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Hija del aire

Categoría: Artículos de historia y cultura sobre La Habana colonial y republicana

02/10/2007 GMT 1

¿HUBO PIRATAS CUBANOS?

hijadelaire @ 04:26

 Releyendo un hermoso libro del periodista e investigador Francisco Mota, Piratas y corsarios en las costas de Cuba, ha vuelto a  mis recuerdos el tema de los piratas, una de mis fantasías infantiles más queridas.     

Cuando yo era apenas una cubanita de cinco años, mi abuelo don José Manuel, hijo del capitán Picart, ayudante de campo del general mambí Calixto García Íñiguez, tomó a su cargo la labor de enseñarme Historia de Cuba a través de hermosos cuentos. Cuando hablábamos cada noche sobre la Conquista en el balcón de nuestra casita en Luyanó, sobre los primeros siglos de nuestyra existencia como país, sobre La Habana antigua y la construcción de aquellas fortalezas maravillosas que él me llevaba siempre a visitar en el perímetro de La Ciudad Vieja y los muelles, indefectiblemente surgía el tema de los piratas y sus ataques a la villa de San Cristóbal de La Habana.    

Abuelo mencionaba muchos nombres extranjeros y narraba aterradoras historias de tales incursiones, pero me llamaba la atención que en su lista de piratas nunca mencionara un nombre cubano. En la escuela se repetía el caso: los maestros hablaban sobre piratas de todas las banderas. Y nosotros, con una isla grande tan cercana a la Tortuga, refugio caribeño de la piratería mundial,  ¿no teníamos ningún pirata ilustre?     

Pero nosotros los cubanos sí tuvimos un gran pirata: el mulato Diego Grillo, también llamado Dieguillo o Diego Martín. Supongo que abuelo no lo mencionaba porque no conocía bien su historia y no quería hablarme de un tema que no dominaba, porque la vida y hazañas de Diego Grillo han sido hasta ahora imposibles de aclarar completamente. Lo llamaban Diego Grillo, el capitán Dieguillo y por último... pudiera haber sido también el terrible pirata apodado Lucifer. Pero antes de evocar su imagen hagamos…    

UN POCO DE HISTORIA    

La primera mitad del siglo XVI fue el escenario de los filibusteros franceses, quienes se establecieron en los cayos e islotes de las Antillas y desde allí saqueaban una y otra vez nuestras prósperas villas y ciudades. El más célebre, aunque no el único, fue sin duda Jacques de Sores. En la segunda mitad del siglo las hazañas de los piratas galos fueron eclipsadas por la aparición en aguas caribeñas de los piratas ingleses, siendo entre ellos los más sonados Sir Frances Drake y Baskerville.    

A principios del siglo XVII francos y britanos fueron desplazados por sus homólogos holandeses, quienes mantuvieron largo tiempo en jaque las flotas y convoyes españoles que retornaban a Sevilla cargados con las maravillosas e infinitas riquezas saqueadas a las tierras de América. Entre ellos los nombres son menos conocidos hoy, aunque resaltan los de Vaude Van Enrico, Perin Petre y Cornelius Jol, conocido como el temible Pata de Palo.    

Por último, la segunda mitad de aquel siglo vio aparecer sobre las dulces aguas caribeñas una plaga de audaces vándalos del mar con banderas de todas las naciones. Los de hazañas más mentadas fueron, claro está, el tristemente célebre Henry Morgan; así como también Lorencillo, Bartolomé el Portugués y otros muchos. La situación empeoró mucho cuando en 1712 Francia, Inglaterra y Holanda pactaron la libertad de comercio por los mares de las Indias. Desde ese instante los pacíficos habitantes ya no tuvieron un momento de descanso seguro.    

Que Cuba haya sido un enclave favorito para el saqueo y el merodeo de los corsarios y piratas no es casual, ya que era el punto intermedio en la travesía de los galeones que regresaban a España y,  al mismo tiempo, de las enormes y pesadas flotas españolas que venían a América con sus bodegas  repletas de mercancías y abastos con destino a los colonos. Es fácil suponer cómo desde sus refugios los bandidos vigilaban ese tránsito que debía proveerlos de fortunas inmensas por el solo golpe de su audacia, y que al final sólo dejó un ramillete de incitantes leyendas sobre tesoros enterrados en las orillas de Cuba.    

DIEGO GRILLO    

Como suele ocurrir con muchos personajes históricos, cuando se hace el recuento de los lugares que conocieron su presencia y las fechas en que ocurrieron los hechos que se le atribuyen, parece haber vivido unos dos siglos más o menos, lo cual se explicaría si se admitiera la existencia en suelo cubano de dos piratas con nombres semejantes, lo cual, por demás, no es imposible. Si los estudiosos del mito admiten que hubo diez personajes llamados Hércules en la prehistoria de Grecia, y que el que conocemos reúne en su leyenda las hazañas más famosas de los otros nueve, ¿por qué no podría suceder otro tanto por estos lares?      

Se cree que Diego Grillo nació en San Cristóbal de La Habana alrededor de 1556. La leyenda cuenta que fue hijo de un cuarterón español y una hermosísima negra esclava;  que en su infancia estuvo al servicio del  gobernador de Campeche, quien lo azotaba y sometía con frecuencia a otros maltratos, lo cual despertó en él un ánimo rebelde que lo llevó a abandonar su villa natal a la temprana edad de trece años y enrolarse como grumete en alguna fragatilla española. Se supone que en sus primeras andanzas visitó los puertos de Veracruz, Campeche, Nombre de Dios y Río Hacha, y no se descarta que hasta se haya adentrado por los grandes ríos continentales en las selvas americanas.    

Poco después, a la edad de quince años, es capturado por  Sir Francis Drake, quien lo halló a bordo de un galeón español cuando saqueaba con  sus dos naves el mencionado puerto. Con Drake, Diego participó en el saqueo de Campeche y Veracruz y otras ciudades de la costa nicaragüense, y también figuró en los atropellos cometidos en Mogadores, Río de Oro, Cabo Verde, La Plata El Callao y otros puertos de las costas de Chile y Perú, durante el viaje de circunvalación que llevó a cabo Drake desde 1577 a 1580.     

Según esta data, Diego Grillo debió estar presente en el recibimiento fragoroso de que fue objeto Drake a su regreso a Inglaterra. Quizás hasta estuvo junto al pirata inglés cuando éste fue visitado en Plymouth por la mismísima reina Isabel, quien tenía  a su coterráneo en muy alta estima, como lo demostró al otorgarle un codiciado título de nobleza.     

De esta amigable relación entre el corsario de confianza de la reina Isabel I de Inglaterra y el humildísimo mestizo cubano dan testimonio, entre otros documentos,  las declaraciones hechas ante el Santo Tribunal de la Inquisición de México por un portugués que fue capturado y después liberado por Drake. Por él se sabe que Diego regresó con el anglosajón a las cálidas aguas caribeñas alrededor de 1585, cuando su patrón decidió abandonar su fría patria norteña y al frente de una flota de veintitrés naves puso proa a América para saquear Puerto Cabello y Cartagena de Indias, plan que no pudo materializar al verse su tripulación fatalmente atacada por un brote de fiebre amarilla. Tuvo que regresar, deteniéndose varios días en el Cabo de San Antonio para reabastecerse.  Desde allí amenazó a La Habana durante varios días, pero finalmente se retiró sin hacer nada.    

A partir de entonces las huellas de  Dieguillo se pierden nuevamente y nadie vuelve a saber de él hasta el 18 de febrero de 1603, cuando reaparece convertido nada menos que en el  prestigioso capitán Diego Grillo, a quien muchos ya comenzaban a llamar El Mulato Lucifer. Ese año coopera con el célebre pirata holandés Cornelius Jols, alias Pata de Palo, en el asalto a una fragata española frente al puerto de Nombre de Dios. Dicen que en esa primera época recorrieron juntos la Isla de Pinos y que Diego se hizo el más experto conocedor de la misma y de toda la cayería que la rodeaba. Poco después vuelve a aparecer su figura arrogante y cruel en Puerto Caballos, Golfo de Honduras, donde dos galeones españoles se encontraban cargados de la plata que Centro América enviaba a España. La pequeña flota estaba al mando de un joven capitán español llamado Juan de Monasterios, quien fue informado de que un escuadrón de corsarios se dirigía hacia el puerto en busca de sus naves.     Luego de hacer que su tripulación se confesara con el capellán de a bordo, Monasterios se dispuso a la defensa. Los piratas se presentaron de madrugada por la boca del puerto y comenzaron el ataque. La nave almirante iba comandada por Pata de Palo; pero el jefe de la nave capitana era nuestro mulato criollo de La Habana, el infernal Diego Grillo. Un fragmento de archivo describe así la actuación de Dieguillo durante aquel combate:    

Se aproximan concentrando fiero cañoneo sobre uno de los galeones españoles. Desde lo alto del alcázar anima Grillo a sus holandeses, franceses e ingleses, e improando sobre la nave española que defiende Monasterios la ataca con salvaje denuedo. El español, acorralado, se defiende, y a pesar de sus sangrantes heridas recorre la cubierta animando con su valor a los que aún sobreviven. La nave, severamente castigada por el fuego pirata, consigue sin embargo rechazar el ataque de Dieguillo. Al medio día una acometida dirigida personalmente por Pata de Palo fracasa igualmente. Al anochecer el holandés y Dieguillo lanzan un ataque combinado y el cubano consigue acodar su nave sobre un costado del galeón español. En medio del abordaje consigue apresar a Monasterios, rodeado por cinco vivientes guiñapos humanos. Premiando su bizarría días después, los piratas liberaron al valiente vencido    

Quién sabe de qué singular naturaleza habrá sido la amistad que unió al joven holandés mutilado con el gallardo mestizo cubano, y que al parecer, con largos e incomprensibles intervalos, duró hasta la muerte del primero; pero lo cierto es que aquel mismo año los dos amigos volvieron a separarse. Jols continuó asediando a Cuba hasta que un buen día desapareció de nuestros mares, convertido en Almirante por nombramiento que le otorgó la Compañía Holandesa de Indias Occidentales, patrocinadora del corso por las Antillas.  El mestizo Grillo, de origen humilde tan cercano a la esclavitud, no podía aspirar a parecidos honores.    

Las huellas de Diego Grillo vuelven a palidecer, como si la separación de su socio holandés hubiera restado bríos a su actividad filibustera. Pero cuatro años después del ataque a Puerto Caballos se le acusa de dirigir en persona, al frente de diez urcas, el asalto a un puerto nicaragüense. Nuestra fuente de archivo asegura  que al ser derrotado se vio obligado a huir con bastante descalabro a bordo.    

Más tarde se le achaca el apresamiento de dos navíos, donde viajaban importantes autoridades españolas que de manera milagrosa consiguen escapar huyendo entre los cayos a bordo de dos faluchos. También se le creyó responsable del desvalijamiento del oro y la plata cargados por las once naves españolas que, comandadas por don Pedro Escobar, naufragaron en los arrecifes cercanos al puerto de Veracruz.    

También se dice que en 1619, mientras Pata de Palo asolaba Santiago de Cuba, fue Diego Grillo quien, con un navío de doscientas toneladas y dos jabeques, asaltó embarcaciones ancladas en el puerto de Nuevitas y se llevó consigo seis fragatillas españolas.    

Igualmente algunos historiadores creen que Grillo peleó junto a Pata de Palo una vez más cuando en 1628 los corsarios holandeses destruyeron y robaron en la bahía de Matanzas la rica Flota de la Plata, comandada por los capitanes llamados Dos Juanes,  Juan de Benavidez y Juan de Leoz, experimentados marinos españoles. Y cito, ya como parte de la leyenda, que Grillo pudo haber actuado una vez más junto a Pata de Palo cuando el corsario, ya anciano, atacó en agosto de 1638, frente a Bahía Honda y Cabañas, al convoy español mandado por el valiente Marqués de Caracena. También se ha querido culpar al pirata cubano por ciertas atrocidades cometidas en 1675 en el Canal de Las Bahamas. Saqueo, pillaje,violación, asesinato, incendio y masacre: de nada más blando podría tratarse entonces, como igualmente hoy, porque la violencia que el odio y la ambición engendran tiene siempre el mismo rostro.    

Sobre la personalidad de Diego Grillo se sabe con certeza que hablaba perfectamente el inglés y el español,  que poseía un valor personal rayano en la intrepidez, y en combate era el primero en abordar las naves que apresaba; nunca se cuidaba de la muerte, como si no tuviera en gran aprecio la existencia. Quizás se tratara de mera arrogancia, o de una táctica bien calculada para hacerse respetar  y admirar de sus hombres. O tal vez era auténtica indiferencia ante el peligro, pues después de todo, un negro pirata no tenía gran cosa que perder, como no fuera el fruto de su pillaje, cosa que, sin embargo, tampoco parecía interesarle demasiado.    

Tres anécdotas relacionadas con él podrían perfilar algunas facetas de su carácter. Se cuenta que en una de sus incursiones sobre el puerto de Campeche, supuestamente aquella en que los corsarios de Pata de Palo atacaron con diez navíos y más de quinientos hombres, Diego halló entre los muertos un cadáver que identificó como el de su padrino, el capitán Domingo Galbán Romero, quien resultó ser el defensor de la plaza. El cubano mostró gran sentimiento, según aseguran los cronistas, ante aquellos despojos de quien lo había llevado a la pila bautismal, llegando hasta sentirse culpable de su muerte.    

Es muy  probable que haya sido en esa misma ocasión cuando tuvo lugar la muy mencionada búsqueda que hizo Diego de la persona de aquel ex gobernador de Campeche que le maltratara en su infancia, con la intención de cortarle la nariz y las orejas en la Plaza Pública.    

Y ha quedado para la Historia su proverbial caballerosidad en el trato con las mujeres que tomaba prisioneras, de la cual se cita como más alto ejemplo la protección que brindó a la bellísima dama española doña Isabel de Caraveo, viuda del gobernador Centeno Maldonado, destituido de su mando de la villa de Campeche después del ataque pirata. Para evitar a la dama los ultrajes a que sin duda la hubieran sometido sus colegas corsarios, le asignó una guardia personal que la cuidó esmeradamente hasta desembarcarla sana y salva cerca de Campeche. ¿Por qué lo hizo, si ella era su prisionera y como tal le pertenecía; si ella era joven y de belleza célebre en la época, y él  aún viril y vigoroso?     No es extraño que la Historia y la leyenda recojan disímiles datos sobre el final de Diego Grillo. Hay constancia de que al menos dos gobernadores de la Isla de Cuba le persiguieron afanosamente, y en el libro Quién es quién entre los piratas se asegura que fue capturado y ahorcado por los españoles en 1673; pero quién sabe si se trataba de otro pirata con nombre semejante, porque hay noticias de que a él se le vuelve a avistar en 1680 en Boca de las Carabelas.    

Lo cierto es que por esa fecha, supuestamente con  unos ciento veinticuatro años cumplidos, desaparece misteriosamente de las aguas caribeñas, como sucedió con muchísimos piratas y corsarios que  tuvieron un final sórdido y gris, asesinados por alguno de sus iguales o por sus tripulaciones amotinadas en los cayos donde tenían seguro refugio los de su condición, y donde no imperaba ley alguna.    

Cualquier riña mal zajada, cualquier venganza de honor, robo de mujeres o posesión de tesoros enterrados bastaba para que estos elementos de baja laya se enzarzaran entre sí en encuentros mortales, donde los despojos del vencido bien podían terminar pudriéndose entre los arrecifes, confundidos con racimos de algas y carapachos vaciados de langostas. O quizás acabó de una forma menos cruenta, aunque no menos dramática, terminando  sus días vencido por alguna enfermedad propia de  hombres de mar, fornicadores irredentos e insaciables bebedores de ron, harapiento y desnutrido, paseándose sin rumbo por dominios en los que antaño su hermosa figura fue temida y obedecida por bandidos de todas las latitudes.    

No importa demasiado esclarecerlo, porque no debe estar lejano el día en que Diego Grillo, el mulato Lucifer del mar Caribe, el hijo virulento y rencoroso, pero hijo al fin de San Cristóbal de La Habana, se convierta en protagonista de alguna gran novela, y entonces, el final que le conceda el autor será el que quede inscrito para siempre como colofón de la vida y  leyenda de quien fuera, probablemente, el único gran pirata cubano, mientras no se demuestre lo contrario.    

A veces pienso que abuelo quizás sí conocía perfectamente la existencia de Diego Grillo, y que si nunca me habló de él fue porque, más allá del mundo maravilloso de sus historias y como descendiente que era de un recio oficial mambí, la idea de un pirata cubano no era muy de su agrado. Le comprendo. Pero ahora que el libro de Francisco Mota y otros viejos papeles de archivo me han descubierto la pintoresca personalidad del mulato Lucifer, confieso sin vergüenza alguna que me siento orgullosa de añadir a su nombre la palabra CUBANO.                                                                                       

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22/09/2007 GMT 1

MÁS LUZ SOBRE UN GRAN AMOR

hijadelaire @ 14:42

 

 HISTORIA DE CATALINA LASA Y JUAN DE PEDRO BARÓ,

Los amantes del Vedado

Cuando se buscan ejemplos de un gran amor habanero, siempre se cita la pareja formada por Catalina Lasa del Río y Juan Pedro Baró. Hasta la prensa refleja con cierta recurrencia esta historia que andando el tiempo ha adquirido visos de leyenda, y parece como si la vida, con el tributo tardío de tanta admiración, quisiera compensar a los amantes del repudio social que debieron enfrentar en su época desde que decidieron alzarse contra todas las normas sociales establecidas para entregarse de lleno a la aventura de su pasión.

Sin embargo, esta romántica leyenda que tanto atrae a periodistas, lectores y soñadores de todas las edades y grupos sociales, es mal conocida, porque se ha escrito mucho sobre ella, pero se ha escrito mal. Generalmente quienes tocan el tema se limitan a recoger el corpus de artículos anteriores y repetir más o menos lo mismo una y otra vez con escasas variaciones, y hasta se ha dado el caso de investigadores destacados que le han añadido a la historia unos granillos de pimienta falsa para volverla más grandiosa y conmovedora. Me parece que ya va siendo necesario detener el desmande de ciertas fantasías y contar la mayor cantidad posible de verdad sobre estos amantes.

Y digo la mayor cantidad posible de verdad porque una investigación profunda sobre sus vidas resulta ahora extraordinariamente difícil: primero, porque ya deben quedar muy pocos testigos directos de los hechos, pues ha transcurrido demasiado tiempo y casi todas las personas que les conocieron han muerto en Cuba o en el extranjero. Y segundo, porque Juan Pedro Baró, luego de la muerte de su esposa, se radicó definitivamente en París llevándose consigo todos los documentos y fotos de familia. Otra parte de este legado se encontrará, sin duda, en manos de los herederos directos de Catalina, quienes tampoco viven en la isla desde hace décadas.

Yo comencé a interesarme por el tema después de ver un documental realizado en la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños. La imagen de Catalina cubierta por un velo negro danzando en los interiores de su mansión me turbó para siempre, poblándome de demonios que hasta la fecha no he podido exorcisar. Todo lo que el documental no explicitaba, velando la información tras un silencio poético, me lanzó hacia una vorágine de investigaciones que, si bien no han rendido hasta hoy todo el fruto que yo hubiera deseado, me han permitido al menos acercarme más a estas dos figuras que parecen evadirse constantemente, cual si desearan evitar que la curiosidad ajena pasee su mirada por la intimidad que compartieron en vida.

Juan Pedro Baró, nacido el 16 de mayo de 1861, era un riquísimo hacendado matancero propietario de varios ingenios y otros negocios ajenos al mundo azucarero. Descendía de José Baró Blanxard, ciudadano catalán radicado en la ciudad de Matanzas, quien llegó a ser uno de los más importantes tratantes de esclavos en toda la isla, negocio que dio origen a su inmensa fortuna. Aunque Baró Blanxard no era de noble cuna, logró que la Corona le concediera dos títulos nobiliarios: I marqués de Santa Rita y I vizconde de Canet de Mar, que heredaría su nieto Juan. Los antecesores de Juan tuvieron una hermosa hacienda en los alrededores de Matanzas, famosa porque en su construcción se emplearon materiales costosos y soluciones novedosas. Al parecer, este hombre también fue protagonista de una intensa historia de amor hacia su esposa.

Juan estudió en los mejores colegios de la ciudad y también en escuelas de los Estados Unidos. El 2 de febrero de 1882, a los 19 años de edad, contrajo matrimonio con Rosa Varona y Gonzáles del Valle, de diecisiete, hija de una familia de hacendados de gran reputación. Tuvo de ella dos vástagos, Concepción y John, y no cinco, como se ha escrito tantas veces incorrectamente. Era un joven con la refinada educación que los hacendados solían dar a sus hijos, pero tenía un defecto muy propio de los hombres de su clase social: necesitaba una muy intensa y variada vida sexual, y para satisfacerla acudía por igual a cortesanas, prostitutas, esclavas y niñas del servicio de su propia casa. Esta conducta inmoderada e irrefrenable puso en peligro su matrimonio muchas veces, hasta que al fin, cuando sus hijos contaban once y siete años respectivamente, doña Rosa abandonó el hogar conyugal y se trasladó a los Estados Unidos para establecer una demanda de divorcio por infidelidad contra su esposo. El periodista e investigador Oscar Ferrer Carbonell encontró el acta de dicha demanda en el Archivo Nacional, y gracias a su hallazgo puedo ahora citar algunos fragmentos de este documento, emitido en aquel país por la firma de abogados representantes de doña Rosa. Consta en sus páginas:

 "5—Que demandante y acusado convivieron juntos como marido y mujer hasta agosto de 1893, y hasta agosto de 1994 la demandante continuó morando con dicho acusado y viviendo en el hogar de él, aunque no en calidad de esposa, pues sus relaciones íntimas habían cesado un año antes. 6—Que a comienzos del año 1884 y hasta su separación final el acusado ha sido culpable de mantener de vez en cuando relaciones impropias, ilícitas y adúlteras con otras mujeres ajenas a la demandante. Como ejemplos de tales infidelidades asegura doña Rosa en dicha acta que A—En 1884, en La Habana, Cuba, el acusado asaltó e intentó violar a una muchacha mulata de doce años de edad, quien era miembro de la servidumbre de la casa del acusado, hecho que no llegó a consumarse, siendo impedido por los gritos de la víctima. D—En 1889 la demandante y el acusado viajaron a Francia, donde permanecieron durante cierto tiempo. En el transcurso de aquella estancia el acusado tuvo relaciones con una notoria cortesana de nombre Adelaida Carpion (…). E—Que en y durante los años 1884 a 1888, ambos inclusive, el acusado tuvo relaciones con cierta doncella, dama soltera, y que en varios y diversos lugares y horas el acusado y la mencionada doncella sostenían ilegales y adúlteras comunicaciones, y que estas relaciones de carácter criminal y secreto fueron mantenidas por ambos durante el período ya mencionado. G—En el mes de agosto de 1893 el conde de Jibacoa y su esposa la condesa, la demandante y el acusado, estuvieron viajando por descanso, recreación y turismo a través de Francia y Suiza. Durante ese tiempo el acusado y la mencionada condesa de Jibacoa se enamoraron, involucrándose en una culpable y criminal unión, y finalmente se fugaron durante las fiestas de Chamoix y Grands Mulets, permaneciendo ausentes por toda una semana. Durante todo el tiempo que permanecieron juntos, el acusado asumió el nombre e identidad de la citada condesa de Jibacoa; ocuparon ambos la misma habitación o habitaciones que se comunicaban y son culpables de frecuentes actos ilícitos y de adulterio (…). J—Que el acusado, por ser culpable de tener comunicación adúltera con otras mujeres, trajo vergüenza, desgracia y escándalo sobre la demandante, destruyendo su felicidad y el hogar que ambos habían creado en común y cubriendo de humillación a la demandante, familia y amigos de esta (…)".

 Debo aclarar que solo he citado aquellos fragmentos que se refieren a personas identificadas, ya que no por sus nombres, al menos por ciertas señas, omitiendo aquellos párrafos donde doña Rosa acusa a su esposo de infidelidades numerosísimas con mujeres de las cuales no ofrece datos específicos, llegando incluso a afirmar en una ocasión que su marido fornicaba con hembras cuyos nombres él no llegó a conocer jamás. Para más datos cito que los abogados de doña Rosa, los señores Boll y Watson, sellaron esta acta de divorcio en Nort Dakota, el 15 de agosto de 1895.

Para quienes deseen conocer el final de esta historia, corrieron por aquellos días rumores según los cuales la condesa de Jibacoa, encinta de Juan como consecuencia de su romance, dio a luz una hija. El conde de Jibacoa, en un esfuerzo titánico por evitar el escándalo, reconoció a la recién nacida y no se separó oficialmente de su mujer, aunque se comentó que no volvieron a convivir íntimamente. Tal vez la amaba, pues la condesa adúltera tenía fama de ser una de las más radiantes bellezas de aquella alta sociedad. De cualquier modo las relaciones entre los dos hombres no parecen haberse afectado mucho, pues después del escándalo ambos mantuvieron aún negocios, como consta en documento hallado en el Archivo Nacional, según el cual Baró compró al conde de Jibacoa la finca Santa Rosa.

No puedo resistir la tentación de comentar que desde el inicio mismo de su casamiento Juan tuvo para con su esposa bien pocas consideraciones, pero quizás se trataba de un matrimonio acordado entre familias por conveniencia de intereses, y no de una unión impulsada por el amor. Eso explicaría la intranquilidad sexual del joven Baró, así como el poco respeto por los sentimientos y la imagen pública de Rosa Varona, su legítima esposa y madre de sus hijos, quien no murió entonces, como se asegura en muchos artículos publicados por la prensa cubana sobre él y Catalina, por lo que no era viudo, sino divorciado cuando conoció a su segunda mujer, y en aquel momento, al no existir aún en Cuba la ley de divorcio, quizás la separación de la primera no fuera válida en el territorio nacional. 

 La familia de Catalina no tenía un estatus económico tan encumbrado como el de Baró, pero en cambio eran nobles verdaderos mucho antes de que el primero de la estirpe pisara tierra cubana. La casa Soler de Lasa aparece a principios del siglo XVII como natural de la villa de Astigarreta, Guipúzcoa, País Vasco. Fueron declarados Hijosdalgo de la villa de Zumárraga en 1792, y tenían un bonito escudo de armas, en el que aparecía en santor la parte superior de oro con lobo de sable, y a los lados, en campo de azur, una torre de oro. Pero el padre de Catalina no podía usar este escudo ni tenerlo en el frontis de su puerta, porque él pertenecía a la tercera línea de descendencia de la familia. José Miguel Lasa y Barbería se casó con María Luisa del Río Noguerido y Sedano, hija de un capitán de navío de la Real Armada, quien también fue Tesorero de la Real Lotería de la Isla de Cuba. José Miguel y María Luisa, padres de Catalina, tuvieron en total nueve hijos, de los cuales ella fue la quinta. Todas las hermanas Lasa del Río fueron célebres por su belleza, pero Cati, nacida un 30 de abril de 1875 bajo el signo de Tauro, poseía, además, otros dones: gracia, elegancia, distinción, ingenio, seducción y una despierta inteligencia. Era cálida y vivaz como una llama, y la prensa de su época llegó a llamarla la maga halagadora. A lo largo de toda su vida demostró que también disponía de un fuerte carácter y un inquebrantable poder de decisión.

Como tantas otras familias víctimas de una época políticamente convulsa y peligrosa, los Lasa tuvieron que emigrar a los Estados Unidos. La familia se radicó en Tampa entre los exiliados cubanos, y fue en aquel suelo extranjero donde la bella joven conoció a Pedrito Estévez Abréu, único hijo de la gran patriota Marta Abréu y Luis Estévez Romero, un oscuro abogado habanero a quien siempre se ha querido acusar de haberse casado con la riquísima villaclareña para ascender en fortuna y escala social, y que fue elevado por sus propios méritos a la dignidad de Vicepresidente del primer gabinete republicano. Marta poseía un caudal tan enorme que en una ocasión pudo permitirse donar a la Tesorería del Partido Revolucionario Cubano 186 mil pesos oro para financiar la compra de armas con miras a una intervención armada en la isla. Se cree que ella sola financió la mitad del costo de esa guerra.

Por aquel entonces los padres de Pedrito se encontraban exiliados en París, y fue en esa ciudad donde Marta Abréu recibió carta de su hijo anunciándole que se había comprometido con Catalina y deseaba casarse con ella de inmediato. Marta Abréu debió tomar informes sobre la novia de su hijo, y habrá encontrado tal vez ciertas referencias a su conducta que no le agradaron, porque se mostró reacia ante la noticia y escribió a su hijo pidiéndole que aplazara la boda hasta que todos pudieran reunirse en Cuba libre, pues ya era inminente el fin de la guerra. Pero Pedrito no podía esperar, pues si se cotejan fechas, ya Cati debía de encontrarse encinta de poco tiempo de su primer hijo. Los Estévez Abréu se apresuraron entonces a viajar a Tampa para asistir a aquella boda que les disgustaba, celebrada el 15 de junio de 1898.

EL PRIMER MATRIMONIO

Se ha llegado a decir en artículos publicados por diversos órganos de prensa, y hasta en libros, que el matrimonio de Catalina con Pedrito fue infeliz desde el comienzo porque Marta le recordaba constantemente a la nuera sus orígenes más bien humildes. No creo que existan ya personas capaces de testimoniar sobre la intimidad de La Venerable, como llamaban por ese entonces a la digna dama, pero parece más lógico pensar que, habiéndose instalado inicialmente el joven matrimonio en el mismo palacete del Paseo del Prado que ocupaban los suegros, desde muy pronto tuvo Marta, austera, hogareña y reflexiva, la posibilidad de observar con detalle el carácter díscolo y bastante superficial de Catalina, entonces de 23 años.

Existe una correspondencia de Marta a una amiga, donde se queja de que su joven nuera gusta en demasía de las fiestas y el baile y de exhibirse en sociedad; y también de las joyas, los vestidos y muchas otras aficiones que La Venerable consideraba mundanas. Además de las diferencias generacionales que pudieran separar a estas dos mujeres, no hay que olvidar que Marta era de índole muy diferente a su nuera en personalidad y carácter. Siendo una potentada que podía permitirse cuantos criados se le antojara, sentía placer en zurcir con sus propias manos la ropa interior de su marido y mejorar con sus agujas el trabajo de las modistas en los trajes que se mandaba a hacer siguiendo los dictados de la moda, no porque fuera coqueta o interesada en féferes, sino por la necesidad de presentarse en sociedad en concordancia con su condición.

Patriota fervorosa que hizo de la causa de la independencia el eje de su vida, Marta Abréu debió sentir rechazo y distanciamiento ante aquella mujercita radiante y joven que no servía a más ideología que la de sus diversiones y complacencias; madre incondicionalmente dedicada a su único retoño, debió de contemplar con disgusto la facilidad con que Catalina se separaba constantemente de sus hijos para ir en pos de sus banales aficiones. Las diferencias entre las dos mujeres debieron llegar tan lejos que la pareja joven terminó por mudarse para otra casa de la misma avenida.

También se ha sugerido que Pedrito no era el compañero más indicado para la turbulenta Cati. Su propia madre se quejó en muchas ocasiones de su debilidad de carácter y su pusilanimidad, y al parecer, antes de casarse había sido un pequeño dandy con infulillas de conquistador. En todo caso Marta pensaba que su hijo debería mostrarse más firme y enérgico ante los caprichos y veleidades de su bella esposa, y esta convicción debió exacerbarse cuando Catalina, ya toda una señora con tres hijos, fue elegida en dos ocasiones triunfadora en un concurso de belleza promovido por el diario El Fígaro. Es posible que La Venerable percibiera a su hijo como un juguete siempre moldeable en manos de su esposa.

SE ENCUENTRAN LOS AMANTES

 Así las cosas, aparece en escena Juan Pedro Baró. ¿Cómo se conocieron él y Catalina? Nadie ha dado una respuesta concreta a esta interrogante. Tan pronto se dice que fue en un sarao habanero como que el encuentro ocurrió en París; a la salida de Notre Dame, apuntan algunos. Ambas posibilidades pueden ser ciertas. Muchos hacendados cubanos multimillonarios, o simplemente de sólida fortuna, mantenían casas en París y otros lugares de Francia, Europa y los Estados Unidos, y en ocasiones hasta se compraban castillos, como hicieron los opulentos Terry de Cienfuegos, los más grandes industriales azucareros del mundo, quienes adquirieron por una suma fantástica el antiguo castillo de Chinonceaux, en la ribera del Loira. Marta Abréu tenía un hotelito en París, en la calle Beaujon, y Baró otro en la Avenida del Bois de Boulogne. Como ambos pertenecían a la colonia cubana de esa capital y colaboraban con el Comité Cubano de París por la independencia de la isla, se encontraban con frecuencia.

De los miembros de esta colonia cubana, adonde fue a insertarse la joven Cati desde su matrimonio, cuenta el investigador Paul Estrade: Sus apartamentos, a veces suntuosos, en invierno resultan lugares de reunión de la refinada colonia hispanoamericana de la que forman parte y de lo más selecto del París de entonces. Se suceden comidas mundanas y bailes de máscaras (…) París es por entonces un punto de expansión de la cultura mundial. Se va a La Ópera, los teatros, los cabarets, las exposiciones artísticas. Es la época de gloria de Mallarmé, Zolá, Romain Rolland, Anatole France. En la música despunta Debussy, en la pintura Tolouse Lautrec, Cezanne, Degas, Renoir… El marco ideal para una joven mujer como Catalina Lasa, quien desea mostrar su belleza y reinar en los salones, pero sobre todo, vivir, vivir intensamente, vertiginosamente.

Pero también pudo haber sido en La Habana, en los primeros años del matrimonio de Cati; por ejemplo, durante la fiesta de presentación en sociedad de Lilita, hija de Rosalía Abréu, hermana menor de Marta. Por entonces Rosalía ya había inaugurado su palacete de Palatino, adornado con muebles y cortinas de damasco y oro, seis frescos del pintor Menocal representando escenas de famosas batallas mambisas y un sin fin de objetos de gran valor. Un periodista, invitado para reseñar la celebración, cuenta cómo en el salón lleno de espejos se bailó el cotillón, y que el follaje del jardín estaba entreverado de brillantes bombillitas a manera de guirnaldas, y había mesitas en la terraza para el bufete. Se encontraba allí la crema y nata de la alta sociedad habanera, y por supuesto, Marta Abréu, tía de la festejada, y Catalina luciendo un precioso vestido Luis XV, se veía bellísima y su gentil figurita destacaba. También estaban entre los presentes Juan Pedro Baró y su hija Nina. Después del cotillón —sigue comentando el cronista— todos los invitados fueron a dar un paseo por el jardín. Cada caballero llevaba un farolito eléctrico muy bonito. En parejas se trasladaron al lago rodeado de altos bambúes y farolitos chinos. Por el lago circulaba una góndola donde iban varios cantando (…). ¡Cuántas cosas pudieron haber sucedido aquella noche en los vastos jardines que rodean la quinta de Palatino! Aquella fiesta bien pudo ser el marco donde Juan reparó en Catalina, o ella en él. Tal vez nunca lleguemos a saberlo con certeza.

Lo que sí se conoce de cierto es que Rosalía Abréu, poseída por alguna sospecha, contrató una agencia de detectives privados y pronto descubrió el romance clandestino. Se cuenta que cierta tarde en que Juan y Catalina se habían reunido ocultamente en la suitte que este último siempre mantenía alquilada en el hotel Inglaterra, la pareja fue avisada por un criado de la inminente llegada de unos hombres, presumiblemente los investigadores. Catalina apenas si tuvo tiempo de huir, envuelta en una sábana, hasta la esquina del hotel, donde la esperaba el coche de alquiler que la había conducido hasta allí.

Pero ya nada puede seguir siendo ocultado. La infidelidad es revelada y Marta, viendo fatalmente cumplidos sus peores pronósticos, exige a su hijo que eche a la infiel del hogar. Pedrito duda, pero es la propia Cati quien da por terminadas sus relaciones y se marcha con Juan dejando sus tres hijos al cuidado de La Venerable. O quizás la familia Abréu le impidió que los llevara consigo, prefiriendo conservar en su seno a los pequeños en lugar de entregarlos a una madre que iniciaba una existencia sumamente incierta como adúltera rechazada por la sociedad, junto a un hombre notoriamente conocido como inescrupuloso seductor.

Transcurre el año de 1906. Según algunos materiales de archivo, en los primeros tiempos de esta nueva relación que atrae sobre la pareja las iras y el desprecio de toda la sociedad, Catalina se hospeda, entre otros lugares, en el hotelito de Guillermo Lawton, gran amigo de Juan. En aquellos días tiene lugar la célebre anécdota de la visita de los amantes al Gran Teatro de La Habana, donde una compañía italiana ofrece una función de ópera o teatro. En señal de protesta ante la presencia de los execrados, el público se retira de la sala dejándolos solos en sus butacas. En un gesto que pone de relieve la magnífica osadía de su carácter, Cati se despoja de sus joyas y las arroja al escenario, donde los músicos y los actores continúan tocando solo para ellos dos hasta el final de la función. También ocurre por entonces una historia menos conocida: Juan alquila solo para ellos dos el parque del Tivolí, y la pareja pasa todo un día recreándose en medio de la hermosa vegetación, que como un nuevo Paraíso, Juan obsequia a su enamorada.

Pero la atmósfera se vuelve irrespirable, los desaires se suceden y el rencor de la familia Abréu los persigue implacablemente. Juan decide trasladarse con Cati a París, pero la ofendida familia Abréu los denuncia por bigamia ante la INTERPOL, o al menos eso se ha asegurado. En uno de los tantos artículos que se han escrito desde aquellos tiempos sobre Cati y Baró, se cuenta que la pareja perseguida tuvo que huir disfrazada de Francia: ella de aldeana, oculta dentro de una carreta de heno, y él como grumete, embarcándose en un barco que zarpaba del puerto de Marsella.

Esta misma fuente afirma que huyeron a través de tres continentes, pero lo más seguro es que se hayan dirigido directamente a Italia. Una visita al Vaticano los enfrenta al Papa Benedicto XV, quien escucha el alegato de la pareja en favor de sus amores, y decide conceder la anulación del matrimonio de Catalina con Pedrito Estévez Abréu. Se ha escrito innumerables veces que el Papa actuó con tanta liberalidad porque se sintió sumamente conmovido ante el espectáculo de esos amores contrariados, pero en una página de Internet encontré una lista de miembros honoríficos del Hexarcado de La Habana, entre los cuales aparecían los nombres de Juan y Cati. Estos títulos eran otorgados a determinadas personalidades por sus méritos o por algún tipo de contribución en favor de la Iglesia, lo cual permite suponer que quizás Juan Pedro Baró hizo algún cuantioso donativo a dicha institución en agradecimiento a la condescendencia papal. ¿O tal vez lo había prometido a Benedicto XV cuando fue recibido en audiencia ante él? Son meras especulaciones.

A raíz de la deserción de Catalina, los Estévez Abréu marchan a París en compañía de Pedrito y sus tres pequeños hijos. En carta a su ya mencionada corresponsal, Marta Abréu cuenta que los niños han enfermado gravemente por el frío y que extrañan mucho a la madre. Poco después el viejo padecimiento gástrico de Marta se convierte en una apendicitis. Operada de urgencia por el doctor Albarrán en su clínica parisiense, La Venerable muere en 1909. Su esposo inicia una viudez desgarradora, y obsesionado por la ausencia de la mujer con quien había compartido su vida, se suicida de un pistoletazo en el cementerio al pie de su tumba, demostrando así que mucho había amado a la cubana insigne. Imagino cuánto esta orgullosa familia habrá maldecido a Catalina, causante, por demás, de muchos de sus más dolorosos sufrimientos y humillaciones.

Una vez liberados oficialmente de su culpa por obra y gracia de la dispensa papal, Catalina y Juan regresan a París y contraen matrimonio de acuerdo con las leyes francesas. A partir de entonces residirán permanentemente en la capital francesa, haciendo constantes viajes de placer y negocios por Europa y los Estados Unidos. En 1918 el presidente Menocal, gran amigo de Baró, declara vigente la ley que legaliza el divorcio en la isla. El retorno del flamante matrimonio Baró-Lasa ocurre en medio de una ostentosa cena que Menocal ofrece en el Palacio Presidencial. Bajo la fina servilleta de Marianita Seva, Primera Dama del país, Baró coloca discretamente un estuche con valiosos diamantes en agradecimiento por la ayuda que él y su mujer están recibiendo para insertarse de nuevo dignamente en la vida social habanera.

 A pesar del apoyo que les presta el matrimonio presidencial, de la inmensa fortuna de Baró y de la solidaridad de la familia Lasa del Río, la alta sociedad habanera no traga fácilmente la dorada píldora, y son pocas las personas que aceptan tratar con quienes se han atrevido a pasar por encima de todas las normas y convencionalismos establecidos por la moral de la época, diseñada especialmente para proteger la unidad familiar. Testimonios de amigos muy allegados a la pareja Baró-Lasa, como el doctor Panchón Domínguez, miembro de la colonia cubana en París, demuestran que a pesar de hallarse junto al hombre que amaba, Catalina no se sentía completamente feliz. Panchón contaba a sus descendientes cómo cada vez que los intereses económicos de Juan en la isla obligaban a la pareja a viajar a La Habana, en el momento en que el barco iba haciendo su entrada en la bahía, Catalina dejaba escapar exclamaciones de admiración y nostalgia por las bellezas de su tierra. Sin embargo, al ser incluida por el Fígaro en una entrevista realizada a varias damas habaneras de alta alcurnia, el periodista le preguntó dónde le gustaría residir, y Catalina respondió: “En París, y haber tenido allí, como es natural a mi familia y afecciones”. Es posible que se refiriera a sus hijos, y en general a toda su familia.

CÓMO ERAN LOS AMANTES

En 1918 Catalina tenía cuarenta y dos años y Juan cincuenta y seis. Aquella diosa que en su juventud había sido una de las mujeres más bellas y elegantes de La Habana, conservaba intactos su gracia y su porte de reina. Sus ojos verdes, impregnados quizás de una cierta tristeza, continuaban irradiando seducción en su blanco rostro de perfil griego, pero tenía una ligera tendencia a engordar que le causaba gran preocupación y la hacía pasar varios meses al año en los más distinguidos balnearios y centros de descanso de Europa, sometiéndose a draconianas curas de adelgazamiento. Sin embargo, aún arrancaba a quienes la conocían expresiones de entusiasta admiración. Panchón Domínguez, al recordarla, exclamaba: ¡Qué mujer, qué gracia era capaz de llenar un salón ella sola!.

Ha quedado consignado en artículos de la época que Juan Pedro era un hombre alto, delgado y atlético, aunque enjuto y nervudo, que hablaba a la perfección el inglés y el francés. Una crónica lo describe como: (...) hombre de sociedad exquisito, ilustrado, con extraordinario don de gentes, respetado y querido en el mundo de los negocios tanto como en el mundo social más exclusivo. Patriota amante de la causa emancipadora, contribuyó siempre con su peculio a impulsar la causa separatista del país. Espíritu ilustrado, buscó en los viajes satisfacciones que creía incompatibles con los negocios. Para viajar liquidó todas sus posesiones agrícolas y se quitó de encima todas las preocupaciones. No es verdad que fuera un patriota muy entusiasta y generoso. Paul Estrade asegura que cumplía a regañadientes, muy a regañadientes con las recaudaciones que pedía el Comité Cubano en París, lidereado por el doctor Betances. Como tantos otros cubanos acaudalados que no querían verse perjudicados o que la Metrópoli les confiscara sus propiedades en la isla, se ocultaba para colaborar bajo el seudónimo de Pidal, Durante años la pareja residió en París, en su espléndida mansión de la avenida del Bois de Boulogne, donde recibían a sus amigos cubanos y a hombres y mujeres de todas las nacionalidades, siendo su salón uno de los más brillantes de la sociedad parisina.

En un artículo que aparece en una Bohemia de la época, se dice que la pareja se paseaba por los salones más aristocráticos de la vieja Europa; que su mansión parisina era un importante punto de la vida social de esa ciudad; que Catalina ofrecía cenas con menú de comida criolla donde los manteles eran de encajes de Bruselas y se levantaban las copas de murano para brindar por Cuba; Baró discutía sobre nuestro comercio e industria con figuras prominentes del mundo extranjero y ambos pasaban largas temporadas entre Europa y New York, donde Juan tenía importantes negocios, acrecentando una fortuna que no conocía momento alguno de inercia. Tanto era así que el enamorado caballero se permitió regalar a su esposa el castillo de Santa Ana, en el sur de Francia, propiedad célebre por su belleza y su valor arquitectónico, por la nada despreciable suma de un millón de francos oro.

Por herederos del doctor Panchón Domínguez pude conocer que los días de Juan y Catalina transcurrían de modo muy semejante a los de sus iguales de la alta sociedad: él asistía a sus oficinas, desde donde atendía sus asuntos; luego almorzaba con sus amigos (era un inveterado comedor de carne roja) y asistía a su club. Ella recibía en sus habitaciones a masajistas y peinadoras, iba de compras o disfrutaba una velada con sus amigas. Por las noches la pareja se reunía para cenar en la intimidad o con amigos, y más tarde iban a La ópera o a algún otro importante centro cultural, o a las múltiples y espléndidas fiestas donde compartían con la cremme de la alta sociedad parisiense del farboroug Saint Honoré, el cuerpo diplomático internacional y los más grandes artistas del momento.

Se sabe que Catalina era una entusiasta de los ballets rusos que por entonces arrasaban París con sus pintorescas y novedosas propuestas estéticas. Ella fue una especie de corresponsal voluntaria de El Fígaro, diario habanero al que suministraba información sobre la vida cultural de París y la marcha de la moda. Cuando llegaba el verano ella y Juan abandonaban la capital rumbo a algún centro elegante de recreo, y así sus vidas transcurrían en una dorada monotonía donde el placer ocupaba todo el tiempo de una amable existencia.

EL REGRESO A LA PATRIA

La pareja decidió instalarse definitivamente en La Habana, y lo hacen originalmente en una casa ubicada en una de las cuatro esquinas de las calles H Y 13, sin que hasta ahora yo haya conseguido identificar en cuál de esas mansiones habitaron. Mientras, Juan Pedro inició de forma anónima la construcción de una residencia monumental en el número diecisiete de la calle Paseo, en la barriada del Vedado, entonces en plena expansión. Los curiosos acudían diariamente a contemplar las obras, que duraron aproximadamente dos años, sin que jamás trascendiera la información de quiénes eran los dueños que se instalarían en el inmueble cuando éste estuviese terminado.

Tampoco Catalina estaba al corriente de la edificación de la que iba a ser su nueva residencia. Cuando al fin él la condujo de la mano al interior del edificio ya decorado, ella estalló en llanto. Quince días antes de la inauguración de la casa, el secreto tan celosamente guardado dejó de serlo cuando Baró envió invitaciones a todo lo que valía y brillaba en la sociedad habanera para que asistieran a la deslumbrante celebración que ofrecería a en honor de Catalina, esposa y propietaria.

LA CASA DEL AMOR

 La residencia de la calle Paseo fue diseñada por la importante firma de arquitectos Govantes y Cavarroca, quienes la concibieron como una mezcla de los estilos Renacimiento Florentino y Art Déco, este último lanzado apenas dos años antes en la Exposición de París de París y último grito de la moda en Europa. La nueva morada fue inaugurada en 1926. Hubo tulipas de importación en la entrada principal y champaña en los jardines; y una asistencia muy nutrida de las altas personalidades y figuras de sociedad, pues la pareja había acompañado astutamente las invitaciones con regalos que en algunas versiones fueron pinturas de reconocidos artistas cubanos, y en otras, joyas diseñadas por el gran cristalero y joyero francés René Lalique, de quien Baró era generoso mecenas. No hubo invitaciones devueltas y finalmente, tras muchos años de rechazo y desprecio, la pareja tuvo su momento de apoteosis pública.

Se cree que fue justamente esa noche cuando Juan Pedro entregó a Catalina por primera vez la famosa rosa amarilla que él había concebido como homenaje a su belleza. Sobre su origen corren diversas versiones: se dice que fue el famoso arquitecto francés Forestier, diseñador de los jardines de la casa, quien la creó a base de injertos; pero también que fue encargada por Baró al jardín El Fénix, elegante floristería habanera de la época. Al parecer se trató de un regalo de cumpleaños. La rosa, de pétalos anchos y puntiagudos que alternan el rosa tenue con el amarillo vivaz, color preferido de Catalina, no tardó en convertirse en novedad y durante muchos años fue costumbre habanera que las novias llevaran esta flor en su ramo o corsage, en homenaje a la mujer que había inspirado tan grandes amores…

La casa resultó algo definitivamente innovador en la arquitectura cubana, y punto de referencia en cuanto a lujo insuperado se refiere: De sencilla concepción espacial que evoca la grandeza de las salas hipóstilas de los templos egipcios, es en la rareza y el costo de los materiales que se usaron en su construcción donde radica el gran reclamo de las opulentas riquezas de este millonario. Las escalinatas exteriores son de mármol rojo Languedoc y en los interiores se utilizaron mármoles italianos raros, como el Port Oro y el giallo di Siena. Todas las rejas son de hierro forjado de la casa francesa Baguez, (y no se usaron en ella soladuras, sino solo grapas) y la arena usada en los revestimientos fue traída de las riberas del Nilo. La mezcla para el estucado de los techos era confeccionada por operarios de la prestigiosa firma francesa Dominique, la cual guardaba con tanto celo sus fórmulas que al albañil cubano que la aplicaba no se le permitía estar presente durante la preparación del material. Tras la pareja de leones que aún hoy recibe al visitante en la entrada de la mansión, decoraban la puerta de entrada dos grandes columnas de terracota con capiteles dóricos. En el piso de mármol del vestíbulo imperaba un diseño de pirámides truncas y rectángulos con cuadrados negros, y estuvo adornado por dos enormes huevos de mármol sobre pedestales, los cuales se encuentran actualmente en los fondos del Museo de Artes Decorativas. El recibidor tiene puertas de caoba que comunican a la izquierda con la biblioteca, y a la derecha con el comedor.

Para complacer los gustos de Catalina, que amaba los espejos donde podía ver reflejada su belleza, Baró hizo llenar la casa de ellos. En la biblioteca, Baró recibía a sus socios y realizaba negocios, además de fumar los finos habanos que solía degustar tranquilamente en solitario rodeado de un elegante mobiliario de cuero negro y caoba. El comedor, amplísimo y ventilado, tenía estanterías empotradas para la vajilla y un juego de mesa para doce comensales diseñado por el hijo mayor de Catalina en el más puro estilo Art Deco; el nivel superior del piso fue recubierto por pastillas de mármol intercaladas con finas láminas de oro que ya no existen, y en las ventanas se colocaron láminas de nácar. Una doble puerta corrediza de cristal da paso a una terraza que se abre sobre el jardín veneciano. Una inmensa escalera helicoidal con pasamano laminado de plata nacía a un costado del vestíbulo, y exactamente a la mitad de la misma se alzaba un gran vitral de cristal francés, diseñado por la casa Billancourt de París, con los escudos de armas del doble título nobiliario ostentado por los Baró. También en la planta baja está el famoso Portal del Sol, pequeña estancia abierta al aire libre y rodeada de vegetación, que se usaba como sala de estar; en su centro brotaba una bella fuente de mármol gris con piso de cerámica vitrificada, cuyo motivo se repetía en la lámpara. Las paredes estaban recubiertas de tabloncillos hasta la bóveda del techo, y mientras los dueños habitaron la casa, este tabloncillo sirvió de soporte a una lujuriante enredadera.

 En el piso alto se encontraban los dormitorios de Juan y Catalina, comunicados por un pasillo muy íntimo. El de ella en suaves tonos rosa y pisos de mármol gris, y el de él con piso de mármol alternando cuadros blancos y negros y paredes revestidas de caoba. Catalina tenía un vestidor recubierto de espejos empotrados en marcos de plata. Todas las piezas del baño eran de mármol rosa, y digo eran porque actualmente esta pieza ha sido convertida en almacén de la tienda shoping que ocupa el dormitorio de la dueña de casa, y no queda allí nada que permita imaginar su antigua y lujosa elegancia.

Los jardines tenían estilos bien diferenciados y aún puede apreciarse en ellos las escaleras de mármol rosado, los caminos de arena, los árboles frutales, los parterres floridos y las fuentes y estatuas, estas últimas representaban bellos cuerpos de mujer desnudos o recubiertos con un velo. No ha faltado alguna mente especulativa que arriesgue la hipótesis de que la propia Catalina sirvió de modelo para las esculturas. No puede comprobarse. Pero se sabe, en cambio, que a Catalina le gustaba mucho la naturaleza, lo verde; le gustaba arrellanarse en los mullidos butacones de la terraza a contemplar sus jardines, y desde allí permanecía horas enteras sumergida en aquel mirar errático y silencioso. Fernando López fue el arquitecto que dirigió la remodelación realizada en el inmueble después de la Revolución.

 No sabe con exactitud a cuánto ascendió el costo de la propiedad, porque en aquella época las propiedades se inscribían en Amillaramiento, pero los dueños, para pagar menos impuestos, declaraban un valor muy inferior a su costo real. Aún así, Fernando piensa que fueron cinco millones de pesos, lo que hoy equivaldría a unos sesenta millones de dólares. Magdalena y Jesús, empleados actuales del inmueble entrevistados mí, aseguran que han pensado mucho en Catalina Lasa y la imaginan como una mujer de carácter dominante, fuerte, de convicciones profundas; alguien que sabía muy bien lo que quería de la vida. Magdalena incluso piensa que no era una mujer sufrida, que ni siquiera sufrió demasiado por el rechazo con que la sociedad castigó su transgresión, sino que supo gozar de la vida y se la pasó estupendamente, como parece demostrar, entre otras, esta anécdota: María Luisa Gómez Mena, condesa consorte de Revilla de Camargo, y Catalina, eran rivales en sociedad. Se cuenta que una noche ambas asistieron a un sarao, y que para asistir, la condesa había invertido una gran suma en la compra de un modelo exclusivo a un modisto francés muy reputado. Catalina sobornó a una mucama del servicio de María Luisa para que le entregara una copia del modelo y la noche del sarao se presentó con idéntico atuendo. La Revilla se retiró de la fiesta, quizás con un ataque de histeria; pero Catalina continuó muy oronda y se divirtió a sus anchas sin que nada enturbiara su buen humor.

Baró, a estas alturas, ya no poseía ingenios ni haciendas azucareras. Se había desecho de estas propiedades y tenía otros negocios. Puso oficinas en el banco Nueva Scotia y repartía su tiempo entre sus nuevos negocios —pesumiblemente de bienes raíces y capitales—, y la vida social, que a pesar de todos los esfuerzos realizados por él y de su poderoso y siempre creciente caudal, nunca llegó a ser muy amplia, pues el matrimonio no consiguió recuperar jamás la aceptación de toda la alta sociedad habanera. Su casa, por muy espléndida que resultara en cuanto a arquitectura, se nota evidentemente concebida para pequeñas reuniones, y no para eventos sociales de carácter magno como el palacio de los condes de Revilla de Camargo. Definitivamente, para los Baró-Lasa el ansia mayor era el goce de su amorosa intimidad.

LA MUERTE ABRE SUS ALAS

La feliz pareja disfrutó poco tiempo del espléndido nido de sus amores. Apenas dos años después de construida la grandiosa mansión, Catalina enfermó y Baró la llevó a París para ser tratada por los mejores especialistas. Poco después ella moría en la capital francesa, en brazos de su marido desesperado y asistida por Panchón Domínguez, reputado especialista cubano y médico personal de casi todos los cubanos pudientes que conformaban la colonia cubana en París. Junto a la agonizante se encontraban también sus hijos y algunos de sus hermanos.

Sobre la causa de su deceso se ha especulado muchísimo. Algunas versiones aseguran que Catalina arrastraba una larga y penosa enfermedad contraída durante los últimos tiempos que pasó en su nueva vivienda habanera, por lo cual ya no se mostraba en público, y ante los empleados y sirvientes sólo lo hacia con el rostro semi cubierto por un velo negro. El certificado de su muerte, archivado entre los legajos del cementerio de Colón, habla de una intoxicación producida por ingesta de pescado. También se ha manejado la posibilidad de fallo del corazón causado por una cura de adelgazamiento conducida con exceso, hipótesis que se sostiene sólidamente por el hecho de encontrarse Catalina en Carlsbad, famoso balneario del este de Europa, en el momento en que enfermó.

También se ha especulado sobre la posibilidad de una neumonía, cáncer de pecho, envenenamiento por ingestión de setas venenosas (¿o envenenadas?) y otras dolencias, sin que de cierto se sepa la verdad. En la biografía de Panchón Domínguez escrita por su hija, esta solo narra que su padre fue llamado con suma urgencia en medio de la noche al petit hotel de los Baró-Lasa, donde encontró a Catalina agonizante en su lecho. El célebre médico nada pudo hacer por salvarla y ella expiró en los brazos de su marido, rodeada de algunos miembros de su familia. Ocurrió en la noche del 3 de noviembre de 1930. Tenía cincuenta y cinco años. Por una de esas extrañas coincidencias de la vida, la fecha elegida por Catalina para abandonar este mundo fue la misma que vio partir en el último viaje a su sempiterna enemiga Rosalía Abréu.

Como era costumbre en aquellos tiempos entre las clases pudientes, Baró hizo embalsamar el cuerpo de su mujer en la agencia parisina de St Honoré de Eybaud y dispuso que el vapor francés Meñique trajera a La Habana el cadáver en capilla ardiente a través del Atlántico; se ha dicho que pagó para que cada día, durante toda la travesía, un avión arrojara sobre el barco una lluvia de rosas amarillas.

El cadáver llegó a La Habana el 2 de enero de 1931, y tuvo su primer enterramiento en una finca particular, pues el panteón familiar que Baró había comenzado a construir un año antes al costo de medio millón de pesos oro, aún no había sido terminado. Dos años más tarde sus restos fueron definitivamente trasladados a la que es hoy una de las más bellas, valiosas y arquitectónicamente representativas capillas del cementerio de Colón.

LA TUMBA

 La capilla de estilo Art Deco que guarda para la Eternidad los restos de Catalina Lasa, Pedro Baró y doña Concepción, madre de este último, fue construida en mármol blanco (¿de Bérgamo, de Carrara?) con puertas de ónix o de granito negro; pero según el historiador Antonio Medina, especialista en monumentos fúnebres de la necrópolis de Colón, se trataría en realidad de un bastidor corredizo de bronce grumoso recubierto de un fino cristal negro trabajado en relieve por el propio René Lalique, y traído de Francia expresamente para la decoración de la tumba. (Lalique fabricaba ya entonces un cristal llamado Claro de Luna, con textura lechosa de gran belleza, cuya fórmula se llevó al silencio de la muerte). La puerta tiene grabada en su mitad superior una cruz que se dice fue pedida por Catalina para que custodiara su última morada. La cruz está orlada por cenefa de rosas e irradia de sí muchos rayos, los cuales van a derramarse en la mitad inferior sobre los cuerpos de dos querubines arrodillados. Dibujados de acuerdo con la ley de frontalidad, estos ángeles muestran un cierto sabor egipcio. Con su única mano bendicen hacia el suelo una columna vertical de rosas encadenadas. El ábside de la capilla es una media cúpula en forma de vaina decorada con cristales de Lalique, cada uno de los cuales ostentaba una rosa amarilla Catalina Lasa sobre fondo púrpura, que al ser traspasada por los rayos del sol proyectaba la imagen colorida de la flor sobre las lápidas en el interior.

Cuando visité el Cementerio con la esperanza de entrar a la capilla, tuve la decepción de saber que nadie ha franqueado su umbral desde hace por lo menos cinco décadas, pues la llave fue extraviada en circunstancias misteriosas. Tuve que conformarme con dar la vuelta y subirme sobre el cemento de otra tumba trasera para poder espiar a través de los cristales. Por suerte, en un intento de robo perpetrado contra el monumento durante el Período Especial, uno de tales bloques fue fracturado, siendo sustituido rápidamente por otro transparente a través del cual es posible captar algunos detalles del interior de la capilla. Así alcancé a distinguir tres tumbas colocadas en semicírculo, detrás de las cuales se divisa una cruz de cristal amarillo, en realidad una mampara tras el altar que está detrás de la tumba de Catalina. Este altar aparece vacío, aunque Medina asegura que antaño hubo allí dos candelabros. Ante cada una de las tumbas hay una mampara de cristal de cuarzo transparente con cenefas de cuadros, y en cada cuadro una rosa tallada. Hacia la derecha, y casi fuera del marco de la visión, hay algo parecido a una capillita, altar o nicho al que evidentemente le falta la puerta, pues se puede ver perfectamente el marco. En el interior de aquel recinto sepulcral reina una paz tan absoluta que llega a estremecer, pero tiene cierta semejanza con la última sonrisa de alguien que, a pesar de todo, ganó las dos grandes batallas del Hombre: la de la vida y la de la muerte.

DESPUÉS

Cuando Catalina murió, Baró no quiso habitar más la casa; pero tampoco venderla, y la alquiló a un canadiense. A su muerte, ocurrida diez años después, parece ser que la hija de éste, quien vivía en París, prestó o arrendó el inmueble al Consulado francés hasta 1957, año en que pasó a sus últimos ocupantes, una institución de boy scout o algo semejante. Luego del triunfo revolucionario terminó convertida en la Casa de la Amistad Cubano-Soviética, y hoy es simplemente la Casa de La Amistad, donde cualquiera puede sentarse a disfrutar de los bellos jardines donde Catalina y Juan se amaron, y comprar un refrigerio o un almuerzo en divisas, tomando este último en el impresionante comedor que por lo general, permanece completamente vacío. El cadáver de Baró fue trasladado a La habana desde París en octubre de 1940 y sepultado junto a la que en vida fue su gran amor.

Pero aquí hay un detalle que considero imprescindible esclarecer. Según me han informado especialistas en arte funerario, estudiosos de monumentos, y Teresita Aloy, historiadora del cementerio de Colón, es absolutamente falso que Baró se haya hecho enterrar de pie a la cabecera de Catalina para rendir eterno homenaje a quien fue para él la mujer más perfecta y más amada del planeta. Simplemente duerme junto a ella en la tradicional postura yacente del mundo occidental. Sin embargo, sí es un hecho real que cuando enterró a su esposa Juan ordenó fundir sobre el féretro varios metros de concreto, para impedir que futuros violadores y saqueadores de tumbas osaran profanar su belleza y perturbar su descanso eterno. La leyenda de estos amores asegura que por deseo de su marido, el cuerpo embalsamado de Catalina fue enterrado con todas sus joyas, como una auténtica momia de faraón.

Otra versión asegura que solo se trataba de un pectoral donde las piedras preciosas engastadas en oro conformaban un diseño de rosas. Los trabajadores del Cementerio creen que ese fue otro de los motivos que tuvo Baró para tomar la disposición de convertir la fosa en poco menos que un bunker. He preguntado a muchos de ellos si las joyas de Catalina pudieran continuar aún hoy sobre su pecho, pero nadie ha sabido darme una respuesta rotunda, y no ha faltado quien, considerando la falta de escrúpulos y la avidez de riquezas tradicionales en los gobernantes de la República, dude de que semejante tesoro repose todavía entre los senos de la diosa sepultada.

FANTASMAS

Mientras entrevistaba a los actuales empleados de la Casa de la Amistad se me ocurrió preguntarles si existe alguna leyenda sobre la presencia de fantasmas en el inmueble. Se cruzaron miradas entre ellos y de repente temí que irrumpieran en una sonora carcajada de burla ante la ingenuidad de mi pregunta, pero para mi sorpresa permanecieron graves y comenzaron a narrarme extrañas historias.

No solo actualmente, sino desde que la casa fue abandonada por sus propietarios originales, los empleados, sirvientes, jardineros y limpiadoras han referido haber visto fantasmas errando por las escaleras, los cuartos, los jardines y hasta la biblioteca de Baró (hoy tienda de tabaco de la Casa), donde se asegura que en ciertas ocasiones puede verse el humo de un habano flotando en el aire de la habitación. Magdalena Ramos habla del sonido de una invisible bola de cristal que rueda por las escaleras y estalla contra el piso. También me refirió que una noche de huracán en la que los trabajadores fueron convocados para montar guardia y proteger el inmueble, ella se encontraba en su pequeña oficina intentando trabajar en la computadora, Un sopor momentáneo la invadió, y al intentar mantener los ojos abiertos creyó distinguir la imagen borrosa de una mujer ataviada con una larga túnica color amarillo pálido y un velo del mismo color. Tras el tejido leve y transparente creyó reconocer los rasgos de Catalina.

Una empleada que trabajó durante dieciséis años en la Casa y ahora labora en el Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos, me comentó tímidamente que mientras estuvo allí escuchó en varias ocasiones el llanto de un niño al que buscó por todas partes y jamás encontró. Ella también juró haber visto una única vez el espectro de Catalina vestida de blanco descendiendo por la escalera, y ese fue el motivo por el cual solicitó su traslado al ICAP.

 Las puertas del ático se abren y cierran solas, y un antiguo jardinero que había trabajado cuidando las rosas de Catalina, contaba siempre a sus descendientes que en más de una ocasión, al alzar la mirada hacia la ventana de la que había sido alcoba de la señora, percibió el rostro de una mujer que asomada tras el cristal le saludaba gentilmente con su mano. Roldán, el subdirector, me contó de un tiket de venta que cuando salió de la caja pagadora a manos del cliente, en lugar de decir: “Vuelva a la Casa de la Amistad”, rezaba de manera incomprensible: “Vuelve a Lasa de la Amistad”.

En otra parte de la ciudad, una persona absolutamente respetable a quien entrevisté, y cuyo nombre me pidió mantener en el anonimato, me relató lo siguiente: su padre, conocido historiador e investigador habanero, comenzó años atrás una pesquisa sobre Catalina Lasa y Juan Pedro Baró. Trabajó en el Archivo de la Oficina del Historiador, en el Archivo Nacional y varias bibliotecas, y reunió una considerable documentación sobre sus vidas. De repente, una tarde, mientras se encontraba reunida su familia esperándolo para cenar, el investigador abrió de un tirón la puerta de su despacho y se precipitó en la sala con el aspecto de un hombre aterrorizado. Apenas conseguía hablar, y cuando al fin pudo hacerlo dijo entrecortadamente que Juan Pedro Baró estaba dentro de la estancia desordenándole violentamente los papeles de la investigación. A partir de ese día sus facultades mentales comenzaron a declinar aceleradamente y hoy se encuentra internado en una institución, aquejado de una irreversible demencia senil.

¿Debe el lector prestar crédito a todas estas historias? No puedo pronunciarme al respecto, pero por mi parte, si cediera a la tentación de interpretarlas, diría que estas presencias evanescentes nos hablan de un amor tan intenso que se niega a morir, porque no alcanzó a agotar en vida la savia terrenal que lo hizo nacer y lo alimentó por tantos años. No creo que Catalina Lasa y Juan Pedro Baró deseen oraciones por el descanso eterno de sus almas. Me parece más bien que aún del otro lado del Umbral continúan recorriendo sin cesar los escenarios de su pasión, porque eso los hace muy felices y tal vez les consuele de su actual condición inmaterial. Como si se dijeran una y otra vez mirándose a sus ojos de espectros: Recordar es volver a vivir.

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07/09/2007 GMT 1

GUERRA DE LAS CAMPANAS EN LA HABANA COLONIAL

hijadelaire @ 12:09

 LA GUERRA DE LAS CAMPANAS

Un curioso hecho de nuestra historia capitalina ocurrió en 1803, cuando el Obispo Espada, célere figura religiosa de la Isla, de avanzado pensamiento y conocido por el bien que con sus sabias disposiciones hizo a nuestra nación, tuvo que arremeter con un enfático edicto contra la bulla que provocaba en las calles de esta villa el excesivo, indiscriminado y arbitrario uso de las campanas.
En dicho documento, fechado el 18 de marzo del mencionado año, el prelado alude a un edicto anterior promulgado por su antecesor en el cargo, con la intención de refrenar este vicio campanero de los habaneros, al cual califica de abuso excesivo, y se queja de que los habitantes de la villa de San Cristóbal prestaron poca atención a la admonición antes hecha, por lo cual él se siente ahora en la obligación de volver a regañar a los reacios y desobedientes, encabezados por los mismísimos sacerdotes y campaneros de las iglesias, quienes, según se deduce del texto, sacaban del asunto pingües ganancias.
Al parecer, los siervos de Dios complacían, previo pago en metálico, a todos aquellos ciudadanos que acudían a solicitar toques de campana por la salud de los enfermos, por las muertes ocurridas, por los velatorios, nacimientos, bautizos, bodas, cumpleaños y por mil otras razones de las cuales no estaba exenta la más pura vanidad personal.
En términos muy firmes, el Obispo Espada recuerda a sus subordinados y a los feligreses aficionados al metálico tañir, que este sólo se justifica para celebrar festividades religiosas, avisar las horas o anunciar los días de culto público, o para llamar a los fieles a los actos religiosos o atraer su atención, en casos extraordinarios, sobre hechos peligrosos o de interés urgente para todos los ciudadanos de la villa.
Esta desobediencia e inobservancia —asegura enérgicamente Espada refiriéndose al desorbitado campaneo— no tiene su origen, en manera alguna, en la piedad, que no puede ser verdadera cuando es contraria a los mandatos del Soberano y del Gobierno, y va contra el espíritu de la Iglesia y el reposo público.
Para concluir, el Obispo Espada amenaza abiertamente en su edicto a los que insistan en continuar campaneando a su antojo con proceder con las penas impuestas en dicho edicto en cada infracción, sobre los cuales estaremos a la mirada.
Nada menos que a la aplicación de multas se refiere el honesto sacerdote, insinuando que habrá vigilancia encargada de descubrir a los provocadores de tan molesto estruendo. Tras de lo cual advierte con mucha claridad que sólo dos toques de campanas quedan permitidos en la refistolera villa: el del Ave María al amanecer y el de Ánimas entre las ocho y nueve de la noche; y aún estos dos quedan reducidos a sólo tres minutos de duración, que no a veinte, como venían haciendo los alegres capitalinos. Para comenzar ambos toques, advierte Espada, habrá que hacerlo sólo cuando comiencen a repicar las campanas de La Catedral de la Habana, sin empezar antes que estas ni acabar después.
¿Obedecieron los habaneros a su Obispo? Es de creer que sí; porque además de ser muy respetado por su sabiduría, su bondad y su muchas veces probado amor por Cuba, Espada, de origen vasco, también era de sobra conocido por su firmeza de carácter y la dureza que sabía desplegar cuando ello era necesario para hacer valer su autoridad en la defensa y mejora constante de la vida de los cubanos.
Sin embargo, los habaneros, obligados a restringir su campaneo, se vengaron convirtiendo el matutino toque del Ave María en una algazara infernal, y para que el lector pueda hacerse una idea de lo grave del asunto y de la pertinacia ruidosa del cubano, reproducimos aquí un fragmento del libro Cuba a pluma y lápiz, escrito casi un siglo después, en 1871, por el viajero y escritor Samuel Hazard:
Apenas despunta el día, lo cual sucede en Cuba a hora muy temprana, el recién llegado viajero se ve sorprendido en su delicioso despertar mañanero por el alarmante sonar de las campanas, proveniente de todos los ámbitos de la ciudad. En un verdadero desconcierto de sonidos, atruenan el aire cual si se tratara de una general conflagración, y el infortunado viajero se tira frenéticamente de la cama para inquirir si hay alguna esperanza de salvarse de las llamas que se imagina amenazan ya a toda la ciudad. Figúrate, ¡oh, lector!, a tu pueblo nativo con una iglesia en cada cuadra, cada iglesia con un campanario o quizás dos o tres, y en cada campanario media docena de grandes campanas, de las cuales dos no suenan igual. Coloca las cuerdas de estas en las manos de algunos hombres frenéticos que tiran de ellas, primero con una mano, luego con la otra, y tendrás una débil idea de lo que es un despertar en La Habana.

Guerra de las campanas en La Habana colonial

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Cómo era un día normal en La Habana de la colonia

hijadelaire @ 12:06

 UN DÍA EN LA HABANA
COLONIAL
A quienes pasean hoy día cámara en ristre por las calles de La Habana Vieja, especialmente por su hermoso casco histórico, los tesoros de su arquitectura, los parques antiguos, las sombras en los rincones, los espectros emboscados detrás de las columnas, el olor salitroso del mar y los rumores de los vetustos patios coloniales pueden impresionarles la vista y encenderles la fantasía; pero ni los cubanos actuales ni mucho menos los turistas consiguen recrear exactamente cómo era un día en esta hermosa urbe caribeña en tiempos de la colonia. La Habana es una vieja dama que no entrega fácilmente sus secretos. Intentémoslo…
Buscando en los archivos de nuestra prensa nacional hemos hallado una crónica firmada por un señor Conde del Rivero, nombre sobre el cual nada hemos investigado; pero sospechamos pudiera ser un seudónimo muy al estilo de los que se utilizaban en los diarios de las primeras décadas del siglo XX habanero.
En este trabajo, publicado bajo el título de Un día en La Habana de 1832, la pintura de una jornada cotidiana en las calles de nuestra capital resulta tan animada y llena de gracia que me ha impresionado por su colorido, dinamismo e inmediatez, y he querido glosarlo para que pueda ser leído por muchas personas que, de otro modo, jamás lo habrían conocido.
Comienza el señor conde advirtiendo a sus lectores que se propone hablar de La Habana gobernada por el rey español don Fernando VII y su Capìtán General don Mariano Ricafort Palacín, cuando las calles más importantes de la ciudad eran la de La Muralla y las de los Oficios y los Mercaderes, cercanas al puerto.
Según observa el noble Del Rivero, en aquella época los tejados de las casas habaneras más altas alcanzaban la altura de los mástiles de los barcos que calaban en el puerto. Tratábase, pues, de una ciudad de arquitectura baja, como solían serlo generalmente las capitales construidas por España en las Indias Occidentales.
Sin embargo, ya en aquella fecha La Habana era una ciudad importante, como evidencian los grabados de la época, en los que pueden verse junto a las fortalezas de Los Tres Reyes del Morro y San Salvador de La Punta gran cantidad de magníficas edificaciones e innumerables torres de Iglesias y conventos.
Entre estas edificaciones que resaltaban por su importancia social y magnificencia arquitectónica se encontraban el hermosísimo e imponente Palacio de los Capitanes Generales, hoy Museo de la Ciudad; el Palacio del Segundo Cabo; la primitiva Casa Consistorial ubicada en el terreno donde hoy se levanta la Lonja del Comercio; los teatros Diorama y Principal y un conjunto de vistosos palacios, entre los cuales destacaban entonces los de los marqueses de San Felipe y Santiago, de Casa Calvo, de Arcos y de Casa Júztiz, y los de los condes de Casa Bayona, Villalta, Lagunilla, Casa Montalvo y San Juan de Jaruco.
El castillo de Los Tres Reyes del Morro, fortaleza insignia de la ciudad y primera construcción que divisa desde el mar el viajero que llega a nuestra costa norte habanera, era entonces de color blanco, y no oscuro como lo vemos hoy desde el Malecón. Debió ser un espectáculo deslumbrante el de esos muros blanquísimos irradiados por el sol inclemente del Caribe en contraste con la oscura mole rocosa lamida por el mar. Otro dato curiosísimo es que, a su vez, la viril fortaleza de San Carlos de La Cabaña, la mayor de toda América, estaba cubierta de un tono rosa pálido.
Y aquí, para ilustrar la vista de la ciudad desde el mar, cita Del Rivero a la muy ilustre escritora y aristócrata criolla Mercedes de Santa Cruz, condesa de Merlin, cuando ella describe en su emblemático libro Viaje a La Habana:
La Habana con sus balcones, sus tiendas y sus azoteas, con sus preciosas casas bajas de la clase media, casas de grandes puertas cocheras, de inmensas ventanas enrejadas; las puertas y las ventanas, todo eso está aquí abierto; se puede penetrar con una mirada hasta en las intimidades de la vida doméstica, desde el patio regado y cubierto de flores hasta la alcoba de la niña, cuyo lecho está cubierto por cortinas de limón con lazos color de rosa. Más allá están las casas aristocráticas de dos pisos y entresuelos, rodeadas de galerías que se divisan a lo lejos por sus largas filas de persianas verdes...
Del Rivero, siguiendo la mirada de la condesa de Merlin, continúa contándonos cómo en esas mismas casas y palacios se llenaban de gentes los balcones para ver entrar en las aguas del puerto la fragata que traía el correo, señalando enseguida cómo entre aquella multitud podían divisarse muchas negras vestidas de muselina, sin medias y sin zapatos, que llevaban en brazos criaturas blancas como cisnes (se refiere sin duda la condesa a las esclavas domésticas que desempeñaban el oficio de amas de cría), y muchas jóvenes de esbelta estatura y tez pálida, que atravesaban con ligereza las largas galerías, con su cabellera negra suelta en bucles flotantes, con vestidos diáfanos que agita la brisa y se transparentan al sol, retrato lleno de levísima gracia, en el que es preciso reconocer a las hijas de los aristócratas y grandes comerciantes, tanto criollos como españoles, quienes por su belleza y esmeradísima educación constituían las verdaderas joyas que guardaban de la vista los sólidos muros de sus mansiones.
Como en cualquier ciudad marítima del ardiente Caribe, pululan por las calles del puerto multitudes de piel oscura; unos visten pantalón y chaqueta blanca y van cubiertos con grandes sombreros de paja, y otros llevan calzón corto de lienzo rayado y un pañuelo de color liado a la cabeza. Estos últimos son, sin duda, los esclavos braceros que acarreaban mercancía y equipajes, muchos de ellos bozales que no llegaron nunca a hablar ni medianamente el español. Por doquier se veían toneles, cajas y fardos que eran izados sobre carretones tirados por mulas y conducidos por un cochero negro que entregaba a la mordida del sol su torso desnudo. Por todas partes se veían letreros con las palabras café, azúcar, vainilla, tabaco, alcanfor, añil, sellos internacionales e inconfundibles de un comercio próspero y una economía floreciente. Las voces de los negros se elevaban entonando sus cánticos estrepitosos y de cadencioso ritmo, para acompañar y quizás hacer más humano el duro y monótono faenar cotidiano.
Frente al muelle la plaza de San Francisco ofrecía un variado surtido de volantas y quitrines. Las primeras eran coches semejantes al quitrín, pero con varas muy largas, ruedas de gran diámetro y cubiertas que no podían plegarse, por lo cual sus ocupantes permanecían siempre gratamente refugiados en el interior del vehículo, a salvo del solazo y las miradas indiscretas. Vale la pena mencionar como información de singular interés que por aquellos días sólo había dos coches en La Habana, perteneciente uno de ellos al Capitán General, y el otro destinado a las visitas de enfermos a la Catedral.
La volanta, muy usada por los visitantes de la ciudad y por los habitantes de medianos recursos, se podía alquilar por valor de una peseta el viaje (en La Habana no aparecieron los primeros ómnibus hasta 1840). Los quitrines pertenecían todos a propietarios particulares, grandes señores del comercio, el azúcar y la banca, y tenían una estampa muy vistosa y distinguida. De cochero iba siempre un esclavo negro magníficamente vestido y jinete sobre una mula. Sólo el calzado, descrito por la condesa de Merlin en párrafo citado por Del Rivero, constituía todo un espectáculo:
...botas perfectamente charoladas que sólo le llegaban a la clavija, y le dejaban a la vista la caña de la pierna negra y lustrosa; un zapato charolado y adornado con un gran lazo completaban este singular calzado compuesto de dos partes. Su pantalón de lienzo blanco y los escudos de armas bordados en los galones de su casaca hacían resaltar el ébano de su piel y los diferentes matices negros de su sombrero y de su calzado.
Lo que no dicen ni la condesa ni Del Rivero es que las familias pudientes de La Habana procuraban siempre que en cada uno de los objetos o personas de su propiedad fuera impresa una señal del estatus social y económico al que pertenecían, por lo que prestaban la misma esmeradísima atención a la arquitectura de sus mansiones que a la elección de calesero, al cual seleccionaban cuidadosamente entre los más hermosos de sus esclavos, y en ocasiones, hasta los compraban en el mercado de negros expresamente para emplearlos en ese oficio. También se cogían negritos bonitos, apenas llegados al mundo desde el vientre de sus madres, para educarlos con este propósito desde su más tierna edad. El calesero no realizaba tarea alguna, como no fuese guiar el quitrín de sus amos. Vivía en la casa junto con ellos, y aunque dormía en las dependencias destinadas a los de su raza y condición, tenía habitación aparte. Comía rumbosamente y su salud era bien atendida. Era respetado y muy envidiado por los otros esclavos, se daba aires de gran señor y las negras y mulatas, tanto esclavas como libertas, le concedían de preferencia sus favores. El calesero, pues, era un negro muy orgulloso de su destino, y cuando había fiesta en los grandes palacios de la aristocracia habanera, se reunían varios de ellos en los zaguanes y se enzarzaban en una especie de competencia charlatana para dirimir cuál de sus amos era más poderoso y merecedor de mayores honores.
¿Cómo comenzaba un día en La Habana de entonces? Pues muy temprano, antes de la salida del sol, cuando vaqueros y lecheros con sus rebaños invadían calles y plazas para garantizar el inviolable y tradicional desayuno criollo de café con leche, junto con el cual iban religiosamente los periódicos del día, que los repartidores deslizaban por debajo de las puertas; las iglesias se iban llenando de ancianos, beatas y madrugadores —sigue contándonos Del Rivero—, que corrían a la primera misa de la mañana; los cocineros salían con sus canastas a proveerse en los mercados; las bodegas se abrían para dar entrada a los jornaleros que allí concurrían para iniciar su día con una humeante taza de café bien tinto. Y aquí cita Del Rivero un fragmento de don Antonio Bachiller y Morales, cuyo discurso de gran fuerza plástica nos deja ver cómo en La Habana de entonces
…todo va siempre en movimiento: los mercados, los paseos, el muelle, los paraderos de las berlinas de Güines y Matanzas, van llenándose de gente que concurre ora a pasear en la mañana, ora a embarcarse o a despedirse de los amigos que se ausentan de la ciudad. Las náyades, vestidas con tenues negligés y tiradas por muelles carruajes, se dirigen a sus centros El Recreo, Las Delicias o La Elegancia. Los ensayos de cornetas y tambores, el tiroteo de las tropas en instrucción, las volantas de alquiler, los quitrines particulares y las filas de carretones que comienzan su estrepitosa tarea, van preparando el ruido que luego sigue en aumento.
Conociendo el hábito criollo de las clases medias y altas de dormir la mañana, en especial señoras y señoritas, hoy nos parece contradictorio el hecho de que a las siete de la mañana, con la exactitud de relojes, los buhoneros isleños comenzaban a vocear vigorosamente su mercancía consistente en aretes, sortijas, dedales, tijeras finas y otras baratijas, casi siempre consistentes en encajes y agujetas para el pelo, botones y otros adornos muy apreciados por las mujeres. Pero no es menos cierto que las damas adineradas no comprarían quizás a estos pobres vendedores callejeros. Es mejor suponer que a horas tan tempranas la clientela sólo se compondría de esclavas, mujeres libertas y amas de casa de pobre condición.
Dos horas más tarde, a las nueve de la mañana, el caos se desata en las calles de la ciudad, por donde se empeñan en circular a la vez los vaqueros con sus rebaños, los estudiantes que se dirigen a las clases de la Universidad, situada en el antiguo convento de Santo Domingo, los vendedores de fruta y los corredores de acciones, que a esa hora van hacia el muelle a formar tinglados desde donde desempeñar su agitado negocio.
Poco después las bellas de las mansiones dejan el lecho y se disponen a tomar el almuerzo, preparado desde temprano por la servidumbre, al mando la esclava negra jefa de la cocina, una de las esclavas de más respetable rango dentro de la casa colonial. Y del almuerzo nos cuenta Del Rivero que
...solía durar hasta las diez. La abundancia de las viandas corría pareja con la variedad de los platos. Además de la carne de vaca y la de puerco frita, guisada y estofada, había picadillo de ternera servido en una torta de casabe mojado, pollo asado y relumbrante con la manteca y los ajos, huevos fritos casi anegados en una salsa de tomate, arroz cocido, plátanos maduros también fritos, cortados en luengas y melosas tajadas, y ensalada de berro y lechuga. Acabado el almuerzo, se servía el café en la sala.
Y continúa nuestro cronista contándonos cómo a las diez el ruido de la ciudad alcanzaba su mayor fragor, porque a esa hora llegaba hasta la locura el canto de los esclavos enfrascados en las labores de descarga de mercancías desde los carretones para introducirlas en los almacenes de sus señores, ubicados generalmente en los bajos de las mansiones o en locales cercanos al muelle. Los vendedores de fruta y todo tipo de artículos recorrían las calles y las señoras iban de compra en sus quitrines acompañadas por sus esclavas y uno o dos criados que seguían el vehículo a pie. Téngase en cuenta que entonces circulaban por las calles habaneras más de tres mil carruajes, además de una multitud de hombres y mujeres de todas las edades y todas las razas, quienes se dirigían en todas direcciones, o mismo hacia el muelle que hacia los arrabales que rodeaban el corazón de la urbe.
La campana mayor de la Catedral anunciaba el descanso de los trabajadores, que duraba hasta las dos de la tarde. Los cafés se inundaban de gente sedienta que deseaba tomar un bocado y refrescar de la asfixiante temperatura que reinaba en la ciudad, y que no era entonces ni la mitad de fuerte que en nuestros días. Era el momento de tomar jugos de fruta, granizados y pastelitos, y la copa de helado a un peso:: la merienda que aún hoy continúa siendo la preferida por los habaneros, aunque, desde luego, ahora con el consabido sandwich norteamericano que nos quedó en herencia desde la ocupación.
Por raro que hoy pueda parecernos, a las tres de la tarde todo el mundo volvía a comer. Tras otro descanso de dos horas la ciudad se entregaba a los placeres, consistentes en andar el Nuevo Prado de arriba abajo una y otra vez, como ocurre hoy con la Rampa o las arterias principales de Centro Habana. También se acostumbraba pasear por dentro de la ciudad amurallada o dar una vuelta por las calle de Empedrado, Sol, Jesús María y Oficios. Después las damas regresaban a casa y los hombres se reunían en el café-taberna que se encontraba en la Plaza Vieja, esquina a la calle de Mercaderes. Antes del toque de oraciones se daba la vuelta en quitrín por fuera de las murallas, o también antes de pasar al Prado, se recorrían las calles de Dragones, Salud y Cerrada del Paseo. Así veía Del Rivero esos momentos de solaz y esparcimiento:
Y cuando el sol se ocultaba envuelto en hermosos cendales de oro... algunas jóvenes sentadas en sus ventanas, contentas y risueñas, dirigían al través de las rejas miradas que brillaban como estrellas. Otras, recostadas voluptuosamente en sus quitrines, gustaban desdeñosamente de la dulzura del aire y de la hermosura de la naturaleza. Nadie se paseaba a pie; los hombres, encajonados en el fondo de sus volantas fumaban tranquilamente saboreando su dicha; la comercianta, la mujer de clase media, lo mismo que la gran señora, gustaba en sus quitrines la delicia y la molicie de los ricos. (Después, a la Plaza de Armas, donde el Gobernador daba todas las noches frente a su palacio un concierto de música). Allí se reunía la población blanca de todas las clases. Hermosas mansiones, una fuente saltarina y los palacios del gobernador y del intendente circundan ese grande espacio, haciendo de él un paseo encantador y enteramente aristocrático.
A las nueve se cerraban las puertas de la muralla y a las diez de la noche comenzaban las alegres tertulias hogareñas. La condesa de Merlin asegura que
...aunque uno llegue a su casa la volanta permanece en la puerta, aguardando a que un capricho o el deseo de tomar el fresco con un amigo sin interrumpir la conversación os hagan volver a dar otro paseo. Así se suele ir a la orilla del mar; la cortina o tapacete protege a los que quieren ocultarse de los ojos de la gente, sin impedir que se oiga y se vea desde el interior todo lo que pasa fuera. El quitrín o la volanta, con su carácter particular, su extravagante conductor y su mula al trote, tiene algo de misterioso que recuerda la góndola de Venecia.
¡Romántica Habana de 1832, termina diciendo nuestro conde del Rivero, melancólica ciudad cuya vida callejera moría de once a tres de la tarde por miedo al sol, y que a su bullicio nocturno unía siempre el alegre cuchicheo al tierno susurro del romance...! Y nosotros nos unimos a su nostalgia con un suspiro de evocación, pero a la vez de agradecimiento por estas páginas que nos han permitido revivir, como la vaharada sutil y prontamente disipada de un perfume maravilloso, la memoria de la ciudad que fue hace casi tres siglos. Los ecos del pasado vuelven a resonar en nuestros oídos un breve instante antes de borrarse nuevamente, dejando en la película virgen de la cámara las sombras invisibles del ayer.

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27/08/2007 GMT 1

¿A QUÉ OLÍA LA HABANA EN TIEMPOS DE LA COLONIA?

hijadelaire @ 21:56

 HISTORIA DE LA PERFUMERÍA EN LA HABANA COLONIAL

Unos amigos españoles me comentaron una vez que La Habana olía a gas. Yo me horroricé, porque ¿cómo una ciudad que pasa por estar entre las más bellas del mundo va a oler a algo tan despersonalizado e insignificante como el simple gas? Sin contar con que los habaneros son fanáticos de los perfumes, mientras más caros y exquisitos, mejor. Existe una ancestral cultura del perfume entre nosotros y ni las personas de menos recursos económicos se resignan a privarse de oler bien.
Cuando he leído novelas y crónicas de época que tratan de La Habana colonial, donde se describe que en el aire señoreaban los olores más bien fétidos, propios de una urbe portuaria en expansión pero todavía sin un sistema de higienización adecuado, se explica en cuáles circunstancias debió nacer la pasión de los cubanos por el perfume.
También habría que tomar en consideración como causa desencadenante del fenómeno los rigores del clima, que al provocar en verano una abundante sudoración hacen sentir la necesidad de contrarrestar ciertos olores aromatizando el cuerpo con esencias exquisitas.
¿O se trataría más bien de una tradición nacida del contacto de nuestra refinadísima aristocracia criolla con la cultura francesa, creadora, al igual que la italiana, de la más antigua y quintaesenciada historia de los olores en esa Europa que nos descubrió?
¿Y qué clase de aromas se usaban en La Habana antigua? ¿Qué colonias se hacían en las farmacias, donde fundamentalmente se preparaba este tipo de perfume? ¿A qué olían los interiores de las casas cubanas, sus recoletos rincones, sus patios, sus alcobas guardianas de secretos…?
Una respuesta bastante exacta podría ser que olían a lo mismo que los hombres y mujeres de entonces, incluidos los esclavos: la violeta, la rosa, el jazmín y el ilán, estaban en todos los patios; el aroma fuerte y no siempre agradable del tabaco sería otra constante en el mapa odorífero de la isla entera, porque todos los hombres lo fumaban o lo mascaban, como es el caso de los esclavos, por lo que se supone que de ese olor debía estar impregnada toda la ciudad.
En provincias quizás no era igual, ya que en La Habana vivía la mayoría de las gentes adineradas de entonces, los comerciantes, los industriales, los ganaderos más ricos, quienes traían a sus esposas los últimos gritos de la moda en perfumería allá por Europa, especialmente París. Sin embargo, hay constancia de que en Matanzas abrió su boutique monsieur León Labbé, quien importaba de Europa lo último en lencería. joyería, perfumería y todo cuanto pudiera demandar el gusto refinadísimo de su clientela, compuesta fundamentalmente por los patricios acaudalados (y muy afrancesados) de una ciudad que ya entonces era llamada la Atenas de Cuba por su intensa vida cultural, su poderío económico y su refinamiento de costumbres.
Al parecer, además de los perfumes importados, hubo en la colonia una gama básica de doce esencias que comprendía la violeta, el jazmín, el ilán, la lavanda, la lila, el tabaco, los cítricos, el azahar, que era uno de los favoritos; también el sándalo, porque es un aroma que desde el principio de los tiempos ha gustado a todo el que lo olió, teniendo en cuenta que es tan antiguo como los egipcios y los romanos. Para un rey del pasado el regalo más preciado que podía recibir de un parigual o un embajador era un presente de sándalo o mirra, como si ahora nos regalaran un millón de dólares.
Nuestras mujeres comenzaban su labor destinada al bien oler virtiendo a diario en el agua de sus tinas pétalos de flores macerados, especialmente lilas, rosas y jazmín; y también las llevaban como adornos en el pelo o las lucían como ramitos en la mano, siempre involucradas con estos olores.
En la película Cecilia, de Humberto Solás, hay una escena en que puede verse el ritual del baño de Cecilia Valdés. La hermosa mulata vierte con fruición sobre su maravillosa carne desnuda jícaras de un agua en la que flotan flores y hojas olorosas; y hay que tener presente que se trata en ese caso de una muchacha de muy humilde condición, de la más baja extracción social; pero ello demuestra cuán arraigado estaba en las cubanas de cualquier estrato el amor a los buenos olores, especialmente florales.
Los perfumes de entonces, aunque fabricados con una base de aceites esenciales, fueron anteriores al empleo en cosmetología de las sustancias fijadoras como el ámbar de la ballena gris o el almizcle, y eran colonias de fabricación artesanal. Estos olores impregnaban la piel unas dos horas, al igual que las actuales colonias, y luego se disipaban.
Los frascos para perfume originales que se podían comprar en las farmacias eran manufactura importada de Barcelona; pero nuestras damas coloniales se las arreglaban para llevar en sus bolsitos de encaje y seda frasquitos pequeñísimos de metal afiligranados llenos de su fragancia favorita. Y no contentas con eso, se colgaban del cuello unos aritos con un frasquito de plata que contenía perfumes, que de este modo ellas podían aplicarse en cualquier parte, y así permanecían siempre olorosas.
Esa misma función de perfumadores permanentes tenían unos aretes de oro o plata en forma de pequeñas esferas que las damas lucían en los lóbulos de sus delicadas orejas. Colgando de un largo pedículo, estos pendientes eran, en realidad, dos mitades que se abrían y en cuyo interior se les colocaba un algodoncito embebido en el aroma preferido por su dueña. Y como los aretes eran colgantes, cuando la dama se movía las esferas oscilaban entre su pecho y garganta esparciendo la fragancia en derredor como una nube mágica.
En los interiores de las viviendas también se instrumentaban mecanismos para mantener perfumado el ambiente. Había dos modos fundamentales de lograrlo: uno consistía en utilizar una especie de cuenco en el que se vertían agua caliente y unas gotas de aceite esencial; al igual que en un pebetero, el vapor se expandía por la habitación creando un ambiente muy agradable. Se usaban mucho los aceites y colonias de limón y mejorana. La fragancia cítrica del limón es muy estimulante y apropiada para el clima del trópico, pues ayuda a reponerse de la fatiga a los cuerpos que han sudado en abundancia durante el trabajo, un paseo, un baile o cualquier actividad fatigadora.
La segunda forma utilizada para perfumar interiores consistía en coser unos saquitos de lienzo que en ocasiones llevaban encima una preciosa muñequita confeccionada por las mejores esclavas costureras. Una vez terminados se rellenaban con pétalos de flores, cortezas de vetiver o cualquier otra madera odorífera, y se usaban para aromatizar habitaciones o roperos.
Los olores son una cosa mágica. Tienen más poder de permanencia que muchas otras cosas en la naturaleza. Tienen algo de común con el concepto de Eternidad. Uno puede visitar una calle, conocer su perfume, familiarizarse con él, y treinta años después regresa al lugar con los ojos tapados y lo reconoce por sus olores.
No damos tanta importancia al olfato como sentido, y sin embargo tiene muchísima. La nariz lo dice todo. Cuando antes los abuelos decían huelo el peligro, huelo el Mal, no mentían. Y tampoco se trataba sólo de una mera metáfora: realmente el olfato les advertía de una desarmonía en el entorno. La nariz llega a donde no alcanza nada más, porque uno respira y ese aire llega a los órganos, hasta a la punta del último de tus dedos, y dentro de ese aire también van los olores, y no se los puede eliminar, como cuando uno cierra los ojos para ignorar algo que no se desea ver. Es por eso que los olores pueden actuar con tanta eficacia sobre las emociones, sobre la psiquis en general, lo mismo para proporcionar bienestar que displacer.
Un olor determinado puede hasta ayudar a resolver un estado de ánimo; y también otras cosas, como, por ejemplo, un amor. Ya se sabe que Cleopatra atraía a los hombres valiéndose de exóticos perfumes. Ella se hacía masajear diariamente con aceites esenciales, lo cual era una costumbre muy arraigada entre los egipcios y otros pueblos sabios de la antigüedad; pero esta reina sabía sacar muy buen partido de la tradición odorífera que heredó de sus antepasados. A Marco Antonio lo sedujo llenando de pétalos de rosa la habitación donde le recibió por primera vez. Todos, hasta un rudo guerrero, somos sensibles a un olor.
Con olores hasta se pueden curar enfermedades. Cuando nuestras abuelas querían dormir se bebían una infusión de tilo; y si tenían catarro una de corteza de limón, pero a la vez que la bebían la estaban oliendo, haciendo sin saberlo una terapia de olor. La lavanda, por ejemplo, adormece, disminuye el estrés; y es una de las colonias más antiguas y codiciadas que se conocen. En el mundo de la perfumería existen variedades: la lavanda inglesa, la española, la alemana, todas en su época y en su tipo.
Durante la colonia y la república, las grandes farmacias creaban sus propias colonias, a las que daban su nombre. Por ejemplo, la colonia Taquechel olía un poco a madera. Ahora se está restaurando la farmacia Sarrá y se fabricarán allí algunos de los productos que elaboraba esta firma antiguamente.
También la farmacia Johnson se restauró y es hoy un centro de venta a la población; pero antes tenía sus propias fórmulas y sus propios productos, que no eran cubanos, porque la firma Johnson era americana, y nunca revelaron sus fórmulas.
Los antiguos alquimistas creían que se podía sensibilizar más el sentido humano del olfato según la fecha, y conocían a la perfección qué olores pueden sentirse más en cada día de la semana. Por ejemplo, los miércoles rige el color blanco, y todo cuanto se haga en este día debe ser trabajado con el blanco, porque de todos los colores del espectro solar es el blanco el que más incide los días miércoles sobre la tierra. Es, pues, un día ideal para llevar perfumes confeccionados con base de flores blancas.
Según documentos alquímicos muy antiguos, los lunes era el color oro el que reinaba sobre los demás, un oro como el de las prendas; el martes es el rosa, que se identifica con el amor, el corazón, las cosas buenas; el jueves el verde; el viernes el oro rubí; el sábado el violeta y el domingo el azul.
Los colores se dividen en fríos y cálidos, y los cálidos como el rojo y el amarillo dan calor, dan vida. Verdes y rosas son colores de curación, los niños los llevan mucho; así como los malvas y en general todos los tonos pastel. En perfumería eso se traduce en que los olores provenientes de flores de colores cálidos son más calientes y densos, como el olor de las rosas, mientras que los elaborados con flores de colores menos fuertes son más delicados y evanescentes, como el perfume de mariposas.
Si enfocáramos esta relación de los colores y los días desde una posición científica, descubriríamos que, precisamente, es la incidencia, el índice de refracción que tienen los rayos de colores cuando inciden sobre la vista, lo que determina que se reciba más de un color que de otro; y de ello depende qué color estará incidiendo más en cada día de la semana.
Los farmacéuticos utilizaban un instrumental muy semejante al de los antiguos alquimistas: colocaban las flores dentro de una esfera de vidrio llena de líquido y dejaban reposar la mezcla el tiempo necesario hasta alcanzar su maduración, porque el tiempo de maduración de una esencia no es siempre el mismo. Luego tapaban los recipientes con corcho o con papel de filtro y los iban oliendo de vez en cuando, fijándose en las capas que iban apareciendo en el preparado, en su grosor; pero es el olor el que avisa cuándo la esencia está madura.
Por ejemplo, el ilán no puede considerarse maduro hasta que se pone bien dulce, porque después se le diluye más, igual que ocurre con las rosas. Es necesario que estén muy concentrados y eso se identifica por la dulzura del olor. Cuando se ponen muy densos quiere decir que ya están listos.
En el caso del tabaco es al revés, tiene que ponerse muy ácido; cuando molesta entonces ya está perfecto. En general estas esencias demoran en madurar entre mes y medio y dos meses.
El perfumista no sólo tenía que saber destilar, sino ser al mismo tiempo un experto en pomadas, boticario, alquimista, artesano, comerciante, humanista y jardinero.
Las perfumerías naturistas antiguas eran como pequeños reinos o templos donde se rendía culto a la belleza desde la entrada hasta la salida. Estos locales se caracterizaban por el uso del cristal en grandes ventanales que además de iluminar el interior cumplían la función de vitrinas para mostrar al exterior la mercancía. Tenían salas iluminadas y claras; puntales bajos que hacen más diáfana y acogedora la estancia e inspiran mayor seguridad y tranquilidad al cliente, y estanterías de maderas pálidas, generalmente cedro y nogal. La decoración de estos ambientes iba desde el estilo del barroco refinado hasta ambientes rústicos con carácter campestre.
Las perfumerías de los siglos XVIII y XIX usaban en su decoración una gama de colores basada en sepias, caobas, rojizos y dorados, mientras que las tiendas naturistas combinaban la madera cruda con tejidos verdes y azules. Había estanterías a lo largo y ancho de las paredes, con cenefas pintadas; mesas-vitrinas en función de salas museables, relojes antiguos donde se combinaba la madera oscura torneada con el cristal transparente y el mármol cuadriculado; cestas de mimbre sobre madera dura y clara con productos de herboristería; recias vigas y fuertes mesas de trabajo con sencillas banquetas de cuero. Las imágenes e ilustraciones que pendían de las paredes evocaban el campo o el mar para identificar líneas completas de perfumes o cosméticos ecológicos. Los frascos empleados para envasar los perfumes generalmente eran de vidrio con líneas sencillas, coronados por un tapón esmerilado con cierre a presión a la medida. Aún hoy pueden verse en el Museo de Los Capitanes Generales estos frascos de murano verde y plata, los cuales, al igual que los cacharros de cobre, pertenecen a la colección del orfebre Soles, un español del siglo XVIII.
En Cuba existía variedad de esencias florales y se elaboraban aguas perfumadas en muchas casas cubanas. A fines del XIX ya se importaban grandes cantidades de aguas, y colonias, y esencias florales de producción industrial traídas del extranjero por comerciantes mayoristas ya se comercializaban a granel en las droguerías.
Pensando en aquel ayer de aires balsámicos, miro a los habaneros de hoy comprando en las perfumerías esencias producidas en serie, y pienso que aunque alguna mujer distinguida o un hombre elegante dejen a su paso una estela de Chanel no.5 o Douche Gavanna, yo hubiera preferido vivir en aquella ciudad colonial donde mi cuerpo podría seducir exhalando fragancias naturales de verbena, limón y el sensual patchoulí, pero sobre todo donde la ciudad no apestaba a gas, sino que olía a lejana urbe idealizada con aromas viriles de cuero y ron, matizados por el femenino encanto de las flores.

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24/08/2007 GMT 1

Por qué la capital de Cuba se llama villa de San Cristobal de La Habana?

hijadelaire @ 00:56

 ¿POR QUÉ LA CAPITAL DE CUBA SE LLAMÓ EN SU ORIGEN SAN CRISTÓBAL DE LA HABANA?

Mucha gente se ha preguntado siempre, y continúa preguntándose por qué nuestra capital fue en sus orígenes fundada con el nombre de villa de San Cristóbal de La Habana.
Habría que comenzar por explicar quién es san Cristóbal, y para ello no queda otro camino que remitirse a la hagiografía cristiana. Según se cuenta, Cristóbal fue un hombre nacido en la antigua tierra de Caanán, Asia Occidental, entre el Mediterráneo y el río Jordán donde destacaba entre sus compatriotas por su gigantesca estatura, la cual, según asegura la leyenda, fue de unos doce codos de altura, lo que significa mucho más de dos metros. Mientras se encontraba al servicio del rey de su país, un día se dijo a sí mismo que en realidad, él debería servir al señor más poderoso de la Tierra.
Tras una prolongada y estéril búsqueda para hallar a su nuevo patrón, el gigantesco Cristóbal llegó al refugio de un anciano ermitaño, al que, como es costumbre en los cuentos y fábulas, pidió consejo. El ermitaño reflexionó y al fin sugirió a Cristóbal que se estableciera a la orilla del río más caudaloso y profundo de aquellas tierras, y aprovechara su corpulencia para ayudar a los viajeros a cruzar la poderosa corriente. Era, aseguró, la única manera en que el gigante podría lograr que el gran señor a quien buscaba se le manifestara algún día.
Cristóbal hizo lo que se le decía y se construyó una cabaña a la orilla del río. Talló una gruesa rama de árbol para que le sirviera como báculo para ayudarse a caminar mejor dentro del agua, y se dedicó a transportar sobre sus fuertes hombros a todo aquel que deseara atravesar el río.
Una noche, mientras Cristóbal dormía, oyó la voz de un niño que le pedía ayuda para pasar a la otra margen. Cristóbal lo cargó sobre su espalda y se metió en el agua, pero no tardó en sentir que el cuerpo de la criatura se iba haciendo cada vez más pesado hasta casi hundirlo a él, el portador, en el fango blando del lecho del río.
Al llegar a la otra orilla, Cristóbal recriminó al pequeño, pero éste le pidió que no se sorprendiera, pues él no era un niño normal, sino el propio Cristo en persona, y el exceso de peso que había sofocado al gigante se debía a que, aunque pequeño, él, Cristo, llevaba sobre sí todo el peso del Mundo. Como prueba de sus palabras, indicó a Cristóbal que plantara el báculo junto a su cabaña, y a la mañana siguiente lo encontraría convertido en un árbol florecido, cosa que, desde luego, la leyenda asegura que sucedió.
Lo último que se sabe sobre Cristóbal el cananeo es que, presuntamente, padeció el martirio y murió alrededor del año 250 durante la persecución de Decio contra los cristianos.
Hacia finales del Medioevo la leyenda de Cristóbal cobró nuevo auge, puesto que se le atribuía el poder de conjurar la “mala muerte” o sea, la muerte que sorprende al individuo en pecado mortal y por ende, iría derecho al Infierno si no lograra a tiempo la absolución. Para ganarse su santa protección había que mirarle el rostro, razón por la cual se comenzó a pintar su imagen en proporciones enormes sobre las fachadas de las iglesias, para que pudiera ser visto por la multitud que clamaba su favor.
Por haber transportado sobre sus espaldas al niño Dios, Cristóbal fue convertido en patrono de los trasbordadores y barqueros. Como La Habana, en ésta su definitiva ubicación, se fundó como puerto de mar geográficamente colocado entre el Nuevo y el Viejo Mundo, es fácil imaginar cuántos marinos, aventureros, soldados, frailes, comerciantes, exploradores y viajeros en general se habrán sentido necesitados de obtener la protección del santo para enfrentar las aguas procelosas que separan la isla de Cuba de toda tierra firme. Ésa pudiera ser la razón para que la nueva villa haya sido colocada bajo la advocación del santo y bautizada con su nombre.
Mucha gente cree que también La Habana pudo ser llamada San Cristóbal en honor a Cristóbal Colón, descubridor del Nuevo Mundo y de nuestra hermosa tierra cubana, pero a éstas personas se les debe recordar que aunque la figura de Cristóbal Colón tenga la talla moral y simbólica de un gigante, aún hoy la Iglesia católica no le ha concedido la condición de santo, condición alrededor de la cual existe todavía una encendida polémica muy bien representada en la novela El arpa y la sombra, del escritor cubano Alejo Carpentier. Por lo tanto, en 1519, cuando San Cristóbal de La Habana fue fundada, a nadie se le habría ocurrido pensar en el Descubridor como un santo.
Sin embargo, es muy posible que Colón haya sido bautizado con ese nombre en memoria del buen gigante. También resulta muy tentador para la imaginación especular si el Descubridor, a quien se le achacan orígenes hebreos, genoveses y otros aún más oscuros, no se habrá cambiado su verdadero nombre por otro más castizo para presentarse sin levantar innecesarias sospechas en España, tierra perseguidora de infieles. De ser esto cierto, su amor al mar y su temprana vocación de marino le habrían sugerido seguramente tomar el nombre de Cristóbal como amuleto protector que lo acompañaría en su futura vida entre olas y tierras ignotas flotando sobre el mar.
Como dato curioso añadimos, para conocimiento de nuestros lectores, que de todos los grabados fechados que se conservan en el mundo, el más antiguo es, precisamente, una representación de San Cristóbal o Cristophoros, el Porteador de Cristo. Se trata de una xilografía o grabado en madera, que data de 1423. El desconocido autor presentó la figura del santo en el momento de alcanzar la otra margen del río llevando a Cristo en hombros. A su alrededor aparecen el ermitaño junto a su ermita, un viajero que atraviesa el arroyo con su mula y un molinero que acarrea un saco hacia su molino. También fueron grabados una liebre y un pez, símbolos del cristianismo esotérico.
No pretendemos agotar el tema, puesto que nadie ha logrado decir aún con absoluta certeza la última palabra sobre el por qué La Habana fue originalmente bautizada como la villa de San Cristóbal. Pero de cualquier modo, deseamos que siempre siga siendo una ciudad protegida y tan llena de misterioso encanto como lo ha sido hasta hoy.
Sería sumamente injusto no consignar aquí quién es san Cristóbal en la Regla de Ocha, pues esta es una de las religiones que mayor cantidad de adeptos tiene en nuestro país, y tal vez fue la fe que vino más representada en las bodegas de los barcos negreros. Al respecto dice Natasha Bolívar en su libro Los orichas en Cuba:
En el proceso de sincretización ocurrido en Cuba mediante el cual las deidades africanas se asimilaron a los santos de la Iglesia Católica, el grandote san Cristóbal se sincretizó con Aggayú Solá, gigante poderoso y temido y dueño de los ríos que se precipitan desde lo alto, o sea, de las cascadas y saltos de agua. Acostumbraba ayudar a cruzar la corriente, pero exigía que se le pagara. Es orisha mayor y patrón de los caminantes, porteadores y estibadores. Le gusta cargar a los niños sobre sus hombros fuertes.
¿Hasta qué punto habrá influido este orisha negro en el bautismo de La Habana, puerto de mar y paraíso de porteadores?
¿POR QUÉ LA HABANA…?
Según ciertos investigadores, la segunda parte del topónimo que da nombre a nuestra capital, Habana, no es más que una corrupción de la palabra haitiana sabana, que quiere decir exactamente eso: sabana, formación vegetal donde dominan las plantas herbáceas, propia de zonas tropicales en cuyo clima hay una estación seca. De donde La Habana sería una provincia en cuyo suelo predominaban las sabanas. Yo solo me pregunto por qué nuestros aborígenes, que tenían su propia lengua, habrían acudido a un préstamo lingüístico a todas luces innecesario, y también me pregunto si conocerían que dicho vocablo describía precisamente el suelo característico de la zona.
Eusebio Leal Spengler, Historiador de la Ciudad, es partidario de la tesis según la cual existió en el Occidente de la isla un cacique poderoso de nombre Habaguanex. Éste jefe habría sido el origen del primer nombre de nuestra capital. Esta sería, a mi juicio, una hipótesis más digna de consideración por parecer más lógica.
Pero según el lingüista Whitney, havana viene de haven o gaven, que significa puerto, fondeadero o abra. En apoyo de su teoría este especialista menciona la existencia de un puerto denominado Havanne en la costa septentrional europea
Otra posibilidad para llegar al meollo del asunto es la existencia de la Fuente de La India. Se cree que esta escultura conmemora una antigua leyenda basada en un hecho supuestamente real: la historia de la india Guara, quien, enamorada de un conquistador español, le avisa cómo y dónde asaltar un asentamiento indígena. Al ver la carnicería causada por los soldados españoles entre los hombres y mujeres de su raza, la aldea quemada y la sangre humedeciendo la tierra, Guara enloquece y vaga desmelenada por los alrededores hasta que, maldiciéndose a sí misma, se arroja al fuego y muere carbonizada. En esta leyenda aparecen unas indias plañideras que al dar sepultura a los restos de Guara reppiten incansablemente la palabra habana, lo que en lengua aruaca querría decir: ella (Guara) está loca.
Sea cual sea la verdad, lo cierto es que ha pasado ya demasiado tiempo y el tiempo trae consigo las aguas del olvido que todo lo borran, todo lo sepultan. Quizá ya nunca se consiga esclarecer el origen del nombre de esta hermosa ciudad que mira al Caribe como si interrogara a las olas sobre su destino.
Pero no deja de resultar curioso que, si intentáramos traducir fielmente el nombre completo de nuestra capital y para ello tomáramos el sentido literal de porteador y el de la leyenda de Guara, o sea, locura, el resultado sería que el nombre de la capital de Cuba significaría más o menos “el porteador de la locura” o “el que lleva sobre sus hombros la locura”, lo cual le va muy bien al habanero, cuyo temperamento se resuelve en esa cosmopolita locura porteña del frenesí de vivir intensamente cada minuto de existencia, hasta que la Vida pase junto a él y se despida con un breve y definitivo adiós.

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