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Hija del aire

Archivo: Noviembre 2009

27/11/2009 GMT 1

CUANDO LA MÚSICA NO ES TAN INOCENTE...

hijadelaire @ 01:48

He crecido escuchando canciones maliciosas, pícaras, de doble sentido o abiertamente obscenas, y su contrapartida, las constantes quejas de maestros, periodistas, religiosos, funcionarios y personas que preferirían ser sordas antes que agonizar las veinticuatro horas de todos sus días bajo el martillete de estas cantinelas.

He crecido escuchando disputas controversiales sobre si esta música, que he llamado maliciosa, es cultura o sub cultura, es arte o marginalidad. Si es producto de una pérdida alarmante de valores en nuestra sociedad, o de un debilitamiento del sistema educacional de la nación cubana; sobre si tiene la culpa el Gobierno, excesivamente liberal, que pone por la tele las instrucciones más descarnadas sobre cómo tener sexo, o se trata de una conjura del imperialismo para debilitarnos ideológicamente. En fin, que he crecido viendo buscar al culpable.

Pero lo que me he encontrado en medio de una investigación sobre la toma de La Habana por los ingleses, ha sido un libro del Doctor Julio Le Riverend, La Habana, biografía de una provincia, (Academia de la Historia de Cuba, La Habana, 1960) que ha venido a aclararme un poco las cosas. Por lo menos para mi consumo personal. Porque resulta que si ahora nos parecen inmorales las letras del reguetón, y antes nos lo habían parecido las de la Charanga y otras muchas agrupaciones y músicos individuales que sería engorroso enumerar aquí, hay que ver, señores, lo que cantaban los elegantes, solemnes y muy patrióticos habaneros de los siglos XVIII y XIX en esta capital tan fermosa y tan crónicamente fangosa.

La Habana bailadora tenía constantes celebraciones festivas, y las orquestas, en su mayoría integradas por músicos negros y mulatos, tocaban piezas llamadas El cachirulo, Que me toquen la zarabandita (¡donde se habla de Fray Juan de la Gorda Manzana!). Y pese a la existencia del cargo oficial de Censor, cuyo ocupante vigilaba la salud de la vida pública, la gente bailaba y se divertía con La guabina:

La mulata Celestina
Le ha cogido miedo al mar
Porque una vez fue a nadar
Y la mordió una guabina.
Dice doña Severina
Que le gusta el mazapán
Pero más el catalán
Cuando canta la guabina.

Y algo posterior en el tiempo es la letra asombrosa de El Sungambelo:

De los sungambelos
que he visto en La Habana
Ninguno me gusta
Como el de tu hermana.

Aunque no seamos gente de la colonia no hace falta mucha imaginación para deducir que un sungambelo debe de estar situado por delante o por detrás de la mitad inferior del cuerpo femenino, nos atreveríamos a aventurar que entre la pelvis y las caderas.

En 1840 lo mismo se escuchaba cantar a los habaneros melosas canciones europeas y otras compuestas en el país con el estilo del Romanticismo que imperaba en la época (El destino, La Atala, Vivo en prisión oscura, etc…), que otras mucho más pedestres como El forro de catre, El mandinga siguato, Panetela pa la vieja, Baja la pata y otras, que también se bailaban con entusiasmo compartido por igual entre ricos y pobres. “Obras llenas de intención, de gracia y de ritmo”, afirma Le Riverend, y añade: “El elemento africano está dominando la música nacional y todas las clases lo van admitiendo, previo un discreto blanqueamiento”. Me pregunto sin cesar qué diría la letra de El mandinga ciguato. No sé por qué, entre todas es esa la que más despierta mi curiosidad.

Y todo eso ocurría a pesar de que en esos años coloniales y distinguidamente decimonónicos las clases sociales tenían muy bien definidos sus perfiles, y lo mismo sus lugares de recreación. La clase media y la aristocracia liberal bailaban en el Liceum Artístico y Literario de La Habana. El pueblo bajo, por todas partes. Cómo andarían las cosas de desbordadas y de mezcladas en la música habanera, cuando un señor tan importante como el compositor Rafael Saumell se sentía en la necesidad de añadir a las partituras italianas del repertorio de las orquestas que dirigía, una acotación al margen: “Ejecutar con sandunga”.

Hay que tomarse con calma la picardía, el doble sentido y la obscenidad de las letras de nuestras canciones actuales. No quiero decir que no debamos hacer nada, porque tengo muy claro que nadie tiene derecho de imponer a otros sus gustos musicales, ya sean buenos o degenerados. Me refiero a la parte filosófica, o si se prefiere, conceptual, de la percepción del fenómeno. No debemos sentir que la obscenidad es algo nuevo que nos invade como una marca nostradámica del fin de los tiempos o la acreditación de las profesías mayas, sino entender que es una de las muchas formas que adopta la cultura popular y no solo en Cuba, ni en el Caribe, ni en el tercer mundo. ¿Se asombraría usted mucho, lector, si alguien le dijera que en Alemania y los Países Bajos, a finales del XIX y comienzos del XX, las mujeres del pueblo y los obreros tenían, entre sus modos de burlarse de otras personas, el de detenerse en plena calle, levantarse la falda o bajarse el pantalón y mostrar el trasero a la víctima o víctimas de la burla? ¡Y encima menéarselo en pleno rostro a quien querían ofender!

Sin embargo, el continuo suceder histórico de un fenómeno cultural, su carácter masivo, su índole popular y cualesquiera otros argumentos se quieran enarbolar, así sean argumentos ideológicos o nacionalistas, no serán jamás suficientes para validar la imposición de formas artísticas a quienes simplemente no se identifican con ellas y no desean disfrutarlas. Me encantaría gritarle esto a mi vecina, quien todos los días amarga mi vida poniendo a todo volumen sus dividís reguetoneros, donde se habla de cuanta obscenidad, bajeza y pachorrada existen en el mundo, cuando a mí lo que me gusta y me conmueve hasta la médula es la música medieval y los cantos gregorianos. ¿Será el remedio que yo mude mi equipo de música para la ventana que está frente a la de mi vecina y le declare una guerra musical haciendo cantar a mis monjes a todo lo que dé mi equipo? ¡Estaría bueno ver una tropa de monjes medievales armados con garrotes alzándose los sayales para precipitarse a mayor velocidad sobre una horda de reguetoneros armados con navajas y dientes de oro! Alucinante, peyotlesco... ¿O tendré que escribirle una carta explicándole que mi esposo me enamoró con las mayores finezas y nunca macho alguno me exprimió para después despreciarme como objeto del deseo? ¿Explicarle que no me interesa llevar pelo suelto y carretera en un cadillac de lujo junto a un tipo tremendo cubierto de tatuajes y con colmillos argentados intercalados de a dos? ¿Cómo hacerle comprender que sus gustos son mis disgustos y que su conducta me molesta enormemente? O algo mucho más elemental: que su música no me deja dormir...

Es dudoso que algún día se llegue a un acuerdo entre los bandos en pugna. Lo único que se me ocurre como posible solución es inundar el mercado con canciones tan buenas como lo fueran en su tiempo las de la Nueva Trova, que interesen a todos, que involucren sensibilidades disímiles. Porque hay que hacer una distinción inteligente, oportuna y socialmente útil: el reguetón, como la trova o la música sinfónica, puede tener mucho valor como forma musical —y precisamente porque tiene raíces tribales no seré yo quien lo niegue—, pero lo que lo hace tan indeseable son sus letras, portadoras de las actitudes y enfoques de un mundo marginal del que ningún beneficio saldrá para el desarrollo de la sociedad cubana. No es alentando la inferioridad de la mujer, la supremacía del sexo machista y salvaje, la vida de pandillas, la violencia, el crimen y la irracionalidad como se edifican la identidad cultural ni la integridad de una nación. Es terriblemente insultante que se nos quiera convencer de que estas letras que suelen degradar la condición humana son la verdadera música popular. Una cosa es la picardía de La guabina, y otra muy diferente las letras de Don Omar asegurándole a un tipo que lo van a matar lentamente y que lo que le van a hacer le va a doler mucho.

Una cosa me queda muy clara: ni los mejores compositores, los mejores intérpretes y los mejores instrumentistas podrán nada jamás en una batalla frontal contra la abierta complicidad que sostienen los medios con estas formas de cultura que gozan del favor de amplias zonas de la población, sí, es verdad, pero nunca de otros sectores que son y serán siempre más amplios. El verdadero espacio de esta música no está en las emisoras radiales ni los canales de la televisión copando casi todo el espacio sonoro y visual de que disponemos en el país, sino en los espectáculos bailables, a donde van a disfrutarla solo aquellos que deseen hacerlo y sin molestar a los demás. Los escuchas caseros ya son harina de otro costal. Solo educando el gusto musical de nuestra población podría repararse en algo el mal que ya se ha hecho, pero no solo de eso se trata. Se trata de cambiar, fundamentalmente, la mentalidad machista, homofóbica y en algunos casos abiertamente racista de una población que a estas alturas debería haber superado con creces esas lacras del pensamiento, en lugar de cooperar con todos estos males, como hacen las emisoras y los musicales de televisión, difundiendo a través de la música una ideología abiertamente marginal, violenta y típica del subdesarrollo.

25/11/2009 GMT 1

UNA CONSOLACIÓN

hijadelaire @ 16:30

Culturales / De libros y autores

Ver todos
ESTE TRABAJO ACABO DE DESCUBRIRLO EN LA WEB DE LA EMISORA HABANA RADIO, DE LA OFICINA DEL HISTORIADOR DE LA CIUDAD. COMO ESTOY UN POCO DEPRE HOY, ME GUSTÓ HALLARLO. ESPERO SEPAN ENTENDER Y DISCULPAR MI PEQUEÑO ATAQUE DE EUFORIA

El reino de la noche
(2009/04/10)
Por: Marilú Rodríguez Castañeda maryrc1204@gmail.com

La colección La Rueda Dentada, bajo el sello de la Editorial Unión, pone a disposición de los lectores un libro finalista en el Concurso de narrativa Alejo Carpentier, de la escritora cubana Gina Picart.
Un volumen de cuentos que contiene 6 historias sobre seis mujeres singulares, recreadas en distintas épocas.
“El reino de la noche” es de esas obras que cae en las manos y no podemos abandonarla hasta completar la última página. Está escrita con una prosa de suprema elegancia y pulcritud lingüística, donde lo novedoso es esa fluidez del lenguaje, que nos hace parecer a nosotros los lectores que escribir es un oficio fácil, porque cada historia se deja leer con facilidad, y la atmósfera de suspenso recreada en cada una de ellas por la autora nos mantiene expectantes.
Gina Picart nace en La Habana en l956. Es narradora y crítica literaria. Ha publicado los libros “La prosa del ángel” (Editorial Unión l994); ganadora del Premio David de Ciencia Ficción en l990 y del Pinos Nuevos de Narrativa en l993, publica “El druida” (Extramuros año 2000) y “Malevolgia” (Letras Cubanas 2006). Cuentos y artículos suyos han aparecido en diversas revistas y antologías cubanas y extranjeras
Los textos que aparecen en el libro “El reino de la noche”, que estamos presentando esta tarde, han sido escritos con una brillantez sorprendente, marcados con el timbre personalísimo de su autora, donde la armonía, el estilo y el tono en la narrativa se mueven en una misma cuerda de total equilibrio.
Echamos mano a una de estos relatos que se cuentan en este volumen, donde Gina Picart superpone su historia bajo el título “Serata de Gala” con la obra “El acoso” de Alejo Carpentier. Y refunde como ella misma dice la locación teatral, la propia Habana, y ese Estudiante personaje que es el Estudiante perseguido de la novela carpentereana con la Catalina Laza de “Serata de Gala”. Y aquí se nos deja ver la erudición de la autora en esta fusión perfecta. Como ella dice su modesto homenaje al ilustre Alejo, uno de los más grandes escritores de las lenguas hispánicas.
Veamos un fragmento del cuenta “Serata de Gala” donde el personaje femenino, revolucionaria dama de la sociedad habanera de entonces, se entrega al Estudiante de “El acoso”.

...¿Por qué no te encontré cuando yo misma era la luna llena, cuando tenía todo para dártelo a ti? La camita pequeña acoge nuestros cuerpos anudados en apretado haz. Quiero beber tu sangre, digo, mientras lo siento incrustarse en mi interior tan certero como una espada victoriosa. No dice una palabra, pero sus nalgas apretadas se afana sobre mis muslos con la tenacidad de un buscador de oro; mi cuerpo se doblega ante la gloria de su empuje y no tardo en recobrar el fragoroso vértigo del hambre bien saciada, que dejé de sentir hace ya tanto tiempo. La luz de su lámpara demora en extinguirse, y cuando muere, me queda el brillo de la luna para contemplar su faz inerme perdida entre mis senos, sus labios entreabiertos que ahora quiero retener para siempre. Sigo besándolo mientras un último temblor se escapa de mi vientre enriquecido con la joya mejor: el semen oferente en que culmina la eclosión del amor. Ya no se mueve mi bienamado; voy lamiendo la hostia bendita que se derrama de su glande, eucaristía con que me premian los cielos, desatados en aguacero torrencial sobre una Habana, que nunca volverá a ser igual después de este momento.

A todos nuestros lectores les decimos que este es un libro que no se puede dejar pasar. “El reino de la noche”, de Gina Picart, es una lectura recomendada que se encuentra al alcance de todos en las librerías de la ciudad.
Hasta aquí nuestro comentario de hoy. Recuerde que los libros siempre están esperando por usted. Acérquese a ellos que lo ofrecen todo sin pedir nada a cambio.

24/11/2009 GMT 1

UNA PETICIÓN UN POCO LOCA

hijadelaire @ 16:16

Sé que esto es un poco loco, pero un blog puede servir para muchas cosas. El caso es que he visto una hermosa joya hindú que consiste en un colgante de plata, una pieza redonda y grande, que pende de una cadena de hilo negro. Así, sencillamente: un hermoso collar de hilo negro algo más grueso que un dedo, que recuerda, por la forma en que está colocado el hilo, una de esas pilas de soga donde la soga cae desde arriba y se apila formando círculos unos encima de los otros. El cierre es una esfera de plata, y en el otro extremo una especie de ojal del mismo hilo. Cuando fui a desatarla para probármela, la esfera del cierre se cayó y el hilo que estaba debajo de ella se soltó y se"despeluzó", como decimos aquí. No es una joya usual en Cuba, así que no sabemos cómo arreglarla. Si alguien tiene idea, por favor, ¿podría hacer alguna indicación? Me gustaría ayudar a la amiga que me permitió probarme su joya y que se ha fastidiado por mi torpeza.

23/11/2009 GMT 1

LA CEREMONIA DEL TÉ EN LA HABANA

hijadelaire @ 15:43

OJO: Lo que publico abajo es una especie de notita de prensa que he hecho para mi emisora, así que me ha salido un poquín estirada y falta de naturalidad. Lo importante es que la Ceremonia del Té fue hermosa, aunque había tanta gente en el salón que mi esperanza de vivir la parte espiritual del asunto se fue volando no más vi aquella multitud. Pero los japoneses son siempre tan corteses, tan educados, las japonesas tan elegantes, la ceremonia misma es tan bella aún cuando haya que limitarse a contemplar su parte exterior, que valió la pena. Y los cubanos se veían encantados, estoy segura de que lo disfrutaron mucho. Aparte de nuestra habitual manera de desplazarnos con demasiada rapidez, lo cual contrasta fuertemente con el tempo lento de los japoneses, estuvimos muy bien y nos portamos deliciosamente, y todo el mundo se emocionó con la posibilidad de asistir a una Escuela de la Ceremonia del Té (los cubanos no somos buenos en eso de ocultar los sentimientos). Además, uno puede pasarse la vida entera sin contemplar un rostro de persona sabia como el que tiene el Maestro. Me gustaría presumir de haber visto muchos rostros como el suyo, pero si lo hiciera mentiría. Solo recuerdo el rostro de Romez Chandra, que también tenía esa misma serenidad. Hablé con él unos minutos hace muchos años y jamás he olvidado esa experiencia. Creo sinceramente que nuestro mundo moderno tiene una fuga insellable de espiritualidad, y cada día que pase se hará más difícil llegar al interior de uno mismo. Es paradójico: parece que el hombre podrá ir a la Luna y tal vez a todo el sistema solar, pero no podrá viajar al interior de su propia alma. Nada, que estamos jodidos.

NOTA DE PRENSA

La Ceremonia del Té, ofrecida por la Embajada de Japón en Cuba, tuvo lugar ayer en el Centro Hispanoamericano de cultura con una sorprendente asistencia de público que llenó el salón y aún presenció de pie las dos horas de duración de la actividad.

La Ceremonia del Té, una de las más tradicionales y antiguas de la cultura japonesa, tiene siglos de existencia, y es una actividad de carácter social que los japoneses celebran habitualmente en una pequeña casa algo alejada de la casa de vivienda de la familia, y convenientemente habilitada solo para ese fin. El lugar carece de muebles, teniendo solo un tatami o piso y una pequeña mesa donde se prepara la infusión. Los utensilios suelen ser un legado familiar muy valioso y apreciado. Se colocan directamente sobre el suelo y antes y después de a preparación del té deben ser purificados (limpiados) varias veces por el dueño de la casa, que es la figura más importante dentro de la familia y quien tiene a su cargo la ceremonia de principio a fin. Al fondo del tatami hay un arreglo floral y cuelga de la pared algún texto alegórico que expresa el estado de ánimo favorable con que el oficiante recibe en su morada a los invitados. Estos tienen un rango y es ese rango el que determina el orden en que pueden sentarse y ser servidos. Todo el tiempo el anfitrión y sus invitados se mueven acompasadamente, conversan de temas referentes al té y los implementos que se utilizan en su preparación, la naturaleza y, ocasionalmente, de asuntos más mundanos, todo entre ceremonias y continuas inclinaciones que muestran la cortesía imperante entre los presentes. La bebida fundamental, té verde, se acompaña con dulces tradicionales, algunos confeccionados a base de algas.

En esta ocasión los cubanos tuvieron la oportunidad de presenciar la Ceremonia del Té dirigida y explicada al auditorio por el Maestro Genshitsu Sen, descendiente en línea directa (decimocuarta generación) de Senno Rikyu, fundador de este arte. Genshitsu Zen, quien entre otros títulos ostenta el de Embajador de Buena Voluntad de la UNESCO, dirigió la ceremonia en todos sus pasos ofreciendo al público detalladas explicaciones del ritual, recalcando su carácter de alta espiritualidad y sus vínculos con una filosofía de amor y contemplación hacia la naturaleza.

La Ceremonia del Té y la Conferencia Magistral de Genshitsu Sen conmemoraron el ochenta aniversario de las relaciones diplomáticas entre Japón y Cuba. El Maestro se mostró muy complacido con la alta receptividad y el gran interés mostrado por el público y aventuró la posibilidad de que en un futuro no muy lejano sea posible abrir en la isla una Escuela de la Ceremonia del Té.

18/11/2009 GMT 1

AGRADECIMIENTO

hijadelaire @ 01:36

Agradezco todos los comentarios que han hecho aquí mis lectores a mi artículo sobre la cocina cubana. De verdad que es rica nuestra cocina, señores. He probado cosas muy sabrosas cuando he viajado fuera de Cuba, pero siempre uno extraña ese saborcito tan preñado de recuerdos, tan inseparable de las vivencias de cada cual. Lamento ser una cocinera tan mediocre, los sabores se me dan demasiado suaves, pero... yo he probado cada platos cubanos, ¡cada frijoles negros, cada dulce de coco..., ahhhh...!!!!!!!!!!!!!!! No hay nada igual en el mundo.
Un saludo para todos.

16/11/2009 GMT 1

AURORITA EN LA HABANA A LA HORA DE LOS MAMEYES (Parte II)

hijadelaire @ 00:34

Crónica de la toma de La Habana por los ingleses

(Parte II)

La importancia de la ciudad de La Habana como puerto de mar ha dado lugar en todos los tiempos a mucha descripción, pero me parecen suficientes estas palabras dichas por el caballero español don Pedro de Arana al Virrey de México, cuando le solicitaba ayuda para que la isla de Cuba pudiera enfrentarse al ataque de Francis Drake,famoso pirata inglés violento y cruel, quien se proponía atacarla: De Cuba depende el despacho Avio y seguridad desta nueua España y de los reynos del piru y de todas las demas yslas delas yndias Por ser aquella la escala donde las flotas de todas partes acuden y se Juntan y se Proveen y reciben y entienden La Orden que su mag da y de donde se abissa Lo que conviene a todas partes. Solo para tener una idea de la riqueza e importancia de la condición portuaria de La Habana, bastará con decir que esta villa era el centro distribuidor de todos los productos provenientes de Asia, que desde el comienzo del tráfico con Filipinas, vía Acapulco, los recibía legal e ilegalmente de Veracruz.

Pero Francis Drake se limitó a desfilar ante la boca del puerto habanero e intercambiar unos pocos disparos con las baterías de El Morro y La Punta, y se fue a fondear a Bacuranao siguiendo, al parecer, consejo de un indio cubano que le servía de práctico. Finalmente Drake regresó a Europa asaltando a su paso Matanzas, donde se limitó a saquear un poco. En junio de 1703 apareció ante La Habana una escuadra de treinta y cinco buques ingleses, pero ante la movilización de las milicias habaneras, imitó a Drake y siguió su rumbo sin atreverse a más. En 1726 España entró en guerra con Inglaterra, y solo un año más tarde ya estaba otra vez ante La Habana el almirante Hossier comandando una gruesa escuadra con la que se proponía tomar la ciudad. Estuvo fondeado en aguas cubanas poco menos de una semana, pero en ese intervalo se le desató a bordo una epidemia que se llevó a gran parte de sus hombres y a él mismo le costó al vida. Pero el propósito inglés de zamparse a la Perla de la Corona de España no se disolvía, y en 1740 el almirante Vernon, con una ecuadra de 57 buques, se paseó durante más de dos meses entre Matanzas y Bahía Honda, y durante ese tiempo hizo varios intentos de desembarco, todos rechazados por las tropas cubanas. Poco después de 1744, un alto funcionario del Gobierno inglés escribía: “Si la Corona de Inglaterra pudiera adueñarse de la Isla de Cuba, esa llave de toda la América, ningún hombre inteligente podría negar que la Gran Bretaña, en ese caso, puede apoderarse de todo el comercio español.

A partir del intento de Vernon, el Astillero de La Habana intensificó sus trabajos de construcción de barcos para dotar a la ciudad de una flota capaz de defenderla. Aquí hay que decir, porque después será necesario recordarlo, que las naves construidas en Cuba tenían mayor calidad que las de cualquier otra parte del mundo, debido a que se usaban en ellas maderas del país como el cedro, el roble y, especialmente, nuestra excelente caoba. Si las naves europeas duraban un promedio de quince años en uso y buen estado, las cubanas les doblaban el tiempo de utilidad. Entre 1740 y 1747 fueron fabricados en los astilleros del Arsenal de La Habana nueve navíos y una fragata, y en aquel último año se encontraban ya muy adelantados los navíos Fénix y Rayo, cada uno de ochenta cañones, que fueron botados al agua al año siguiente.

Como demuestra todo lo anterior, la toma de La Habana por los ingleses no salió de la nada, sino que tuvo muchos precedentes, y la consecuencia de tanta británica insistencia fue, en primera instancia, que la ciudad se convirtió en una plaza perfectamente defendida, con tres grandes fortalezas que custodiaban el acceso a su puerto por mar, y otras más pequeñas que vigilaban otros posibles accesos desde puntos vulnerables de la costa. El resto del territorio que podía conducir a ella estaba cubierto de ciénagas como la del Demajagual, de pantanos, de bosques, y de marabuzales y manglares como el que ocupaba los terrenos donde hoy se alza El Vedado. La Habana contaba, también, con regimientos regulares venidos de España y con milicias de criollos blancos, mulatos y negros perfectamente organizados y entrenados que podían movilizarse con facilidad en caso de ataque. También recibía abastecimientos y pertrechos militares de la Metrópoli, y tenía armerías bien instaladas en su recinto y fuera de él, capaces de producir armas de buena calidad con su correspondiente parque. Podía contar con el apoyo irrestricto de los Gobernadores de Santiago de Cuba, que le estaban subordinados, y con tropas de cualquier parte de la isla. Por si fuera poco, el año en que los ingleses finalmente se presentaron con intenciones de quedarse, estaban fondeados en el puerto los navíos Neptuno, Reyna, Africa, América, Europa e Infante, todos de sesenta y setenta cañones; las fragatas Flora, Ventura, Tetis y el paquebot Marte, a las cuales se incorporaron después la fragata Venganza y la urca Fénix., a todos los cuales hay que sumar los que trajo de España especialmente para la ocasión el marqués del Real Transporte, y que fueron Tigre, Aquilón, Soberano, Vencedor y Asia.

Sin embargo, a pesar de ser una plaza tan bien defendida y fortificada que ya había paralizado unos cuantos intentos ingleses de hacerse con ella, el Capitán General y Gobernador de la Isla, don Juan de Prado Portocarrero al parecer albergaba en su fuero interno otros pensamientos, pues Albemarle no cayó de la nada sobre la ciudad, sino que fueron muchas las noticias que le precedieron, de las que Prado, deliberadamente, no hizo ningún caso.

Además de soslayar la fortificación de la loma de La Cabaña, vital para la defensa de la ciudad, como tan bien sabían Francisco y Baltasar y todo el pueblo de la isla, incurrió en otros olvidos y omisiones, cuando no en negativa cerrada para desconocer el peligro inminente que se cernía sobre la villa. Al menos dos capitanes de navío, procedentes uno de Veracruz y otro de España, trajeron cartas donde se notificaba al Gobernador de Cuba el ataque inminente de la flota inglesa. Uno de ellos, don Diego Antonio Galiano, que se había batido bravamente contra los ingleses, logró salvar su documentación simulándola bajo sus vestidos, y a pesar de haber sido capturado por los ingleses en Jamaica la conservó y, tras escapar de aquella isla, la trajo hasta Santiago de Cuba, cuyo Gobernador la envió sin pérdida de tiempo a Prado.

En octubre de 1761 España envió a Santiago de Cuba el navío Galicia, que traía a bordo el regimiento de dragones de Edimburgo y abundantes pertrechos para la guerra. El 21 de mayo de 1762 llegó a La Habana, procedente de Jamaica, el santiaguero don Martín de Arana, distinguido contrabandista (recuérdese que este oficio era considerado en la Isla como un más, si no el más importante de todos los que en ella había), quien había visto a su paso por aquella tierra los preparativos de la expedición invasora inglesa. Los mercaderes judíos de Kingston con quienes tenía tratos le confirmaron sus sospechas y le facilitaron en secreto abundantes pruebas de las intenciones de Inglaterra. Arana sobornó al patrón de un bergantín contrabandista que se dirigía a Honduras para que lo desembarcara en Cabo Corrientes, desde donde, pidiendo caballos, comida y socorro a todos aquellos con quienes topaba, logró llegar a La Habana medio muerto de insolación y cubierto de heridas, y se presentó en ese estado en el castillo de La Fuerza, donde anunció que traía importantes nuevas al Gobernador. Prado no quiso recibirlo. García Caro, secretario de Prado, se encargó de él y lo trató de pícaro y embustero, sin hacer caso del lamentable estado en que se encontraba. Arana a duras penas logró que no se le encerrara en la cárcel de la fortaleza. Por muy inexplicable que parezca, el Gobernador y Capitán General de la isla de Cuba hizo oídos sordos a todo intento por poner en aviso a La Habana, y hasta el último minuto continuó negando tenazmente lo que ya era más que evidente. Su última hazaña tuvo lugar mientras contemplaba desde El Morro la llegada de la flota inglesa, y aún cuando todos comprendieron de inmediato lo que aquello significaba, él continuaba porfiando que se trataba de otra cosa. Una hora después del avistamiento, cuando los ingenieros Francisco y Baltasar se reunieron con él en la torre de El Morro, aún Prado desestimaba lo que tenían frente a los ojos.

La Habana contaba entonces con unas cincuenta mil almas. Según afirma el historiador Cesar García del Pino: “Salvo por la falta de fortificación de la loma de La Cabaña. La Habana estaba bien protegida. La boca del puerto se hallaba defendida por El Morro y La Punta, cuyos fuegos se cruzaban, y en caso de peligro se cerraba el acceso a él con una gruesa cadena. Por tierra la ciudad estaba protegida por una muralla que se extendía de mar a mar, desde la margen interior de la bahía hasta cerca del castillo de La Punta”, fortaleza que se encontraba en buen estado con todas sus puertas, garitas y baluartes. La guarnición de la ciudad estaba formada por el regimiento Fijo de La Habana, compuesto por cuatro batallones, cada uno con seis compañías de oficiales y granaderos, y el regimiento de Dragones de La Habana, con cuatro compañías. Completaba la tropa regular una compañía de artillería. Pero el verdadero nervio de las defensas del país eran las milicias, formadas por combatientes veteranos. Las de intramuros contaban con treinta compañías: doce de blancos, diez de pardos y nueve de morenos, en total tres mil doscientos hombres bien preparados y con experiencia en las armas. Y con los habitantes de los barrios pobres extramuros se habían formado un batallón de cinco compañías con más de cuatrocientos efectivos Prado disponía también de las compañías montadas de Jesús del Monte, Santiago de las Vegas, Calvario y San Miguel del Padrón, y las milicias de la villa de Guanabacoa. El Capitán General sabía que todas aquellas tropas oficiales se verían aumentadas en caso necesario con una incontable cantidad de guajiros venidos del interior de La Habana y del resto de la isla, diestros jinetes, muy bien armados e insuperables en el manejo de los machetes llamados quimbos, con los que practicaban un doble golpe, llamado “chaleco” que dividía a un hombre en cuatro pedazos en menos de un pestañazo.

Es preciso detenerse aquí para analizar lo que pensaban los hermanos de Aurorita sobre las tropas que se enfrentarían a los ingleses. Muchos historiadores han escrito hermosas páginas sobre el patriotismo de los habaneros; otros han señalado que España, por mediación de los religiosos que tenía destacados en la Isla, explotó abundantemente el antagonismo religioso entre el catolicismo español y el protestantismo inglés. Francisco y Baltasar, quienes habían observado mucho a los habaneros desde que se instalaran en la ciudad, estaban convencidos de que no existía entre ellos un claro sentimiento que pudiera llamarse patriotismo, puesto que muchos eran españoles y la Isla no había desarrollado todavía una conciencia de nación; a lo sumo la población se consideraba criolla, que es lo mismo que decir españoles de Cuba (o de Jamaica, o de La Florida o de cualquier parte del Imperio, pero españoles al fin). Francisco y Baltasar, hombres de armas a quienes el estudio había tornado algo cínicos, estaban seguros de que los habaneros se interesaban, en primer lugar, por las fabulosas condiciones que su ciudad tenía para el comercio; y en segundo lugar, habían heredado de su Madre Patria un puntilloso sentimiento del honor. Francisco y Baltasar sabían que los criollos no amaban particularmente a sus amos españoles y en más de una ocasión habían oído por las calles exclamaciones en favor de los ingleses, o de quien fuera que viniera a librarlos de tanta preceptiva y prohibiciones para comerciar y para adquirir esclavos. Y probablemente los dos hermanos eran también, en ese momento, de las pocas personas que estaban al tanto de que desde su llagada a La Habana y toma de posesión de su cargo de Capitán General, Prado había estado enviando a La Corona informaciones falsas sobre la marcha de los trabajos de fortificación que él llevaba a cabo en la villa, y que su secretario había instalado a un misterioso catalán en estancias cercanas de Guanabacoa, y le mantenía oculto allí sin que se supiera con qué fines.

La expedición inglesa que venía contra La Habana zarpó de Portsmouth el 5 de marzo de 1762. Constaba de cinco navíos, treinta transportes con cuatro mil hombres, diecinueve buques con suministros y ocho con artillería. La comandaba el tercer conde de Albemarle, uno de los mejores almirantes ingleses de la época. Sus tropas regulares excedían los doce mil hombres, sin contar la infantería de marina que guarnecía los buques de guerra. También traía consigo cuatro mil negros de Jamaica y un número considerable de milicias norteamericanas entre cuyos integrantes había indios iroqueses.

Mientras Prado se encontraba en El Morro negando, catalejo al hombro, que la escuadra avistada fuera la de Inglaterra, en la villa el Teniente-Rey don Dionisio Soler había ordenado a los hombres ponerse sobre las armas. Cuando Prado lo supo dio una contraorden y envió a todos a sus cuarteles, pero al medio día, ante un aviso dado por los vigías de El Morro de que los navíos invasores se aprestaban a desembarcar tropas en la costa, mandó tocar la alarma. ¡Por fin!

Lo segundo que hizo Prado, y solo entonces, fue reunir una Junta de Guerra que arrancó carcajadas a Baltasar, nombrado miembro de ella, porque, según contó a su hermano, todos sus integrantes estaban a punto de perder los dientes de puro vejetes. Desdentados o no, lo cierto es que esta triste Junta probó su ineficacia desde un inicio, porque todas sus decisiones estuvieron siempre más dirigidas a perder la villa que a salvarla (Baltasar, en su calidad de súbdito francés, se guardó muy bien de llevar la contraria a los pusilánimes españoles y desde el principio se limitó a asentir, convencido de que su opinión sería crónicamente desoída). Entre las primeras tardías y patéticas disposiciones que tomó el coro de altivos nobles envejecidos estuvo la de posesionarse de la altura frente al castillo de La Fuerza para instalar en ella artillería que enfilara los caminos y veredas que hasta allí conducían; la segunda disposición consistió en inventarse una epidemia de fiebre amarilla con la que intentaron hacer creer a La Corona que habían perdido una enorme cantidad de soldados. Epidemias siempre se podían encontrar en La Habana de entonces, que bebía descuidadamente el agua envenenada de la Zanja Real, pero ellos exageraron esta como quien prepara el parche para ponerlo antes que salga el grano. Para ese entonces, Francisco y Baltasar ya habían mandado avisar a su hermana para que empacara sus cosas y se dispusiera a partir, en compañía de unas esclavas, rumbo a Santiago de Cuba. Ellos, desde el principio, dieron La Habana por perdida.

El día siete los ingleses atacaron los castillejos de Cojímar y Bacuranao para poder desembarcar sus tropas en tierra cubana. Acudieron a defender Bacuranao las compañías de granaderos y las de pardos y morenos de Guanabacoa, cuyo batallón marchó a defender Cojímar. Los guanabacoenses estaban bajo el mando del Regidor Alcalde Mayor Provincial de esa villa, don José Antonio Gómez, el celebérrimo Pepe Antonio. Estas tropas conjuntas consiguieron rechazar dos intentos de desembarco de los ingleses, pero estos, protegidos por su abundante fuego, al final consiguieron poner en tierra once mil hombres. Una mala maniobra militar llevada a cabo por el nebuloso Secretario Caro tuvo dos inmediatas consecuencias: los ingleses ocuparon inmediatamente Guanabacoa y Pepe Antonio decidió abandonar las tácticas europeas de la guerra para sustituirlas por la guerra de guerrillas, más adecuada a la geografía, clima e idiosincrasia de los naturales del país.

La Junta, compulsada por la vertiginosidad con que se estaban desarrollando los acontecimientos, volvió a reunirse para tomar el más funesto de todos sus acuerdos, si es que acaso no hubieran sido tantos que se dificultara la distinción de uno solo: cerrar la boca del puerto echando a pique los navíos Neptuno y África, y en adelante los que fueren necesarios. A Baltasar esto le pareció un suicidio, pues equivalía a encerrar la flota con que contaba La Habana para su defensa en el interior del anillo del puerto, inhabilitando sus movimientos y anulando todo su poder de fuego, que hubiera sido grande apoyado por el de la artillería de los castillos, amén de que si los ingleses lograban tomar la ciudad se apoderarían de todos los barcos que pusieran serles útiles y España no los recuperaría jamás. Pero ya había visto lo que pasaba a quienes intentaban abrir los ojos voluntariamente cerrados del Capitán General, y no dijo nada. En respuesta los ingleses, tranquilizados al saber cerrado el puerto habanero, desembarcaron por la costa cinco mil infantes de marina sin que nadie tratara de impedirlo.

A las diez de la noche volvió a reunirse la fatídica Junta, y esta vez su genial ocurrencia consistió en declarar indefendible La Cabaña, ordenar la retirada de su tropa de línea y mandar despeñar la artillería. En aquel momento se encontraban allí menos de mil efectivos encargados de cavar una trinchera en la que iban a ser colocados cien cañones. En el momento del desembarco inglés solo habían alcanzado a poner nueve en dos baterías que dominaban los caminos de Cojímar y Guanabacoa, pero con esos nueve, cuando el coronel Howe, uno de los jefes ingleses, intentó hacer una salida de reconocimiento con dos batallones de granaderos, a los de la fortaleza les bastó con lanzarles algunos cañonazos y unas descargas de fusilería para hacerlos retroceder. Tal vez la Junta desconocía esta hazaña temprana, pero también es muy probable que Prado decidiera ignorarla.

Al tercer día del desembarco inglés, la Junta pidió al auditor don Martín de Ulloa que redactara un proyecto de capitulación, y aunque algunos callaron complacientes, el pueblo comenzó a hablar sin tapujos de traición. Y el pueblo estaba en lo cierto: desde la llegada de los ingleses el misterioso catalán al cual el Secretario ocultaba en una estancia cerca de Guanabacoa, había estado entrando y saliendo de noche de la villa. Sus movimientos levantaron sospechas y fue detenido. Baltasar oyó comentar a sus captores que le habían encontrado encima “un papel inglés con otro más en cifra o garabato”. El catalán fue encarcelado, pero Prado dio órdenes expresas de detener toda investigación. Había que nombrar un jefe para la defensa de El Morro. Baltasar sugirió al aguerrido capitán de navío don Luis de Velazco e Isla, y aunque él mismo se sorprendió, su sugerencia fue aceptada. Para terminar la velada, la Junta dispuso que también fueran echados a pique en la boca del puerto los navíos Asa y Europa.

Los ingleses atacaron La Chorrera y las playas de San Lázaro, y el coronel de Milicias don Luis de Aguiar las defendió hasta la medianoche con menos de mil milicianos, hasta que el torreón estuvo casi demolido por la artillería enemiga. Cuando recibió orden de retirarse, acampó y fortificó con sus hombres la altura de las cuevas de Taganana (actual Hotel Nacional).

Los ingleses enviaron patrullas exploradoras desde Guanabacoa en distintas direcciones. Las que se dirigían al río Luyanó fueron interceptadas y eliminadas por algunas milicias de pardos y morenos. El once de junio los ingleses comenzaron a hostilizar la ciudad con tres bombardas, pero tuvieron que retirarlas al día siguiente, obligados por el fuego que les caía encima desde el Morro y La Punta.

Las guerrillas de Pepe Antonio causaban estragos entre los ingleses, les tomaban muchos prisioneros y les echaban a pique las lanchas exploradoras que enviaba el enemigo por el río Cojímar. La noche del día trece un millar de los jinetes del valiente Regidor cayó sobre el enemigo cerca de Guanabacoa y, además de batirlo, le quitaron un gran número de vacas que había robado para alimentar a sus tropas y le quemaron un navío.

El día catorce cayeron sobre la ciudad doscientas cincuenta y seis bombas inglesas. Aurorita, quien se había negado a abandonar a sus hermanos y estaba refugiada en el convento de Santa Catalina con su esclava Monipodia, miraba temblorosa a través de la ventana el resplandor de los incendios. A su alrededor todas las monjas, aterradas, oraban.

14/11/2009 GMT 1

AURORITA EN LA HABANA A LA HORA DE LOS MAMEYES

hijadelaire @ 19:10

Crónica de la toma de La Habana por los ingleses

(Parte I)

Dedicado con mucho cariño y como regalo doble de cumpleaños a la señora Aurorita y a su hija Lourdes Quintela, mis amigas

Aurorita Ricaud de Tirgale había llegado a La Habana en 1762, acompañando a sus hermanos Francisco y Baltasar, ingenieros militares de gran prestigio, designados por el Rey de España como miembros de la comitiva del nuevo Capitán General de la Isla de Cuba, don Juan de Prado y Portocarrero. Arrancada contra su voluntad de su hermosa mansión francesa, Aurorita estaba cumpliendo sus dieciocho años enfurruñada y triste, y ni el corpiño de raso color púrpura ni los zapatos de tafilete, coquetos y escotados y con altísimo tacón, obsequiados por sus hermanos, habían logrado mejorarle el ánimo. Llovía en la ciudad que ella odiaba por fangosa, por húmeda, y por estar siempre llenas sus calles de gente vocinglera, gente española de muy mal gusto para vestir, y de negros y negras semidesnudos que lo miraban todo con aquellos ojazos salvajes y curiosos que tanto la asustaban. ¿De qué le valía tener aquella fina ropa nueva si no podía salir? Por lo menos tendría que esperar un par de días a ver si el sol secaba los fanguizales antes de atreverse a dar un paso. Si salía ahora resbalaría, o peor, sería atropellada por una calesa o por un rebaño de vacas. La Habana enlodada, con sus callejas estrechas, era un lugar muy peligroso para cualquiera, pero más para una muchacha tan joven y delicada, y aún más porque ya todos sabían ciertas las noticias de que una flota inglesa había zarpado de Portsmouth bajo el mando de lord George Keppel, tercer conde de Albemarle, y se dirigía hacia las Antillas para atacar a Cuba.

Los tres hermanos almorzaban sentados a una mesa modesta. Aurorita echaba de menos la vajilla de plata y los manteles de encaje a que estaba acostumbrada, pero tenía que conformarse con la cerámica de los indios de Guanabacoa, y con esos feos platos de peltre que daban tan mal sabor a la comida. Hubiera preferido las escudillas de barro que usaban los negros, pero Baltasar no transigía en ese punto: ya era bastante desagradable, decía, mirar los porrones y cántaros, las ollas y demás útiles de cocina con aquellos dibujos tosquísimos hechos por los indios guanabacoenses, para tener también que encontrarse con aquellos garabatos cuando se fueran comiendo la comida y empezara a asomar el fondo de los platos. Así que mientras sus hermanos hablaban entre ellos de cosas de hombres, Aurorita, ensimismada, partía su torta de casabe una y otra vez. No tenían pan de harina de trigo, porque era cara y Baltasar tacaño, amén de que los dos hermanos no recibían buena paga. Hubiérase dicho que la joven estaba distraída, pero en realidad no perdía una sílaba de la conversación de los varones, tratando de averiguar si habría guerra y si la familia podría volver pronto a Francia.

Francisco y Baltasar eran muy comedidos y de pocas palabras, pero cuando estaban en la intimidad de su hogar se les soltaba la lengua y todo eran críticas severas para el Capitán General, quien se negaba a reparar la fortaleza de San Carlos de La Cabaña, tarea especialísima que el Rey Carlos III le había encomendado y para ayudar en la cual los dos ingenieros estaban destacados en La Habana. Según ellos, Prado dedicaba su atención a otras obras de mucha menor importancia, aunque siendo como era un militar de carrera, los hermanos no podían creer que no entendiera la suprema importancia que tenía aquella fortaleza para la defensa de la ciudad. “La Habana es un bocado de cardenal para los piratas”, decía Francisco con la boca llena, pues en casa descuidaba sus modales. “Por eso vienen los ingleses”, asentía Baltasar bebiendo de su vaso con el meñique ligeramente alzado, “que no son más que piratas con licencia real y nada más”. “Bueno”, arguía Francisco, “pero y qué son estos de Cuba sino corsarios y contrabandistas impenitentes…”. Aurorita levantó los ojos de su plato para preguntar: “¿Por fin van a venir los ingleses?”. Baltasar se encogió de hombros y movió la cabeza como si bailara: “Pues a la tercera va la vencida, hermanita, y ya han tratado dos veces de tomar La Habana”. “Con Prado al mando”, rezongó Francisco, “esta vez seguro que lo logran”. “Me pregunto”, agregó Francisco, “qué hace este viejo loco reformando la artillería de los castillos de Jagua y Matanzas, de los torreones de Bacuranao y la Chorrera, jugando en las baterías de la caleta de San Lázaro y en la rada de Batabanó, cuando es La Cabaña, ¡La Cabaña! lo que tendría que reparar el muy necio español”, y para dar énfasis a sus palabras aporreó la mesa con un golpe de puño. El vino se derramó, y al seguir con la mirada de sus ojos azules la mancha que iba esparciéndose sobre el mantel de lienzo, los pensamientos de Aurorita volvieron a las torrenteras de agua lodosa que inundaban las callejas habaneras.

¡Maldita lluvia! Pensó Aurorita. A ella le encantaba pasear, una de las pocas distracciones que existían en aquella capital colonial. No era especialmente religiosa y asistir a misa la aburría enormemente, pero salir en calesa por las amplias calzadas que conducían a las estancias campestres sí que le gustaba, y encontraba más bonita la de San Antonio Chiquito, aunque el verdor y la monotonía del paisaje en ocasiones la adormecían. Y disfrutaba las fiestas. Cuando se declaraba fiesta pública, la del Corpus u otras de menos envergadura, todos los vecinos tenían que colocar de noche en sus puertas y balcones muchas luminarias, linternas y luces, y adornaban los exteriores de sus casas con colgaduras y cortinas que prestaban su vivo colorido a los edificios. Al habitual tañido de campanas a que eran tan adictos los habaneros se unían en fecha de celebraciones las salvas de artillería y fusiles y la música militar de la guarnición. Todas las fiestas duraban tres días e incluían una procesión y el Te Deum. En las fiestas que celebraban casamientos de reyes y príncipes participaban todos los vecinos con sus máscaras y sus llamados gigantes y griegos, enormes y grotescos muñecones de tela y armazón de madera, en cuyas facciones toscamente pintadas los habaneros solían retratar algunas veces a personajes de la política y la administración que no gozaban de la simpatía del pueblo. Generalmente el programa incluía el juego de cañas y las corridas de toros y terminaba con misa y sermón. Aunque Aurorita no lo confesara a sus hermanos, uno de los mayores atractivos que tenían para ella las fiestas era que podía contemplar a sus anchas a los soldados gallardos en sus vistosos uniformes, y a los pícaros e inteligentes estudiantes del seminario de San Carlos y San Ambrosio, nada parcos en envolver con sus miradas fogosas a las muchachas bonitas.

También le placía mucho acompañar a sus hermanos al puerto, donde los marineros y pescadores españoles y criollos, dirigían a los negros en la carga y descarga de los buques. Los esclavos, siempre semidesnudos, se dividían en muchas etnias: congos, carabalíes, jolofes, minas, y muchos de ellos tenían hermosos cuerpos varoniles. Había también indios cubanos, de Campeche, de la meseta del Anahuac, del norte de México y hasta de la Florida. Entre los blancos, aparte del núcleo principal de los españoles podrían encontrarse, avecindados o como prisioneros, a portugueses, ingleses, franceses, holandeses, estos últimos con suerte varia, porque si en ocasiones se les permitía ejercer sus oficios, eran perseguidos y hasta mandados a colgar sin miramientos por vengar algún agravio a las armas españolas, como ocurrió en 1667. También le gustaba a la inquieta francesita recorrer la calle de los mercaderes, donde se aposentaban los tenderos y comerciantes con sus almacenes de puertas abiertas al comprador de tejidos europeos y de víveres ultramarinos llegados con la flota, o en los navíos de Veracruz o en los buque de contrabando que recalaban en Cabañas, Matanzas, Batabanó y hasta en el propio puerto habanero. Otra calle, la de los Oficios, alojaba las escribanías, que estaban próximas al centro administrativo del Gobierno y de la Justicia

Aunque La Habana carecía en esa época de alumbrado público y era muy oscura, de noche no se volvía menos intenso el tráfico de sus pobladores. El toque de Ánimas se daba entre las seis y las siete, y después quedaban dos horas más de libre tránsito por las calles. A las nueve se cerraban los establecimientos, aunque muchos de ellos tenían ventanillos para el expendio de mercancías. Al que salía por las noches, ya fuera a pie o en calesa, se le exigía llevar una luz y justificar el motivo de su salida., Después de las nueve no se podía ir a jugar ni a beber en mesones ni pulperías porque no estaba autorizado. Los Alguaciles de Noche y comisarios de barrio perseguían a los transgresores y les imponían penas que iban desde multas hasta presidio, pero… ¿quién se atrevería a molestar a los ingenieros del Rey, especialmente si regresaban con su hermanita de tomar chocolate en la casa del Obispo Morel de Santa Cruz?

Cuando no llovía, Aurorita gustaba de imaginarse La Habana como un pequeño y delicado huevo de Pascua, y temía en secreto que todo aquel precario mundo se quebrara con el ataque de los ingleses, enemigos tradicionales de Francia. Los ingleses eran para ella peores que el Diablo, puesto que el Diablo solo la agarraría si ella fallaba en el ejercicio de la virtud, mientras que los ingleses estaban completamente fuera de su control. Sin embargo, según había oído comentar a sus hermanos, no todo el mundo en La Habana compartía sus temores ante una posible invasión británica, y eran muchos los que la deseaban ardientemente. Baltasar decía que los mismos españoles tenían la culpa, porque no sabían tratar con los criollos, no solo porque los tenían perpetuamente expulsados de todo cargo político y no les permitían participar en el gobierno del país, sino porque les querían reprimir a los nativos lo que más les interesaba hacer, que era el comercio en total libertad y a gran escala, y como no se les dejaba, habían desarrollado una incontenible vocación de corsarios y contrabandistas, puesto que lo llevaban en la sangre por ser raza fundada por presidiarios y pícaros vagabundos, recogidos por el Almirante en las prisiones y calles de Palos de Moguer. Ya en 1606 el juez Manso de Contreras, enviado por el Rey a La Habana para instruir una célebre causa por contrabando, decía literalmente a la Audiencia de Cuba: La gente de Cuba son los más desleales y rebeldes vasallos que ha tenido rey ni príncipe en el mundo, y si estuviera entre ellos Vuesa Señoría le venderían por tres varas de ruán“. Sobre la población habanera se quejaba: “La gente de La Habana es de un natural inícuo, y son muy pocos los bien intencionados aunque hoy los tengo a todos bien ajustados y en brida…”. Y Fernández de Córdoba, otro alto funcionario español, aseguraba: “La naturaleza de la gente que puebla esta ciudad es tan opuesta a todo lo que se les manda y están tan hechos a su libertad que todo cuesta no poca dificultad con ellos”. Baltasar contaba todo esto imitando grotescamente el seseo de los españoles y torciendo un ojo como si fuera bizco, lo cual hasta los mismos españoles, le reían porque lo hacía con mucha gracia.

Aurorita sabía que los criollos de título y fortuna tenían en sus manos el Cabildo habanero, pues la Corona no los excluía del poder municipal, pero si bien esta institución había sido fuerte en otros tiempos, la llegada al trono español de los Borbones y su imposición en las colonias de gobiernos de mano dura habían reducido considerablemente su importancia en La Habana, haciéndole perder el poder que había tenido para mercedar tierras, lo que, según Baltasar, siempre tan mal diciente, lo dejaba convertido en poco menos que un emporio de figurones que pasaban el tiempo reunidos papando moscas.

. También era cierto que se habían abierto muchas posibilidades a la participación de los naturales del país en la vida militar, y que un número considerable de plazas de soldados y clases de las milicias estaban ahora ocupadas por pardos y morenos libres organizados en batallones, y hasta había batallones de esclavos, pero la gente pobre era reclutada mediante leva forzosa y esto provocaba no pocos estallidos de violencia entre la población, que se agitaba como mar de fondo desde la rebelión de los vegueros.

Los vegueros reclamaban sus derechos contra ciertas disposiciones del entonces Capitán General de la Isla. Sintiéndose perjudicados en sus asuntos y ganancias por causa de las disposiciones Reales, los honrados vegueros acudieron al Cabildo de La Hababa en busca de apoyo a sus demandas, pero el Cabildo, ya muy debilitado, no pudo imponer justicia. Los vegueros de San Miguel del Padrón y Guanabacoa comenzaron a adoptar represalias contra los de Santiago de las Vegas, quienes sí habían aceptado las medidas ordenadas por el Rey, y sitiaron la capital cortándole el suministro de agua y alimentos. España aceptó hacer algunas concesiones y la situación volvió a la normalidad, pero pronto los vegueros, inconformes con el sistema de pagos de la Metrópoli, se alzaron de nuevo. En 1723 los vegueros de San Miguel del Padrón, Jesús del Monte y Guanabacoa comenzaron a destruir sus sembrados en señal de protesta, y como los de Bejucal y Santiago de las Vegas no siguieron su ejemplo, los otros los amenazaron y decidieron marchar sobre Santiago de las Vegas y destruir los campos de tabaco de esa villa. Las autoridades españolas les salieron al encuentro, y como los vegueros, desorganizados, pero armados, abrieran fuego, los ametrallaron, y días después ahorcaron a los cautivos en Jesús del Monte sin instrucción criminal. La Habana supo que aunque el Rey reprendió públicamente al Capitán General, le premió sus servicios con un cargo de mayor importancia, y que el verdugo que ahorcó a los vegueros fue ascendido a Yucatán. Desde entonces la Corona jugaba un doble juego, dando razón por Real Cédula a las quejas del Cabildo habanero contra los Capitanes Generales, mientras impulsaba en Ordenanzas secretas el comportamiento represor de los Capitanes Generales contra la población, que el propio Rey les había instruido.

Es fácil darse cuenta de que con aquellos truenos que aún amenazaban tormenta, decía Baltasar, la reciente aprobación por parte de La Corona para el cobro de la alcabala con sus regulaciones respectivas de la actividad económica, verdaderos grilletes a la índole emprendedora y negociante de los habaneros, el malestar popular alcanzaba cuotas significativas, y la aristocracia y los altos funcionarios españoles temían más que nunca a sus esclavos y al paisanaje violento y agresivo que habitaba más allá de las murallas, en los barrios pobres y en las haciendas cercanas a la capital, donde se había aliado con los palenques de cimarrones, cada vez más numerosos, que ocupaban grandes zonas aledañas a la capital. Nadie había olvidado cómo en 1736 el esclavo criollo Miguel Barrera había sublevado a la dotación del ingenio San Hipólito y quemado los cañaverales de su amo, el contador Juan de la Barrera. El ajusticiamiento del trasgresor no impidió que otros esclavos siguieran sublevándose. Así que en 1762 la sociedad de La Habana se debatía entre el temor y la rabia. Quizás por eso, para muchos, los ingleses fueran algo así como una especie de puerta para escapar del férreo gollete peninsular. Aurorita no se contaba entre quienes pensaban así, pero podía comprenderlos y no los juzgaba.

Cansada de contemplar la lluvia por sobre la mesa aún sin retirar, subió al segundo piso de la vivienda de tapia y tejas que ocupaba con sus hermanos, y se acostó en su cama de caoba, bastidor de cuero y colchón rellenado con lana, pensando que eran buenos aquellos muebles del país aunque no fueran lindos ni refinados, y que por muy mal que se sintiera en La Habana, peor estarían siempre los que tenían que dormir con los cueros directamente colocados sobre el suelo. “Mañana será otro día”, se dijo en francés y en voz baja, “y tal vez los ingleses no vengan nunca…”.

En el comedor, Francisco y Baltasar, calculando que las calles estarían inundadas hasta el amanecer, y mohínos porque la lluvia los obligaba a desistir de las correrías nocturnas que se habían prometido con fruición, se disponían también a irse a dormir cuando un soldado sudoroso y asustado les trajo recado de que se presentaran de inmediato en la guarnición, porque los vigías de El Morro habían avistado una flota, y aunque el Gobernador Prado sostenía que se trataba del acostumbrado convoy de Jamaica, nadie en La Habana era bobo: el supuesto convoy había aparecido por Barlovento, cuando todo el mundo sabía de memoria que ese era, ¡precisamente!, el rumbo opuesto por el que debía avistarse dicha formación. Francisco y Baltasar se miraron un instante en silencio, pero enseguida se armaron y abandonaron la casa sin despedirse de Aurorita, quien arriba, bien arropada y cómoda, ya comenzaba a deslizarse por los costados del sueño. No querían intranquilizarla sin antes estar seguros de que la pesadilla de los ingleses estaba a punto de hacerse realidad.

11/11/2009 GMT 1

SORPRESAS TE DA LA VIDA...

hijadelaire @ 19:55

A pesar de mi demora, no he dejado de trabajar en mi investigación sobre la toma de La Habana por los ingleses para hacer un artículo, pero esta vez, curiosamente, el trabajo se ha vuelto muy difícil y no por falta de datos, sino por exceso de ellos. Se ve que el tema ha apasionado a los más importantes investigadores cubanos. Respeto profundamente nuestras tradiciones y nuestro pasado, como ya creo haber demostrado aquí con largueza, pero... tengo que confesar que nunca imaginé que estudiar historia cubana pudiera ser tan divertido, en especial descubrir las contradicciones entre los historiadores sobre un mismo fenómeno, casi como si estuvieran enfrentados en un ring de boxeo. Pero lo que más simpático me ha resultado es encontrar tan bien descrito el carácter verdadero de los habaneros y comprobar que somos así desde que se fundó La Habana. ¡Las cosas que dicen esas Actas de los Cabildos son para morirse de la risa!; ¡las cartas personales de los funcionarios menores a los mayores y de estos al Rey quejándose de los habaneros son..., ah, yo no sé ni qué decir, hacía tiempo que no me reía con tantos deseos! Siempre estuve orgullosa de mi ciudad y de haber nacido en ella, pero ahora estoy encantada con eso. Además, descubrí que los ingleses llegaron hasta el insignificante barrio de Luyanó, donde mismo está mi casa, y que donde duermo hubo combates entre las tropas de los "mameyes", como apodaron los cubanos a los soldaditos ingleses por sus casacas color bermellón, y los guajiros a quienes los funcionarios españoles llamaban "gente de monte adentro, monteros de rompe y raja diestrísimos con la cabalgadura y habilísimos en el manejo del machete, especialmente en ese doble golpe conocido como el chaleco, que parte a un hombre en cuatro trozos...". Esperen un poquitico y ya verán... les prometo que no se van a arrepentir por tenerme paciencia, de verdad.

08/11/2009 GMT 1

¿Dónde se encuentra el futuro de la ciencia ficción cubana?

hijadelaire @ 03:27

Entrevista al joven escritor cubano Gabriel Gil

Por Gina Picart

Esta entrevista fue hecha por mí a Gabriel Gil antes de que yo fuera invitada por la editorial Gente Nueva a participar en calidad de jurado en el concurso La Edad de Oro 2009. La opinión que ya tenía sobre el talento de este joven escritor habanero se ha visto confirmada por la mención especial que Gil obtuvo en ese certamen con su libro de relatos Pies firmes, pies errantes...

Gabriel Gil nació en El Vedado en 1987, en una familia de científicos (madre física, padre cibernético), lo que constituye para cualquiera un handicap similar al karma: o salía científico o salía escritor de ciencia ficción. Con Dios y con el Diablo, hoy Gabriel estudia el cuarto año de la carrera de Física en la Universidad de La Habana, y aunque sus pininos en el arte fueron a través del dibujo, hoy es uno de los más prometedores escritores jóvenes de la ciencia ficción cubana.

Lector precoz de temas científicos e históricos, su iniciación en el más polémico de los géneros literarios ocurrió cuando un compañero de estudios secundarios le prestó la novela de Isaac Asimov El sol desnudo. La lectura de esta obra le reveló una dimensión más humana de la ciencia ficción que el cine le había hecho conocer hasta ese momento bajo la forma de space-opera. Estimulado por esa lectura escribió sus primeros cuentos que sometió, no sin inquietudes e inseguridades, a la opinión de sus padres y abuelos, sus primeros críticos. Muy pronto descubrió que le producía gran placer generar historias, crear imaginarios.

Gabriel no cometió el error de no leer a Bradbury, un clásico del que nadie debería prescindir, y aún hoy sigue convencido de que la ciencia ficción dura y la blanda se pueden mezclar. Interrogado sobre sus preferencias, admite encontrar a Lovecraft demasiado exhaustivo en sus descripciones, y revela que su novela preferida de ciencia ficción es Hyperion, de Dan Simons, autor al que admira porque puede manejar todas las posibilidades del estilo para moldear a sus personajes. Ama la música celta y el rock sinfónico. No siente que haya una grieta profunda entre el perfil profesional que ha elegido y su vocación literaria, porque entiende que la física y la literatura de ciencia ficción tienen en común la búsqueda de explicaciones para las cosas que parecen no tenerlas, y contrariamente a la opinión que suelen sostener no pocos escritores del gremio sobre que los mejores escritores son aquellos que no han estudiado carreras de Letras, Gabriel no cree que haya una carrera específica, ya sea de letras o de ciencias, que se deba cursar para garantizar la calidad o el éxito de un escritor. Para él, lo único imprescindible es la vocación. Más aún: el don.

Pero no solo la literatura despierta su interés. Como suele suceder entre lectores y escritores de ciencia ficción, también ha practicado los juegos de rol, y ha participado en la variante narrativa de los mismos por foros de Internet. Esta variante consiste en que alguien concibe la línea argumental general de una historia y crea un foro donde otras personas irán escribiendo sobre ese imaginario principal y aportándole sus propias ideas. Cada participante reserva turnos para intervenir en el foro y escribe capítulos que deberán integrarse orgánicamente a los del resto de los jugadores, pudiendo formar al final un cuento o una novela. Pero este divertimento, que Gabriel se tomaba muy serio, le deparó experiencias amargas cuando el creador del foro retiró todos los turnos de los miembros y publicó con su nombre el resultado del juego. Sin embargo, lejos de mostrarse definitivamente resentido, Gabriel piensa que, en general, fue una experiencia muy interesante, como una especie de entrenamiento, pues ocuparse de temas que no le interesaban y de argumentos creados por otras personas e intentar mejorarlos y hacerlos convincentes, le sirvió para desarrollar su imaginación y sus técnicas narrativas.

El taller literario de ciencia ficción más importante en el momento en que Gabriel despuntaba como futuro cultivador del género era Espiral. Atraído como una nova por un fuerte poder de gravedad, Gabriel se unió a él y sus coordinadores no tardaron en detectarle el talento. Por sugerencia de ellos se presentó a la convocatoria del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, y fue aceptado. Tras un año de permanencia en sus aulas, Gabriel opina que un taller literario puede desarrollar las capacidades de aquellos miembros que las posean en estado latente, pero no puede hacer nada por quien no esté naturalmente dotado para ese oficio. Afirma haber sufrido un bloqueo creativo durante el curso y después de él, lo que piensa se debió a que la enseñaza del Centro daba prioridad a la forma sobre el contenido, y ello se le convirtió en una especie de camisa de fuerza del estilo que lo inmovilizó por algún tiempo. Más que las conferencias impartidas allí por especialistas, piensa le fueron útiles la lectura del libro de técnicas narrativas de Eduardo Heras León y el intercambio con otros escritores, aunque la mayoría de ellos tuvieran intereses diferentes a los suyos y casi siempre se sintiera como un pez metido en pecera ajena.

De los escritores cubanos de ciencia ficción es Agustín de Rojas quien más le ha interesado, pero también ha leído las obras, publicadas en algunos casos e inéditas en otros, de Daína Chaviano, José Miguel Sánchez, Michel Encinosa y sus compañeros de Espiral.

Aunque se considere a sí mismo más que como un posible escritor, un eterno intentador, lo cierto es que la obra de Gabriel Gil, hasta ahora escasa e inédita, ya mereció el premio Salomón en el evento Behíque 2009 de ciencia ficción y fantasía, que obtuvo con el cuento Sus girazas son nuestras. Este joven científico en ciernes escribe relatos de una rara sensibilidad que no es frecuente encontrar en el mundo de la ciencia ficción, y con un estilo muy personal donde se conjugan la escritura elegante y un discurso que no se pliega a las escuetas convenciones del género, sino que se adentra en los vastos y hermosos territorios de la poesía. En su narrativa coexisten conflictos emocionales y existenciales con otros de índole intelectual y racionalista enfocados con gran originalidad, y en sus historias nunca el uso de la tecnología es más importante que el impacto de la misma sobre el alma y la psiquis humana, en lo que se asemeja a clásicos como Bradbury, quien hasta ahora no ha sido superado en su modo de explorar los entretelones y las profundidades de un género tan mal llevado y peor traído por tantos de sus propios escritores como es la ciencia ficción.

Resulta tentador especular sobre el posible futuro de un intentador (¿?) tan especial como Gabriel Gil. ¿Llegará a convertirse en un fenómeno de mercado, en un escritor “rutilante” o en un artista verdadero? Por el momento es un joven algo tímido con un brillo singular en sus ojos claros; un miembro del taller Espacio Abierto, al que acude puntualmente y donde escucha, reflexiona e intercambia experiencias sin intentar atraer sobre sí la atención, siempre atento, dedicado y silencioso. Pero para quienes lean sus cuentos como yo he tenido la fortuna de hacer, es tentador especular, imprescindible apoyar, necesario estimular y... hasta rezar a las sombras de los Grandes Antiguos lovecraftianos si fuera necesario, para que Gabriel Gil tenga delante de sí una carrera sin obstáculos y pueda cumplir su destino en la literatura que, si realmente resultara como yo lo presiento, será grande.

07/11/2009 GMT 1

LOS MANSO DE CONTRERAS Y EL TESORO MÁS BUSCADO DE

hijadelaire @ 14:52

OJO: ESTE ARTÍCULO TIENE POR LO MENOS DIEZ AÑOS, NO HE ACTUALIZADO LA INFORMACIÓN Y TAMPOCO ME PROPUSE OFENDER A NADIE. PERO UN VECINO MÍO, UN MANSO DE CONTRERAS, FUE QUIEN PRIMERO ME HIZO ESTA HISTORIA Y A MÍ ME LLAMÓ MUCHO LA ATENCIÓN Y ME PARECIÓ MUY SIMPÁTICA. AÑOS DESPUÉS SE HA FILMADO EN CUBA UNA PELÍCULA CON ESTE TEMA, MUY BUENA, POR CIERTO.

Todas las ciudades del mundo tienen alguna leyenda sobre tesoros perdidos. Cada pueblo, cada aldea o villorrio, por más insignificante que sea, porque la imaginación humana es una constante productora de las más extraordinarias fantasías.
Pero las ciudades del Nuevo Mundo, especialmente aquellas que ostentan el carácter de puerto por su asentamiento natural en puntos costeros de gran tránsito, son ricas en leyendas de tesoros desaparecidos, inmensas cantidades de monedas, preferiblemente doblones españoles, y joyas de incalculable valor, ya sea acumulados por los antepasados de las grandes familias coloniales, o perversamente robados por piratas de rostro ceñudo y patas de palo aterradoras.
Nuestra hermosa isla no podía ser menos, y al lado de los delirios sobre tesoros hundidos en el fondo del Caribe, sepultos en las mudas barrigas de los galeones españoles, y los enormes cofres repletos de riquezas ocultados por los corsarios en los archipiélagos, brilla cada día con mayor intensidad la leyenda del tesoro perdido de la familia Manso de Contreras.
Tuve noticia de este asunto por primera vez mientras conversaba con un vecino de mi barrio, quien me aseguró ser miembro de uno de los tantos comités familiares constituidos desde hace años para la búsqueda del tesoro en cuestión, y añadió con expresión seria y solemne que él mismo era descendiente de dicha familia Manso de Contreras. Lo que no me explicó es que los herederos buscadores no se limitan a la cifra discreta de miembros de un simple clan familiar, sino que alcanzan la fabulosa cifra de miles de personas que, sobre todo en las provincias centrales del país, dicen llevar en su sangre los genes de don Bartolomé Manso de Contreras y su esposa Josefina de Loyola y Monteagudo, quienes dejaron este mundo entre los años 1755 y 1758, llevándose consigo al más allá las primeras claves del enigma.
Don Andrés Manso de Contreras, si se ha de creer en la historia (que cada día toma un cuerpo más denso por obra y gracia de las fecundas levaduras del deseo) llegó a esta siempre fiel Isla de Cuba en 1615, comisionado por la Corona de España para combatir a los corsarios y piratas que infectaban entonces las aguas caribeñas, donde hoy nadan ajenos los turistas.
Uno de sus descendientes, el rico hacendado don Bartolomé Manso de Contreras, contrajo matrimonio con Josefina, otra acaudalada heredera de una importante familia propietaria de tierras en las provincias centrales de la isla. Tuvieron cuatro hijos. El varón, quien hubiera sido mayorazgo y único heredero de todo según las leyes españolas, murió en la infancia, y las tres niñas terminaron como monjas de clausura en un convento de clarisas. Triste destino de familia.
En 1947 el periódico El País aseguraba que las tres buenas monjitas enterraron vivo en el muro del recinto un legado recibido de sus padres, consistente en seis arcones de hierro cargados de macizos lingotes de oro y joyas familiares, nada más y nada menos que como haría el rencoroso Montressor unos siglos más tarde en un cuento de Poe, El tonel de amontillado.
El País describe minuciosamente el sitio exacto del empotramiento: el muro sobre la arcada monumental de la puerta del convento de Santa Clara en la Ciudad de La Habana, donde profesaban sus plácidas existencias monjiles María Isabel del Santísimo Sacramento, María Dolores de la Resurrección Y María Manuela de San Agustín, las descendientes del riquísimo Manso de Contreras.
En 1776 ante los rumores de un inminente ataque pirata, las tres Marías desempotraron los arcones y los embarcaron secretamente a bordo de un velero inglés, El Titán, que viajaba rumbo a Inglaterra, donde se cree fueron depositados, bien en el banco de Orfola o en el de Inglaterra.
La prensa de entonces aseguró que el tesoro ascendía a treinta millones de dólares de la época. Depositados a un cinco por ciento de interés anual, tras doscientos once años sin movilidad alguna en dicha cuenta, el monto total ascendería actualmente a unos trescientos mil millones de dólares, una cifra astronómica en verdad. Cuenta la leyenda que antes de morir, las tres Marías testaron a favor de sus tíos y de toda su descendencia, convirtiéndolos así en los herederos del tesoro más buscado de la isla de Cuba.
El detonante para los sucesos que hoy envuelven a tantas personas (convencidas sinceramente muchas de su derecho de sangre sobre tal dinero, y otras espectadoras divertidas del escándalo internacional), fue un llamado del periódico El Heraldo de Cuba, hecho en 1925 a los supuestos herederos cubanos para que reclamasen una fortuna que, debido al monto de los intereses, estaba a punto de hacer quebrar el banco en cuyas bóvedas dormía el pesado sueño del olvido.
Muchos son los apellidos de ilustres familias cubanas que afirman descender o haberse mezclado con los Manso de Contreras, entre ellas los Ladrón de Guevara, los Pérez del Prado, los Rodríguez de Mendoza y otros.
Al respecto no faltan simpáticas anécdotas como la contada por la revista Bohemia en la década de los 50, sobre tres maestros reposteros de Camagüey, quienes trataron de cobrar la herencia reclamada años antes por un abuelo que se decía descendiente de los Manso de Contreras. Este abuelo fue internado por sus diligentísimos nietos en Mazorra, el hospital psiquiátrico de la Habana, donde murió. Hasta algunos cubanos de Miami ilustremente apellidados viajan a la isla de vez en cuando en busca de información que los ayude a conseguir lo que ellos llaman, sin ambajes, su dinero.
Y como mandan las leyes casi desconocidas que gobiernan la formación y desarrollo de una leyenda, la levadura sigue fermentando en torno al destino de estos anheladísimos billetes, y hasta se ha llegado a especular sobre la posibilidad de que el gobierno de nuestro país haya cobrado ya una porción de la fabulosa herencia de los Manso de Contreras. El bulo es tan grande que no falta quien afirme estar muy bien enterado de que el Estado cubano comenzaría a pagar a los herederos a principios de este nuevo siglo, entregándoles además viviendas, automóviles y tarjetas de crédito con las que cada cual podría extraer hasta 350 dólares mensuales de una cuenta bancaria.
Esta fantasía desatada que amenaza con arroyar cuanto se le ponga por delante, involucrando en su torrente incluso a las más altas esferas gubernamentales de una nación, ya se va pareciendo sospechosamente a una conga espasmódica, a la que mucha gente se une entusiasmada por los fuegos artificiales de un engañoso carnaval. Si hay un núcleo de verdad en los comienzos de esta historia, todo parece indicar que por el momento, este núcleo, sepultado en las bóvedas de un banco misterioso, seguirá gritando a sus entusiasmados paladines: ¡Por el amor de Dios, Montressor!.

LA ARISTOCRACIA CUBANA FRENTE AL ESPEJO

hijadelaire @ 14:49

No son pocas las personas convencidas de que en Cuba nunca existió una aristocracia verdadera, sino únicamente algunos aventureros y comerciantes que habiendo hecho rápidamente fortuna en el negocio del azúcar, la trata o el tabaco, compraron los llamados títulos nobiliarios de Castilla, convirtiéndose de la noche a la mañana en un remedo caricaturesco de la aristocracia española. También se ha dicho que nuestros pretendidos aristócratas fueron personas ridículas, ignorantes y de muy mal gusto, algo así como los marqueses y condes de la Mermelada, La Limonada, etc. que proliferaron en Haití luego de la revolución que tuvo lugar en esa isla en el siglo XIX.
Pero cuando se profundiza en el estudio de nuestra historia nacional este sector o clase emerge con una imagen muy diferente: la de un grupo social fuerte y sólidamente constituido, que a pesar del poco espacio político permitido por el férreo control de los gobiernos de la Metrópoli, se las arregló muy bien para, con sus vastas fortunas e influencias, determinar en buena parte los rumbos de la vida económica, cultural y social del país; y sin atender debidamente al papel que este grupo desempeñó no podría comprenderse a cabalidad la historia de Cuba.
En primer lugar habría que distinguir entre los individuos que poseían realmente títulos de nobleza y aquellos hacendados, riquísimos y opulentos, quienes vivían como auténticos aristócratas y se mezclaban con los verdaderos formando un selectísimo estrato, muy cerrado e impenetrable, que conformaba la cúpula de la sociedad cubana. Estos ricos hacendados constituían lo que podría calificarse como la alta burguesía nacional.
Como bien afirma el historiador Carlos del Toro, uno de los pocos especialistas que ha investigado el tema, en su libro La alta burguesía cubana, en la mayor de Las Antillas la presencia de una aristocracia nobiliaria en el sistema socioeconómico y político predominante —de relaciones esclavistas o capitalistas— constituye un hecho innegable de su evolución histórica.
Muchos de esos títulos de nobleza vinieron entre los primeros colonos que poblaron las Antillas, pues mientras los mayorazgos de las familias españolas de alcurnia quedaban en la Península al frente de sus posesiones, los segundones que no hallaban de su agrado el destino eclesiástico que la tradición reservaba a aquellos que no podían heredar por no ser primogénitos, se venían a América dispuestos a labrarse sus propias fortunas. A estos, la Corona concedió encomiendas y el derecho de fundar nuevos linajes o mantener los suyos en tierras del Nuevo Mundo, lo cual hizo también con hombres del común, quienes se habían destacado por sus hazañas militares u otros servicios prestados a los Reyes en sus nuevos dominios. Estos últimos fundaron estirpes que, aunque en muchas ocasiones, sin blasones, llegaron a ser muy poderosas y ostentaban la muy respetada y reconocida condición de descendientes de los fundadores de la nación, un equivalente de lo que en Estados Unidos se conoce como las familias pionners. De por sí, esto era un blasón. En la isla se les conocía como aristocracia o nobleza indiana. También pudieran utilizarse aquí para referirse a ambos sectores los términos ya acuñados de nobleza antigua y nueva.
Lo primero sería enmarcar un espacio de tiempo real para la existencia y actividades de esta aristocracia nobiliaria, que no debe pasar, en mi opinión, de los primeros años de la República, pues para esa fecha ya otro grupo social con disímiles características se había consolidado en el poder y el proceso de suplantación de una clase por otra se hallaba en su apogeo.
Siguiendo a Del Toro, entre 1713 y 1897 la Corona otorgó casi cien títulos nobiliarios en la siempre fiel isla de Cuba, lo cual se debió en gran medida a la pérdida por parte de España de su imperio continental americano, y a su interés en asimilarse a la oligarquía cubana para mantener a la isla en la órbita española.
Algunos de estos títulos resultarán familiares al oído del lector, pues nominaron calles, lugares e inmuebles que aún existen y forman parte del patrimonio nacional. ¿Quienes fueron aquellos marqueses de Alta Gracia, Bella Vista, Campo Florido, Casa Calvo, Pinar del Río, Guáimaro; aquellos condes de Buena Vista, Casa Bayona, Casa Lombillo, Fernandina, Jibacoa, Lagunillas, Revilla de Camargo, Jaruco, Santa Cruz de Mopox, seres casi míticos que se diferenciaban de los simples mortales por una partícula nobiliaria que demarca mundos con más eficacia que una muralla?
Fue el poseedor de una de estas rancias partículas quien nos dejó el mejor testimonio sobre sus iguales en un libro muy valioso, que hoy día apenas si se encuentra en alguna que otra biblioteca importante. Me refiero a Familias cubanas, y a su autor el conde de Jaruco y Mopox, como revela su nombre aristócrata él mismo, y con Grandeza de España, (lo cual significaba pertenecer a una Casa Real), descendiente del infante español don Alonso de Aragón, miembro de una de las más importantes casas reales de la Península, la misma a la que había pertenecido don Fernando, el Rey consorte, quien junto a su esposa Isabel la Católica fundó la nación española.
El conde de Jaruco y Mopox, cuyo padre, don Joaquín de Santa Cruz y Cárdenas, fue considerado en su época como un gran benefactor de Cuba, era gran genealogista de reconocido prestigio. Él dedicó su vida a registrar en nueve tomos la larga lista de apellidos y títulos nobiliarios de la isla, y esos libros son hoy de obligada consulta para cualquier historiador que desee hacerse una idea cabal de esta clase patricia que tan relevante papel desempeñó en nuestra historia nacional.
A esta muy ilustre y acaudalada familia perteneció la archifamosa Mercedes Santa Cruz, la bella y culta condesa de Merlin. Esta dama conoció en la casa de sus padres a brillantes figuras de la intelectualidad española como Quintana, Moratín y Maury, y asegura el poeta y periodista Julián Del Casal en su delicioso libro Crónicas Habaneras, que en la mansión que dicha familia poseía en España expuso el pintor Francisco de Goya sus más célebres cuadros. Y hay que tener en cuenta que Goya mereció el título de Pintor de Cámara del Rey, lo cual nos da una idea bastante aproximada de la alta estima en que esta familia Jaruco era tenida por la Corte de Madrid.
Cuando la joven Mercedes contrajo matrimonio con el general francés conde de Merlin y se instaló en París, su salón estuvo siempre frecuentado por lo más selecto del mundo parisiense, y se contaba entre los cinco salones más distinguidos, refinados y codiciados de la capital francesa, centro espiritual de la cultura europea de entonces, y quizá pueda afirmarse que de todos los tiempos, quedando ubicado en relevancia nada menos que entre los de la emperatriz Josefina, la baronesa de Stael, la actriz Montant y el barón Gerard. No me parece necesario mencionar aquí los méritos literarios de la condesa, son sobradamente reconocidos.
Pero si bien el libro genealógico de Jaruco y Mopox nos presenta a todos los miembros de esa aristocracia criolla, perfectamente clasificados no sólo por apellidos, sino por primeras, segundas y hasta terceras líneas de descendencia, es el poeta y periodista Julián del Casal, magnífico cronista de su época, quien en el libro ya mencionado anima para el lector actual en imágenes muy vívidas y pintorescas a aquella clase elegante, refinada, y de formación esencialmente europea, en cuyas manos enjoyadas estuvieron por mucho tiempo los destinos económicos y culturales de Cuba.
En sus páginas conoceremos, por ejemplo, a la condesa de Fernandina, a quien Julián del Casal vio por primera vez durante una representación teatral de Sarah Bernhardt en La Habana, quedando muy impresionado al saber que un día, en Londres, ella gastó veinticinco mil pesos en la compra de una pareja de caballos porque quería rivalizar con el príncipe de Gales. Se cuenta que era tan hermosa que una noche, al verla entrar en una fiesta en Las Tullerías, el emperador Napoleón III se arrojó a sus pies exclamando entre conmovido y deslumbrado: Saludo a la mujer más hermosa de las Américas. Y no hay que olvidar que la española Eugenia de Montijo, esposa de aquel descendiente del Gran Corso, pasaba entonces por ser una de las mujeres más bellas de Europa.
O al marqués de Santa Lucía, uno de los supervivientes de las guerras de independencia, a quien califica Julián del Casal como el más demócrata de los aristócratas o el más aristócrata de los demócratas. El marqués de Santa Lucía sacrificó su patrimonio por la causa de la libertad de Cuba, y llegó a ser Presidente de la Cámara de Representantes de la República en Armas. Su esposa Ciriaca Cisneros, acompañada por sus dos hijas, también se lanzó a la manigua a luchar por la libertad, y alguien escribió de ellas que las tres anduvieron durante un año por el escenario de la guerra, envueltas en miserables harapos, asordadas por el estruendo de las balas, ennegrecidas por el humo, enardeciendo a los valientes y llorando sobre los despojos de los muertos (…). Sufrieron incontables privaciones y todo buen cubano debe venerarlas, asegura Casal con fervor, para contar de inmediato cómo doña Ciríaca tuvo la valentía de presenciar la ejecución de su esposo, quine había caído prisionero de los españoles.
Hay que añadir que esta familia de Santa Lucía se arruinó durante la guerra, pero más tarde pudo rehacer su fortuna y contribuyó generosamente al establecimiento del gran ferrocarril central de Puerto Príncipe y a la reconstrucción de esa tierra. Otros acaudalados patricios criollos como Miguel Aldama y Miguel de Embil, y muchos más, aunque no eran poseedores de títulos nobiliarios, también pagaron con la ruina de sus posesiones su adhesión a la causa libertaria, y no tuvieron la suerte de recuperar lo perdido, de lo que, por otra parte, jamás se quejaron aunque murieron pobres y olvidados en el exilio. Por lo menos la Historia no recoge ninguna muestra de su arrepentimiento, si es que alguna vez su amor por la libertad de Cuba les permitió experimentar semejante aflicción.
También menciona Julián del Casal al marqués de la Real Proclamación, quien como la mayor parte de los miembros de su familia, se ha distinguido por su acendrado patriotismo. Durante las épocas más temibles de la política (…) el marqués no dejó de poner su firma al pie de los mensajes que se dirigían al gobierno pidiendo reformas en sentido liberal.
O el marqués de Lagunillas, erudito a quien debemos hoy la colección de antigüedades griegas que todo el pueblo puede visitar y disfrutar en las salas de Arte Antiguo del Museo Nacional de Bellas Artes.
O el conde de Casa Barreto y marqués del Almendares, quien se dedicaba sólo a la agricultura. Casal lo describe como un individuo que prefiere la gloria de tener dinero a ostentar sus blasones. Debía caerle muy mal al poeta, porque éste lo caracteriza como un rudo hombre de campo, al tiempo que recuerda con sarcasmo su prole numerosa y asegura que su casa es la de peor gusto que ha conocido. Este aristócrata desciende de aquel otro Barreto de siniestra memoria, célebre por las extravagantes crueldades a las que sometía a sus esclavos, por su vida sexual desordenada y lasciva, y su maldad tan grande que la sociedad de su época lo consideraba endemoniado, si no Satán en persona descendido a la Tierra.
De este conde Barreto ha quedado en la memoria el hecho de que sus contemporáneos le temían tanto al creerlo diabólicamente poseído, que cuando murió fue velado solo por un puñado de sus esclavos en su casona junto al Almendares, una noche de tormenta en la que hubo grande inundación. A la mañana siguiente, cuando un mísero cortejo conducía el ataúd para ser enterrado, llamó la atención el peso del mismo, y al abrírsele se le encontró lleno de guijarros negros. El destino del cadáver jamás fue conocido.
Gracias al libro Familias de Cuba, del conde de Jaruco y Mopox, hemos logrado hallar un dato interesante: la noble ascendencia de Catalina Lasa del Río, una de las más bellas damas de la sociedad habanera, casada con Pedro Estévez Abreu, único hijo de la patriota villaclareña Marta Abréu. Catalina Lasa, quien protagonizó uno de los más despampanantes y revolucionarios episodios de amor de nuestra historia nacional, era miembro de la tercera línea descendiente de la casa Solar de Lasa, natural de la villa de Astigarreta, Guipúzcoa, País Vasco. En aquellos lares sus antepasados ostentaron el título de Hijosdalgos de dicha villa, otorgado en 1792 por la Corona de España. Esta señora de célebre belleza fue la primera mujer cubana que obtuvo una dispensa papal para disolver su primer matrimonio y contraer, según las leyes francesas, segundas nupcias con el millonario sacarócrata matancero Juan de Pedro Baró, quien era, por cierto, tercer marqués de Santa Rita y tercer vizconde de Canet de Mar, títulos de Castilla comprados a la Corona por su abuelo José Baró Blanxard, connotado negrero catalán, con la fortuna que hizo en Cuba como uno de nuestros más importantes tratantes de esclavos, lo cual constituye un caso típico de aristocracia indiana.
Hubo también muchos visitantes extranjeros, menos sospechosos de complacencia, que nos legaron descripciones valiosas de estos grandes señores del azúcar y el tabaco, dueños de pingues fortunas, dominios vastos como países y un sin igual amor por la cultura y la intensidad de la vida. Leyendo sus memorias podemos vislumbrar que la aristocracia colonial cubana fue una clase variopinta donde hubo de todo tipo de ejemplares, pero en general, marcados por el común denominador de la distinción, la magnificencia y una exquisita educación.
Lo cierto sobre la aristocracia cubana colonial es que a esta isla caribeña que tanto deslumbró a Colón fueron trasplantados numerosos títulos de nobleza, y no sólo españoles, sino también franceses, alemanes, italianos y algún que otro austríaco, y hasta varios concedidos por El Vaticano con carácter vitalicio. Y que quienes los ostentaron fueron personas en su mayoría bien instruidas y en no pocos casos verdaderamente cultas, que gustaban vivir en París con gran fausto, siendo siempre muy bien recibidas en los salones aristocráticos de las capitales europeas, tan exigentes en cuanto a reconocer pureza de sangre y blasones, y que, en casi todos los casos, hicieron con su dinero importantes contribuciones a sectores nacionales como la economía, la educación, la arquitectura, el transporte y las industrias del tabaco y el azúcar, bases sobre las cuales descansaba entonces el desarrollo del país.
En cuanto a la compra-venta de títulos y escudos de nobleza, hay que decir que fue una verdadera fiebre que se desató entre todos aquellos ciudadanos que disponían de algún peculio significativo. Cecilia Valdés, nuestra primera novela nacional, muestra los muchos afanes que traían a mal traer a don Cándido Gamboa, padre de Leonardo y Cecilia, quien soñaba día y noche con obtener el título de marqués de Casa Gamboa, conseguido al fin a cambio de muchos doblones salidos de su tacaña bolsa.
Pero no todo el que quiso comprarse un título lo consiguió, aunque tuviera dinero a montones. La Corona española ponía como requisito esencial que el aspirante al título tuviera en su haber un determinado grupo de obras realizadas en bien público y del país. Recordemos el título que esa misma Corona quiso otorgar a la patriota Marta Abréu por las muchísimas obras benéficas que ella llevó a cabo para el desarrollo de su villa natal, y que La Venerable, como era llamada por sus coterráneos, rechazó por fidelidad a la causa de Cuba y por su proverbial modestia personal.
Aunque, por supuesto, no hay que descartar el poder de don Dinero, que lo tiene siempre y en todos los casos y causas, por más imposibles que parezcan. Sin embargo, como consigna la investigadora María Teresa Cornide en su obra De La Habana, de siglos y de familias, grupos familiares tan poderosos como los Sotolongo, fundadores y líderes locales por más de tres siglos, y los O'Farrill, verdaderos protagonistas y empresarios exitosos del auge azucarero, jamás lograron ser agraciados con la concesión del tan anhelado título de nobleza.
¿Y qué fue de nuestros patricios? ¿Qué destino tuvieron como clase social?
Sería interesante conocer el punto de vista que Julián del Casal, hombre de la época y, contemporáneo de aquellos aristócratas hoy desaparecidos, tiene sobre el colapso que provocó su extinción:
La lista de antiguos nobles cubanos, que es tan larga como la de los archiduques de Austria, va disminuyendo de día en día. Algunos herederos (...) han dejado caducar sus títulos. Otros varios (...) viven hace tiempo oscurecidos (...). La antigua nobleza de Cuba, compuesta de familias cubanas, está condenada desde hace algún tiempo, ya por su posición social, ya por razones políticas, a ver elevarse al lado suyo, otra nueva nobleza formada por ricos burgueses sin más títulos que los de sus fortunas. Como las palmeras de nuestros fértiles campos (...) ven levantarse rápidamente a la sombra de sus penachos verdes innumerables yerbas parásitas, trasplantadas de otros climas por el viento tempestuoso de las altas regiones..
Aunque no conocía el marxismo, la lucidez de Julián del Casal le permitió percibir cómo las secuelas ruinosas de las guerras de independencia y la intervención de los Estados Unidos en los asuntos de Cuba fueron decisivas para activar el mecanismo histórico de la sustitución de una clase social por otra. Las yerbas parásitas trasplantadas a Cuba por los vientos de las altas regiones no son otras que los grupos de especuladores y comerciantes de orígenes oscuros quienes, colgados de los faldones de la levita interventora del americano, amasaron en tiempo record cuantiosas fortunas, las cuales luego dedicaron a rodearse de lujo y boato y ostentación como soportes para sus pretensiones de hacer carrera política.
Como un eco trágico de las palabras de Julián del Casal, Tomas Ely cuenta en su libro Cuando reinaba su majestad el Azúcar cómo durante los viajes que realizó a la isla con el fin de buscar material para su obra, se encontró con descendientes de muchas familias de brillante prosapia viviendo absolutamente empobrecidos en barrios marginales, alcoholizados, degenerados y ya sin rastro de su noble condición. Ely afirma que la propensión que sentían muchos patricios criollos de gastar rápidamente sus herencias en una vida de boato y festejos interminables dio al traste con aquellas fortunas inmensas amasadas en el plazo de una generación y dilapidadas en pocos años por descendientes vanidosos e irresponsables, quienes además de derrochar a manos llenas sus doblones, ponían sus bienes en manos de administradores inescrupulosos y se negaban a atender personalmente sus negocios y propiedades, arrastrados por un vértigo insaciable de placeres que los exprimía y aniquilaba como el trapiche a la caña dejándola convertida en vil bagazo. No de balde surgió aquel refrán que reza con cáustico humor criollo: padre negrero, hijo millonario, nieto pordiosero.
También es interesante citar lo que sobre el tema de la desaparición de nuestra aristocracia escribe Carlos del Toro en su obra ya citada, cuando dice:
Con el establecimiento de la República neocolonial no desapareció la aristocracia nobiliaria en Cuba. A pesar de los fallecimientos de titulares nobiliarios sin hijos o cuyos herederos renunciaron o no reclamaron la categoría, así como el traspaso de esta a ciudadanos de otra nacionalidad (española principalmente), o la fijación de la residencia permanente de algunos nobles cubanos en el extranjero, se mantuvo la supervivencia de una elite aristocrática. Su membresía la integraron ciertos descendientes de la vieja burguesía colonial y de la nueva generación de capitalistas republicanos.
Pero ya en la década de los cincuenta, concretamente en 1953, aparecen registrados por Del Toro los últimos aristócratas vivos con residencia en la capital habanera. Fueron ellos José Baró Erdman, IV vizconde de Canet de Mar y marqués de Santa Rita, José María Chacón y Calvo de La Puerta, VI conde de Casa Bayona, Joaquín Gumá Herrera, VII marqués de Casa Calvo, y Rodolfo Peñalver Hernández, VI conde de San Fernando. Absorbidos por una voraz dinámica social, los aristócratas cubanos murieron sin descendencia, emigraron o se diluyeron en la pleamar de una emergente burguesía portadora de los valores del american way of life.

03/11/2009 GMT 1

PARA SANDRA, DE BUENOS AIRES

hijadelaire @ 03:44

Holaaaaaaaa, querida, qué bueno encontrarte. Ya estoy otra vez en mi dirección personal, escríbeme, Sandrita, tenemos cosas que contarnos. Te deseo lo mejor del mundo.
Besos muchísimos

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