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Hija del aire

Archivo: Octubre 2007

26/10/2007 GMT 1

SOBRE LA SOLEDAD

hijadelaire @ 15:20

Algunas personas me han escrito comentándome mi pequeña reflexión sobre perder un amigo. Creo que les debo a todos una respuesta. Hoy tengo un día difícil, pero en cuanto pueda lo hago. Palabra.

16/10/2007 GMT 1

SOBRE PERDER UN AMIGO

hijadelaire @ 10:51

Acabo de leer la carta pública que una persona ha enviado a un foro internacional de mujeres, donde se lamentaba porque su única amiga dejó de llamarla. Me ha conmovido la infelicidad que siente la abandonada, pero no domino el inglés, así que no pude agregar mi opinión a la larga lista de quienes tratan de consolarla. Lo diré aquí: los vínculos entre personas siempre son frágiles, aunque nos guste y necesitemos creer lo contrario. Tal vez en otras épocas haya sido diferente. Hoy llevamos un tren de vida que atenta contra la unidad y los afectos. No voy a perder el tiempo explicando por qué. Todos lo sabemos en el fondo de nuestros corazones, aunque no deseemos admitirlo. Los amigos, los amores, son siempre transitorios, como encontrar a una persona en un largo camino y andar un trecho en su compañía. Todo termina donde comienza el instinto de conservación y no hay nada que hacer frente a esta ley natural que rige a nuestra especie, tan animal en el fondo como los chimpancés o los rinocerontes. El hombre nace solo y muere solo. ¿Por qué creer que vivirá siempre acompañado de afectos y de gente que le va a hacer la vida agradable? Hay momentos de soledad y momentos de no soledad. La gente va y viene en nuestra vida, de acuerdo a como tengan el ánimo. Es mejor aceptar esto con mucha filosofía y disfrutar de nuestros amigos cuando ellos quieran estar con nosotros, si es que cuando ellos quieren venir tenemos ganas de recibirlos. El mejor amigo que cada persona tiene es ella misma, y aún así, cuando uno se equivoca y toma una mala desición para su vida o sus intereses más comunes, se está traicionando a sí mismo. Después de esto, ¿qué diablos esperamos de los otros? Y no me acusen de ser pesimista, amargada, biliosa o frustrada, porque será, lamentablemente, un juicio equivocado. Soy, simplemente, una persona que mira la vida con objetividad y que ha observado calladamente desde su  rincón la mecánica del mundo. Y puedo asegurar que en ese juego del mundo, y sobre todo en el juego social, al que el animal humano es tan aficionado, no sirve de mucho dejar que la nostalgia, los recuerdos bonitos o el deseo de sentirnos queridos, acompañados, etc., nos distorsionen el buen sentido de percepción de la realidad. La soledad es un hecho. Aceptémosla  con sabiduría y sufriremos mucho menos sus efectos. Es una pena que sea de este modo, porque no dudo de los encantos de la amistad, como tampoco pongo en tela de juicio los encantos del amor, pero no hay que confundir la amistad y el amor con un caliente y sabroso abrigo que llevaremos puesto eternamente para protegernos del frío. Siempre será más sensato ver la amistad y el amor como sitios que se visitan de vez en cuando, se pasa bien o mal en ellos, y luego se regresa a casa a ver la tele y comer croquetitas con jugo de frutas. Salud, una buena almohada, un colchón agradable, ordenador, buenos libros, buena música, un perrito cariñoso y comer cosas ricas cada vez que nos dé la gana: no pida usted más. No hay más.

09/10/2007 GMT 1

CATALINA LASA Y JUAN PEDRO BARÓ: MÁS LUZ SOBRE UN GRAN AMOR

hijadelaire @ 22:50

 HISTORIA DE CATALINA LASA Y JUAN DE PEDRO BARÓ,

Los amantes del Vedado

Cuando se buscan ejemplos de un gran amor habanero, siempre se cita la pareja formada por Catalina Lasa del Río y Juan Pedro Baró. Hasta la prensa refleja con cierta recurrencia esta historia que andando el tiempo ha adquirido visos de leyenda, y parece como si la vida, con el tributo tardío de tanta admiración, quisiera compensar a los amantes del repudio social que debieron enfrentar en su época desde que decidieron alzarse contra todas las normas sociales establecidas para entregarse de lleno a la aventura de su pasión.

Sin embargo, esta romántica leyenda que tanto atrae a periodistas, lectores y soñadores de todas las edades y grupos sociales, es mal conocida, porque se ha escrito mucho sobre ella, pero se ha escrito mal. Generalmente quienes tocan el tema se limitan a recoger el corpus de artículos anteriores y repetir más o menos lo mismo una y otra vez con escasas variaciones, y hasta se ha dado el caso de investigadores destacados que le han añadido a la historia unos granillos de pimienta falsa para volverla más grandiosa y conmovedora. Me parece que ya va siendo necesario detener el desmande de ciertas fantasías y contar la mayor cantidad posible de verdad sobre estos amantes.

Y digo la mayor cantidad posible de verdad porque una investigación profunda sobre sus vidas resulta ahora extraordinariamente difícil: primero, porque ya deben quedar muy pocos testigos directos de los hechos, pues ha transcurrido demasiado tiempo y casi todas las personas que les conocieron han muerto en Cuba o en el extranjero. Y segundo, porque Juan Pedro Baró, luego de la muerte de su esposa, se radicó definitivamente en París llevándose consigo todos los documentos y fotos de familia. Otra parte de este legado se encontrará, sin duda, en manos de los herederos directos de Catalina, quienes tampoco viven en la isla desde hace décadas.

Yo comencé a interesarme por el tema después de ver un documental realizado en la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños. La imagen de Catalina cubierta por un velo negro danzando en los interiores de su mansión me turbó para siempre, poblándome de demonios que hasta la fecha no he podido exorcisar. Todo lo que el documental no explicitaba, velando la información tras un silencio poético, me lanzó hacia una vorágine de investigaciones que, si bien no han rendido hasta hoy todo el fruto que yo hubiera deseado, me han permitido al menos acercarme más a estas dos figuras que parecen evadirse constantemente, cual si desearan evitar que la curiosidad ajena pasee su mirada por la intimidad que compartieron en vida.

Juan Pedro Baró, nacido el 16 de mayo de 1861, era un riquísimo hacendado matancero propietario de varios ingenios y otros negocios ajenos al mundo azucarero. Descendía de José Baró Blanxard, ciudadano catalán radicado en la ciudad de Matanzas, quien llegó a ser uno de los más importantes tratantes de esclavos en toda la isla, negocio que dio origen a su inmensa fortuna. Aunque Baró Blanxard no era de noble cuna, logró que la Corona le concediera dos títulos nobiliarios: I marqués de Santa Rita y I vizconde de Canet de Mar, que heredaría su nieto Juan. Los antecesores de Juan tuvieron una hermosa hacienda en los alrededores de Matanzas, famosa porque en su construcción se emplearon materiales costosos y soluciones novedosas. Al parecer, este hombre también fue protagonista de una intensa historia de amor hacia su esposa.

Juan estudió en los mejores colegios de la ciudad y también en escuelas de los Estados Unidos. El 2 de febrero de 1882, a los 19 años de edad, contrajo matrimonio con Rosa Varona y Gonzáles del Valle, de diecisiete, hija de una familia de hacendados de gran reputación. Tuvo de ella dos vástagos, Concepción y John, y no cinco, como se ha escrito tantas veces incorrectamente. Era un joven con la refinada educación que los hacendados solían dar a sus hijos, pero tenía un defecto muy propio de los hombres de su clase social: necesitaba una muy intensa y variada vida sexual, y para satisfacerla acudía por igual a cortesanas, prostitutas, esclavas y niñas del servicio de su propia casa. Esta conducta inmoderada e irrefrenable puso en peligro su matrimonio muchas veces, hasta que al fin, cuando sus hijos contaban once y siete años respectivamente, doña Rosa abandonó el hogar conyugal y se trasladó a los Estados Unidos para establecer una demanda de divorcio por infidelidad contra su esposo. El periodista e investigador Oscar Ferrer Carbonell encontró el acta de dicha demanda en el Archivo Nacional, y gracias a su hallazgo puedo ahora citar algunos fragmentos de este documento, emitido en aquel país por la firma de abogados representantes de doña Rosa. Consta en sus páginas:

 "5—Que demandante y acusado convivieron juntos como marido y mujer hasta agosto de 1893, y hasta agosto de 1994 la demandante continuó morando con dicho acusado y viviendo en el hogar de él, aunque no en calidad de esposa, pues sus relaciones íntimas habían cesado un año antes. 6—Que a comienzos del año 1884 y hasta su separación final el acusado ha sido culpable de mantener de vez en cuando relaciones impropias, ilícitas y adúlteras con otras mujeres ajenas a la demandante. Como ejemplos de tales infidelidades asegura doña Rosa en dicha acta que A—En 1884, en La Habana, Cuba, el acusado asaltó e intentó violar a una muchacha mulata de doce años de edad, quien era miembro de la servidumbre de la casa del acusado, hecho que no llegó a consumarse, siendo impedido por los gritos de la víctima. D—En 1889 la demandante y el acusado viajaron a Francia, donde permanecieron durante cierto tiempo. En el transcurso de aquella estancia el acusado tuvo relaciones con una notoria cortesana de nombre Adelaida Carpion (…). E—Que en y durante los años 1884 a 1888, ambos inclusive, el acusado tuvo relaciones con cierta doncella, dama soltera, y que en varios y diversos lugares y horas el acusado y la mencionada doncella sostenían ilegales y adúlteras comunicaciones, y que estas relaciones de carácter criminal y secreto fueron mantenidas por ambos durante el período ya mencionado. G—En el mes de agosto de 1893 el conde de Jibacoa y su esposa la condesa, la demandante y el acusado,

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07/10/2007 GMT 1

A QUIENES LEAN ESTE BLOG

hijadelaire @ 16:26

Ruego a quienes lean este blog que si conocen algún sitio de descarga de libros gratis en la red donde yo pueda encontrar los siguientes libros:

1-Los jardines del sueño, de la princesa Enmanuelle Kretzulesco-Quaranta

2-El alfabeto contra la diosa, de Leonard Shlain.

3-Diaguilev (no recuerdo si este libro se llama Historia de los ballets rusos o algo así, pero sé que lo editó Siruela, y no recuerdo el autor).

4-Diccionario de símbolos y mitos, de Chevalier

 5-Diccionario de símbolos, Juan Eduardo Cirlot.

...me lo comuniquen lo más pronto posible. Vale lo mismo si alguien tuviera la buena voluntad de escanear alguno de ellos. Son libros de mucha utilidad y no sería yo la única en beneficiarme. Les agradecería enormemente que me ayudaran, pues he perdido dos maletas de libros de trabajo en México y se me dificultan mis investigaciones.

Para reciprocar, si alguien necesita determinada información sobre la historia de La Habana colonial o republicana, puede pedírmela y haré un trabajo como los que ya he publicado aquí, y  lo enviaré a su correo personal o lo pondré aquí mismo, como desee la persona.

Gracias muchísimas

Gina

06/10/2007 GMT 1

PARA QUIENES AMEN LA CULTURA CELTA

hijadelaire @ 14:35

 EL DRUIDA

   

 Una bandada de grullas volaba frente al sol. Desde el amanecer sus

 cuerpos dibujaban estelas en el viento, conformando un mensaje que pocos hombres podían comprender. El más anciano  de  los druidas observó atentamente el desplazamiento de las aves sagradas, intentando descifrar aquel augurio que presagiaba muerte y el final del acoso. Ocultos en un bosque donde sus antepasados habían adorado a los antiguos dioses, los druidas habían resistido largos siglos pero al final sólo quedaban trece hombres solitarios perseguidos por su propio pueblo, pues los celtas seguían ahora a un dios extranjero, un pobre carpintero crucificado en tierras lejanas donde ningún irlandés había estado jamás.   

     Los sacerdotes del nuevo culto eran seres sombríos. Venían de más allá de Bretaña, más allá de las Galias, de orillas de aquel mar donde el sol brilla siempre y la cálida tierra es raramente besada por los espíritus del agua. Su jefe, a quien llamaban Patrick el Siervo, era un hombre del sur de Gales capturado por guerreros de Irlanda en un raid y traído como esclavo a la isla verde, el país de los sidhes.  Años después logró escapar del cautiverio y huyó al continente. Allí se refugió en el monasterio de Llerins, una de aquellas grandes comunidades de monjes oscuros que veneraban al Crucificado. Y cuando todos lo habían olvidado regresó convertido en un jefe, un azote que echó por tierra las estatuas de los dioses, adoradas por los celtas desde los tiempos en que los Tuatha de Daanan fueron vencidos y se convirtieron en los Señores de los Muertos.        

     Pero aquello no bastó a Patrick el Siervo. Con su energía indomable y su palabra incendiaria decretó el fin del druidismo, persiguió a quienes no quisieron desertar y asesinó a los druidas con la mayor crueldad. El populacho, enajenado con sus prédicas salvajes, masacró a los sacerdotes del roble al pie de las murallas, bajo los árboles sagrados, sobre las piedras del sacrificio y en cualquier lugar donde se refugiaran huyendo de la matanza. Cuando ya su número no sobrepasó dos míseras  cifras en toda la isla, Patrick detuvo a los suyos. Había llegado el momento de matar la memoria misma, de ahogar la doctrina hasta hundirla como a un salmón de sabiduría en el fondo de un lago.

     Patrick tenía una mente fría y sabía cómo debía proceder. Primero desacreditaría las viejas creencias y luego las borraría del recuerdo de los celtas como quien esparce polvo en el viento. Siguiendo este plan, envió a los druidas un mensajero para anunciarles que  deberían presentarse a una ordalía. Ellos no comprendieron al principio. Estaban tan habituados a huir de la muerte que aquella citación para comparecer en un juicio de Dios los tomó por sorpresa. El más anciano gritó al enviado:

     —¡Patrick nos tiende una trampa! ¡Quiere sacarnos de aquí para llevarnos a algún sitio donde pueda asesinarnos, como ya hizo con todos nuestros hermanos!     

   Un druida joven llamado Ainnle se abrió paso entre sus superiores:

     —Si son ésas las intenciones de Patrick, entonces demostrémosle que los sacerdotes del roble no somos cobardes. Ya hace tiempo que estamos condenados. Más vale que el galés nos ataque de frente y no como la flecha del cazador, que hiere por la espalda a la presa que huye.

     Sus palabras resonaron extrañamente en el silencio del bosque. El anciano druida aseguró al enviado que él y los suyos acudirían al lugar señalado por Patrick. Después le preguntó si la ordalía sería un juicio por el agua, por el fuego o por las varas del bosque, pero el monje no dio explicaciones y se limitó a ordenarles que llevaran a la cita todos sus libros sagrados.

     Luego les volvió la espalda altivamente y desapareció entre los árboles. Cuando le creyeron lejos los druidas se pusieron a debatir entre ellos el asunto. Alguien insinuó que aún tenían por delante un día y una noche: podrían alcanzar la costa y pasar a Alban, tierra de los pictos tatuados, donde sin duda encontrarían salvación. Todos estuvieron a favor de la idea  menos el joven Ainnle, quien se opuso otra vez resueltamente.   

     —Vayamos con Patrick —insistió—, porque nuestros dioses son verdaderos. Y si el monje nos engaña, que la deshonra caiga sobre su nombre y nuestra sangre sobre los huesos de su Crucificado.

       Y su voz se impuso nuevamente.

       Ainnle no había sido iniciado en los grandes colegios druídicos de Mona y de Bretaña, arrasados desde hacía siglos por las legiones de Roma, sino por un maestro personal, un druida ciego muy conocedor de la historia y la magia de los celtas. El muchacho había aprendido de memoria tantos versos como los druidas mayores y los más antiguos filid, y estaba muy instruido en el conocimiento de yerbas y plantas medicinales que otorgan la salud y preservan la vida, en los ocultos mecanismos del tiempo y de los números, en la secreta geografía de la Tierra y en otras muchas ciencias. A pesar de su extrema juventud era discreto y paciente, y en dos cosas se parecía a Patrick: su inteligencia era fuerte y clara y poseía un corazón que no se amilanaba. Desde pequeño huía en compañía de las últimas familias que aún veneraban al gran Dagda, a Ogme Cara de Sol y a la diosa Briggitta, dueña de la poesía y de todos los frutos de la tierra.  Ainnle nunca había dormido sobre un lecho verdadero, no poseía joyas ni monedas y de él podía decirse que pertenecía a la estirpe de los que nada tienen que perder. Los últimos druidas estaban cansados de luchar y ocultarse, de temer y esperar. Miraron a Ainnle y comprendieron que ante sus ojos les había nacido un nuevo líder, y se plegaron a él por instinto. Aquella noche soñaron por última vez bajo los robles, arrullados por un viento que traía las voces de los muertos. Pero las claves de interpretación se habían perdido desde hacía mucho tiempo y ellos no pudieron desentrañar los mensajes. Tan sólo Ainnle fue visitado por la figura inconfundible del gran Dagda, con su túnica de piel y la pesada maza al hombro. El dios vino a ordenarle que protegiera la sabiduría del pasado a riesgo de su vida, y desapareció en la misma niebla que lo trajo del norte lejano para reinar sobre Irlanda por los eternos siglos.

     Al alba despertaron. Después de comer algunas bayas se reunieron en torno al fuego y Ainnle expuso el plan que había concebido durante la noche: quitarían a los libros sagrados sus viejas cubiertas de madera de haya y las rellenarían con láminas de corteza fresca de abedul, mientras los libros verdaderos serían ocultados en algún sitio donde Patrick jamás pudiera descubrirlos, y ya reaparecerían ante los ojos de los hombres cuando algún dios así lo dispusiera. Ainnle estaba seguro de que el galés, con su horror a todo lo pagano, jamás se atrevería a tocar los falsos libros que los druidas llevarían a la cita y caería fácilmente en la trampa tendida por la astucia.       

     Los sacerdotes del roble obedecieron en silencio al nuevo jefe. Se desgarraron los dedos entre la corteza de los duros troncos, trabajaron apretando los labios para sofocar el dolor, pero el bosque sagrado no escuchó ni un lamento. Doblados sobre sus flacos vientres se secaban la sangre en sus túnicas sucias de tierra, y continuaban la extraña tarea poniendo en ella las escasas fuerzas que les quedaban todavía. Al fin llegó la noche, precedida por una luna turbia que derramó su luz sobre los libros terminados. Ainnle celebró una pequeña ceremonia de agradecimiento al gran Dagda, en la que a falta de otra víctima tuvo que sacrificar una pequeña liebre, y después permitió que durmieran los ancianos, maltrechos por el duro trabajo y el terror. Al amanecer saludaron al sol quizás por última vez y partieron hacia su destino.

     Patrick los aguardaba en lo alto de un montículo a orillas del  raudo Boigne. Antaño en este río desovaban salmones de sabiduría  consagrados a los dioses, pero los cristianos eran hábiles pescadores, especialmente en día viernes, cuando la carne roja estaba desterrada de sus mesas, y ahora el río parecía deshabitado. Patrick, envuelto en su pesado manto negro, semejaba un gran murciélago sombrío sobre la cima de la colina. Desde allí vigilaba el camino con sus ojos rapaces mientras recordaba con pesar el benigno calor del sur de Galia. Su mensajero le había hablado largamente del joven Ainnle y el galés se sentía preocupado por el surgimiento de este nuevo caudillo. Pensó que los druidas eran como aquella hidra de siete cabezas a la cual nadie podía matar completamente, pues cada vez que alguien le cercenaba una cabeza en el muñón nacía otra más pujante. Y él ya estaba cansado de matar, porque la sangre derramada por sus manos era rápidamente bebida por la tierra, pero brotaba nuevamente bajo la forma de un vaho perturbador de los sentidos y provocador de visiones, pues qué otra cosa era su pesadilla de cada madrugada, donde su antiguo amo irlandés aparecía apuntándole a la cara con sus manos llenas de hormigas, que como dardos se precipitaban sobre él prestas a devorarle las carnes. En vano intentaba el asustado monje protegerse contra aquella avalancha, porque no contentas con hacerle mil heridas, le horadaban la piel en busca de las vísceras humeantes. Sin embargo, aunque conocía el poder de las maldiciones druídicas, Patrick se consideraba a salvo porque creía que su Crucificado era el más fuerte. Pero aunque se hubiera adherido a la idea de un dios único, en su interior aún resonaban las voces de los antiguos dioses y sus sombras laceradas le robaban la paz. Se  ciñó el manto en torno al cuerpo con gesto inseguro mientras sus dedos palpaban maquinalmente la cruz de plata que llevaba al cuello, y sus pies inquietos trazaban sobre la yerba húmeda los antiguos signos de conjuro.

     No tardó en aparecer a lo lejos la procesión de los druidas como una sierpe herida que se arrasta por el polvo. La planicie junto al río se abría ante ellos, ocupada por una multitud que blandía miles de antorchas precursoras del alba, y que había velado toda la madrugada para asistir a la humillación definitiva de los últimos sacerdotes del roble. Eran los renegados, los traidores a sus dioses ancestrales y abanderados del cristianismo triunfante traído por Patrick. Querían ser testigos del fin de la ordalía, que no podía ser otro que el triunfo verdadero y aplastante del único dios. Allí, junto al sagrado Boigne, los druidas harían su última actuación. Después Patrick los dejaría ir, salvo quizás a Ainnle.

     Los druidas avanzaban penosamente, abatidos por el peso de los años y el de los falsos libros que acarreaban sobre sus espaldas. Ainnle marchaba al frente. No había sido su deseo; hubiera preferido ocupar un puesto al final de la fila como correspondía a su extrema juventud, pero la vejez quita los ánimos y los ancianos druidas tenían enraizado el miedo en sus corazones. Por ello cedieron al joven la cabeza de la procesión, con la esperanza de que si la cólera de Patrick se desencadenaba, caería sobre Ainnle la parte mayor. Él lo sabía, pero estaba lleno de compasión por sus hermanos castigados ya tanto, y avanzaba con los ojos clavados en la tierra mientras guardaba toda su resolución para enfrentar al implacable asesino de los suyos. Al andar, sus sandalias iban dejando una estela brillante sobre el sendero hinchado de rocío, imprimiendo en la blandura del limo la huella de pequeñas estrellas puntiagudas.

     Patrick descendió del cerro majestuosamente y los dos hombres se encontraron cara a cara. Patrick contempló en silencio al joven jefe. Ainnle permaneció ante él con los párpados bajos. Patrick lo halló frágil, vio que temblaba imperceptiblemente bajo sus blancas vestiduras y se rió de la rama de muérdago que el joven druida sostenía entre sus dedos. Entonces Ainnle, muy despacio, alzó su rostro hacia el orgulloso cristiano y le clavó en los ojos sus pupilas de un límpido azul,  con tanta fijeza que el otro parpedeó. Patrick había aprendido muchas maneras de dominar a los hombres y tenía ojos de fuerza y fuego, pero al ver los de su adversario reconoció en ellos el antiguo poder de los dioses derribados. Un escalofrío le recorrió la médula en forma tan súbita que no consiguió reprimir un movimiento delator. Ainnle aparentó no haberlo visto, pero siguió mirando a Patrick sin pestañear, cada vez más fijo, cada vez más hondo, mientras su cuerpo permanecía inmóvil como un alto menhir. No buscaba nada en las pupilas de su verdugo; sólo quería que éste se mirara en las suyas. Patrick deseaba a su vez intimidar con su mirada a su joven víctima, pero sólo consiguió verse reflejado en el esmalte celeste de otros ojos y allí reconoció su propio rostro, ávido y seco igual que un fruto lejos de su estación, y tuvo miedo de que alguien más le sorprendiera aquel secreto; miedo de que otros hombres descubrieran que él, elegido por Dios para clamar por todo el mundo la gloria de Su Hijo, no guardaba ninguna semejanza con las imágenes del dulce galileo contempladas allá en su monasterio provenzal. Su semblante continuaba siendo el de un esclavo endurecido por el trabajo, un siervo envilecido por los golpes y sometido por el hambre: un rostro sin piedad y sin amor.

     A una señal de su brazo los druidas dejaron caer sobre la tierra los pesados libros, agradeciendo que los libraran al fin de aquella carga. Los grandes libros de madera chocaron contra el suelo pedregoso con un trueno profundo. A una segunda señal de Patrick unos monjes los arrastraron sin miramiento hasta el lecho del río. El monje que había actuado como mensajero entregó a Patrick una pequeña Biblia encuadernada en pergamino marrón y cerrada con gruesos remaches de oro. Patrick la tomó con reverencia y avanzó lentamente hacia la orilla indicando a Ainnle que le siguiera. El joven druida obedeció. El sol le daba de lleno en pleno rostro y era fácil ver que había palidecido repentinamente. En verdad ya comenzaba a comprender  lo que se proponía el monje negro. Con gesto teatral Patrick lanzó a las aguas su preciosa Biblia y la corriente la arrastró lejos. Sobre la planicie reinó un silencio mortal. Patrick dejó de contemplar el río y se volvió hacia Ainnle con expresión conminatoria. Ainnle dio un paso al frente y tomando entre sus brazos el más pesado de los libros druídicos también lo lanzó al río. El volumen se hundió al instante. El joven lanzó otro y después un tercero, hasta que todos desaparecieron dejando una marca fugaz sobre las ondas. Cien metros más

lejos el monje mensajero se arrojó a la corriente para emerger de inmediato llevando en alto la Biblia rescatada. Patrick la recibió con unción, regresó con ella a la cima de la colina y alzándola sobre su cabeza en gesto triunfal la mostró a la multitud enardecida. Un grito unánime brotó de todas las gargantas y mil antorchas saludaron al sol. El más anciano de los druidas cayó sobre la tierra sacudido por el llanto.

     Patrick recibió a Ainnle en la granja donde se alojaba y sostuvo con él una larga conversación. Habló de Cristo y de la conveniencia de servirle porque era el único dios verdadero, la única esperanza de eterna salvación para los hombres, y expuso al druida todas las razones y argumentos que desde hacía tiempo utilizaba para imponer su verdad. Ainnle escuchó en silencio, manteniendo siempre sus párpados bajos en espera de la sentencia final. Sabía que antes de matar por su fe los cristianos concedían a la víctima la posibilidad de renegar de su religión para adoptar la del Crucificado. Para su sorpresa, esta vez Patrick ofreció mucho más: el druida podría retirarse con sus compañeros a alguna isla desierta del norte. Allí fundaría un monasterio para evangelizar a los pictos paganos, y entre oraciones y penitencias serviría al Señor hasta que fuera llamado a su regazo. Ainnle pidió la merced de unas horas para despedirse de sus dioses. Patrick accedió, pero retuvo como rehenes a los ancianos druidas. Ya no necesitaba derramar más sangre, porque los mártires siempre resultan peligrosos y nadie mejor que un cristiano para considerar esta verdad.

     Ainnle partió de inmediato sin que nadie le hiciera preguntas. Remontó la corriente del Boigne ocultándose entre los matorrales de la otra orilla. La noche le sorprendió a las puertas del castillo del gran Dagda, el túmulo circular del Brug Na Boigne, alta colina de cuarzo que albergaba en la cima una vieja fortaleza y en su base una tumba aún más remota. Hacía siglos que nadie la habitaba, pero antaño había sido la entrada al mundo de los sidhes, la patria del gran Dagda, de Lug, príncipe de guerreros, Ogme del Rostro Brillante que dio el alfabeto a los hombres, y de todos los Tuatha, misteriosos magos de la niebla que llegaron del norte lejano para ganar el señorío de Irlanda, en tiempos de los cuales ya no había memoria entre los vivos.

     Si hubiera sido de día el resplandor de los cristales de cuarzo habría cegado al druida, pero en medio de la noche el túmulo era una enorme masa negra cercada por un cinturón de piedras planas. Ainnle no buscó el camino hacia la fortaleza, porque sabía que allí no encontraría más que unas cuantas monedas romanas ennegrecidas por la lluvia y restos de algún venablo semienterrado entre las piedras. Dirigió sus pasos por el sendero que conducía a la entrada de la tumba, oculto bajo un manto de césped rebelde. Antes de alcanzar la puerta sacó de entre los pliegues de su túnica la rama de muérdago, seguro talismán en el camino al más allá, sin el cual ningún druida habría intentado jamás una visita al país de los sidhes. Pero allí le esperaba una sorpresa: la piedra en forma de rueda que debía cerrar la entrada de la tumba se hallaba corrida, dejando libre acceso al interior del túnel subterráneo. Sobre el dintel colgaba una lamparilla tan diminuta que hubiera podido confundirse con el nido de una única luciérnaga. Ainnle, embargado por el tumulto interior de sus penalidades, había olvidado que aquella era la noche de Samhain, antigua fiesta celta que daba fin al Año Viejo y saludaba el advenimiento del Nuevo. En tiempos de sus tatarabuelos aún se celebraba la muerte del fuego viejo con danzas circulares que imitaban la rueda del sol y carreras de mujeres y caballos precedidas por un rey victorioso, pero aquel hermoso mundo había terminado para siempre con la llegada del triste Carpintero. Del antiguo esplendor sólo quedaba ahora una llamita ardiendo apenas en la sombra. Y ya era mucho que alguien se atreviera a mantener una tradición que podría costarle la muerte si le sorprendían los hombres de Patrick. ¿Quedaba algún celta dispuesto a iluminar el camino a los sidhes, para que regresaran como antes y se mezclaran con los hombres mortales en la mágica noche de Samhain? Quizas alguna doncella buscaría recibir en su vientre la divina semilla de los Tuatha para alumbrar héroes el próximo verano. Ainnle podría imaginar a la muchacha en el interior  de la cámara sepulcral, temblando arrodillada a la espera del dios que vendría quizás a fecundarla. Se vio ante ella abrazándola y haciéndose pasar por la deidad para explorar el túnel que le nacía entre los dulces muslos, encontrando al final otra cámara, pero no para enterrar un cadáver, sino para plantar en ella un cuerpo vivo al abrigo de la cálida sangre, una vasija para su semen de hombre mortal. Ainnle no era como los monjes negros, no le estaba prohibido el placer de la carne y siempre había ardido en soledad. Con estos pensamientos agitándole el alma recorrió el túnel angosto, sintiendo la pegajosa frialdad de las losas adherirse a su piel. Se estremeció como un  gato mojado y siguió avanzando a duras penas, pues su estatura era mayor que la normal y le costaba gran esfuerzo reptar doblado en dos como una rama quebrada.

     La cámara mortuoria estaba envuelta en un suave capullo de luz. Ainnle percibió en el interior varias artesas apiladas contra una pared. Sobre la loza plana del altar yacían dos esqueletos muy juntos, uno de ellos coronado con astas de ciervo, y el otro con un ramillete de flores petrificadas. En el suelo había una piel de toro blanco recién sacrificado, con su olor inconfundible a cuero y sangre fresca. Las artesas rebosaban de ella. Alguien había preparado cuidadosamente el escenario para la ceremonia que los antiguos llamaban Imbas Forosnai y sólo un druida podía realizar. Nadie que no fuera un iniciado se habría atrevido a beber la sangre del toro blanco y a envolverse en su piel para invocar las almas de los muertos. Ainnle comprendió que su presencia era esperada y buscó ansiosamente en la penumbra a la muchacha que había imaginado y a quien creía predestinada a él por los dioses, pero el recinto estaba desierto. Y sin embargo, había algo raro en el viento que llegaba de fuera acariciándole el rostro con dedos invisibles. Algún poder vibraba en el aire y lo reclamaba como suyo, y entonces Ainnle supo que no estaba allí para entregarse a una suave carne de mujer, sino a las fuerzas oscuras del fuego y el viento, a la magia profunda de la tierra y las aguas. Y no pensó en resistir. Bebió la sangre del toro en la oquedad de sus manos, se hundió en la tibia piel y se tendió a dormir invocando las visiones.

     No tardaron en presentarse las deseadas imágenes, pero esta vez no fue el gran Dagda con su túnica de pieles y su clava de roble quien acudió al llamado del druida, sino un hermoso joven de cuyo rostro emanaba un resplandor muy vivo. Ainnle reconoció al dios Ogme, señor de las letras del Ogham, que a muy pocos mortales permitía contemplar su faz resplandeciente. Ainnle se dispuso a escuchar con reverencia las palabras del dios, pero éste sólo pronunció dos breves frases:

     Lleva contigo mi bolsa de grullas a la casa del héroe. Tú serás su guardián hasta el fin de los tiempos.

     Ogme del Rostro Brillante entregó a su druida la bolsa de piel de grulla que pendía de su cinturón y lentamente comenzó a desaparecer hasta que su contorno se disolvió en el viento. Cuando Ainnle despertó del trance contempló sus manos vacías. Sabía que el contenido mágico de la bolsa consistía en las tijeras del rey de Escocia, el yelmo del rey de Lochlainn, los huesos de Assail el bandido, el garfio del herrero Goibniu, el manto del rey del mar y una tira del lomo de la Gran Ballena, todo lo cual no era más que un juego de símbolos que servían para nombrar secretamente las letras del Ogham del Bosque, el sagrado alfabeto de los druidas en el que cada letra corresponde a un árbol divinizado. Ainnle supo que el dios Ogme le había nombrado guardián de la sabiduría de los celtas por los siglos de los siglos y más allá de la misma muerte. “Amén”, habría dicho Patrick fervorosamente si hubiera estado allí, pero el druida se encontraba completamente solo.

     Al amanecer Ainnle emprendió el camino de regreso con su rama de muérdago y su encomienda fantasma. Patrick no se sorprendió cuando el joven aceptó la oferta humildemente; sabía que Ainnle había vivido aún demasiado poco para aceptar la muerte. Allá lejos, en las islas deshabitadas del norte, no podría convertirse jamás en un caudillo capaz de levantar a los pobres celtas que aún odiaban al Crucificado. Al fin no habría más intentos de restaurar a los antiguos dioses con sus orgías de sangre sobre los altares. Terminaba para siempre aquel culto salvaje con su estúpida adoración a los árboles y las piedras sin alma. Todos los hombres unidos en la mansedumbre del Señor, toda Irlanda marcada con la Cruz, el pasado enterrado y con él la memoria de los Tuatha de Daanan. Que así sea.

     Cuando salió el sol Ainnle y los suyos fueron bautizados por el propio Patrick en las aguas heladas del Boigne. Ainnle no parpadeó cuando Patrick derramó sobre su frente el líquido lustral. Después El Siervo enseñó a los druidas a rezar el Padrenuestro y les entregó la Biblia salvada de las aguas por el monje mensajero. Por último les hizo cambiar sus albas vestiduras por las negras sotanas de sus monjes. Luego fueron debidamente escoltados hacia la costa y embarcados en la nave de un pescador, quien los condujo a una isla desierta señalada por el mismo galés sobre un mapa de corteza de abedul. Desde aquel día sería la morada de los últimos druidas.

     Ainnle recorrió el lugar y vio que se trababa en realidad de una antigua isla oracular destinada a ser el último refugio de un rey muerto custodiado por las hadas. Así lo confirmaban la disposición del islote en la desembocadura de un río y el hecho de tener en su centro una tumba circular encerrada en un anillo de robles. Ainnle exploró la tumba pero la halló vacía. Se preguntó dónde estaría el héroe que debía ocuparla. Tampoco se escuchaban los cantos de las hadas.

     A toda prisa comenzó a edificar el monasterio concebido por Patrick. Apenas colocaron la primera piedra murió el más anciano de los druidas. No pudo soportar los nuevos rezos, que se hicieron pesados a su lengua y terminaron por obstruir en su garganta el camino del aire. Ainnle quiso sepultarlo en la cueva oracular, pero los otros se negaron por temor a que Patrick descubriera su falsa conversión. El muerto tuvo entonces cristiano enterramiento en las raíces de un tejo, el antiguo árbol celta de la muerte, acompañado por unos cuantos gusanos de los cuales no tardó en ser pasto.

    Un mes después las primeras chozas en forma de colmena se hallaban listas para recibir a los primeros cristianos que llegaban de tierra firme atraídos por la promesa de la vida monástica. Algunos eran druidas renegados, pero la mayoría fervorosos amantes del Crucificado, y todos juntos alababan al Señor con voces claras y llenas de entusiasmo a las que de vez en cuando se escapaban notas falsas. Con el tiempo Ainnle obtuvo de Patrick  la autorización para abrir una pequeña escuela. Quería, dijo, instruir a los jóvenes en el temor de Dios y enseñarles escritura, como antiguamente habían hecho los olvidados filid. El galés, ocupado por entonces en otros asuntos, envió el permiso y unas semanas después Ainnle se encontraba ya frente a un atento puñado de adolescentes armados con tablillas y estilos de escribir. Pero Ainnle el druida, metamorfoseado por obra y gracia de la Historia en Clonnan el Monje, conservaba bien impreso en su memoria el mensaje de Ogme del Rostro Brillante. Así pues contempló a sus alumnos, vio sus jóvenes cráneos tonsurados y su ardor ferviente por la fe, y comenzó a impartirles la primera lección de su nueva escuela:

     —Los druidas —dijo— fueron seres perversos adoradores de ídolos y bebedores de sangre humana; paganos malditos que odiaban al Señor, único dios verdadero, pero Patrick los venció en combate singular y a los últimos trece los derrotó míseramente en una ordalía a orillas del río Boigne. Allí nuestra Biblia triunfante flotó sobre las aguas, mientras que los libros druídicos, plagados de mentiras, se hundieron hasta el fondo en menos tiempo del que trina una avefría.

     Los alumnos rieron divertidos y alguno pidió a voz en cuello la muerte de los druidas. Ainnle alzó su mano para hacerlos callar:

    —Guardad vuestro furor para mejores causas  —los sosegó—, pues los druidas murieron hace  tiempo. Pero todo hombre debe conocer a sus enemigos mejor que a sí mismo, porque la ignorancia es una trampa muy peligrosa, así que nuestras primeras lecciones las dedicaremos a estudiar en profundidad las supersticiones de los paganos druidas, a fin de que no puedan nunca renacer entre nosotros bajo nuevo ropaje. Preparad las tablillas...

     Los alumnos dispusieron cuidadosamente sus instrumentos y Ainnle comenzó a dictar con voz monótona:

     —Los Tuatha de Daanan fueron un pueblo de magos y guerreros que llegaron de la cima del mundo envueltos en la niebla. En la terrible batalla de Mag Tuired derrotaron a un ejército de monstruos con cabezas de carnero y se hicieron señores de Irlanda. Los  druidas eran sus sacerdotes y estaban versados en todas las artes y todas las ciencias, desde la posición que ocupa cada tierra sobre el huevo del mundo hasta el empleo de plantas para curar todos los males del cuerpo y el espíritu. Sabían dominar los elementos, hablaban más alto que los reyes en los torneos de poesía, y también enseñaban que al morir el alma encarna en sucesivas formas, antes de regresar a la tierra en nuevo cuerpo mortal para cumplir otro destino...

     Y los monjes de Patrick escribieron en latín las antiguas historias de los celtas, maravillados ante el extraño mundo que el abad Clonnan evocaba ante sus ojos con la magia intensa de la poesía. Con el paso del tiempo aprendieron a grabar en sus tablillas todos los caracteres del Ogham del Bosque, y escribieron los nombres de los reyes antiguos y sus grandes batallas. Aprendieron muchas otras cosas, ellos y todos los que les sucedieron en el monástico recinto.

     El tiempo transcurrió y la juventud de Ainnle se mezcló con el viento y las nieblas del lago. Un cementerio creció en los alrededores del monasterio mientras la tumba circular continuaba vacía. Ya sólo iban quedando del druida unos ojos cuyo brillo alguna vez sirvió de espejo para que otros ojos encontraran en ellos su reflejo. Ya ni siquiera podía andar con auxilio de su báculo y dos novicios le transportaban en un sillón de alto respaldo y cojines rojos. Toda la comunidad monacal le veneraba como genuino heredero de Patrick y defensor de Cristo. Era el Abad.

     Una noche se encontraba meditando bajo los robles de la tumba oracular cuando escuchó por vez primera el canto de las hadas. Era una triste melopea que sólo sus oídos podían percibir, y así supo que aquel cántico agorero le anunciaba el final de sus días. Con gran serenidad hizo venir al joven monje en quien más confiaba, lo nombró su sucesor y le pidió que lo llevara hasta la cueva circular. Una vez allí le ordenó que depositara su cuerpo sobre la piedra plana del interior, porque por fin había comprendido quién era el héroe al que los dioses destinaban el lugar. El monje obedeció silenciosamente. Cuando todo estuvo hecho el abad Clonnan movió sus amoratados labios y pronunció dificultosamente unas palabras:

     —Hijo mío, mi última voluntad a ti te la encomiendo: quiero que las tablillas escritas por nuestros alumnos sobre la historia de los enemigos sean transcriptas en libros de pergamino bien fino; permanezcan siempre como testimonio de su maldad para que no puedan corromper a los ingenuos ni a las generaciones que vendrán...

     Flaqueó la voz del Abad y sus pupilas se cubrieron con una niebla opaca. Al verle cruzar las manos sobre el pecho el joven monje se inclinó sobre él para darle la extremaunción.

     —Padre nuestro que estás en los cielos...—rezó fervorosamente.

     Soy el viento que alienta sobre el mar... —respondió el moribundo en un susurro.

      —Santificado sea tu nombre... —continuó el monje desconcertado.

     Soy una ola en el océano... —susurró el moribundo.

     —Venga a nosotros tu reino... —insistió aún el monje, que ya comenzaba a asustarse.

     Soy el rumor del rompiente... —siguió el viejo druida con una voz cada vez más debilitada por la cercana muerte.

     El joven monje elevó sus manos al cielo como quien pide perdón para sus culpas, musitó entre dientes “Hágase tu voluntad, amén” y se inclinó sobre los yertos labios de su superior para no perder ni una sola palabra de aquel extraño rezo:

     Yo soy el buey de los siete combates —continuó Ainnle—. Soy el halcón sobre la peña, el jabalí bravío, un lago en la llanura. Soy  palabra de ciencia, soy lanza victoriosa que combate...

     —¡Padre! —interrumpió el monje estremecido—. ¡Abad!

     Yo soy el druida que prepara el fuego para una cabeza en el dolmen de la montaña.

     Ainnle cerró los ojos y el aliento vital se heló en su pecho.

     Cuando la luna se elevó rielando sobre el mar, la comunidad de los monjes oscuros desfiló con antorchas encendidas delante de la cueva en postrer homenaje al abad Clonnan, el más puro entre los siervos del Señor su Dios. Agobiados por la tristeza de su pérdida, ninguno percibió que en ese instante una bandada de grullas volaba ante el ojo redondo de la noche como un día lo hiciera frente al sol, dibujando en el viento un mensaje para el que ya no habría quizás destinatario.

     El sucesor fue investido con los símbolos de su jerarquía en medio de una sencilla ceremonia, y cuando ésta hubo terminado se retiró a su cabaña. Después de rezar piadosamente por el alma del Abad tomó los estilos de escribir heredados de su antecesor y comenzó a trazar caracteres latinos sobre un pergamino. Ignoraba el sentido de los versos recitados por el abad Clonnan en el instante mismo de su muerte, pero a juzgar por la absoluta santidad del viejo monje, se trataba sin duda de una oración muy poderosa que debería ser trasmitida a las generaciones del futuro. Nunca supo que estaba copiando para la posteridad uno de los hermosos himnos de Amergin el Bardo, primer cantor de los antiguos Tuatha, cuyos versos narraban los viajes del alma antes de regresar a la tierra para cumplir con un nuevo destino. Cuando escribió las últimas palabras un dulce sueño abatió sus párpados y se quedó dormido.

 

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05/10/2007 GMT 1

PERO BUENO....

hijadelaire @ 21:45

¿AQUÍ NADIE ESCRIBE NADA?

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02/10/2007 GMT 1

¿HUBO PIRATAS CUBANOS?

hijadelaire @ 04:26

 Releyendo un hermoso libro del periodista e investigador Francisco Mota, Piratas y corsarios en las costas de Cuba, ha vuelto a  mis recuerdos el tema de los piratas, una de mis fantasías infantiles más queridas.     

Cuando yo era apenas una cubanita de cinco años, mi abuelo don José Manuel, hijo del capitán Picart, ayudante de campo del general mambí Calixto García Íñiguez, tomó a su cargo la labor de enseñarme Historia de Cuba a través de hermosos cuentos. Cuando hablábamos cada noche sobre la Conquista en el balcón de nuestra casita en Luyanó, sobre los primeros siglos de nuestyra existencia como país, sobre La Habana antigua y la construcción de aquellas fortalezas maravillosas que él me llevaba siempre a visitar en el perímetro de La Ciudad Vieja y los muelles, indefectiblemente surgía el tema de los piratas y sus ataques a la villa de San Cristóbal de La Habana.    

Abuelo mencionaba muchos nombres extranjeros y narraba aterradoras historias de tales incursiones, pero me llamaba la atención que en su lista de piratas nunca mencionara un nombre cubano. En la escuela se repetía el caso: los maestros hablaban sobre piratas de todas las banderas. Y nosotros, con una isla grande tan cercana a la Tortuga, refugio caribeño de la piratería mundial,  ¿no teníamos ningún pirata ilustre?     

Pero nosotros los cubanos sí tuvimos un gran pirata: el mulato Diego Grillo, también llamado Dieguillo o Diego Martín. Supongo que abuelo no lo mencionaba porque no conocía bien su historia y no quería hablarme de un tema que no dominaba, porque la vida y hazañas de Diego Grillo han sido hasta ahora imposibles de aclarar completamente. Lo llamaban Diego Grillo, el capitán Dieguillo y por último... pudiera haber sido también el terrible pirata apodado Lucifer. Pero antes de evocar su imagen hagamos…    

UN POCO DE HISTORIA    

La primera mitad del siglo XVI fue el escenario de los filibusteros franceses, quienes se establecieron en los cayos e islotes de las Antillas y desde allí saqueaban una y otra vez nuestras prósperas villas y ciudades. El más célebre, aunque no el único, fue sin duda Jacques de Sores. En la segunda mitad del siglo las hazañas de los piratas galos fueron eclipsadas por la aparición en aguas caribeñas de los piratas ingleses, siendo entre ellos los más sonados Sir Frances Drake y Baskerville.    

A principios del siglo XVII francos y britanos fueron desplazados por sus homólogos holandeses, quienes mantuvieron largo tiempo en jaque las flotas y convoyes españoles que retornaban a Sevilla cargados con las maravillosas e infinitas riquezas saqueadas a las tierras de América. Entre ellos los nombres son menos conocidos hoy, aunque resaltan los de Vaude Van Enrico, Perin Petre y Cornelius Jol, conocido como el temible Pata de Palo.    

Por último, la segunda mitad de aquel siglo vio aparecer sobre las dulces aguas caribeñas una plaga de audaces vándalos del mar con banderas de todas las naciones. Los de hazañas más mentadas fueron, claro está, el tristemente célebre Henry Morgan; así como también Lorencillo, Bartolomé el Portugués y otros muchos. La situación empeoró mucho cuando en 1712 Francia, Inglaterra y Holanda pactaron la libertad de comercio por los mares de las Indias. Desde ese instante los pacíficos habitantes ya no tuvieron un momento de descanso seguro.    

Que Cuba haya sido un enclave favorito para el saqueo y el merodeo de los corsarios y piratas no es casual, ya que era el punto intermedio en la travesía de los galeones que regresaban a España y,  al mismo tiempo, de las enormes y pesadas flotas españolas que venían a América con sus bodegas  repletas de mercancías y abastos con destino a los colonos. Es fácil suponer cómo desde sus refugios los bandidos vigilaban ese tránsito que debía proveerlos de fortunas inmensas por el solo golpe de su audacia, y que al final sólo dejó un ramillete de incitantes leyendas sobre tesoros enterrados en las orillas de Cuba.    

DIEGO GRILLO    

Como suele ocurrir con muchos personajes históricos, cuando se hace el recuento de los lugares que conocieron su presencia y las fechas en que ocurrieron los hechos que se le atribuyen, parece haber vivido unos dos siglos más o menos, lo cual se explicaría si se admitiera la existencia en suelo cubano de dos piratas con nombres semejantes, lo cual, por demás, no es imposible. Si los estudiosos del mito admiten que hubo diez personajes llamados Hércules en la prehistoria de Grecia, y que el que conocemos reúne en su leyenda las hazañas más famosas de los otros nueve, ¿por qué no podría suceder otro tanto por estos lares?      

Se cree que Diego Grillo nació en San Cristóbal de La Habana alrededor de 1556. La leyenda cuenta que fue hijo de un cuarterón español y una hermosísima negra esclava;  que en su infancia estuvo al servicio del  gobernador de Campeche, quien lo azotaba y sometía con frecuencia a otros maltratos, lo cual despertó en él un ánimo rebelde que lo llevó a abandonar su villa natal a la temprana edad de trece años y enrolarse como grumete en alguna fragatilla española. Se supone que en sus primeras andanzas visitó los puertos de Veracruz, Campeche, Nombre de Dios y Río Hacha, y no se descarta que hasta se haya adentrado por los grandes ríos continentales en las selvas americanas.    

Poco después, a la edad de quince años, es capturado por  Sir Francis Drake, quien lo halló a bordo de un galeón español cuando saqueaba con  sus dos naves el mencionado puerto. Con Drake, Diego participó en el saqueo de Campeche y Veracruz y otras ciudades de la costa nicaragüense, y también figuró en los atropellos cometidos en Mogadores, Río de Oro, Cabo Verde, La Plata El Callao y otros puertos de las costas de Chile y Perú, durante el viaje de circunvalación que llevó a cabo Drake desde 1577 a 1580.     

Según esta data, Diego Grillo debió estar presente en el recibimiento fragoroso de que fue objeto Drake a su regreso a Inglaterra. Quizás hasta estuvo junto al pirata inglés cuando éste fue visitado en Plymouth por la mismísima reina Isabel, quien tenía  a su coterráneo en muy alta estima, como lo demostró al otorgarle un codiciado título de nobleza.     

De esta amigable relación entre el corsario de confianza de la reina Isabel I de Inglaterra y el humildísimo mestizo cubano dan testimonio, entre otros documentos,  las declaraciones hechas ante el Santo Tribunal de la Inquisición de México por un portugués que fue capturado y después liberado por Drake. Por él se sabe que Diego regresó con el anglosajón a las cálidas aguas caribeñas alrededor de 1585, cuando su patrón decidió abandonar su fría patria norteña y al frente de una flota de veintitrés naves puso proa a América para saquear Puerto Cabello y Cartagena de Indias, plan que no pudo materializar al verse su tripulación fatalmente atacada por un brote de fiebre amarilla. Tuvo que regresar, deteniéndose varios días en el Cabo de San Antonio para reabastecerse.  Desde allí amenazó a La Habana durante varios días, pero finalmente se retiró sin hacer nada.    

A partir de entonces las huellas de  Dieguillo se pierden nuevamente y nadie vuelve a saber de él hasta el 18 de febrero de 1603, cuando reaparece convertido nada menos que en el  prestigioso capitán Diego Grillo, a quien muchos ya comenzaban a llamar El Mulato Lucifer. Ese año coopera con el célebre pirata holandés Cornelius Jols, alias Pata de Palo, en el asalto a una fragata española frente al puerto de Nombre de Dios. Dicen que en esa primera época recorrieron juntos la Isla de Pinos y que Diego se hizo el más experto conocedor de la misma y de toda la cayería que la rodeaba. Poco después vuelve a aparecer su figura arrogante y cruel en Puerto Caballos, Golfo de Honduras, donde dos galeones españoles se encontraban cargados de la plata que Centro América enviaba a España. La pequeña flota estaba al mando de un joven capitán español llamado Juan de Monasterios, quien fue informado de que un escuadrón de corsarios se dirigía hacia el puerto en busca de sus naves.     Luego de hacer que su tripulación se confesara con el capellán de a bordo, Monasterios se dispuso a la defensa. Los piratas se presentaron de madrugada por la boca del puerto y comenzaron el ataque. La nave almirante iba comandada por Pata de Palo; pero el jefe de la nave capitana era nuestro mulato criollo de La Habana, el infernal Diego Grillo. Un fragmento de archivo describe así la actuación de Dieguillo durante aquel combate:    

Se aproximan concentrando fiero cañoneo sobre uno de los galeones españoles. Desde lo alto del alcázar anima Grillo a sus holandeses, franceses e ingleses, e improando sobre la nave española que defiende Monasterios la ataca con salvaje denuedo. El español, acorralado, se defiende, y a pesar de sus sangrantes heridas recorre la cubierta animando con su valor a los que aún sobreviven. La nave, severamente castigada por el fuego pirata, consigue sin embargo rechazar el ataque de Dieguillo. Al medio día una acometida dirigida personalmente por Pata de Palo fracasa igualmente. Al anochecer el holandés y Dieguillo lanzan un ataque combinado y el cubano consigue acodar su nave sobre un costado del galeón español. En medio del abordaje consigue apresar a Monasterios, rodeado por cinco vivientes guiñapos humanos. Premiando su bizarría días después, los piratas liberaron al valiente vencido    

Quién sabe de qué singular naturaleza habrá sido la amistad que unió al joven holandés mutilado con el gallardo mestizo cubano, y que al parecer, con largos e incomprensibles intervalos, duró hasta la muerte del primero; pero lo cierto es que aquel mismo año los dos amigos volvieron a separarse. Jols continuó asediando a Cuba hasta que un buen día desapareció de nuestros mares, convertido en Almirante por nombramiento que le otorgó la Compañía Holandesa de Indias Occidentales, patrocinadora del corso por las Antillas.  El mestizo Grillo, de origen humilde tan cercano a la esclavitud, no podía aspirar a parecidos honores.    

Las huellas de Diego Grillo vuelven a palidecer, como si la separación de su socio holandés hubiera restado bríos a su actividad filibustera. Pero cuatro años después del ataque a Puerto Caballos se le acusa de dirigir en persona, al frente de diez urcas, el asalto a un puerto nicaragüense. Nuestra fuente de archivo asegura  que al ser derrotado se vio obligado a huir con bastante descalabro a bordo.    

Más tarde se le achaca el apresamiento de dos navíos, donde viajaban importantes autoridades españolas que de manera milagrosa consiguen escapar huyendo entre los cayos a bordo de dos faluchos. También se le creyó responsable del desvalijamiento del oro y la plata cargados por las once naves españolas que, comandadas por don Pedro Escobar, naufragaron en los arrecifes cercanos al puerto de Veracruz.    

También se dice que en 1619, mientras Pata de Palo asolaba Santiago de Cuba, fue Diego Grillo quien, con un navío de doscientas toneladas y dos jabeques, asaltó embarcaciones ancladas en el puerto de Nuevitas y se llevó consigo seis fragatillas españolas.    

Igualmente algunos historiadores creen que Grillo peleó junto a Pata de Palo una vez más cuando en 1628 los corsarios holandeses destruyeron y robaron en la bahía de Matanzas la rica Flota de la Plata, comandada por los capitanes llamados Dos Juanes,  Juan de Benavidez y Juan de Leoz, experimentados marinos españoles. Y cito, ya como parte de la leyenda, que Grillo pudo haber actuado una vez más junto a Pata de Palo cuando el corsario, ya anciano, atacó en agosto de 1638, frente a Bahía Honda y Cabañas, al convoy español mandado por el valiente Marqués de Caracena. También se ha querido culpar al pirata cubano por ciertas atrocidades cometidas en 1675 en el Canal de Las Bahamas. Saqueo, pillaje,violación, asesinato, incendio y masacre: de nada más blando podría tratarse entonces, como igualmente hoy, porque la violencia que el odio y la ambición engendran tiene siempre el mismo rostro.    

Sobre la personalidad de Diego Grillo se sabe con certeza que hablaba perfectamente el inglés y el español,  que poseía un valor personal rayano en la intrepidez, y en combate era el primero en abordar las naves que apresaba; nunca se cuidaba de la muerte, como si no tuviera en gran aprecio la existencia. Quizás se tratara de mera arrogancia, o de una táctica bien calculada para hacerse respetar  y admirar de sus hombres. O tal vez era auténtica indiferencia ante el peligro, pues después de todo, un negro pirata no tenía gran cosa que perder, como no fuera el fruto de su pillaje, cosa que, sin embargo, tampoco parecía interesarle demasiado.    

Tres anécdotas relacionadas con él podrían perfilar algunas facetas de su carácter. Se cuenta que en una de sus incursiones sobre el puerto de Campeche, supuestamente aquella en que los corsarios de Pata de Palo atacaron con diez navíos y más de quinientos hombres, Diego halló entre los muertos un cadáver que identificó como el de su padrino, el capitán Domingo Galbán Romero, quien resultó ser el defensor de la plaza. El cubano mostró gran sentimiento, según aseguran los cronistas, ante aquellos despojos de quien lo había llevado a la pila bautismal, llegando hasta sentirse culpable de su muerte.    

Es muy  probable que haya sido en esa misma ocasión cuando tuvo lugar la muy mencionada búsqueda que hizo Diego de la persona de aquel ex gobernador de Campeche que le maltratara en su infancia, con la intención de cortarle la nariz y las orejas en la Plaza Pública.    

Y ha quedado para la Historia su proverbial caballerosidad en el trato con las mujeres que tomaba prisioneras, de la cual se cita como más alto ejemplo la protección que brindó a la bellísima dama española doña Isabel de Caraveo, viuda del gobernador Centeno Maldonado, destituido de su mando de la villa de Campeche después del ataque pirata. Para evitar a la dama los ultrajes a que sin duda la hubieran sometido sus colegas corsarios, le asignó una guardia personal que la cuidó esmeradamente hasta desembarcarla sana y salva cerca de Campeche. ¿Por qué lo hizo, si ella era su prisionera y como tal le pertenecía; si ella era joven y de belleza célebre en la época, y él  aún viril y vigoroso?     No es extraño que la Historia y la leyenda recojan disímiles datos sobre el final de Diego Grillo. Hay constancia de que al menos dos gobernadores de la Isla de Cuba le persiguieron afanosamente, y en el libro Quién es quién entre los piratas se asegura que fue capturado y ahorcado por los españoles en 1673; pero quién sabe si se trataba de otro pirata con nombre semejante, porque hay noticias de que a él se le vuelve a avistar en 1680 en Boca de las Carabelas.    

Lo cierto es que por esa fecha, supuestamente con  unos ciento veinticuatro años cumplidos, desaparece misteriosamente de las aguas caribeñas, como sucedió con muchísimos piratas y corsarios que  tuvieron un final sórdido y gris, asesinados por alguno de sus iguales o por sus tripulaciones amotinadas en los cayos donde tenían seguro refugio los de su condición, y donde no imperaba ley alguna.    

Cualquier riña mal zajada, cualquier venganza de honor, robo de mujeres o posesión de tesoros enterrados bastaba para que estos elementos de baja laya se enzarzaran entre sí en encuentros mortales, donde los despojos del vencido bien podían terminar pudriéndose entre los arrecifes, confundidos con racimos de algas y carapachos vaciados de langostas. O quizás acabó de una forma menos cruenta, aunque no menos dramática, terminando  sus días vencido por alguna enfermedad propia de  hombres de mar, fornicadores irredentos e insaciables bebedores de ron, harapiento y desnutrido, paseándose sin rumbo por dominios en los que antaño su hermosa figura fue temida y obedecida por bandidos de todas las latitudes.    

No importa demasiado esclarecerlo, porque no debe estar lejano el día en que Diego Grillo, el mulato Lucifer del mar Caribe, el hijo virulento y rencoroso, pero hijo al fin de San Cristóbal de La Habana, se convierta en protagonista de alguna gran novela, y entonces, el final que le conceda el autor será el que quede inscrito para siempre como colofón de la vida y  leyenda de quien fuera, probablemente, el único gran pirata cubano, mientras no se demuestre lo contrario.    

A veces pienso que abuelo quizás sí conocía perfectamente la existencia de Diego Grillo, y que si nunca me habló de él fue porque, más allá del mundo maravilloso de sus historias y como descendiente que era de un recio oficial mambí, la idea de un pirata cubano no era muy de su agrado. Le comprendo. Pero ahora que el libro de Francisco Mota y otros viejos papeles de archivo me han descubierto la pintoresca personalidad del mulato Lucifer, confieso sin vergüenza alguna que me siento orgullosa de añadir a su nombre la palabra CUBANO.                                                                                       

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