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Hija del aire

Archivo: Mayo 2009

22/05/2009 GMT 1

DE CÓMO NACIERON EN LA CIUDAD DE LA HABANA SOLARES Y CUARTERÍAS (I)

hijadelaire @ 07:59

Durante años me pregunté cómo nació la proliferación de “solares” o “cuarterías” que tanto abundan en la Ciudad de La Habana. No todos se encuentran asentados en antiguas mansiones de la Ciudad Vieja ni surgieron de la ocupación por esclavos libertos de las grandes casas y palacios coloniales de sus amos cuando estos decidieron abandonar sus viviendas lujosas y expandir la ciudad hacia el Cerro primero y El Vedado después, hasta terminar en Miramar y Siboney.

Estos lugares de hacinamiento humano pueden encontrarse por doquier, y en especial, por la zona antaño residencial y distinguida de Santos Suárez y Cerro su número llama la atención. He podido identificar en muchos de ellos la planta característica del barracón que sirvió de vivienda a los esclavos en los antiguos ingenios azucareros, tal como lo describe Moreno Fraginals en El ingenio. Pero el Santos Suárez que he conocido en mi ya más de medio siglo de existencia siempre fue lugar de “alcurnias y linajes”. Incluso mi curiosidad me ha llevado a indagar en sus comienzos como reparto residencial, que fueron los mismos que los de su parcelación en las postrimerías de la República; a retratar sus maravillosas casas y chalets de las décadas del diez y del veinte del pasado siglo... Entonces, ¿cómo explicar esos solares que a veces hasta se encuentran de a dos o de a tres en una misma manzana?

Tal vez la respuesta se encuentre a la mano. Cuando vamos en un ómnibus urbano atravesando la ciudad o paseamos en auto, o simplemente emprendemos una larga caminata con amigos rumbo a las afueras de La Habana, nuestros ojos contemplan un paisaje que puede parecernos magnífico, como en los alrededores del río Almendares, o tal vez desagradable como en La Timba, célebre barrio marginal de Marianao, pero lo que sí no podemos imaginar es que La Habana y sus alrededores fueron muy diferente en otros tiempos. Ya ningún cubano puede recordarlo, porque nadie vive tres, cuatro, cinco siglos. Se trata de una memoria histórica que trasciende los plazos naturales de la especie humana.

Revisando el libro La Habana (Biografía de una provincia), escrito por el doctor Julio le Riverend Brusone como parte de una colección que abarca todas las provincias de Cuba, y editado por la Academia de la Historia de Cuba en 1960 (desaparecida ese mismo año), sin ninguna reedición hasta donde conozco, encontré una posible respuesta para el enigma de los solares y cuarterías diseminados por toda la ciudad. Decidí reproducir textualmente las cuartillas donde Le Riverend refiere a las posibles claves del fenómeno, porque su escritura es sucinta y reveladora, y porque tiene gran valor histórico, ya que en estos momentos el texto es una rareza bibliográfica.

Le Riverend hace una descripción de los rubros económicos más importantes que se desarrollaron en La Habana durante los siglos XVI y XVII. Luego de referirse a los cultivos tabacaleros y la ganadería, pasa a la caña de azúcar:

“Los campos de cultivo y los ingenios se agolparon primeramente en las cercanías de La Habana. Fueron 17 los ingenios terminados con el préstamo de
40 000 ducados concedidos por la Corona a los azucareros cubanos en la década final del XVI; hacia 1603 había varios ingenios sin terminar porque no disfrutaron de parejo financiamiento.

“Los ingenios primitivos se orientaron hacia la cuenca del río La Chorrera a Almendares, bien en sus riberas o sobre la Zanja Real que conducía el agua fluvial a la ciudad. Se dice que los dos primeros estuvieron en los lugares llamados Los Cangrejos (Puente de Chávez) cercano a las marismas —hoy cegadas— que se extendían hasta el puente de Agua Dulce actual, y Los Ranchitos (Zanja y Belascoaín); [...] Se sabe de cierto que el ingenio de Hernán Manrique de Rojas se encontraba en el Cerro, posiblemente sobre el río o muy cerca de él, a la vera de la Zanja. Una información no debidamente sustanciada afirma que en 1598 Antón Recio fundó uno en Guaicanamar, con los más completos equipos de la época; hay quien identifica este lugar con la villa de Regla actual. Sin embargo [...] dicho ingenio data de 1620-30 y quedó situado más al este por la zona de Jaruco, donde se encuentra hoy su nombre como toponímico. Uno de los primeros ingenios, el San Diego, se hallaba sobre el curso inferior del río La Chorrera.

“Los campos de cultivo de caña también estuvieron en la zona inmediata a la capital, (alejados de ella, situados en las costas o muy cerca de ellas, en busca de salida fácil por medio de los barcos de cabotaje) [...] En la segunda mitad del siglo se conocen ingenios cercanos a la ciudad, como el San Antonio Chiquito, en un punto que podría identificarse hoy con el espacio de la calle Zapata entre Paseo y Carlos III, cerca de la Zanja Real. Había los llamados Santa Cruz y Cerro, de difícil identificación si bien el segundo parece ser el viejo ingenio de Hernán Manrique de Rojas. Al oeste de la ciudad y relativamente cerca de la costa se hallaba el ingenio San Francisco de la Palma (hoy Jaimanitas). Por el sur, siguiendo la corriente del río La Chorrera, los ingenios habían pasado más arriba de Santiago de las Vegas y se extendían algunos de ellos entre Calabazar y La Chorrera de Managua [...]. No faltaba cierta preferencia por la zona del este de la ciudad debido a sus facilidades marítimas; en Cojímar, encontramos el ingenio San Pedro, varios más en los límites del corral Guanabo de Arriba, otros en Bacuranao y el de Juan Rodríguez en Río Piedras, extendiéndose la industria hasta las tierras de Jaruco (Guaicanamar) y Río Blanco (ingenio Garro) y, aún más allá, se encontraba el ingenio Canímar.

“Entre l700 y 1720 aparecen cerca de la ciudad los ingenios Barco y Coca (Wajay), Barandilla (Marianao), Calabazar, Quiebrahacha y Xiaraco. La industria llegó por el oeste hasta el corral Baracoa, donde se hallaban los ingenios de M. de la Cruz y de José Veitía. Por los campos de Guatao, Cano, Bejucal, Santiago de las Vegas, Baracoa, Quiebrahacha, Quemados (Marianao), Calvario, Jesús del Monte y San Miguel del Padrón”.

Le Riverend menciona una contracción de la industria azucarera ocurrida en los alrededores de 1740, causada, según afirma, por el agotamiento de las tierras, dedicadas a la agricultura desde el siglo XVI. Entre esa década y la de 1750 se trasladaron muchos ingenios s la zona este de la provincia, y hacia 1749 “en el punto de unión entre los círculos de las haciendas Managua, Bejucal y Aguas Verdes existían los ingenios Trinidad, Jesús María y Viajacas, Santa Bárbara, San Antonio de Beitía y el de Jacinto Barreto. Al este, solamente en los límites del corral Bajurayabo, había en 1753 los siguientes: San Nicolás, Jesús María, San Rafael, Nuestra Señora del Carmen, Loreto, San Vicente y Rosario. Cerca de la ciudad las antiguas zonas están representadas en 1762 por los siguientes ingenios: Coca, Duarte, Pacheco y León, en el Cano; La Chorrera, Rosario, Salazar, Retiro, San Francisco de Barco, otro Retiro, Barrera, Beatriz, Carrillo, Santa Catalina y Santo Domingo, sobre el río Almendares; San Antonio Chiquito sobre la Zanja Real; San Juan (caserío actual) y Guadalupe (La Guinera), en el camino de Santiago de las Vegas; y San Agustín, Aguacate, Ojo del Agua, San Pedro y Carbonero en el camino de Paso Seco (curso medio del río Almendárez)”.

Un poco después la proliferación de otros cultivos agropecuarios como el café, frutales, trigo y hasta cacao, este último de fugaz existencia, provocan la paulatina demolición de las haciendas azucareras. Comienza el asentamiento de grupos de población rural y ganadera, y los antiguos cañaverales ahora desmontados se llenan de hatos y corrales. El “señor de hato” o de corral, afirma Le Riverend, “era una personalidad de alta consideración social en el XVII”. Pero el incremento de la explotación agropecuaria termina por imponerse a la ganadería. Los agricultores tienen una distribución heterogénea, siendo muchos población de tránsito, inmigrantes en buscas de tierras y asentamiento, antiguos esclavos libertos..., pero estos nuevos grupos humanos mantienen el viejo molde originario: la hacienda. Aunque en el caso de San Miguel del Padrón, localidad originariamente poblada por vegueros, se mantuvieron también las características propias de esta clase de poblamiento. De las zonas más densamente pobladas surgen las villas, futuros pueblos. Y mientras, desde su centro, como una espiral vertiginosa, La Habana crece hasta convertirse en una espléndida ciudad colonial. (Continuará...)

16/05/2009 GMT 1

RÍO DE PENAS, RÍO DE SANGRE: la muerte de José Martí

hijadelaire @ 02:23

Mucho se ha escrito, especulado y aventurado sobre la muerte de José Martí Pérez, Delegado del Partido Revolucionario Cubano en el exilio, poeta, escritor, periodista, más conocido como el Apóstol de la independencia de Cuba. Al comparar las diferentes historias sobre su deceso, encuentro que difieren casi todas en meros detalles, como por ejemplo, si murió o no de cara al sol (ya se sabe que fue en un día muy lluvioso); si estaba solo o lo acompañaba alguien; si su acompañante fue el joven e imberbe Ángel de la Guardia o si, como últimamente ha salido a la luz, había con ellos una tercera persona, el isleño Pablo Raimundo Martínez, más conocido como El Inglesito; si fue una caída en combate o no se puede calificar como tal… En fin, pormenores que en mi opinión, tienen, desde luego, gran valor histórico, pero dejan sin atención a lo que verdaderamente resulta más importante y trascendente en la muerte del hombre que fue el más grande luchador de todos los tiempos por la libertad de Cuba: ¿Cayó Martí en Dos Ríos víctima de su ardor patriótico mezclado con su inexperiencia total como guerrero, o la última acción de su existencia obedeció por su parte a un acto plenamente consciente? ¿Fue su muerte accidente o decisión? Y si se trató de una decisión, ¿fue suya… o de otra persona o personas?

Y lo que es más trascendente aún: ¿Qué hubiera sucedido si Martí no hubiera muerto en Dos Ríos? ¿Qué significó su prematura desaparición de la escena política no solo para el curso de esa guerra, sino para el destino posterior de la Isla de Cuba?

Antes de emprender un análisis referente a estas interrogantes, paréceme que se debiera dejar bien en claro la incuestionabilidad de la naturaleza revolucionaria, antimperialista e independentista del pensamiento martiano. No es, pues, en la esfera ideológica donde hurgaríamos para intentar un acercamiento a posibles respuestas, sino en honduras mucho más profundas que pertenecen a los más íntimos territorios del Ser y la conciencia. Y hasta en los límites de la sufriente y castigada carne.

El Martí que llega a Cuba para incorporarse a la lucha es ya un hombre muy enfermo, y aunque por esos días escriba en su diario: “nunca me he sentido más sano”, cosa que no dudamos porque conocemos el vigor que la Idea puede trasmitir al cuerpo físico, hoy sabemos, gracias a los avances de la medicina moderna en el campo del diagnóstico de enfermedades, que Martí padecía desde su más tierna juventud una tumoración testicular, que en el principio fue una úlcera causada por el roce de la cadena de los grilletes del presidio político que sufrió a los dieciséis años, y se convirtió, con el paso del tiempo, en una lesión grave que llevó a los médicos a extirparle un testículo. También existen testimonios de laboratorio de la época, provenientes de estudios histológicos que fueron practicados a Martí en vida que inducen a creer que él padecía una sarcoidosis, enfermedad granulomatosa sistémica de origen autoinmune que afecta a varios órganos y sistemas del cuerpo, y se caracteriza por la aparición de tubérculos epiteliales con necrosis que afectan a cualquier órgano o tejido. La dolencia cursa con remisiones espontáneas y recidivas. Se encuentra en la papelería martiana, especialmente en sus cartas, nutrido testimonio de que el Apóstol vivió su breve vida acosado por sus síntomas. He aquí algunas de sus quejas con respecto a la toma del pulmón por la enfermedad: “Ceso de escribir porque la hormiga del pulmón no me deja trabajar”*; “Llevo un pulmón encendido y como desnudo”; “Llevo al costado izquierdo una rosa de fuego, que me quema, pero con ella vivo y trabajo”; “Me estoy quedando sin pulmón”. No menos lo mortifica su hígado: “El verano me ha caído con furia sobre el hígado”; “He estado en cama, como todos los veranos, con un odioso ataque de bilis que me ha tenido casi el mes sin conciencia de mí”; “Aquí me quedo clavado en mi roca, viendo cómo el águila se me lleva los pedazos de mi hígado”.

Martí padecía, además, de hinchazones en los ojos, que los médicos le diagnosticaron como una manifestación propia de la sarcoidosis que a menudo se confunde con uveitis o conjuntivitis. También lo aquejaban manifestaciones neurológicas de su patología, como desmayos que él mismo calificaba de “largos y mortales” y que también pudieron obedecer a bloqueos cardíacos producidos por la enfermedad: “A usted le contaría yo, seguro de que no se reiría de mí, las morideras que me tienen tan silencioso…”. Las manos se le helaban o entumecían y sentía ardores en las plantas de los pies (parestesias). Lo aquejaban altas fiebres y frecuentes disfonías que en ocasiones lo llevaban a una mudez total mantenida por varios días: “Todo yo estallo. De adentro me viene un fuego que me quema, como un fuego de fiebre, ávido y seco. Es la muerte a retazos”.

En algunos de sus retratos se aprecia a simple vista la caída del párpado derecho, síntoma que produce la sarcoidosis al afectar el tercer nervio craneal, lo que también fuera, quizá, causa de las frecuentes cefaleas que padeció Martí, aunque pudieron ser de carácter migrañoso, puesto que se refiere más de una vez en sus cartas a la molestia que durante esas crisis le causa la luz (fotofobia); en carta a María Mantilla escribe: “Una noche tenía como encendida la cabeza y hubiera deseado que me pusieras tus manos en la frente”. Tampoco le ahorraba su corazón cuitas, y en otra epístola deja constancia de que: “…aunque tengo en el lado del corazón un como encogimiento, y un dolor que no cesa un instante (…) y salta más de lo que debe, no me quejo…”.

Lo aquejan con harta frecuencia cólicos y diarreas: “A mi doctor, (digan) que soy todo flemas, coral y retortijones”. Lo atormentaban intensos dolores de estómago que algunos de sus médicos atribuían a perforaciones intestinales causadas por sus úlceras inguinales, las cuales, a su vez, le provocaban dolorosas adenopatías en las ingles que le dificultaban la marcha. Aquejado por todos estos sufrires, siempre débil, enfermizo, perdiendo peso y abrumado por el exceso de trabajo que constantemente se imponía, solía ayudarse de un preparado de la época, llamado Vino Mariani, una copa del cual constituía muy a menudo su único alimento, y que era “un vino medicinal con propiedades tónicas y estimulantes” creado a base de hojas de coca maceradas, muy de moda en la época y consumido por personalidades de todas las esferas de la sociedad, entre las cuales se contaban nombres tan ilustres como los del inventor Thomas A. Edison, el presidente norteamericano McKinley, la actriz Sarah Bernhardt, los generales Grant y Pétain, escritores como Emile Zola, Anatole France, Julio Verne, Henrik Ibsen, Paul Verlaine, Robert L. Stevenson, los médicos Charcot y Freud, el Príncipe de Gales, la reina Victoria, el zar Alejandro II, el Sha de Persia y hasta el Papa León XIII.

Si a tantísimo sufrimiento físico se le suman las penas graves del alma, como las producidas por la separación de su familia y de su hijo, que le llevan a escribir en sus cartas frases tan desgarradas como esta: “Vivo con el corazón clavado de puñales desde hace muchos años. Hay veces en que me parece que no puedo levantarme de la pena”, y se le terminan por añadir las muchas decepciones que le causaban las miserias humanas y la imperfecta y en ocasiones deleznable naturaleza de los hombres, estaremos en presencia de un ser profundamente atormentado y presa de sufrimientos físicos y morales espantosos.

Pero si al llegar a este punto conclusivo creemos que ya se ha dicho todo, nos engañamos. Queda aún por explorar un oscuro rincón del alma de Martí al que no deben de haberse asomado muchas personas, porque pertenece a la clase de ámbitos que un hombre de honor mantiene secretos y mistéricos hasta que la Muerte lo reclama. Me refiero al conflicto, que se deja apenas entrever, entre su pensamiento revolucionario convencido de la absoluta necesidad de la guerra, y ciertos escrúpulos éticos cuya presencia no debe sorprendernos en un hombre de su infinita sensibilidad humana y su innegable espíritu crístico que ardía de amor por sus semejantes. Mientras investigaba para este trabajo reparé en unas frases que había visto antes y me habían llamado la atención, pero sobre las cuales no me había detenido a reflexionar debidamente. Algunas las escribió en su diario de campaña la madrugada del 26 de abril. No las cito aquí en su totalidad por falta de espacio, pero glosadas, aluden a las habilidades sanadoras que recién acaba de descubrirse y que le proporcionan intenso placer: “Sentía anoche piedad en mis manos, cuando ayudaba a curar a los heridos”, escribe, y dos días después añade: “…tengo acierto (…) sin más que saber cómo está hecho el cuerpo humano y haber traído conmigo el milagro del yodo. Y el cariño*, que es otro milagro…, en el que ando con tacto y rienda severa, no vaya la humanidad a parecer vergonzosa adulación”. Sobre esta piedad física hacia los cubanos heridos en combate volveré a comentar más adelante.

Otra de las frases que me han parecido muy curiosas se encuentra en una anécdota acaecida unos meses antes de la guerra. Se encontraba una noche Martí en un cuarto cedido para su descanso por el patriota Luis A. Baralt y Peoli, quien de repente escuchó “suspiros profundos y quejidos lastimeros” provenientes de la habitación. Baralt, creyendo a Martí en apuros o víctima de una pesadilla corrió a prestarle auxilio, pero lo encontró perfectamente despierto y al parecer muy atribulado. Al interrogarlo sobre la causa de su aflicción Martí exclamó: “¡Ay, las madres, las madres, cuánta sangre y cuántas lágrimas van a correr en esta Revolución a que voy a lanzar a mi país!”. Esta escena, que parece sacada de uno de los momentos más intensos de una de las más altas tragedias del teatro griego clásico, es altamente reveladora de la presencia de una contradicción ontológica y quien sabe hasta qué punto autodestructiva en el alma del Maestro. Su implacable y extrema lucidez lo inducía a mirarse a sí mismo, en ese desdoblamiento temible que alcanzan los grandes Iluminados, al unísono como Redentor y como Verdugo de muchos seres.

¿Habría, acaso —me permito preguntar— alguna relación entre ese verse a sí mismo como a un Rebis de dolorosísima legitimación y esa piedad que le brota del núcleo mismo de su hombría como descubrimiento, como revelación casi, cuando sus manos llenas de piedad tocan las llagas en los cuerpos de los cubanos heridos en combate? ¿No es este acaso el mismo sentimiento, horroroso al tiempo que sublime, que se apodera de una madre quien, en vísperas del combate que sabe último y mortal, coloca sobre el cuerpo del hijo las armas de la guerra? Los heridos que curaba ¿no se habrá reprochado Martí que sean las mismas criaturas a quienes él lanzó al dolor y la Muerte? ¿No serán los que cure al día siguiente nuevas víctimas de esa Revolución de la que se siente si no único, sí máximo responsable? ¿Podría significar el sueño narrado en su célebre poema de los Versos sencillos “Sueño con claustros de mármol”, un típico sueño de angustia donde el soñante asiste a la metáfora del peso inmenso que significa la mirada implacable de los héroes posándose en su persona, cual si le reclamaran por el éxito o el fracaso de esa terrible aventura a la que va a arrastrar a todo un pueblo, su pueblo? Hay que establecer una nítida diferencia entre la concepción martiana de la guerra necesaria como único camino para que Cuba alcanzara su libertad, y la postura personal del hombre Martí ante la guerra como fenómeno ontológico, ante la cual, hombre de letras, místico, poeta y ante todo, humanista, mostró siempre profundo rechazo.

Siempre he creído que aunque pudieran establecerse mil teorías alrededor de la muerte de Martí, ninguna llegará a gozar de suficiente acreditación histórica mientras siga faltando la pieza que es, en mi humilde opinión, clave imprescindible para conocer la verdad: las páginas del Diario de campaña de Martí donde escribió sus impresiones sobre la reunión privada que sostuviera con Gómez y Maceo en La Mejorana. Los comentarios de quienes estuvireron allí aquel día hablan con harta elocuencia de que durante ese encuentro sucedieron cosas muy negativas que causaron profunda perturbación en el ánimo del Apóstol. Pero aún sin esas páginas que Gómez destruyó en un gesto tan inconveniente como comprensible, es sabido que existían fuertes contradicciones entre Gómez, Maceo y Martí; que las relaciones de estos dos últimos eran tensas y difíciles; que Maceo había cuestionado a Martí en público y en privado en más de una ocasión, y que la cuestión de la Presidencia de Cuba una vez alcanzada la victoria mambisa sobre España era un tema candente, que debió devenir puro fuego cuando, luego de su desembarco por Las Coloradas, Martí se encontró con que las tropas y los campesinos le llamaban no Delegado, como él hubiera admitido, sino Presidente. Es de suponer que los jefes guerreros de alta jerarquía, quienes no sucumbían a la enorme impresión que hacían el prestigio, la presencia y el verbo de Martí sobre los hombres de filas, no se sentirían muy a gusto con aquel calificativo espontáneo que brotaba de los labios del pueblo y que, automáticamente los excluía del poder.

El Martí de Dos Ríos, quien desobedece la orden de Gómez de refugiarse en la retaguardia mientras la tropa se lanza al combate —orden que aún cuando fue dada en medio de la agitación del momento y con el único fin de protegerlo, no deja de revestir cierto carácter descalificante, que no descalificador— es, pues, un individuo ya casi mortalmente enfermo, con el alma transida por múltiples dolores, decepcionado de los hombres y tal vez convencido de que su misión de antorcha, ahora que ya la guerra necesaria está en marcha, ha terminado, y su presencia, que creyera tan necesaria antes de pisar tierra cubana (“Yo evoqué la guerra: mi responsabilidad comienza con ella, en vez de acabar”), intuye ahora (después de La Mejorana) que, más que hacer bien a la causa de la independencia, podría convertirse en un elemento de disturbio tras la victoria cubana, llegada la hora de constituir la nueva nación. El germen de este ánimo donde la prístina luz parece haberse opacado ante la pena, se encuentra ya esbozado (¿?) en la famosa carta que Martí escribiera a Federico Hernández y Carvajal desde Montecristi, el 25 de marzo de 1895, a menos de treinta días de su trágico fin. Carta contradictoria, complejísima, donde Martí se propuso, tal vez, dejar plasmado su pensamiento político para las generaciones venideras, pero en la que, por detrás de esta posible intención testamentaria, se sienten latir dos pulsos al unísono; dos pulsos que muestran certezas y temblores en justa; dos pulsos donde la misma fuerza de argumentos se bate desde una y otra orilla del pensamiento de su autor. Reproduzco un fragmento con el riesgo que —no ignoro— comporta mutilar un texto:

Para mí la patria, no será nunca triunfo, sino agonía y deber. Ya arde la sangre. Ahora hay que dar (…) sentido humano y amable, al sacrificio; hay que hacer viable, e inexpugnable, la guerra; si ella me manda, conforme a mi deseo único, quedarme, me quedo en ella; si me manda, clavándome el alma, irme lejos de los que mueren como yo sabría morir, también tendré ese valor. Quien piensa en sí, no ama a la patria; y está el mal de los pueblos, por más que a veces se lo disimulen sutilmente, en los estorbos o prisas que el interés de sus representantes ponen al curso natural de los sucesos. De mí espere la deposición absoluta y continua. Yo alzaré el mundo. Pero mi único deseo sería pegarme allí, al último tronco, al último peleador: morir callado. Para mí, ya es hora. Pero aún puedo servir a este único corazón de nuestras repúblicas. Las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra América, y el honor ya dudoso y lastimado de la América inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo. Vea lo que hacemos, Vd. con sus canas juveniles, y yo, a rastras, con mi corazón roto. Y en otra parte de su obra escribió: “Espanta la tarea de echar a los hombres sobre los hombres”.

"Para mí ya es hora", y "Vea lo que hacemos, Vd. con sus canas juveniles, y yo, a rastras, con mi corazón roto".

"Para mí ya es hora…"

Sí, el Martí de Dos Ríos se me antoja un hombre acorralado por circunstancias que le rebasan, pero que aún quiere, con toda la fuerza que conserva intacta en su alma apasionada, servir a este único corazón de nuestras repúblicas. Y es aquí donde la tesis de la muerte concebida como ritual de sacrificio adquiere ominoso sentido: la famosa muerte masónica, diseñada dentro de un triángulo, dos de cuyos lados son los dos ríos. Quien ya no sirve para la Vida, puede todavía servir a la Muerte como víctima propiciatoria. Quien ya no tiene lugar en la existencia siempre puede inmolarse para que la Patria encuentre su lugar en el mundo. El pequeño hombrecito que lanza su caballo en medio del fuego enemigo, deja de ser ante nuestros ojos ciegos un guerrero irreflexivo e inexperto para trasmutarse en el Homagno, el gigante humano que elige su salida de escena., que se entrega a sí mismo como manjar y ofrenda a los celosos dioses del alibi.

QUÉ HUBIERA SIDO SI…

Y para terminar este trabajo, quiero correr el riesgo de error que entraña todo intento de responder a una gran interrogante de la Historia: ¿Qué significó para el destino de Cuba la temprana muerte de José Martí? Pregunta que plantea de inmediato otra pregunta: ¿cuántos años hubiera vivido Martí después de la victoria, teniendo en cuenta que era un hombre casi mortalmente enfermo, y muy probablemente ya aquejado de un cáncer como estadio final de su sarcocele?

De una cosa estoy absolutamente segura: Martí jamás habría disuelto el Partido Revolucionario Cubano como hizo Tomás Estrada Palma, quien lo sucedió como Delegado del Partido y fuera primer Presidente electo de la República de Cuba. Con un hombre de la inmensa talla moral, intelectual y política de Martí y un Partido fuerte cohesionado a su alrededor, probablemente el Gobierno de los Estados Unidos no se habría atrevido (tal vez ni se le habría ocurrido) a poner a un lado al ejército mambí; casi con toda seguridad no habría habido un Tratado de París. Nunca hubieran sucedido las Intervenciones norteamericanas ni la Enmienda Platt. Y con total certeza jamás los generales hubieran podido apoderarse de Cuba ni establecer la corrupción como estilo permanente de gobierno. Jamás quiere decir aquí mientras Martí viviera.

Y cabe preguntarse qué giro habría impreso Martí a la política cubana, siendo conocido su rechazo a los métodos violentos del anarquismo europeo. Al respecto cabe citar aquí un párrafo tomado de la biografía Nestor Leonelo Carbonell, como el grito del águila, de Oscar Ferrer Carbonell (Premio del concurso Biografía y Memorias, de la editorial de Ciencias Sociales), que culmina con un estudio muy interesante sobre la posición de Martí con respecto al socialismo de su época:

“Si bien existen trabajos en los cuales el Apóstol dejó bien definidas sus posiciones, ideas y críticas con respecto al socialismo europeo, hasta hoy no se conoce en su vasta obra lugar alguno en que haya reflexionado en profundidad sobre la conveniencia o no de aplicar esta corriente al sistema que debía constituirse en la isla tras la derrota del poder colonial y la implantación de la República”. Y Cantón Navarro, en su libro Algunas ideas de José Martí en relación con la clase obrera y el socialismo afirma categóricamente que Martí “nunca llegó a tener un conocimiento total de las ideas marxistas…”.

Pero la prematura muerte del más grande de todos los cubanos nos deja inermes ante las interrogantes más viscerales de nuestra Historia. El ejercicio intelectual más arduo de todos los que el hombre pudiera concebir, qué hubiera sido si…, adquiere en este caso ribetes trágicos, porque jamás podrá llegar a ser desentrañado.

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