipación y parásitos intestinales; asma; enfermedades genitourinarias y los dolores de la menstruación.
Algunas de las yerbas y de los frutos más usados para la curación eran el sasafrás y los bejucos, el almácigo, el fruto del manzanillo y el guacasí. Para tratar la hidropesía utilizaban el aceite de higuerilla, que nosotros conocemos como aceite de ricino o palma cristi, que también les servía para aliviarse males digestivos. También lo empleaban para tratar las articulaciones inflamadas o contusas y para curar los granos o barros que salían en el rostro de las mujeres, y que eran muy repulsivos para los aborígenes cubanos. Sabían volver el útero a su lugar después del parto empleando betumen, más conocido como nafta. Las bubas las aliviaban bebiendo agua del palo del guayacán. Con el tabaco cicatrizaban heridas y mataban los gusanos de las úlceras. Recomendaban la piña para restaurar el apetito y confortar el corazón. Las guayabas verdes las empleaban contra la diarrea, la fruta madura para la constipación y el cocimiento de hojas para tratar el infarto del hígado y el edema de las piernas, que también lavaban con cocimiento de ciruelas si estaban ulceradas. Con la verbena se desparasitaban y con la guira deshacían la equímosis. Con el aceite de guaconax restauraban las fracturas y contenían las hemorragias. Se preocupaban mucho por los insectos y ahuyentaban las cucarachas con humo de curi. Creían que el agua de jagua fortalecía las piernas cansadas y aliviaba las várices, y empleaban el guacuma como reconstituyente para engordar.
Además de un acendrado gusto por el baño, que practicaban varias veces al día en ríos y lagunas, los indios cubanos se recortaban el cabello y se hacían tatuajes de flores y pájaros usando como colorantes la bija (rojo) y la jagua (negro), no solo para adornarse, sino también para proteger su piel de las picadas de mosquitos y otros insectos que siempre han sido la verdadera pesadilla de la isla de Cuba. Llevaban una dieta muy sana compuesta por maíz, frutas abundantes, legumbres y carne de aves, serpientes y jutías. El agua parece haber sido su única bebida cotidiana. Realizaban muchos ejercicios físicos como la caza, la pesca, la natación y el baile colectivo de índole religiosa. Las mujeres se casaban muy jóvenes, eran muy fecundas, parían con facilidad y poco dolor, y con frecuencia tenían partos gemelares (algún cronista habla de quíntuples). Hay indicios de que practicaban la cesárea con éxito.
Algunos cronistas testimonian que los taínos eran capaces de momificar cadáveres, aunque no resultara un hábito funerario; empleaban el procedimiento solo en el caso de muertos muy principales. Sabían conservar los huesos y enterraban los cadáveres en los montes, lejos de los lugares de vivienda de la tribu, y al igual que los ritos funerarios de todos los pueblos, los rodeaban de vasijas con agua, armas y comida.
El ritual de curación empleado por los indios de Cuba era muy complejo y fue minuciosamente descrito por los sacerdotes y cronistas Ramón Pané y Las Casas y el laico Fernández de Oviedo. No hay ni que decir que los españoles lo consideraban una prueba de la barbarie indígena, pero todos los detalles demuestran que obedecía a una clase de alto chamanismo con varios puntos de contacto con el practicado todavía hoy por los muy afamados sanadores filipinos y los chamanes mexicanos y andinos.
Los indocubanos temían mucho a la fiebre, a la que llamaban secon, y aislaban a los enfermos por temor al contagio. Los sacaban de la aldea y los llevaban al monte, los aprovisionaban de agua y comida y los dejaban solos, aunque alguien se ocupaba de visitarlos y lavarlos con cierta frecuencia. Si la familia decidía solicitar atención médica para el enfermo, acudían al behíque y al boitío, quienes se trasladaban la noche antes se tiznaban el rostro con carbón vegetal y así pintados se trasladaban a la vivienda de los solicitantes, donde una vez llegados comían y hacían comer al enfermo una pasta compuesta de cebolla y hojas de tabaco maceradas, y esperaban hasta que la purga les hiciera vomitar cualquier alimento que hubiesen comido. Así purificados, embriagaban al paciente y a sí mismos con el humo del tabaco o cohíba hasta lograr un estado alterado de conciencia. Luego se introducían en la boca un hueso pequeño envuelto en carne de algún animal. Después de terminados estos preliminares, el médico daba vueltas alrededor del doliente, lo palpaba de la cintura a los pies y le estiraba “con fuerza” los miembros inferiores “como si quisiera arrancarlos de su lugar”. Inmediatamente abandonaba la habitación y desde fuera conminaba al paciente a irse a la montaña o al mar. A continuación se volvía de espaldas a la puerta cerrada y colocándose las dos manos sobre la boca soplaba con ellas como si sostuviera una cerbatana, “Sus manos tiemblan enseguida —describe un cronista— como si tuviera gran frío; sopla sobre sus manos y recoge el aliento como si sorbiera la médula de un hueso. Luego aspira al enfermo en el cuello, en el estómago, en las espaldas, mejillas, el seno, el vientre y partes generales del cuerpo”. Al terminar estas operaciones típicamente chamánicas, el médico indocubano se sacaba de la boca el huesito y mostrándolo al paciente le aseguraba que esa era la causa de su mal, advirtiéndole que lo guardara y conservara cuidadosamente, pues creían que estos huesitos, que a veces eran pequeñas piedras, servían a las mujeres de gran ayuda en el parto. Los familiares del enfermo guardaban obedientemente los objetos envueltos en algodón y en las grandes festividades los adoraban y les ofrecían comida, lo mismo que a los cemíes, en un bohío apartado dedicado al culto.
Si el enfermo no lograba sobrevivir y era persona muy principal en la aldea, los deudos procedían a averiguar si el médico era culpable de mala práctica. Los interesados se embriagaban con el zumo de hojas maceradas de tabaco, cortaban al muerto las uñas y los cabellos de la frente, los reducían a polvo machacándolos entre dos piedras y los mezclaban con el jugo de la yerba. Después procedían a hacerle beber la mixtura al muerto echándoselo en el interior de la boca y la nariz. A continuación colocan el cadáver sobre un gran fuego “hecho como para formar carbón, y cuando la madera está en brazas, ponen al difunto sobre el bracero y lo cubren con tierra, como para hacer carbón y allí lo dejan por término voluntario”. Al difunto así tratado se le interroga muchas veces sobre si antes de someterse a la sesión de curación con el médico observó la dieta prescrita”. Aquí los cronistas hacen una aseveración que para nosotros en nuestros días resulta oscura e inexplicable: dicen que el muerto responde a las interrogaciones “como si estuviera”. También se le pregunta si el médico ha sido el culpable de su deceso. El muerto puede responder que no sabe, pero en cualquier caso los deudos pueden decidir que el médico es culpable y en ese caso se le persigue para castigarlo. Las penas que aquella sociedad imponía a los chamanes sospechosos de poca profesionalidad iban desde rotura o desarticulación de los huesos de las extremidades (procedimiento sobre el que los cronistas también se expresan con oscuridad) hasta la castración y el vaciado de los ojos.
Los conquistadores y primeros colonos que vivieron en tierra cubana, separados de Europa por un mar que los barcos provenientes de España demoraban meses en atravesar, tuvieron que aprender la medicina de los aborígenes, pues carecían de productos propios de su cultura, y a ella debieron su supervivencia hasta que las flotas de Indias se establecieron como normal comunicación entre la madre patria y el Nuevo Mundo. De la farmacopea indígena de los primeros habitantes de la mayor de las Antillas sobreviven hoy, especialmente en las regiones montañosas, muchos remedios que siguen teniendo éxito en el alivio y curación de las enfermedades.
Por Gina Picart
Leí a Bradbury a los doce años y con la mayor inocencia fui su imitadora en el secreto de mis gavetas infantiles. Más o menos por esa fecha leí El país de los bondadosos, Convulsión, Junto a las aguas oscuras de Babilonia, Cántico por Leibowitz, Lázaro y otros cuentos publicados en antologías cubanas. Cuando trabajaba como correctora de pruebas en una imprenta de la calle Reina, cayeron en mis manos las galeras de Los papeles de Valencia el Mudo, compilación hecha por la escritora Daína Chaviano sobre la papelería post mortem de Oscar Hurtado, escritor, editor, traductor y uno de los pioneros de la ciencia ficción cubana, gran promotor del género y creador de las colecciones Dragón y Biblioteca Popular, donde publicó los mejores textos y antologías de ciencia ficción, que todavía constituyen un acontecimiento editorial sin superar en nuestro país. Busqué información sobre él, visité a su viuda y me procuré los libros de Daína. Me informé sobre el taller literario Oscar Hurtado que, dirigido por ella, abría sus puertas en una casona frente a un hermoso parque de El Vedado, y una noche me presenté sin más y me senté en la última fila, en una sillita cerca de la puerta. Allí conocí a Bruno Henríquez, Nelson Román, Arnoldo Águila, Roberto Estrada y, entre los más jóvenes, a José Miguel Sánchez (Yoss), Raúl Aguiar y Alberto Mesa Comendeiro, entonces apenas unos tiernos donceles quinceañeros. Ya no me es posible recordar a todos. Yo solo escribía por aquellos días textos para mí misma y nunca se me ocurrió leer alguno en el taller. Daína, uno o dos años menor que yo en edad, me parecía un ser remoto y casi mitológico, y salvo alguna que otra pregunta que le habré hecho en medio de las reuniones, nunca me atreví a acercarme a ella en plan personal. Alrededor de 1988 descubrí que los escritores Alberto Serret y Chely Lima se habían mudado a mi reparto y fui a conocerlos. Con ellos tuve una amistad larga y hermosa, basada en el respeto, la admiración y el liderazgo indiscutible que encarnaban entonces. De esos días data mi relación, menos cercana, con Daína y Antonio Orlando Rodríguez. Asistí fascinada a la gala de la ópera-rock Violente y a la lectura de algunos guiones de la serie televisiva Shiralad, que Alberto me mostró, y aún hoy no puedo evitar una discreta sonrisa cuando los encuestadores del ICRT insisten en afirmar que fue un fracaso. En nuestras prolongadas conversaciones en el apartamentito que ellos ocupaban en la calle Tres Palacios aprendí mucho sobre ciencia ficción y recibí mis primeras lecciones acerca de los entretelones invisibles del mundo cotidiano. Fueron ellos quienes me ayudaron a disipar un poco las serias dudas que tuve siempre sobre mi posible talento para la escritura. Dos años después, en 1990, yo comencé a escribir guiones de aventuras para la redacción Juvenil del ICRT Y un jurado compuesto por Ángel Arango, Daína Chaviano y Antonio Orlando Rodríguez otorgó el último premio David de ciencia ficción a mi libro La poza del ángel, que yo había incubado durante una década de inseguridades y vacilaciones. Tres años más tarde La poza... obtuvo un premio Pinos Nuevos y en 1994 fue publicado. Poco antes, (no recuerdo con precisión las fechas) Daína, Antonio Orlando, Alberto y Chely habían salido de Cuba. La ausencia de Alberto y Chely fue muy dolorosa para mí y puso fin a la primera etapa de mi carrera literaria. Nunca más volví a escribir ciencia ficción.
Estas son, a grandes rasgos, mis escasas credenciales dentro de ese género.
Estos antecedentes —además de mi absoluta falta de interés personal en la cf, que mucho he tratado de dejar en claro desde hace unos veinte años— me permiten ser hoy una observadora de lo que acontece en el panorama, por lo menos el habanero. Sin estar dentro pero habiendo sido, como se diría en castellano antiguo, creo que mi distanciamiento más que probado asegura la casi absoluta imparcialidad de mis juicios. Tras un total y voluntario alejamiento de la generación metalera, que posteriormente al vacío del período especial ocupó el lugar de la generación anterior de escritores de ciencia ficción, las nuevas hornadas de autores del género me han hecho el honor de invitarme a algunos festivales de ciencia ficción, fantasía y fantasía heroica, eventos como el Cuba Ficción, el Ansible, y el taller Espacio Abierto, heredero del Oscar Hurtado, dirigido por los jóvenes narradores Elaine Vilar Madruga, Jeffrey López Dueñas y Carlos Duarte Cano, redactor asistente de la revista digital Guaicán literario, creada por el escritor e investigador Gerardo Chávez, publicación que representó un esfuerzo singular por mantener la presencia de esos géneros en los medios de comunicación cubanos en unos años en que parecían destinados al definitivo y lapidario olvido editorial.
Mis recuerdos y mi contacto reciente con el grupo de los escritores más nuevos dentro de la cf y el fantástico cubanos y mi participación en el evento Behíque 2009, me han sugerido las siguientes reflexiones:
1- La antorcha encendida por los pioneros Oscar Hurtado, Miguel Collazo y Ángel Arango, y mantenida en alto con entusiasmo y valentía por Daína, Alberto, Chely, Antonio Orlando, Agustín de Rojas, F. Mond y otros, ha resistido el embate del período especial y el escaso apoyo de las instituciones sin morir en el empeño. Puede parecer una verdad de Pero Grullo y sin duda lo es, pero nunca está de más repetirlo. Siempre pienso en la satisfacción que, estoy convencida, todo esto estará proporcionando a mi amigo Alberto Serret allí donde está ahora. El legado está a salvo.
2- Se impone reconocer sin cortapisas y con la gratitud y respeto debidos, el esfuerzo y consagración del científico, escritor e infatigable promotor cultural Bruno Henríquez en el mantenimiento y la defensa de proyectos y espacios para las actividades de divulgación y enriquecimiento de la ciencia ficción cubana, como festivales y otros eventos muy bien organizados, incluido el espacio televisivo para la proyección de filmografía del género, que inauguró Daína, y Bruno, con la moderación y sensatez que lo caracterizan, ha continuado en la medida en que las circunstancias se lo han permitido. Y también el esfuerzo más discreto y menos visible, pero nunca menos importante, de Gerardo Chávez Espínola, escritor y director de la revista Guaicán literario, personalidad que tiende a ser, en ocasiones, injustamente relegada a un papel secundario. A todo y a todos hay que reconocer su lugar. Lo contrario denota falta de esa cualidad indispensable a todo creador inmediatamente después de un talento genuino: la ética.
3- La generación de los autores de cf autodenominada cyberpunk o metalera fue iniciada por Vladimir Hernández Pacín, Fabricio González Neyra,Raúl Aguiar y José Miguel Sánchez, Yoss. Tal vez a partir de cierto momento de su obra personal podría incluirse entre ellos a Michel Encinosa Fu con su libro de relatos Niños de Neón, quien antes se había iniciado como un escritor muy bien dotado para la fantasía heroica y en esa cuerda publicó un excelente libro, Sol negro. También, aunque de un modo mucho menos espectacular y lamentablemente todavía casi ágrafo, pertenece a ellos Alberto Mesa Comendeiro, ganador de un premio Calendario con uno de los relatos de mayor belleza de todos los publicados por este grupo, Fantasmas inocentes. Los metaleros han desempeñado un papel de suma importancia en la continuidad editorial del género y en su difusión entre los lectores jóvenes. Después del período especial, Aguiar y Yoss, roqueros o friquis, como ellos mismos se calificaron en sus inicios, han logrado establecerse como los autores más publicados y los líderes de una nada despreciable troupe de admiradores y aspirantes a escritores, y han sido sus libros los que han estado más al alcance de este público ávido, pues las publicaciones de los pioneros y de los Cuatro son hoy reliquias hace mucho desaparecidas del mercado editorial, y es casi imposible encontrarlos ni en los libreros de viejo. A esta circunstancia (entre otras de carácter histórico-social y económico) ha debido este grupo su notable influencia sobre sus lectores. No tengo información actual sobre la obra de Vladimir y Fabricio en el extranjero, pero Aguiar, quien cuenta con un Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar por su relato Figuras y une a su condición de autor la de investigador y profesor de Técnicas Narrativas en el Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, ha tenido una evolución muy interesante, mostrándose en su narrativa como un escritor inquieto y capaz de incursionar en géneros diversos con estilos y trabajos de lenguaje realmente proteicos. Su novela La estrella boca arriba me parece, hasta donde conozco, uno de los productos más atendibles de este grupo y, en general, de todo el quehacer de estos géneros en nuestro país. Sin embargo, yo, de un modo estrictamente personal —no olvidar que solo estoy reflexionando desde fuera—, reprocho a algunos representantes de esta generación el haber prestigiado el cyberpunk —no importa demasiado si desfasado o no entre nosotros como estilo con respecto a su aparición y práctica en Europa y los Estados Unidos— en detrimento de otros imaginarios y tópicos no menos significativos de la cf. No consigo librarme de la incómoda impresión de haberles visto irrumpir en escena como jinetes algo feroces medio disfrazados de enterradores del estilo de los Cuatro, al que con la arrogancia y la inmadurez algunas veces presentes en sus acciones y procedimientos, denominaron (bastante irrespetuosamente, diría yo) rosado y blando, término este último que ya existía para calificar la literatura no hard, pero que nunca implicó el matiz peyorativo que ellos le confirieron ni constituyó término de comparación referido a índice de mayor o menor calidad de los textos. Hasta se podría pensar que algunos de estos escritores olvidaron —o quisieran negar— la deuda que todos nosotros, sigamos o no escribiendo ciencia ficción, tenemos con quienes nos antecedieron y con el taller Oscar Hurtado. Como si incluso quisieran desacreditar hasta al propio Bradbury por no haber sido metalero. Esta actitud siempre me ha parecido farisaica, pero comienzo a tranquilizarme porque creo haber visto que los escritores más inteligentes de esta generación empiezan a reconsiderar tal denominación, como también otros aspectos del pasado por sobre los que hasta hace poco tiempo transitaban como elefantes en una cristalería. Lamentablemente no faltan quienes insisten en mantener la pose, denostando con saña de un linaje del que las personas honorables nunca deberían renegar. Como si para que una estrella pudiera hacer brillar su luz en el firmamento fuera necesario desconectar a todas las demás, la luna y el sol. Esto ha tenido por consecuencia que los imaginarios de la cf cubana hayan visto oscilar su péndulo —y demasiado a menudo quedar suspendido— hacia zonas del rock, el cyberpunk y el realismo sucio en clave de cf, con el consiguiente empobrecimiento del género. Creo que puede decirse que estos héroes grotescos disfrazados de Rambo (me refiero, por supuesto, a los personajes literarios de cierto cyberpunk), con sus muñequeras erizadas de tachuelas, sus musculaturas artificiales, su aliento priápico (o a veces vulvar) y sus botas aplastadoras de los débiles han entrado a saco en la cf cubana barriendo casi con salvajismo las no infinitas, pero sí mucho más amplias y sutiles posibilidades de un género que desde sus comienzos ha debido lidiar con la camisa de fuerza del estilo, el restringido registro de tópicos y situaciones y el demasiado cerrado coto de creación de mundos. El fárrago de los metales finalmente ha desecado el espíritu, transformándolo ante los ojos no avisados de muchos en algo casi obsceno por indecentemente afeminado. O se es un héroe duro o no se es nada. Y esta consecuencia, a su vez, deviene otra aún más desastrada: algunos representantes de esta tendencia se han arrogado ante lectores, críticos y editoriales el dudosísimo derecho de decidir qué es y qué no es, en su estrechísimo concepto personal, ciencia ficción, y lo que me parece todavía más absurdo y hasta escandaloso: de pontificar sobre cuál es la manera correcta de escribir el género, como si las variaciones de estilo no pudieran ser tan numerosas y matizadas como las sensibilidades individuales de quienes escriben. Esta situación, de no ser detenida a tiempo, podría llegar (si no hubiera llegado ya) a consecuencias quién sabe cuán graves, como por ejemplo, tener un peso mayoritario (¿único?) en los criterios editoriales de selección y evaluación sobre cuáles autores y cuáles obras merecen ser publicadas, negando oportunidades a otros autores y obras sin tomar en consideración aspectos más importantes que debieran primar en un criterio de jerarquización editorial, como por ejemplo, la calidad literaria y el oficio.
4- Con excepción de los clásicos y de buenos autores que nunca faltan, la calidad literaria ha sido siempre un aspecto realmente anémico en la ciencia ficción y el fantástico de todas partes del planeta, mucho más en Cuba, donde la situación resulta más dramática en el primer género que en el segundo. Hay para esto dos explicaciones evidentes entre otras muchas posibles: en primer lugar, mientras que los Pioneros y los Cuatro eran escritores, traductores, poetas, investigadores, dramaturgos, guionistas, periodistas, etc., hoy la gran mayoría de los escritores de cf no proviene de medios de formación literaria, sino de campos tecnocientíficos donde el empleo y dominio de la lengua y la posesión de una cultura sólida no son los primeros requisitos exigidos para considerar aceptable un desempeño; en segundo lugar, la enorme mayoría de lectores y escritores de ciencia ficción no consumen más que productos del género, leen poca o ninguna literatura general y no consumen gran Arte, sino sucedáneos como los juegos de computadora, los comics, los filmes de cf y anime y manga, entre otras manifestaciones “artísticas” que no acaban de conseguir acreditación definitiva como tales ante el mundo de la alta cultura. En Cuba el resultado de este pisto, muchas veces mal digerido, es por lo general, aunque con excepciones (y véase que remarco la observación), el consumo y reproducción de un modus que apenas merece el nombre de estilo: rudo, vulgar, sumamente empobrecido, con diálogos y situaciones ingenuos, a veces sospechosamente infantiles cuando no francamente estúpidos, y personajes de una chatura psicológica capaz de emular con las chapas usadas por los niños para jugar al pon en las aceras. En Cuba, gracias a la influencia de una fracción del grupo de los metaleros, abundan los argumentos esquemáticos donde un bueno duro se enfrenta a una banda de malos más duros todavía, en medio de un festival de monstruos, naves espaciales y nanotecnología trocada, todo convenientemente salpicado de sexo sucio injustificado (como hay que reconocer que también ocurre en el resto de la literatura) y, en ocasiones, una escenografía de fondo donde se fusionan elementos de esoterismo y hasta góticos con la parafernalia propia del género. En otras palabras, todos los ingredientes del comic más vulgar de ciencia ficción metamorfoseados por obra y gracia del Espíritu Santo en formato libro. Justo lo que Alejo Carpentier llamaba —y rehuía como el diablo a la cruz— el traje. Y conste que mi posición personal será siempre la de buscar la fusión inteligente de géneros y empujar constantemente las fronteras de estos más allá de los límites que los demarcan, pero con arte, con oficio, con un trabajo mental que merezca respeto en lugar de inspirar menosprecio y risa. Además de todo lo que he expuesto, nosotros los cubanos sufrimos el agravante de que desde hace décadas existe en la isla una severa carencia de bibliografía general, sin mencionar nuestro escaso acceso a Internet. Lo que se escribe en Europa, Asia y los Estados Unidos apenas si nos alcanza, pues los esfuerzos de las editoriales Arte y Literatura y Gente Nueva no pueden compensar ese estado de cosas, lo cual es una realidad aplastante. Todos los escritores, sea cual sea la literatura que cultivemos, estamos afectados por ello. Que alguien viaje al extranjero y compre unos libros y a su regreso los preste “generosamente” significa apenas nada, pues no hay que perder de vista que esa persona invirtió sus posibles escasos dineros en adquirir lo que le gusta, y eso será lo que preste después. Así que lo único que no se puede decir de los escritores cubanos es que están actualizados en lo que a bibliografía se refiere. Si algún amigo nos ofrece el último libro que de una forma u otra ha caído en sus manos, y nos asegura que es lo mejor de lo mejor, muy pocas veces estaremos en condiciones de disentir de su criterio por falta de suficientes puntos de referencia. La mayor parte de los interesados en escribir cf y de los lectores de cf cubanos no disponen de muchas más referencias que las de los propios autores cubanos publicados en Cuba, y aún entre esos, de aquellos más próximos en el tiempo cuyos libros se pueden conseguir con relativa facilidad. En consecuencia, un número importante de los escritores cubanos más recientemente llegados al mundo de la ciencia ficción desconocen muchas cosas, a veces elementales, sobre el género que pretenden convertir en eje de sus esfuerzos. He visto a algunos de ellos fruncir el ceño con desconcierto cuando se les menciona, por ejemplo, la cf antropológica, y a otros manejar conceptos obsoletos sobre temas capitales de la misma, que no es un invento nuevo, por cierto. Si antes los escritores cubanos de ciencia ficción fueron (y todavía siguen siendo) acusados de haber copiado mansamente y sin creatividad a los autores del campo socialista —juicio inexacto y muy mal enfocado que en otro momento analizaré—, ahora estamos convictos —¡y bien confesos!— de copiar ciertos patrones autóctonos (¿?) en lo que constituye un alucinante y cuasi perverso mecanismo de reciclaje programado para autosustentarse hasta la eternidad. Y otro tanto me atrevo a decir de los escritores que se dedican a la fantasía heroica, quienes no existían en la isla antes de Tolkien (aunque sí se importaba y consumía una nutrida literatura de cuentos de hadas para niños y adolescentes impresa principalmente en España y Argentina, según creo recordar y, por cierto, con excelentes ilustraciones donde se podía reconocer ampliamente la influencia de grandes ilustradores europeos como Beardsley y sus discípulos, por ejemplo); y después de Tolkien, parecen condenados a reproducir hilos argumentales de las obras de este autor sin atinar a encontrar caminos propios que les permitan crear con verdadera independencia de su modelo. Me pareció notar un detalle revelador de esta especie de in-posesión cultural cuando hace apenas una semana escuché a un autor novel leer ante un público nutrido un relato cuya historia y protagonistas recuerdan vivamente el excelente y harto reconocido cuento de Carpentier sobre un cimarrón perseguido por un rancheador y su jauría. Me quedé esperando una dedicatoria a la memoria de Alejo, o siquiera el mero anuncio de que el relato en cuestión había sido concebido como un homenaje a él, pero tal vez no era así y todavía no sé a qué atenerme. Temo que pocos presentes notaron la casi total similitud entre estas dos historias.
5- Otra circunstancia que, en mi opinión, ha conspirado fundamentalmente contra la escasa calidad y variedad de la ciencia ficción cubana es de un orden que yo llamaría sensatez, lucidez o tal vez conciencia de los límites, y hay que decir que también ha conspirado en idéntica medida contra toda la literatura cubana en general (el todo refleja las partes y viceversa): demasiadas personas están fatalmente convencidas de que el mero acto de sentarse con una cuartilla y un lápiz, o ante una máquina de escribir o un ordenador e imaginar una historia los convierte en escritores; y que el hecho de haber escrito un libro les confiere automáticamente el derecho de publicarlo en una editorial nacional o extranjera; y que si logran ganar un premio y/o ver su libro en soporte papel impreso bajo un sello editorial (reconocido o no, es lo de menos) ya se han convertido en grandes escritores cuya opinión es santa palabra y pueden imponerla al mundo entero. Y que todo esto puede ocurrir con la celeridad de trayectoria de un cometa. Un toque de vara mágica y ya está: ha nacido un nuevo y distinguidísimo representante de las Letras. Muchas personas son víctimas de ese pensamiento distorsionado porque sienten un deseo muy intenso de escribir, y esos son los más sinceros; otras, porque el ego les juega malas pasadas; y otras, porque la forma más enfermiza del ego, el vedettismo, los posee como el Diablo a la niña de El exorcista. En muchos casos no sospechan, porque nadie se los dice, que no basta haber sido sanitario en una escuela al campo y extraído unas cuantas espinas de dedos y pies para ser un verdadero cirujano. La profesión de escritor es tan compleja, requiere tanto aprendizaje, tanta formación como cualquier otra profesión venerable de las que existen en el mundo, y merece tanto respeto y empeño como ser cosmonauta, físico teórico o militar. Y exige una entrega prácticamente absoluta. En el Arte podrán ser muchos los llamados, pero siempre serán muy pocos los elegidos. Los genios pueden salir hasta de una alcantarilla, y carecer en absoluto de un pasado literario, ¡pero son tan raros! Nunca ha habido muchos Radiguet. Antes de que alguien pueda llamarse a sí mismo escritor, aunque sea en el silencio y la oscuridad de su habitación, tiene que pasar por pruebas muy serias, muy duras, muy largas y muy desgastantes y, en comparación, ganar un concurso muy importante, codiciado y bien remunerado no significa, apenas, ni un respiro de certeza. En ocasiones lo peor que le puede ocurrir a alguien que quiere ser escritor es, precisamente, ganar un concurso antes de merecerlo realmente por el grado de desarrollo que haya alcanzado en la profesión. Publicar rápido, a edad temprana, o publicar el primer cuentito terminado puede ser el inicio de una carrera deslumbradora en el campo de las letras, pero también puede cavar definitivamente la tumba de una persona honesta que sueñe con ser escritor, incluso si está bien dotada, porque la publicidad inmerecida deforma sin remedio. Y el mismo efecto nocivo tendrán sobre esa persona las críticas complacientes y el espaldarazo de los “socios” influyentes. Nunca es fácil decirle a alguien con ilusiones que debe renunciar a sus sueños y deseos, y resulta mucho más difícil decírselo a la cara cuando uno se da cuenta de que se trata de personas con una vocación auténtica por la escritura. Pero es mejor desengañar cuando aún es tiempo y todavía el aspirante no se ha “montado el personaje”; hacerlo en los primeros momentos de ensayo que tenemos todos cuando nos acercamos inicialmente a una profesión u oficio, y no después, cuando ya las personas ha invertido tiempo, esfuerzo y horas de trabajo y comienzan a considerarse dignas de ocupar (y de exigir) un espacio para el que no están realmente preparadas ni dotadas. Nunca hacemos un favor cuando engañamos a un semejante.
6- La crítica es otra de las pistas enlodadas de la ciencia ficción cubana. Los críticos que se consideran serios no quieren dedicarle atención al género por considerarlo menor, ya sea cf rusa, norteamericana, cubana o de la Cochinchina. Y no falta quien le niegue la condición de literatura, clasificándola como literatura basura o de “entretenimiento”. Sé que existe el criterio de que tan válido es escribir bien como ser capaz de crear imaginarios y mitos aunque se posea una escritura mediocre. No es mi intención defender un criterio u otro al respecto (pero mejor si se unieran los dos en un mismo escritor, ¿verdad...?), mas me parece oportuno llamar la atención sobre la inadecuada capacidad para el ejercicio de la crítica de cf (y de toda la crítica literaria en general) que creo detectar en algunas personas que la ejercen, ya sea mediante la publicación de artículos u opinando en talleres literarios, o en el espacio ya mucho más delicado de una editorial, donde a veces se les encuentra como evaluadores, antologadores o redactores de prólogos, y a veces todo eso a la vez. Tener mucha (¿?) información sobre la historia de un género literario no capacita a nadie para opinar sobre la naturaleza intrínseca de la literatura. Con esto quiero decir que una persona que pretenda ser conocedora de la ciencia ficción y de algunos parámetros de su escritura y quiera erigirse en crítico del género puede, perfectamente, carecer de los conocimientos y el entendimiento necesarios para juzgar la ciencia ficción como literatura. Un crítico de ciencia ficción tiene que reunir las dos cualidades. Con una sola de las dos sus criterios y argumentos nunca podrán aspirar a una acreditación respetable. Y con esto vengo a caer en el tema de los talleres literarios. Tal vez por mi formación como técnico medio en asesoría de talleres literarios mi pensamiento esté viciado de academicismo y ortodoxia, pero durante mis cuatro años de estudio en la excelente Escuela Nacional de Instructores de Arte, ENIA, hoy lamentablemente desaparecida, me enseñaron que el trabajo con aficionados requiere de un personal debidamente adiestrado para su ejercicio. Se me hace extraño ver un taller literario estructurado a la manera de una peña de lectura informal donde todos leen sus textos y todos opinan sobre los textos ajenos con entera libertad, tengan o no tengan una formación teórica sólida. Cuando falta una guía autorizada, ¿cómo se puede estar seguro de que las objeciones, señalamientos y consejos hechos a un autor por quienes han escuchado la lectura de su texto son realmente acertados y no meros disparates dictados las más de las veces por el desconocimiento y, en algunas ocasiones, por la mala intención y el deseo de confundir? Yo he presenciado en más de un taller literario "consejos" dados a un escritor en ciernes para que quite de su cuento precisamente aquello que ha constituido su mejor acierto. O aseveraciones locas de que para escribir ciencia ficción hay que hacerlo empleando un lenguaje directo y cortado (que en realidad imita una mala traducción del inglés), porque dentro de las convenciones del género los tropos devienen barroquismo censurable (¡!). También es verdad que no se encuentran fácilmente intelectuales como Daína, Alberto, Chely, Antonio Orlando y Agustín de Rojas, con condiciones para escribir y ejercer la crítica y que al mismo tiempo les interese ocuparse de ciencia ficción, fantasía y fantasía heroica.
7- Aprovecho para preguntar una vez más por qué se agrupa a los tres géneros siempre en los mismos espacios, ya sea de talleres, concursos o publicación, porque aunque pienso que un escritor puede tomar elementos de uno de ellos y extrapolarlos a otro como una licencia absolutamente válida que enriquecerá el resultado (si el recurso está empleado con destreza), en realidad son universos disímiles entre sí, y más que agruparse por poseer características comunes, da la impresión de que se juntan por el mismo instinto de supervivencia que hermana a los niños más débiles de la escuela ante la discriminación y violencia que les hacen los más fuertes, pero que cuando están solitos y juntos se mortifican y obstaculizan a más no poder. O se mezclan definitivamente con todos los otros géneros o cada uno tenga su propio espacio, su colección editorial y su taller literario. Después de la partida de los Cuatro, he constatado siempre con idéntico disgusto que los grupos de cf se esfuerzan para mostrar a los otros dos géneros como “menores” y menos dignos de atención. Esto es nocivo. ¿Qué posibilidades reales tiene una obra de fantasía heroica de ganar un premio Luis Rogelio Nogueras ante el empuje y la ortodoxia de un jurado compuesto por dos escritores de ciencia ficción y un tercero de cualquier otro género? Las decisiones arbitrarias e injustas ya han ocurrido y volverán a ocurrir si no se colocan las cosas en su sitio YA.
No quiero extender más estas reflexiones. Siempre he tenido la convicción de que la ciencia ficción, la fantasía y la fantasía heroica pueden ser mucho más que meros productos del mercado del entretenimiento y aspirar a convertirse en Arte auténtico, y que lo que hay en ellas de literatura basura viene a ser lo mismo que la basura real que se publica en la literatura llamada seria, o sea, más o menos un ochenta por ciento del producto final que llega a las librerías, siendo muy benévolo en el juicio, por supuesto. Siempre sostendré que las editoriales y las instituciones deberían:
UNO. Abrir para estos géneros espacios dignos que se nutran de lo mejor de ellos, sin atender prejuicios de jurados ni editores, pero también sin complacencias irresponsables y sin lugar para los buenos oficios amistosos (o malquerencias) de nadie, y valiéndose siempre de los servicios de personas sensatas y profesionalmente capacitadas para ejercer criterios de evaluación y selección de obras, sin dejar margen para ominosas payasadas, omisiones burdas e inmaduros ejercicios de egolatrías que no hacen más que perjudicar la imagen de estos géneros tradicionalmente considerados como los Cenicientos de la cultura.
DOS. Fomentar y apoyar con todo lo necesario eventos como el Cuba Ficción y el Ansible —que han contado entre sus conferencistas algunos nombres muy prestigiosos de la ciencia y la cultura— y el Behíque, más nuevo y hasta ahora más modesto en recursos, pero no menos inteligente y entusiasta que sus antecesores.
TRES. Apoyar la continuidad de los talleres literarios de estos géneros, ahora organizados y mantenidos casi siempre de forma completamente espontánea y con un mínimo respaldo material oficial.
La esporádica pero significativa publicación y buena venta de antologías y selecciones de estos géneros (incluso de las más flojas) demuestra que se está en presencia de un fenómeno cultural de mucha fuerza, al que ya no es posible continuar ignorando y mucho menos menospreciándolo, y que para tales géneros existe un público entre nosotros, cuya envergadura no creo podamos calcular en el estado en que están las cosas ahora mismo, pero al que es en vano intentar disuadir de sus gustos. Por el contrario, las instituciones tienen el deber social de considerar la existencia de este público, que cuando se le mira de cerca en eventos como los Cuba Ficción y los Ansible, este Behíque 2009 o incluso la peña celta Baya de Oro, donde se agrupan no pocos consumidores de fantasía heroica y cultura celta, se aprecia mucho menos basto de lo que en los medios académicos se suele creer, pues está compuesto fundamentalmente de personas muy jóvenes, inteligentes y profesionalmente capaces que merecen que sus preferencias sean debidamente atendidas y se les brinden productos de la mayor calidad. Y por último, queda demostrada la existencia de un corpus de escritores que no ha perdido continuidad generacional, en el cual, además de los nombres más reconocidos, hay otros muy jóvenes que mucho prometen ya y necesitan espacios de divulgación para sus obras, y otros que aunque se inscriben en el estilo realista del canon nacional, la experimentalidad u otras tendencias muy novedosas dentro de la literatura internacional de ahora mismo, también han incursionado en la ciencia ficción y los géneros fantásticos, han publicado libros y obtenido premios, como Raúl Flores y Jorge Enrique Lage. Por supuesto que se impone saludar los esfuerzos (pocos) que se han llevado a cabo en estos años, pero es un error capital dejarse acunar por cantos de sirena: la meta está aún muy lejos en calidad y cantidad, se perdieron espacios y queda mucho por hacer. Contribuyamos con seriedad escritores, críticos e instituciones. Es una deuda con nuestro pasado, una ética para el presente y un legado para el provenir.
Durante años me pregunté cómo nació la proliferación de “solares” o “cuarterías” que tanto abundan en la Ciudad de La Habana. No todos se encuentran asentados en antiguas mansiones de la Ciudad Vieja ni surgieron de la ocupación por esclavos libertos de las grandes casas y palacios coloniales de sus amos cuando estos decidieron abandonar sus viviendas lujosas y expandir la ciudad hacia el Cerro primero y El Vedado después, hasta terminar en Miramar y Siboney.
Estos lugares de hacinamiento humano pueden encontrarse por doquier, y en especial, por la zona antaño residencial y distinguida de Santos Suárez y Cerro su número llama la atención. He podido identificar en muchos de ellos la planta característica del barracón que sirvió de vivienda a los esclavos en los antiguos ingenios azucareros, tal como lo describe Moreno Fraginals en El ingenio. Pero el Santos Suárez que he conocido en mi ya más de medio siglo de existencia siempre fue lugar de “alcurnias y linajes”. Incluso mi curiosidad me ha llevado a indagar en sus comienzos como reparto residencial, que fueron los mismos que los de su parcelación en las postrimerías de la República; a retratar sus maravillosas casas y chalets de las décadas del diez y del veinte del pasado siglo... Entonces, ¿cómo explicar esos solares que a veces hasta se encuentran de a dos o de a tres en una misma manzana?
Tal vez la respuesta se encuentre a la mano. Cuando vamos en un ómnibus urbano atravesando la ciudad o paseamos en auto, o simplemente emprendemos una larga caminata con amigos rumbo a las afueras de La Habana, nuestros ojos contemplan un paisaje que puede parecernos magnífico, como en los alrededores del río Almendares, o tal vez desagradable como en La Timba, célebre barrio marginal de Marianao, pero lo que sí no podemos imaginar es que La Habana y sus alrededores fueron muy diferente en otros tiempos. Ya ningún cubano puede recordarlo, porque nadie vive tres, cuatro, cinco siglos. Se trata de una memoria histórica que trasciende los plazos naturales de la especie humana.
Revisando el libro La Habana (Biografía de una provincia), escrito por el doctor Julio le Riverend Brusone como parte de una colección que abarca todas las provincias de Cuba, y editado por la Academia de la Historia de Cuba en 1960 (desaparecida ese mismo año), sin ninguna reedición hasta donde conozco, encontré una posible respuesta para el enigma de los solares y cuarterías diseminados por toda la ciudad. Decidí reproducir textualmente las cuartillas donde Le Riverend refiere a las posibles claves del fenómeno, porque su escritura es sucinta y reveladora, y porque tiene gran valor histórico, ya que en estos momentos el texto es una rareza bibliográfica.
Le Riverend hace una descripción de los rubros económicos más importantes que se desarrollaron en La Habana durante los siglos XVI y XVII. Luego de referirse a los cultivos tabacaleros y la ganadería, pasa a la caña de azúcar:
“Los campos de cultivo y los ingenios se agolparon primeramente en las cercanías de La Habana. Fueron 17 los ingenios terminados con el préstamo de
40 000 ducados concedidos por la Corona a los azucareros cubanos en la década final del XVI; hacia 1603 había varios ingenios sin terminar porque no disfrutaron de parejo financiamiento.
“Los ingenios primitivos se orientaron hacia la cuenca del río La Chorrera a Almendares, bien en sus riberas o sobre la Zanja Real que conducía el agua fluvial a la ciudad. Se dice que los dos primeros estuvieron en los lugares llamados Los Cangrejos (Puente de Chávez) cercano a las marismas —hoy cegadas— que se extendían hasta el puente de Agua Dulce actual, y Los Ranchitos (Zanja y Belascoaín); [...] Se sabe de cierto que el ingenio de Hernán Manrique de Rojas se encontraba en el Cerro, posiblemente sobre el río o muy cerca de él, a la vera de la Zanja. Una información no debidamente sustanciada afirma que en 1598 Antón Recio fundó uno en Guaicanamar, con los más completos equipos de la época; hay quien identifica este lugar con la villa de Regla actual. Sin embargo [...] dicho ingenio data de 1620-30 y quedó situado más al este por la zona de Jaruco, donde se encuentra hoy su nombre como toponímico. Uno de los primeros ingenios, el San Diego, se hallaba sobre el curso inferior del río La Chorrera.
“Los campos de cultivo de caña también estuvieron en la zona inmediata a la capital, (alejados de ella, situados en las costas o muy cerca de ellas, en busca de salida fácil por medio de los barcos de cabotaje) [...] En la segunda mitad del siglo se conocen ingenios cercanos a la ciudad, como el San Antonio Chiquito, en un punto que podría identificarse hoy con el espacio de la calle Zapata entre Paseo y Carlos III, cerca de la Zanja Real. Había los llamados Santa Cruz y Cerro, de difícil identificación si bien el segundo parece ser el viejo ingenio de Hernán Manrique de Rojas. Al oeste de la ciudad y relativamente cerca de la costa se hallaba el ingenio San Francisco de la Palma (hoy Jaimanitas). Por el sur, siguiendo la corriente del río La Chorrera, los ingenios habían pasado más arriba de Santiago de las Vegas y se extendían algunos de ellos entre Calabazar y La Chorrera de Managua [...]. No faltaba cierta preferencia por la zona del este de la ciudad debido a sus facilidades marítimas; en Cojímar, encontramos el ingenio San Pedro, varios más en los límites del corral Guanabo de Arriba, otros en Bacuranao y el de Juan Rodríguez en Río Piedras, extendiéndose la industria hasta las tierras de Jaruco (Guaicanamar) y Río Blanco (ingenio Garro) y, aún más allá, se encontraba el ingenio Canímar.
“Entre l700 y 1720 aparecen cerca de la ciudad los ingenios Barco y Coca (Wajay), Barandilla (Marianao), Calabazar, Quiebrahacha y Xiaraco. La industria llegó por el oeste hasta el corral Baracoa, donde se hallaban los ingenios de M. de la Cruz y de José Veitía. Por los campos de Guatao, Cano, Bejucal, Santiago de las Vegas, Baracoa, Quiebrahacha, Quemados (Marianao), Calvario, Jesús del Monte y San Miguel del Padrón”.
Le Riverend menciona una contracción de la industria azucarera ocurrida en los alrededores de 1740, causada, según afirma, por el agotamiento de las tierras, dedicadas a la agricultura desde el siglo XVI. Entre esa década y la de 1750 se trasladaron muchos ingenios s la zona este de la provincia, y hacia 1749 “en el punto de unión entre los círculos de las haciendas Managua, Bejucal y Aguas Verdes existían los ingenios Trinidad, Jesús María y Viajacas, Santa Bárbara, San Antonio de Beitía y el de Jacinto Barreto. Al este, solamente en los límites del corral Bajurayabo, había en 1753 los siguientes: San Nicolás, Jesús María, San Rafael, Nuestra Señora del Carmen, Loreto, San Vicente y Rosario. Cerca de la ciudad las antiguas zonas están representadas en 1762 por los siguientes ingenios: Coca, Duarte, Pacheco y León, en el Cano; La Chorrera, Rosario, Salazar, Retiro, San Francisco de Barco, otro Retiro, Barrera, Beatriz, Carrillo, Santa Catalina y Santo Domingo, sobre el río Almendares; San Antonio Chiquito sobre la Zanja Real; San Juan (caserío actual) y Guadalupe (La Guinera), en el camino de Santiago de las Vegas; y San Agustín, Aguacate, Ojo del Agua, San Pedro y Carbonero en el camino de Paso Seco (curso medio del río Almendárez)”.
Un poco después la proliferación de otros cultivos agropecuarios como el café, frutales, trigo y hasta cacao, este último de fugaz existencia, provocan la paulatina demolición de las haciendas azucareras. Comienza el asentamiento de grupos de población rural y ganadera, y los antiguos cañaverales ahora desmontados se llenan de hatos y corrales. El “señor de hato” o de corral, afirma Le Riverend, “era una personalidad de alta consideración social en el XVII”. Pero el incremento de la explotación agropecuaria termina por imponerse a la ganadería. Los agricultores tienen una distribución heterogénea, siendo muchos población de tránsito, inmigrantes en buscas de tierras y asentamiento, antiguos esclavos libertos..., pero estos nuevos grupos humanos mantienen el viejo molde originario: la hacienda. Aunque en el caso de San Miguel del Padrón, localidad originariamente poblada por vegueros, se mantuvieron también las características propias de esta clase de poblamiento. De las zonas más densamente pobladas surgen las villas, futuros pueblos. Y mientras, desde su centro, como una espiral vertiginosa, La Habana crece hasta convertirse en una espléndida ciudad colonial. (Continuará...)
Mucho se ha escrito, especulado y aventurado sobre la muerte de José Martí Pérez, Delegado del Partido Revolucionario Cubano en el exilio, poeta, escritor, periodista, más conocido como el Apóstol de la independencia de Cuba. Al comparar las diferentes historias sobre su deceso, encuentro que difieren casi todas en meros detalles, como por ejemplo, si murió o no de cara al sol (ya se sabe que fue en un día muy lluvioso); si estaba solo o lo acompañaba alguien; si su acompañante fue el joven e imberbe Ángel de la Guardia o si, como últimamente ha salido a la luz, había con ellos una tercera persona, el isleño Pablo Raimundo Martínez, más conocido como El Inglesito; si fue una caída en combate o no se puede calificar como tal… En fin, pormenores que en mi opinión, tienen, desde luego, gran valor histórico, pero dejan sin atención a lo que verdaderamente resulta más importante y trascendente en la muerte del hombre que fue el más grande luchador de todos los tiempos por la libertad de Cuba: ¿Cayó Martí en Dos Ríos víctima de su ardor patriótico mezclado con su inexperiencia total como guerrero, o la última acción de su existencia obedeció por su parte a un acto plenamente consciente? ¿Fue su muerte accidente o decisión? Y si se trató de una decisión, ¿fue suya… o de otra persona o personas?
Y lo que es más trascendente aún: ¿Qué hubiera sucedido si Martí no hubiera muerto en Dos Ríos? ¿Qué significó su prematura desaparición de la escena política no solo para el curso de esa guerra, sino para el destino posterior de la Isla de Cuba?
Antes de emprender un análisis referente a estas interrogantes, paréceme que se debiera dejar bien en claro la incuestionabilidad de la naturaleza revolucionaria, antimperialista e independentista del pensamiento martiano. No es, pues, en la esfera ideológica donde hurgaríamos para intentar un acercamiento a posibles respuestas, sino en honduras mucho más profundas que pertenecen a los más íntimos territorios del Ser y la conciencia. Y hasta en los límites de la sufriente y castigada carne.
El Martí que llega a Cuba para incorporarse a la lucha es ya un hombre muy enfermo, y aunque por esos días escriba en su diario: “nunca me he sentido más sano”, cosa que no dudamos porque conocemos el vigor que la Idea puede trasmitir al cuerpo físico, hoy sabemos, gracias a los avances de la medicina moderna en el campo del diagnóstico de enfermedades, que Martí padecía desde su más tierna juventud una tumoración testicular, que en el principio fue una úlcera causada por el roce de la cadena de los grilletes del presidio político que sufrió a los dieciséis años, y se convirtió, con el paso del tiempo, en una lesión grave que llevó a los médicos a extirparle un testículo. También existen testimonios de laboratorio de la época, provenientes de estudios histológicos que fueron practicados a Martí en vida que inducen a creer que él padecía una sarcoidosis, enfermedad granulomatosa sistémica de origen autoinmune que afecta a varios órganos y sistemas del cuerpo, y se caracteriza por la aparición de tubérculos epiteliales con necrosis que afectan a cualquier órgano o tejido. La dolencia cursa con remisiones espontáneas y recidivas. Se encuentra en la papelería martiana, especialmente en sus cartas, nutrido testimonio de que el Apóstol vivió su breve vida acosado por sus síntomas. He aquí algunas de sus quejas con respecto a la toma del pulmón por la enfermedad: “Ceso de escribir porque la hormiga del pulmón no me deja trabajar”*; “Llevo un pulmón encendido y como desnudo”; “Llevo al costado izquierdo una rosa de fuego, que me quema, pero con ella vivo y trabajo”; “Me estoy quedando sin pulmón”. No menos lo mortifica su hígado: “El verano me ha caído con furia sobre el hígado”; “He estado en cama, como todos los veranos, con un odioso ataque de bilis que me ha tenido casi el mes sin conciencia de mí”; “Aquí me quedo clavado en mi roca, viendo cómo el águila se me lleva los pedazos de mi hígado”.
Martí padecía, además, de hinchazones en los ojos, que los médicos le diagnosticaron como una manifestación propia de la sarcoidosis que a menudo se confunde con uveitis o conjuntivitis. También lo aquejaban manifestaciones neurológicas de su patología, como desmayos que él mismo calificaba de “largos y mortales” y que también pudieron obedecer a bloqueos cardíacos producidos por la enfermedad: “A usted le contaría yo, seguro de que no se reiría de mí, las morideras que me tienen tan silencioso…”. Las manos se le helaban o entumecían y sentía ardores en las plantas de los pies (parestesias). Lo aquejaban altas fiebres y frecuentes disfonías que en ocasiones lo llevaban a una mudez total mantenida por varios días: “Todo yo estallo. De adentro me viene un fuego que me quema, como un fuego de fiebre, ávido y seco. Es la muerte a retazos”.
En algunos de sus retratos se aprecia a simple vista la caída del párpado derecho, síntoma que produce la sarcoidosis al afectar el tercer nervio craneal, lo que también fuera, quizá, causa de las frecuentes cefaleas que padeció Martí, aunque pudieron ser de carácter migrañoso, puesto que se refiere más de una vez en sus cartas a la molestia que durante esas crisis le causa la luz (fotofobia); en carta a María Mantilla escribe: “Una noche tenía como encendida la cabeza y hubiera deseado que me pusieras tus manos en la frente”. Tampoco le ahorraba su corazón cuitas, y en otra epístola deja constancia de que: “…aunque tengo en el lado del corazón un como encogimiento, y un dolor que no cesa un instante (…) y salta más de lo que debe, no me quejo…”.
Lo aquejan con harta frecuencia cólicos y diarreas: “A mi doctor, (digan) que soy todo flemas, coral y retortijones”. Lo atormentaban intensos dolores de estómago que algunos de sus médicos atribuían a perforaciones intestinales causadas por sus úlceras inguinales, las cuales, a su vez, le provocaban dolorosas adenopatías en las ingles que le dificultaban la marcha. Aquejado por todos estos sufrires, siempre débil, enfermizo, perdiendo peso y abrumado por el exceso de trabajo que constantemente se imponía, solía ayudarse de un preparado de la época, llamado Vino Mariani, una copa del cual constituía muy a menudo su único alimento, y que era “un vino medicinal con propiedades tónicas y estimulantes” creado a base de hojas de coca maceradas, muy de moda en la época y consumido por personalidades de todas las esferas de la sociedad, entre las cuales se contaban nombres tan ilustres como los del inventor Thomas A. Edison, el presidente norteamericano McKinley, la actriz Sarah Bernhardt, los generales Grant y Pétain, escritores como Emile Zola, Anatole France, Julio Verne, Henrik Ibsen, Paul Verlaine, Robert L. Stevenson, los médicos Charcot y Freud, el Príncipe de Gales, la reina Victoria, el zar Alejandro II, el Sha de Persia y hasta el Papa León XIII.
Si a tantísimo sufrimiento físico se le suman las penas graves del alma, como las producidas por la separación de su familia y de su hijo, que le llevan a escribir en sus cartas frases tan desgarradas como esta: “Vivo con el corazón clavado de puñales desde hace muchos años. Hay veces en que me parece que no puedo levantarme de la pena”, y se le terminan por añadir las muchas decepciones que le causaban las miserias humanas y la imperfecta y en ocasiones deleznable naturaleza de los hombres, estaremos en presencia de un ser profundamente atormentado y presa de sufrimientos físicos y morales espantosos.
Pero si al llegar a este punto conclusivo creemos que ya se ha dicho todo, nos engañamos. Queda aún por explorar un oscuro rincón del alma de Martí al que no deben de haberse asomado muchas personas, porque pertenece a la clase de ámbitos que un hombre de honor mantiene secretos y mistéricos hasta que la Muerte lo reclama. Me refiero al conflicto, que se deja apenas entrever, entre su pensamiento revolucionario convencido de la absoluta necesidad de la guerra, y ciertos escrúpulos éticos cuya presencia no debe sorprendernos en un hombre de su infinita sensibilidad humana y su innegable espíritu crístico que ardía de amor por sus semejantes. Mientras investigaba para este trabajo reparé en unas frases que había visto antes y me habían llamado la atención, pero sobre las cuales no me había detenido a reflexionar debidamente. Algunas las escribió en su diario de campaña la madrugada del 26 de abril. No las cito aquí en su totalidad por falta de espacio, pero glosadas, aluden a las habilidades sanadoras que recién acaba de descubrirse y que le proporcionan intenso placer: “Sentía anoche piedad en mis manos, cuando ayudaba a curar a los heridos”, escribe, y dos días después añade: “…tengo acierto (…) sin más que saber cómo está hecho el cuerpo humano y haber traído conmigo el milagro del yodo. Y el cariño*, que es otro milagro…, en el que ando con tacto y rienda severa, no vaya la humanidad a parecer vergonzosa adulación”. Sobre esta piedad física hacia los cubanos heridos en combate volveré a comentar más adelante.
Otra de las frases que me han parecido muy curiosas se encuentra en una anécdota acaecida unos meses antes de la guerra. Se encontraba una noche Martí en un cuarto cedido para su descanso por el patriota Luis A. Baralt y Peoli, quien de repente escuchó “suspiros profundos y quejidos lastimeros” provenientes de la habitación. Baralt, creyendo a Martí en apuros o víctima de una pesadilla corrió a prestarle auxilio, pero lo encontró perfectamente despierto y al parecer muy atribulado. Al interrogarlo sobre la causa de su aflicción Martí exclamó: “¡Ay, las madres, las madres, cuánta sangre y cuántas lágrimas van a correr en esta Revolución a que voy a lanzar a mi país!”. Esta escena, que parece sacada de uno de los momentos más intensos de una de las más altas tragedias del teatro griego clásico, es altamente reveladora de la presencia de una contradicción ontológica y quien sabe hasta qué punto autodestructiva en el alma del Maestro. Su implacable y extrema lucidez lo inducía a mirarse a sí mismo, en ese desdoblamiento temible que alcanzan los grandes Iluminados, al unísono como Redentor y como Verdugo de muchos seres.
¿Habría, acaso —me permito preguntar— alguna relación entre ese verse a sí mismo como a un Rebis de dolorosísima legitimación y esa piedad que le brota del núcleo mismo de su hombría como descubrimiento, como revelación casi, cuando sus manos llenas de piedad tocan las llagas en los cuerpos de los cubanos heridos en combate? ¿No es este acaso el mismo sentimiento, horroroso al tiempo que sublime, que se apodera de una madre quien, en vísperas del combate que sabe último y mortal, coloca sobre el cuerpo del hijo las armas de la guerra? Los heridos que curaba ¿no se habrá reprochado Martí que sean las mismas criaturas a quienes él lanzó al dolor y la Muerte? ¿No serán los que cure al día siguiente nuevas víctimas de esa Revolución de la que se siente si no único, sí máximo responsable? ¿Podría significar el sueño narrado en su célebre poema de los Versos sencillos “Sueño con claustros de mármol”, un típico sueño de angustia donde el soñante asiste a la metáfora del peso inmenso que significa la mirada implacable de los héroes posándose en su persona, cual si le reclamaran por el éxito o el fracaso de esa terrible aventura a la que va a arrastrar a todo un pueblo, su pueblo? Hay que establecer una nítida diferencia entre la concepción martiana de la guerra necesaria como único camino para que Cuba alcanzara su libertad, y la postura personal del hombre Martí ante la guerra como fenómeno ontológico, ante la cual, hombre de letras, místico, poeta y ante todo, humanista, mostró siempre profundo rechazo.
Siempre he creído que aunque pudieran establecerse mil teorías alrededor de la muerte de Martí, ninguna llegará a gozar de suficiente acreditación histórica mientras siga faltando la pieza que es, en mi humilde opinión, clave imprescindible para conocer la verdad: las páginas del Diario de campaña de Martí donde escribió sus impresiones sobre la reunión privada que sostuviera con Gómez y Maceo en La Mejorana. Los comentarios de quienes estuvireron allí aquel día hablan con harta elocuencia de que durante ese encuentro sucedieron cosas muy negativas que causaron profunda perturbación en el ánimo del Apóstol. Pero aún sin esas páginas que Gómez destruyó en un gesto tan inconveniente como comprensible, es sabido que existían fuertes contradicciones entre Gómez, Maceo y Martí; que las relaciones de estos dos últimos eran tensas y difíciles; que Maceo había cuestionado a Martí en público y en privado en más de una ocasión, y que la cuestión de la Presidencia de Cuba una vez alcanzada la victoria mambisa sobre España era un tema candente, que debió devenir puro fuego cuando, luego de su desembarco por Las Coloradas, Martí se encontró con que las tropas y los campesinos le llamaban no Delegado, como él hubiera admitido, sino Presidente. Es de suponer que los jefes guerreros de alta jerarquía, quienes no sucumbían a la enorme impresión que hacían el prestigio, la presencia y el verbo de Martí sobre los hombres de filas, no se sentirían muy a gusto con aquel calificativo espontáneo que brotaba de los labios del pueblo y que, automáticamente los excluía del poder.
El Martí de Dos Ríos, quien desobedece la orden de Gómez de refugiarse en la retaguardia mientras la tropa se lanza al combate —orden que aún cuando fue dada en medio de la agitación del momento y con el único fin de protegerlo, no deja de revestir cierto carácter descalificante, que no descalificador— es, pues, un individuo ya casi mortalmente enfermo, con el alma transida por múltiples dolores, decepcionado de los hombres y tal vez convencido de que su misión de antorcha, ahora que ya la guerra necesaria está en marcha, ha terminado, y su presencia, que creyera tan necesaria antes de pisar tierra cubana (“Yo evoqué la guerra: mi responsabilidad comienza con ella, en vez de acabar”), intuye ahora (después de La Mejorana) que, más que hacer bien a la causa de la independencia, podría convertirse en un elemento de disturbio tras la victoria cubana, llegada la hora de constituir la nueva nación. El germen de este ánimo donde la prístina luz parece haberse opacado ante la pena, se encuentra ya esbozado (¿?) en la famosa carta que Martí escribiera a Federico Hernández y Carvajal desde Montecristi, el 25 de marzo de 1895, a menos de treinta días de su trágico fin. Carta contradictoria, complejísima, donde Martí se propuso, tal vez, dejar plasmado su pensamiento político para las generaciones venideras, pero en la que, por detrás de esta posible intención testamentaria, se sienten latir dos pulsos al unísono; dos pulsos que muestran certezas y temblores en justa; dos pulsos donde la misma fuerza de argumentos se bate desde una y otra orilla del pensamiento de su autor. Reproduzco un fragmento con el riesgo que —no ignoro— comporta mutilar un texto:
Para mí la patria, no será nunca triunfo, sino agonía y deber. Ya arde la sangre. Ahora hay que dar (…) sentido humano y amable, al sacrificio; hay que hacer viable, e inexpugnable, la guerra; si ella me manda, conforme a mi deseo único, quedarme, me quedo en ella; si me manda, clavándome el alma, irme lejos de los que mueren como yo sabría morir, también tendré ese valor. Quien piensa en sí, no ama a la patria; y está el mal de los pueblos, por más que a veces se lo disimulen sutilmente, en los estorbos o prisas que el interés de sus representantes ponen al curso natural de los sucesos. De mí espere la deposición absoluta y continua. Yo alzaré el mundo. Pero mi único deseo sería pegarme allí, al último tronco, al último peleador: morir callado. Para mí, ya es hora. Pero aún puedo servir a este único corazón de nuestras repúblicas. Las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra América, y el honor ya dudoso y lastimado de la América inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo. Vea lo que hacemos, Vd. con sus canas juveniles, y yo, a rastras, con mi corazón roto. Y en otra parte de su obra escribió: “Espanta la tarea de echar a los hombres sobre los hombres”.
"Para mí ya es hora", y "Vea lo que hacemos, Vd. con sus canas juveniles, y yo, a rastras, con mi corazón roto".
"Para mí ya es hora…"
Sí, el Martí de Dos Ríos se me antoja un hombre acorralado por circunstancias que le rebasan, pero que aún quiere, con toda la fuerza que conserva intacta en su alma apasionada, servir a este único corazón de nuestras repúblicas. Y es aquí donde la tesis de la muerte concebida como ritual de sacrificio adquiere ominoso sentido: la famosa muerte masónica, diseñada dentro de un triángulo, dos de cuyos lados son los dos ríos. Quien ya no sirve para la Vida, puede todavía servir a la Muerte como víctima propiciatoria. Quien ya no tiene lugar en la existencia siempre puede inmolarse para que la Patria encuentre su lugar en el mundo. El pequeño hombrecito que lanza su caballo en medio del fuego enemigo, deja de ser ante nuestros ojos ciegos un guerrero irreflexivo e inexperto para trasmutarse en el Homagno, el gigante humano que elige su salida de escena., que se entrega a sí mismo como manjar y ofrenda a los celosos dioses del alibi.
QUÉ HUBIERA SIDO SI…
Y para terminar este trabajo, quiero correr el riesgo de error que entraña todo intento de responder a una gran interrogante de la Historia: ¿Qué significó para el destino de Cuba la temprana muerte de José Martí? Pregunta que plantea de inmediato otra pregunta: ¿cuántos años hubiera vivido Martí después de la victoria, teniendo en cuenta que era un hombre casi mortalmente enfermo, y muy probablemente ya aquejado de un cáncer como estadio final de su sarcocele?
De una cosa estoy absolutamente segura: Martí jamás habría disuelto el Partido Revolucionario Cubano como hizo Tomás Estrada Palma, quien lo sucedió como Delegado del Partido y fuera primer Presidente electo de la República de Cuba. Con un hombre de la inmensa talla moral, intelectual y política de Martí y un Partido fuerte cohesionado a su alrededor, probablemente el Gobierno de los Estados Unidos no se habría atrevido (tal vez ni se le habría ocurrido) a poner a un lado al ejército mambí; casi con toda seguridad no habría habido un Tratado de París. Nunca hubieran sucedido las Intervenciones norteamericanas ni la Enmienda Platt. Y con total certeza jamás los generales hubieran podido apoderarse de Cuba ni establecer la corrupción como estilo permanente de gobierno. Jamás quiere decir aquí mientras Martí viviera.
Y cabe preguntarse qué giro habría impreso Martí a la política cubana, siendo conocido su rechazo a los métodos violentos del anarquismo europeo. Al respecto cabe citar aquí un párrafo tomado de la biografía Nestor Leonelo Carbonell, como el grito del águila, de Oscar Ferrer Carbonell (Premio del concurso Biografía y Memorias, de la editorial de Ciencias Sociales), que culmina con un estudio muy interesante sobre la posición de Martí con respecto al socialismo de su época:
“Si bien existen trabajos en los cuales el Apóstol dejó bien definidas sus posiciones, ideas y críticas con respecto al socialismo europeo, hasta hoy no se conoce en su vasta obra lugar alguno en que haya reflexionado en profundidad sobre la conveniencia o no de aplicar esta corriente al sistema que debía constituirse en la isla tras la derrota del poder colonial y la implantación de la República”. Y Cantón Navarro, en su libro Algunas ideas de José Martí en relación con la clase obrera y el socialismo afirma categóricamente que Martí “nunca llegó a tener un conocimiento total de las ideas marxistas…”.
Pero la prematura muerte del más grande de todos los cubanos nos deja inermes ante las interrogantes más viscerales de nuestra Historia. El ejercicio intelectual más arduo de todos los que el hombre pudiera concebir, qué hubiera sido si…, adquiere en este caso ribetes trágicos, porque jamás podrá llegar a ser desentrañado.
Una estrella radiante, una vida convulsa y breve, una leyenda, una canción, una obra de teatro, un ballet, un filme muy polémico… A pesar de tantos dioses rotos durante cinco décadas, el mito Yarini está muy lejos de morir y cada día parece cobrar nueva vitalidad en el imaginario de La Habana, ciudad portuaria que a pesar de los cambios sociales ocurridos en el país a partir de la histórica fecha de 1959 no puede, ni podrá jamás, sustraerse a su condición de puerto de mar ni a la naturaleza cosmopolita, promiscua, efervescente y sórdida que tal destino impone.
Pocos días antes de que me fuera encomendada la escritura de este trabajo conocí a un habanero bellísimo, con menos de treinta años, amante de la cultura y posiblemente con el mundo a sus pies… que acostumbra limpiar de polvo y hojarasca la tumba de Alberto Yarini y Ponce de León, con la misma pasión y lealtad que si lo hubiera conocido. Inmersa en la búsqueda de datos por Internet, topé también con un foro donde alguien hablaba extensamente de Yarini y publicaba fotografías poco recordadas, y en cuyo recuadro de comentarios se leía poco menos esto: “No importa, men, tu recuerdo no muere y siempre habremos otros como tú que mantendremos en alto…” He olvidado el resto. He caminado por San Isidro pronunciando en alta voz el nombre de Yarini, y he visto arder en muchos ojos la llama inextinguible de la veneración. Aunque no logro verlo como otra cosa que como el chulo, el proxeneta explotador de mujeres que realmente fue, tengo que admitir que para muchísimos cubanos sigue siendo alguna misteriosa clase de héroe popular espontáneo, de esos que no requieren del culto oficial repleto de banderas y consignas. Yarini reina por derecho desde los silenciosos territorios de la muerte, lo mismo que una soprano que desgrana con el mayor éxito la más difícil y estridente de las áreas operáticas sentada en un taburete que le oprime el diafragma.
RADIOGRAFÍA DE UN REY DEL CRIMEN
Nacido bajo el signo de Acuario, un 5 de febrero de 1882, en el seno de la acaudalada, que no realmente aristocrática, familia Yarini-Ponce de León, e hijo de Cirilo, cirujano dentista, miembro fundador de la Sociedad de Odontología y catedrático titular de la Escuela de Cirugía Dental de la Universidad de La Habana, y de la muy respetable dama Juana Emilia, tan virtuosa del piano que llegó a tocar para Napoleón III en Las Tullerías,Alberto fue el último de tres hermanos y el mimado de su señora madre. Cursó estudios en el colegio habanero San Melitón y después fue enviado a proseguir su educación en los Estados Unidos, de donde regresó a los 19 años para convertirse de inmediato en el clásico representante de la juventud burguesa de su época: es decir, un habitué de la Acera del Louvre, donde él y sus amigos distinguidos, ninguno de los cuales trabajaba, acudían cada tarde a colocar sillas en la acera para “ver pasar a la gente”, beberse unos tragos, pavonearse luciendo trajes cortados a la medida, hechos con las mejores telas y adornados con yugos, leontinas, botonaduras y pasadores de corbata que valían fortunas, y entregarse a francachelas nocturnas entre gente de baja estofa..
Alberto, además, era de gran belleza física, y aunque su estatura distaba bastante de ser elevada (la altura no era común en los varones cubanos blancos de la época) —pues solo medía cinco pies seis pulgadas y su peso corporal era de unos sesenta kilogramos—, poseía gran porte natural, incrementado por su dandysmo: “Bien rasurado y mejor peinado; de hablar pausado, en voz baja y bien modulada; con un refinamiento que le venía desde la cuna, hablaba el español y el inglés con la perfección de quien no posee gran cultura, pero ha estudiado en escuelas de ambos idiomas; era educado, sabía escuchar a los mayores en edad y jerarquía; cruzaba los cubiertos cuando le hablaban; era todo sonrisas y gestos refinados con las damas cuando se encontraba en el mundo social, político y familiar” , mientras que en San Isidro, rodeado de la hez moral de la ciudad, “era el guapo al que había que hablarle bajito y rendirle pleitesías y respeto” .
Según testimonio de los afamados músicos Gonzalo Roig y Sindo Garay, y de otras muchas personas que le conocieron, Yarini tenía una peculiaridad en su carácter que llegaba a inspirar miedo hasta a los hombres más “duros” y marginales de San Isidro: era capaz de pasar de la tranquilidad más asombrosa a estados desmedidos de ferocidad, durante los cuales podía golpear brutalmente a quien hubiera provocado su ira. En cierta ocasión, cuando almorzaba en el restaurante El Cosmopolita con amigos y correligionarios del partido Conservador, al cual pertenecía, y entre quienes se encontraba aquel día un valiente general negro de la Guerra de Independencia, advirtió que en una mesa vecina dos norteamericanos parecían burlarse del hombre de oscura piel. Tras pedir a sus amigos que se trasladaran a otro local, Yarini se dirigió solo hasta la mesa de los americanos y la emprendió a puñetazos con el más hablador, fracturándole la mandíbula y rompiéndole varios dientes a quien luego resultó ser el mismísimo representante de la Legación norteamericana en Cuba.
Simpático, generoso, distribuía por igual monedas y palmadas entre los habitantes del barrio de San Isidro, el peor afamado de la ciudad y célebre en el extranjero, donde al pasar por un café al aire libre, de esos tan comunes en las capitales europeas, se podía escuchar entre la concurrencia la entusiasta pregunta: “Cuando estuviste en La Habana, ¿no fuiste a San Isidro?”. Yarini era el amigo de pobres y ricos, de negros y blancos, el protector afable y accesible a quien siempre se podía recurrir con la certeza de no ser defraudado. A pesar de su elegancia y de que nunca renegó de su clase ni abandonó su casa paterna ni el círculo social al que pertenecía, no discriminaba ni al más humilde habitante de su crapuloso reino. Pagaba con su propio dinero los alquileres de unas cuantas negras viejas retiradas ya de la prostitución, quienes lo adoraban y halagaban cocinándole con primor toda clase de dulces tradicionales criollos, y no tenía reparo en irse a tomar un refresco en un cuchitril de mala muerte, entre el resudor de los portuarios y la mezcla de aromas baratos de las prostitutas. De él se decía en San Isidro que era “hombre a todo”, esa frase de tan rara densidad en su simple construcción, que ha sobrevivido a cuatro siglos de uso inveterado por todas las clases sociales de la isla de Cuba.
Este hombre extraño que se movía como un pez entre dos aguas bien distintas, que hacía el recorrido por las accesorias de sus putas para recaudar ganancias, que mantenía en su domicilio de Paula 96 entre tres y siete hembras que trabajaban para mantenerlo con el sudor de sus muslos, que brabuconeaba hacia los cuatro puntos cardinales y se liaba a puños y balazos con lo peor de las alcantarillas con el mismo entusiasmo con que se iba a bailar a los peores salones de La Habana, tenía otra vida de hábitos muy regulares, que incluían desayunar cada día en la casa de sus padres, reunirse con los correligionarios de su partido, ir en las noches a la Ópera y otros centros de cultura de élites y cortejar, o ser amante, de distinguidas damas de la aristocracia y la alta burguesía habanera. Yarini no hacía un secreto de su ambición de postularse para concejal y, en un futuro no muy lejano, llegar hasta la silla presidencial. Gonzalo Roig, en la entrevista que le realizara L. Cañizares para su libro San Isidro, 1910, hizo una observación curiosa y muy reveladora para la posteridad: dijo que El Rey tenía una conversación agradable, pero absolutamente insustancial.
NOSOTROS LO UTILIZÁBAMOS…
Yarini tenía carisma natural y talento genético (o astrológico, como se prefiera llamarlo) para las relaciones humanas, pero en algún momento de su vida debió realizar algún aprendizaje que reforzó sus cualidades innatas para la seducción y manipulación de personas cualquiera fuera su género. En todo caso ya las poseía en grado sumo cuando se apareció por San Isidro y en poco tiempo logró hacerse respetar y apoderarse de los hilos de dominación hasta ser reconocido como El Rey. El gran escritor cubano Alejo Carpentier lo recuerda jinete en su caballo blanco de cola trenzada y un costo de miles de pesos oro, paseándose con gallardía a la cabeza de las manifestaciones de su partido. Pero Yarini no era el único en cabalgar, ni el único en salir a pasear cada mañana su pareja de galgos (no de perros san Bernardo como aseguró el periodista Leonardo Padura en su interesante artículo La guerra de las portañuelas, publicado hace ya muchos años en el diario Juventud Rebelde), ni debió ser el único hombre que deambulaba sin guardaespaldas por las peligrosas y estrechas calles del barrio marginal. ¿Por qué, entonces, sobresalía entre todos; por qué llegó a ser el primus inter pares cuando no todos los proxenetas de San Isidro eran chulitos de café con leche? Yarini, a pesar, o tal vez por causa de su costado rufianesco, tenía madera de líder.
Y fue esto sin duda lo que atrajo sobe él las miradas del poderoso partido Conservador, donde militaban los políticos de clase alta, a la que también perteneció Yarini, y que explotaron la popularidad que gozaba el “blancazo lindo” no solo entre prostitutas, proxenetas y toda clase de tahúres que habitaban el barrio, sino entre la gente decente y pobre, como los tabaqueros, portuarios y domésticas que compartían la vida miserable de aquella zona “prohibida de la capital”: “Sí —afirmó en entrevista a D. Cañizares Federico Morales Valcárcel, líder del partido Conservador)—es verdad que nosotros aprovechamos también esa popularidad suya (de Yarini) para ganar adeptos en los barrios cercanos al puerto, porque había muchos estibadores y portuarios que nos podían proporcionar innumerables votos (…) No podíamos pasar por alto que Alberto Yarini tenía a aquella gente en sus manos (…). Por eso, entre otras cosas, lo utilizamos”.
“LOS GUAYABITOS SE REÍAN POR LAS CALLES AL PASAR FRENTE A LAS CASAS DE LOS FRANCESES…”
Los apaches, como llamaban los cubanos a las pandillas de chulos franceses de San Isidro capitaneadas por el parisino Luis Letot, eran tan levantiscos como sus homólogos del patio, pero Letot, de temperamento tal vez no demasiado violento y que se anotaba al savoir vivre, al par que extrañamente filosófico, acostumbraba decir que había que “vivir de las mujeres, y no morir de ellas”, y podía mostrarse en ocasiones tan exquisito como un cortesano de Versalles. Así se comportó con Yarini cuando este le robó escandalosamente la joya más valiosa de su último cargamento de prostitutas desembarcado en La Habana, la pequeña Berthe, hermana de su concubina Jeanne Fontaine, y por tanto su propia cuñada. Berthe, de 21 años, rubia y de ojos azules, era una absoluta lindura, según juicios de quienes la conocieron, y se la tenía como la mujer más bella que paseó zapatos por las estrechas calles del barrio. Yarini en persona anunció a Letot su relación con Berthe, y el francés se encogió de hombros, y lo mismo volvió a hacer cuando Yarini, días después, llamó a su puerta acompañado por dos de sus más vulgares seguidores y le exigió que le entregara toda la ropa de Petit Berthe. Y no contento con eso, poco después, completamente solo y paseando a sus perros, pasó frente a la casa de Letot y al verlo parado en la puerta, le gritó burlón a voz en cuello que guardara muy bien a sus putas, porque la Petit Berthe no bastaba para calmarle la calentura que tenía en aquellos días. ¿Se había enamorado Yarini de la diminuta francesita? Raro amor, porque la hacía prostituirse cada noche en una accesoria tan inmunda como la de la peor puta negra de la peor calle del barrio. ¿Había enloquecido tal vez? O quizá solo honraba el código machista que reina siempre en los emporios donde está ausente la civilización y el vicio se enseñorea de los hombres. O a lo mejor la sustancial irresponsabilidad de su carácter llegaba hasta hacerlo sentir invulnerable... Letot, sin perder la calma, le respondió: “Yo me voy a morir una sola vez”, y esa simple frase actuó como el conjuro que decretó la extraña tragedia donde fueron protagonistas dos antihéroes. Días después los dos capos caían abatidos a balazos en una embestida que nunca ha sido del todo aclarada para la Historia, y en la que participaron, de un lado, Letot revólver en mano disparando contra Yarini a quemarropa en plena calle y sus compinches armados tirando desde las azoteas, y del otro un Yarini que supuestamente no alcanzó a disparar su revolver, seguido de un Pepe Basterrechea que, de un solo tiro en medio de la frente, tendió difunto a Letot sobre las sucias piedras de la calle. Diez mil personas asistieron al entierro del Rey de San Isidro en un país de poco más de dos millones de habitantes; inmediata vendetta de los guayabitos que esperan el regreso de los coches, puñaladas, apaches muertos y heridos y una guerra que tres años después terminaría con el cierre del barrio por decreto gubernamental. Así fue el desenlace.
¿AMIGOS…?
El cabo suelto en la muerte violenta del Rey de San Isidro fue José Basterrechea, joven vizcaíno de gran belleza física y elevada estatura, al que un encuentro casual con Yarini en el gabinete dental del padre de este convirtió en su mejor e inseparable amigo por razones que escapan a una total comprensión. Pepito era de extracción humilde, y aunque poco después de que se conocieran cuidó a Yarini como una madre luego de que este se accidentara al caer desde un balcón, lo que le valió la gratitud de don Cirilo, lo cierto es que seguía comiendo en una fonda de mala muerte a donde Yarini acudía cada tarde puntualmente después de cenar en la casa paterna, solo para encontrarse con Pepito y de ahí continuar en su compañía las andanzas noctívagas por su reino de semen y vaginas. A pesar del protagonismo que le daba su cercanía con Yarini no se le conoció como chulo, y como tampoco trabajaba, hay que concluir que Yarini los mantenía a él y a su madre, quien detestaba esa relación y no cesaba de rogar a su hijo que se apartara de tan peligrosa amistad. Según testimonios, luego del fallecimiento de Yarini, Pepito mantuvo hasta su propia muerte en la pared principal de todos sus domicilios un retrato de cuerpo entero de Yarini, y se afectaba visiblemente cuando se le nombraba en su presencia. Existe una foto de los dos amigos en la que Yarini está sentado y Pepito, de pie a su lado, descansa su antebrazo sobre el hombro del Rey en una pose extrañamente familiar, casi íntima. En la época, tal colocación era la usual en las fotos de parejas, donde el hombre se mantenía gallardamente sentado mientras la mujer, de pie a su lado, posaba discretamente para la cámara envuelta en sus atavíos nupciales. Pero lo más curioso fue la nota que Yarini escribió con mano temblorosa en un recetario de hospital de Emergencias minutos antes de que los médicos le practicaran una laparotomía en vano intento por salvarle la vida. En ella se culpaba de haber disparado con su arma la bala que mató a Letot, exonerando así de toda responsabilidad a su querido Pepito, pero… al entregársela al cirujano que iba a operarlo, le advirtió que solo la diera a la policía en caso de que él no sobreviviera a la intervención, pero si lograba vivir, debía devolvérsela. ¿Qué habría pasado con Pepe si el Rey se hubiera salvado? ¿Se trataba de otra de las manipulaciones de Alberto Yarini, en el umbral mismo de la muerte y a costa de quien, desde el primer encuentro, puso enteramente su vida en tan dudosas manos?
Es muy breve este espacio para un análisis profundo de la personalidad de Alberto Yarini y Ponce de León. Pero una mirada exhaustiva a su vida y su leyenda me deja claro que se trató de un hombre superficial y ambicioso dotado de gran carisma personal, del don del liderazgo, del gusto por el vicio y el peligro y de una enorme habilidad para manipular a sus semejantes, de todo lo cual usó sin restricciones en la vana función de alimentar su insaciable egolatría, sí, pero también para alcanzar grandes triunfos sociales que, de no haber detenido la muerte, pudieron llevarlo hasta el Palacio Presidencial de la República de Cuba. ¿Héroe? ¿Tahúr? Simplemente un criollo pragmático mal criado desde la cuna acaudalada, con delirio de grandeza y una veta de crueldad que le permitía cosificar a las “infelices Mesalinas” que cada noche “raudal de oro vierten a tus pies” —como dice un verso de la canción que le compuso Sindo Garay—, ya que solo desde esa posición mental de frialdad patológica y suprema insolidaridad humana podía desentenderse de la profunda tragedia de las mujeres a quienes explotaba y vendía sin la más mínima compasión ante su desgarramiento físico y emocional.
Un chulo, un proxeneta. Los héroes son otra cosa.
Entrevista al pintor cubano Damián Hidalgo Bulté
Damián Hidalgo Bulté, joven pintor camagüeyano que pronto presentará su novena exposición personal Penumbras y habaneras, accedió a conversar con Radio Ciudad de La Habana. Graduado de la Escuela Nacional de Bellas Artes San Alejandro, miembro del Fondo Cubano de Bienes Culturales, con ocho exposiciones individuales y veintitrés colectivas entre los años 1993 y 2008, y obras colocadas en colecciones individuales en más de diez países de Europa y América, se ha desempeñado también como ilustrador de editoriales cubanas y de varias ediciones de la Feria Internacional del Libro de La Habana. Su obra plástica se inscribe dentro de una tendencia que oscila entre el surrealismo y el realismo subjetivo.
En este proyecto intento recrear mi naturaleza surrealista y mi crítica sutil de la realidad, enfatizando en la realización figurativa y la factura detallista, ejecutadas en diversos formatos. Hago una severa alusión a lo objetual, y en ocasiones la figura humana y el objeto se subsumen en la técnica del collage. Utilizo el papel periódico, que por su fragilidad es maniobrable, e incorporo como elementos compositivos importantes la vela y el periódico, con los cuales hago una combinación sugerente que mantengo siempre en los límites de la subjetividad.
Expreso en cada obra un contenido de actualidad nacional. En mi pintura el papel periódico funciona más como metáfora testimonial que como materia pictórica. La técnica que he adoptado para expresarme en este proyecto consiste en forrar con las páginas del diario oficial tanto el lienzo como cualquier soporte tridimensional que utilice, con el objetivo de enriquecerlos mediante el aprovechamiento de detalles de la información. La utilización del collage me permite crear un contrapunto que es, a la vez, complementario entre noticias reales y ficticias. Asumo la figura humana a través de la mujer y la problemática recurrencia de su condición dentro de la isla. Convierto todo su mundo referencial en color, contraste y pincelada, y la ubico como elemento central en estos ambientes de velas, humo y periódico, en los que inserto humanos modélicos, poses, naturalezas muertas y objetos, procurando conseguir un amplio registro; pero es la vela, incrustada en la fina capa del papel, la materia estructural de estos personajes Tanto las velas como el ecológico periódico tratado al óleo y a la técnica mixta son elementos que, aunque por sí solos no sinteticen el mensaje, se convierten en factores de un rejuego que el espectador puede visualizar sin que le resulte necesario divorciarse de sus contextos conocidos, de su percepción habitual del entorno familiar. Mi pintura tiene como trasfondo temas naturales, y como primer plano un tratamiento de lo circunstancial basado en la aplicación de un color fuerte, en la imitación del óxido y otras texturas de lo corroído como, por ejemplo, en “Siesta, Paño rojo y Norte”, sin que falten los tonos apastelados o nacarados, y hasta descoloridos, que intensifican la fluencia textural, el color y el volumen del periódico. La transparencia torna traslúcida la escritura, y refuerza el contenido de los mensajes extraídos de la prensa, por lo cual ostenta una importancia crucial en la terminación y detalle de la obra.
Las instalaciones se convierten en objetos de tamaño real forrados con papel periódico, los cuales hago coincidir en un espacio común. Prefiero usar objetos ordinarios. Transformo el lugar, hago una habitación dentro de otra. Por ejemplo, “Vamos a Coppelia”, instalación expuesta en la Séptima Bienal de Escultura, refiere a una mesa con sus habituales platos, todo forrado con periódico, todo lleno de información, noticias e imágenes actuales aludiendo a un Coppelia de textos de diminutas letras, donde pudieras sentarte a leer la información recurrente y mas actual de la nación. Con el televisor sucede otro tanto, aunque el sonido adquiere en la obra un doble protagonismo. Convierto, además, esta tecnología moderna en un objeto sencillo y lleno de información visual de carácter plástico, donde la lectura se hace fácilmente identificable: una propuesta más, inmersa orgánicamente en este andamiaje de velas, periódicos, metales oxidados, clavos, hojas secas y personajes hibernados, conjunto con el que pretendo hacer reflexionar al espectador sobre este mundo cubano complejo y agotado, pero no por eso menos poético.
“Penumbras y Habaneras” es un intento por corporeizar y trasmitir las raras atmósferas de la isla y sus mínimos rincones extraviados, envueltos en la artificial oscuridad del apagón. En estos ambientes que muy a nuestro pesar denotan una intensa poesía, queda siempre de manifiesto el altruismo de la femme habanera, su cultura, su religiosidad, y simpatía…., el perfecto y muy ambiguo estado de lo viejo, los empastes largos, el óxido corroído por el tiempo, la simbólica vela y, más aún, el periódico incisivo e incidente en la mirada que, implicada en las circunstancias actuales, siempre es fuente de inspiración.
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