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Hija del aire

Archivo: Febrero 2009

22/02/2009 GMT 1

PENUMBRAS Y HABANERAS, ENTRE LA SOMBRA Y LA LUZ

hijadelaire @ 17:06

Entrevista al pintor cubano Damián Hidalgo Bulté

Damián Hidalgo Bulté, joven pintor camagüeyano que pronto presentará su novena exposición personal Penumbras y habaneras, accedió a conversar con Radio Ciudad de La Habana. Graduado de la Escuela Nacional de Bellas Artes San Alejandro, miembro del Fondo Cubano de Bienes Culturales, con ocho exposiciones individuales y veintitrés colectivas entre los años 1993 y 2008, y obras colocadas en colecciones individuales en más de diez países de Europa y América, se ha desempeñado también como ilustrador de editoriales cubanas y de varias ediciones de la Feria Internacional del Libro de La Habana. Su obra plástica se inscribe dentro de una tendencia que oscila entre el surrealismo y el realismo subjetivo.

En este proyecto intento recrear mi naturaleza surrealista y mi crítica sutil de la realidad, enfatizando en la realización figurativa y la factura detallista, ejecutadas en diversos formatos. Hago una severa alusión a lo objetual, y en ocasiones la figura humana y el objeto se subsumen en la técnica del collage. Utilizo el papel periódico, que por su fragilidad es maniobrable, e incorporo como elementos compositivos importantes la vela y el periódico, con los cuales hago una combinación sugerente que mantengo siempre en los límites de la subjetividad.

Expreso en cada obra un contenido de actualidad nacional. En mi pintura el papel periódico funciona más como metáfora testimonial que como materia pictórica. La técnica que he adoptado para expresarme en este proyecto consiste en forrar con las páginas del diario oficial tanto el lienzo como cualquier soporte tridimensional que utilice, con el objetivo de enriquecerlos mediante el aprovechamiento de detalles de la información. La utilización del collage me permite crear un contrapunto que es, a la vez, complementario entre noticias reales y ficticias. Asumo la figura humana a través de la mujer y la problemática recurrencia de su condición dentro de la isla. Convierto todo su mundo referencial en color, contraste y pincelada, y la ubico como elemento central en estos ambientes de velas, humo y periódico, en los que inserto humanos modélicos, poses, naturalezas muertas y objetos, procurando conseguir un amplio registro; pero es la vela, incrustada en la fina capa del papel, la materia estructural de estos personajes Tanto las velas como el ecológico periódico tratado al óleo y a la técnica mixta son elementos que, aunque por sí solos no sinteticen el mensaje, se convierten en factores de un rejuego que el espectador puede visualizar sin que le resulte necesario divorciarse de sus contextos conocidos, de su percepción habitual del entorno familiar. Mi pintura tiene como trasfondo temas naturales, y como primer plano un tratamiento de lo circunstancial basado en la aplicación de un color fuerte, en la imitación del óxido y otras texturas de lo corroído como, por ejemplo, en “Siesta, Paño rojo y Norte”, sin que falten los tonos apastelados o nacarados, y hasta descoloridos, que intensifican la fluencia textural, el color y el volumen del periódico. La transparencia torna traslúcida la escritura, y refuerza el contenido de los mensajes extraídos de la prensa, por lo cual ostenta una importancia crucial en la terminación y detalle de la obra.

Las instalaciones se convierten en objetos de tamaño real forrados con papel periódico, los cuales hago coincidir en un espacio común. Prefiero usar objetos ordinarios. Transformo el lugar, hago una habitación dentro de otra. Por ejemplo, “Vamos a Coppelia”, instalación expuesta en la Séptima Bienal de Escultura, refiere a una mesa con sus habituales platos, todo forrado con periódico, todo lleno de información, noticias e imágenes actuales aludiendo a un Coppelia de textos de diminutas letras, donde pudieras sentarte a leer la información recurrente y mas actual de la nación. Con el televisor sucede otro tanto, aunque el sonido adquiere en la obra un doble protagonismo. Convierto, además, esta tecnología moderna en un objeto sencillo y lleno de información visual de carácter plástico, donde la lectura se hace fácilmente identificable: una propuesta más, inmersa orgánicamente en este andamiaje de velas, periódicos, metales oxidados, clavos, hojas secas y personajes hibernados, conjunto con el que pretendo hacer reflexionar al espectador sobre este mundo cubano complejo y agotado, pero no por eso menos poético.

“Penumbras y Habaneras” es un intento por corporeizar y trasmitir las raras atmósferas de la isla y sus mínimos rincones extraviados, envueltos en la artificial oscuridad del apagón. En estos ambientes que muy a nuestro pesar denotan una intensa poesía, queda siempre de manifiesto el altruismo de la femme habanera, su cultura, su religiosidad, y simpatía…., el perfecto y muy ambiguo estado de lo viejo, los empastes largos, el óxido corroído por el tiempo, la simbólica vela y, más aún, el periódico incisivo e incidente en la mirada que, implicada en las circunstancias actuales, siempre es fuente de inspiración.

21/02/2009 GMT 1

EN EL REINO DE LAS ANTOLOGÍAS

hijadelaire @ 06:14

UN SALDO POSITIVO EN LA 18 FERIA INTERNACIONAL DEL LIBRO DE LA HABANA

La décimo octava edición de la Feria Internacional del Libro de La Habana, si por algo positivo se ha caracterizado en lo que a Cuba se refiere, es por la publicación de la colección de antologías en homenaje al cincuenta aniversario de la Revolución Cubana, y por compilaciones independientes de la misma índole que permiten apreciar de un modo global el comportamiento y desarrollo de la literatura cubana en la segunda mitad del siglo XX y primeros años del XXI.

Me interesa comentar en esta ocasión las antologías La ínsula fabulante, preparada por el ensayista, crítico y narrador Alberto Garrandés, que ofrece una panorámica del cuento cubano desde 1959 hasta el año 2008; Espacios en la isla, 50 años del cuento femenino en Cuba, obra de la escritora, poeta y periodista Marilyn Bobes; De los poros a las estrellas, con selección, prólogo y notas del editor e investigador doctor Enmanuel Tornés; y la tercera redición de Estatuas de sal, célebre primera antología de narrativa femenina publicada en Cuba y fruto del trabajo conjunto de las narradoras, poetas y ensayistas Mirta Yáñez y Marilyn Bobes.

La ínsula fabulante, de casi mil cuartillas, es un esfuerzo titánico y erudito por edificar un mural del cuento cubano durante medio siglo. Están representadas en ella todas las generaciones que han participado en las letras cubanas a partir del triunfo revolucionario: la generación del sesenta, elegante, experimental y realista a un tiempo, cosmopolita y abierta a todas las corrientes y estilos; la generación de los setenta, con su grado profundo de compromiso ideológico y la sombra del quinquenio gris planeando sobre sus espaldas; la generación de los ochenta, reflexiva, evaluadora, tímida aún e indecisa entre las ataduras del pasado reciente y las aún inexploradas, pero ya presentidas promesas del inminente porvenir; la generación de los noventa, Los Novísimos, abanderados del contubernio con la crónica de actualidad nacional, su iconoclastia, su irreverencia y su desafío tanto temático como estilístico, sus denuncias, su condición de puente entre el período especial y el post aún sin nombre definido que vino después; los posmodernos y su reinserción en la corriente literaria universal, su mirada retornada hacia los espacios interiores del Yo, su asalto a las estructuras convencionales del lenguaje y su penetración desenfrenada en los predios del erotismo, el realismo sucio y otros caminos hasta ahora poco transitados en Cuba; y finalmente, los nombres más jóvenes, las promesas, las crisálidas en estado larvario pero entre quienes ya se van definiendo posturas linguoestilísticas, asedios semánticos y filosofías de la escritura. Desde El gran ebbó, de Guillermo Cabrera Infante, hasta Puré Fiction Days, del joven Jorge Enrique Lage, el camino es largo y muy bien transitado por un antologador que debe a sus muchos años de trabajo como investigador en el Instituto Cubano de Literatura y Lingüística un sólido conocimiento de la literatura nacional y sus exponentes. Ningún nombre de valía falta aquí, ningún estilo, ningún género dentro del cuento y la noveleta, ninguna corriente. Como otra antología del mismo autor que la precedió en el tiempo, Aire de luz, La ínsula fabulante es una compilación de la que puede enorgullecerse el mundo literario cubano. Mi única objeción es que tal vez hubiera sido de mucho desear un prólogo más extenso, como un pequeño ensayo, que siempre torna más sabroso e interesante el enfrentamiento con el corpus lectural.

Espacios en la Isla deviene penúltimo (nunca habrá un último) paso en el quehacer literario de la mujer cubana durante las cinco décadas transcurridas desde el primero de enero de 1959. Loló de la Torriente, Aurora Villar Buceta, Dora Alonso y Loló Soldevilla encabezan la lista de escritoras que en estos años han tomado la pluma para intentar configurar un universo donde señoree la mirada arquetipal femenina, universo con rasgos propios y caracterizables, con códigos configurados de acuerdo con la condición y posición de las mujeres dentro del proceso revolucionario. También en estas páginas se evidencia que las mujeres escritoras han navegado en las mismas aguas que sus colegas masculinos, han practicado el realismo, desde el más púdico al más violentamente sucio, el erotismo en todas sus variantes, la ciencia ficción, la fantasía, el fraude escritural, el policíaco, el gótico, la fantasía heroica. Esta antología contiene nombres que en sus antecesoras Estatuas de sal y Las voces de Eva (compilada por el narrador, ensayista e investigador Amir Vale) ya eran consagrados, y otros que entonces no eran más que debutantes y jóvenes promesas como Ena Lucía Portela, Milene Fernández y Anna Lidia Vega Serova. Hay una diferencia sutil entre el desarrollo seguido por los escritores varones y el de las narradoras: mientras ellos, analizados en conjunto, han mantenido desde sus inicios una condición más o menos estable, es posible apreciar el crecimiento y maduración de sus colegas mujeres. La literatura femenina deja ver más nítidamente sus entresijos, su lenta, pero implacable maduración, y al mismo tiempo la presencia muy perfilada de estilos y universos narrativos sumamente individuales, como el de Mercedes Melo, cuyo dominio en el arte de la superchería literaria y el apócrifo solo encuentra entre nosotros una figura de talla cimera: Luis Rogelio Nogueras. La mayor parte de las escritoras que integran esta antología se encuentran aún en plena etapa de creatividad y sin duda la mejor parte de su obra personal aún está por escribir. Hago notar que faltan en esta antología, que es solo de cuento y noveleta, nombres de gran envergadura en la narrativa nacional, como el de Margarita Mateo Palmer, quien obtuviera el premio Alejo Carpentier de novela 2008 con su deslumbrante Desde los blancos manicomios, una de las novelas más originales y conmovedoras de nuestras letras.

De los poros a las estrellas, treinta y cinco narraciones escritas por hombres y mujeres en torno a la temática del amor en el proceso revolucionario, además de brillar con luz propia en el reino de las antologías, constituye un extraordinario testimonio social sobre la relación entre los sexos que nos llega a través de la fabulación, pero que no por su carácter ficcional resulta menos importante para el estudio, análisis y comprensión de las muchas vertientes desde las que puede abordarse ese sentimiento inmerso en medio de uno de los más largos y convulsos procesos de cambio social conocidos por la Historia contemporánea. Desde la influencia del internacionalismo proletario sobre la convivencia de la pareja (Leonardo Padura, Los límites del amor, pasando por los matrimonios entre cubanos y extranjeros pertenecientes a culturas muy diversas (Manuel García Verdecia, El cosaco y la cubana), erotismo descarnado y prostitución (Rogelio Riverón, Otras versiones del miedo), las transacciones emocionales inducidas por las duras condiciones de vida del período especial (Julio Travieso, Amor a los cincuenta), ensoñaciones y oniria (María Elena Llana, Raíces de humo) hasta llegar a piezas de época (Serata di gala) y relatos tan originales y pintorescos como Bos Taurus (Alberto Guerra), esta antología preparada por Enmanuel Tornés es, quizás, una de las más interesantes y útiles que se hayan publicado en Cuba, pues su alcance y posibilidades sobrepasan con mucho los límites de la escritura recreativa para penetrar en los vastos y complejos territorios de la antropología social, la investigación histórica y otras disciplinas que le confieren un valor no solo literario, sino mucho más enriquecedor, que en un futuro permitirá conocer la época que nos ha tocado vivir en esta Cuba de medio siglo que todos habitamos.

Después de tener a la vista todos estos volúmenes preparados por nuestros mejores y más profesionales antologadores, queda la tranquilidad de saber que, gracias a estas publicaciones, la visión general de la literatura cubana, la mirada global y abarcadora, ha quedado definitivamente recogida. Falta el futuro, pero hasta aquí, verso y pan han sido hechos.

04/02/2009 GMT 1

SARA BERNHARDT VINO A CUBA

hijadelaire @ 23:35

Por Gina Picart

Existe toda una leyenda creada en torno a la visita que la gran actriz europea Sara Bernhardt hizo a Cuba. Sucedió en una época en que la isla era escala casi obligada para las compañías de ballet y de teatro, las grandes orquestas, actores y artistas que recorrían el mundo ya fuera en giras de trabajo o en viajes de placer. Cuba era entonces una de las plazas más frecuentadas por los grandes del mundo del espectáculo.

Sara, nacida el 23 de octubre de 1844 en París, fue hija de una prostituta, se crió en un convento de monjas, ejerció la prostitución ella misma y pese a haber sido una de las más gloriosas figuras del teatro mundial, su camino hasta las tablas estuvo sembrado de obstáculos hasta que se consagró cuando el gran Víctor Hugo la eligió para actuar en sus obras dramáticas Ruy Blas y Hernani. Entre sus amantes se contaron artistas insignes como el propio Victor Hugo, Gustave Doré, Mounet Sully, D Annunzio, y representantes e la más alta aristocracia tales como Eduardo, Príncipe de Gales, el duque de Morny, y el príncipe de Ligne, con quien tuvo a su único hijo.

Sara, cuya madre era de sangre hebrea, renunció al estilo actoral del teatro francés, pródigo en declamación y sobreactuación, para estudiar en profundidad la psicología de sus personajes y ofrecer un estilo mucho más natural, semejante a la vida misma, del que desde un inicio se adueñó con la majestuosidad y seguridad de una gran diva, aunque se dice que jamás perdió el miedo escénico, y cuando subía a los escenarios sufría ataques de pánico que la obligaban a comenzar sus parlamentos con una voz chillona y gestos temblorosos por la nerviosidad, lo que después se iba calmando según iba transcurriendo la representación. Recibió los más altos homenajes y reconocimientos y llegó a ser socio pleno de la Commedie Francaise, honor del que solo disfrutaban los más grandes artistas. Actuó repetidamente en los Estados Unidos, Brasil, Argentina, Chile, Australia, Islas Hawai, Egipto, Turquía, Roma, Atenas, Moscú, Berlin, Bucarest, y cruzó el Cabo de Hornos. En los Estados Unidos le habilitaron para su exclusivo uso un tren de lujo con siete vagones al que llamaron Sara Bernhardt Special. Sara fue también la primera actriz-empresaria del mundo; rentó en París el teatro Porte-Saint Martin y allí produjo y actuó en obras tan célebres como La dama de las camelias. Se dice que nadie como ella sabía “morir” en escena de las más variadas patología de sus heroínas. También retomó la vieja tradición y actuó muchas veces en roles masculinos muy destacados. Llegó a representar el papel de Hanlet y el de Ofelia, hazaña que nadie ha vuelto a repetir. Era una mujer apasionada, temperamental, y voluble para todo lo que no fuera su arte. Una verdadera reina de las tablas universales. Las malas lenguas afirmaban que dormía dentro de un ataúd, se hacía acompañar de un pequeño tigre como mascota y azotaba a sus sirvientas y rivales, desayunaba té con algunas gotas de azahar y declamaba los versos de Hernani como si se burlara del público.

CUBA

La Divina, como la llamaban, debutó en el teatro Tacón el 10 de enero de 1887. El contrato comprendía doce funciones. Los palcos se cotizaron a quinientos pesos billete de banco y los grillés se elevaron a seiscientos pesos. Entre su repertorio se encontraban La dama de las camelias, Fedora, Adriana Lecouvreur, Hernani, La esfinge y otras obras de los grandes clásicos. Hubo edición bilingüe de los libretos, en español y en inglés. Se alojó en el hotel francés Petit, de la Chorrera, junto con su enorme gato montés (que no tigre) comprado en Valparaíso. Parece que en sus ratos libres se dedicaba a remar y pescar en las aguas aledañas, amén de ciertos acercamientos demasiado íntimos con chinos y mulatos.

Es de suponer que en una capital tan rica y provinciana como La Habana, cuya disposición para la mímesis todavía se mantiene en pie, la presencia de La Divina haya revolucionado la moda y acaparado toda la atención del entorno. Por lo menos las damas del momento comenzaron a llevar peinetas a la Bernhardt y todos los periódicos y los más grandes cronistas y críticos teatrales habaneros derramaron su adoración sobre ella.

El momento culminante de sus actuaciones fue la escena de la muerte en La dama de las camelias. La actriz estuvo magistral en su agonía. El Union Club de La Habana le obsequió un paisaje de Chartrand. Tal vez para reciprocar, en su última representación habanera Sara rebajó a la mitad los precios para que los cubanos menos adinerados pudieran aplaudir a la actriz más famosa que había pasado por la isla.

Rine Leal dice textualmente en su libro sobre el teatro cubano La selva oscura: “El Círculo habanero preparó una despedida monstruo, con sesenta carruajes, que la recibirían a su regreso (de Matanzas) a su llegada por mar de La Chorrera, para conducirla triunfalmente hasta La Punta, donde se sumarían los estudiantes en impresionante comitiva hasta el Tacón, y que iban portando hachones. El teatro, totalmente iluminado y con dos luces eléctricas en su puerta, acogería a la actriz en un palco guarnecido con flores, guirnaldas y atributos de la tragedia, mientras en el escenario estatuas y cuadros alusivos recordarían que se trataba de una velada artística”. Habría discursos en francés de Justo de Lara y Antonio Zambrano, e Ignacio Cervantes sería el encargado de ofrecer una velada musical.

Pero Sara, imprevisible como todas las divas, no acudió a su apoteosis habanera. Prefirió irse a visitar las muy hermosas cuevas de Bellamar, y a su regreso a la ciudad se fue con su amante, el torero Mazzantini, a una corrida de toros privada donde debió de divertirse muchísimo. Cuando por fin abandonó la isla llevaba en su faltriquera, diseñada como todas sus ropas, adornos y joyas, por el célebre Mucha, nada menos que 200 904 francos, o sea, 92 014 pesos. El diario El Fígaro comentaba el hecho con resignado humor: “ Sara Bernhardt ha sido un saca-oros que ha cruzado por nuestro cielo. No siempre han de ser mete-oros los que crucen por el espacio.”

Fue tal vez el impertinente bostezo de un espectador lanzado al descuido durante la escena de la muerte en La dama de las camelias lo que provocó el insulto por el que los cubanos jamás olvidaron a La Divina. Indios con levita nos llamó, sin importarle los esfuerzos desplegados para adorarla durante su estancia en la ciudad. Se sabe, por declaraciones que la actriz hizo a un diario norteamericano, que no le había gustado La Habana, y estaba convencida de que el público habanero no supo apreciar su arte, porque se volvía espaldas al escenario, hablaba en voz alta durante la representación y se introducía en los escenarios en el entreacto, lo cual, después de todo, era una antigua costumbre española que el cubano se limitó a heredar. La Divina no conocía la crónica agitación del temperamento criollo.

Sobre la posible aclaración del insulto, Rine Leal afirma en su ya mencionado libro, citando el testimonio del célebre periodista y cronista Eduardo Robreño, que Sara, en una entrevista concedida en Madrid a su padre, el también periodista Gustavo Robreño, negó muy seria haber proferido la ominosa frase, inventada, según ella juró, por el periodista Gustavo Gabaldá, quien se la atribuyó a La Divina con aviesas intenciones. Sara reconoció habernos endilgado el calificativo de indios, “¡pero con levita jamás!”.

La vida de Sara continuó de éxito en éxito por los caminos del mundo. En 1914 le fue concedida la Legión de Honor y un año después sufriría la amputación e una pierna, lo cual no le impidió, recién comenzada la Primera Guerra Mundial, hacer una gira por las trincheras francesas actuando para animar a las tropas. También siguió trabajando en el teatro, hasta que el 15 de marzo de 1923 se desmayó en escena, y once días después falleció en brazos de su hijo Mauricio. Tras un entierro multitudinario donde ciento cincuenta mil personas acudieron a despedirla, sus restos fueron depositados en París, en el cementerio Pére-Lachaise.

Sara actuó como mecenas de varios artistas, entre ellos Mucha, y fue hasta su muerte una mujer consecuente con el arte, la pasión de su vida, mostrándose en todo momento como una profesional inteligente, acuciosa y responsable. También se definió políticamente al prestar su apoyo público e irrestricto al escritor Emile Zola en su defensa del caso Dreyfus, y sumar su voz al coro justiciero que proclamó la inocencia del capitán francés condenado injustamente como parte de un complot antijudío, el cual era ya el anuncio de días más sangrientos que vendrían con la Segunda Guerra Mundial.

Veleidosa, sí, como toda gran artista, pero coherente en su carácter como pocos individuos saben serlo, no queda a los cubanos más que deplorar que se haya sentido poco apreciada en nuestra tierra. Esa sensación, y el insulto que nos dejó de regalo, cree esta cronista que habría que archivarlos piadosamente en la gaveta de los malos entendidos causados por la sombra del Otro, siempre erguido en la historia de la cultura de todos los tiempos y, como diría un cuentista cubano, trastocándolo todo.

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