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Hija del aire

Archivo: Septiembre 2008

12/09/2008 GMT 1

EL MISTERIOSO LIBRO CUBANO QUE VALE MÁS QUE UNA JOYA

hijadelaire @ 13:13

La Biblioteca Nacional José Martí atesora entre sus fondos bibliográficos verdaderas joyas como La Tarifa de Precios de Medicinas, impresa en 1723 y considerada el folleto cubano más antiguo; la Descripción de diferentes piezas de historia natural, o Libro de los peces, como se le conoce vulgarmente, que data de 1787, primer libro cubano ilustrado y otras piezas de enorme valor. Pero serían un joven advenedizo dominicano, de profesión médico, y un artista francés que vino a la Gran Antilla huyendo de las secuelas de La Bastilla, quienes unirían esfuerzos para dar a la isla su libro más valioso: en 1857 el doctor Justo Germán Cantero y el grabador Eduardo Laplante dieron a la imprenta el más famoso y codiciado de los libros impresos en Cuba: El libro de los ingenios.

Las planchas litográficas de Laplante constituyen hoy día verdaderas piezas de coleccionista que se venden y compran a precios de oro. Se dice que no existen más que unos cinco o seis juegos de ellas en todo el planeta, y ya Tomas Ely, investigador norteamericano que trabajó largamente en la isla buscando información para su libro Cuando reinaba Su Majestad el Azúcar, tuvo la suerte de poder ver y tocar uno de ellos allá por los años cincuenta, cuando accedió a mostrárselo su propietario, un multimillonario cubano cuyo nombre Ely no menciona, pero de quien cuenta que guardaba aquel tesoro en una caja fuerte de acero.

Muchos son los artistas plásticos y especialistas de todas las épocas que se han manifestado con gran entusiasmo estético sobre la calidad de estos grabados, considerados entre los más antiguos y de mejor calidad de los realizados en el país, pero lo cierto es que, por mucho que tal calidad deba al talento personal de Laplante, este no encontró a su llegada a nuestra tierra un vacío donde plantar su arte como bandera de fundador, sino que halló una tradición de grabado ya rica y desarrollada, en la que él se limitó a insertarse y, pensamos, fue influido por ella, lo mismo que por el entorno y las características del paisaje cubano.

Las primeras tallas xilográficas conocidas en nuestro país datan del siglo XVIII; se trata de la calcografía, y la técnica más utilizada dentro de este género fue la talla dulce con uso del buril. El primer impresor conocido en La Habana fue Carlos Havré, de origen flamenco, cuyo taller funcionó hasta 1727, aunque principalmente este pionero se dedicó a la impresión.

Pero no será hasta el siguiente siglo cuando el grabado cubano encuentre en la floreciente industria tabaquera su mejor vehículo de expresión. Los mejores artistas grabadores nacionales y extranjeros trabajan en el diseño de vitelas que son auténticas obras de arte. En 1807 comienza con Hipólito Garneray la llegada de una auténtica ola de artistas exiliados que huyendo de Napoleón recalaban en nuestras playas y se quedaban, seducidos por la belleza del paisaje y la intensidad de la luz. Garneray da inicio al movimiento más importante del grabado cubano.

Se dice que en estas primeras oleadas de recién llegados no venían artistas de primera fila, pero es incuestionable que sí lo hicieron muy buenos dibujantes y litógrafos, técnica muy moderna por entonces. Lo cierto es que una vez en tierra cubana la inspiración los fue ganando y comenzaron a crear sus obras basándose en los muy variados tipos humanos que veían a su alrededor, así como en la vegetación y arquitectura de la isla. Sus grabados constituyen una extensa muestra documental de la época, lo cual, además de sus bellezas plásticas, los hace de gran valor histórico. Ejemplo de ello fueron las vistas de La Habana realizadas por Federico Mihale, litografiadas por Luis Marquier, y que pueden hallarse en el conocido Álbum de la Isla de Cuba. Los trabajos de Mihale se caracterizan por su temática preferentemente costumbrista, su profundo dominio del dibujo académico y del claroscuro.

Otro terreno donde el grabado dejó hermosísimas creaciones fue el militar, ya que siendo Cuba plaza de especial interés para la Corona española no sólo por sí misma, sino por su condición de antemural de Las Indias Occidentales, fue casi desde los comienzos de su colonización tierra fortificada. Y entre todos los grabados de castillos y plazas realizados se distinguen las vistas de la Plaza del Mercado y la iglesia de San Francisco de Asís, dibujadas por el ingeniero militar Elías Durnfort y editadas en Londres por Edward Rooker, verdaderas joyas de nuestro patrimonio plástico nacional.

El grabado a color llega Cuba en la segunda mitad del siglo XIX, y El libro de los ingenios es la mejor muestra que ha sobrevivido de los grabados coloreados de la primera época de esta técnica.
La existencia de este libro se debe en buena parte a un crimen, por lo que podría decirse que a las bellas tintas que sus litografías que arrancaron encendidas palabras de elogio José Martí, habría que agregar el bermellón de la sangre.

Se cuenta que Justo Germán Cantero era un médico joven que llegó a Cuba procedente de Santo Domingo, de donde venía huyendo de alguna culpa de la que no ha quedado clara memoria. Una vez radicado en Trinidad comenzó a ejercer su ciencia. Gracias al carisma de su personalidad no tardó en formar parte del círculo de íntimos de don Pedro Iznaga, quien junto con Borrell, conde de Guáimaro, y el inglés William Baker, formaba el trío de las mayores fortunas de la florecientísima villa de Trinidad.

La familia Iznaga tenía fama antigua de excéntrica y rara. Abundaban en ella los especimenes con su leyenda personal, como el caso de aquel Iznaga obeso de quien se cuenta gustaba hacerse servir el almuerzo en la azotea de su casa, a donde subía enteramente desnudo para disfrutar de las brisas refrescantes en compañía de sus esclavas, también en cueros vivos, las cuales le servían los manjares y bailaban y cantaban para su solaz y esparcimiento; o el propio don Pedro, famoso en toda la isla por haber excavado un pozo muy profundo para competir por el amor de una muchacha con su hermano Alejo, quien, con tal fin construyó la famosa torre Iznaga que domina el Valle de los Ingenios.

El anciano don Pedro, enfermo e inválido, se dejó ganar por la simpatía que le demostraba el joven doctor dominicano, y le abrió las puertas de su casa y su confianza. La esposa de don Pedro, mucho más joven que su marido, aunque mayor que Cantero, se enamoró de este locamente y se entregó a él. La pareja culpable concibió el plan de eliminar al molesto esposo para vivir plenamente su amor y disfrutar en igual condición la inmensa fortuna, en la que, entre otras propiedades, iban incluidos más de diez ingenios azucareros. Cuenta la leyenda que durante uno de sus acostumbrados ataques, don Pedro bebió una pócima que le administró Cantero y pasó al otro mundo sin sospechar que era víctima de un asesinato en toda la regla. El médico y la viuda dejaron pasar unos meses y contrajeron matrimonio en medio de una villa que hervía de rumores y cóleras soterradas, pero en la que nadie se atrevió a levantar un dedo acusatorio contra los criminales. Por si fuera poco, en Madrid Cantero fue nombrado Gentilhombre de Cámara de Su Majestad el Rey de España.

Con semejante espaldarazo dado por la Corona misma, Cantero se hayó en posesión de una riqueza que aún hoy día no se ha podido calcular en toda su extensión. Como era hombre amable e ilustrado y de carácter alegre y amistoso, no tardó en rodearse de toda la sociedad trinitaria. Comenzó a redactar sus descripciones minuciosas de todos los ingenios de la isla aún antes de haber entrado en tratos con Laplante. Cuando ambos hombres se encontraron, ocurrió uno de esos sucesos humanos e históricos que parecen no tener otro objetivo que el de dar un don a la Humanidad. Cantero financió el recorrido de Laplante desde el Mariel a Trinidad, para que el artista pudiera copiar del natural el material paisajístico necesario al común propósito. Esto fue y continúa siendo El libro de los ingenios.

Desafortunadamente en nuestro país resulta muy difícil consultar este maravilloso texto, debido a que sólo existen dos ejemplares para uso de los especialistas y, desde luego, están protegidos por regulaciones destinadas a salvaguardar su integridad física y su conservación. Sin embargo, el doctor Leví Marrero publicó antes de su muerte una antología que incluye la casi totalidad de las bellísimas láminas dibujadas litografiadas por Laplante, y un resumen hecho por él de los textos descriptivos de Cantero. Esta edición es, en realidad, una separata del volumen X de Cuba: economía y sociedad, de la autoría del propio investigador.

Vale decir que en esta historia, a mal principio hubo buen fin, pues sin la ambición de un joven inmigrante y la alevosa muerte de un riquísimo hacendado cubano no existiría hoy la mayor joya bibliográfica de Cuba.

08/09/2008 GMT 1

Manuel García, el bandido que reinó en los campos de Cuba

hijadelaire @ 18:31

Manuel García Ponce, más conocido como el Rey de los campos de Cuba, nació el 1 de febrero de 1851 y tuvo una existencia dramática y casi legendaria. Algunos lo califican como bandolero y otros como un hombre que murió como patriota e independentista, gracias a una evolución ideológica que duró largos años de su vida y la hizo cambiar completamente.

Manuel García vino al mundo en Alacranes, provincia de Matanzas, pero su familia se trasladó a Quivicán en los años 70. Él se identificaba a sí mismo como Rey de los campos y cacique de toda la isla de Cuba. Se atribuyó carácter de separatista, mantuvo correspondencia con los revolucionarios de Cuba y de Cayo Hueso, y se dice que el dinero que obtenía de los secuestros que realizaba lo asignaba a la compra de armas y municiones para la revolución y a ayudar a los campesinos.

En una investigación histórica realizada a lo largo de varios años por los periodistas Jorge Petinaud y Raúl Rodríguez, se afirma que los servicios de inteligencia y contrainteligencia españoles fueron los primeros en endilgar a Manuel García el calificativo de bandolero, bandido y malhechor, y que luego, repitiendo superficialmente cada calumnia, escritores y periodistas de distintas generaciones contribuyeron a dar una imagen deformada de este personaje tan pintoresco de la historia de Cuba.

En 1876 Manuel García sirvió de guía en San Felipe a una expedición enviada desde Cayo Hueso por Francisco Vicente Aguilera, aunque según afirman los investigadores anteriormente citados, no se puede asegurar que haya actuado entonces movido por profundas concepciones políticas e ideológicas, como se sabe que sí lo hizo a partir del año siguiente.

A finales de esa década fue a prisión tras un altercado con un acalde que le faltó el respeto a su esposa. Tiempo después sorprendió a su padrastro golpeando a su madre, y le asestó al agresor un machetazo que lo dejó tendido, pero no muerto como se ha asegurado en otras versiones.
Para no volver a la cárcel huyó al monte, donde se vio involucrado en hechos delictivos al vincularse a un tal Cristóbal Días, quien se dedicaba a actividades ilícitas.

En 1885 viajó a Estados Unidos, donde trabajó en Cayo Hueso en una tabaquería. Allí entró en contacto con veteranos independentistas. En 1887 llegó en balandro Delphine a Puerto Escondido, al nordeste de La Habana, integrando un destacamento formado por cuatro personas, a cuyo frente Manuel quedó al morir en combate contra los españoles el capitán del Ejército Libertador que iba al frente del grupo.

Manuel García no solo viajó a Cuba en una expedición posterior a la Guerra Chiquita, sino que entre 1887 y 1895 mantuvo en pie el espíritu independentista y no dio tregua a un contingente de soldados españoles que lo perseguían por las provincias occidentales y en Las Villas, y cumplió la misión de mantener en jaque a las tropas coloniales, destruir propiedades enemigas y recaudar fondos para la lucha. José Martí en una ocasión rechazó ocho mil pesos que le envió García, y que eran producto de un rescate cobrado por causa de un secuestro. Manuel García pidió a Martí que aceptara su donativo para la causa, pero el Apóstol aclaró a Juan Gualberto Gómez, quien actuaba como intermediario en dicha transacción, que se dijera al remitente que no tomara la negativa como un desaire, pero que la Revolución no se solidarizaba con su vida anterior, y agregó que si la guerra revolucionaria estallaba, ya tendría el señor García oportunidad de mostrar sus condiciones de patriota. Martí actuó de esta manera porque siempre veló con celo sumo por la pureza de la Revolución, pero también porque deseaba acicatear a Manuel García —cuyos valores reconocía con su habitual ojo sabio— a cambiar su forma de vivir y convertirse en un hombre de pro, ya que en aquellos momentos precisamente García era objeto de una campaña sistemática en su contra a través de los medios de difusión del gobierno español colonial.

En realidad, a Manuel García se le consideraba entre los emigrados cubanos de los Estados Unidos como un rebelde contra la autoridad de España.

De él escribió José Manuel Carbonell en el Diario de La Marina:

Conocía el monte como su propia casa, y entre los sencillos habitantes del campo tenía amigos, confidentes y encubridores que lo orientaban y mantenían enterado de los movimientos de sus perseguidores. Fue admirado y querido por cuantos de cerca le trataron. Bajo la capa del malhechor, lanzado en la vorágine del mal por circunstancias imprevistas, palpitaba el corazón de un patriota que soñaba con la redención de su tierra. Porque Manuel García —hay que decirlo por la verdad de la Historia— fue un bandolero patriota que cometió desafueros por las necesidades mismas de du oficio, pero que repartía el bien a manos llenas con el producto de sus ilícitas aventuras, y pensaba en la patria, a la que quiso ayudar y ayudó con su dinero y con su persona, y a la que ofrendó su vida (…).

Manuel García murió el 24 de febrero de 1895, en el pueblo de Ceiba Mocha, Matanzas, al parecer asesinado, cuando con grados de comandante del Ejército Libertador acudía al frente de sus hombres a unirse a los patriotas matanceros alzados ese día.

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