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Hija del aire

Archivo: Julio 2008

25/07/2008 GMT 1

EL BRILLANTE DEL CAPITOLIO DE LA HABANA: COMO EN LAS MIL Y UNA NOCHES ÁRABES

hijadelaire @ 14:12

Sucedió cuando al Capitolio Nacional de La Habana estaba cercano al decimoséptimo aniversario de su inauguración, ocurrida el 20 de mayo de 1929, el mismo día en que inició su segundo e inconcluso mandato el presidente Gerardo Machado.
Los acontecimientos dejaron perplejos a todos los cubanos y la prensa no dejó de hablar de ello por mucho tiempo.
En la majestuosa sede del Senado y la Cámara de Representantes, el edificio del paseo del Prado con su monumental escalera frontal, su gran cúpula y la enorme estatua en su interior, se produjo un robo que dejó atónitos a todos.
El brillante que en el Salón de los Pasos Perdidos marca el kilómetro cero de la Carretera Central, la joya, que se afirma perteneció a una de las coronas del último zar de Rusia, había sido robada de forma increíble, como una simple fruta puede ser sustraída del árbol del vecino.
El presidente de turno, Ramón Grau San Martín, había defraudado la confianza de la población al ignorar sus promesas de honestidad administrativa y dar riendas sueltas a la corrupción, el pandillerismo y la politiquería.
En aquel ambiente pletórico de escandalosas actividades delictivas se inscribió el ocurrido el 26 de marzo de 1946, hecho que ha pasado a la historia cubana como el “robo del brillante del Capitolio”.
La gema de más de 20 kilates había sido adquirida en 13 000 pesos, tras una colecta pública, a una casa de empeño de La Habana, y su diámetro era similar al de una moneda antigua de diez centavos. Un joyero la había comprado en París en la década del 20 del siglo pasado y luego la empeñó en la capital cubana a otro comerciante de ese giro.
El mencionado 26 de marzo un gendarme del Capitolio, durante su recorrido reglamentario por el Salón de los Pasos Perdidos, descubrió asombrado que el cristal protector de la joya había sido quebrado y de la piedra no quedaba ni rastro. El cristal, de pulgada y media de espesor y considerado hasta ese momento irrompible, fue destrozado en su armazón protectora de acero. El ladrón demostró que el brillante no permanecía tan seguro como se consideraba que estaba en aquel lugar.
No hubo huellas digitales y solo se halló un forro de sombrero con manchas de sangre, varios fósforos apagados y escrito con lápiz en el suelo un letrero que decía: “2:45 a 3:15-24 kilates”.
El escándalo fue de proporciones nacionales y la Policía se reconoció impotente. Los vigilantes nocturnos que trabajaron en aquella jornada fueron detenidos y liberados más tarde. Todo transcurrió como un robo perfecto. Solo la gigantesca Estatua de la República, a cuyos pies se produjo el hurto, había sido testigo mudo del acto delictivo.
Pero el brillante, que durante años ocupó con frecuencia la atención de cubanos y extranjeros —quienes acudían al Capitolio a admirar su magnificencia no solo por su tamaño, valor y belleza, sino porque algunas agencias turísticas de los Estados Unidos le atribuían supuestas propiedades curativas para llamar la atención de los incautos viajeros—, apareció un buen día, meses después del robo,también de forma misteriosa e inexplicable.
A catorce meses de la sustracción, en el despacho presidencial de Grau se produjo una escena realmente extraordinaria. El mandatario, con su estilo socarrón de siempre, les anunció a los presentes que la joya robada en el Capitolio había aparecido “misteriosamente” en su mesa de trabajo. Grau, interrogado por los allí congregados, insistió que todo había transcurrido de forma anónima y concluyó el espectáculo son una sonrisita enigmática.
La prensa se escandalizó y abundaron las interpretaciones de lo sucedido. Muchos dieron por seguro que el ministro de Educación, José Manuel Alemán, había recuperado el brillante pagando 5 000 pesos por él para ponerlo de inmediato en manos de su protector y amigo: Ramón Grau San Martín. Los dos compinches, se hizo notar entonces, se habían reunido en el despacho del Presidente poco antes del anuncio hecho por el mandatario.
Y ese no fue el único ni el último misterio de la República de Cuba. Hubo muchos más. El Caribe también tiene su encanto.

18/07/2008 GMT 1

COMERCIANTES EN LA CUBA COLONIAL

hijadelaire @ 15:45

Siempre que se habla de los personajes más interesantes y pintorescos de la Cuba colonial se menciona a los hacendados, los esclavos y las hermosas criollas, ricas o pobres, pero siempre sensuales, siempre reinando bajo las palmas. Sin embargo, hay otras figuras importantísimas para la historia de la isla, como son los comerciantes. No por gusto dice el investigador norteamericano Tomas Ely en su libro Cuando reinaba su majestad el azúcar:
Ninguna investigación de la industria más importante de la Gran Antilla estaría completa sin la debida apr4eciación del papel desempeñado por los comerciantes de La Habana y los puertos provinciales más grandes. Sin esos comerciantes se habría producido muy poco azúcar en Cuba, y se hubiese exportado menos todavía.
Los comerciantes, especialmente los navieros, eran el nexo del hacendado con los mercados extranjeros.
El sistema de bancos surge en Cuba en la segunda década del siglo XIX. Hasta ese omento los hacendados cubanos debían por fuerza recurrir a los comerciantes para solicitar un préstamo, sin el cual el hacendado no hubiera podido antes de la cosecha alimentar ni vestir a sus trabajadores, comprar implementos agrícolas y maquinaria. Los comerciantes eran, pues, necesitados y al mismo tiempo odiados por los hacendados.
Los comerciantes cubanos tenían sus propios muelles y depósitos, desde donde exportaban el azúcar mascabado (negro) despachado en grandes bocoyes o toneles, fabricados casi siempre en las tonelerías de propio comerciante. La picardía de los comerciantes era mucha, pues, entre otros trucos y trampas para obtener ganancias a costa del hacendado, estaba el muy socorrido de recoger en sus almacenes las mieles que drenaban los toneles, que luego el comerciante mercantilizaba sin obligación de pagar este producto al hacendado dueño del azúcar embalada. Los indignados hacendados terminaron construyendo su propio depósito de almacenaje. De otro modo jamás hubieran podido librarse de las trampas de los comerciantes.
Viajeros de la época se refieren llenos de asombro al lujo con que vivían los comerciantes, quienes habitaban hermosas casas coloniales con escaleras y pisos de mármol, azulejos de porcelana, barandas de hierro, puertas y ventanas colosales y un mobiliario rico y sólido.
El vestuario habitual de los comerciantes, no solo españoles, aunque estos fueran mayor número, sino también alemanes, franceses y norteamericanos, se había acriollado por causa del clima, y consistía habitualmente en pantalones blancos y saco suelto del mismo color, zapatos de cuero delgado y corbata angosta. Como complemento característico, fumaba un cigarro tras otro.
Las oficinas de los comerciantes se encontraban en sus propias residencias, siempre en la planta baja de la vivienda, y detrás del escritorio solían tener una caja fuete donde guardaban sus capitales. Vale decir que no hay noticias, o no quedó nunca registrado un asalto a una de estas cajas de hierro.
Pared con pared con la habitación donde el comerciante realizaba sus negocios, se encontraban los depósitos de azúcar, café y otras mercancías, por lo que los olores, intensificados por el calor y la humedad tropicales, eran muy intensos y característicos.

Los empleados que trabajaban para el comerciante vivían casi siempre en la casa de este y comían en su mesa junto con la familia del primero si la tenía. Los empleados de los comerciantes cubanos llegaron a recibir sueldos más sustanciosos que los que se pagaban a sus iguales en los Estados Unidos. Los comerciantes creaban con ellos lazos que, aunque en la realidad eran mera ilusión, pasaban por muy fuertes y emocionales, asegurándose de este modo la lealtad de los hombres bajo sus órdenes.
La vida en estas mansiones laboriosas tenía una rutina que hoy nos es conocida: Nadie se levantaba antes de las nueve de la mañana, y a las diez un sirviente llamaba al personal a desayunar golpeando un cuchillo contra el cristal de un vaso. E menú solía ser suculento y muy costoso. Los almuerzos y cenas de algunos de estos comerciantes llegaron a ser famosos en La Habana de la época. El mobiliario del comedor se improvisaba en la misma tienda para cada comida, armando la mesa con un tablero de cedro sobre un bastidor de madera, y luego se la cubría con un rico mantel. El comerciante y sus empleados comían hasta saciarse y luego se regalaba con los vinos y cigarros más finos, rodeados de sacos de arroz, cajones de arenques, jamones que colgaban del techo y otras mercancías. A menudo el comerciante tenía invitados. Algunos viajeros que dejaron importantes testimonios escritos de su paso por la capital, aseguran que nunca comieron mejor que en la mesa de los comerciantes españoles de La Habana.
También era proverbial la cortesía de los comerciantes. Siempre que alguien llamaba a su puerta llevando cartas de recomendación, los comerciantes de La Habana dejaban de lado sus obligaciones cotidianas y se dedicaban a agasajar a los recién llegados mostrándoles la ciudad y llevándoles a donde quisieran ir. Sin embargo, también ha quedado memoria en las páginas de la Historia de que los comerciantes ingleses y norteamericanos, tachados a menudo de “vagabundos” por los viajeros cronistas, eran bien diferentes de los españoles por su marcada agresividad y su escaso sentido de la hospitalidad. Sobre ellos escribe un compatriota, sir James Alexander, asiduo visitante de La Habana:

“muchos de ellos (los ingleses y norteamericanos) son hombres de pocos principios. Los comerciantes españoles temen mucho el mañoso proceder de sus colegas yanquis, quienes han dañado a propósito embarques de harinas, han echado piedras en barriles de provisiones, y se les ve (a los norteamericanos) constantemente haciendo cálculos, como si hubieran nacido con un lápiz detrás de la oreja”.

Otra compatriota de los comerciantes anglosajones, la Señora Jay, también se quejó a la Historia de los pésimos modales de un grupo de estos hombres con quienes compartió un viaje en tren hacia provincias Según ella, ponían los pies en los asientos, bostezaban, se desperezaban y vagaban de un lugar a otro por el pasillo, se gritaban entre sí desde ambos extremos de los coches y fumaban tanto como los españoles, pero esparciendo más salivazos a su alrededor, y termina diciendo: “Parecían haber dejado en sus casas los frenos que la decencia impone a la vida”.
Entre los españoles los más destacados eran los catalanes, a quienes algunos cronistas extranjeros tildaron de aventureros deseosos de hacer fortuna para ascender en la escala social de las Indias y regresar con mayor rango a su país, donde el dinero, por sí solo, no los hubiera ayudado jamás a saltar las barreras sociales. Por su parte, el Reverendo Abies Abot los calificó como “judíos completos”, a parecer por su proverbial apego al dinero.
Otra visión menos negativa tuvo Arthur Morelet en su libro Viaje a la América Central; la isla de Cuba y Yucatán, quien asegura que el monopolio de los comestibles reside en La Habana y lo manejan los catalanes, a quienes llama “raza trabajadora, ahorrativa y emprendedora”. Morelet afirma que apenas llega a puerto un barco, los catalanes son los primeros en enviar a bordo a sus agentes. Como los catalanes trabajan agrupados, quienes rechacen las condiciones e compraventa que ellos imponen se arriesgan a perder el negocio. Y termina Morelet: “Maestros en su oficio y procediendo con raro concierto, alejan o aplastan a todos los competidores extranjeros”.
Los comerciantes catalanes se ocupaban, además, de suministrar préstamos a los hacendados o, en cambio, todo lo que aquellos necesitaban para el mantenimiento de sus esclavos, pero siempre con un interés que llevó a la ruina a muchos dueños de haciendas y plantaciones.
Hay algo siniestro en este yugo de empréstitos impuesto por los comerciantes a los hacendados, muchos de los cuales eran disolutos y ostentosos y no se cuidaban de gastar con cautela. Era un yugo irrompible, un círculo vicioso del que muy a menudo el hacendado no lograba escapar nunca, por muy grande que fuera la producción de su hacienda, porque la amortización del préstamo no era lo que los arruinaba, sino la de los intereses, que los catalanes especialmente pero todos los comerciantes en general, elevaban sin la menor consideración por el destino de sus víctimas
La situación de sujeción del hacendado al garrote vil del comerciante llegó a tales alturas que amenazaba con paralizar el desarrollo económico del país. Alarmados, estadistas responsables como Martínez de Pinillos e instituciones como la Junta de Autoridades de la Isla de Cuba decidieron derogar la vieja ley denominada Privilegio de Ingenios, a cuya sombra los comerciantes llevaban a cabo sus pillerías, y tomar medidas para el fomento de la agricultura y el comercio y para restablecer la confianza en las transacciones.
Y así se puso coto al reino despiadado de los comerciantes y al vasallaje perpetuo de los hacendados, siempre desangrados por estos hombres siempre estaban sacando cálculos y parecían haber nacido con un lápiz tras la oreja.

09/07/2008 GMT 1

EL REGRESO DEL BARCO FANTASMA

hijadelaire @ 03:40

HISTORIA DEL SANTÍSIMA TRINIDAD
Gina Picart

Entrar en la gran nave del castillo que mira al mar desde el litoral norteño de la Ciudad de La Habana, es una experiencia muy singular: allí, reducido a dos metros de eslora se yergue, apenas recubierto su esqueleto de madera, el más fabuloso de todos los navíos de la Armada Española, y puede decirse sin temor a exagerar que junto a El Escorial, el buque Santísima Trinidad conforma el binomio insignia de la gloria imperial de la España de Felipe II.

Fue Eusebio Leal, Historiador de la Ciudad, quien prestó decididamente su apoyo al proyecto de reconstrucción de este barco que hizo historia, en colaboración con la Asociación Canadiense Amigos del Santísima Trinidad, institución que recaudó los fondos para sufragar esta hermosa aventura.

Juan Carlos Zuloaga, especialista principal del proyecto, cuenta que no se dispone de mucha información sobre el Santísima Trinidad. “La hay de otros navíos de línea de las armadas francesa, española e inglesa, pero el Santísima Trinidad, a pesar de haber sido el buque más grande de la era de la madera, de la era de vela, no tiene registrada mucha información que pueda considerarse exacta. Más bien lo que han hecho quienes han escrito sobre este barco es recoger información en los cuatro puntos cardinales. Por ejemplo, si hoy se sabe que en la batalla de Trafalgar estaba pintado de rojo, como este modelo en el que yo estoy trabajando, es porque los ingleses grababan todas las batallas en que intervenía su armada, y es por estos grabados de época ingleses que hoy podemos saber que el navío apareció en la batalla pintado de rojo con cintas negras, lo que no era el modo usual en que se pintaban los navíos de la armada española, sino en amarillo con cintas negras. Aún en nuestros días no ha podido hallarse ninguna referencia que explique por qué el barco tenía estos colores y no los reglamentarios de su país. Por eso se puede encontrar variación en los modelos que se hagan por ahí. El Santísima Trinidad llegó hasta 1805, fecha en que ya habían sido hechas otras modificaciones reglamentarias en cuanto a colores, por lo que se debe tener mucho cuidado de no caer en anacronismos al representarlo.

“También la tecnología naval se fue desarrollando, pero ya este barco no pudo beneficiarse de ello. Un ejemplo triste de este retraso es el de las bombas de achique. Se sabe que el Santísima… tenía bombas de achique de un solo émbolo., que achicaban unas ciento veinte toneladas de agua por hora, y que manejaban 150 hombres cuando había mar gruesa o temporales. Estas bombas eran insuficientes y fuera de moda, los navíos de línea de la época llevaban ya bombas de cadena como las que tenían los ingleses, que achicaban mucha mayor cantidad de agua con menos esfuerzo. Esa fue una de las razones por las cuales el Santísima no pudo ser salvado en Trafalgar, porque sus bombas de achique no dieron abasto para sacar toda el agua que le fue entrando por los boquetes hechos por los impactos de cañón recibidos durante la batalla, más el temporal. Si hubiera tenido bombas de cadena, quizás hubiera habido tiempo de que los ingleses llegaran más allá de Gibraltar y lo mantuvieran a flote. La información es tan confusa sobre este barco, que actualmente se dice que existen dos planos del mismo, uno en Estados Unidos y otro en España. Es posible que los españoles se llevaran el plano al retirarse de Cuba, pero también podrían tener los americanos el plano verdadero. ¿Cómo saberlo? Incluso he escuchado de una fuente muy relevante que en cierto apartado del Archivo Nacional existe un plano del Santísima…

“En los navíos de línea, pero no solo en ellos, sino en general en todas las armadas de época, la comida que se consumía estaba muy relacionada con los alimentos que se consumían en Europa, y lo mismo sucedía con los navíos norteamericanos. Solo había una diferencia entre, por ejemplo, españoles e ingleses, y es que estos últimos se dieron cuenta en algún momento de que el escorbuto que sufrían los marineros durante las travesía largas se relacionaba con la falta de ingesta de frutos y verduras frescos. Entonces estibaban en sus bodegas toda la cantidad de cítricos que pudieran conseguir, extrayéndoles el zumo que embazaban en botellas utilizando la misma técnica de las conservas.

“En aquella época no existía el frigorífico, por lo que era necesario embarcar los animales vivos, de modo que un navío de guerra no era solo una plataforma de guerra, sino también una especie de granja repleta de gallinas, cerdos, bueyes y cabras, estas últimas con la misión de proveer de leche a la tripulación, pues las vacas se llevaban a bordo en muy poca cantidad, siendo preferidos los bueyes, siempre destinados a la mesa de los oficiales. Estos animales vivos representaban una muy seria amenaza para la salud de la tripulación, pues los barcos de entonces tenían muy mala ventilación y peores condiciones para la vida a bordo. De hecho, para los 1048 hombres que llevaba el Santísima… en la batalla de Trafalgar, ese tipo de barco solo disponía de diez baños, una parte de ellos en los jardines que estaban ubicados en la sección destinada a la oficialidad. El resto de la tripulación, o sea, casi todos los hombres, tenían que hacer sus necesidades naturales en baldes y arrojar al mar su contenido, lo que provocaba infestación de la comida almacenada en las bodegas.

“El agua que se llevaba en las bodegas, envasada en los pipotes más grandes puesto que es el elemento que más consumen los humanos, se estibaba en la parte más baja de la sentina, que a su vez es la parte más baja del barco, es por donde corre el agua, es como un drenaje, una cloaca semejante a las de las calles. El hedor de la sentina era de tal magnitud que contaminaba el agua envasada en barriles. En esas condiciones el agua potable solo duraba unos 25 días. De ahí hasta el final de la travesía la tripulación tenía que beber cerveza y ron. El vino pertenecía a los oficiales. A los marinos rasos solo les quedaba la opción de recoger el agua de lluvia para calmar la sed.

“Los animales vivos no eran para el consumo de la marinería que iba a bordo de un navío de este tipo, sino que estaban destinados a la mesa siempre suculenta de los oficiales. La tripulación comía carne salada de cerdo y res, y también pescado salado. Para comer, los tripulantes se organizaban en ranchos. Los ranchos estaban conformados por un pequeño grupo de marineros, quienes podían agruparse por diversas razones, entre ellas el proceder de la misma tierra o población. Nunca estos ranchos pasaban la cifra de diez hombres, y el vínculo que se establecía entre ellos era como el de una hermandad. Cada rancho llevaba el nombre de su leader. Probablemente en todos los navíos existía un menú diferente para cada día. Los lunes, por ejemplo, podía tocar comer cerdo salado. A cada rancho correspondía un trozo de carne al que se le colocaba una chapa con el nombre del jefe del mismo. El jefe iba con el trozo de carne de su rancho a la cocina, donde lo entregaba a los cocineros para que fuera cocido —con chapilla y todo— en las enormes calderas —de cobre—, y una vez listo para comer era devuelto al jefe, que lo “cortaba en porciones y lo servía a sus hombres, siempre de espaldas, en escudillas de madera. El motivo por el que se volvía de espaldas a su gente era para que todos estuvieran seguros de que no servía mayor porción a alguno por preferencias ni privilegios, puesto que no podía verlos en el momento en que les entregaba su ración. Mientras el barco se encontraba en puerto la tripulación podía comer pan, pues se abastecía en tierra, pero al hacerse a la mar lo que llevaban como provisión era una especie de bizcocho, unas galletas grandes hechas con una mezcla de agua y harina, sin levadura, que duraba años en un saco, y para consumirla había que tener los dientes duros. Los marinos acostumbraban remojarla en cerveza o vino para ablandarla y poder comerla. Consumían cuatro litros y medio de cerveza por persona a diario; guisantes secos, tasajo de cerdo, harina de avena, manteca en el caso de la mantequilla, que casi siempre llegaba a bordo, aún en tierra, ya rancia y luego era muy difícil de digerir. Levaban queso, tan duro que los marinos confeccionaban botones para sus camisas con él; tasajo de buey, vino, zumo de frutas embotellado a partir de comienzos del siglo XIX.

A pesar de esta mala calidad de la alimentación a bordo y de que según algunas investigaciones, solo se comía una vez al día, muchos hombres se enrolaban en las tripulaciones para garantizar el alimento, pues al parecer había mucha hambre en Europa en aquellos tiempos. Las cocinas eran de ladrillos y también había un horno de pan. El Santísima Trinidad tenía ambas piezas. El queso probablemente era de cabra, grande, redondo, y no de muy alta calidad; no resistía las largas travesías y se pudría, hedía dentro de las bodegas y se ponía tan duro que los marinos tallaban con él los botones para sus camisas. El menú de un día podía ser carne salada, avena y queso. El personal destinado a las cocinas solía ser el pobre marino mutilado en escaramuzas y batallas, que quedaba cojo, manco, y los grumetes muy jóvenes, los pinches. Incluso había un lugar en el barco donde se preparaban los alimentos. El jefe del rancho iba a la zona donde se encontraba el almacén de alimentos, donde había un carnicero que se encargaba de cortar la carne, y otra persona, o dos, que sacaban de barriles y cubos grandes lo que iba a consumir cada rancho y lo pesaba en una pesa, lo vertían en cubos y el jefe del rancho se lo llevaba. Las leyes de a bordo eran sumamente severas, tal como se necesitaba para mantener el orden en un conglomerado de hombres semisalvajes sin instrucción, violentos, a veces desesperados, y estaban previstas sanciones severísimas para quien robara comida: “hacer una camisa a cuadros” era la más utilizada, y consistía en atar al culpable a un poste y propinarle latigazos cruzados en forma de una cuadrícula sobre la piel. Otro castigo muy duro era colocar al ladrón encadenado en un cepo, donde podía permanecer tres días sin comer ni beber, y a veces expuesto al sol. O se le ataba a un mástil.

“La tripulación de un navío de la época como el Santísima Trinidad era muy escasa. El marqués de la Ensenada, que fue quien envió a Jorge Juan Santacilia a Inglaterra para que copiara todo el sistema de construcción de barcos de la marina inglesa, llegó a plantear a Godoy, encargado de la armada, que los españoles podrían llegar a tener los mejores barcos, pero jamás tendrían la tripulación ideal para poder poblarlos. En aquellos días España tenía una muy baja densidad de población y se necesitaban 9 mil hombres para poblar los barcos, por lo que las patrullas de leva reclutaban lo mismo agricultores que pícaros, presos, etc. Esa es la razón por la cual la armada española no tenía la misma efectividad que la francesa o la inglesa, porque su marinería no era experta…”

Cuando Zuloaga termina de contar, el que escucha siente como que sale de un sueño. Pero queda en la memoria la imagen de aquel coloso de la navegación de todos los tiempos, surcando el océano con su airoso velamen, y sus alegres marineros, que viajan sin sospechar el destino que pondrá fin a su travesía.

Si dentro de unos meses, un año quizás, usted visita el castillo habanero de La Real Fuerza, podrá sentirse uno más entre las minúsculas figurillas que integran la tripulación del Santísima, quizás el timonel, con su diminuto parche sobre el ojo, o el cocinero que degüella una gallina, o los expertos de elegantes casacas que discuten en el camarote principal la trayectoria del buque ante un gran mapa desplegado sobre la mesa del Capitán…

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QUÉ PENA...

hijadelaire @ 01:21

He estado tratando de publicar aquí un cuento, pero por más que copio y pego no aparece publicado. No conprendo qué está pasando...

MIEL DE CIRUELO (CUENTO)

hijadelaire @ 01:18

RELATO LÉSBICO

hijadelaire @ 01:01

07/07/2008 GMT 1

PROMESA FALLIDA...?

hijadelaire @ 03:53

No se me olvida que hace días prometí publicar dos de mis historias celtas y solo he colgado El druida. En estos días subiré Al final de la niebla, pero es que tengo la vida muy complicada últimamente. Ofrezco excusas, de verdad.

04/07/2008 GMT 1

BRAVO, DINO!!!!!!!!!!!!!!

hijadelaire @ 20:34

Dino, io non parlo italiani.
Baccio, baccio, baccio... (besos, besos, besos...)

03/07/2008 GMT 1

¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡PERO QUÉ LATA, GENTE!!!!!!!

hijadelaire @ 04:16

OTRA VEZ PARECE QUE ALGÚN BICHO SE HA ROBADO MI CONTADOR. QUE LO DEVUELVAN, QUIERO SABER CUÁNTA GENTE LEE LO QUE ESCRIBO. ¡PORRA!

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