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Hija del aire

Categoría: Sobre literatura

12/12/2007 GMT 1

CRÍTICA LITERARIA

hijadelaire @ 13:55

Hacer una lectura crítica de un libro como Los nuevos paradigmas, de Jorge Fornet, es una tarea que se presenta difícil, especialmente por la definición que el autor hace de su texto al subtitularlo  Prólogo narrativo al siglo XXI, lo que coloca al lector ante la sospecha de estar asistiendo  a  una especie de acto anticipatorio no exento de cierto soplo sibilesco. Se sabe, sin embargo, desde las primeras páginas del volumen, que el crítico Fornet tuvo, para esta escritura, el apoyo de una beca posdoctoral otorgada en 2003 (tres años antes de que este libro obtuviera el Premio Alejo Carpentier de Ensayo) por el Latin American Studies Center de la Universidad de Maryland. Si a este hecho se le suma que Jorge Fornet dirige desde hace tiempo el Centro de Investigaciones Literarias de la Casa de las Américas, ya el impacto inicial que ha sufrido el lector va tornándose en una confianza de la que el autor no desmerece en ningún momento de la lectura.

Porque aunque se comulgue o no con los planteamientos que Fornet hace a lo largo de estas páginas sobre diversos temas que competen al orbe literario cubano, es preciso reconocer su extrema lucidez en la apreciación de realidades que han sido muy enmascaradas por algunos creadores y críticos, distorsionadas por otros, exageradas hasta una cuasi demencia por otros más, pero raramente comprendidas en su verdadera esencia y, por tanto, más raramente aún bien mostradas en las obras literarias.

La primera gran interrogación con que Fornet embiste al lector es provocadora: ¿por dónde pasa el meridiano cultural de América Latina? —no de América, porque ese término es bien ambiguo y peligroso cuando se trata de cultura, y no se mencionen otros ámbitos para no agriar la controversia. Intentar una respuesta arrastraría a un número de páginas inadmisible para este espacio. Pero reflexionando sobre dicha pregunta resulta muy interesante la siguiente cita tomada del propio Fornet (pág. 10 de la edición hecha por Letras Cubanas), referida a las más recientes promociones de autores latinoamericanos:

 “No pierdo de vista el riesgo que implican los pronósticos centrados en autores cuyas obras, por lo general, apenas empiezan a sobresalir, sujetos como están a los vaivenes y ritmos de un temprano proceso de canonización asociado más con los intereses de las editoriales, academias y espacios de circulación internacionales que con la calidad literaria propiamente dicha. No sería una sorpresa que a la vuelta de diez años algunos de los nombres mencionados aquí hayan pasado a un oscuro segundo plano, desplazados (…)  por otros que hoy apenas poseen obra o la tienen en editoriales y circuitos de precaria influencia”.

 O sea, que los paradigmas literarios se asientan sobre un terreno sospechosamente movedizo. 

La cita me resulta particularmente interesante porque da entrada al tema al que Fornet dedica el capítulo Dos de Los nuevos paradigmas… Con una pequeña sustitución de palabras (que no voy a sugerir aquí), la cita anterior quedaría perfectamente adecuada a nuestra situación literaria nacional de ahora mismo y de hace un par de décadas. Especulando en conteo regresivo desde el Todo hasta la Parte, quedaríamos así: ¿Por dónde pasa el meridiano cultural de Cuba? O quizá, para ser más exactos —cuestión de número—, habría que reformular así la interrogante: ¿Por dónde pasa el meridiano cultural de La  Habana?  ¿Acaso por el realismo mágico de Carpentier, quien legó a la literatura universal una novela como El siglo de las luces, probablemente una de las obras literarias donde ha cuajado de un modo más visceral la decadencia de las revoluciones  y la decepción y la pérdida de fe, la corrupción de los ideales y la muerte del proyecto inicial de un falso e imposible paraíso igualitario sobre la Tierra? ¿Acaso por los Novísimos, ese engendro temático/generacional que nunca acaba de lograr suficiente acreditación; que no termina nunca de encarnar en un corpus reconocible más allá de su renuencia falsamente ideológica y su vocerío linguístico? ¿Acaso por Las iniciales de la tierra, primer intento de profundis de cuestionamiento en el que, sin embargo, o por lo mismo, no se levantaba demasiado la voz? ¿O tal vez por las breves páginas de  El lobo, el bosque y el hombre nuevo, que no tuvo reparos en poner nombre y apellidos —¿por primera vez? ¿Y dónde queda Reynaldo Arenas? Sin mencionar Paradiso ni Oppiano Licario, novelas que no fueron escritas desde la perspectiva de la Revolución en su conflicto con el homoerotismo— a la discriminación de ciertas minorías ciudadanas, convirtiéndose en el primer abanderado literario de la temática gay cubana, con éxito en el terruño y más allá, sin abandonar, por ello, cierta ingenua nostalgia de la utopía?

Se ha hablado y escrito mucho sobre el devenir de la literatura cubana en los últimos años, en lo que podría llamarse —como una elongación más de las posibilidades adhesivas del prefijo post— algo así como el período cultural  postMuro, es decir, lo que sobrevino tras la caída del muro de Berlín y todo lo que ello implicó y continúa implicando para la narrativa nacional, pero pocas veces ha sido expresado con tanta lucidez y coherencia, con tan acertada comprensión de los entresijos menos visibles del proceso, como en este libro de Jorge Fornet, quien se adentra, hasta donde le resulta posible, en el centro mismo del asunto: el meridiano  cultural (o literario, que es el que interesa a este trabajo) de La Habana pasa por cualquier parte de Occidente si se quiere culpabilizar en abstracto, pero sobre todo pasa, sin duda, por el propio omphalos nativo: por el canon del desencanto nacional.

Fornet  va cuantificando, con esa implacabilidad de la mirada que tipifica a la conciencia despierta, lo que pudiéramos denominar mitemas de la literatura cubana en las últimas décadas, como por ejemplo, cuando llama la atención sobre el erotismo como decadencia del cuerpo humano en tanto que metáfora de la decadencia de la nación, o  la insistencia en las catástrofes naturales como comienzo o colofón de un buen número de  historias, metáforas, a su vez, de ese desencanto que tan fielmente reproducen  estas frases de Reynaldo Arenas en Otra vez el mar: “No hay un punto exacto de partida, una fecha, un acontecimiento que marque el comienzo exacto del desastre, mucho menos sus límites; no hay una catástrofe definitiva; todo se va como disolviendo, pudriendo (…)”. Desencanto que en autores como Pedro Juan Gutiérrez parece alcanzar una especie de apoteosis de la irreferencia, intento vano de despersonalización, derrotado siempre por los perfiles inconfundibles del imaginario maldito y común: La Habana.

Habría que llegar, como lo hace Fornet, a la conclusión de que el meridiano cultural de esta ciudad pasa desde hace unos cuantos años por la disolución de un mundo, y se nutre casi exclusivamente de esas aguas estancadas y pútridas, porque los escritores cubanos no tenemos mucho que ver con los vaivenes y modas del mercado internacional (al que muy pocos de nosotros tenemos acceso real); poco que ver, también, con el fenómeno de la globalización cultural (sin acceso mayoritario a Internet ni a la literatura que se publica en el mundo, y con autores que escasamente viajan fuera de Cuba), y menos aún con eso que ha dado en llamarse la posmodernidad,  que nos ha rozado solo en el aspecto formal de la literatura, sin ir hacia otros territorios como los imaginarios, por ejemplo, y que, conceptualmente, ha tocado solo a un escaso número de escritores a los cuales, sorprendentemente, Fornet no llega a referirse en su ensayo, como si no existieran o no tuvieran lugar dentro de la narrativa nacional. Y esta sería una de las pocas carencias que se le podrían señalar a  Los nuevos paradigmas: el haberse enfocado en el sector mayoritario de la ficción realista y testimonial.

Uno de los mejores momentos de este excelente libro es el análisis al que Fornet somete la obra de Pedro Juan Gutiérrez,  análisis en el que arriba a una exposición de claridad abismal que permite al lector asomarse al motivo común en todas las ucronías de La Habana, motivo que ayuda a identificar el rostro de la ciudad detrás de las múltiples máscaras y distorsiones a la que es sometida por los diferentes autores que hacen de ella el marco de sus historias. Cito a Fornet: 

Atrapada entre el mar, La Habana Vieja y el Vedado,  Centro Habana es ruta obligada entre estos dos sitos, los más emblemáticos (y turísticos) de la ciudad. A la relativa prosperidad y el indudable encanto de estos últimos, Centro Habana opone muchos de los patrones de la pobreza. Pero no se trata de una pobreza cualquiera, que a fin de cuenta puede encontrarse en tantos barrios de la urbe, sino de una imagen muy precisa de ella, es decir, la decadencia, porque Centro Habana fue en un momento de la historia un sitio donde habitaron las  grandes fortunas del país. Su atractivo para la literatura (y el cine cubano y extranjero, que lo han explotado hasta el cansancio), radica precisamente en que allí, en esos palacetes y grandes mansiones derruidas, se resume una historia de decadencia y caída. Es el sitio ideal para representar esa retórica de la demolición que se ha adueñado del imaginario nacional en los últimos años (…)… esa depauperación física se propone metaforizar otra más profunda. 

La asunción de la metáfora de la decadencia del cuerpo humano como reflectación de la decadencia del cuerpo de la nación sería, según Fornet, la puerta ancha por donde han irrumpido el erotismo y el realismo sucio en la literatura cubana. Difiero de Fornet cuando afirma, refiriéndose a la obra de Pedro Juan Gutiérrez, que las situaciones límite que muestran a los individuos en sus facetas más reveladoras son propias del posmodernismo. Lo que se llama ahora realismo sucio no es una característica que surja con la posmodernidad: ha existido siempre (recuerdo ciertas  antiquísimas crónicas catalanas sobre la ocupación de Bizancio y otros muchos textos universales); se trata en todo caso de un regreso; lo que resulta nuevo es lo peculiar de la decadencia habanera, pues ninguna realidad es enteramente igual a otra. Este realismo sucio "nuestro" no es más que la exacerbación del realismo que siempre ha caracterizado a la literatura cubana, hija desde su nacimiento de una tradición cultural, la española, de la que hasta ahora escasamente renegó. ¿No dijo Stendhal que la novela es un espejo que se pasea a lo largo de un camino? Pues entonces, a una realidad dura corresponde un duro reflejo literario.

Si la literatura latinoamericana sufre un proceso de balcanización, como comienza afirmando Fornet en el primer capítulo de Los nuevos paradigmas, apoyándose en estudios realizados por críticos y especialistas del continente, la literatura cubana, paradójicamente, sufre un lastimoso proceso de homogenización (¿mejor decir másdelomismización o monotonía reiterativa?), exactamente expuesto en esta cita que hace Fornet de Rafael del Águila: “…parece haberse llegado a un nivel de agotamiento en que pululan hasta el hartazgo las ya clásicas jineteras, el onanismo, el sexo homo y hetero, la alienación juvenil, el desarraigo, la marginalidad, los balseros (…) un momento en que se comienza a escribir exclusivamente para las delicias de jurados  (y) o las caricias de un premio”. Por mi parte nunca olvido (¡ciertas cosas no se olvidan!) la aseveración que me hizo una funcionaria con una vastísima experiencia como jurado de premios habaneros y de provincias: “Hay que escribir sobre temas cubanos, y realismo, porque eso es lo que les gusta a los jurados”. Yo no quiero comentar esa opinión. Pero en fin, puede que las tales mencionadas situaciones límite lo parezcan vistas desde nuestro contexto, pero no lo son, y no son lo que define a la posmodernidad ni mucho menos. La posmodernidad, en la literatura cubana, está en la obra de otros escritores que, como ya dije antes, no merecieron la mirada de Fornet. De cualquier modo este detalle/omisión no resta brillo a los incisivos análisis que hace Fornet de autores y obras. Su observación final de que ciertos escritores se están despegando del imaginario compartido de la decadencia habanera para dirigirse hacia zonas más universales de la literatura es estrictamente cierta; y no solo se están desviando abiertamente hacia esas zonas, como en los casos mencionados  por él de dos escritores inteligentes como Padura y Ena Lucía Portela (que no han sido, dicho sea de paso, los primeros en huir), sino que recientemente han aparecido novelas como Las potestades incorpóreas, de Alberto Garrandés (también mucho antes su Fake, por ejemplo), que integra el extenuado imaginario de las ucronías habaneras en una cuerda universal e intemporal, mágica y mística, que sí se inscribe de lleno en los parámetros conceptuales de la posmodernidad. Y es muy posible que sean estos, y no otros que necesariamente se irán desvaneciendo, los nuevos paradigmas de la narrativa cubana del siglo XXI. Todo lo que se me ocurre decir es: ¡Ojalá!

Mis pequeñas diferencias de criterio con algunas tesis de Fornet no me impiden considerar  Los nuevos paradigmas, Prólogo narrativo al siglo XXI como uno de los ensayos sobre literatura cubana más brillantes, inteligentes, lúcidos y amenos que he leído, escrito con una lógica implacable e impecable, y una pluma gratísima. No tengo reparos en decir que me parece uno de los Premios Carpentier más justos y merecidos que yo haya visto hasta hoy.

07/10/2007 GMT 1

A QUIENES LEAN ESTE BLOG

hijadelaire @ 16:26

Ruego a quienes lean este blog que si conocen algún sitio de descarga de libros gratis en la red donde yo pueda encontrar los siguientes libros:

1-Los jardines del sueño, de la princesa Enmanuelle Kretzulesco-Quaranta

2-El alfabeto contra la diosa, de Leonard Shlain.

3-Diaguilev (no recuerdo si este libro se llama Historia de los ballets rusos o algo así, pero sé que lo editó Siruela, y no recuerdo el autor).

4-Diccionario de símbolos y mitos, de Chevalier

 5-Diccionario de símbolos, Juan Eduardo Cirlot.

...me lo comuniquen lo más pronto posible. Vale lo mismo si alguien tuviera la buena voluntad de escanear alguno de ellos. Son libros de mucha utilidad y no sería yo la única en beneficiarme. Les agradecería enormemente que me ayudaran, pues he perdido dos maletas de libros de trabajo en México y se me dificultan mis investigaciones.

Para reciprocar, si alguien necesita determinada información sobre la historia de La Habana colonial o republicana, puede pedírmela y haré un trabajo como los que ya he publicado aquí, y  lo enviaré a su correo personal o lo pondré aquí mismo, como desee la persona.

Gracias muchísimas

Gina

ENTREVISTA CON GINA PICART, PRIMERA MENCIÓN DEL PREMIO IBEROAMERICANO DE CUENTO JULIO CORTÁZAR 2007

hijadelaire @ 12:31

 PRIMERA MENCIÓN DEL PREMIO JULIO CORTÁZAR DE CUENTO 2007

Entrevista con Gina Picart

Cada cual cumpla como mejor pueda
con su oficio de hombre

Por Farah Gómez

Hace pocos días se dio entrega del Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar que se otorga cada año y que concede además de un Premio, una Primer Mención y otras menciones. En esta ocasión, el jurado, integrado por los escritores Jesús David Curbelo, Alberto Garrandés y Cira Romero seleccionó como Primera Mención del certamen el cuento El príncipe de los lirios de la escritora cubana Gina Picart que al decir de uno de los miembros del jurado, " posee una soberanía lingüística envidiable y despliega un erotismo atmosférico de gran empaque. Tiene los trazos y los colores de Klimt y la “melancolía” de la mirada cultural puesta al servicio del cuerpo".

Licenciada en Periodismo por la Universidad de La Habana, Gina Picart comienza su carrera oficial como escritora con la publicación de su ópera prima La poza del Ángel , libro de relatos con el que obtuvo el Premio David de Ciencia Ficción en 1990. Con este mismo volumen obtiene posteriormente los premios Pinos Nuevos 1993 y HabanaFicción 1998.

Sus relatos han aparecido fundamentalmente en antologías de narrativa femenina cubana aunque con escasa presencia en recopilaciones temáticas y generacionales, debido a que sus narraciones no pueden clasificarse siempre dentro de un género definido. Ha incursionado también dentro de la crítica literaria y el ensayo. En el 2006, obtuvo el premio de ensayo Luis Rogelio Nogueras con su libro La poética del signo como voluntad y representación , un estudio de hermenéutica simbólica sobre la narrativa de su compañero generacional Alberto Garrandés.

El cuento galardonado en esta ocasión, fue escrito para una antología compilada por la licenciada Redys Puebla con la temática tabaco y eros.

Con la autora tenemos el placer de conversar a propósito de este premio.

Usted ha obtenido en su carrera autoral varios premios literarios: entre otros pueden citarse el Premio David de Ciencia Ficción 1990, Premio Pinos Nuevos 1993, Mención Luis Rogelio Nogueras 1998, Mención UNEAC de Novela 2003, Premio Luis Rogelio Nogueras de Ensayo 2005 y ahora la primera Mención del Cortázar. Para usted como escritora, ¿qué importancia tienen estos certámenes y particularmente qué representa haber obtenido esta Mención Cortázar 2007?

La historia del arte ha demostrado que los premios no significan mucho. Son peldaños en una carrera y ocasiones para ganar dinero con lo que a uno le gusta hacer. Dan prestigio social y editorial, abren puertas, pero no garantizan la verdadera trascendencia ni la grandeza de un creador, y mucho menos protegen contra el olvido. A veces los ganan escritores que realmente merecen ese calificativo, pero de cualquier modo un premio es una fulguración momentánea. En lo que a mí se refiere, mis experiencias con los concursos han sido especialmente amargas. Trato de no pensar en qué han significado los escasos premios y las muchas menciones y finalismos que he obtenido, ni las circunstancias en que a veces han tenido lugar. Todo ello me resulta más bien triste. Prefiero pensar en lo que escribo y en lo que planeo escribir. Mi trabajo me da ánimo. Sin embargo, hay un premio que me proporcionó verdadero placer: el Luis Rogelio Nogueras de Ensayo. Lo gané con La poética del signo como voluntad y representación , un pequeño acercamiento a una parte de la obra narrativa de Alberto Garrandés. La escritura de esos textos fue un aprendizaje muy intenso y revelador. El Concurso Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar es un premio que he intentado ganar varias veces. Me apena no haber podido obtenerlo tampoco en esta ocasión, porque me hubiera gustado llevarlo a los pies de Catalina Lasa, la protagonista de El príncipe de los lirios . Catalina es un personaje singularísimo y archiconocido de la historia de Cuba y una obsesión constante para mí. Si desde donde está puede ver y oír, supongo que ante esta mención, por muy primera que sea, ella debe de estar torciendo la boca. Era una dama muy orgullosa y no me perdonará que la haya removido en su tumba si no fue para darle el máximo galardón, como cuando quedaba reina absoluta en los concursos de belleza habaneros de los felices 20.

Esta mención que recién obtuvo lleva el nombre de uno de los mejores cuentistas latinoamericanos. ¿Siente algún vínculo especial Gina Picart con el narrador Julio Cortázar?

Julio Cortázar fue una persona admirable en todo sentido. Cuando pienso en él siempre recuerdo aquella frase —creo que de Michel de Montaigne—:“Cada cual cumpla como mejor pueda con su oficio de hombre”. Cortázar es un ejemplo muy certero de ese cumplimiento. Los intelectuales argentinos me asustan un poco y no lo puedo evitar. Son monstruos enciclopédicos, humanistas redivivos, poseen una materia mental fraguada en el abrevadero de las más grandes culturas de la Humanidad. Cortázar, como Borges, Sábato, Macedonio, Mujica Laínez y tantos otros de su país, tuvo un pensamiento y una curiosidad voraces, apuntó en todas direcciones; hasta el budismo estuvo en la mira de su más profunda atención de vida. Algunos escritores a quienes rindo un culto especial se han convertido en personajes de mis cuentos. Cortázar es uno de ellos. Aparece, junto con Borges y Poe, en mi relato El nombre de la fosa , aún inédito. Jamás lo conocí personalmente, pero tengo la sospecha de que, de algún modo, era cándido. Para mucha gente eso tal vez sea un defecto imperdonable, pero para mí es una cualidad hermosa, algo así como el último vestigio de la naturaleza angélica que, tal vez, cada uno de nosotros poseyó en el Comienzo.

De usted dijo el escritor Alberto Garrandés en una ocasión que es "la única que emprende la aventura de escribir textos narrativos donde la mística y la simbólica de varias tradiciones culturales (las más conocidas y las más oscuras) se transforman en ficción y en personajes". ¿Siente usted especial inclinación por la ciencia ficción o el mundo de la fantasía?

Mi primer libro, La poza del ángel , tenía algunos textos de ciencia ficción y otros fantásticos. Dos miembros del jurado del David de Ciencia Ficción de 1990 decidieron premiarlo porque le encontraron calidad estilística y un modo novedoso de abordar el género, o al menos eso escribieron en el acta de premiación. El tercer miembro no estuvo de acuerdo porque aquello que yo había escrito decididamente no le olía a ciencia ficción, sino a otra cosa que no podía definir con precisión. Nunca me atrajeron las disquisiciones científicas en que tanto gusta regodearse ese género. Siempre me interesaron mucho más la emocionalidad, las concepciones filosóficas y las cosmovisiones de ciertos autores, Bradbury sobre todo. Pero eso fue solo una etapa, la primera. Los escritores tienen etapas, como las tienen los pintores y los músicos y todos los artistas. Son momentos del tránsito espiritual de cada individuo. Nadie es uno y el mismo para siempre, mucho menos los artistas verdaderos, quienes viven en una indagación y una introspección perpetuas. Ya no he escrito más ciencia ficción y no sé si vuelva a intentarlo algún día. Es un género con convenciones demasiado estrictas y en su universo me siento como dentro de una camisa de fuerza. Pero si alguna obra de ciencia ficción está bien escrita, es literatura y la leo con placer. Los cuentos de Bradbury aún ejercen sobre mí la misma fascinación que cuando los leí por primera vez. Le sigo siendo fiel. Solo para quienes abordan la ciencia ficción de este modo puede convertirse en una materia muy proteica. Pero es cuestión de sensibilidad. Eso no significa que yo renuncie al género ni a sus potencialidades. Si tengo que entrar a saco en él para crear una escenografía o una atmósfera, como hice en Caín en las entrañas de la noche , lo hago. Lo hice y lo volvería a hacer si fuera preciso. Soy una escritora muy oportunista.

¿De qué autores pudiera decir que tiene influencias? O ¿Cuáles pudiera citar como preferidos y por qué?

He leído tanto y saqueado tanto que ya no sabría decir quiénes me han influido, quizá porque las marcas más profundas que haya en mí no sean precisamente de escritores, sino de filósofos, humanistas, magos, religiosos, teólogos... Pero me impresionan mucho las métricas y ritmos de la poesía antigua: Homero, los versículos bíblicos, El libro de los muertos , el Popol vuh , el Mahabarata , las canciones de los trovadores provenzales... Shakespeare ha sido decisivo. Los clásicos griegos, romanos y grecohelénicos. Marguerite Yourcenar, Marguerite Duras, Virginia Wolf, Lawrence Durrell, Robert Graves, Borges, Sábato. El nouveau roman y toda la literatura francesa. El decadentismo, por ejemplo, es una aventura espiritual interesantísima. Y alguna poesía. En mi panteón literario no hay muchas figuras de primera magnitud. Tengo predilección por autores que hoy ya nadie recuerda y que incluso en su época no fueron considerados grandes de la literatura, como Pierre Loti y Roger Peyrefit. Y por otra parte, no siempre a uno le gusta toda la obra de un escritor. De Durrell, por ejemplo, solo me gusta El cuarteto de Alejandría. Entre los escritores cubanos han sido importantes para mí Martí, Carpentier, Eliseo Diego, Collazo, Vieta, Garrandés... Hubo un tiempo en que leí mucho a Dostoievsky y Tolstoi. Hay un libro bellísimo, muy raro, exquisito, Los jardines del sueño, de la princesa Enmanuelle Kretzulesco-Quaranta, que fue uno de mis textos de cabecera desde que lo compré hasta que pasó a manos de personas inescrupulosas y malvadas junto con muchos de mis mejores libros. Y el Libro de los venenos, del español Antonio Gamoneda... Pero las preferencias no dependen solo del gusto, sino de momentos en la vida, de estados de conciencia, de expectativas, y todo eso es muy fluctuante.

¿Cómo valoraría el cuento cubano hoy, el momento en que se encuentra y sus vertientes principales?

No soy la persona más apropiada para hacer una valoración del cuento cubano hoy, porque la crítica literaria que hago no es sistemática como en el caso de Garrandés, Jorge Fornet, Zaida Capote... No sigo de cerca el trabajo de los autores nacionales. Ya tengo una edad en la que uno sabe que no dispone de todo el futuro en la cuenta del banco, sino que ha usado (¿y perdido?) más de la mitad del capital de tiempo que trajo a este mundo, así que me limito a leer solo lo que me interesa y puede serme útil en mis investigaciones para escribir. Y como lo que yo escribo exige mucha investigación, no me queda casi tiempo para leer por placer. También me agota bastante la búsqueda de las bibliografías muy específicas que necesito para hacer mis obras. Estoy muy ocupada con mi trabajo. No obstante, me parece que en la literatura cubana actual, como en todas partes y en toda época, se corre siempre el riesgo de tener que enfrentar —y el reto de saber reconocer— un fenómeno no por reiterado menos curioso, que consiste en una especie de habilidad mimética para imitar la verdadera luz del intelecto, el verdadero don de creación. Hay quien la despliega en mayor medida y quien casi no lo consigue, pero lo sorprendente es que a pesar de ello muchas de tales personas navegan exitosamente en las aguas mansas del arte nacional, y no se van a pique por más que publiquen textos cada vez peores. Pero si tuviera que dar mi opinión personal, diría que, en general, el panorama del cuento cubano actual parece variado y, hasta donde yo sé, cuenta con algunos escritores significativos, ya con una obra muy sólida y muy digna de respeto, como Garrandés, Riverón, y Ena Lucía Portela, tres de los autores que han creado corpus escriturales más originales, coherentes y homogéneos —que no es la generalidad entre nosotros, porque abundan las trayectorias muy desiguales—, y no sigo mencionando nombres para no pecar de ignorante o injusta (en realidad soy desmemoriada). Los 90 fueron muy preocupantes, pero afortunadamente los superamos y ahora hay escritores que ya no están coqueteando con la crónica periodística de inmediatez, sino que están interpretando nuestra realidad desde ángulos muy interesantes y bastante más profundos de lo que éramos capaces de hacer 15 años atrás. Desde luego, una literatura nacional no se vuelve espléndida ni reconocida solo porque cuente con autores verdaderamente importantes. También tendrían que jugar su papel los sistemas de promoción (entre los cuales se incluyen instituciones, editoriales, jurados de concursos, librerías, críticos, prensa y otros), los cuales, lamentablemente, suelen ser algo miopes e irresponsables a la hora de respaldar y promocionar escritores y obras. Sucede en todas partes, pero entre nosotros resulta especialmente incordiante, porque mientras en otros lugares admiten esto con una sonrisa elegante y te invocan razones de mercado ¡y hasta económicas!, nosotros desplegamos esfuerzos hercúleos para no admitirlo. Cuando se violenta la verdad —ya sea por incapacidad profesional, amiguismos o cualquier otro tipo de intereses— solo se obtienen frutos empobrecidos. Lamentablemente es así, pero todo lo que se puede hacer es tener paciencia y esperar a que algún día alguien se percate. Y seguir trabajando. Para un escritor solo cuenta escribir con la mayor sinceridad posible y desde lo más hondo del alma; así ha sido siempre y eso nada ni nadie lo puede cambiar. Cada cual cumpla como mejor pueda con su oficio de hombre.

Tomado de La Jiribilla

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