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Hija del aire

Categoría: CUENTOS

09/07/2008 GMT 1

MIEL DE CIRUELO (CUENTO)

hijadelaire @ 01:18

06/10/2007 GMT 1

PARA QUIENES AMEN LA CULTURA CELTA

hijadelaire @ 14:35

 EL DRUIDA

   

 Una bandada de grullas volaba frente al sol. Desde el amanecer sus

 cuerpos dibujaban estelas en el viento, conformando un mensaje que pocos hombres podían comprender. El más anciano  de  los druidas observó atentamente el desplazamiento de las aves sagradas, intentando descifrar aquel augurio que presagiaba muerte y el final del acoso. Ocultos en un bosque donde sus antepasados habían adorado a los antiguos dioses, los druidas habían resistido largos siglos pero al final sólo quedaban trece hombres solitarios perseguidos por su propio pueblo, pues los celtas seguían ahora a un dios extranjero, un pobre carpintero crucificado en tierras lejanas donde ningún irlandés había estado jamás.   

     Los sacerdotes del nuevo culto eran seres sombríos. Venían de más allá de Bretaña, más allá de las Galias, de orillas de aquel mar donde el sol brilla siempre y la cálida tierra es raramente besada por los espíritus del agua. Su jefe, a quien llamaban Patrick el Siervo, era un hombre del sur de Gales capturado por guerreros de Irlanda en un raid y traído como esclavo a la isla verde, el país de los sidhes.  Años después logró escapar del cautiverio y huyó al continente. Allí se refugió en el monasterio de Llerins, una de aquellas grandes comunidades de monjes oscuros que veneraban al Crucificado. Y cuando todos lo habían olvidado regresó convertido en un jefe, un azote que echó por tierra las estatuas de los dioses, adoradas por los celtas desde los tiempos en que los Tuatha de Daanan fueron vencidos y se convirtieron en los Señores de los Muertos.        

     Pero aquello no bastó a Patrick el Siervo. Con su energía indomable y su palabra incendiaria decretó el fin del druidismo, persiguió a quienes no quisieron desertar y asesinó a los druidas con la mayor crueldad. El populacho, enajenado con sus prédicas salvajes, masacró a los sacerdotes del roble al pie de las murallas, bajo los árboles sagrados, sobre las piedras del sacrificio y en cualquier lugar donde se refugiaran huyendo de la matanza. Cuando ya su número no sobrepasó dos míseras  cifras en toda la isla, Patrick detuvo a los suyos. Había llegado el momento de matar la memoria misma, de ahogar la doctrina hasta hundirla como a un salmón de sabiduría en el fondo de un lago.

     Patrick tenía una mente fría y sabía cómo debía proceder. Primero desacreditaría las viejas creencias y luego las borraría del recuerdo de los celtas como quien esparce polvo en el viento. Siguiendo este plan, envió a los druidas un mensajero para anunciarles que  deberían presentarse a una ordalía. Ellos no comprendieron al principio. Estaban tan habituados a huir de la muerte que aquella citación para comparecer en un juicio de Dios los tomó por sorpresa. El más anciano gritó al enviado:

     —¡Patrick nos tiende una trampa! ¡Quiere sacarnos de aquí para llevarnos a algún sitio donde pueda asesinarnos, como ya hizo con todos nuestros hermanos!     

   Un druida joven llamado Ainnle se abrió paso entre sus superiores:

     —Si son ésas las intenciones de Patrick, entonces demostrémosle que los sacerdotes del roble no somos cobardes. Ya hace tiempo que estamos condenados. Más vale que el galés nos ataque de frente y no como la flecha del cazador, que hiere por la espalda a la presa que huye.

     Sus palabras resonaron extrañamente en el silencio del bosque. El anciano druida aseguró al enviado que él y los suyos acudirían al lugar señalado por Patrick. Después le preguntó si la ordalía sería un juicio por el agua, por el fuego o por las varas del bosque, pero el monje no dio explicaciones y se limitó a ordenarles que llevaran a la cita todos sus libros sagrados.

     Luego les volvió la espalda altivamente y desapareció entre los árboles. Cuando le creyeron lejos los druidas se pusieron a debatir entre ellos el asunto. Alguien insinuó que aún tenían por delante un día y una noche: podrían alcanzar la costa y pasar a Alban, tierra de los pictos tatuados, donde sin duda encontrarían salvación. Todos estuvieron a favor de la idea  menos el joven Ainnle, quien se opuso otra vez resueltamente.   

     —Vayamos con Patrick —insistió—, porque nuestros dioses son verdaderos. Y si el monje nos engaña, que la deshonra caiga sobre su nombre y nuestra sangre sobre los huesos de su Crucificado.

       Y su voz se impuso nuevamente.

       Ainnle no había sido iniciado en los grandes colegios druídicos de Mona y de Bretaña, arrasados desde hacía siglos por las legiones de Roma, sino por un maestro personal, un druida ciego muy conocedor de la historia y la magia de los celtas. El muchacho había aprendido de memoria tantos versos como los druidas mayores y los más antiguos filid, y estaba muy instruido en el conocimiento de yerbas y plantas medicinales que otorgan la salud y preservan la vida, en los ocultos mecanismos del tiempo y de los números, en la secreta geografía de la Tierra y en otras muchas ciencias. A pesar de su extrema juventud era discreto y paciente, y en dos cosas se parecía a Patrick: su inteligencia era fuerte y clara y poseía un corazón que no se amilanaba. Desde pequeño huía en compañía de las últimas familias que aún veneraban al gran Dagda, a Ogme Cara de Sol y a la diosa Briggitta, dueña de la poesía y de todos los frutos de la tierra.  Ainnle nunca había dormido sobre un lecho verdadero, no poseía joyas ni monedas y de él podía decirse que pertenecía a la estirpe de los que nada tienen que perder. Los últimos druidas estaban cansados de luchar y ocultarse, de temer y esperar. Miraron a Ainnle y comprendieron que ante sus ojos les había nacido un nuevo líder, y se plegaron a él por instinto. Aquella noche soñaron por última vez bajo los robles, arrullados por un viento que traía las voces de los muertos. Pero las claves de interpretación se habían perdido desde hacía mucho tiempo y ellos no pudieron desentrañar los mensajes. Tan sólo Ainnle fue visitado por la figura inconfundible del gran Dagda, con su túnica de piel y la pesada maza al hombro. El dios vino a ordenarle que protegiera la sabiduría del pasado a riesgo de su vida, y desapareció en la misma niebla que lo trajo del norte lejano para reinar sobre Irlanda por los eternos siglos.

     Al alba despertaron. Después de comer algunas bayas se reunieron en torno al fuego y Ainnle expuso el plan que había concebido durante la noche: quitarían a los libros sagrados sus viejas cubiertas de madera de haya y las rellenarían con láminas de corteza fresca de abedul, mientras los libros verdaderos serían ocultados en algún sitio donde Patrick jamás pudiera descubrirlos, y ya reaparecerían ante los ojos de los hombres cuando algún dios así lo dispusiera. Ainnle estaba seguro de que el galés, con su horror a todo lo pagano, jamás se atrevería a tocar los falsos libros que los druidas llevarían a la cita y caería fácilmente en la trampa tendida por la astucia.       

     Los sacerdotes del roble obedecieron en silencio al nuevo jefe. Se desgarraron los dedos entre la corteza de los duros troncos, trabajaron apretando los labios para sofocar el dolor, pero el bosque sagrado no escuchó ni un lamento. Doblados sobre sus flacos vientres se secaban la sangre en sus túnicas sucias de tierra, y continuaban la extraña tarea poniendo en ella las escasas fuerzas que les quedaban todavía. Al fin llegó la noche, precedida por una luna turbia que derramó su luz sobre los libros terminados. Ainnle celebró una pequeña ceremonia de agradecimiento al gran Dagda, en la que a falta de otra víctima tuvo que sacrificar una pequeña liebre, y después permitió que durmieran los ancianos, maltrechos por el duro trabajo y el terror. Al amanecer saludaron al sol quizás por última vez y partieron hacia su destino.

     Patrick los aguardaba en lo alto de un montículo a orillas del  raudo Boigne. Antaño en este río desovaban salmones de sabiduría  consagrados a los dioses, pero los cristianos eran hábiles pescadores, especialmente en día viernes, cuando la carne roja estaba desterrada de sus mesas, y ahora el río parecía deshabitado. Patrick, envuelto en su pesado manto negro, semejaba un gran murciélago sombrío sobre la cima de la colina. Desde allí vigilaba el camino con sus ojos rapaces mientras recordaba con pesar el benigno calor del sur de Galia. Su mensajero le había hablado largamente del joven Ainnle y el galés se sentía preocupado por el surgimiento de este nuevo caudillo. Pensó que los druidas eran como aquella hidra de siete cabezas a la cual nadie podía matar completamente, pues cada vez que alguien le cercenaba una cabeza en el muñón nacía otra más pujante. Y él ya estaba cansado de matar, porque la sangre derramada por sus manos era rápidamente bebida por la tierra, pero brotaba nuevamente bajo la forma de un vaho perturbador de los sentidos y provocador de visiones, pues qué otra cosa era su pesadilla de cada madrugada, donde su antiguo amo irlandés aparecía apuntándole a la cara con sus manos llenas de hormigas, que como dardos se precipitaban sobre él prestas a devorarle las carnes. En vano intentaba el asustado monje protegerse contra aquella avalancha, porque no contentas con hacerle mil heridas, le horadaban la piel en busca de las vísceras humeantes. Sin embargo, aunque conocía el poder de las maldiciones druídicas, Patrick se consideraba a salvo porque creía que su Crucificado era el más fuerte. Pero aunque se hubiera adherido a la idea de un dios único, en su interior aún resonaban las voces de los antiguos dioses y sus sombras laceradas le robaban la paz. Se  ciñó el manto en torno al cuerpo con gesto inseguro mientras sus dedos palpaban maquinalmente la cruz de plata que llevaba al cuello, y sus pies inquietos trazaban sobre la yerba húmeda los antiguos signos de conjuro.

     No tardó en aparecer a lo lejos la procesión de los druidas como una sierpe herida que se arrasta por el polvo. La planicie junto al río se abría ante ellos, ocupada por una multitud que blandía miles de antorchas precursoras del alba, y que había velado toda la madrugada para asistir a la humillación definitiva de los últimos sacerdotes del roble. Eran los renegados, los traidores a sus dioses ancestrales y abanderados del cristianismo triunfante traído por Patrick. Querían ser testigos del fin de la ordalía, que no podía ser otro que el triunfo verdadero y aplastante del único dios. Allí, junto al sagrado Boigne, los druidas harían su última actuación. Después Patrick los dejaría ir, salvo quizás a Ainnle.

     Los druidas avanzaban penosamente, abatidos por el peso de los años y el de los falsos libros que acarreaban sobre sus espaldas. Ainnle marchaba al frente. No había sido su deseo; hubiera preferido ocupar un puesto al final de la fila como correspondía a su extrema juventud, pero la vejez quita los ánimos y los ancianos druidas tenían enraizado el miedo en sus corazones. Por ello cedieron al joven la cabeza de la procesión, con la esperanza de que si la cólera de Patrick se desencadenaba, caería sobre Ainnle la parte mayor. Él lo sabía, pero estaba lleno de compasión por sus hermanos castigados ya tanto, y avanzaba con los ojos clavados en la tierra mientras guardaba toda su resolución para enfrentar al implacable asesino de los suyos. Al andar, sus sandalias iban dejando una estela brillante sobre el sendero hinchado de rocío, imprimiendo en la blandura del limo la huella de pequeñas estrellas puntiagudas.

     Patrick descendió del cerro majestuosamente y los dos hombres se encontraron cara a cara. Patrick contempló en silencio al joven jefe. Ainnle permaneció ante él con los párpados bajos. Patrick lo halló frágil, vio que temblaba imperceptiblemente bajo sus blancas vestiduras y se rió de la rama de muérdago que el joven druida sostenía entre sus dedos. Entonces Ainnle, muy despacio, alzó su rostro hacia el orgulloso cristiano y le clavó en los ojos sus pupilas de un límpido azul,  con tanta fijeza que el otro parpedeó. Patrick había aprendido muchas maneras de dominar a los hombres y tenía ojos de fuerza y fuego, pero al ver los de su adversario reconoció en ellos el antiguo poder de los dioses derribados. Un escalofrío le recorrió la médula en forma tan súbita que no consiguió reprimir un movimiento delator. Ainnle aparentó no haberlo visto, pero siguió mirando a Patrick sin pestañear, cada vez más fijo, cada vez más hondo, mientras su cuerpo permanecía inmóvil como un alto menhir. No buscaba nada en las pupilas de su verdugo; sólo quería que éste se mirara en las suyas. Patrick deseaba a su vez intimidar con su mirada a su joven víctima, pero sólo consiguió verse reflejado en el esmalte celeste de otros ojos y allí reconoció su propio rostro, ávido y seco igual que un fruto lejos de su estación, y tuvo miedo de que alguien más le sorprendiera aquel secreto; miedo de que otros hombres descubrieran que él, elegido por Dios para clamar por todo el mundo la gloria de Su Hijo, no guardaba ninguna semejanza con las imágenes del dulce galileo contempladas allá en su monasterio provenzal. Su semblante continuaba siendo el de un esclavo endurecido por el trabajo, un siervo envilecido por los golpes y sometido por el hambre: un rostro sin piedad y sin amor.

     A una señal de su brazo los druidas dejaron caer sobre la tierra los pesados libros, agradeciendo que los libraran al fin de aquella carga. Los grandes libros de madera chocaron contra el suelo pedregoso con un trueno profundo. A una segunda señal de Patrick unos monjes los arrastraron sin miramiento hasta el lecho del río. El monje que había actuado como mensajero entregó a Patrick una pequeña Biblia encuadernada en pergamino marrón y cerrada con gruesos remaches de oro. Patrick la tomó con reverencia y avanzó lentamente hacia la orilla indicando a Ainnle que le siguiera. El joven druida obedeció. El sol le daba de lleno en pleno rostro y era fácil ver que había palidecido repentinamente. En verdad ya comenzaba a comprender  lo que se proponía el monje negro. Con gesto teatral Patrick lanzó a las aguas su preciosa Biblia y la corriente la arrastró lejos. Sobre la planicie reinó un silencio mortal. Patrick dejó de contemplar el río y se volvió hacia Ainnle con expresión conminatoria. Ainnle dio un paso al frente y tomando entre sus brazos el más pesado de los libros druídicos también lo lanzó al río. El volumen se hundió al instante. El joven lanzó otro y después un tercero, hasta que todos desaparecieron dejando una marca fugaz sobre las ondas. Cien metros más

lejos el monje mensajero se arrojó a la corriente para emerger de inmediato llevando en alto la Biblia rescatada. Patrick la recibió con unción, regresó con ella a la cima de la colina y alzándola sobre su cabeza en gesto triunfal la mostró a la multitud enardecida. Un grito unánime brotó de todas las gargantas y mil antorchas saludaron al sol. El más anciano de los druidas cayó sobre la tierra sacudido por el llanto.

     Patrick recibió a Ainnle en la granja donde se alojaba y sostuvo con él una larga conversación. Habló de Cristo y de la conveniencia de servirle porque era el único dios verdadero, la única esperanza de eterna salvación para los hombres, y expuso al druida todas las razones y argumentos que desde hacía tiempo utilizaba para imponer su verdad. Ainnle escuchó en silencio, manteniendo siempre sus párpados bajos en espera de la sentencia final. Sabía que antes de matar por su fe los cristianos concedían a la víctima la posibilidad de renegar de su religión para adoptar la del Crucificado. Para su sorpresa, esta vez Patrick ofreció mucho más: el druida podría retirarse con sus compañeros a alguna isla desierta del norte. Allí fundaría un monasterio para evangelizar a los pictos paganos, y entre oraciones y penitencias serviría al Señor hasta que fuera llamado a su regazo. Ainnle pidió la merced de unas horas para despedirse de sus dioses. Patrick accedió, pero retuvo como rehenes a los ancianos druidas. Ya no necesitaba derramar más sangre, porque los mártires siempre resultan peligrosos y nadie mejor que un cristiano para considerar esta verdad.

     Ainnle partió de inmediato sin que nadie le hiciera preguntas. Remontó la corriente del Boigne ocultándose entre los matorrales de la otra orilla. La noche le sorprendió a las puertas del castillo del gran Dagda, el túmulo circular del Brug Na Boigne, alta colina de cuarzo que albergaba en la cima una vieja fortaleza y en su base una tumba aún más remota. Hacía siglos que nadie la habitaba, pero antaño había sido la entrada al mundo de los sidhes, la patria del gran Dagda, de Lug, príncipe de guerreros, Ogme del Rostro Brillante que dio el alfabeto a los hombres, y de todos los Tuatha, misteriosos magos de la niebla que llegaron del norte lejano para ganar el señorío de Irlanda, en tiempos de los cuales ya no había memoria entre los vivos.

     Si hubiera sido de día el resplandor de los cristales de cuarzo habría cegado al druida, pero en medio de la noche el túmulo era una enorme masa negra cercada por un cinturón de piedras planas. Ainnle no buscó el camino hacia la fortaleza, porque sabía que allí no encontraría más que unas cuantas monedas romanas ennegrecidas por la lluvia y restos de algún venablo semienterrado entre las piedras. Dirigió sus pasos por el sendero que conducía a la entrada de la tumba, oculto bajo un manto de césped rebelde. Antes de alcanzar la puerta sacó de entre los pliegues de su túnica la rama de muérdago, seguro talismán en el camino al más allá, sin el cual ningún druida habría intentado jamás una visita al país de los sidhes. Pero allí le esperaba una sorpresa: la piedra en forma de rueda que debía cerrar la entrada de la tumba se hallaba corrida, dejando libre acceso al interior del túnel subterráneo. Sobre el dintel colgaba una lamparilla tan diminuta que hubiera podido confundirse con el nido de una única luciérnaga. Ainnle, embargado por el tumulto interior de sus penalidades, había olvidado que aquella era la noche de Samhain, antigua fiesta celta que daba fin al Año Viejo y saludaba el advenimiento del Nuevo. En tiempos de sus tatarabuelos aún se celebraba la muerte del fuego viejo con danzas circulares que imitaban la rueda del sol y carreras de mujeres y caballos precedidas por un rey victorioso, pero aquel hermoso mundo había terminado para siempre con la llegada del triste Carpintero. Del antiguo esplendor sólo quedaba ahora una llamita ardiendo apenas en la sombra. Y ya era mucho que alguien se atreviera a mantener una tradición que podría costarle la muerte si le sorprendían los hombres de Patrick. ¿Quedaba algún celta dispuesto a iluminar el camino a los sidhes, para que regresaran como antes y se mezclaran con los hombres mortales en la mágica noche de Samhain? Quizas alguna doncella buscaría recibir en su vientre la divina semilla de los Tuatha para alumbrar héroes el próximo verano. Ainnle podría imaginar a la muchacha en el interior  de la cámara sepulcral, temblando arrodillada a la espera del dios que vendría quizás a fecundarla. Se vio ante ella abrazándola y haciéndose pasar por la deidad para explorar el túnel que le nacía entre los dulces muslos, encontrando al final otra cámara, pero no para enterrar un cadáver, sino para plantar en ella un cuerpo vivo al abrigo de la cálida sangre, una vasija para su semen de hombre mortal. Ainnle no era como los monjes negros, no le estaba prohibido el placer de la carne y siempre había ardido en soledad. Con estos pensamientos agitándole el alma recorrió el túnel angosto, sintiendo la pegajosa frialdad de las losas adherirse a su piel. Se estremeció como un  gato mojado y siguió avanzando a duras penas, pues su estatura era mayor que la normal y le costaba gran esfuerzo reptar doblado en dos como una rama quebrada.

     La cámara mortuoria estaba envuelta en un suave capullo de luz. Ainnle percibió en el interior varias artesas apiladas contra una pared. Sobre la loza plana del altar yacían dos esqueletos muy juntos, uno de ellos coronado con astas de ciervo, y el otro con un ramillete de flores petrificadas. En el suelo había una piel de toro blanco recién sacrificado, con su olor inconfundible a cuero y sangre fresca. Las artesas rebosaban de ella. Alguien había preparado cuidadosamente el escenario para la ceremonia que los antiguos llamaban Imbas Forosnai y sólo un druida podía realizar. Nadie que no fuera un iniciado se habría atrevido a beber la sangre del toro blanco y a envolverse en su piel para invocar las almas de los muertos. Ainnle comprendió que su presencia era esperada y buscó ansiosamente en la penumbra a la muchacha que había imaginado y a quien creía predestinada a él por los dioses, pero el recinto estaba desierto. Y sin embargo, había algo raro en el viento que llegaba de fuera acariciándole el rostro con dedos invisibles. Algún poder vibraba en el aire y lo reclamaba como suyo, y entonces Ainnle supo que no estaba allí para entregarse a una suave carne de mujer, sino a las fuerzas oscuras del fuego y el viento, a la magia profunda de la tierra y las aguas. Y no pensó en resistir. Bebió la sangre del toro en la oquedad de sus manos, se hundió en la tibia piel y se tendió a dormir invocando las visiones.

     No tardaron en presentarse las deseadas imágenes, pero esta vez no fue el gran Dagda con su túnica de pieles y su clava de roble quien acudió al llamado del druida, sino un hermoso joven de cuyo rostro emanaba un resplandor muy vivo. Ainnle reconoció al dios Ogme, señor de las letras del Ogham, que a muy pocos mortales permitía contemplar su faz resplandeciente. Ainnle se dispuso a escuchar con reverencia las palabras del dios, pero éste sólo pronunció dos breves frases:

     Lleva contigo mi bolsa de grullas a la casa del héroe. Tú serás su guardián hasta el fin de los tiempos.

     Ogme del Rostro Brillante entregó a su druida la bolsa de piel de grulla que pendía de su cinturón y lentamente comenzó a desaparecer hasta que su contorno se disolvió en el viento. Cuando Ainnle despertó del trance contempló sus manos vacías. Sabía que el contenido mágico de la bolsa consistía en las tijeras del rey de Escocia, el yelmo del rey de Lochlainn, los huesos de Assail el bandido, el garfio del herrero Goibniu, el manto del rey del mar y una tira del lomo de la Gran Ballena, todo lo cual no era más que un juego de símbolos que servían para nombrar secretamente las letras del Ogham del Bosque, el sagrado alfabeto de los druidas en el que cada letra corresponde a un árbol divinizado. Ainnle supo que el dios Ogme le había nombrado guardián de la sabiduría de los celtas por los siglos de los siglos y más allá de la misma muerte. “Amén”, habría dicho Patrick fervorosamente si hubiera estado allí, pero el druida se encontraba completamente solo.

     Al amanecer Ainnle emprendió el camino de regreso con su rama de muérdago y su encomienda fantasma. Patrick no se sorprendió cuando el joven aceptó la oferta humildemente; sabía que Ainnle había vivido aún demasiado poco para aceptar la muerte. Allá lejos, en las islas deshabitadas del norte, no podría convertirse jamás en un caudillo capaz de levantar a los pobres celtas que aún odiaban al Crucificado. Al fin no habría más intentos de restaurar a los antiguos dioses con sus orgías de sangre sobre los altares. Terminaba para siempre aquel culto salvaje con su estúpida adoración a los árboles y las piedras sin alma. Todos los hombres unidos en la mansedumbre del Señor, toda Irlanda marcada con la Cruz, el pasado enterrado y con él la memoria de los Tuatha de Daanan. Que así sea.

     Cuando salió el sol Ainnle y los suyos fueron bautizados por el propio Patrick en las aguas heladas del Boigne. Ainnle no parpadeó cuando Patrick derramó sobre su frente el líquido lustral. Después El Siervo enseñó a los druidas a rezar el Padrenuestro y les entregó la Biblia salvada de las aguas por el monje mensajero. Por último les hizo cambiar sus albas vestiduras por las negras sotanas de sus monjes. Luego fueron debidamente escoltados hacia la costa y embarcados en la nave de un pescador, quien los condujo a una isla desierta señalada por el mismo galés sobre un mapa de corteza de abedul. Desde aquel día sería la morada de los últimos druidas.

     Ainnle recorrió el lugar y vio que se trababa en realidad de una antigua isla oracular destinada a ser el último refugio de un rey muerto custodiado por las hadas. Así lo confirmaban la disposición del islote en la desembocadura de un río y el hecho de tener en su centro una tumba circular encerrada en un anillo de robles. Ainnle exploró la tumba pero la halló vacía. Se preguntó dónde estaría el héroe que debía ocuparla. Tampoco se escuchaban los cantos de las hadas.

     A toda prisa comenzó a edificar el monasterio concebido por Patrick. Apenas colocaron la primera piedra murió el más anciano de los druidas. No pudo soportar los nuevos rezos, que se hicieron pesados a su lengua y terminaron por obstruir en su garganta el camino del aire. Ainnle quiso sepultarlo en la cueva oracular, pero los otros se negaron por temor a que Patrick descubriera su falsa conversión. El muerto tuvo entonces cristiano enterramiento en las raíces de un tejo, el antiguo árbol celta de la muerte, acompañado por unos cuantos gusanos de los cuales no tardó en ser pasto.

    Un mes después las primeras chozas en forma de colmena se hallaban listas para recibir a los primeros cristianos que llegaban de tierra firme atraídos por la promesa de la vida monástica. Algunos eran druidas renegados, pero la mayoría fervorosos amantes del Crucificado, y todos juntos alababan al Señor con voces claras y llenas de entusiasmo a las que de vez en cuando se escapaban notas falsas. Con el tiempo Ainnle obtuvo de Patrick  la autorización para abrir una pequeña escuela. Quería, dijo, instruir a los jóvenes en el temor de Dios y enseñarles escritura, como antiguamente habían hecho los olvidados filid. El galés, ocupado por entonces en otros asuntos, envió el permiso y unas semanas después Ainnle se encontraba ya frente a un atento puñado de adolescentes armados con tablillas y estilos de escribir. Pero Ainnle el druida, metamorfoseado por obra y gracia de la Historia en Clonnan el Monje, conservaba bien impreso en su memoria el mensaje de Ogme del Rostro Brillante. Así pues contempló a sus alumnos, vio sus jóvenes cráneos tonsurados y su ardor ferviente por la fe, y comenzó a impartirles la primera lección de su nueva escuela:

     —Los druidas —dijo— fueron seres perversos adoradores de ídolos y bebedores de sangre humana; paganos malditos que odiaban al Señor, único dios verdadero, pero Patrick los venció en combate singular y a los últimos trece los derrotó míseramente en una ordalía a orillas del río Boigne. Allí nuestra Biblia triunfante flotó sobre las aguas, mientras que los libros druídicos, plagados de mentiras, se hundieron hasta el fondo en menos tiempo del que trina una avefría.

     Los alumnos rieron divertidos y alguno pidió a voz en cuello la muerte de los druidas. Ainnle alzó su mano para hacerlos callar:

    —Guardad vuestro furor para mejores causas  —los sosegó—, pues los druidas murieron hace  tiempo. Pero todo hombre debe conocer a sus enemigos mejor que a sí mismo, porque la ignorancia es una trampa muy peligrosa, así que nuestras primeras lecciones las dedicaremos a estudiar en profundidad las supersticiones de los paganos druidas, a fin de que no puedan nunca renacer entre nosotros bajo nuevo ropaje. Preparad las tablillas...

     Los alumnos dispusieron cuidadosamente sus instrumentos y Ainnle comenzó a dictar con voz monótona:

     —Los Tuatha de Daanan fueron un pueblo de magos y guerreros que llegaron de la cima del mundo envueltos en la niebla. En la terrible batalla de Mag Tuired derrotaron a un ejército de monstruos con cabezas de carnero y se hicieron señores de Irlanda. Los  druidas eran sus sacerdotes y estaban versados en todas las artes y todas las ciencias, desde la posición que ocupa cada tierra sobre el huevo del mundo hasta el empleo de plantas para curar todos los males del cuerpo y el espíritu. Sabían dominar los elementos, hablaban más alto que los reyes en los torneos de poesía, y también enseñaban que al morir el alma encarna en sucesivas formas, antes de regresar a la tierra en nuevo cuerpo mortal para cumplir otro destino...

     Y los monjes de Patrick escribieron en latín las antiguas historias de los celtas, maravillados ante el extraño mundo que el abad Clonnan evocaba ante sus ojos con la magia intensa de la poesía. Con el paso del tiempo aprendieron a grabar en sus tablillas todos los caracteres del Ogham del Bosque, y escribieron los nombres de los reyes antiguos y sus grandes batallas. Aprendieron muchas otras cosas, ellos y todos los que les sucedieron en el monástico recinto.

     El tiempo transcurrió y la juventud de Ainnle se mezcló con el viento y las nieblas del lago. Un cementerio creció en los alrededores del monasterio mientras la tumba circular continuaba vacía. Ya sólo iban quedando del druida unos ojos cuyo brillo alguna vez sirvió de espejo para que otros ojos encontraran en ellos su reflejo. Ya ni siquiera podía andar con auxilio de su báculo y dos novicios le transportaban en un sillón de alto respaldo y cojines rojos. Toda la comunidad monacal le veneraba como genuino heredero de Patrick y defensor de Cristo. Era el Abad.

     Una noche se encontraba meditando bajo los robles de la tumba oracular cuando escuchó por vez primera el canto de las hadas. Era una triste melopea que sólo sus oídos podían percibir, y así supo que aquel cántico agorero le anunciaba el final de sus días. Con gran serenidad hizo venir al joven monje en quien más confiaba, lo nombró su sucesor y le pidió que lo llevara hasta la cueva circular. Una vez allí le ordenó que depositara su cuerpo sobre la piedra plana del interior, porque por fin había comprendido quién era el héroe al que los dioses destinaban el lugar. El monje obedeció silenciosamente. Cuando todo estuvo hecho el abad Clonnan movió sus amoratados labios y pronunció dificultosamente unas palabras:

     —Hijo mío, mi última voluntad a ti te la encomiendo: quiero que las tablillas escritas por nuestros alumnos sobre la historia de los enemigos sean transcriptas en libros de pergamino bien fino; permanezcan siempre como testimonio de su maldad para que no puedan corromper a los ingenuos ni a las generaciones que vendrán...

     Flaqueó la voz del Abad y sus pupilas se cubrieron con una niebla opaca. Al verle cruzar las manos sobre el pecho el joven monje se inclinó sobre él para darle la extremaunción.

     —Padre nuestro que estás en los cielos...—rezó fervorosamente.

     Soy el viento que alienta sobre el mar... —respondió el moribundo en un susurro.

      —Santificado sea tu nombre... —continuó el monje desconcertado.

     Soy una ola en el océano... —susurró el moribundo.

     —Venga a nosotros tu reino... —insistió aún el monje, que ya comenzaba a asustarse.

     Soy el rumor del rompiente... —siguió el viejo druida con una voz cada vez más debilitada por la cercana muerte.

     El joven monje elevó sus manos al cielo como quien pide perdón para sus culpas, musitó entre dientes “Hágase tu voluntad, amén” y se inclinó sobre los yertos labios de su superior para no perder ni una sola palabra de aquel extraño rezo:

     Yo soy el buey de los siete combates —continuó Ainnle—. Soy el halcón sobre la peña, el jabalí bravío, un lago en la llanura. Soy  palabra de ciencia, soy lanza victoriosa que combate...

     —¡Padre! —interrumpió el monje estremecido—. ¡Abad!

     Yo soy el druida que prepara el fuego para una cabeza en el dolmen de la montaña.

     Ainnle cerró los ojos y el aliento vital se heló en su pecho.

     Cuando la luna se elevó rielando sobre el mar, la comunidad de los monjes oscuros desfiló con antorchas encendidas delante de la cueva en postrer homenaje al abad Clonnan, el más puro entre los siervos del Señor su Dios. Agobiados por la tristeza de su pérdida, ninguno percibió que en ese instante una bandada de grullas volaba ante el ojo redondo de la noche como un día lo hiciera frente al sol, dibujando en el viento un mensaje para el que ya no habría quizás destinatario.

     El sucesor fue investido con los símbolos de su jerarquía en medio de una sencilla ceremonia, y cuando ésta hubo terminado se retiró a su cabaña. Después de rezar piadosamente por el alma del Abad tomó los estilos de escribir heredados de su antecesor y comenzó a trazar caracteres latinos sobre un pergamino. Ignoraba el sentido de los versos recitados por el abad Clonnan en el instante mismo de su muerte, pero a juzgar por la absoluta santidad del viejo monje, se trataba sin duda de una oración muy poderosa que debería ser trasmitida a las generaciones del futuro. Nunca supo que estaba copiando para la posteridad uno de los hermosos himnos de Amergin el Bardo, primer cantor de los antiguos Tuatha, cuyos versos narraban los viajes del alma antes de regresar a la tierra para cumplir con un nuevo destino. Cuando escribió las últimas palabras un dulce sueño abatió sus párpados y se quedó dormido.

 

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07/09/2007 GMT 1

Primera mención del Premio Julio Cortázar 2007 EL PRÍNCIPE DE LOS LIRIOS

hijadelaire @ 12:38

 Gina Picart

El verano de 1924 conocí en Niza a Tamara Lempicka, una pintora polaca de moda entre la aristocracia de París. Yo había llegado de Cuba hacía una semana, y aquella mañana tomaba un aperitivo con Colette en un café de la costa, bajo uno de esos toldos rayados que protegen a los turistas del sol mediterráneo, mientras nos entreteníamos mirando las pequeñas figuras de los veraneantes que se desplazaban lánguidamente por el Paseo de los Ingleses. Jugábamos a reconocerlas, y a pesar de la distancia Colette logró identificar a Cocteau y a Radiguet por sus andares de bailarina, mientras yo adivinaba a las condesas de Polignac y Noailles por sus enormes sombreros ridículos. Más allá, el horizonte se confundía con las negras piedras lisas de la Bahía de los Ángeles.

Una mujer se acercó a nuestra mesa. Me llamó la atención su cara nórdica de pómulos anchísimos, y los ojos color jacinto con expresión de virgen pervertida. Un rostro deslumbrante en su descaro total, y sin embargo, amenazado por ese peculiar matiz de lejanía que se adivina tempranamente en aquellas personas a quienes el futuro depara la demencia. Vestía pantalón y casaca negros, camisa blanca y una ligera bufanda de seda sin anudar sobre la solapa. Se parecía a Jorge Sand y supuse que, como otras mujeres a quienes Colette ya me había presentado, esta habría sido también su amante. Besó a Colette en los labios con naturalidad y enseguida se sentó entre nosotras. Cruzó las piernas y con gesto graciosamente hombruno hizo una seña al mozo; cuando este aún se encontraba a unos metros de nuestra mesa, ella empezó a pedirle con voz ronca raviolis rellenos con pasta de aceituna y anchoas, y en un francés casi perfecto lo insultó por no tener vinos griegos. El mozo se alejó, lanzándole a Tamara de reojo una fugaz mirada despectiva.

La contemplé sin disimulo, fascinada por su aire soberbio e impúdico a la vez. Un golpe de viento agitó su cabello de un rubio muy pálido, con ese tono ceniciento que Dante atribuye a las alas de los ángeles. Ella sostuvo mi mirada con aplomo y percibí, agazapada en el fondo de sus pupilas, esa especie de pleamar subrepticia que fluye casi siempre de todos los que ejercen más de un sexo. Después de someterme a una valoración silenciosa nos invitó a ver los cuadros que estaba pintando en su casa de las afueras. Nos llevó en su espléndido Bugatti de un verde brillante. Conducía como loca, y a duras penas lográbamos sujetar entre carcajadas nuestros sombreros de paja y cintas que el aire se empeñaba en volar.

Tamara había alquilado una villa a unos kilómetros del pueblo, muy cerca de la costa; una auténtica masía mediterránea de paredes blancas y techumbre teñida de naranja por los últimos rayos del poniente. Resguardada de miradas curiosas por una enredadera de adelfas, su austera fachada ocultaba un interior decorado en sobrio estilo otomano. Las paredes encaladas hacían vibrar el color encendido de los divanes turcos, las alfombras persas y las espesas cortinas corridas sobre las ventanas. Varias mesitas bajas mostraban vajillas delicadas, y completaban el mobiliario tres enormes cofres tallados, de cerraduras curvas y aplicaciones de cuero lustrado, y un narguile de oro y plata. En cada rincón esbeltos pebeteros esparcían una tenue lumbre perfumada con aromas de sándalo y vainilla. Sobre la pared de fondo colgaba una reproducción del portulano de Piri Reis, y debajo, casi oculto en su hornacina, un viejo Corán con tapas de marfil y broches de metal deslustrado aparecía abierto en un sutra de poder. En otra habitación pequeña, silenciosos sobre sus caballetes, dos óleos inconclusos ofrecían a la vista el estilo Lempicka, mezcla de las tintas planas del art deco y las formas clásicas y sensuales del Renacimiento italiano. En uno de ellos, un hombre joven ofrecía al espectador su espalda prieta y desnuda mientras intentaba abrazar a una muchacha, también desnuda, que se encogía levemente ante la inminencia del contacto como quien teme la cercanía del dolor. Era un cuadro muy fuerte. Un sombrío erotismo manaba de él como el agua de un torrente febril.

Mientras lo contemplaba se me ocurrió que solo esta polaca, en quien yo adivinaba instintos desaforados, sería capaz de interpretar uno de mis deseos secretos: durante mi último viaje a España yo había hallado en una antigua villa romana un mosaico que cubría el piso de un jardín interior, y mostraba un banquete de amor donde ante una mesa servida con suntuosos manjares se reclinaban en dorada languidez un hermoso pastor y su pastora coronados de rosas, rodeados de manzanas, albaricoques y racimos de uvas moradas. Si se le miraba un rato fijamente el mosaico producía un efecto extraño: la pareja comenzaba a moverse y arrojaba sus mantos ofreciendo a la vista su gloriosa desnudez, y hasta llegué a escuchar sus risas espléndidas, sus frescas voces juveniles. La ilusión resultó tan perfecta que sentí al pastor cantar: "Bésame con besos de tu boca./ Son tus amores más suaves que el vino". Su canto se fue apagando y vi cómo se perseguían por entre el verde césped como gamos en celo, y al final cayeron sobre la hierba, uno junto al otro, aplastando las violetas con sus cuerpos tersos y sus pieles brillantes de fruto tierno estallando de amor y de deseo.

Desde ese día he buscado un artista capaz de trasladar a un cartón la intensa vida de aquellas imágenes. Después, monsieur Lalique haría un vitral para mi recámara de la casa que Juan me ha construido en el Vedado. Quiero servir de modelo para la pastora, y buscaré para el pastor un joven hermoso que me abrace como una llama, que desprenda calor por cada poro, que derrame lujuria, porque la función del vitral no sería solamente estética, sino que deberá quedar frente a mi cama para siempre, y cada vez que Juan me posea tendrá que mirarlo y recordar que otros hombres también pueden tenerme, porque nunca dejaré de ser bella; y cuando ya no lo acompañe su vigor de sátiro insaciable, deberá sufrir pensando que puedo entregar mi cuerpo a otros amantes cuando yo quiera, a pesar de él , a pesar de su dinero y del amor que hace tiempo se nos murió en los brazos como la corza de aquel poema hindú, herida por la flecha de un príncipe traidor. Pobre Juan, nunca logró serme fiel...

Explico a Tamara mi deseo y ella me escucha recostada contra su muro de piedra. Colette no está. No sé a dónde se ha ido, pero la casa se siente vacía, sin más presencia que la nuestra. Tamara enciende un cigarro egipcio negro y largo igual que sus pestañas, que debieran ser rubias como su melena angélica, pero son densas y oscuras. Fuma en una boquilla semejante a un cetro faraónico; aspira despacio el humo y exhala una voluta interminable por entre sus labios de un rojo sangriento. Con su pupila clavada en la mía viene hacia mí, sin prisa, como si deseara prolongar el camino. Se me encima con cadencia lentísima y acerca su pecho al mío, pero solo un instante. Su mano libre se cuela entre los pliegues de mi blusa y acaricia mi seno; un tanteo suavísimo que se lleva mi aliento enredado en sus dedos de bruja sutil. Mi cuerpo empieza a vibrar. Continuamos mirándonos. Trato de recordar la disposición de la sala e intento ubicar el sitio perfecto para lo que va a ocurrir en un instante, mas para mi sorpresa, Tamara retira su mano tan lentamente como un ave que regresa de un vuelo cansino. Dice que si no me tocaba no puede hacerse una idea del partenaire que necesito para el vitral. Ahora — dice—, me ve como una amazona que sale a cazar hombre, y ya puede imaginarse qué clase de víctima debemos buscar. Me cuenta que en las cercanías hay una aldea donde viven muchachos verdaderamente apetecibles, pescadores que envuelven sus vientres en paños blancos para entrar al agua, y cuando emergen, el sol se licúa sobre sus pieles de oliva perfumando sus miembros con el viento salobre de la playa y los pinos.

U nas horas más tarde el Bugatti irrumpe en la aldea. Búfalo potente, embiste la magia de la noche que flota en el terral como un ángel de alas desplegadas, pero nadie abandona su calma ancestral. Los hombres se preparan para salir al mar. Algunos traen las redes y el fanal, otros empujan las barcas. Cuando las nubes se apartan, la luna nueva arroja una luz muy limpia sobre la arena, sobre los cuerpos donde el cincelado de los músculos conjuga claroscuros semejantes a enormes perlas ondulando en el claror fantasmagórico. Tamara, con voz broncínea de mujer de pescador, grita un nombre: ¡Jerome! Una figura masculina viene desde la orla espumosa donde comienza el océano, y se detiene ante nosotras con aire manso. Tamara anuncia al recién llegado que soy una dama muy rica venida de las Antillas para contratarlo como modelo de pose, y añade que pagaré con largueza. El muchacho, como un genio de lámpara, obedece al conjuro y se inclina ante mí, pero en la ojeada oblicua que me lanza, y que dura un instante, adivino cierta reticencia. Tamara, satisfecha, agita su melena en un gesto que quiere decir trato hecho. Intento decir algo solo por cortesía, pero ella me advierte: No te esfuerces, Katinka, nuestro amiguito es mudo. Su vulgaridad me disgusta. Volvemos al auto y ahora la polaca conduce sin su habitual locura. Fumamos sendos Lacadif, y ella, con su voz ronca, tararea entre dientes una copla de Carmen: "¡Mírenlas!/ Sus insolentes miradas…/Sus coqueterías.../ Cada una, descarada,/ fuma un cigarro".

Me deja frente a mi hotel y se despide asegurándome que ha contratado para mí una auténtica joya. Enseguida, alzándose en su asiento, devora mis labios en una succión prolongada que no intento cortar. El portero observa la escena sin asombro, es un hombre viejo que todo lo ha visto. Ya en mi suite, tardo mucho en conciliar el sueño. La voz de Tamara sigue cantando en mi oído y evoca ante mis párpados cerrados las imágenes de una cigarrería de Sevilla, con sus obreras semidesnudas liando puros en una nave caldeada como el infierno, y una gitana vestida de rojo que baila y taconea entre nubes de humo en la taberna de Lilas Pastia.

Por la mañana Tamara me recoge en mi hotel. Es temprano y en el Paseo de los Ingleses solo hay gaviotas marineras. También se posan sobre las piedras negras de la bahía con sus alas enormes, como ángeles rebeldes condenados a confundir el cielo con el mar. Jerome nos espera en la villa. Tamara le ha ordenado que se presente ante mí solo envuelto en el paño con que se cubren los pescadores, para que yo pueda apreciar mejor la real magnificencia de su estampa. Mi primera impresión resulta desalentadora, porque es tan joven que el mayor de mis hijos debe sacarle un par de años, y tan tímido como una doncella a la que van a desflorar en su noche de bodas. Solo le falta cubrirse con un velo ceñido de cequíes para parecer una novia mediterránea. No es, precisamente, un fruto en sazón, sino un tallito tierno que anuncia poco zumo. Sus rasgos se debaten indecisos entre los de un efebo griego y un camellero de asram: piel olivácea, ojos de cervatillo y rizos alquitranados sobre una frente baja y concentrada. E sbelto como un cretense, sus músculos abultados y firmes se afinan mucho en la cintura y las caderas estrechas. Su belleza, en la que percibo vestigios de una fiereza domada, responde al ideal romántico, pero sus ojos elusivos y una mal disimulada languidez delatan su androginia. Estoy desconcertada. Tamara se da cuenta y me dedica esa sonrisa sibilina de quien se guarda bajo la manga algún triunfo secreto. Y es demasiado experta para desmerecer mi confianza.

Pasamos a la habitación que hace las veces de estudio. Tamara ha colocado un diván y lo ha cubierto con brocado rojo de textura sedosa, y ha dispuesto alrededor cestas de frutas y ramos de glicinas, pero antes de elegir la pose definitiva quiere tomar varios apuntes. Siguiendo sus indicaciones, Jerome y yo nos desnudamos. Avanzamos observándonos con desconfianza de gladiadores, y comenzamos por un acercamiento inicial. las manos se posan sobre los hombros y van descendiendo lentamente por espaldas, caderas y pechos; poco a poco se aproximan las pelvis, se entrelazan los cuerpos. Jerome tiembla, y cuando su vientre se aprieta contra el mío puedo sentir su desazón en el latido filiforme de la sangre bajo la piel tensísima.

Ensayamos posturas de pie, siempre guiados por Tamara, quien dibuja febril sobre su bastidor sin dejar de seguirnos con la vista. Me molestan su sonrisa procaz y su mirada de virgen pútrida. En una ocasión se impacienta ante nuestro envaramiento y ella misma toma la diestra de Jerome para hundirla un poco entre mis muslos apretados. Mastúrbala, ordena soez. Jerome mueve la mano con torpeza y ahueca los dedos uniendo en gesto mecánico índice y pulgar, cual si buscara por hábito una masa cilíndrica que no existe en mi entrepierna. Tamara se impacienta y lo abofetea. Jerome recibe el golpe, voltea el rostro y enrojece. Un esclavo. ¡Sangre de Cristo, tienes que meterle los dedos! —le grita ella—, ¡méteselos!

Jerome, nervioso, hinca sus dedos rudos en la carne tibia de mi vulva y me hace gemir de dolor: tiene las yemas ásperas del salitre y las uñas partidas por la fricción del sedal. Tamara le aparta la mano inhábil y me introduce la suya propia para mostrarle el proceder correcto. Sus dedos de ninfa rapaz excavan mi monte de Venus hasta dejar al descubierto la vía del placer; entonces, con cuidado exquisito, inicia un roce apenas, a un ritmo acompasado que va haciéndose por momentos más intenso y veloz. Se me escapa un suspiro y mis párpados tiemblan, se me corta el aliento y el rubor colorea mis senos. La miro suplicante, ansiando que llegue hasta el final, pero en este momento ella es solo una artista que instruye a su modelo. Jerome observa atento la operación, pero su boca se pliega en un rictus que se acentúa cuando Tamara retira sus dedos y él se los nota húmedos de mí. Creo que le disgusta el olor a hembra. Tamara le ordena imitarla y él obedece taciturno. Separo mis muslos para facilitarle la tarea. Ella regresa a su asiento, retoma el caballete y vuelve a dibujar, observándonos con esos ojos que ahora parecen hallarse muy distantes de la escena, como volcados hacia su propio interior. Sus labios se mueven mecánicamente y la escucho tararear con su voz de ánfora vacía: “Tra la la, tra la la, /¡Mi secreto yo guardo y lo guardo bien/ !Tra la la, tra la la…/ ¡Amo a otro/ y moriré diciendo que lo amo!”.

Jerome empieza a masturbarme. Ahora me lo hace despacio y ya no siento dolor. Como no está viciado por el hábito de acariciar vaginas, sus dedos se mueven a un ritmo que mis sentidos desconocen. La sensación que me provoca comienza a ser intensa, me siento transportada. Busco sus ojos para saber si disfruta como yo, pero él rehuye mi mirada. Cierro los míos y espero el clímax. De repente Tamara aparta el caballete y anuncia que por hoy hemos terminado. Es veleidosa ¿o envidiosa? Jerome se limpia la mano con disimulo en su delantal y abandona la casa como un fantasma.

Tamara me invita a almorzar en su terraza una exquisita carne blanca de atún rociada con vinos especiados de Levante. Desde mi asiento contemplo ensimismada cómo el Mediterráneo, de un violeta profundo, arde bajo un cielo despejado. Ella insiste en que el muchacho es un tesoro, pero me recomienda poner en juego mi fantasía para estimularlo. ¡Es un marica! —objeto desdeñosa, y me encojo de hombros mientras paladeo calmosamente el vino. Sí, todavía no ha dormido con hembra —admite Tamara con una sonrisita complaciente—, pero si lo trabajas bien, Katinka, te dará satisfacciones que tal vez no conoces. Ya debieras saber que los placeres ambiguos son también los más interesantes.

Siento el impulso de recordarle que no he venido a su casa para fornicar con un infante, sino a encargar un cuadro, pero me contengo porque eso no es tan cierto: también persigo deleites prohibidos que hagan reverberar mi carne adormecida por la monotonía de una vida demasiado fácil. Me excita la posibilidad de probar algo nuevo, me espolean la resistencia de Jerome, su timidez..., y por q ué no decirlo: su asco de mí. Indolente, Tamara extiende su pierna por debajo de la mesa y con su pie desnudo oprime suavemente mi vulva, pero sé que no hará nada más, porque ella solo juguetea para enardecerme. Sin duda goza mucho con eso y por el momento le basta. Con un dejo de burla en su voz se ofrece para llevarme en su Bugatti, pero declino la invitación y regreso a mi hotel por el Camino de los Ingleses, que a esta hora, después de la bajamar, está siempre cubierto de crustáceos.

Esa noche vuelvo a revolcarme entre las sábanas de mi lecho imperial. Ardo en deseos de Jerome, que me rechaza porque ama a otro, como dice esa copla de Carmen que Tamara tararea de un modo obsesivo durante nuestras sesiones de pintura. ¿Quién será ese amante a quien Jerome prefiere? Trato de imaginarlo y no lo consigo. Cuando al final me duermo, sueño que llego volando a la villa, entro por una ventana y encuentro al dulce mudo adormecido sobre el diván del estudio. Su cuerpo, abandonado a la lasitud de la siesta, reposa ajeno a mi presencia, el rostro vuelto, párpados cerrados, la mejilla apretada contra el hombro, labios henchidos. Su respiración pausada permite percibir bajo la piel morena la sombra deslizante de los músculos, como una despaciosa danza de montañas. El vientre, apenas cubierto por el paño aflojado, nace en los muslos entreabiertos; una pierna cuelga al borde del diván, y la otra, curvada, permite avizorar un pliegue íntimo que precede a la soberbia cúpula del glúteo. El sueño de Endimión, me digo contemplándolo absorta, y solo ahora, gracias a una de esas misteriosas revelaciones oníricas, descubro la clave de su oscura atracción: púber atormentado por el imperio de un vicio secreto; la entrega total para ser poseído, humillado, violado y quizás, también, torturado; suave animal hecho para la voluptuosidad sombría del placer; pasivo mendigo del goce, dispuesto siempre a trasmutar en víctima ese cuerpo donde ha encarnado, por quién sabe qué delicioso capricho de la naturaleza, el príncipe cretense de los lirios. Presiento la suavidad del vello que sombrea sus ingles: retiro el paño con extremo cuidado para que el durmiente no vaya a despertar, y allí, en el centro del mundo, como una perla dormida en su ostra, yace su sexo tierno y enervante, de un deslumbrante marrón rojizo inmerso en el castaño de los muslos, y de inmediato viene a mi memoria la viva imagen de un tabaco de Vueltabajo. Otra vez las deidades del sueño se han mostrado benévolas conmigo, y el mensaje es tan claro que despierto de golpe y corro de la cama hacia el placard donde guardo mi equipaje. Sí, en mis maletas he traído de Cuba una caja de habanos Romeo y Julieta, marca costosísima, obsequio de Juan para el doctor Panchón Domínguez, su amigo personal y médico de la colonia cubana en París. Pero creo que el buen Panchón va a quedarse esta vez sin sus tabacos preferidos. Me observo en el espejo y el azogue me devuelve la imagen de Clodia Pulcher, matrona impúdica, en un marco de pámpanos dorados. Sacudo la cabeza remedando a Tamara cuando dice trato hecho.

Al alba tomo un taxi y corro hasta la villa. Encuentro a Jerome en cuclillas ante la puerta cerrada, aguardando con mansedumbre que le inviten a entrar. Bañado en la luz rosácea del amanecer, semeja a Ganimedes amado por los dioses. Hoy tenemos una sesión de trabajo difícil, porque Tamara nos hace ensayar posturas yacentes. Nos tendemos abrazados sobre los divanes, sobre las alfombras, sobre los grandes cofres de taracea. Yo lo estrecho con vehemencia contra mi pecho sin ocultarle ya mi deseo, y siento que su cuerpo se muestra ahora más dócil a mi reclamo, se adapta mejor a mis curvas y honduras.

Y cuando Tamara le indica introducir su muslo entre los míos para crear la ilusión del coito, él hace más: aplasta su boca sinuosa contra mis labios en el amago fugaz de un beso. Me sorprenden la frescura de su boca y la firmeza con que sus brazos me sujeten para que no resbale sobre la tapa convexa de madera pulimentada. Sé muy bien que los años nunca han sido una barrera para el triunfo del amor, y si algún obstáculo necesito vencer con este niño no es mi edad, no es ni siquiera la ambigua cuestión de su sexualidad, sino la pureza inquebrantable de los impuros: su inútil fidelidad al encenagamiento en que ha vivido. Hasta diría que Jerome posee una ética secreta que lo ata a la oscura hermandad de los sodomizados, pero creerlo sería ir demasiado lejos; yo no he venido a idealizarlo, sino para gozar de él . Él es mi oscuro objeto del deseo y nada más.

Me decido por la última postura: yo, tendida sobre el cofre, la cabeza descolgada hacia atrás mostrando la garganta y un atrevido escorzo de mis senos, y Jerome sobre mí, sujetándome con agresividad como si fuera a violarme (así podré conservar una lasciva imagen de sus nalgas). Ordeno a Tamara que esparza por el suelo unos cuantos ramos de adelfas y narcisos y algunas frutas y copas volcadas. Después discutiremos los honorarios, digo, y ya no vuelvo a hablarle con esa intimidad cómplice que he usado con ella desde que nos conocimos, sino con esa fría autoridad con que acostumbro tratar a quien trabaja para mí. Y es que Tamara ya cumplió su papel en esta obra y es hora de que haga mutis discretamente. Ella capta el mensaje y no le gusta; aunque sea aristócrata es, en realidad, una golfa, así que me obedece a su pesar y se disipa como polvo en el viento.

Al verse a solas conmigo Jerome se acurruca en un rincón. Inmóvil, abrazado a sus rodillas, toma el aspecto de un crío a quien la madrastra malvada ha encerrado en el cuarto de castigo, pero bajo su mirada temerosa se solapa una trémula expectativa. Avanzo desnuda llevando entre mis manos el estuche de habanos como una ofrenda, y me detengo ante él: Soy la sacerdotisa del tabaco —me bautizo a mí misma-—, y tú eres su espíritu. Me arrodillo a su lado, levanto la tapa, le muestro el contenido y le pregunto: ¿Has fumado esto alguna vez? Jerome niega en silencio sin apartar su vista de los puros. Es un placer maravilloso —instilo insinuante en su oído—. En el humo habita un hada que te hará ver en sueños cuanto desees. Voy a mostrarte cómo se fuma, y si aprendes pronto, te regalaré la caja. Lo miro fijo a los ojos al tiempo que le coloco un habano entre los dedos: Atiende bien, Jerome, y hazle a este tabaco todo lo que yo te haga a ti, ¿comprendes? Jerome asiente muy serio.

Con parsimonia ritual retiro el paño que cubre sus calientes ijares de potro, y tomo su virga entre mis dedos índice y pulgar. Compruebo sin sorpresa su total semejanza con la que vi en mi sueño. Lo primero es elegir un buen habano —le digo con una voz de la que en vano intento suprimir la emoción que me embarga—. El buen habano debe ser prieto al tacto y bien elaborado: firme, pero no duro: hay que palparlo ligeramente... —y mientras, presiono su virga como si quisiera comprobar su dureza. Enseguida Jerome me imita palpando de igual forma su tabaco. El miembro comienza a despertar de su pesado sueño, pero aún está lejos de tener la consistencia necesaria. Jerome me deja hacer con la mirada extraviada. Hago un esfuerzo violento para continuar con mi lección: El tamaño del habano —musito con una voz enronquecida por mi deseo sucio, animal— lo elegirás de acuerdo con el tiempo que tengas para poder disfrutarlo. Pero lo primero es oler —le incito. Acerco mi nariz a su entrepierna y aspiro deleitosa; de allí brota un vaho cálido mezcla de salitre, madera y sudor, que me estremece las entrañas... Jerome aspira su tabaco, al principio mecánicamente, pero una repentina distensión de sus facciones me indica enseguida que el olor le ha resultado agradable. Los habanos cubanos tienen aromas únicos —susurro—; pueden oler a chocolate, a setas, vainilla, nueces... Jerome aspira por segunda vez el puro que sostiene entre el pulgar y el índice, y ahora sí se permite una tímida sonrisa de placer. Vamos a cortarle la punta —lo interrumpo. Jerome deja de sonreír y se sobresalta como un niño, mirando alternativamente a su miembro y a mí. Con una guillotina pequeñita, —le explico—, pero como no tenemos, vamos a hacerlo con los dientes. Mi cabeza se abate sobre su sierpe, que ante mi ataque se enrosca despavorida; mordisqueo codiciosa el diminuto orificio de su glande y la virga vuelve a entrar en razón: el vientre de Jerome se contrae en un espasmo involuntario, pero él se domina y a su vez descabeza su tabaco de una ágil dentellada. Está muy bien —lo estimulo, mientras con mi mano libre le oprimo dulcemente la bolsa del escroto y el montículo umbroso—, pero ve con cuidado para que no desgarres la piel de tu habano. Ahora, se procede a retirar la anilla... —ejemplifico empujando hacia atrás el prepucio fuerte y rugoso. Jerome, como un autómata, desliza la vitola de su puro. Su pelvis, ya seducida, avanza velozmente hacia mi boca: ¡No! —lo detengo—. Ahora viene el corte y hay que hacerlo con mucha precisión, justo sobre la línea donde el gorro se une a la capa —y para marcar bien el sitio me ensalivo las puntas de los dedos y le froto con mucha suavidad el borde del glande y el frenillo engrosado y tirante. Jerome suspira y arde y parpadea. Saco de la caja un trozo de corteza de cedro, lo enciendo en la llama de una vela y se lo entrego: Ahora le acercas la candela a tu tabaco y lo enciendes así... —comienzo a pasar mi lengua mojada por la punta de su glande. Acaricio, presiono, raspo en lentos movimientos circulares que lo van encerrando en un estrecho cerco de tibiezas. La frente de Jerome se cubre de sudor, y cuando acerca la corteza encendida al borde de su habano, pequeñas perlas húmedas aparecen sobre sus hombros.

Lo siento estremecerse y jadear. A estas alturas de nuestro juego ya su miembro se ha vuelto duro y firme, con la consistencia necesaria para ser fumado. Sin embargo, todavía debo esperar un poco, porque una vez que se ha prendido el habano, hay que mantenerlo cierto tiempo cerca de la llama: Mientras más grueso, mayor tiempo será necesario para garantizar que se mantenga encendido —le explico, y continúo ensalivando su primavera, que alcanza ya tamaño codiciable. Poco a poco voy abriendo círculos más amplios e imprimiendo a mi lengua mayor velocidad. Mi cabeza gira para mejor circunvalar su breva pantagruélica. Jerome entiende y hace girar despacio el puro entre sus dedos manteniéndolo en contacto con la llama de cedro. Así se quemará bien parejo —apruebo. Jerome cierra los ojos y suspira. Bajo el continuo frotar de mi lengua su glande ha enrojecido y ahora se asemeja a una seta inmensa, amanita gloriosa que pronto ha de llevamos a la cumbre del éxtasis divino.

Antes de seguir, tomo una copa con restos de champagne: Esto no deberás hacerlo nunca cuando fumes en público —le advierto—, pero aquí nadie nos mira. Sumerjo su glande en el licor y le entrego la copa. Jerome la toma y hunde la punta de su tabaco en la bebida, lo regresa a sus labios y paladea el sabor al mismo tiempo que yo devoro su zeta emponzoñada, y chupo, y lamo en círculos, y sigo chupando y lamiendo hasta sentirlo trémulo bajo la pérfida caricia de mis manos. Al fin su vientre endurecido se rebela y ansía ya liberar sus ardores; No, Jerome —suplico—, es pronto aún: el sabor de un habano solo se vuelve intenso después de haber fumado más de la mitad. El muchacho está tan excitado que apenas logro contenerlo acudiendo al vasto repertorio de mi arte de amar. Al fin, condeno su tenso bulbo a la lúbrica faena de mis belfos, mientras mis manos, ávidas, se ocupan de sus nalgas. Me sorprende la resistencia extraordinaria de un recinto posterior habituado a hospedar invasores violentos. Insisto, penetro en el túnel y mi presa desfallece una vez más. ¡Sigue fumando, sigue! —lo exhorto con vehemencia— ¡Mantén el humo en tu boca, paladea su sabor...! ¡El tabaco no se puede apagar, Jerome, hay que dejarlo arder hasta que se consuma...! Pero he colmado su medida. Fiel al ritual fumador, me aparto antes que la ceniza hirviente caiga al suelo. Jerome mantiene su erección todavía un instante, mientras me mira con ojos desorbitados por la desenfrenada locura de su goce, y al final, se derrama sobre su propio vientre como un manantial recién nacido sobre la falda de un monte. Voy sorbiendo sus jugos mientras él se desploma en mis brazos, y reconozco en el temblor gimiente de su carne que ha descendido al fondo del abismo. Miembro y tabaco decrecen lentamente, y nosotros terminarnos compartiendo la agónica dulzura de la culminación. Jerome no me ha tocado, pero no ha sido necesario: mi sexo arde como una fragua. ¡Dios, yo nunca había probado un erotismo tan enloquecedor! Mi amante continúa extenuado y no encuentro otro remedio que aplacarme a mí misma. Nos rendimos al sueño, muslos entrelazados, pechos húmedos, y nadie ve la luna cuando aparece entre una floración de negras nubes y comienza a rielar sobre los cuerpos en reposo.

Mi estancia en Niza llegaba a su fin y a la mañana siguiente viajé a París. No volví a verlo, pero siempre pensaba en él, y cuando regresé al año siguiente fui a su aldea con intención de buscarlo. Me contaron que había muerto en circunstancias extrañas poco después de mi partida. Desapareció durante días y unos niños hallaron sus restos incinerados en un basural. Se sospechó de un comerciante árabe que era su amante y lo habría matado por celos; aquel hombre era el verdadero dueño de la casa rentada por Tamara, donde enseñé a fumar al bello mudo infeliz. Según otra versión, lo asesinaron unos pescadores para robarle cierta caja de habanos carísimos que Jerome guardaba con gran celo y jamás aceptó compartir. Averigüé algunos detalles sobre su vida. Supe que había nacido de una mujer argelina, esclava fugitiva del harén de un turco. Madre e hijo vivían pobremente de la pesca, y cuando había posibilidad de obtener buena paga, Jerome tenía sexo con turistas que iban a la aldea recomendados por amigos a quienes el muchacho vendiera anteriormente sus favores. Recordé súbitamente la presencia en los alrededores de Cocteau y Radiguet. No hubo ninguna pesquisa policial. Jerome era un mísero prostituto sin apellidos y ni siquiera poseía documentos; no era nadie, como si no hubiera existido jamás. ¿A quién le iba a importar que alguien lo hubiera supliciado?

Pero yo tengo mi propia sospecha: Tamara Lempicka fornicaba con el comerciante musulmán, y los dos habían usado al mudo muchas veces, quizás a cuatro manos, quién sabe. Al recordar ahora la sombra de locura que acechaba en los ojos de aquella mujer, no me parece que fuera incapaz de cometer tal crimen en un intento demencial por empujar, siempre más lejos, la frontera que impide a los mortales dilatar hasta el infinito la fuente oscura del placer.

La muerte de Jerome me perturbó más allá de cuanto hubiera creído. Yo habría querido obtener de él mucho más que un orgasmo, aunque aquel haya sido el mejor de mi vida. A pesar de su extrema juventud, o quizás por ella misma, yo hubiera deseado que paseáramos juntos al amanecer por el Camino de los Ingleses, pisando caparazones de crustáceos muertos y espantando gaviotas confundidas; contemplar tomados de las manos la puesta de sol sobre las aguas negras de la bahía, y asistir, abrazados entre las piedras desnudas del anfiteatro, a la representación de Medea o Edipo en Colonna, viendo rielar la luna antigua del Mediterráneo en su perfil de lirio principesco. Revivir a su lado el mundo encantado de un primer... o de un último amor. Y hubiera querido que él lo supiera. Tal vez mi confesión habría dado algún alivio a su melancolía, redimiéndolo un poco del terrible desprecio de sí mismo que seguramente lo abrumaba, y que debió amargar su breve vida.

Desde entonces cada atardecer, cuando en mi casa del Vedado hiere la luz aquel vitral para el que un día los dos posamos juntos, se me escapa un sollozo qua a duras penas consigo sofocar. Vuelvo a sentir la oliva de su piel fundiéndose al calor de mis caricias; veo su faz inocente y sombría contemplándome bajo el opaco resplandor de un pebetero, y en ocasiones hasta creo escuchar la grave voz de una Tamara invisible cantando por los rincones una última copla de Carmen: "El dulce hablar de los amantes/ sus promesas y éxtasis,/ todo es humo/ que por el aire asciende al cielo.../ asciende al cielo..."

Gina Picart Baluja (Ciudad de La Habana,15 de febrero de 1956) comenzó su carrera oficial como escritora en 1994 con la publicación de su opera prima La poza del ángel, libro de relatos que obtuvo el premio David de ciencia ficción en 1990. La poza del ángel obtuvo también los premios Pinos Nuevos 1993 y HabanaFicción 1998). En 2000 fue publicado su libro El druida. En 2004 fue premiada en España por su relato Boleto. En 2006 aparece Malevolgia, su primera novela. En 2007 publica La ciudad de los muertos y La poética del signo como voluntad y representación (premio de ensayo Luis Rogelio Nogueras 2006). Pronto saldrán a la venta otros dos volúmenes de su autoría, Historias celtas y El reino de al noche.

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