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Hija del aire

Archivo: Septiembre 2007

22/09/2007 GMT 1

MÁS LUZ SOBRE UN GRAN AMOR

hijadelaire @ 14:42

 

 HISTORIA DE CATALINA LASA Y JUAN DE PEDRO BARÓ,

Los amantes del Vedado

Cuando se buscan ejemplos de un gran amor habanero, siempre se cita la pareja formada por Catalina Lasa del Río y Juan Pedro Baró. Hasta la prensa refleja con cierta recurrencia esta historia que andando el tiempo ha adquirido visos de leyenda, y parece como si la vida, con el tributo tardío de tanta admiración, quisiera compensar a los amantes del repudio social que debieron enfrentar en su época desde que decidieron alzarse contra todas las normas sociales establecidas para entregarse de lleno a la aventura de su pasión.

Sin embargo, esta romántica leyenda que tanto atrae a periodistas, lectores y soñadores de todas las edades y grupos sociales, es mal conocida, porque se ha escrito mucho sobre ella, pero se ha escrito mal. Generalmente quienes tocan el tema se limitan a recoger el corpus de artículos anteriores y repetir más o menos lo mismo una y otra vez con escasas variaciones, y hasta se ha dado el caso de investigadores destacados que le han añadido a la historia unos granillos de pimienta falsa para volverla más grandiosa y conmovedora. Me parece que ya va siendo necesario detener el desmande de ciertas fantasías y contar la mayor cantidad posible de verdad sobre estos amantes.

Y digo la mayor cantidad posible de verdad porque una investigación profunda sobre sus vidas resulta ahora extraordinariamente difícil: primero, porque ya deben quedar muy pocos testigos directos de los hechos, pues ha transcurrido demasiado tiempo y casi todas las personas que les conocieron han muerto en Cuba o en el extranjero. Y segundo, porque Juan Pedro Baró, luego de la muerte de su esposa, se radicó definitivamente en París llevándose consigo todos los documentos y fotos de familia. Otra parte de este legado se encontrará, sin duda, en manos de los herederos directos de Catalina, quienes tampoco viven en la isla desde hace décadas.

Yo comencé a interesarme por el tema después de ver un documental realizado en la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños. La imagen de Catalina cubierta por un velo negro danzando en los interiores de su mansión me turbó para siempre, poblándome de demonios que hasta la fecha no he podido exorcisar. Todo lo que el documental no explicitaba, velando la información tras un silencio poético, me lanzó hacia una vorágine de investigaciones que, si bien no han rendido hasta hoy todo el fruto que yo hubiera deseado, me han permitido al menos acercarme más a estas dos figuras que parecen evadirse constantemente, cual si desearan evitar que la curiosidad ajena pasee su mirada por la intimidad que compartieron en vida.

Juan Pedro Baró, nacido el 16 de mayo de 1861, era un riquísimo hacendado matancero propietario de varios ingenios y otros negocios ajenos al mundo azucarero. Descendía de José Baró Blanxard, ciudadano catalán radicado en la ciudad de Matanzas, quien llegó a ser uno de los más importantes tratantes de esclavos en toda la isla, negocio que dio origen a su inmensa fortuna. Aunque Baró Blanxard no era de noble cuna, logró que la Corona le concediera dos títulos nobiliarios: I marqués de Santa Rita y I vizconde de Canet de Mar, que heredaría su nieto Juan. Los antecesores de Juan tuvieron una hermosa hacienda en los alrededores de Matanzas, famosa porque en su construcción se emplearon materiales costosos y soluciones novedosas. Al parecer, este hombre también fue protagonista de una intensa historia de amor hacia su esposa.

Juan estudió en los mejores colegios de la ciudad y también en escuelas de los Estados Unidos. El 2 de febrero de 1882, a los 19 años de edad, contrajo matrimonio con Rosa Varona y Gonzáles del Valle, de diecisiete, hija de una familia de hacendados de gran reputación. Tuvo de ella dos vástagos, Concepción y John, y no cinco, como se ha escrito tantas veces incorrectamente. Era un joven con la refinada educación que los hacendados solían dar a sus hijos, pero tenía un defecto muy propio de los hombres de su clase social: necesitaba una muy intensa y variada vida sexual, y para satisfacerla acudía por igual a cortesanas, prostitutas, esclavas y niñas del servicio de su propia casa. Esta conducta inmoderada e irrefrenable puso en peligro su matrimonio muchas veces, hasta que al fin, cuando sus hijos contaban once y siete años respectivamente, doña Rosa abandonó el hogar conyugal y se trasladó a los Estados Unidos para establecer una demanda de divorcio por infidelidad contra su esposo. El periodista e investigador Oscar Ferrer Carbonell encontró el acta de dicha demanda en el Archivo Nacional, y gracias a su hallazgo puedo ahora citar algunos fragmentos de este documento, emitido en aquel país por la firma de abogados representantes de doña Rosa. Consta en sus páginas:

 "5—Que demandante y acusado convivieron juntos como marido y mujer hasta agosto de 1893, y hasta agosto de 1994 la demandante continuó morando con dicho acusado y viviendo en el hogar de él, aunque no en calidad de esposa, pues sus relaciones íntimas habían cesado un año antes. 6—Que a comienzos del año 1884 y hasta su separación final el acusado ha sido culpable de mantener de vez en cuando relaciones impropias, ilícitas y adúlteras con otras mujeres ajenas a la demandante. Como ejemplos de tales infidelidades asegura doña Rosa en dicha acta que A—En 1884, en La Habana, Cuba, el acusado asaltó e intentó violar a una muchacha mulata de doce años de edad, quien era miembro de la servidumbre de la casa del acusado, hecho que no llegó a consumarse, siendo impedido por los gritos de la víctima. D—En 1889 la demandante y el acusado viajaron a Francia, donde permanecieron durante cierto tiempo. En el transcurso de aquella estancia el acusado tuvo relaciones con una notoria cortesana de nombre Adelaida Carpion (…). E—Que en y durante los años 1884 a 1888, ambos inclusive, el acusado tuvo relaciones con cierta doncella, dama soltera, y que en varios y diversos lugares y horas el acusado y la mencionada doncella sostenían ilegales y adúlteras comunicaciones, y que estas relaciones de carácter criminal y secreto fueron mantenidas por ambos durante el período ya mencionado. G—En el mes de agosto de 1893 el conde de Jibacoa y su esposa la condesa, la demandante y el acusado, estuvieron viajando por descanso, recreación y turismo a través de Francia y Suiza. Durante ese tiempo el acusado y la mencionada condesa de Jibacoa se enamoraron, involucrándose en una culpable y criminal unión, y finalmente se fugaron durante las fiestas de Chamoix y Grands Mulets, permaneciendo ausentes por toda una semana. Durante todo el tiempo que permanecieron juntos, el acusado asumió el nombre e identidad de la citada condesa de Jibacoa; ocuparon ambos la misma habitación o habitaciones que se comunicaban y son culpables de frecuentes actos ilícitos y de adulterio (…). J—Que el acusado, por ser culpable de tener comunicación adúltera con otras mujeres, trajo vergüenza, desgracia y escándalo sobre la demandante, destruyendo su felicidad y el hogar que ambos habían creado en común y cubriendo de humillación a la demandante, familia y amigos de esta (…)".

 Debo aclarar que solo he citado aquellos fragmentos que se refieren a personas identificadas, ya que no por sus nombres, al menos por ciertas señas, omitiendo aquellos párrafos donde doña Rosa acusa a su esposo de infidelidades numerosísimas con mujeres de las cuales no ofrece datos específicos, llegando incluso a afirmar en una ocasión que su marido fornicaba con hembras cuyos nombres él no llegó a conocer jamás. Para más datos cito que los abogados de doña Rosa, los señores Boll y Watson, sellaron esta acta de divorcio en Nort Dakota, el 15 de agosto de 1895.

Para quienes deseen conocer el final de esta historia, corrieron por aquellos días rumores según los cuales la condesa de Jibacoa, encinta de Juan como consecuencia de su romance, dio a luz una hija. El conde de Jibacoa, en un esfuerzo titánico por evitar el escándalo, reconoció a la recién nacida y no se separó oficialmente de su mujer, aunque se comentó que no volvieron a convivir íntimamente. Tal vez la amaba, pues la condesa adúltera tenía fama de ser una de las más radiantes bellezas de aquella alta sociedad. De cualquier modo las relaciones entre los dos hombres no parecen haberse afectado mucho, pues después del escándalo ambos mantuvieron aún negocios, como consta en documento hallado en el Archivo Nacional, según el cual Baró compró al conde de Jibacoa la finca Santa Rosa.

No puedo resistir la tentación de comentar que desde el inicio mismo de su casamiento Juan tuvo para con su esposa bien pocas consideraciones, pero quizás se trataba de un matrimonio acordado entre familias por conveniencia de intereses, y no de una unión impulsada por el amor. Eso explicaría la intranquilidad sexual del joven Baró, así como el poco respeto por los sentimientos y la imagen pública de Rosa Varona, su legítima esposa y madre de sus hijos, quien no murió entonces, como se asegura en muchos artículos publicados por la prensa cubana sobre él y Catalina, por lo que no era viudo, sino divorciado cuando conoció a su segunda mujer, y en aquel momento, al no existir aún en Cuba la ley de divorcio, quizás la separación de la primera no fuera válida en el territorio nacional. 

 La familia de Catalina no tenía un estatus económico tan encumbrado como el de Baró, pero en cambio eran nobles verdaderos mucho antes de que el primero de la estirpe pisara tierra cubana. La casa Soler de Lasa aparece a principios del siglo XVII como natural de la villa de Astigarreta, Guipúzcoa, País Vasco. Fueron declarados Hijosdalgo de la villa de Zumárraga en 1792, y tenían un bonito escudo de armas, en el que aparecía en santor la parte superior de oro con lobo de sable, y a los lados, en campo de azur, una torre de oro. Pero el padre de Catalina no podía usar este escudo ni tenerlo en el frontis de su puerta, porque él pertenecía a la tercera línea de descendencia de la familia. José Miguel Lasa y Barbería se casó con María Luisa del Río Noguerido y Sedano, hija de un capitán de navío de la Real Armada, quien también fue Tesorero de la Real Lotería de la Isla de Cuba. José Miguel y María Luisa, padres de Catalina, tuvieron en total nueve hijos, de los cuales ella fue la quinta. Todas las hermanas Lasa del Río fueron célebres por su belleza, pero Cati, nacida un 30 de abril de 1875 bajo el signo de Tauro, poseía, además, otros dones: gracia, elegancia, distinción, ingenio, seducción y una despierta inteligencia. Era cálida y vivaz como una llama, y la prensa de su época llegó a llamarla la maga halagadora. A lo largo de toda su vida demostró que también disponía de un fuerte carácter y un inquebrantable poder de decisión.

Como tantas otras familias víctimas de una época políticamente convulsa y peligrosa, los Lasa tuvieron que emigrar a los Estados Unidos. La familia se radicó en Tampa entre los exiliados cubanos, y fue en aquel suelo extranjero donde la bella joven conoció a Pedrito Estévez Abréu, único hijo de la gran patriota Marta Abréu y Luis Estévez Romero, un oscuro abogado habanero a quien siempre se ha querido acusar de haberse casado con la riquísima villaclareña para ascender en fortuna y escala social, y que fue elevado por sus propios méritos a la dignidad de Vicepresidente del primer gabinete republicano. Marta poseía un caudal tan enorme que en una ocasión pudo permitirse donar a la Tesorería del Partido Revolucionario Cubano 186 mil pesos oro para financiar la compra de armas con miras a una intervención armada en la isla. Se cree que ella sola financió la mitad del costo de esa guerra.

Por aquel entonces los padres de Pedrito se encontraban exiliados en París, y fue en esa ciudad donde Marta Abréu recibió carta de su hijo anunciándole que se había comprometido con Catalina y deseaba casarse con ella de inmediato. Marta Abréu debió tomar informes sobre la novia de su hijo, y habrá encontrado tal vez ciertas referencias a su conducta que no le agradaron, porque se mostró reacia ante la noticia y escribió a su hijo pidiéndole que aplazara la boda hasta que todos pudieran reunirse en Cuba libre, pues ya era inminente el fin de la guerra. Pero Pedrito no podía esperar, pues si se cotejan fechas, ya Cati debía de encontrarse encinta de poco tiempo de su primer hijo. Los Estévez Abréu se apresuraron entonces a viajar a Tampa para asistir a aquella boda que les disgustaba, celebrada el 15 de junio de 1898.

EL PRIMER MATRIMONIO

Se ha llegado a decir en artículos publicados por diversos órganos de prensa, y hasta en libros, que el matrimonio de Catalina con Pedrito fue infeliz desde el comienzo porque Marta le recordaba constantemente a la nuera sus orígenes más bien humildes. No creo que existan ya personas capaces de testimoniar sobre la intimidad de La Venerable, como llamaban por ese entonces a la digna dama, pero parece más lógico pensar que, habiéndose instalado inicialmente el joven matrimonio en el mismo palacete del Paseo del Prado que ocupaban los suegros, desde muy pronto tuvo Marta, austera, hogareña y reflexiva, la posibilidad de observar con detalle el carácter díscolo y bastante superficial de Catalina, entonces de 23 años.

Existe una correspondencia de Marta a una amiga, donde se queja de que su joven nuera gusta en demasía de las fiestas y el baile y de exhibirse en sociedad; y también de las joyas, los vestidos y muchas otras aficiones que La Venerable consideraba mundanas. Además de las diferencias generacionales que pudieran separar a estas dos mujeres, no hay que olvidar que Marta era de índole muy diferente a su nuera en personalidad y carácter. Siendo una potentada que podía permitirse cuantos criados se le antojara, sentía placer en zurcir con sus propias manos la ropa interior de su marido y mejorar con sus agujas el trabajo de las modistas en los trajes que se mandaba a hacer siguiendo los dictados de la moda, no porque fuera coqueta o interesada en féferes, sino por la necesidad de presentarse en sociedad en concordancia con su condición.

Patriota fervorosa que hizo de la causa de la independencia el eje de su vida, Marta Abréu debió sentir rechazo y distanciamiento ante aquella mujercita radiante y joven que no servía a más ideología que la de sus diversiones y complacencias; madre incondicionalmente dedicada a su único retoño, debió de contemplar con disgusto la facilidad con que Catalina se separaba constantemente de sus hijos para ir en pos de sus banales aficiones. Las diferencias entre las dos mujeres debieron llegar tan lejos que la pareja joven terminó por mudarse para otra casa de la misma avenida.

También se ha sugerido que Pedrito no era el compañero más indicado para la turbulenta Cati. Su propia madre se quejó en muchas ocasiones de su debilidad de carácter y su pusilanimidad, y al parecer, antes de casarse había sido un pequeño dandy con infulillas de conquistador. En todo caso Marta pensaba que su hijo debería mostrarse más firme y enérgico ante los caprichos y veleidades de su bella esposa, y esta convicción debió exacerbarse cuando Catalina, ya toda una señora con tres hijos, fue elegida en dos ocasiones triunfadora en un concurso de belleza promovido por el diario El Fígaro. Es posible que La Venerable percibiera a su hijo como un juguete siempre moldeable en manos de su esposa.

SE ENCUENTRAN LOS AMANTES

 Así las cosas, aparece en escena Juan Pedro Baró. ¿Cómo se conocieron él y Catalina? Nadie ha dado una respuesta concreta a esta interrogante. Tan pronto se dice que fue en un sarao habanero como que el encuentro ocurrió en París; a la salida de Notre Dame, apuntan algunos. Ambas posibilidades pueden ser ciertas. Muchos hacendados cubanos multimillonarios, o simplemente de sólida fortuna, mantenían casas en París y otros lugares de Francia, Europa y los Estados Unidos, y en ocasiones hasta se compraban castillos, como hicieron los opulentos Terry de Cienfuegos, los más grandes industriales azucareros del mundo, quienes adquirieron por una suma fantástica el antiguo castillo de Chinonceaux, en la ribera del Loira. Marta Abréu tenía un hotelito en París, en la calle Beaujon, y Baró otro en la Avenida del Bois de Boulogne. Como ambos pertenecían a la colonia cubana de esa capital y colaboraban con el Comité Cubano de París por la independencia de la isla, se encontraban con frecuencia.

De los miembros de esta colonia cubana, adonde fue a insertarse la joven Cati desde su matrimonio, cuenta el investigador Paul Estrade: Sus apartamentos, a veces suntuosos, en invierno resultan lugares de reunión de la refinada colonia hispanoamericana de la que forman parte y de lo más selecto del París de entonces. Se suceden comidas mundanas y bailes de máscaras (…) París es por entonces un punto de expansión de la cultura mundial. Se va a La Ópera, los teatros, los cabarets, las exposiciones artísticas. Es la época de gloria de Mallarmé, Zolá, Romain Rolland, Anatole France. En la música despunta Debussy, en la pintura Tolouse Lautrec, Cezanne, Degas, Renoir… El marco ideal para una joven mujer como Catalina Lasa, quien desea mostrar su belleza y reinar en los salones, pero sobre todo, vivir, vivir intensamente, vertiginosamente.

Pero también pudo haber sido en La Habana, en los primeros años del matrimonio de Cati; por ejemplo, durante la fiesta de presentación en sociedad de Lilita, hija de Rosalía Abréu, hermana menor de Marta. Por entonces Rosalía ya había inaugurado su palacete de Palatino, adornado con muebles y cortinas de damasco y oro, seis frescos del pintor Menocal representando escenas de famosas batallas mambisas y un sin fin de objetos de gran valor. Un periodista, invitado para reseñar la celebración, cuenta cómo en el salón lleno de espejos se bailó el cotillón, y que el follaje del jardín estaba entreverado de brillantes bombillitas a manera de guirnaldas, y había mesitas en la terraza para el bufete. Se encontraba allí la crema y nata de la alta sociedad habanera, y por supuesto, Marta Abréu, tía de la festejada, y Catalina luciendo un precioso vestido Luis XV, se veía bellísima y su gentil figurita destacaba. También estaban entre los presentes Juan Pedro Baró y su hija Nina. Después del cotillón —sigue comentando el cronista— todos los invitados fueron a dar un paseo por el jardín. Cada caballero llevaba un farolito eléctrico muy bonito. En parejas se trasladaron al lago rodeado de altos bambúes y farolitos chinos. Por el lago circulaba una góndola donde iban varios cantando (…). ¡Cuántas cosas pudieron haber sucedido aquella noche en los vastos jardines que rodean la quinta de Palatino! Aquella fiesta bien pudo ser el marco donde Juan reparó en Catalina, o ella en él. Tal vez nunca lleguemos a saberlo con certeza.

Lo que sí se conoce de cierto es que Rosalía Abréu, poseída por alguna sospecha, contrató una agencia de detectives privados y pronto descubrió el romance clandestino. Se cuenta que cierta tarde en que Juan y Catalina se habían reunido ocultamente en la suitte que este último siempre mantenía alquilada en el hotel Inglaterra, la pareja fue avisada por un criado de la inminente llegada de unos hombres, presumiblemente los investigadores. Catalina apenas si tuvo tiempo de huir, envuelta en una sábana, hasta la esquina del hotel, donde la esperaba el coche de alquiler que la había conducido hasta allí.

Pero ya nada puede seguir siendo ocultado. La infidelidad es revelada y Marta, viendo fatalmente cumplidos sus peores pronósticos, exige a su hijo que eche a la infiel del hogar. Pedrito duda, pero es la propia Cati quien da por terminadas sus relaciones y se marcha con Juan dejando sus tres hijos al cuidado de La Venerable. O quizás la familia Abréu le impidió que los llevara consigo, prefiriendo conservar en su seno a los pequeños en lugar de entregarlos a una madre que iniciaba una existencia sumamente incierta como adúltera rechazada por la sociedad, junto a un hombre notoriamente conocido como inescrupuloso seductor.

Transcurre el año de 1906. Según algunos materiales de archivo, en los primeros tiempos de esta nueva relación que atrae sobre la pareja las iras y el desprecio de toda la sociedad, Catalina se hospeda, entre otros lugares, en el hotelito de Guillermo Lawton, gran amigo de Juan. En aquellos días tiene lugar la célebre anécdota de la visita de los amantes al Gran Teatro de La Habana, donde una compañía italiana ofrece una función de ópera o teatro. En señal de protesta ante la presencia de los execrados, el público se retira de la sala dejándolos solos en sus butacas. En un gesto que pone de relieve la magnífica osadía de su carácter, Cati se despoja de sus joyas y las arroja al escenario, donde los músicos y los actores continúan tocando solo para ellos dos hasta el final de la función. También ocurre por entonces una historia menos conocida: Juan alquila solo para ellos dos el parque del Tivolí, y la pareja pasa todo un día recreándose en medio de la hermosa vegetación, que como un nuevo Paraíso, Juan obsequia a su enamorada.

Pero la atmósfera se vuelve irrespirable, los desaires se suceden y el rencor de la familia Abréu los persigue implacablemente. Juan decide trasladarse con Cati a París, pero la ofendida familia Abréu los denuncia por bigamia ante la INTERPOL, o al menos eso se ha asegurado. En uno de los tantos artículos que se han escrito desde aquellos tiempos sobre Cati y Baró, se cuenta que la pareja perseguida tuvo que huir disfrazada de Francia: ella de aldeana, oculta dentro de una carreta de heno, y él como grumete, embarcándose en un barco que zarpaba del puerto de Marsella.

Esta misma fuente afirma que huyeron a través de tres continentes, pero lo más seguro es que se hayan dirigido directamente a Italia. Una visita al Vaticano los enfrenta al Papa Benedicto XV, quien escucha el alegato de la pareja en favor de sus amores, y decide conceder la anulación del matrimonio de Catalina con Pedrito Estévez Abréu. Se ha escrito innumerables veces que el Papa actuó con tanta liberalidad porque se sintió sumamente conmovido ante el espectáculo de esos amores contrariados, pero en una página de Internet encontré una lista de miembros honoríficos del Hexarcado de La Habana, entre los cuales aparecían los nombres de Juan y Cati. Estos títulos eran otorgados a determinadas personalidades por sus méritos o por algún tipo de contribución en favor de la Iglesia, lo cual permite suponer que quizás Juan Pedro Baró hizo algún cuantioso donativo a dicha institución en agradecimiento a la condescendencia papal. ¿O tal vez lo había prometido a Benedicto XV cuando fue recibido en audiencia ante él? Son meras especulaciones.

A raíz de la deserción de Catalina, los Estévez Abréu marchan a París en compañía de Pedrito y sus tres pequeños hijos. En carta a su ya mencionada corresponsal, Marta Abréu cuenta que los niños han enfermado gravemente por el frío y que extrañan mucho a la madre. Poco después el viejo padecimiento gástrico de Marta se convierte en una apendicitis. Operada de urgencia por el doctor Albarrán en su clínica parisiense, La Venerable muere en 1909. Su esposo inicia una viudez desgarradora, y obsesionado por la ausencia de la mujer con quien había compartido su vida, se suicida de un pistoletazo en el cementerio al pie de su tumba, demostrando así que mucho había amado a la cubana insigne. Imagino cuánto esta orgullosa familia habrá maldecido a Catalina, causante, por demás, de muchos de sus más dolorosos sufrimientos y humillaciones.

Una vez liberados oficialmente de su culpa por obra y gracia de la dispensa papal, Catalina y Juan regresan a París y contraen matrimonio de acuerdo con las leyes francesas. A partir de entonces residirán permanentemente en la capital francesa, haciendo constantes viajes de placer y negocios por Europa y los Estados Unidos. En 1918 el presidente Menocal, gran amigo de Baró, declara vigente la ley que legaliza el divorcio en la isla. El retorno del flamante matrimonio Baró-Lasa ocurre en medio de una ostentosa cena que Menocal ofrece en el Palacio Presidencial. Bajo la fina servilleta de Marianita Seva, Primera Dama del país, Baró coloca discretamente un estuche con valiosos diamantes en agradecimiento por la ayuda que él y su mujer están recibiendo para insertarse de nuevo dignamente en la vida social habanera.

 A pesar del apoyo que les presta el matrimonio presidencial, de la inmensa fortuna de Baró y de la solidaridad de la familia Lasa del Río, la alta sociedad habanera no traga fácilmente la dorada píldora, y son pocas las personas que aceptan tratar con quienes se han atrevido a pasar por encima de todas las normas y convencionalismos establecidos por la moral de la época, diseñada especialmente para proteger la unidad familiar. Testimonios de amigos muy allegados a la pareja Baró-Lasa, como el doctor Panchón Domínguez, miembro de la colonia cubana en París, demuestran que a pesar de hallarse junto al hombre que amaba, Catalina no se sentía completamente feliz. Panchón contaba a sus descendientes cómo cada vez que los intereses económicos de Juan en la isla obligaban a la pareja a viajar a La Habana, en el momento en que el barco iba haciendo su entrada en la bahía, Catalina dejaba escapar exclamaciones de admiración y nostalgia por las bellezas de su tierra. Sin embargo, al ser incluida por el Fígaro en una entrevista realizada a varias damas habaneras de alta alcurnia, el periodista le preguntó dónde le gustaría residir, y Catalina respondió: “En París, y haber tenido allí, como es natural a mi familia y afecciones”. Es posible que se refiriera a sus hijos, y en general a toda su familia.

CÓMO ERAN LOS AMANTES

En 1918 Catalina tenía cuarenta y dos años y Juan cincuenta y seis. Aquella diosa que en su juventud había sido una de las mujeres más bellas y elegantes de La Habana, conservaba intactos su gracia y su porte de reina. Sus ojos verdes, impregnados quizás de una cierta tristeza, continuaban irradiando seducción en su blanco rostro de perfil griego, pero tenía una ligera tendencia a engordar que le causaba gran preocupación y la hacía pasar varios meses al año en los más distinguidos balnearios y centros de descanso de Europa, sometiéndose a draconianas curas de adelgazamiento. Sin embargo, aún arrancaba a quienes la conocían expresiones de entusiasta admiración. Panchón Domínguez, al recordarla, exclamaba: ¡Qué mujer, qué gracia era capaz de llenar un salón ella sola!.

Ha quedado consignado en artículos de la época que Juan Pedro era un hombre alto, delgado y atlético, aunque enjuto y nervudo, que hablaba a la perfección el inglés y el francés. Una crónica lo describe como: (...) hombre de sociedad exquisito, ilustrado, con extraordinario don de gentes, respetado y querido en el mundo de los negocios tanto como en el mundo social más exclusivo. Patriota amante de la causa emancipadora, contribuyó siempre con su peculio a impulsar la causa separatista del país. Espíritu ilustrado, buscó en los viajes satisfacciones que creía incompatibles con los negocios. Para viajar liquidó todas sus posesiones agrícolas y se quitó de encima todas las preocupaciones. No es verdad que fuera un patriota muy entusiasta y generoso. Paul Estrade asegura que cumplía a regañadientes, muy a regañadientes con las recaudaciones que pedía el Comité Cubano en París, lidereado por el doctor Betances. Como tantos otros cubanos acaudalados que no querían verse perjudicados o que la Metrópoli les confiscara sus propiedades en la isla, se ocultaba para colaborar bajo el seudónimo de Pidal, Durante años la pareja residió en París, en su espléndida mansión de la avenida del Bois de Boulogne, donde recibían a sus amigos cubanos y a hombres y mujeres de todas las nacionalidades, siendo su salón uno de los más brillantes de la sociedad parisina.

En un artículo que aparece en una Bohemia de la época, se dice que la pareja se paseaba por los salones más aristocráticos de la vieja Europa; que su mansión parisina era un importante punto de la vida social de esa ciudad; que Catalina ofrecía cenas con menú de comida criolla donde los manteles eran de encajes de Bruselas y se levantaban las copas de murano para brindar por Cuba; Baró discutía sobre nuestro comercio e industria con figuras prominentes del mundo extranjero y ambos pasaban largas temporadas entre Europa y New York, donde Juan tenía importantes negocios, acrecentando una fortuna que no conocía momento alguno de inercia. Tanto era así que el enamorado caballero se permitió regalar a su esposa el castillo de Santa Ana, en el sur de Francia, propiedad célebre por su belleza y su valor arquitectónico, por la nada despreciable suma de un millón de francos oro.

Por herederos del doctor Panchón Domínguez pude conocer que los días de Juan y Catalina transcurrían de modo muy semejante a los de sus iguales de la alta sociedad: él asistía a sus oficinas, desde donde atendía sus asuntos; luego almorzaba con sus amigos (era un inveterado comedor de carne roja) y asistía a su club. Ella recibía en sus habitaciones a masajistas y peinadoras, iba de compras o disfrutaba una velada con sus amigas. Por las noches la pareja se reunía para cenar en la intimidad o con amigos, y más tarde iban a La ópera o a algún otro importante centro cultural, o a las múltiples y espléndidas fiestas donde compartían con la cremme de la alta sociedad parisiense del farboroug Saint Honoré, el cuerpo diplomático internacional y los más grandes artistas del momento.

Se sabe que Catalina era una entusiasta de los ballets rusos que por entonces arrasaban París con sus pintorescas y novedosas propuestas estéticas. Ella fue una especie de corresponsal voluntaria de El Fígaro, diario habanero al que suministraba información sobre la vida cultural de París y la marcha de la moda. Cuando llegaba el verano ella y Juan abandonaban la capital rumbo a algún centro elegante de recreo, y así sus vidas transcurrían en una dorada monotonía donde el placer ocupaba todo el tiempo de una amable existencia.

EL REGRESO A LA PATRIA

La pareja decidió instalarse definitivamente en La Habana, y lo hacen originalmente en una casa ubicada en una de las cuatro esquinas de las calles H Y 13, sin que hasta ahora yo haya conseguido identificar en cuál de esas mansiones habitaron. Mientras, Juan Pedro inició de forma anónima la construcción de una residencia monumental en el número diecisiete de la calle Paseo, en la barriada del Vedado, entonces en plena expansión. Los curiosos acudían diariamente a contemplar las obras, que duraron aproximadamente dos años, sin que jamás trascendiera la información de quiénes eran los dueños que se instalarían en el inmueble cuando éste estuviese terminado.

Tampoco Catalina estaba al corriente de la edificación de la que iba a ser su nueva residencia. Cuando al fin él la condujo de la mano al interior del edificio ya decorado, ella estalló en llanto. Quince días antes de la inauguración de la casa, el secreto tan celosamente guardado dejó de serlo cuando Baró envió invitaciones a todo lo que valía y brillaba en la sociedad habanera para que asistieran a la deslumbrante celebración que ofrecería a en honor de Catalina, esposa y propietaria.

LA CASA DEL AMOR

 La residencia de la calle Paseo fue diseñada por la importante firma de arquitectos Govantes y Cavarroca, quienes la concibieron como una mezcla de los estilos Renacimiento Florentino y Art Déco, este último lanzado apenas dos años antes en la Exposición de París de París y último grito de la moda en Europa. La nueva morada fue inaugurada en 1926. Hubo tulipas de importación en la entrada principal y champaña en los jardines; y una asistencia muy nutrida de las altas personalidades y figuras de sociedad, pues la pareja había acompañado astutamente las invitaciones con regalos que en algunas versiones fueron pinturas de reconocidos artistas cubanos, y en otras, joyas diseñadas por el gran cristalero y joyero francés René Lalique, de quien Baró era generoso mecenas. No hubo invitaciones devueltas y finalmente, tras muchos años de rechazo y desprecio, la pareja tuvo su momento de apoteosis pública.

Se cree que fue justamente esa noche cuando Juan Pedro entregó a Catalina por primera vez la famosa rosa amarilla que él había concebido como homenaje a su belleza. Sobre su origen corren diversas versiones: se dice que fue el famoso arquitecto francés Forestier, diseñador de los jardines de la casa, quien la creó a base de injertos; pero también que fue encargada por Baró al jardín El Fénix, elegante floristería habanera de la época. Al parecer se trató de un regalo de cumpleaños. La rosa, de pétalos anchos y puntiagudos que alternan el rosa tenue con el amarillo vivaz, color preferido de Catalina, no tardó en convertirse en novedad y durante muchos años fue costumbre habanera que las novias llevaran esta flor en su ramo o corsage, en homenaje a la mujer que había inspirado tan grandes amores…

La casa resultó algo definitivamente innovador en la arquitectura cubana, y punto de referencia en cuanto a lujo insuperado se refiere: De sencilla concepción espacial que evoca la grandeza de las salas hipóstilas de los templos egipcios, es en la rareza y el costo de los materiales que se usaron en su construcción donde radica el gran reclamo de las opulentas riquezas de este millonario. Las escalinatas exteriores son de mármol rojo Languedoc y en los interiores se utilizaron mármoles italianos raros, como el Port Oro y el giallo di Siena. Todas las rejas son de hierro forjado de la casa francesa Baguez, (y no se usaron en ella soladuras, sino solo grapas) y la arena usada en los revestimientos fue traída de las riberas del Nilo. La mezcla para el estucado de los techos era confeccionada por operarios de la prestigiosa firma francesa Dominique, la cual guardaba con tanto celo sus fórmulas que al albañil cubano que la aplicaba no se le permitía estar presente durante la preparación del material. Tras la pareja de leones que aún hoy recibe al visitante en la entrada de la mansión, decoraban la puerta de entrada dos grandes columnas de terracota con capiteles dóricos. En el piso de mármol del vestíbulo imperaba un diseño de pirámides truncas y rectángulos con cuadrados negros, y estuvo adornado por dos enormes huevos de mármol sobre pedestales, los cuales se encuentran actualmente en los fondos del Museo de Artes Decorativas. El recibidor tiene puertas de caoba que comunican a la izquierda con la biblioteca, y a la derecha con el comedor.

Para complacer los gustos de Catalina, que amaba los espejos donde podía ver reflejada su belleza, Baró hizo llenar la casa de ellos. En la biblioteca, Baró recibía a sus socios y realizaba negocios, además de fumar los finos habanos que solía degustar tranquilamente en solitario rodeado de un elegante mobiliario de cuero negro y caoba. El comedor, amplísimo y ventilado, tenía estanterías empotradas para la vajilla y un juego de mesa para doce comensales diseñado por el hijo mayor de Catalina en el más puro estilo Art Deco; el nivel superior del piso fue recubierto por pastillas de mármol intercaladas con finas láminas de oro que ya no existen, y en las ventanas se colocaron láminas de nácar. Una doble puerta corrediza de cristal da paso a una terraza que se abre sobre el jardín veneciano. Una inmensa escalera helicoidal con pasamano laminado de plata nacía a un costado del vestíbulo, y exactamente a la mitad de la misma se alzaba un gran vitral de cristal francés, diseñado por la casa Billancourt de París, con los escudos de armas del doble título nobiliario ostentado por los Baró. También en la planta baja está el famoso Portal del Sol, pequeña estancia abierta al aire libre y rodeada de vegetación, que se usaba como sala de estar; en su centro brotaba una bella fuente de mármol gris con piso de cerámica vitrificada, cuyo motivo se repetía en la lámpara. Las paredes estaban recubiertas de tabloncillos hasta la bóveda del techo, y mientras los dueños habitaron la casa, este tabloncillo sirvió de soporte a una lujuriante enredadera.

 En el piso alto se encontraban los dormitorios de Juan y Catalina, comunicados por un pasillo muy íntimo. El de ella en suaves tonos rosa y pisos de mármol gris, y el de él con piso de mármol alternando cuadros blancos y negros y paredes revestidas de caoba. Catalina tenía un vestidor recubierto de espejos empotrados en marcos de plata. Todas las piezas del baño eran de mármol rosa, y digo eran porque actualmente esta pieza ha sido convertida en almacén de la tienda shoping que ocupa el dormitorio de la dueña de casa, y no queda allí nada que permita imaginar su antigua y lujosa elegancia.

Los jardines tenían estilos bien diferenciados y aún puede apreciarse en ellos las escaleras de mármol rosado, los caminos de arena, los árboles frutales, los parterres floridos y las fuentes y estatuas, estas últimas representaban bellos cuerpos de mujer desnudos o recubiertos con un velo. No ha faltado alguna mente especulativa que arriesgue la hipótesis de que la propia Catalina sirvió de modelo para las esculturas. No puede comprobarse. Pero se sabe, en cambio, que a Catalina le gustaba mucho la naturaleza, lo verde; le gustaba arrellanarse en los mullidos butacones de la terraza a contemplar sus jardines, y desde allí permanecía horas enteras sumergida en aquel mirar errático y silencioso. Fernando López fue el arquitecto que dirigió la remodelación realizada en el inmueble después de la Revolución.

 No sabe con exactitud a cuánto ascendió el costo de la propiedad, porque en aquella época las propiedades se inscribían en Amillaramiento, pero los dueños, para pagar menos impuestos, declaraban un valor muy inferior a su costo real. Aún así, Fernando piensa que fueron cinco millones de pesos, lo que hoy equivaldría a unos sesenta millones de dólares. Magdalena y Jesús, empleados actuales del inmueble entrevistados mí, aseguran que han pensado mucho en Catalina Lasa y la imaginan como una mujer de carácter dominante, fuerte, de convicciones profundas; alguien que sabía muy bien lo que quería de la vida. Magdalena incluso piensa que no era una mujer sufrida, que ni siquiera sufrió demasiado por el rechazo con que la sociedad castigó su transgresión, sino que supo gozar de la vida y se la pasó estupendamente, como parece demostrar, entre otras, esta anécdota: María Luisa Gómez Mena, condesa consorte de Revilla de Camargo, y Catalina, eran rivales en sociedad. Se cuenta que una noche ambas asistieron a un sarao, y que para asistir, la condesa había invertido una gran suma en la compra de un modelo exclusivo a un modisto francés muy reputado. Catalina sobornó a una mucama del servicio de María Luisa para que le entregara una copia del modelo y la noche del sarao se presentó con idéntico atuendo. La Revilla se retiró de la fiesta, quizás con un ataque de histeria; pero Catalina continuó muy oronda y se divirtió a sus anchas sin que nada enturbiara su buen humor.

Baró, a estas alturas, ya no poseía ingenios ni haciendas azucareras. Se había desecho de estas propiedades y tenía otros negocios. Puso oficinas en el banco Nueva Scotia y repartía su tiempo entre sus nuevos negocios —pesumiblemente de bienes raíces y capitales—, y la vida social, que a pesar de todos los esfuerzos realizados por él y de su poderoso y siempre creciente caudal, nunca llegó a ser muy amplia, pues el matrimonio no consiguió recuperar jamás la aceptación de toda la alta sociedad habanera. Su casa, por muy espléndida que resultara en cuanto a arquitectura, se nota evidentemente concebida para pequeñas reuniones, y no para eventos sociales de carácter magno como el palacio de los condes de Revilla de Camargo. Definitivamente, para los Baró-Lasa el ansia mayor era el goce de su amorosa intimidad.

LA MUERTE ABRE SUS ALAS

La feliz pareja disfrutó poco tiempo del espléndido nido de sus amores. Apenas dos años después de construida la grandiosa mansión, Catalina enfermó y Baró la llevó a París para ser tratada por los mejores especialistas. Poco después ella moría en la capital francesa, en brazos de su marido desesperado y asistida por Panchón Domínguez, reputado especialista cubano y médico personal de casi todos los cubanos pudientes que conformaban la colonia cubana en París. Junto a la agonizante se encontraban también sus hijos y algunos de sus hermanos.

Sobre la causa de su deceso se ha especulado muchísimo. Algunas versiones aseguran que Catalina arrastraba una larga y penosa enfermedad contraída durante los últimos tiempos que pasó en su nueva vivienda habanera, por lo cual ya no se mostraba en público, y ante los empleados y sirvientes sólo lo hacia con el rostro semi cubierto por un velo negro. El certificado de su muerte, archivado entre los legajos del cementerio de Colón, habla de una intoxicación producida por ingesta de pescado. También se ha manejado la posibilidad de fallo del corazón causado por una cura de adelgazamiento conducida con exceso, hipótesis que se sostiene sólidamente por el hecho de encontrarse Catalina en Carlsbad, famoso balneario del este de Europa, en el momento en que enfermó.

También se ha especulado sobre la posibilidad de una neumonía, cáncer de pecho, envenenamiento por ingestión de setas venenosas (¿o envenenadas?) y otras dolencias, sin que de cierto se sepa la verdad. En la biografía de Panchón Domínguez escrita por su hija, esta solo narra que su padre fue llamado con suma urgencia en medio de la noche al petit hotel de los Baró-Lasa, donde encontró a Catalina agonizante en su lecho. El célebre médico nada pudo hacer por salvarla y ella expiró en los brazos de su marido, rodeada de algunos miembros de su familia. Ocurrió en la noche del 3 de noviembre de 1930. Tenía cincuenta y cinco años. Por una de esas extrañas coincidencias de la vida, la fecha elegida por Catalina para abandonar este mundo fue la misma que vio partir en el último viaje a su sempiterna enemiga Rosalía Abréu.

Como era costumbre en aquellos tiempos entre las clases pudientes, Baró hizo embalsamar el cuerpo de su mujer en la agencia parisina de St Honoré de Eybaud y dispuso que el vapor francés Meñique trajera a La Habana el cadáver en capilla ardiente a través del Atlántico; se ha dicho que pagó para que cada día, durante toda la travesía, un avión arrojara sobre el barco una lluvia de rosas amarillas.

El cadáver llegó a La Habana el 2 de enero de 1931, y tuvo su primer enterramiento en una finca particular, pues el panteón familiar que Baró había comenzado a construir un año antes al costo de medio millón de pesos oro, aún no había sido terminado. Dos años más tarde sus restos fueron definitivamente trasladados a la que es hoy una de las más bellas, valiosas y arquitectónicamente representativas capillas del cementerio de Colón.

LA TUMBA

 La capilla de estilo Art Deco que guarda para la Eternidad los restos de Catalina Lasa, Pedro Baró y doña Concepción, madre de este último, fue construida en mármol blanco (¿de Bérgamo, de Carrara?) con puertas de ónix o de granito negro; pero según el historiador Antonio Medina, especialista en monumentos fúnebres de la necrópolis de Colón, se trataría en realidad de un bastidor corredizo de bronce grumoso recubierto de un fino cristal negro trabajado en relieve por el propio René Lalique, y traído de Francia expresamente para la decoración de la tumba. (Lalique fabricaba ya entonces un cristal llamado Claro de Luna, con textura lechosa de gran belleza, cuya fórmula se llevó al silencio de la muerte). La puerta tiene grabada en su mitad superior una cruz que se dice fue pedida por Catalina para que custodiara su última morada. La cruz está orlada por cenefa de rosas e irradia de sí muchos rayos, los cuales van a derramarse en la mitad inferior sobre los cuerpos de dos querubines arrodillados. Dibujados de acuerdo con la ley de frontalidad, estos ángeles muestran un cierto sabor egipcio. Con su única mano bendicen hacia el suelo una columna vertical de rosas encadenadas. El ábside de la capilla es una media cúpula en forma de vaina decorada con cristales de Lalique, cada uno de los cuales ostentaba una rosa amarilla Catalina Lasa sobre fondo púrpura, que al ser traspasada por los rayos del sol proyectaba la imagen colorida de la flor sobre las lápidas en el interior.

Cuando visité el Cementerio con la esperanza de entrar a la capilla, tuve la decepción de saber que nadie ha franqueado su umbral desde hace por lo menos cinco décadas, pues la llave fue extraviada en circunstancias misteriosas. Tuve que conformarme con dar la vuelta y subirme sobre el cemento de otra tumba trasera para poder espiar a través de los cristales. Por suerte, en un intento de robo perpetrado contra el monumento durante el Período Especial, uno de tales bloques fue fracturado, siendo sustituido rápidamente por otro transparente a través del cual es posible captar algunos detalles del interior de la capilla. Así alcancé a distinguir tres tumbas colocadas en semicírculo, detrás de las cuales se divisa una cruz de cristal amarillo, en realidad una mampara tras el altar que está detrás de la tumba de Catalina. Este altar aparece vacío, aunque Medina asegura que antaño hubo allí dos candelabros. Ante cada una de las tumbas hay una mampara de cristal de cuarzo transparente con cenefas de cuadros, y en cada cuadro una rosa tallada. Hacia la derecha, y casi fuera del marco de la visión, hay algo parecido a una capillita, altar o nicho al que evidentemente le falta la puerta, pues se puede ver perfectamente el marco. En el interior de aquel recinto sepulcral reina una paz tan absoluta que llega a estremecer, pero tiene cierta semejanza con la última sonrisa de alguien que, a pesar de todo, ganó las dos grandes batallas del Hombre: la de la vida y la de la muerte.

DESPUÉS

Cuando Catalina murió, Baró no quiso habitar más la casa; pero tampoco venderla, y la alquiló a un canadiense. A su muerte, ocurrida diez años después, parece ser que la hija de éste, quien vivía en París, prestó o arrendó el inmueble al Consulado francés hasta 1957, año en que pasó a sus últimos ocupantes, una institución de boy scout o algo semejante. Luego del triunfo revolucionario terminó convertida en la Casa de la Amistad Cubano-Soviética, y hoy es simplemente la Casa de La Amistad, donde cualquiera puede sentarse a disfrutar de los bellos jardines donde Catalina y Juan se amaron, y comprar un refrigerio o un almuerzo en divisas, tomando este último en el impresionante comedor que por lo general, permanece completamente vacío. El cadáver de Baró fue trasladado a La habana desde París en octubre de 1940 y sepultado junto a la que en vida fue su gran amor.

Pero aquí hay un detalle que considero imprescindible esclarecer. Según me han informado especialistas en arte funerario, estudiosos de monumentos, y Teresita Aloy, historiadora del cementerio de Colón, es absolutamente falso que Baró se haya hecho enterrar de pie a la cabecera de Catalina para rendir eterno homenaje a quien fue para él la mujer más perfecta y más amada del planeta. Simplemente duerme junto a ella en la tradicional postura yacente del mundo occidental. Sin embargo, sí es un hecho real que cuando enterró a su esposa Juan ordenó fundir sobre el féretro varios metros de concreto, para impedir que futuros violadores y saqueadores de tumbas osaran profanar su belleza y perturbar su descanso eterno. La leyenda de estos amores asegura que por deseo de su marido, el cuerpo embalsamado de Catalina fue enterrado con todas sus joyas, como una auténtica momia de faraón.

Otra versión asegura que solo se trataba de un pectoral donde las piedras preciosas engastadas en oro conformaban un diseño de rosas. Los trabajadores del Cementerio creen que ese fue otro de los motivos que tuvo Baró para tomar la disposición de convertir la fosa en poco menos que un bunker. He preguntado a muchos de ellos si las joyas de Catalina pudieran continuar aún hoy sobre su pecho, pero nadie ha sabido darme una respuesta rotunda, y no ha faltado quien, considerando la falta de escrúpulos y la avidez de riquezas tradicionales en los gobernantes de la República, dude de que semejante tesoro repose todavía entre los senos de la diosa sepultada.

FANTASMAS

Mientras entrevistaba a los actuales empleados de la Casa de la Amistad se me ocurrió preguntarles si existe alguna leyenda sobre la presencia de fantasmas en el inmueble. Se cruzaron miradas entre ellos y de repente temí que irrumpieran en una sonora carcajada de burla ante la ingenuidad de mi pregunta, pero para mi sorpresa permanecieron graves y comenzaron a narrarme extrañas historias.

No solo actualmente, sino desde que la casa fue abandonada por sus propietarios originales, los empleados, sirvientes, jardineros y limpiadoras han referido haber visto fantasmas errando por las escaleras, los cuartos, los jardines y hasta la biblioteca de Baró (hoy tienda de tabaco de la Casa), donde se asegura que en ciertas ocasiones puede verse el humo de un habano flotando en el aire de la habitación. Magdalena Ramos habla del sonido de una invisible bola de cristal que rueda por las escaleras y estalla contra el piso. También me refirió que una noche de huracán en la que los trabajadores fueron convocados para montar guardia y proteger el inmueble, ella se encontraba en su pequeña oficina intentando trabajar en la computadora, Un sopor momentáneo la invadió, y al intentar mantener los ojos abiertos creyó distinguir la imagen borrosa de una mujer ataviada con una larga túnica color amarillo pálido y un velo del mismo color. Tras el tejido leve y transparente creyó reconocer los rasgos de Catalina.

Una empleada que trabajó durante dieciséis años en la Casa y ahora labora en el Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos, me comentó tímidamente que mientras estuvo allí escuchó en varias ocasiones el llanto de un niño al que buscó por todas partes y jamás encontró. Ella también juró haber visto una única vez el espectro de Catalina vestida de blanco descendiendo por la escalera, y ese fue el motivo por el cual solicitó su traslado al ICAP.

 Las puertas del ático se abren y cierran solas, y un antiguo jardinero que había trabajado cuidando las rosas de Catalina, contaba siempre a sus descendientes que en más de una ocasión, al alzar la mirada hacia la ventana de la que había sido alcoba de la señora, percibió el rostro de una mujer que asomada tras el cristal le saludaba gentilmente con su mano. Roldán, el subdirector, me contó de un tiket de venta que cuando salió de la caja pagadora a manos del cliente, en lugar de decir: “Vuelva a la Casa de la Amistad”, rezaba de manera incomprensible: “Vuelve a Lasa de la Amistad”.

En otra parte de la ciudad, una persona absolutamente respetable a quien entrevisté, y cuyo nombre me pidió mantener en el anonimato, me relató lo siguiente: su padre, conocido historiador e investigador habanero, comenzó años atrás una pesquisa sobre Catalina Lasa y Juan Pedro Baró. Trabajó en el Archivo de la Oficina del Historiador, en el Archivo Nacional y varias bibliotecas, y reunió una considerable documentación sobre sus vidas. De repente, una tarde, mientras se encontraba reunida su familia esperándolo para cenar, el investigador abrió de un tirón la puerta de su despacho y se precipitó en la sala con el aspecto de un hombre aterrorizado. Apenas conseguía hablar, y cuando al fin pudo hacerlo dijo entrecortadamente que Juan Pedro Baró estaba dentro de la estancia desordenándole violentamente los papeles de la investigación. A partir de ese día sus facultades mentales comenzaron a declinar aceleradamente y hoy se encuentra internado en una institución, aquejado de una irreversible demencia senil.

¿Debe el lector prestar crédito a todas estas historias? No puedo pronunciarme al respecto, pero por mi parte, si cediera a la tentación de interpretarlas, diría que estas presencias evanescentes nos hablan de un amor tan intenso que se niega a morir, porque no alcanzó a agotar en vida la savia terrenal que lo hizo nacer y lo alimentó por tantos años. No creo que Catalina Lasa y Juan Pedro Baró deseen oraciones por el descanso eterno de sus almas. Me parece más bien que aún del otro lado del Umbral continúan recorriendo sin cesar los escenarios de su pasión, porque eso los hace muy felices y tal vez les consuele de su actual condición inmaterial. Como si se dijeran una y otra vez mirándose a sus ojos de espectros: Recordar es volver a vivir.

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ARTÍCULO CRÍTICO SOBRE MALEVOLGIA, NOVELA DE GINA PICART

hijadelaire @ 13:54

 Malevolgia, o el sueño de la muerte como obra de arte, por Alberto Garrandés (publicado en Cubaliteraria)

Para presentar a Gina Picart, autora de La poza del ángel y El druida —libros muy desmarcados de la mainstream narrativa cubana de hoy—, habría que empezar por decir que ella es, entre las escritoras y los escritores cubanos del presente, la única que emprende la aventura de escribir textos narrativos donde la mística y la simbólica de varias tradiciones culturales (las más conocidas y las más oscuras) se transforman en ficción y en personajes gracias a un curioso y eficaz proceso de predicaciones, especie de emulsión alquímica de un cúmulo de datos en apariencia abstrusos y en desorden. Dicho proceso, muy propio de la ficción novelesca (pero, sobre todo, de las formas prenovelescas, romancescas, y de los cánticos vecinos del lenguaje ritual, u organizados en forma de ritual), permite acceder a un territorio ambivalente, irresoluto, tan cotidiano como extraño. Y, como ustedes podrán suponer, si todo esto se pone al servicio y dentro de los moldes de la novela como gran género literario de la contemporaneidad, el resultado no podría ser menos que raro.

Pero Gina Picart, bueno es aclararlo, también es capaz de contar historias donde lo real de pronto se abre a una posibilidad para la cual las personas comunes no se encuentran preparadas. Y aunque en ella siempre hay un viaje hacia los pozos más profundos de la memoria o del mito, sus entramados exploran una verosimilitud en forma de advertencia. Por ejemplo, así ocurre en otra novela suya titulada El viaje del pez oscuro, lamentablemente inédita.

El hecho de que yo esté aquí presentando Malevolgia, su primera novela publicada, no tiene nada de singular. Gina Picart sabe y ha dicho que soy un raro, y además me ha dedicado, junto a otras personas, este libro. Aprovecho, pues, la oportunidad para agradecérselo y advertir, desde mi condición de lector bastante cómplice, que Malevolgia debe ser objeto de lecturas cuidadosas porque es un texto cuidadoso, no solo debido a la fabricación encarnizada de su lenguaje, sino además porque en sus páginas tenemos una trama de estructura circular, desplegada independientemente de su enorme cúmulo de referencias, y en la que, por cierto, no hay trampas tendidas al lector. Creo que se trata de una narración sincera, llena de claridad, aun cuando el mundo que describe y convoca pertenezca al reino de la sombra, la suposición y el misterio.

Malevolgia es, a su manera, un libro suntuoso. Y lo es porque encierra varios senderos por los que se llega a su centro. Cuando una novela muy breve —esta tiene poco más de 100 páginas— concentra en sí una tupida red de posibles narrativos, su grado de intensidad aumenta al punto de que cada página, e incluso cada frase, llegan a poseer pesos reconocibles para la evaluación definitiva. Malevolgia explica un caso común de prostitución mediante un personaje de origen bosnio —Marita Merková— que, bajo los saberes prácticos de una mujer de mundo —Sandra—, quiere ingresar en el orbe del dinero y el gran bienestar. Pero tras ellas están ciertos negocios masculinos (negocios previsiblemente muy turbios y vinculados al crimen) y, en medio de una fiesta donde hay caballeros de mucho empaque, y donde Marita actúa como chica de servicio, Sandra muere asesinada en un baño. Marita huye, intenta escapar de esos hombres que han matado a su amiga, y es entonces cuando su aventura adquiere un brillo tenaz, o más bien una dimensión universal, cósmica, esperpéntica, ensoñada, expresionista y mágica, ya que la joven deberá enfrentarse, en un frondoso bosque de signos, al sueño de la muerte como obra de arte y como elaboración de un contexto mítico-ritual del que acaso descienden esos hombres oscuros.

He dicho que la trama general de Malevolgia posee un centro, pero debo rectificar esa aseveración. Un libro como este no se entrega al credo de la centralidad, aun cuando cultive —y en parte este es el caso— una especial devoción por la figura del laberinto. Laberíntico, pero no dionisiaco, es el paso de la trama de la novela por nuestras mentes, y sin embargo sus episodios fluyen como dentro de un juego de espejos, un juego de duplicaciones binarias, un juego en el que los símbolos atraen a las historias que los dilucidan, en un tejido que nos mueve a pensar en secretos largamente guardados y en razones que la Historia de la cultura ha olvidado o preferido olvidar. Marita Merková, chica muy simple, debe enfrentarse a todo esto, y tal es el motivo por el cual la novela, al desovillarse, nos conduce de la mano por lo que se halla detrás de ciertas actitudes y emblemas humanos.

En rigor, Marita Merková cumple un destino de lujo en tanto víctima propiciatoria, pero el primer plano de su muerte a manos de los hombres oscuros es bien grosero, pues se trata de una muerte común, a través de la cual se quiere suprimir una revelación inconveniente o la amenaza de esa revelación. Marita debe morir. Ha escuchado en esa fiesta algo que no debía escuchar y, mientras mira el espantoso cadáver de Sandra, huye de la rutilante mansión y llega al Reino de la Noche. Aquí empieza el delirio, o la vigilia del delirio, que es donde Gina Picart coloca el problema artístico de Malevolgia. Es decir, no un problema en tanto ecuación incómoda, sino en tanto artefacto (novelesco, ya lo sabemos) que posee el don de responder a una pregunta: qué es lo que hay en el sueño de la muerte, o qué es lo que prospera cuando la muerte se avecina con ímpetu terrible a nuestra conciencia, en medio de la consternación y el sufrimiento.

Malevolgia cuenta, como he sugerido, un descenso a lo profundo del alma en el sueño de la muerte. Hay una especie de grandiosidad épica en ese viaje infinitesimal a la muerte, o dentro de ella. Una grandiosidad meditativa, imaginal, de índole casi lírica, metafórica, que hace que la muerte, o su momento atemporal, se constituya en materia de lo artístico. Este es un tópico prestigioso y muy acreditado. Porque ese misterio del paso a la muerte es el gran misterio del hombre (un misterio que se acrecienta o disminuye en virtud del lenguaje) y, asimismo, es el origen de algo que invade el pensamiento humano: la presencia o no de Dios, la presencia o no de los dioses, o de los demonios, o de las criaturas elementales. La existencia o no de otros mundos.

La persona que ayuda a Marita a escapar vive a ratos en una Feria de Diversiones abandonada. En el sueño de la muerte esa persona es El Rey de la Noche, un enmascarado minotáurico a quien Marita debe pagar, de diversas maneras, por estar a salvo allí, en el inframundo. El Rey tiene una doble faz: la del sujeto mitológico y la del vagabundo común que es capaz de traicionar por dinero. Esa medievalizante Feria de Diversiones es, por su parte, no solo una feria abandonada, sino un arquetipo tangible e intangible de la representación mandálica del mundo, condición observable en las grandes metáforas culturales, desde los rizomáticos viajes de Odiseo (pero con otro ordenamiento) hasta hoy, pasando por el Carnaval y llegando hasta los blogs temáticos de internet. Sin embargo, una voz interviene en los acontecimientos: la de Mahisasura el Giboso, guardián del Tesoro del inframundo.

Creo que Gina Picart se ha preguntado cómo darle paso, en una historia casi banal (por sus hechos en sí, no por su enunciación narrativa), al inframundo. O sea, cómo reacreditar una historia casi detectivesca a través del levantamiento de otro mundo cuya naturaleza es casi primordial. Un mundo que, sin embargo, tiene marcas temporales en suspenso, pues apunta al pasado remoto, al presente y al porvenir. En ese cosmos está Mahisasura el Giboso, que habla del Rey, de la historia del Rey. Y ambas historias —la de Mahisasura y la del Rey— van tejiéndose hasta revelar su lógica, su resplandor, su belleza y su atrocidad.

Mahisasura es la trasubstanciación del conocimiento, es el Hombre Despierto que Aguarda, es el celador del lenguaje original. Mahisasura, trasegador de bibliotecas perdidas, se metamorfosea en el Sabio Insomne y es el servidor más inmediato del Gran Misterio. Conoce el valor concentrativo y mágico de la sangre y cree en los poderes convocantes del lenguaje.

Creo que Gina Picart nos enseña cómo sería la trascendencia cultural y ontológica de un mero suceso del presente, cómo serían sus ramificaciones místicas y rituales. Y nos dice que el presente no solo es algo muy sólido sino que esa solidez reside en su capacidad de activar el pretérito remoto de un modo apenas consciente, para que el porvenir sea, precisamente, la representación de ese tipo de trascendencia universal que está dentro de todo lo vivo. La objetivación referencial que Malegolvia nos depara, quizás sea la del mundo interior reedificado más allá del sueño. El mundo del yo y el inconsciente como productores de realidad para el sujeto.

El Rey, antiguo elegido de Mahisasura para que se convierta en su sucesor, es un hombre que deambula por sus dominios, consume droga, bebe cerveza, pero también le pinta a Marita el ojo de Krishna en la frente. Es un individuo que sale del mito y entra en él con demasiada ligereza, de acuerdo con la sensibilidad que podemos presumir en ese ente extraordinario que es Mahisasura el Giboso. Marita acompaña al Rey y lo escucha. Aprende con él. Tienen sexo a menudo. Es como si Marita hubiese ingresado en el extraño mundo de un heresiarca hippie, a salvo de los crueles e implacables hombres de la fiesta.

En un momento de la novela, en el desierto —bajo un anochecer con sol rojo y junto a un fuego recién hecho—, Marita y el Rey hablan de Sombra (la antigua mujer del Rey) y del niño que acaso es de ambos. Sombra y el niño ya han muerto, forman parte del pasado dramatúrgico del texto, pero el Rey continúa triste. Entonces él, como sobreponiéndose a un dolor inmenso que no se extingue, saca unos recortes de cierta revista y Marita se entera de que su vida está siendo vivida por otra persona: se descubre, famosa, en las pasarelas de modas más refulgentes del mundo y, sin embargo, se encuentra allí, en la mugre de la Feria. ¿Suplantación de identidad? No se sabe. Sandra no ha muerto con un clavo en la garganta, sino en un accidente de auto. Sandra era una rica y exitosa empresaria colombiana. El Rey le enseña a Marita una de las tantas posibilidades de su vida, como si hubieran estado atravesando el célebre jardín de senderos que se bifurcan, aquel arquetipo con el que Jorge Luis Borges enunció la índole laberíntica de la identidad y la presencia de los mundos paralelos.

Malevolgia tiene en la Feria de Diversiones, devenida La Feria, una imagen enciclopédica, transhistórica, que se modifica cuando Marita y el Rey llegan allí y empiezan a probar las muchas atracciones. Pero el sitio ha sido invadido por las marionetas y está como acariciado por los fantasmas y el olvido. Libro a ratos gótico, Malevolgia representa el padecimiento como si fuera el destino natural del mundo. Pero no el padecimiento físico —que también se encuentra aquí—, sino sobre todo el padecimiento del individuo enfrentado a la muerte, sin conocer jamás el fondo último de la verdad.

Para forzar la lectura hacia uno de sus límites, podríamos decir que Malevolgia contiene su explicación y su ficción. Es decir, la novela aporta el esclarecimiento de sus metáforas y asimismo la ficcionalización de sus metáforas, teniendo en cuenta que la ficción puede ser, aquí, un predicado con el que se busca o se mediatiza la verdad. Casi un ensayo experimental, Malevolgia oscila, por su vehemente adscripción a lo novelesco y a la meditación místico-cultural-alquímica, entre formas literarias arcaicas. Una escritura épica anterior al surgimiento de la novela como género, fuertemente arraigada ahora (y me refiero en este instante a Malevolgia) en la visualidad contemporánea y en algunos tópicos “mistéricos” —de iniciación al conocimiento— de la tradición cultural secreta de Occidente. Una escritura filosófica doblemente indiferenciada: en primer lugar, del gesto ritual, y, en segundo lugar, de la enunciación de esas capacidades de convocatoria que poseen ciertos objetos, representaciones y sustancias.

Como signo complejo, la Feria es en realidad un modelo articulable de lo mejor y lo peor de muchos mundos. Asimismo, la Feria se constituye en el universo acomodado a la voluntad y la perspectiva de quien sea su Rey o su dueño físico. La Feria es el acto de mostrar y ofrecer, y analogiza la experiencia y la recrea. Los capítulos de la novela podrían ser como etapas o estancias de ese viaje iniciático y sacrificial. Y así llegan Marita y el Rey a la mansión de la fiesta donde Marita era chica de servicio y donde han matado a Sandra. Ya sabemos que de allí ha huido Marita, para ingresar en el inframundo. Pero la mansión parece abandonada hace tiempo. Aun así, la joven se sumerge en una bañera con sales aromáticas y el Rey le lava el cabello. Y orina, lascivo y soez, encima de su cuerpo. La serpiente se muerde la cola. Ahora el círculo puede cerrarse.

El inframundo o Laberinto tiene siete niveles y está debajo de la Feria de Diversiones, que también es llamada El Reino de la Noche. Mahisasura el Giboso, Gran Custodio, vigila a la pareja con alguna esperanza. Pero está convencido de que su raza acaba en sí mismo.

“Lo que más fascina al hombre de casta noble y guerrera es la relación entre voluntad y destino”. Esta frase, que implica la presencia/ausencia de la Divinidad respecto de la moira y la nemesis, se repite dos veces en el libro y creo que encierra una clave para su comprensión, si es que comprenderlo resulta un imperativo de nuestro vínculo con él. Porque la relación de Gina Picart con Malevolgia viene a ser la de un escritor en estado de asombro con lo extraño o, para decirlo en términos culturales muy acreditados, con el unheimlich, que es esa categoría donde Freud aglomeró la experiencia inexplicable de la vigilia ensoñada y el sueño mismo.

Hacia el final de la novela el Rey, asediado por la imagen de las postrimerías y el dolor del recuerdo, abre las compuertas de la represa, que inunda de agua y lodo el Reino de la Noche y lo destruye. El Rey y Marita aspiran droga y se van a un “viaje” por un desierto metafísico donde hay un chamán que es el Guardián arquetípico de esa frontera que existe entre la comprensión y el conocimiento. Marita toma su lugar y se transforma en Guardiana. El Rey se esfuma, se va a la Luz, descansa o desaparece. De pronto todo cambia, la realidad irrumpe inevitablemente, y vemos a los Hombres Oscuros acercarse a ellos en un auto lujoso. Vienen a buscar a Marita. Ella ha estado huyendo todo el tiempo, después de oír una palabra fatal en aquella fiesta. Los Hombres Oscuros la apresan. El Rey la ha traicionado y la entrega a ellos a cambio de una maleta con dinero y droga. Todo va desvaneciéndose. El Rey es ahora un vulgar soplón, un adicto cualquiera que ha estado ocultándose tras una máscara relevante, y los Hombres Oscuros lo matan. Marita Merková ha escuchado, ha recordado, ya sabe, ya está en el secreto y debe morir. Y en el ojo de Krishna, que simboliza la visión del cosmos, le pone el jefe de los Hombres Oscuros la punta de su pistola, antes de disparar.

Malevolgia podría ser un viaje sicodélico, pero también es un viaje en torno a lo sagrado, su persistencia, su artificialidad. Nos habla del peso de nuestros actos más allá de lo inmediato y dibuja, con mucho acierto, una serie deslumbrante de sincronismos unificados por tres pasiones básicas e inexorables: la del amor, la del conocimiento y la de la desesperación ante la incertidumbre de lo divino. Así, pues, que una novela cubana de los días que corren se haya adentrado en temas tan trascendentes, es un hecho para el examen celebratorio de su existencia.

  • Palabras de presentación de Malevolgia, leídas por su autor el 22 de abril de 2006 en el Centro Cultural Arte Habana.

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TODA FLOR PUEDE NACER EN CUBA

hijadelaire @ 13:51

 ¿TULIPANES EN LA HABANA?
Por Gina Picart

Usted siempre ha oído decir que Holanda es el país de los tulipanes y Cuba el de los mangos. Pues… ambas afirmaciones son inexactas. En realidad el mango es oriundo de la India y el tulipán de la meseta de Anatolia. ¿Y cuál de los dos es más célebre? ¿Podrían darse mangos en Amsterdam y tulipanes en La Habana?

Indiscutiblemente el tulipán es más célebre que el mango. Es una de las tres flores más demandadas no solo en Holanda, sino en el mundo entero. Algunas estadísticas de mercado aseguran que los países más amantes de los tulipanes son los Estados Unidos, Japón y el norte de Europa. Se calcula que, como cifra promedio, cada individuo de estas nacionalidades gasta aproximadamente cien dólares anuales en la adquisición de tan hermosas flores.

Los tulipanes tienen una historia que parece salida de Las mil y una noche árabes. Su comienzo es misterioso, como suele serlo en toda historia fantástica, y se inicia con una leyenda que se pierde en los tiempos remotos: Farhad, joven y bello príncipe del país de Persia, estaba profundamente enamorado de la doncella Shirin. El mismo día en que esperaba la respuesta de su amada a los requerimientos de su pasión supo que ella había sido misteriosamente asesinada. Enloquecido de dolor cabalgó sobre un caballo negro y lanzándose en frenética carrera alcanzó los acantilados, desde donde se lanzó al mar. De su cuerpo, que en la caída se iba destrozando contra los arrecifes, brotaron gotas de sangre que quedaron secándose al sol, y de estas nació un tulipán como símbolo de su perfecto y ardiente amor.

Sobre el origen real de los tulipanes solo se sabe de cierto que los guerreros turcos descubrieron los tulipanes en la meseta de Anatolia. Allí vieron por vez primera unas flores de tan vivos colores y tal combinación de ellos que quedaron totalmente deslumbrados. Se llevaron las semillas bulbosas y las plantaron en sus tierras. Pronto toda su capital, Estambul, estaba llena de aquellas maravillas de la naturaleza.

Fue tanta la pasión que inspiraron los tulipanes en la sensibilidad de aquel pueblo ardiente y sensual, que los turcos bautizaron la flor con un nombre, lale, vocablo que en su lengua se asemeja mucho al nombre de Alá, dios de los musulmanes. Así, aureolado de divinidad, entró el tulipán en el mundo árabe.

Por aquellos tiempos, en el año de gracia de 1703, el imperio turco alcanzaba su esplendor y Estambul era una ciudad muy rica y próspera, donde se llevaban a cabo unas celebraciones de lujo abrumador. En el Cuerno de Oro se construyeron palacios nunca vistos y hermosas áreas de recreo, con lagos donde nadaban los cisnes y jardines de ensueño donde florecían por miles las tulipas.

Pronto la flor se convirtió en uno de los motivos favoritos del arte turco. Su imagen comenzó a aparecer en los decorados interiores de los baños célebres y hasta los grandes pintores intentaron reproducirla en los frescos de los palacios. Poetas importantes al servicio de los grandes mecenas crearon cantos de alabanza al tulipán, y hasta la poesía erótica lo asumió como motivo simbólico a través del cual se representaba la sexualidad en su momento más intenso y vital.

Mehemet Lalezar, en ese entonces jardinero mayor del palacio del Sultán, amaba estas flores y dio líricos nombres a las variedades de tulipas, tales como perla azul, luz del amanecer, gota de rubí y muchos otros con los que su imaginación hizo verdaderos alardes de fastuosas metáforas. Este sabio botánico llegó a contar nada menos que unas 1323 variedades. Fue la época de fiebre turca del tulipán, comparable a la fiebre del oro en Alaska muchos siglos después.

EL TULIPÁN EN EUROPA

Las tulipas se hicieron tan populares entre los árabes que hasta los fieros guerreros del Islam llegaron a lucirlas en sus turbantes, lo mismo que un marpacífico florece llameante entre los cabellos de una cubana o un ramo de claveles entre los rizos de una andaluza.

Cierto día de 1554 un embajador de Austria recién llegado a Estambul vio por vez primera una tulipa que lucía en su tocado un caballero de alcurnia, y deslumbrado quiso saber el nombre de la flor. El traductor que le acompañaba, creyendo que el europeo preguntaba el nombre del turbante, pronunció la palabra tülbent. El embajador, pensativo, repitió para sí varias veces el vocablo, que así deformado pasó a Europa como tulipán.

En 1593 un botánico holandés, de nombre Carolus Clusius, compró bulbos de tulipas en Estambul y los llevó a la universidad de Leiden, Holanda, donde los cultivó para investigar si poseían, además de belleza, propiedades medicinales. Era un misántropo que rehuía el contacto con sus semejantes y ocultó su tesoro del vulgo, lo que no duró mucho, pues alguien debió sorprenderlo y correr la voz. Una noche un grupo de desconocidos irrumpió en su recoleto jardín y robó varios bulbos. Acababa de nacer la tulipomanía holandesa, la cual alcanzó ribetes de psicosis popular alrededor de 1634, año en que los holandeses estaban ya tan arrebatados por los tulipanes que un comerciante de Ámsterdam llegó a pagar por ¡UN! tulipán el precio equivalente a ¡VEINTE TONELADAS! de queso…

Otro momento culminante de la tulipamanía tuvo lugar cuando a finales del siglo XIX surgió en Inglaterra el movimiento Art and Craft. Su creador, el pintor y diseñador William Morris, forjó todo un estilo decorativo donde las flores ocuparon un lugar primordial. Aparecían impresas sobre el papel de las paredes, en forma de joyas, de volutas y pasamanería, como motivo de esculturas, vajillas, orfebrería, tapicería y hasta en carteles teatrales. La presencia de las flores como fuente de inspiración se incrementó aún más cuando este movimiento artístico derivó hacia el Art Nouveau e invadió toda Europa y las Américas. Entre todos los motivos florales reinaba altiva, como una emperatriz indiscutida, la tulipa.

Desde hace casi cuatro siglos los bulbos de tulipán forman una parte importante de las exportaciones de los Países Bajos. Solamente en Holanda se producen cada año alrededor de tres mil millones de bulbos de tulipán destinados al comercio. La mitad de esta cifra va al mercado de los Estados Unidos.

DE HOLANDA A… LA HABANA.

Un arquitecto holandés que viajó desde Ámsterdam para conocer Cuba, como émulo del Holandés Errante recorría las calles del Vedado, donde trabó amistad con Demetrio Miguel Reyes Argüelles, simpático profesor de matemáticas jubilado del Pedagógico, un cubano de sesenta y seis años aficionado a la floricultura. Pronto se estableció entre los dos hombres una cálida amistad, y así el holandés supo que Miguel había aprendido a amar las plantas a través del Amor, pues las dos compañeras de su vida habían decorado el hogar con flores y plantas de interiores, haciendo de él un pequeño y lujuriante vergel.

Cuando las vacaciones terminaron, el holandés, al despedirse del cubano, le prometió enviarle bulbos de tulipanes en prenda de amistad, dejando en claro que el regalo era puramente simbólico, pues resultaba poco probable que las tulipas nacieran y crecieran en el caliente corazón de una isla caribeña. Pero quién sabe, Miguel… fueron sus últimas palabras.

Poco tiempo después, en noviembre del 2004, Miguel recibía una cajita sellada conteniendo veintisiete bulbos de tulipanes. Siguiendo las instrucciones adjuntas de conservarlos en frío durante seis semanas, comenzó a plantarlos el 7 de enero en el cantero de su terraza, al cual previamente había vaciado de su tierra acostumbrada y rellenado con otra abonada conseguida en un vivero especialmente para ese fin.

Mitad escéptico, mitad confiado, Miguel cubría cada día el cantero hasta la una de la tarde a la manera de una vega de tabaco, para impedir que los bulbos, aún en el vientre de la tierra, fueran castigados por el sol. Pero tuvo la suerte de su parte, pues este invierno largo y fuerte ha sido atípico si se le compara con los que usualmente pasan por nuestra isla tropical, dejando apenas una estela de lloviznas y algo de frialdad. Vigilaba atentamente la humedad con un viejo barómetro y cada tres días regaba en círculo cada cultivo, y esperaba, esperaba…

EL MILAGRO

Yo los sembré por disciplina —comenta Miguel contemplando con ternura sus pujantes flores—, pero la verdad es que no tenía muchas esperanzas de éxito. Mi amigo holandés me escribía preguntándome si ya había crecido siquiera uno. La mañana del 7 de febrero, justo un mes después, me levanté y como hacía siempre, fui directo para la terraza. ¡Imagínese cómo me quedé cuando vi sobre la tierra que acababa de brotar mi primer tulipán!.

Muchos son los amigos y conocidos que desde entonces han visitado la casa de Miguel para contemplar el milagro, pues nadie ha oído decir que en suelo cubano hayan florecido anteriormente tulipanes. El amigo holandés, al saber la noticia, le declaró a Miguel: Me siento muy feliz de que un cubano haya logrado tulipanes en tierra cubana. Además del milagro botánico, la prenda de amistad había echado raíces.

Cuando visité a Miguel en su domicilio, antes de mostrarme el cantero de la terraza él puso ante mí la cajita donde los bulbos habían viajado desde Ámsterdam hasta El Vedado. La imagen de un apretado racimo de veintisiete tulipas con todos los colores del arco iris en las más fabulosas combinaciones, era tan imposiblemente hermosa, que me hizo pensar en una de esas fotos retocadas que invaden el mercado de la publicidad.

Pero cuando finalmente Miguel me condujo junto a los canteros, vi que el prodigio era real. A pesar de mi gran amor por las flores nunca antes había tenido ante mi vista una tulipa “de carne y hueso”. Al contemplarlas a menos de un metro de mis ojos tuve el intenso placer de comprobar que la brillantés de los colores, la textura de los pétalos y la inusitada belleza de las combinaciones de tonalidades eran aún más espléndidas que las tulipas del estuche de productos Aviflora Tulips Mixed, que desde el jardín holandés de la florista Pamela habían venido a hacer su primer nacimiento en la buena tierra cubana.

¿CÓMO ES USTED, SEÑORA TULIPA?

Soy alta, entre treinta y cincuenta centímetros, que es mucho para una flor.—afirma con orgullo muy justo el tulipán—; mi cuerpo tiene forma de campana y mi tallo, delgado y airoso, está rodeado en su base por mis hojas que se alargan como una cabellera. Dicen que soy la esencia de la primavera y el símbolo de la pasión. Además, desciendo de la muy ilustre familia de las Liláceas —termina diciendo, y enseguida nos mira a hurtadillas para comprobar si coincidimos con la buena opinión que tiene de sí misma. Pero ¿quién se atrevería a acusar de vanidad a una coqueta flor? Especialmente cuando no está mintiendo en absoluto.

Aunque muchísimas personas no tienen idea de ello, existen algunas variedades de tulipas con delicioso aroma, pero la inmensa mayoría carece de perfume. El secreto, según los entendidos en la materia, consiste en el tipo de injerto realizado para obtener la variedad.

Los tulipanes se clasifican en dos grupos: los que florecen a principios de la primavera, aproximadamente a mediados de abril, y los que lo hacen en mayo al finalizar la estación. A su vez los botánicos y floristas han dividido todas las variedades en dieciséis grupos, en atención a las características de la flor, su color y crecimiento. Hay consenso general sobre las variedades más populares: se dice que son el tulipán rojo o tulipa gesneriana, el tulipán aromático rojo y amarillo (tulipa suaveolens) y el tulipán silvestre o tulipa clusiana.

No solo en Holanda crece el tulipán. También lo hace en China, Rusia y Francia, pero los jardines más especializados y exquisitos se encuentran en la tierra donde los diques contienen cada día la voracidad del mar.

¿CUÁL PODRÍA SER EL FUTURO DE LOS TULIPANES EN CUBA?

Esta es una buena pregunta. Las bellísimas tulipas de Miguel con sus combinaciones fulgurantes de bermellón y dorado, malva y blanco, fucsia y rosa salmón, morado obispo y morado uva… ¿quedarán como el intento aislado de una transculturación floral? ¿Serán una rareza que solo los amigos de Miguel podremos admirar?

Teniendo en cuenta el extraordinario valor comercial de estas flores, quizás se debería llevar el experimento de Miguel a una escala mayor y comprobar si nuestra isla podría llegar a convertirse en un hogar para los tulipanes y un futuro centro exportador de los mismos. No es una posibilidad desdeñable, y además, permitiría que los cubanos disfrutáramos, entre las muchas bellezas que la naturaleza ya concedió a nuestra isla, de la magnificencia del tulipán, la levedad de su gracia y la intensidad de su luz, que tanto lo asemejan a una auténtica gota de sol.

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07/09/2007 GMT 1

Primera mención del Premio Julio Cortázar 2007 EL PRÍNCIPE DE LOS LIRIOS

hijadelaire @ 12:38

 Gina Picart

El verano de 1924 conocí en Niza a Tamara Lempicka, una pintora polaca de moda entre la aristocracia de París. Yo había llegado de Cuba hacía una semana, y aquella mañana tomaba un aperitivo con Colette en un café de la costa, bajo uno de esos toldos rayados que protegen a los turistas del sol mediterráneo, mientras nos entreteníamos mirando las pequeñas figuras de los veraneantes que se desplazaban lánguidamente por el Paseo de los Ingleses. Jugábamos a reconocerlas, y a pesar de la distancia Colette logró identificar a Cocteau y a Radiguet por sus andares de bailarina, mientras yo adivinaba a las condesas de Polignac y Noailles por sus enormes sombreros ridículos. Más allá, el horizonte se confundía con las negras piedras lisas de la Bahía de los Ángeles.

Una mujer se acercó a nuestra mesa. Me llamó la atención su cara nórdica de pómulos anchísimos, y los ojos color jacinto con expresión de virgen pervertida. Un rostro deslumbrante en su descaro total, y sin embargo, amenazado por ese peculiar matiz de lejanía que se adivina tempranamente en aquellas personas a quienes el futuro depara la demencia. Vestía pantalón y casaca negros, camisa blanca y una ligera bufanda de seda sin anudar sobre la solapa. Se parecía a Jorge Sand y supuse que, como otras mujeres a quienes Colette ya me había presentado, esta habría sido también su amante. Besó a Colette en los labios con naturalidad y enseguida se sentó entre nosotras. Cruzó las piernas y con gesto graciosamente hombruno hizo una seña al mozo; cuando este aún se encontraba a unos metros de nuestra mesa, ella empezó a pedirle con voz ronca raviolis rellenos con pasta de aceituna y anchoas, y en un francés casi perfecto lo insultó por no tener vinos griegos. El mozo se alejó, lanzándole a Tamara de reojo una fugaz mirada despectiva.

La contemplé sin disimulo, fascinada por su aire soberbio e impúdico a la vez. Un golpe de viento agitó su cabello de un rubio muy pálido, con ese tono ceniciento que Dante atribuye a las alas de los ángeles. Ella sostuvo mi mirada con aplomo y percibí, agazapada en el fondo de sus pupilas, esa especie de pleamar subrepticia que fluye casi siempre de todos los que ejercen más de un sexo. Después de someterme a una valoración silenciosa nos invitó a ver los cuadros que estaba pintando en su casa de las afueras. Nos llevó en su espléndido Bugatti de un verde brillante. Conducía como loca, y a duras penas lográbamos sujetar entre carcajadas nuestros sombreros de paja y cintas que el aire se empeñaba en volar.

Tamara había alquilado una villa a unos kilómetros del pueblo, muy cerca de la costa; una auténtica masía mediterránea de paredes blancas y techumbre teñida de naranja por los últimos rayos del poniente. Resguardada de miradas curiosas por una enredadera de adelfas, su austera fachada ocultaba un interior decorado en sobrio estilo otomano. Las paredes encaladas hacían vibrar el color encendido de los divanes turcos, las alfombras persas y las espesas cortinas corridas sobre las ventanas. Varias mesitas bajas mostraban vajillas delicadas, y completaban el mobiliario tres enormes cofres tallados, de cerraduras curvas y aplicaciones de cuero lustrado, y un narguile de oro y plata. En cada rincón esbeltos pebeteros esparcían una tenue lumbre perfumada con aromas de sándalo y vainilla. Sobre la pared de fondo colgaba una reproducción del portulano de Piri Reis, y debajo, casi oculto en su hornacina, un viejo Corán con tapas de marfil y broches de metal deslustrado aparecía abierto en un sutra de poder. En otra habitación pequeña, silenciosos sobre sus caballetes, dos óleos inconclusos ofrecían a la vista el estilo Lempicka, mezcla de las tintas planas del art deco y las formas clásicas y sensuales del Renacimiento italiano. En uno de ellos, un hombre joven ofrecía al espectador su espalda prieta y desnuda mientras intentaba abrazar a una muchacha, también desnuda, que se encogía levemente ante la inminencia del contacto como quien teme la cercanía del dolor. Era un cuadro muy fuerte. Un sombrío erotismo manaba de él como el agua de un torrente febril.

Mientras lo contemplaba se me ocurrió que solo esta polaca, en quien yo adivinaba instintos desaforados, sería capaz de interpretar uno de mis deseos secretos: durante mi último viaje a España yo había hallado en una antigua villa romana un mosaico que cubría el piso de un jardín interior, y mostraba un banquete de amor donde ante una mesa servida con suntuosos manjares se reclinaban en dorada languidez un hermoso pastor y su pastora coronados de rosas, rodeados de manzanas, albaricoques y racimos de uvas moradas. Si se le miraba un rato fijamente el mosaico producía un efecto extraño: la pareja comenzaba a moverse y arrojaba sus mantos ofreciendo a la vista su gloriosa desnudez, y hasta llegué a escuchar sus risas espléndidas, sus frescas voces juveniles. La ilusión resultó tan perfecta que sentí al pastor cantar: "Bésame con besos de tu boca./ Son tus amores más suaves que el vino". Su canto se fue apagando y vi cómo se perseguían por entre el verde césped como gamos en celo, y al final cayeron sobre la hierba, uno junto al otro, aplastando las violetas con sus cuerpos tersos y sus pieles brillantes de fruto tierno estallando de amor y de deseo.

Desde ese día he buscado un artista capaz de trasladar a un cartón la intensa vida de aquellas imágenes. Después, monsieur Lalique haría un vitral para mi recámara de la casa que Juan me ha construido en el Vedado. Quiero servir de modelo para la pastora, y buscaré para el pastor un joven hermoso que me abrace como una llama, que desprenda calor por cada poro, que derrame lujuria, porque la función del vitral no sería solamente estética, sino que deberá quedar frente a mi cama para siempre, y cada vez que Juan me posea tendrá que mirarlo y recordar que otros hombres también pueden tenerme, porque nunca dejaré de ser bella; y cuando ya no lo acompañe su vigor de sátiro insaciable, deberá sufrir pensando que puedo entregar mi cuerpo a otros amantes cuando yo quiera, a pesar de él , a pesar de su dinero y del amor que hace tiempo se nos murió en los brazos como la corza de aquel poema hindú, herida por la flecha de un príncipe traidor. Pobre Juan, nunca logró serme fiel...

Explico a Tamara mi deseo y ella me escucha recostada contra su muro de piedra. Colette no está. No sé a dónde se ha ido, pero la casa se siente vacía, sin más presencia que la nuestra. Tamara enciende un cigarro egipcio negro y largo igual que sus pestañas, que debieran ser rubias como su melena angélica, pero son densas y oscuras. Fuma en una boquilla semejante a un cetro faraónico; aspira despacio el humo y exhala una voluta interminable por entre sus labios de un rojo sangriento. Con su pupila clavada en la mía viene hacia mí, sin prisa, como si deseara prolongar el camino. Se me encima con cadencia lentísima y acerca su pecho al mío, pero solo un instante. Su mano libre se cuela entre los pliegues de mi blusa y acaricia mi seno; un tanteo suavísimo que se lleva mi aliento enredado en sus dedos de bruja sutil. Mi cuerpo empieza a vibrar. Continuamos mirándonos. Trato de recordar la disposición de la sala e intento ubicar el sitio perfecto para lo que va a ocurrir en un instante, mas para mi sorpresa, Tamara retira su mano tan lentamente como un ave que regresa de un vuelo cansino. Dice que si no me tocaba no puede hacerse una idea del partenaire que necesito para el vitral. Ahora — dice—, me ve como una amazona que sale a cazar hombre, y ya puede imaginarse qué clase de víctima debemos buscar. Me cuenta que en las cercanías hay una aldea donde viven muchachos verdaderamente apetecibles, pescadores que envuelven sus vientres en paños blancos para entrar al agua, y cuando emergen, el sol se licúa sobre sus pieles de oliva perfumando sus miembros con el viento salobre de la playa y los pinos.

U nas horas más tarde el Bugatti irrumpe en la aldea. Búfalo potente, embiste la magia de la noche que flota en el terral como un ángel de alas desplegadas, pero nadie abandona su calma ancestral. Los hombres se preparan para salir al mar. Algunos traen las redes y el fanal, otros empujan las barcas. Cuando las nubes se apartan, la luna nueva arroja una luz muy limpia sobre la arena, sobre los cuerpos donde el cincelado de los músculos conjuga claroscuros semejantes a enormes perlas ondulando en el claror fantasmagórico. Tamara, con voz broncínea de mujer de pescador, grita un nombre: ¡Jerome! Una figura masculina viene desde la orla espumosa donde comienza el océano, y se detiene ante nosotras con aire manso. Tamara anuncia al recién llegado que soy una dama muy rica venida de las Antillas para contratarlo como modelo de pose, y añade que pagaré con largueza. El muchacho, como un genio de lámpara, obedece al conjuro y se inclina ante mí, pero en la ojeada oblicua que me lanza, y que dura un instante, adivino cierta reticencia. Tamara, satisfecha, agita su melena en un gesto que quiere decir trato hecho. Intento decir algo solo por cortesía, pero ella me advierte: No te esfuerces, Katinka, nuestro amiguito es mudo. Su vulgaridad me disgusta. Volvemos al auto y ahora la polaca conduce sin su habitual locura. Fumamos sendos Lacadif, y ella, con su voz ronca, tararea entre dientes una copla de Carmen: "¡Mírenlas!/ Sus insolentes miradas…/Sus coqueterías.../ Cada una, descarada,/ fuma un cigarro".

Me deja frente a mi hotel y se despide asegurándome que ha contratado para mí una auténtica joya. Enseguida, alzándose en su asiento, devora mis labios en una succión prolongada que no intento cortar. El portero observa la escena sin asombro, es un hombre viejo que todo lo ha visto. Ya en mi suite, tardo mucho en conciliar el sueño. La voz de Tamara sigue cantando en mi oído y evoca ante mis párpados cerrados las imágenes de una cigarrería de Sevilla, con sus obreras semidesnudas liando puros en una nave caldeada como el infierno, y una gitana vestida de rojo que baila y taconea entre nubes de humo en la taberna de Lilas Pastia.

Por la mañana Tamara me recoge en mi hotel. Es temprano y en el Paseo de los Ingleses solo hay gaviotas marineras. También se posan sobre las piedras negras de la bahía con sus alas enormes, como ángeles rebeldes condenados a confundir el cielo con el mar. Jerome nos espera en la villa. Tamara le ha ordenado que se presente ante mí solo envuelto en el paño con que se cubren los pescadores, para que yo pueda apreciar mejor la real magnificencia de su estampa. Mi primera impresión resulta desalentadora, porque es tan joven que el mayor de mis hijos debe sacarle un par de años, y tan tímido como una doncella a la que van a desflorar en su noche de bodas. Solo le falta cubrirse con un velo ceñido de cequíes para parecer una novia mediterránea. No es, precisamente, un fruto en sazón, sino un tallito tierno que anuncia poco zumo. Sus rasgos se debaten indecisos entre los de un efebo griego y un camellero de asram: piel olivácea, ojos de cervatillo y rizos alquitranados sobre una frente baja y concentrada. E sbelto como un cretense, sus músculos abultados y firmes se afinan mucho en la cintura y las caderas estrechas. Su belleza, en la que percibo vestigios de una fiereza domada, responde al ideal romántico, pero sus ojos elusivos y una mal disimulada languidez delatan su androginia. Estoy desconcertada. Tamara se da cuenta y me dedica esa sonrisa sibilina de quien se guarda bajo la manga algún triunfo secreto. Y es demasiado experta para desmerecer mi confianza.

Pasamos a la habitación que hace las veces de estudio. Tamara ha colocado un diván y lo ha cubierto con brocado rojo de textura sedosa, y ha dispuesto alrededor cestas de frutas y ramos de glicinas, pero antes de elegir la pose definitiva quiere tomar varios apuntes. Siguiendo sus indicaciones, Jerome y yo nos desnudamos. Avanzamos observándonos con desconfianza de gladiadores, y comenzamos por un acercamiento inicial. las manos se posan sobre los hombros y van descendiendo lentamente por espaldas, caderas y pechos; poco a poco se aproximan las pelvis, se entrelazan los cuerpos. Jerome tiembla, y cuando su vientre se aprieta contra el mío puedo sentir su desazón en el latido filiforme de la sangre bajo la piel tensísima.

Ensayamos posturas de pie, siempre guiados por Tamara, quien dibuja febril sobre su bastidor sin dejar de seguirnos con la vista. Me molestan su sonrisa procaz y su mirada de virgen pútrida. En una ocasión se impacienta ante nuestro envaramiento y ella misma toma la diestra de Jerome para hundirla un poco entre mis muslos apretados. Mastúrbala, ordena soez. Jerome mueve la mano con torpeza y ahueca los dedos uniendo en gesto mecánico índice y pulgar, cual si buscara por hábito una masa cilíndrica que no existe en mi entrepierna. Tamara se impacienta y lo abofetea. Jerome recibe el golpe, voltea el rostro y enrojece. Un esclavo. ¡Sangre de Cristo, tienes que meterle los dedos! —le grita ella—, ¡méteselos!

Jerome, nervioso, hinca sus dedos rudos en la carne tibia de mi vulva y me hace gemir de dolor: tiene las yemas ásperas del salitre y las uñas partidas por la fricción del sedal. Tamara le aparta la mano inhábil y me introduce la suya propia para mostrarle el proceder correcto. Sus dedos de ninfa rapaz excavan mi monte de Venus hasta dejar al descubierto la vía del placer; entonces, con cuidado exquisito, inicia un roce apenas, a un ritmo acompasado que va haciéndose por momentos más intenso y veloz. Se me escapa un suspiro y mis párpados tiemblan, se me corta el aliento y el rubor colorea mis senos. La miro suplicante, ansiando que llegue hasta el final, pero en este momento ella es solo una artista que instruye a su modelo. Jerome observa atento la operación, pero su boca se pliega en un rictus que se acentúa cuando Tamara retira sus dedos y él se los nota húmedos de mí. Creo que le disgusta el olor a hembra. Tamara le ordena imitarla y él obedece taciturno. Separo mis muslos para facilitarle la tarea. Ella regresa a su asiento, retoma el caballete y vuelve a dibujar, observándonos con esos ojos que ahora parecen hallarse muy distantes de la escena, como volcados hacia su propio interior. Sus labios se mueven mecánicamente y la escucho tararear con su voz de ánfora vacía: “Tra la la, tra la la, /¡Mi secreto yo guardo y lo guardo bien/ !Tra la la, tra la la…/ ¡Amo a otro/ y moriré diciendo que lo amo!”.

Jerome empieza a masturbarme. Ahora me lo hace despacio y ya no siento dolor. Como no está viciado por el hábito de acariciar vaginas, sus dedos se mueven a un ritmo que mis sentidos desconocen. La sensación que me provoca comienza a ser intensa, me siento transportada. Busco sus ojos para saber si disfruta como yo, pero él rehuye mi mirada. Cierro los míos y espero el clímax. De repente Tamara aparta el caballete y anuncia que por hoy hemos terminado. Es veleidosa ¿o envidiosa? Jerome se limpia la mano con disimulo en su delantal y abandona la casa como un fantasma.

Tamara me invita a almorzar en su terraza una exquisita carne blanca de atún rociada con vinos especiados de Levante. Desde mi asiento contemplo ensimismada cómo el Mediterráneo, de un violeta profundo, arde bajo un cielo despejado. Ella insiste en que el muchacho es un tesoro, pero me recomienda poner en juego mi fantasía para estimularlo. ¡Es un marica! —objeto desdeñosa, y me encojo de hombros mientras paladeo calmosamente el vino. Sí, todavía no ha dormido con hembra —admite Tamara con una sonrisita complaciente—, pero si lo trabajas bien, Katinka, te dará satisfacciones que tal vez no conoces. Ya debieras saber que los placeres ambiguos son también los más interesantes.

Siento el impulso de recordarle que no he venido a su casa para fornicar con un infante, sino a encargar un cuadro, pero me contengo porque eso no es tan cierto: también persigo deleites prohibidos que hagan reverberar mi carne adormecida por la monotonía de una vida demasiado fácil. Me excita la posibilidad de probar algo nuevo, me espolean la resistencia de Jerome, su timidez..., y por q ué no decirlo: su asco de mí. Indolente, Tamara extiende su pierna por debajo de la mesa y con su pie desnudo oprime suavemente mi vulva, pero sé que no hará nada más, porque ella solo juguetea para enardecerme. Sin duda goza mucho con eso y por el momento le basta. Con un dejo de burla en su voz se ofrece para llevarme en su Bugatti, pero declino la invitación y regreso a mi hotel por el Camino de los Ingleses, que a esta hora, después de la bajamar, está siempre cubierto de crustáceos.

Esa noche vuelvo a revolcarme entre las sábanas de mi lecho imperial. Ardo en deseos de Jerome, que me rechaza porque ama a otro, como dice esa copla de Carmen que Tamara tararea de un modo obsesivo durante nuestras sesiones de pintura. ¿Quién será ese amante a quien Jerome prefiere? Trato de imaginarlo y no lo consigo. Cuando al final me duermo, sueño que llego volando a la villa, entro por una ventana y encuentro al dulce mudo adormecido sobre el diván del estudio. Su cuerpo, abandonado a la lasitud de la siesta, reposa ajeno a mi presencia, el rostro vuelto, párpados cerrados, la mejilla apretada contra el hombro, labios henchidos. Su respiración pausada permite percibir bajo la piel morena la sombra deslizante de los músculos, como una despaciosa danza de montañas. El vientre, apenas cubierto por el paño aflojado, nace en los muslos entreabiertos; una pierna cuelga al borde del diván, y la otra, curvada, permite avizorar un pliegue íntimo que precede a la soberbia cúpula del glúteo. El sueño de Endimión, me digo contemplándolo absorta, y solo ahora, gracias a una de esas misteriosas revelaciones oníricas, descubro la clave de su oscura atracción: púber atormentado por el imperio de un vicio secreto; la entrega total para ser poseído, humillado, violado y quizás, también, torturado; suave animal hecho para la voluptuosidad sombría del placer; pasivo mendigo del goce, dispuesto siempre a trasmutar en víctima ese cuerpo donde ha encarnado, por quién sabe qué delicioso capricho de la naturaleza, el príncipe cretense de los lirios. Presiento la suavidad del vello que sombrea sus ingles: retiro el paño con extremo cuidado para que el durmiente no vaya a despertar, y allí, en el centro del mundo, como una perla dormida en su ostra, yace su sexo tierno y enervante, de un deslumbrante marrón rojizo inmerso en el castaño de los muslos, y de inmediato viene a mi memoria la viva imagen de un tabaco de Vueltabajo. Otra vez las deidades del sueño se han mostrado benévolas conmigo, y el mensaje es tan claro que despierto de golpe y corro de la cama hacia el placard donde guardo mi equipaje. Sí, en mis maletas he traído de Cuba una caja de habanos Romeo y Julieta, marca costosísima, obsequio de Juan para el doctor Panchón Domínguez, su amigo personal y médico de la colonia cubana en París. Pero creo que el buen Panchón va a quedarse esta vez sin sus tabacos preferidos. Me observo en el espejo y el azogue me devuelve la imagen de Clodia Pulcher, matrona impúdica, en un marco de pámpanos dorados. Sacudo la cabeza remedando a Tamara cuando dice trato hecho.

Al alba tomo un taxi y corro hasta la villa. Encuentro a Jerome en cuclillas ante la puerta cerrada, aguardando con mansedumbre que le inviten a entrar. Bañado en la luz rosácea del amanecer, semeja a Ganimedes amado por los dioses. Hoy tenemos una sesión de trabajo difícil, porque Tamara nos hace ensayar posturas yacentes. Nos tendemos abrazados sobre los divanes, sobre las alfombras, sobre los grandes cofres de taracea. Yo lo estrecho con vehemencia contra mi pecho sin ocultarle ya mi deseo, y siento que su cuerpo se muestra ahora más dócil a mi reclamo, se adapta mejor a mis curvas y honduras.

Y cuando Tamara le indica introducir su muslo entre los míos para crear la ilusión del coito, él hace más: aplasta su boca sinuosa contra mis labios en el amago fugaz de un beso. Me sorprenden la frescura de su boca y la firmeza con que sus brazos me sujeten para que no resbale sobre la tapa convexa de madera pulimentada. Sé muy bien que los años nunca han sido una barrera para el triunfo del amor, y si algún obstáculo necesito vencer con este niño no es mi edad, no es ni siquiera la ambigua cuestión de su sexualidad, sino la pureza inquebrantable de los impuros: su inútil fidelidad al encenagamiento en que ha vivido. Hasta diría que Jerome posee una ética secreta que lo ata a la oscura hermandad de los sodomizados, pero creerlo sería ir demasiado lejos; yo no he venido a idealizarlo, sino para gozar de él . Él es mi oscuro objeto del deseo y nada más.

Me decido por la última postura: yo, tendida sobre el cofre, la cabeza descolgada hacia atrás mostrando la garganta y un atrevido escorzo de mis senos, y Jerome sobre mí, sujetándome con agresividad como si fuera a violarme (así podré conservar una lasciva imagen de sus nalgas). Ordeno a Tamara que esparza por el suelo unos cuantos ramos de adelfas y narcisos y algunas frutas y copas volcadas. Después discutiremos los honorarios, digo, y ya no vuelvo a hablarle con esa intimidad cómplice que he usado con ella desde que nos conocimos, sino con esa fría autoridad con que acostumbro tratar a quien trabaja para mí. Y es que Tamara ya cumplió su papel en esta obra y es hora de que haga mutis discretamente. Ella capta el mensaje y no le gusta; aunque sea aristócrata es, en realidad, una golfa, así que me obedece a su pesar y se disipa como polvo en el viento.

Al verse a solas conmigo Jerome se acurruca en un rincón. Inmóvil, abrazado a sus rodillas, toma el aspecto de un crío a quien la madrastra malvada ha encerrado en el cuarto de castigo, pero bajo su mirada temerosa se solapa una trémula expectativa. Avanzo desnuda llevando entre mis manos el estuche de habanos como una ofrenda, y me detengo ante él: Soy la sacerdotisa del tabaco —me bautizo a mí misma-—, y tú eres su espíritu. Me arrodillo a su lado, levanto la tapa, le muestro el contenido y le pregunto: ¿Has fumado esto alguna vez? Jerome niega en silencio sin apartar su vista de los puros. Es un placer maravilloso —instilo insinuante en su oído—. En el humo habita un hada que te hará ver en sueños cuanto desees. Voy a mostrarte cómo se fuma, y si aprendes pronto, te regalaré la caja. Lo miro fijo a los ojos al tiempo que le coloco un habano entre los dedos: Atiende bien, Jerome, y hazle a este tabaco todo lo que yo te haga a ti, ¿comprendes? Jerome asiente muy serio.

Con parsimonia ritual retiro el paño que cubre sus calientes ijares de potro, y tomo su virga entre mis dedos índice y pulgar. Compruebo sin sorpresa su total semejanza con la que vi en mi sueño. Lo primero es elegir un buen habano —le digo con una voz de la que en vano intento suprimir la emoción que me embarga—. El buen habano debe ser prieto al tacto y bien elaborado: firme, pero no duro: hay que palparlo ligeramente... —y mientras, presiono su virga como si quisiera comprobar su dureza. Enseguida Jerome me imita palpando de igual forma su tabaco. El miembro comienza a despertar de su pesado sueño, pero aún está lejos de tener la consistencia necesaria. Jerome me deja hacer con la mirada extraviada. Hago un esfuerzo violento para continuar con mi lección: El tamaño del habano —musito con una voz enronquecida por mi deseo sucio, animal— lo elegirás de acuerdo con el tiempo que tengas para poder disfrutarlo. Pero lo primero es oler —le incito. Acerco mi nariz a su entrepierna y aspiro deleitosa; de allí brota un vaho cálido mezcla de salitre, madera y sudor, que me estremece las entrañas... Jerome aspira su tabaco, al principio mecánicamente, pero una repentina distensión de sus facciones me indica enseguida que el olor le ha resultado agradable. Los habanos cubanos tienen aromas únicos —susurro—; pueden oler a chocolate, a setas, vainilla, nueces... Jerome aspira por segunda vez el puro que sostiene entre el pulgar y el índice, y ahora sí se permite una tímida sonrisa de placer. Vamos a cortarle la punta —lo interrumpo. Jerome deja de sonreír y se sobresalta como un niño, mirando alternativamente a su miembro y a mí. Con una guillotina pequeñita, —le explico—, pero como no tenemos, vamos a hacerlo con los dientes. Mi cabeza se abate sobre su sierpe, que ante mi ataque se enrosca despavorida; mordisqueo codiciosa el diminuto orificio de su glande y la virga vuelve a entrar en razón: el vientre de Jerome se contrae en un espasmo involuntario, pero él se domina y a su vez descabeza su tabaco de una ágil dentellada. Está muy bien —lo estimulo, mientras con mi mano libre le oprimo dulcemente la bolsa del escroto y el montículo umbroso—, pero ve con cuidado para que no desgarres la piel de tu habano. Ahora, se procede a retirar la anilla... —ejemplifico empujando hacia atrás el prepucio fuerte y rugoso. Jerome, como un autómata, desliza la vitola de su puro. Su pelvis, ya seducida, avanza velozmente hacia mi boca: ¡No! —lo detengo—. Ahora viene el corte y hay que hacerlo con mucha precisión, justo sobre la línea donde el gorro se une a la capa —y para marcar bien el sitio me ensalivo las puntas de los dedos y le froto con mucha suavidad el borde del glande y el frenillo engrosado y tirante. Jerome suspira y arde y parpadea. Saco de la caja un trozo de corteza de cedro, lo enciendo en la llama de una vela y se lo entrego: Ahora le acercas la candela a tu tabaco y lo enciendes así... —comienzo a pasar mi lengua mojada por la punta de su glande. Acaricio, presiono, raspo en lentos movimientos circulares que lo van encerrando en un estrecho cerco de tibiezas. La frente de Jerome se cubre de sudor, y cuando acerca la corteza encendida al borde de su habano, pequeñas perlas húmedas aparecen sobre sus hombros.

Lo siento estremecerse y jadear. A estas alturas de nuestro juego ya su miembro se ha vuelto duro y firme, con la consistencia necesaria para ser fumado. Sin embargo, todavía debo esperar un poco, porque una vez que se ha prendido el habano, hay que mantenerlo cierto tiempo cerca de la llama: Mientras más grueso, mayor tiempo será necesario para garantizar que se mantenga encendido —le explico, y continúo ensalivando su primavera, que alcanza ya tamaño codiciable. Poco a poco voy abriendo círculos más amplios e imprimiendo a mi lengua mayor velocidad. Mi cabeza gira para mejor circunvalar su breva pantagruélica. Jerome entiende y hace girar despacio el puro entre sus dedos manteniéndolo en contacto con la llama de cedro. Así se quemará bien parejo —apruebo. Jerome cierra los ojos y suspira. Bajo el continuo frotar de mi lengua su glande ha enrojecido y ahora se asemeja a una seta inmensa, amanita gloriosa que pronto ha de llevamos a la cumbre del éxtasis divino.

Antes de seguir, tomo una copa con restos de champagne: Esto no deberás hacerlo nunca cuando fumes en público —le advierto—, pero aquí nadie nos mira. Sumerjo su glande en el licor y le entrego la copa. Jerome la toma y hunde la punta de su tabaco en la bebida, lo regresa a sus labios y paladea el sabor al mismo tiempo que yo devoro su zeta emponzoñada, y chupo, y lamo en círculos, y sigo chupando y lamiendo hasta sentirlo trémulo bajo la pérfida caricia de mis manos. Al fin su vientre endurecido se rebela y ansía ya liberar sus ardores; No, Jerome —suplico—, es pronto aún: el sabor de un habano solo se vuelve intenso después de haber fumado más de la mitad. El muchacho está tan excitado que apenas logro contenerlo acudiendo al vasto repertorio de mi arte de amar. Al fin, condeno su tenso bulbo a la lúbrica faena de mis belfos, mientras mis manos, ávidas, se ocupan de sus nalgas. Me sorprende la resistencia extraordinaria de un recinto posterior habituado a hospedar invasores violentos. Insisto, penetro en el túnel y mi presa desfallece una vez más. ¡Sigue fumando, sigue! —lo exhorto con vehemencia— ¡Mantén el humo en tu boca, paladea su sabor...! ¡El tabaco no se puede apagar, Jerome, hay que dejarlo arder hasta que se consuma...! Pero he colmado su medida. Fiel al ritual fumador, me aparto antes que la ceniza hirviente caiga al suelo. Jerome mantiene su erección todavía un instante, mientras me mira con ojos desorbitados por la desenfrenada locura de su goce, y al final, se derrama sobre su propio vientre como un manantial recién nacido sobre la falda de un monte. Voy sorbiendo sus jugos mientras él se desploma en mis brazos, y reconozco en el temblor gimiente de su carne que ha descendido al fondo del abismo. Miembro y tabaco decrecen lentamente, y nosotros terminarnos compartiendo la agónica dulzura de la culminación. Jerome no me ha tocado, pero no ha sido necesario: mi sexo arde como una fragua. ¡Dios, yo nunca había probado un erotismo tan enloquecedor! Mi amante continúa extenuado y no encuentro otro remedio que aplacarme a mí misma. Nos rendimos al sueño, muslos entrelazados, pechos húmedos, y nadie ve la luna cuando aparece entre una floración de negras nubes y comienza a rielar sobre los cuerpos en reposo.

Mi estancia en Niza llegaba a su fin y a la mañana siguiente viajé a París. No volví a verlo, pero siempre pensaba en él, y cuando regresé al año siguiente fui a su aldea con intención de buscarlo. Me contaron que había muerto en circunstancias extrañas poco después de mi partida. Desapareció durante días y unos niños hallaron sus restos incinerados en un basural. Se sospechó de un comerciante árabe que era su amante y lo habría matado por celos; aquel hombre era el verdadero dueño de la casa rentada por Tamara, donde enseñé a fumar al bello mudo infeliz. Según otra versión, lo asesinaron unos pescadores para robarle cierta caja de habanos carísimos que Jerome guardaba con gran celo y jamás aceptó compartir. Averigüé algunos detalles sobre su vida. Supe que había nacido de una mujer argelina, esclava fugitiva del harén de un turco. Madre e hijo vivían pobremente de la pesca, y cuando había posibilidad de obtener buena paga, Jerome tenía sexo con turistas que iban a la aldea recomendados por amigos a quienes el muchacho vendiera anteriormente sus favores. Recordé súbitamente la presencia en los alrededores de Cocteau y Radiguet. No hubo ninguna pesquisa policial. Jerome era un mísero prostituto sin apellidos y ni siquiera poseía documentos; no era nadie, como si no hubiera existido jamás. ¿A quién le iba a importar que alguien lo hubiera supliciado?

Pero yo tengo mi propia sospecha: Tamara Lempicka fornicaba con el comerciante musulmán, y los dos habían usado al mudo muchas veces, quizás a cuatro manos, quién sabe. Al recordar ahora la sombra de locura que acechaba en los ojos de aquella mujer, no me parece que fuera incapaz de cometer tal crimen en un intento demencial por empujar, siempre más lejos, la frontera que impide a los mortales dilatar hasta el infinito la fuente oscura del placer.

La muerte de Jerome me perturbó más allá de cuanto hubiera creído. Yo habría querido obtener de él mucho más que un orgasmo, aunque aquel haya sido el mejor de mi vida. A pesar de su extrema juventud, o quizás por ella misma, yo hubiera deseado que paseáramos juntos al amanecer por el Camino de los Ingleses, pisando caparazones de crustáceos muertos y espantando gaviotas confundidas; contemplar tomados de las manos la puesta de sol sobre las aguas negras de la bahía, y asistir, abrazados entre las piedras desnudas del anfiteatro, a la representación de Medea o Edipo en Colonna, viendo rielar la luna antigua del Mediterráneo en su perfil de lirio principesco. Revivir a su lado el mundo encantado de un primer... o de un último amor. Y hubiera querido que él lo supiera. Tal vez mi confesión habría dado algún alivio a su melancolía, redimiéndolo un poco del terrible desprecio de sí mismo que seguramente lo abrumaba, y que debió amargar su breve vida.

Desde entonces cada atardecer, cuando en mi casa del Vedado hiere la luz aquel vitral para el que un día los dos posamos juntos, se me escapa un sollozo qua a duras penas consigo sofocar. Vuelvo a sentir la oliva de su piel fundiéndose al calor de mis caricias; veo su faz inocente y sombría contemplándome bajo el opaco resplandor de un pebetero, y en ocasiones hasta creo escuchar la grave voz de una Tamara invisible cantando por los rincones una última copla de Carmen: "El dulce hablar de los amantes/ sus promesas y éxtasis,/ todo es humo/ que por el aire asciende al cielo.../ asciende al cielo..."

Gina Picart Baluja (Ciudad de La Habana,15 de febrero de 1956) comenzó su carrera oficial como escritora en 1994 con la publicación de su opera prima La poza del ángel, libro de relatos que obtuvo el premio David de ciencia ficción en 1990. La poza del ángel obtuvo también los premios Pinos Nuevos 1993 y HabanaFicción 1998). En 2000 fue publicado su libro El druida. En 2004 fue premiada en España por su relato Boleto. En 2006 aparece Malevolgia, su primera novela. En 2007 publica La ciudad de los muertos y La poética del signo como voluntad y representación (premio de ensayo Luis Rogelio Nogueras 2006). Pronto saldrán a la venta otros dos volúmenes de su autoría, Historias celtas y El reino de al noche.

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ENTREVISTA CON GINA PICART, PRIMERA MENCIÓN DEL PREMIO IBEROAMERICANO DE CUENTO JULIO CORTÁZAR 2007

hijadelaire @ 12:31

 PRIMERA MENCIÓN DEL PREMIO JULIO CORTÁZAR DE CUENTO 2007

Entrevista con Gina Picart

Cada cual cumpla como mejor pueda
con su oficio de hombre

Por Farah Gómez

Hace pocos días se dio entrega del Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar que se otorga cada año y que concede además de un Premio, una Primer Mención y otras menciones. En esta ocasión, el jurado, integrado por los escritores Jesús David Curbelo, Alberto Garrandés y Cira Romero seleccionó como Primera Mención del certamen el cuento El príncipe de los lirios de la escritora cubana Gina Picart que al decir de uno de los miembros del jurado, " posee una soberanía lingüística envidiable y despliega un erotismo atmosférico de gran empaque. Tiene los trazos y los colores de Klimt y la “melancolía” de la mirada cultural puesta al servicio del cuerpo".

Licenciada en Periodismo por la Universidad de La Habana, Gina Picart comienza su carrera oficial como escritora con la publicación de su ópera prima La poza del Ángel , libro de relatos con el que obtuvo el Premio David de Ciencia Ficción en 1990. Con este mismo volumen obtiene posteriormente los premios Pinos Nuevos 1993 y HabanaFicción 1998.

Sus relatos han aparecido fundamentalmente en antologías de narrativa femenina cubana aunque con escasa presencia en recopilaciones temáticas y generacionales, debido a que sus narraciones no pueden clasificarse siempre dentro de un género definido. Ha incursionado también dentro de la crítica literaria y el ensayo. En el 2006, obtuvo el premio de ensayo Luis Rogelio Nogueras con su libro La poética del signo como voluntad y representación , un estudio de hermenéutica simbólica sobre la narrativa de su compañero generacional Alberto Garrandés.

El cuento galardonado en esta ocasión, fue escrito para una antología compilada por la licenciada Redys Puebla con la temática tabaco y eros.

Con la autora tenemos el placer de conversar a propósito de este premio.

Usted ha obtenido en su carrera autoral varios premios literarios: entre otros pueden citarse el Premio David de Ciencia Ficción 1990, Premio Pinos Nuevos 1993, Mención Luis Rogelio Nogueras 1998, Mención UNEAC de Novela 2003, Premio Luis Rogelio Nogueras de Ensayo 2005 y ahora la primera Mención del Cortázar. Para usted como escritora, ¿qué importancia tienen estos certámenes y particularmente qué representa haber obtenido esta Mención Cortázar 2007?

La historia del arte ha demostrado que los premios no significan mucho. Son peldaños en una carrera y ocasiones para ganar dinero con lo que a uno le gusta hacer. Dan prestigio social y editorial, abren puertas, pero no garantizan la verdadera trascendencia ni la grandeza de un creador, y mucho menos protegen contra el olvido. A veces los ganan escritores que realmente merecen ese calificativo, pero de cualquier modo un premio es una fulguración momentánea. En lo que a mí se refiere, mis experiencias con los concursos han sido especialmente amargas. Trato de no pensar en qué han significado los escasos premios y las muchas menciones y finalismos que he obtenido, ni las circunstancias en que a veces han tenido lugar. Todo ello me resulta más bien triste. Prefiero pensar en lo que escribo y en lo que planeo escribir. Mi trabajo me da ánimo. Sin embargo, hay un premio que me proporcionó verdadero placer: el Luis Rogelio Nogueras de Ensayo. Lo gané con La poética del signo como voluntad y representación , un pequeño acercamiento a una parte de la obra narrativa de Alberto Garrandés. La escritura de esos textos fue un aprendizaje muy intenso y revelador. El Concurso Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar es un premio que he intentado ganar varias veces. Me apena no haber podido obtenerlo tampoco en esta ocasión, porque me hubiera gustado llevarlo a los pies de Catalina Lasa, la protagonista de El príncipe de los lirios . Catalina es un personaje singularísimo y archiconocido de la historia de Cuba y una obsesión constante para mí. Si desde donde está puede ver y oír, supongo que ante esta mención, por muy primera que sea, ella debe de estar torciendo la boca. Era una dama muy orgullosa y no me perdonará que la haya removido en su tumba si no fue para darle el máximo galardón, como cuando quedaba reina absoluta en los concursos de belleza habaneros de los felices 20.

Esta mención que recién obtuvo lleva el nombre de uno de los mejores cuentistas latinoamericanos. ¿Siente algún vínculo especial Gina Picart con el narrador Julio Cortázar?

Julio Cortázar fue una persona admirable en todo sentido. Cuando pienso en él siempre recuerdo aquella frase —creo que de Michel de Montaigne—:“Cada cual cumpla como mejor pueda con su oficio de hombre”. Cortázar es un ejemplo muy certero de ese cumplimiento. Los intelectuales argentinos me asustan un poco y no lo puedo evitar. Son monstruos enciclopédicos, humanistas redivivos, poseen una materia mental fraguada en el abrevadero de las más grandes culturas de la Humanidad. Cortázar, como Borges, Sábato, Macedonio, Mujica Laínez y tantos otros de su país, tuvo un pensamiento y una curiosidad voraces, apuntó en todas direcciones; hasta el budismo estuvo en la mira de su más profunda atención de vida. Algunos escritores a quienes rindo un culto especial se han convertido en personajes de mis cuentos. Cortázar es uno de ellos. Aparece, junto con Borges y Poe, en mi relato El nombre de la fosa , aún inédito. Jamás lo conocí personalmente, pero tengo la sospecha de que, de algún modo, era cándido. Para mucha gente eso tal vez sea un defecto imperdonable, pero para mí es una cualidad hermosa, algo así como el último vestigio de la naturaleza angélica que, tal vez, cada uno de nosotros poseyó en el Comienzo.

De usted dijo el escritor Alberto Garrandés en una ocasión que es "la única que emprende la aventura de escribir textos narrativos donde la mística y la simbólica de varias tradiciones culturales (las más conocidas y las más oscuras) se transforman en ficción y en personajes". ¿Siente usted especial inclinación por la ciencia ficción o el mundo de la fantasía?

Mi primer libro, La poza del ángel , tenía algunos textos de ciencia ficción y otros fantásticos. Dos miembros del jurado del David de Ciencia Ficción de 1990 decidieron premiarlo porque le encontraron calidad estilística y un modo novedoso de abordar el género, o al menos eso escribieron en el acta de premiación. El tercer miembro no estuvo de acuerdo porque aquello que yo había escrito decididamente no le olía a ciencia ficción, sino a otra cosa que no podía definir con precisión. Nunca me atrajeron las disquisiciones científicas en que tanto gusta regodearse ese género. Siempre me interesaron mucho más la emocionalidad, las concepciones filosóficas y las cosmovisiones de ciertos autores, Bradbury sobre todo. Pero eso fue solo una etapa, la primera. Los escritores tienen etapas, como las tienen los pintores y los músicos y todos los artistas. Son momentos del tránsito espiritual de cada individuo. Nadie es uno y el mismo para siempre, mucho menos los artistas verdaderos, quienes viven en una indagación y una introspección perpetuas. Ya no he escrito más ciencia ficción y no sé si vuelva a intentarlo algún día. Es un género con convenciones demasiado estrictas y en su universo me siento como dentro de una camisa de fuerza. Pero si alguna obra de ciencia ficción está bien escrita, es literatura y la leo con placer. Los cuentos de Bradbury aún ejercen sobre mí la misma fascinación que cuando los leí por primera vez. Le sigo siendo fiel. Solo para quienes abordan la ciencia ficción de este modo puede convertirse en una materia muy proteica. Pero es cuestión de sensibilidad. Eso no significa que yo renuncie al género ni a sus potencialidades. Si tengo que entrar a saco en él para crear una escenografía o una atmósfera, como hice en Caín en las entrañas de la noche , lo hago. Lo hice y lo volvería a hacer si fuera preciso. Soy una escritora muy oportunista.

¿De qué autores pudiera decir que tiene influencias? O ¿Cuáles pudiera citar como preferidos y por qué?

He leído tanto y saqueado tanto que ya no sabría decir quiénes me han influido, quizá porque las marcas más profundas que haya en mí no sean precisamente de escritores, sino de filósofos, humanistas, magos, religiosos, teólogos... Pero me impresionan mucho las métricas y ritmos de la poesía antigua: Homero, los versículos bíblicos, El libro de los muertos , el Popol vuh , el Mahabarata , las canciones de los trovadores provenzales... Shakespeare ha sido decisivo. Los clásicos griegos, romanos y grecohelénicos. Marguerite Yourcenar, Marguerite Duras, Virginia Wolf, Lawrence Durrell, Robert Graves, Borges, Sábato. El nouveau roman y toda la literatura francesa. El decadentismo, por ejemplo, es una aventura espiritual interesantísima. Y alguna poesía. En mi panteón literario no hay muchas figuras de primera magnitud. Tengo predilección por autores que hoy ya nadie recuerda y que incluso en su época no fueron considerados grandes de la literatura, como Pierre Loti y Roger Peyrefit. Y por otra parte, no siempre a uno le gusta toda la obra de un escritor. De Durrell, por ejemplo, solo me gusta El cuarteto de Alejandría. Entre los escritores cubanos han sido importantes para mí Martí, Carpentier, Eliseo Diego, Collazo, Vieta, Garrandés... Hubo un tiempo en que leí mucho a Dostoievsky y Tolstoi. Hay un libro bellísimo, muy raro, exquisito, Los jardines del sueño, de la princesa Enmanuelle Kretzulesco-Quaranta, que fue uno de mis textos de cabecera desde que lo compré hasta que pasó a manos de personas inescrupulosas y malvadas junto con muchos de mis mejores libros. Y el Libro de los venenos, del español Antonio Gamoneda... Pero las preferencias no dependen solo del gusto, sino de momentos en la vida, de estados de conciencia, de expectativas, y todo eso es muy fluctuante.

¿Cómo valoraría el cuento cubano hoy, el momento en que se encuentra y sus vertientes principales?

No soy la persona más apropiada para hacer una valoración del cuento cubano hoy, porque la crítica literaria que hago no es sistemática como en el caso de Garrandés, Jorge Fornet, Zaida Capote... No sigo de cerca el trabajo de los autores nacionales. Ya tengo una edad en la que uno sabe que no dispone de todo el futuro en la cuenta del banco, sino que ha usado (¿y perdido?) más de la mitad del capital de tiempo que trajo a este mundo, así que me limito a leer solo lo que me interesa y puede serme útil en mis investigaciones para escribir. Y como lo que yo escribo exige mucha investigación, no me queda casi tiempo para leer por placer. También me agota bastante la búsqueda de las bibliografías muy específicas que necesito para hacer mis obras. Estoy muy ocupada con mi trabajo. No obstante, me parece que en la literatura cubana actual, como en todas partes y en toda época, se corre siempre el riesgo de tener que enfrentar —y el reto de saber reconocer— un fenómeno no por reiterado menos curioso, que consiste en una especie de habilidad mimética para imitar la verdadera luz del intelecto, el verdadero don de creación. Hay quien la despliega en mayor medida y quien casi no lo consigue, pero lo sorprendente es que a pesar de ello muchas de tales personas navegan exitosamente en las aguas mansas del arte nacional, y no se van a pique por más que publiquen textos cada vez peores. Pero si tuviera que dar mi opinión personal, diría que, en general, el panorama del cuento cubano actual parece variado y, hasta donde yo sé, cuenta con algunos escritores significativos, ya con una obra muy sólida y muy digna de respeto, como Garrandés, Riverón, y Ena Lucía Portela, tres de los autores que han creado corpus escriturales más originales, coherentes y homogéneos —que no es la generalidad entre nosotros, porque abundan las trayectorias muy desiguales—, y no sigo mencionando nombres para no pecar de ignorante o injusta (en realidad soy desmemoriada). Los 90 fueron muy preocupantes, pero afortunadamente los superamos y ahora hay escritores que ya no están coqueteando con la crónica periodística de inmediatez, sino que están interpretando nuestra realidad desde ángulos muy interesantes y bastante más profundos de lo que éramos capaces de hacer 15 años atrás. Desde luego, una literatura nacional no se vuelve espléndida ni reconocida solo porque cuente con autores verdaderamente importantes. También tendrían que jugar su papel los sistemas de promoción (entre los cuales se incluyen instituciones, editoriales, jurados de concursos, librerías, críticos, prensa y otros), los cuales, lamentablemente, suelen ser algo miopes e irresponsables a la hora de respaldar y promocionar escritores y obras. Sucede en todas partes, pero entre nosotros resulta especialmente incordiante, porque mientras en otros lugares admiten esto con una sonrisa elegante y te invocan razones de mercado ¡y hasta económicas!, nosotros desplegamos esfuerzos hercúleos para no admitirlo. Cuando se violenta la verdad —ya sea por incapacidad profesional, amiguismos o cualquier otro tipo de intereses— solo se obtienen frutos empobrecidos. Lamentablemente es así, pero todo lo que se puede hacer es tener paciencia y esperar a que algún día alguien se percate. Y seguir trabajando. Para un escritor solo cuenta escribir con la mayor sinceridad posible y desde lo más hondo del alma; así ha sido siempre y eso nada ni nadie lo puede cambiar. Cada cual cumpla como mejor pueda con su oficio de hombre.

Tomado de La Jiribilla

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GUERRA DE LAS CAMPANAS EN LA HABANA COLONIAL

hijadelaire @ 12:09

 LA GUERRA DE LAS CAMPANAS

Un curioso hecho de nuestra historia capitalina ocurrió en 1803, cuando el Obispo Espada, célere figura religiosa de la Isla, de avanzado pensamiento y conocido por el bien que con sus sabias disposiciones hizo a nuestra nación, tuvo que arremeter con un enfático edicto contra la bulla que provocaba en las calles de esta villa el excesivo, indiscriminado y arbitrario uso de las campanas.
En dicho documento, fechado el 18 de marzo del mencionado año, el prelado alude a un edicto anterior promulgado por su antecesor en el cargo, con la intención de refrenar este vicio campanero de los habaneros, al cual califica de abuso excesivo, y se queja de que los habitantes de la villa de San Cristóbal prestaron poca atención a la admonición antes hecha, por lo cual él se siente ahora en la obligación de volver a regañar a los reacios y desobedientes, encabezados por los mismísimos sacerdotes y campaneros de las iglesias, quienes, según se deduce del texto, sacaban del asunto pingües ganancias.
Al parecer, los siervos de Dios complacían, previo pago en metálico, a todos aquellos ciudadanos que acudían a solicitar toques de campana por la salud de los enfermos, por las muertes ocurridas, por los velatorios, nacimientos, bautizos, bodas, cumpleaños y por mil otras razones de las cuales no estaba exenta la más pura vanidad personal.
En términos muy firmes, el Obispo Espada recuerda a sus subordinados y a los feligreses aficionados al metálico tañir, que este sólo se justifica para celebrar festividades religiosas, avisar las horas o anunciar los días de culto público, o para llamar a los fieles a los actos religiosos o atraer su atención, en casos extraordinarios, sobre hechos peligrosos o de interés urgente para todos los ciudadanos de la villa.
Esta desobediencia e inobservancia —asegura enérgicamente Espada refiriéndose al desorbitado campaneo— no tiene su origen, en manera alguna, en la piedad, que no puede ser verdadera cuando es contraria a los mandatos del Soberano y del Gobierno, y va contra el espíritu de la Iglesia y el reposo público.
Para concluir, el Obispo Espada amenaza abiertamente en su edicto a los que insistan en continuar campaneando a su antojo con proceder con las penas impuestas en dicho edicto en cada infracción, sobre los cuales estaremos a la mirada.
Nada menos que a la aplicación de multas se refiere el honesto sacerdote, insinuando que habrá vigilancia encargada de descubrir a los provocadores de tan molesto estruendo. Tras de lo cual advierte con mucha claridad que sólo dos toques de campanas quedan permitidos en la refistolera villa: el del Ave María al amanecer y el de Ánimas entre las ocho y nueve de la noche; y aún estos dos quedan reducidos a sólo tres minutos de duración, que no a veinte, como venían haciendo los alegres capitalinos. Para comenzar ambos toques, advierte Espada, habrá que hacerlo sólo cuando comiencen a repicar las campanas de La Catedral de la Habana, sin empezar antes que estas ni acabar después.
¿Obedecieron los habaneros a su Obispo? Es de creer que sí; porque además de ser muy respetado por su sabiduría, su bondad y su muchas veces probado amor por Cuba, Espada, de origen vasco, también era de sobra conocido por su firmeza de carácter y la dureza que sabía desplegar cuando ello era necesario para hacer valer su autoridad en la defensa y mejora constante de la vida de los cubanos.
Sin embargo, los habaneros, obligados a restringir su campaneo, se vengaron convirtiendo el matutino toque del Ave María en una algazara infernal, y para que el lector pueda hacerse una idea de lo grave del asunto y de la pertinacia ruidosa del cubano, reproducimos aquí un fragmento del libro Cuba a pluma y lápiz, escrito casi un siglo después, en 1871, por el viajero y escritor Samuel Hazard:
Apenas despunta el día, lo cual sucede en Cuba a hora muy temprana, el recién llegado viajero se ve sorprendido en su delicioso despertar mañanero por el alarmante sonar de las campanas, proveniente de todos los ámbitos de la ciudad. En un verdadero desconcierto de sonidos, atruenan el aire cual si se tratara de una general conflagración, y el infortunado viajero se tira frenéticamente de la cama para inquirir si hay alguna esperanza de salvarse de las llamas que se imagina amenazan ya a toda la ciudad. Figúrate, ¡oh, lector!, a tu pueblo nativo con una iglesia en cada cuadra, cada iglesia con un campanario o quizás dos o tres, y en cada campanario media docena de grandes campanas, de las cuales dos no suenan igual. Coloca las cuerdas de estas en las manos de algunos hombres frenéticos que tiran de ellas, primero con una mano, luego con la otra, y tendrás una débil idea de lo que es un despertar en La Habana.

Guerra de las campanas en La Habana colonial

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Cómo era un día normal en La Habana de la colonia

hijadelaire @ 12:06

 UN DÍA EN LA HABANA
COLONIAL
A quienes pasean hoy día cámara en ristre por las calles de La Habana Vieja, especialmente por su hermoso casco histórico, los tesoros de su arquitectura, los parques antiguos, las sombras en los rincones, los espectros emboscados detrás de las columnas, el olor salitroso del mar y los rumores de los vetustos patios coloniales pueden impresionarles la vista y encenderles la fantasía; pero ni los cubanos actuales ni mucho menos los turistas consiguen recrear exactamente cómo era un día en esta hermosa urbe caribeña en tiempos de la colonia. La Habana es una vieja dama que no entrega fácilmente sus secretos. Intentémoslo…
Buscando en los archivos de nuestra prensa nacional hemos hallado una crónica firmada por un señor Conde del Rivero, nombre sobre el cual nada hemos investigado; pero sospechamos pudiera ser un seudónimo muy al estilo de los que se utilizaban en los diarios de las primeras décadas del siglo XX habanero.
En este trabajo, publicado bajo el título de Un día en La Habana de 1832, la pintura de una jornada cotidiana en las calles de nuestra capital resulta tan animada y llena de gracia que me ha impresionado por su colorido, dinamismo e inmediatez, y he querido glosarlo para que pueda ser leído por muchas personas que, de otro modo, jamás lo habrían conocido.
Comienza el señor conde advirtiendo a sus lectores que se propone hablar de La Habana gobernada por el rey español don Fernando VII y su Capìtán General don Mariano Ricafort Palacín, cuando las calles más importantes de la ciudad eran la de La Muralla y las de los Oficios y los Mercaderes, cercanas al puerto.
Según observa el noble Del Rivero, en aquella época los tejados de las casas habaneras más altas alcanzaban la altura de los mástiles de los barcos que calaban en el puerto. Tratábase, pues, de una ciudad de arquitectura baja, como solían serlo generalmente las capitales construidas por España en las Indias Occidentales.
Sin embargo, ya en aquella fecha La Habana era una ciudad importante, como evidencian los grabados de la época, en los que pueden verse junto a las fortalezas de Los Tres Reyes del Morro y San Salvador de La Punta gran cantidad de magníficas edificaciones e innumerables torres de Iglesias y conventos.
Entre estas edificaciones que resaltaban por su importancia social y magnificencia arquitectónica se encontraban el hermosísimo e imponente Palacio de los Capitanes Generales, hoy Museo de la Ciudad; el Palacio del Segundo Cabo; la primitiva Casa Consistorial ubicada en el terreno donde hoy se levanta la Lonja del Comercio; los teatros Diorama y Principal y un conjunto de vistosos palacios, entre los cuales destacaban entonces los de los marqueses de San Felipe y Santiago, de Casa Calvo, de Arcos y de Casa Júztiz, y los de los condes de Casa Bayona, Villalta, Lagunilla, Casa Montalvo y San Juan de Jaruco.
El castillo de Los Tres Reyes del Morro, fortaleza insignia de la ciudad y primera construcción que divisa desde el mar el viajero que llega a nuestra costa norte habanera, era entonces de color blanco, y no oscuro como lo vemos hoy desde el Malecón. Debió ser un espectáculo deslumbrante el de esos muros blanquísimos irradiados por el sol inclemente del Caribe en contraste con la oscura mole rocosa lamida por el mar. Otro dato curiosísimo es que, a su vez, la viril fortaleza de San Carlos de La Cabaña, la mayor de toda América, estaba cubierta de un tono rosa pálido.
Y aquí, para ilustrar la vista de la ciudad desde el mar, cita Del Rivero a la muy ilustre escritora y aristócrata criolla Mercedes de Santa Cruz, condesa de Merlin, cuando ella describe en su emblemático libro Viaje a La Habana:
La Habana con sus balcones, sus tiendas y sus azoteas, con sus preciosas casas bajas de la clase media, casas de grandes puertas cocheras, de inmensas ventanas enrejadas; las puertas y las ventanas, todo eso está aquí abierto; se puede penetrar con una mirada hasta en las intimidades de la vida doméstica, desde el patio regado y cubierto de flores hasta la alcoba de la niña, cuyo lecho está cubierto por cortinas de limón con lazos color de rosa. Más allá están las casas aristocráticas de dos pisos y entresuelos, rodeadas de galerías que se divisan a lo lejos por sus largas filas de persianas verdes...
Del Rivero, siguiendo la mirada de la condesa de Merlin, continúa contándonos cómo en esas mismas casas y palacios se llenaban de gentes los balcones para ver entrar en las aguas del puerto la fragata que traía el correo, señalando enseguida cómo entre aquella multitud podían divisarse muchas negras vestidas de muselina, sin medias y sin zapatos, que llevaban en brazos criaturas blancas como cisnes (se refiere sin duda la condesa a las esclavas domésticas que desempeñaban el oficio de amas de cría), y muchas jóvenes de esbelta estatura y tez pálida, que atravesaban con ligereza las largas galerías, con su cabellera negra suelta en bucles flotantes, con vestidos diáfanos que agita la brisa y se transparentan al sol, retrato lleno de levísima gracia, en el que es preciso reconocer a las hijas de los aristócratas y grandes comerciantes, tanto criollos como españoles, quienes por su belleza y esmeradísima educación constituían las verdaderas joyas que guardaban de la vista los sólidos muros de sus mansiones.
Como en cualquier ciudad marítima del ardiente Caribe, pululan por las calles del puerto multitudes de piel oscura; unos visten pantalón y chaqueta blanca y van cubiertos con grandes sombreros de paja, y otros llevan calzón corto de lienzo rayado y un pañuelo de color liado a la cabeza. Estos últimos son, sin duda, los esclavos braceros que acarreaban mercancía y equipajes, muchos de ellos bozales que no llegaron nunca a hablar ni medianamente el español. Por doquier se veían toneles, cajas y fardos que eran izados sobre carretones tirados por mulas y conducidos por un cochero negro que entregaba a la mordida del sol su torso desnudo. Por todas partes se veían letreros con las palabras café, azúcar, vainilla, tabaco, alcanfor, añil, sellos internacionales e inconfundibles de un comercio próspero y una economía floreciente. Las voces de los negros se elevaban entonando sus cánticos estrepitosos y de cadencioso ritmo, para acompañar y quizás hacer más humano el duro y monótono faenar cotidiano.
Frente al muelle la plaza de San Francisco ofrecía un variado surtido de volantas y quitrines. Las primeras eran coches semejantes al quitrín, pero con varas muy largas, ruedas de gran diámetro y cubiertas que no podían plegarse, por lo cual sus ocupantes permanecían siempre gratamente refugiados en el interior del vehículo, a salvo del solazo y las miradas indiscretas. Vale la pena mencionar como información de singular interés que por aquellos días sólo había dos coches en La Habana, perteneciente uno de ellos al Capitán General, y el otro destinado a las visitas de enfermos a la Catedral.
La volanta, muy usada por los visitantes de la ciudad y por los habitantes de medianos recursos, se podía alquilar por valor de una peseta el viaje (en La Habana no aparecieron los primeros ómnibus hasta 1840). Los quitrines pertenecían todos a propietarios particulares, grandes señores del comercio, el azúcar y la banca, y tenían una estampa muy vistosa y distinguida. De cochero iba siempre un esclavo negro magníficamente vestido y jinete sobre una mula. Sólo el calzado, descrito por la condesa de Merlin en párrafo citado por Del Rivero, constituía todo un espectáculo:
...botas perfectamente charoladas que sólo le llegaban a la clavija, y le dejaban a la vista la caña de la pierna negra y lustrosa; un zapato charolado y adornado con un gran lazo completaban este singular calzado compuesto de dos partes. Su pantalón de lienzo blanco y los escudos de armas bordados en los galones de su casaca hacían resaltar el ébano de su piel y los diferentes matices negros de su sombrero y de su calzado.
Lo que no dicen ni la condesa ni Del Rivero es que las familias pudientes de La Habana procuraban siempre que en cada uno de los objetos o personas de su propiedad fuera impresa una señal del estatus social y económico al que pertenecían, por lo que prestaban la misma esmeradísima atención a la arquitectura de sus mansiones que a la elección de calesero, al cual seleccionaban cuidadosamente entre los más hermosos de sus esclavos, y en ocasiones, hasta los compraban en el mercado de negros expresamente para emplearlos en ese oficio. También se cogían negritos bonitos, apenas llegados al mundo desde el vientre de sus madres, para educarlos con este propósito desde su más tierna edad. El calesero no realizaba tarea alguna, como no fuese guiar el quitrín de sus amos. Vivía en la casa junto con ellos, y aunque dormía en las dependencias destinadas a los de su raza y condición, tenía habitación aparte. Comía rumbosamente y su salud era bien atendida. Era respetado y muy envidiado por los otros esclavos, se daba aires de gran señor y las negras y mulatas, tanto esclavas como libertas, le concedían de preferencia sus favores. El calesero, pues, era un negro muy orgulloso de su destino, y cuando había fiesta en los grandes palacios de la aristocracia habanera, se reunían varios de ellos en los zaguanes y se enzarzaban en una especie de competencia charlatana para dirimir cuál de sus amos era más poderoso y merecedor de mayores honores.
¿Cómo comenzaba un día en La Habana de entonces? Pues muy temprano, antes de la salida del sol, cuando vaqueros y lecheros con sus rebaños invadían calles y plazas para garantizar el inviolable y tradicional desayuno criollo de café con leche, junto con el cual iban religiosamente los periódicos del día, que los repartidores deslizaban por debajo de las puertas; las iglesias se iban llenando de ancianos, beatas y madrugadores —sigue contándonos Del Rivero—, que corrían a la primera misa de la mañana; los cocineros salían con sus canastas a proveerse en los mercados; las bodegas se abrían para dar entrada a los jornaleros que allí concurrían para iniciar su día con una humeante taza de café bien tinto. Y aquí cita Del Rivero un fragmento de don Antonio Bachiller y Morales, cuyo discurso de gran fuerza plástica nos deja ver cómo en La Habana de entonces
…todo va siempre en movimiento: los mercados, los paseos, el muelle, los paraderos de las berlinas de Güines y Matanzas, van llenándose de gente que concurre ora a pasear en la mañana, ora a embarcarse o a despedirse de los amigos que se ausentan de la ciudad. Las náyades, vestidas con tenues negligés y tiradas por muelles carruajes, se dirigen a sus centros El Recreo, Las Delicias o La Elegancia. Los ensayos de cornetas y tambores, el tiroteo de las tropas en instrucción, las volantas de alquiler, los quitrines particulares y las filas de carretones que comienzan su estrepitosa tarea, van preparando el ruido que luego sigue en aumento.
Conociendo el hábito criollo de las clases medias y altas de dormir la mañana, en especial señoras y señoritas, hoy nos parece contradictorio el hecho de que a las siete de la mañana, con la exactitud de relojes, los buhoneros isleños comenzaban a vocear vigorosamente su mercancía consistente en aretes, sortijas, dedales, tijeras finas y otras baratijas, casi siempre consistentes en encajes y agujetas para el pelo, botones y otros adornos muy apreciados por las mujeres. Pero no es menos cierto que las damas adineradas no comprarían quizás a estos pobres vendedores callejeros. Es mejor suponer que a horas tan tempranas la clientela sólo se compondría de esclavas, mujeres libertas y amas de casa de pobre condición.
Dos horas más tarde, a las nueve de la mañana, el caos se desata en las calles de la ciudad, por donde se empeñan en circular a la vez los vaqueros con sus rebaños, los estudiantes que se dirigen a las clases de la Universidad, situada en el antiguo convento de Santo Domingo, los vendedores de fruta y los corredores de acciones, que a esa hora van hacia el muelle a formar tinglados desde donde desempeñar su agitado negocio.
Poco después las bellas de las mansiones dejan el lecho y se disponen a tomar el almuerzo, preparado desde temprano por la servidumbre, al mando la esclava negra jefa de la cocina, una de las esclavas de más respetable rango dentro de la casa colonial. Y del almuerzo nos cuenta Del Rivero que
...solía durar hasta las diez. La abundancia de las viandas corría pareja con la variedad de los platos. Además de la carne de vaca y la de puerco frita, guisada y estofada, había picadillo de ternera servido en una torta de casabe mojado, pollo asado y relumbrante con la manteca y los ajos, huevos fritos casi anegados en una salsa de tomate, arroz cocido, plátanos maduros también fritos, cortados en luengas y melosas tajadas, y ensalada de berro y lechuga. Acabado el almuerzo, se servía el café en la sala.
Y continúa nuestro cronista contándonos cómo a las diez el ruido de la ciudad alcanzaba su mayor fragor, porque a esa hora llegaba hasta la locura el canto de los esclavos enfrascados en las labores de descarga de mercancías desde los carretones para introducirlas en los almacenes de sus señores, ubicados generalmente en los bajos de las mansiones o en locales cercanos al muelle. Los vendedores de fruta y todo tipo de artículos recorrían las calles y las señoras iban de compra en sus quitrines acompañadas por sus esclavas y uno o dos criados que seguían el vehículo a pie. Téngase en cuenta que entonces circulaban por las calles habaneras más de tres mil carruajes, además de una multitud de hombres y mujeres de todas las edades y todas las razas, quienes se dirigían en todas direcciones, o mismo hacia el muelle que hacia los arrabales que rodeaban el corazón de la urbe.
La campana mayor de la Catedral anunciaba el descanso de los trabajadores, que duraba hasta las dos de la tarde. Los cafés se inundaban de gente sedienta que deseaba tomar un bocado y refrescar de la asfixiante temperatura que reinaba en la ciudad, y que no era entonces ni la mitad de fuerte que en nuestros días. Era el momento de tomar jugos de fruta, granizados y pastelitos, y la copa de helado a un peso:: la merienda que aún hoy continúa siendo la preferida por los habaneros, aunque, desde luego, ahora con el consabido sandwich norteamericano que nos quedó en herencia desde la ocupación.
Por raro que hoy pueda parecernos, a las tres de la tarde todo el mundo volvía a comer. Tras otro descanso de dos horas la ciudad se entregaba a los placeres, consistentes en andar el Nuevo Prado de arriba abajo una y otra vez, como ocurre hoy con la Rampa o las arterias principales de Centro Habana. También se acostumbraba pasear por dentro de la ciudad amurallada o dar una vuelta por las calle de Empedrado, Sol, Jesús María y Oficios. Después las damas regresaban a casa y los hombres se reunían en el café-taberna que se encontraba en la Plaza Vieja, esquina a la calle de Mercaderes. Antes del toque de oraciones se daba la vuelta en quitrín por fuera de las murallas, o también antes de pasar al Prado, se recorrían las calles de Dragones, Salud y Cerrada del Paseo. Así veía Del Rivero esos momentos de solaz y esparcimiento:
Y cuando el sol se ocultaba envuelto en hermosos cendales de oro... algunas jóvenes sentadas en sus ventanas, contentas y risueñas, dirigían al través de las rejas miradas que brillaban como estrellas. Otras, recostadas voluptuosamente en sus quitrines, gustaban desdeñosamente de la dulzura del aire y de la hermosura de la naturaleza. Nadie se paseaba a pie; los hombres, encajonados en el fondo de sus volantas fumaban tranquilamente saboreando su dicha; la comercianta, la mujer de clase media, lo mismo que la gran señora, gustaba en sus quitrines la delicia y la molicie de los ricos. (Después, a la Plaza de Armas, donde el Gobernador daba todas las noches frente a su palacio un concierto de música). Allí se reunía la población blanca de todas las clases. Hermosas mansiones, una fuente saltarina y los palacios del gobernador y del intendente circundan ese grande espacio, haciendo de él un paseo encantador y enteramente aristocrático.
A las nueve se cerraban las puertas de la muralla y a las diez de la noche comenzaban las alegres tertulias hogareñas. La condesa de Merlin asegura que
...aunque uno llegue a su casa la volanta permanece en la puerta, aguardando a que un capricho o el deseo de tomar el fresco con un amigo sin interrumpir la conversación os hagan volver a dar otro paseo. Así se suele ir a la orilla del mar; la cortina o tapacete protege a los que quieren ocultarse de los ojos de la gente, sin impedir que se oiga y se vea desde el interior todo lo que pasa fuera. El quitrín o la volanta, con su carácter particular, su extravagante conductor y su mula al trote, tiene algo de misterioso que recuerda la góndola de Venecia.
¡Romántica Habana de 1832, termina diciendo nuestro conde del Rivero, melancólica ciudad cuya vida callejera moría de once a tres de la tarde por miedo al sol, y que a su bullicio nocturno unía siempre el alegre cuchicheo al tierno susurro del romance...! Y nosotros nos unimos a su nostalgia con un suspiro de evocación, pero a la vez de agradecimiento por estas páginas que nos han permitido revivir, como la vaharada sutil y prontamente disipada de un perfume maravilloso, la memoria de la ciudad que fue hace casi tres siglos. Los ecos del pasado vuelven a resonar en nuestros oídos un breve instante antes de borrarse nuevamente, dejando en la película virgen de la cámara las sombras invisibles del ayer.

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