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Hija del aire

Archivo: Agosto 2007

30/08/2007 GMT 1

ENTREGAN PREMIOS Y MENCIONES DEL CONCURSO IBEROAMERICANO DE CUENTO JULIO CORTÁZAR

hijadelaire @ 15:03

 El Centro de Cultura Dulce María Loynaz fue sede de la entrega del premio del Concurso Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar 2007, obtenido esta vez por el escritor cubano Rogelio Riverón. Su cuento Los gatos de Estambul narra en un estilo hiperrealista el encuentro entre un escritor cubano y una traductora rusa en medio de la nieve de Estambul, esa ciudad que parece tener un numen mágico y algo siniestro, a la vez que un atractivo especial para los escritores cubanos, ya que también Alberto Garrandés la eligió como escenario de su cuento Algo de nieve en Estambul, y yo misma he tenido la tentación de trasladar allí la escenografía de algún relato que todavía no he escrito. ¿Alguien más se anima?

Los gatos de Estambul, si bien parece que va a desenvolverse como una exótica historia de amor y sexo, sorprende entrando de lleno en el fenómeno tristísimo de la prostitución rusa posterior a la caída del campo socialista, ese coloso con pies de barro que durante décadas tanta gente adoró. Como los cubanos rara vez salimos de la isla el fenómeno no ha sido para nosotros una vivencia cercana, pero para los pocos que tienen acceso a Internet —a mí me la presta un amigo del alma— no es del todo desconocida. He perdido la cuenta de las muchas, muchas veces que al navegar en la red me ha sorprendido desagradablemente la aparición de banners publicitando esta bella mercancía. “Me llamo Natasha. Soy rusa. Soy rubia de ojos azules y tengo 21 años...” anuncia un pie de foto bajo la imagen de una muchacha lindísima con un semblante absolutamente vacío de expresión.

Aunque la relación que tuvo Cuba con la Unión Soviética no tiene nada que ver con la que nos une a España, que por los siglos de los siglos seguirá siendo siempre la figura arquetípica de nuestra madre racial y cultural, no es menos cierto que el correr de los años ha demostrado cómo los cubanos (no sé nada al respecto sobre los rusos) han conservado un vínculo afectivo con la lejana nación eslava, una especie de sentimiento de nostalgia, más bien como la extraña imagen de un Paraíso justiciero jamás visto y del que continuamente te llegan noticias y fotografías, y donde sabes que algún amigo se casó y dejó descendencia. Los técnicos soviéticos que conocí y las mujeres rusas que aún viven entre nosotros nunca me sirvieron para hacerme una idea concreta de lo que pudo ser aquella creación geopolítica; y del realismo socialista en la literatura —tan odiado y renegado entre nosotros— guardo un recuerdo más bien agradable de dos o tres libros para adolescentes que me compraron mis papás en nuestras librerías. Imagino que nadie se atreverá a negar que los rusos son maestros de la novela histórica, están entre los más grandes músicos de la Humanidad , hicieron uno de los mejores cines y sus ballets son portentosos desde la época de los zares. Qué enorme pena todo lo demás...

Esta nostalgia, amarga como sucede inevitablemente cuando te han engañado largo tiempo sobre las virtudes falsas de alguna entelequia, está más que presente en Los gatos de Estambul, y ha hecho regresar a mi memoria muchas sensaciones y recuerdos. Es un cuento sólido y tiene una belleza ciertamente telúrica. Posee, además, la capacidad de remover las oscuras inquietudes que agitan a mucha gente que se pregunta qué pasará con los cubanos el día D. Creo que aunque no contenga ningún elemento fantástico, a Cortázar le hubiera gustado.

De mi propio cuento, El príncipe de los lirios (primera mención), por ética elemental no me corresponde decir nada. De los cuentos de los restantes escritores que obtuvieron menciones tampoco tengo noticias, pero pronto será publicado el volumen con todos ellos. El premio Cortázar de cuento recae, en ocasiones, sobre escritores verdaderamente relevantes, y pone de relieve carreras que prometen mucho, como esta vez ha sido el caso de Orlando Luis Pardo, de quien he leído su reciente libro de cuentos Mi nombre es William Saroyan, una obra original y fuerte. No sé por qué sospecho (mera sospecha nada más), que él será, cuando las aguas del tiempo depuren lo suficiente el panorama, la figura más importante de ese grupo que se hace llamar a sí mismo Generación Cero. Supongo —no es más que una idea algo peregrina que se me ha ocurrido— que se hacen llamar así para significar que antes de ellos no ha habido nadie en la literatura cubana y que de ellos deberá partir todo el numeral que venga a partir de ahora. Cosas veredes, Sancho, que harán hablar las piedras.

Y en cuanto a un poco de crónica social, que nunca se debe dejar de hacer cuando se escribe sobre estos eventos, pues asistieron algunas figuras insignia de la literatura que se está haciendo en la isla, algunos escritores importantes y personalidades de la cultura, un miembro de la embajada de Argentina y ningún ministro. Miguel Barnet, presidente honorario del evento, nunca llegó. Y que conste: no estaba lloviendo.

El Centro Loynaz, precioso como siempre, aunque el aura de Dulce María ya no lo imanta, o al menos no se la percibe con tanta fuerza como cuando recientemente fallecida se aparecía por los corredores pidiendo chocolatines a los visitantes. Hubo muchas flores y un par de jóvenes muy bellas —la pintora Duchi Man Valderá y la investigadora Cynthia Coto— que deslumbraron bastante a grandes y chicos. En cuanto a la poeta argentina Basilia Pastamatiú, una anfitriona encantadora, como siempre.

Fermín Gabor, te juro que no intento competir...

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28/08/2007 GMT 1

¿AMÓ CARMEN A JOSÉ MARTÍ? En defensa de Carmen Zayas Bazán

hijadelaire @ 12:43

De niña, cuando yo preguntaba por qué el único hijo de José Martí no había podido crecer junto a él, generalmente las personas mayores me explicaban que eso sucedió porque Carmen Zayas Bazán no amaba a José Martí como un hombre de su talla heroica merecía ser amado por su esposa. Otras veces me dijeron que ella lo amó, pero no pudo soportar los rigores de la austera vida que impuso a Martí su condición de revolucionario, y prefirió volver junto a su familia, una de las más acaudaladas del Camagüey, para retornar a su antigua vida muelle repleta de lujos y alegrías mundanas.
Y probablemente yo hubiera llegado a vieja creyendo esas cosas, de no ser por la bella sorpresa que tuve al encontrar en un número de la revista Opus Habana unas páginas dedicadas al álbum de boda de la pareja. Cedidas a dicha publicación por Cintio Vitier, poeta, narrador, ensayista y estudioso de la vida del Apóstol, el volumen al cual pertenecen permanece inédito.
La existencia de este álbum bastaría por sí sola para desmentir el supuesto desamor de Carmen Zayas Bazán, ya que de no haber sido por el celo con que lo conservó después de la caída en combate de Martí y hasta su propia muerte, cuidándolo y alimentándolo con nuevas firmas que ella acudía personalmente a solicitar, este documento se habría perdido para la posteridad.
EL ÁLBUM
Martí y Carmen se conocieron en Ciudad México, donde él se reunió con su familia luego de terminar sus estudios en la universidad de Zaragoza. El joven patriota comenzó a trabajar en la revista Universal, cuyos talleres quedaban muy cerca del domicilio del abogado cubano Francisco Zayas Bazán. Amigos comunes presentaron a Martí en esta casa y él comenzó a visitarla con frecuencia como compañero de ajedrez del padre de Carmen, muy aficionado a este juego. Pronto nació entre el joven de veintidós años y la muchacha de diecisiete una atracción que culminó en el casamiento celebrado en la capilla del Sagrario de la Catedral de esa ciudad. La fiesta de casamiento se celebró en la residencia de Manuel Mercado, y fue allí donde se escribieron las primeras páginas del álbum de bodas de la pareja.
Estos álbumes de bodas, como los carnés de baile, los abanicos firmados y los álbumes fúnebres, fueron costumbre cotidiana durante todo el período histórico, social y cultural que hoy conocemos como Romanticismo.
Todas las familias los tenían, y escribir o hacerse escribir en ellos era un placentero entretenimiento al que nuestros abuelos dedicaban no pocas horas y atención. Con tapas de metal los más costosos, pergamino o hasta de modestísimo cartón, eran tratados con amor y delicadísimos cuidados de generación en generación, convertidos en trozos de eternidad donde el recuerdo del ayer seguía vivo y recibiendo la veneración y el respeto social por largo tiempo.
Sus páginas solían estar entreveradas con cintas de raso y seda en tonos pastel, arrancadas de un traje de mujer; flores marchitas, mechones de cabellos ya sin brillo, pequeñas postales apolilladas y todas esas mínimas cosas que las personas solían intercambiar en el pasado como prendas de afecto y amistad.
El álbum de boda de Carmen y Martí, con cubiertas de cuero sobre las que se aprecian las iniciales de la pareja trabajadas en plata, mide casi dos centímetros de alto, quince de largo y veintitrés de ancho. En su interior guarda más de trescientas dedicatorias y firmas.
Aparecen en sus amarillentas páginas las firmas de ilustres personalidades de entonces, tanto políticas como poéticas, lo cual refleja el variado espectro de sectores sociales en que se movía un hombre tan polifacético como el Apóstol.
Con la afiligranada caligrafía al uso en la época, hallamos estampados los nombres de José Joaquín Palma, patriota y poeta cubano; Manuel Mercado y su esposa, los amigos del alma de Martí; Guillermo Prieto, poeta mexicano; Manuel Carranza; Nicolás Azcárate, el abogado reformista; José Peón Contreras; Justo Sierra; Juan de Dios Peza; Ramón Uriarte; Felipe Sánchez Solís; Miguel García Granados, padre de la Niña de Guatemala; y muchos otros cuyo número no puede ser incluido en este espacio, loaron a los recién casados, los exaltaron, aconsejaron o felicitaron con toda sinceridad por haber unido sus vidas en un nudo del que ninguno de ellos pensó que se desataría tan pronto.
¿AMÓ MARTÍ A CARMEN ZAYAS BAZÁN?
El propio Martí describe la naturaleza de su sentimiento por ella en carta a Manuel Mercado, donde dice textualmente:
No es pasión frenética, a menos que en la calma haya frenesí; pero es como atadura y vertimiento de todo su espíritu en mi espíritu (...).
A juzgar por la poesía de Martí y los encendidos versos de amor que en toda ella se dejan leer, pasión sintió a lo largo de su relativamente corta vida por varias mujeres, entre las cuales, según la antes mencionada confesión, no se encontraba Carmen y probablemente no se encontró tampoco después del casamiento. Semejantes palabras a las escritas a Mercado sobre el particular parece haber confesado el Apóstol a una amiga muy íntima, la actriz Eloísa Agüero, con quien vivió un romance tempestuoso antes de desposar a Carmen, según consta en breve carta de Eloísa enviada a Martí y reproducida por Luis García Pascual en su hermoso y utilísimo libro Destinatario José Martí.
Sin duda de naturaleza bien diferente fue la volcánica pasión que le inspiró la jovencísima María García Granados, diez años menor que él cuando se conocieron (ella tenía solo quince), y a quien sin ninguna duda Martí cortejó cuando ya estaba comprometido con Carmen, pues existen documentos que así lo prueban. María lo amó con un amor sin límites, pero Martí, con hidalga honestidad, no le ocultó su compromiso con Carmen. Así lo prueba una carta que La Niña envió a su enamorado cuando él regresó casado a Guatemala. En dicha nota, María se queja a Martí porque él no ha ido a visitarla, y le aclara que ningún rencor le guarda por ese matrimonio, pues él siempre se lo había hecho saber con entera sinceridad. Aunque La Niña ya se encontraba enferma del mal que la llevó a la tumba, Martí no la visitó.
Como puede apreciarse por otras piezas epistolares y por diversas biografías del Apóstol, entre ellas la de Jorge Mañach, Martí inició su noviazgo con la que poco después llevaría al altar mientras se encontraba enzarzado en amoríos con las actrices mexicanas Concha Padilla y Eloísa Agüero, (Mercado, el amigo fiel, creyó ayudar a Martí a disipar su relación con Concha Padilla metiéndole por los ojos, al decir de Mañach, a la pobre Carmen. Y por si fuera poco, después de comprometerse con Carmen inició su idilio de un nunca definitivamente comprobado platonismo con La Niña de Guatemala. Carmen no era, pues, su única dueña. Y ella no debió vivir en dulce ignorancia de estos hechos, según revela en una de las primeras cartas de novia que escribió a Martí:
(…) Es muy cierto que desde que te vi te amé, desde el primer momento sentí nacer en mi corazón llama inextinguible del primer amor, pero también es cierto que desde que te conozco no he tenido un día de calma, pues los celos me mataban (…)
Seguramente tuvo el disgusto de verificar cuán acertada estuvo entonces al sentir esos celos, sobre todo cuando mucho después leyó el poema de Martí a la muerte de María, especialmente aquellos versos que rezan: Él volvió, volvió casado/ y ella se murió de amor.
De nada sirvió la blanqueada versión oficial que se ofreció de la muerte de María, según la cual la jovencita había contraído una pulmonía al bañarse de noche en un río. Guatemala entera sabía que era falsa. Y Carmen también.
Pero antes de comprometerse con Martí sí es bien posible que Carmen ignorara por completo los amores paralelos de su Pepe, pues le escribió entonces con una ingenuidad conmovedora:
Yo no tengo solo tu carta en el corazón, tengo tu imagen grabada en mi mente, tu voz y tus miradas me queman, pues te adoro con el delirio de un corazón puro!!! Ámame como yo te amo. Yo juro adorarte hasta la muerte. (…) A pesar de mi poca experiencia y edad tengo la desgracia de dudar de todo, pues he visto tantos corazones marchitos muy temprano por los desengaños. Tanto vi que tengo temores, mas cuando me dices que quizás, tal vez, me quieras firmemente, eso es terrible. Cuando entusiasta esperaba leer en tu carta frases amorosas solo encontré duda y frialdad. Te ruego seas más amoroso en otra. (El subrayado es mío).
Llama bastante la atención que una novia recién estrenada y capaz de expresar sentimientos tan vehementes para una buena damita virgen de la época, sintiera la necesidad de suplicar a su cortejante muestras más intensas de su afecto, su ternura, su amor. ¿Cómo debe entenderse que Martí le dijera a Carmen al principio de su idilio que quizás, tal vez, la querría firmemente? ¿Acaso no estaba entonces completamente seguro de amarla? Si así fue, entonces ¿por qué se comprometió con ella?
El propio destinatario se encargaría de explicar plenamente el enigma al escribir tiempo después, cuando ya el matrimonio era un completo fracaso:
Cuando me casé, más por amor que yo tuviera, por agradecimiento al que aparentemente me tenían, y por cierta obligación de caballero que excitaba mi imaginación, amable y puntillosa, sentí que iba a un sacrificio que acepté, en desconocimiento del verdadero amor, porque creí que alguna vez habría de llegar.
Un albor de amor tuve, después de conocer a mi mujer, allá en Guatemala, que sofoqué con mi creencia de que me debía a la mujer que me tenía dadas prendas anticipadas de su amor.
Este subrayado, por obvio y escabroso, no necesita ser comentado. Después de estas palabras ya no tiene sentido seguir preguntándose por qué Martí desposó a Carmen Zayas Bazán. Cualquier razón pudo existir, menos la de un amor verdadero.
Sin embargo, ese Martí que en retrospectiva confesaba haber desposado a Carmen solo por agradecimiento, es el mismo que escribió al padre de ella cuando iniciaba noviazgo con la hija:
(…) Me da usted mi mayor riqueza, y mi mejor gloria: me da usted a mi Carmen de mi vida (…) Yo, que a Carmen debo la resurrección de mis fuerzas (…) a Carmen me consagro ahora por completo.
Y más aún, es el mismo autor del hermoso poema Carmen, donde escribió estos versos:
Es tan bella mi Carmen, es tan bella/ Que si el cielo la atmósfera vacía/ Dejase de su luz, dice una estrella/ Que en el alma de Carmen la hallaría./ (…) Tiene este amor las lánguidas blancuras de un lirio de San Juan, y una insensata/ Potencia de creación, que en las alturas/ Mi fuerza mide y mi poder dilata,/ Robusto amor, en sus entrañas lleva/ El germen de la fuerza y el del fuego (…)
………………………………………..
¿Y CARMEN?
Carmen eligió libremente a Martí, sin que mediara ninguna de las acostumbradas presiones familiares propias de la época. Por el contrario, don Francisco, el padre, nunca vio con buenos ojos aquel enlace, pues era cercano colaborador de España y dudosamente debió sentirse satisfecho de entregar su hija al joven que, aunque de genio y de talento, ya se veía despuntar como futuro adalid de la independencia de Cuba.
Tras una breve luna de miel en Acapulco, la pareja se instala en Guatemala, donde permanecen hasta 1878. Los hechos demuestran que tras el matrimonio, Carmen renunció de buen grado a la vida de lujo, comodidades y relaciones sociales que le correspondía por su nacimiento, a cambio de seguir a Martí al exilio y la pobreza.
Y muy mal debió sentirse desde el principio de la convivencia, pues criada entre sedas no estaba habituada a sobresaltos ni pesares, y muchos tuvo junto a este esposo conspirador y perseguido. Ya desde Guatemala había visto cómo Martí, solidarizándose con el injusto despido de un amigo de la Universidad donde ambos trabajaban como profesores, presentaba su propia renuncia en señal de protesta, y cuando alguien le pidió que reparara en que su sueldo de maestro era lo único con que contaba para mantener a su esposa, él respondió con la vehemencia que ya entonces le caracterizaba: Renunciaré, aunque mi mujer y yo nos muramos de hambre.
De Guatemala el matrimonio regresa La Habana, donde el 22 de noviembre de ese mismo año nace en la parroquia de Monserrate su primer y único hijo con Carmen. Posteriormente la familia se instala en Guanabacoa, donde Martí, vinculado al Liceo, despliega activamente sus labores de conspirador. Carmen acepta calladamente el peligro. Acerca de ello narra Mañach en su libro Martí el Apóstol:
El 17 de septiembre (de 1879) Juan Gualberto (Gómez) almorzaba con Martí y su señora. Tocaron a la puerta. Pepe (anuncia Carmen), el señor que vino a verte antes. Martí pasó a la saleta. Un instante después apareció de nuevo muy tranquilo, llamó a su esposa al cuarto y habló con ella en voz baja. A Juan Gualberto, que saboreaba lentamente su tabaco entre sorbitos de café, le comunicó que se veía precisado a salir para un asunto urgente… Apenas lo hubo hecho, Carmen, desfallecida, gritó: “Se lo llevan, Juan; “¡se llevan preso a Pepe!”.
Debido a los sucesos vinculados al Liceo de Guanabacoa Martí es deportado a España el 25 de septiembre de 1879. Carmen le espera con el niño, quien cuenta entonces un año y un mes de vida.
Los esposos se reunieron en Nueva York el 28 de febrero de 1880, donde permanecen juntos una breve temporada, pero Carmen abandona a Martí y vuelve a La Habana con Pepito en octubre de ese año. A raíz de la primera separación del matrimonio, Carmen, quien se ha instalado en Puerto Príncipe con el niño, le escribe a Martí el 7 de enero de 1881:
He sabido que escribiste una carta a papá en la que le decías yo había venido porque no quería pasar pobreza a tu lado; mi contestación a eso está dada, todos saben que ya solo la ropa teníamos que empeñar para vivir y que tú no tenías donde trabajar.
Desde hoy espero tus órdenes para hacer cuanto me mandes. Créeme, Pepe, yo no quiero sino que olvidemos el pasado, es necesario estar unidos por nuestro hijo, no se le da vida a un ser para sacrificarlo, sino para sacrificarse por él.
Unos días después, el 13 del mismo mes, le escribe en otra misiva unos párrafos donde puede apreciarse claramente la vida difícil que encontró junto a los suyos, lo menos parecida posible a aquella que muchos errados intérpretes de la Historia siempre la han acusado de desear para sí:
(…) Viendo yo desde hacía tiempo por los insultos de mis hermanos que todo el motivo que tenían contra mí era que yo estaba en la casa sin deber, haciendo gastos, consulté a Azcárate sobre si podía pedir a papá, sin estar tú aquí, mi haber materno pues no tenía ni para zapatos del niño. (…)
Fui a hablar con papá, que ha cedido en todo lo que Barrios ha querido en contra mía, me dijo que me viniera a vivir con mis tías porque yo no tenía derecho a estar en casa: entonces le dije si no lo tengo sí lo tengo al haber materno pues no tengo con qué vivir y hace ya tres años que usted debió dármelo y nunca lo he molestado. Gritó, dijo que no tenía un medio, que acabara con su fortuna, que lo quemara todo, que nunca debí hablarle de esto, que me cogiera una casa; acepté y entonces retrocedió y me dijo que solo podía darme 40 pesos papel ¡para vivir y todas mis necesidades como rédito de mi haber materno! Vivo en la calle Mayor 16 comiendo escasamente con tal de salvarle la leche a mi hijo (…) El pueblo está escandalizado (…) Aquí no se habla de otra cosa (…) los escándalos que se han dado en casa hoy son origen de todas las conversaciones.
En carta que Manuela Zayas Bazán, hermana de Carmen, envía a Martí poco después, le cuenta que Carmen y el niño, que están viviendo con ella, han llegado de La Habana muy delgados. Y le cuenta que Carmen, de estar sin el calor del esposo, anda medio loca.
Carmen le habla al esposo en sus siguientes cartas de cuánto la atormenta un penoso padecimiento de la cintura del que no quiere darle demasiados detalles, pero que le resulta muy penoso e invalidante. Los médicos le han recomendado que no se apresure a viajar para reunirse con Martí, pues su estado de salud no le permitiría ir más allá de La Habana.
Un fragmento de una carta de la madre de Martí a su hijo escrita por esos días revela mejor que ningún otro documento la realidad de que Carmen Zayas Bazán aunque joven, era ya una mujer muy enferma:
Creo que no debes precipitar su regreso hasta que estés enteramente tranquilo y tengas trabajo seguro, pues ella no es para penalidades. Aquí raro era el día que no necesitaba médico, y gracias a que lo tenía con facilidad, porque el de los fosos es buena persona y venía al momento que lo llamaba, esto no es echarte en cara su naturaleza débil, pero sí decirte que no es mujer para penalidades ni para vivir con pocos recursos y creo harás bien en dejarla descansar algunos meses…
El 12 de septiembre del mismo año Carmen escribe a Martí desde Puerto Príncipe una carta que nos descubre de cuerpo entero a una mujer completamente desesperada y afligida:
He tenido a mi hijo atacado de una fiebre maligna que lo ha tenido privado de sentido días enteros (…) solo una cosa pedí a Dios, ¡que no solo él se fuera de esta vida, bastante falta le hace a mi alma el reposo de la eternidad” (…) Ojalá que allí (Venezuela) halles lo que buscas, pero óyelo bien: nada estable conseguirás Te estás matando por un ideal fantástico y estás descuidando sagrados deberes (…) Nunca se manchó ningún hombre por volver a su tierra esclava ante la necesidad urgentísima de vestir y dar de comer a su mujer y a su hijo, saber con qué curar sus enfermedades y enterrarlos si se mueren.
En la medida en que los quehaceres y obligaciones del revolucionario van acumulándose sobre Martí disminuye la frecuencia con que este se comunica con su familia en Cuba. El Apóstol se queja a Carmen porque no recibe noticias de Pepito, a lo que ella responde:
No tienes más noticias del niño porque no me parece natural que dejes meses enteros sin escribir.
Pero no son Carmen y Pepito, el Ismaelillo, los únicos afectos pospuestos por Martí en aras de una entrega total a la absorbente causa que ha elegido. El 19 de agosto de 1881 doña Leonor, su madre, también le envía quejas amargas por la falta de noticias en que la tiene el hijo tan amado:
Yo no sé que pensar ya de ti ni de tu sano juicio, ya no sé qué palabras emplear para hacerte comprender cuanto me haces sufrir con tu abandono para escribirnos (…) no te cuidas de si vivimos o morimos en meses enteros, no contestas a ninguna carta por más que te lo suplique (…).La pluma se me cae de la mano, no sé ni lo que te escribo, ni si esta tendrá la misma suerte de las anteriores, así es que acabo aquí rogándote que si la lees no sea con la misma indiferencia como las demás (…) pues por trabajosa que sea tu vida no puede faltar un momento para evitar esta angustia en que haces vivir, o mejor dicho, morir a tu madre.
De lo que se deduce por las cartas de ella, los esposos habían discutido mucho sobre su falta de entendimiento: él se quejaba de que Carmen no comprendía su deber para con Cuba, y ella de que él no atendía sus requerimientos de madre y de mujer. Se intercambiaban con suma frecuencia mutuos y acerbos reproches, como puede verse por un fragmento de la siguiente epístola de Carmen a Martí fechada el 21 de enero de 1882:
Solo te diré que una vez que acepté esta pobreza tuya y fui conforme con los riesgos que traía consigo, y Guatemala es testigo de lo que en ella sufrí, contenta de lo que después vino no lo he sido jamás, porque creo, sin duda equivocada a tu juicio, que no era hora de sacrificios ni frutos, ni justo ante ninguna conciencia prescindir de deberes que no podían cumplirse al mismo tiempo que ese otro ideal tuyo.
En diciembre de 1882 Carmen regresa a Nueva York a reunirse una vez más con Martí y permanece a su lado hasta marzo de 1885, fecha en que vuelve a separarse el matrimonio.
El 13 de mayo de 1886 ya el distanciamiento entre los esposos es tan grande que Martí responde duramente a una petición de dinero para el niño que le hace Carmen desde Puerto Príncipe. Ella, herida en lo más vivo de su dignidad, riposta:
Ante todo deseo desde el mes que viene no recibir mesada ninguna. (…) cuando me casé con usted hasta de mis más pequeños gustos prescindí, y anulé de tal manera mi personalidad que cualquiera hubiera sospechado no era yo capaz de un pensamiento propio; lo que hice al principio con placer, llena del amor inmenso que le tenía, mi abnegación de madre me dio fuerzas para llevarlo a cabo después (yo solo busqué en el matrimonio la felicidad en un hogar modesto que según mi pensamiento debía haber bastado siempre a usted, como sin duda me bastó a mí, no es natural que cuando usted cambió tan presto y me abandonó a mis lágrimas y me dio una muerte civil espantosa dejándome sin posición fija en la sociedad, quisiera yo para consuelo en una desventura tan grande poder gastar unos cuantos pesos que recibirlos en esta extraña situación cuesta violencia suma. O usted nunca ha sabido quién soy u obra con mala fe manifiesta suponiéndome mezquindades que cuesta rubor hablar de ellas. No sé si es por mi padre o por mí que dice usted debía avergonzarnos admitir lo que usted envía con esfuerzo (…) ninguna ilusión me ha hecho lo que usted gane, pues aunque fueran miles de pesos, yo no recibiría nunca dinero de un hombre que no es mi esposo sino por el lazo de mi hijo (…) sería mengua que yo aceptase su trabajo ofrecido a un lazo indisoluble por punto de honor y no por cariño: si he aceptado ha sido en nombre de mi hijo. Para nada necesito ese su horrendo sacrificio de vida que me ofrece ni que se juzgue usted esclavo mío: desde que supe que su alma no entendía la mía no me creo en el derecho de pedir nada y muy ofuscado debe andar su espíritu cuando me ha escrito esto. (… )quise venir, pues eran muchos los tormentos que en un país extraño sin amigos sin conocer el idioma y enferma sufría, a más de los que usted de diario me preparaba. (…) Puede usted siempre tenerme no respeto, pues de usted más que de nadie merezco admiración. De mi hijo esté tranquilo, en mi alma no caben miserias lo enseñaré a que lo ame siempre.
Y finalmente, en carta del 30 de abril de 1887 enviada por Carmen a Martí desde Puerto Príncipe, donde sigue viviendo expulsada de la casa paterna y sin abrigo financiero alguno, ella se le queja del olvido en que la tiene y le describe en términos verdaderamente desgarradores la miserable vida que lleva con Pepito en casa ajena, y el infierno en la Tierra que tales condiciones significaban para una mujer sola y enferma a cargo de un niño frágil:
Al fin recibimos carta, fue tanto lo que padecí en espera de ella que cuando vino a mis manos no pudo quitarme las muchas tristezas que tenía en el alma. Solo te diré que en los últimos diez días perdí doce libras, de modo que todo lo que adelanto a fuerza de cuidados lo pierdo por un olvido que no tiene nombre tratándose de una situación como esta., pues desde enero no preguntas por el niño. (…) El retrato (del niño) irá pronto solo uno solo se sacará para ti porque no puedo más. (…) Cheché nos hace vivir tan afligidos que ni puertas ni ventanas se abren, Siempre imagina que la insultan y es tanta su desventura que a veces dice que son sus propias manos quienes le dicen cosas y se las quiere arrancar arrancándose la piel hasta que le corre sangre, y día y noche corre por la casa gritando espantosamente; es un espectáculo verdaderamente desgarrador; a veces los cuchillos los palos cualquier cosa coge y se la arroja a uno encima, a nuestro hijo le ha tirado mucho aunque cuando se calma lo besa, pero desgraciadamente sus horas de calma van desapareciendo por completo. Los médicos me aconsejan que haga huir a mi hijo de este espectáculo (…) las niñas de Amalia no vienen por nada. Nada te puede pintar nuestra vida con este espectáculo que no tiene igual.
Tras una separación que esta vez dura seis largos años, aún vuelve Carmen a reunirse con Martí en Nueva York el 30 de junio de 1891, y permanece dos meses a su lado, hasta que de repente, sin explicación ni aviso, vuelve a abandonarlo, presentándose con Pepito en casa de Enrique Trujillo, a quien suplica ayuda para regresar a Cuba. Trujillo, al principio, presenta resistencia llevado de la amistad que le une a Martí, pero es tanta la insistencia de Carmen, ella parece tan desesperada, tan atribulada, que al fin obtiene lo que pide y Trujillo la acompaña a solicitar amparo y protección al Consulado español. Presumiblemente la sombra de los amores de su marido con Carmen Miyares fue ya demasiada carga para su espíritu exhausto y desbordó la copa. Carmen regresa a Cuba con Pepito.
Esta última separación es definitiva: los esposos no volverán a unirse más, pues Martí se trasmuta en antorcha que intenta alimentar hasta sus últimas consecuencias el fuego de la guerra necesaria. Pero Carmen, ya desamada, sustituida por otra Carmen en el corazón de su esposo y olvidada para siempre, daría aún dos vivas muestras de que su amor por Martí seguía intacto, y que a pesar de todo ella continuaba considerándose su mujer legítima. Al conocer la noticia de la muerte del héroe en Dos Ríos, Carmen acude a las autoridades españolas y a través del periódico La lucha reclama vivamente los restos descompuestos, lo único que aún le pertenece del hombre a quien entregó su vida.
La Habana, el 23 de mayo de 1895:
Sr. Director de La Lucha. Muy señor mío:
Ya que aparece en ese periódico la solicitud de una conferencia que pretendí con el señor General Arderíus, acto que suponía esencialmente privado, ruego a usted publique también que lo que me proponía obtener de aquella autoridad, era que se nos facilitara, a mi hijo y a mí, el modo de conseguir el cadáver de mi marido, para hacerlo enterrar en el panteón de mi familia, y quedo a sus órdenes, s.s.q.b.s.m.,
Carmen Z. de Martí
Carmen, fiel a sí misma y a la palabra que un día diera a Martí, jamás intentó alejar a Pepito de su padre ni disminuir el afecto natural que el niño le tenía. Le enviaba siempre noticias sobre cómo iba creciendo, le contaba de sus gustos y aficiones, y aún cuando hacer fotos de daguerrotipo era penoso para su modestísimo peculio, llevaba al niño a un fotógrafo, sacaba UNA sola copia (no podía permitirse más) y la mandaba al padre ansioso para que este pudiera ver con sus propios ojos cuan hermoso y sano crecía su retoño. Y cuando tras la muerte de Martí, Pepito, entonces con solo dieciocho años de edad, se mostró deseoso de luchar por los mismos ideales paternos, ella, quien tanto aborrecía el exilio en Nueva York, accedió a regresar a esa ciudad donde tan infeliz había sido, para que su hijo pudiera enrolarse en la expedición de los generales Castillo Duany y Carlos Roloff.
Carmen aceptó pasar, por segunda vez en su triste vida, por las mismas penas y afanes que la independencia de Cuba le había deparado como esposa, a ella, en cuya vida y principios la política no había ocupado jamás un lugar más sagrado que el de su condición de madre.
Y mucho más aún debió sufrir esta vez, pues su hijo resultó un soldado valeroso que se destacó en la batalla de Tunas de Bayamo, donde al sustituir a un cañonero caído en combate, Pepito se hizo cargo del arma, cuyos estampidos lo privaron para siempre de la audición. Educado por su madre en el amor y la admiración al hombre que lo engendró, Pepito Martí terminó la guerra con los grados de Capitán del Ejército Libertador, y durante la República ocupó la Secretaría de la Guerra bajo el gobierno del General Mario García Menocal.
Pero si aún quedara quien dudare de la firmeza del amor de Carmen por José Martí, véasea aún la extraordinaria prueba del álbum de boda: tres años después de iniciada su viudez, exiliada aún en Nueva York, Carmen va en busca de Enrique José Varona para suplicarle que añada su firma a las muchas que integraban el cuaderno.
Y por si no bastara, cuando regresa a La Habana ocupada por las tropas norteamericanas falsamente solidarias con la independencia de la Isla, se dirige con el álbum a cuestas rumbo a la casona donde vive su postrer refugio el Generalísimo Máximo Gómez, última persona que sella con su rúbrica la historia fatal de aquel amor que no pudieron aguas copiosas extinguirlo ni arrastrarlo los ríos.
Su último testimonio de fidelidad a la memoria de su esposo consistió en reclamar de las hijas de Carmen Miyares, en su nombre y en el de Pepito, la papelería de Martí, cuya custodia entregó de inmediato a los Aróstegui.
Jamás contrajo un segundo matrimonio. A pesar de su fragilidad, Carmen Zayas Bazán logró vivir una larga existencia. Murió en El Vedado en 1928.
Creo que Carmen amó mucho a Martí, y que ella ha sido una figura mal interpretada y peor comprendida por quienes temían cualquier mácula que pudiera enturbiar la memoria del Maestro. De alguna manera había que explicar ante la Historia el fracaso matrimonial del hombre a quien no solo los cubanos, sino el mundo entero reconoce como un genio de la Libertad y un gigante literario: cargar sobre Carmen las culpas de esa tragedia de amor fue la solución que pareció a muchos la más apropiada.
Concuerdo plenamente con la opinión que Cintio Vitier expresa en su trabajo sobre el álbum de bodas, publicado en el volumen II, no. 4/98 de la revista Opus Habana, donde se refiere al naufragio de los amores de Carmen y Martí como la tragedia de una intimidad que nadie debe atreverse a juzgar. Pero pienso con toda sinceridad que en muy poco ayuda a la Verdad quien pretenda correr un velo sobre las contradicciones de los grandes hombres. No es el silencio, ni menos aún el ocultamiento, la postura que mejor ayudará a conocer y comprender a los gigantes de la Historia. ¿A quién prestaremos buen servicio si continuamos repitiendo en libros y publicaciones que Carmen Zayas Bazán abandonó a Martí por insensible y egoísta, o porque no tuvo la necesaria elevación de alma para comprenderlo, y le privó sin escrúpulo alguno del Ismaelillo tan amado?
Yo creo firmemente que si alguna culpa puede achacarse a Carmen Zayas Bazán, es la de no haber nacido con una estatura sobrehumana similar a la de José Martí; la culpa de no haber sido, a pesar de su dignidad, su pureza, su honestidad, su integridad y su paciencia, más que una mujer a escala meramente humana. Esta escala, según la cual hemos sido concebidos la inmensa mayoría de los habitantes del planeta en todas las épocas de la Historia, difícilmente logra trascender su propia naturaleza, la cual, sin ser necesariamente enana, tampoco es prometeica. ¿Y es que acaso elegimos el barro del que estamos hechos y al que al final habremos de volver?
No me parece justo que la historiografía siga considerando a la esposa de Martí como alguien que no se merecía al hombre a quien el destino le dio por compañero. Carmen Zayas Bazán fue una víctima de circunstancias personales e históricas para las cuales no había sido hecha y que la trascendieron y derrotaron. Mientras Martí fue el padre de una nación, ella se consagró a ser la madre de un niño. Su grandeza no consistió en haber seguido a Martí en sus actividades políticas y su lucha por la independencia de Cuba, como sí lo hizo Carmen Miyares, sino en continuar amándolo más allá de la muerte, a pesar de no haber podido comprenderlo y de saberse desamada y vencida como mujer, esposa y madre.
Yo pienso como la misma Carmen escribió a Martí: que de él más que de nadie ella merecía no solo respeto, sino admiración. Y más aún: estoy segura que de nosotros, los cubanos, también los merece.

27/08/2007 GMT 1

¿AMÓ CARMEN A JOSÉ MARTÍ? En defensa de Carmen Zayas Bazán

hijadelaire @ 21:58

 AMÓ CARMEN A MARTÍ?
EN DEFENSA DE CARMEN ZAYAS BAZÁN

De niña, cuando yo preguntaba por qué el único hijo de José Martí no había podido crecer junto a él, generalmente las personas mayores me explicaban que eso sucedió porque Carmen Zayas Bazán no amaba a José Martí como un hombre de su talla heroica merecía ser amado por su esposa. Otras veces me dijeron que ella lo amó, pero no pudo soportar los rigores de la austera vida que impuso a Martí su condición de revolucionario, y prefirió volver junto a su familia, una de las más acaudaladas del Camagüey, para retornar a su antigua vida muelle repleta de lujos y alegrías mundanas.
Y probablemente yo hubiera llegado a vieja creyendo esas cosas, de no ser por la bella sorpresa que tuve al encontrar en un número de la revista Opus Habana unas páginas dedicadas al álbum de boda de la pareja. Cedidas a dicha publicación por Cintio Vitier, poeta, narrador, ensayista y estudioso de la vida del Apóstol, el volumen al cual pertenecen permanece inédito.
La existencia de este álbum bastaría por sí sola para desmentir el supuesto desamor de Carmen Zayas Bazán, ya que de no haber sido por el celo con que lo conservó después de la caída en combate de Martí y hasta su propia muerte, cuidándolo y alimentándolo con nuevas firmas que ella acudía personalmente a solicitar, este documento se habría perdido para la posteridad.
EL ÁLBUM
Martí y Carmen se conocieron en Ciudad México, donde él se reunió con su familia luego de terminar sus estudios en la universidad de Zaragoza. El joven patriota comenzó a trabajar en la revista Universal, cuyos talleres quedaban muy cerca del domicilio del abogado cubano Francisco Zayas Bazán. Amigos comunes presentaron a Martí en esta casa y él comenzó a visitarla con frecuencia como compañero de ajedrez del padre de Carmen, muy aficionado a este juego. Pronto nació entre el joven de veintidós años y la muchacha de diecisiete una atracción que culminó en el casamiento celebrado en la capilla del Sagrario de la Catedral de esa ciudad. La fiesta de casamiento se celebró en la residencia de Manuel Mercado, y fue allí donde se escribieron las primeras páginas del álbum de bodas de la pareja.
Estos álbumes de bodas, como los carnés de baile, los abanicos firmados y los álbumes fúnebres, fueron costumbre cotidiana durante todo el período histórico, social y cultural que hoy conocemos como Romanticismo.
Todas las familias los tenían, y escribir o hacerse escribir en ellos era un placentero entretenimiento al que nuestros abuelos dedicaban no pocas horas y atención. Con tapas de metal los más costosos, pergamino o hasta de modestísimo cartón, eran tratados con amor y delicadísimos cuidados de generación en generación, convertidos en trozos de eternidad donde el recuerdo del ayer seguía vivo y recibiendo la veneración y el respeto social por largo tiempo.
Sus páginas solían estar entreveradas con cintas de raso y seda en tonos pastel, arrancadas de un traje de mujer; flores marchitas, mechones de cabellos ya sin brillo, pequeñas postales apolilladas y todas esas mínimas cosas que las personas solían intercambiar en el pasado como prendas de afecto y amistad.
El álbum de boda de Carmen y Martí, con cubiertas de cuero sobre las que se aprecian las iniciales de la pareja trabajadas en plata, mide casi dos centímetros de alto, quince de largo y veintitrés de ancho. En su interior guarda más de trescientas dedicatorias y firmas.
Aparecen en sus amarillentas páginas las firmas de ilustres personalidades de entonces, tanto políticas como poéticas, lo cual refleja el variado espectro de sectores sociales en que se movía un hombre tan polifacético como el Apóstol.
Con la afiligranada caligrafía al uso en la época, hallamos estampados los nombres de José Joaquín Palma, patriota y poeta cubano; Manuel Mercado y su esposa, los amigos del alma de Martí; Guillermo Prieto, poeta mexicano; Manuel Carranza; Nicolás Azcárate, el abogado reformista; José Peón Contreras; Justo Sierra; Juan de Dios Peza; Ramón Uriarte; Felipe Sánchez Solís; Miguel García Granados, padre de la Niña de Guatemala; y muchos otros cuyo número no puede ser incluido en este espacio, loaron a los recién casados, los exaltaron, aconsejaron o felicitaron con toda sinceridad por haber unido sus vidas en un nudo del que ninguno de ellos pensó que se desataría tan pronto.
¿AMÓ MARTÍ A CARMEN ZAYAS BAZÁN?
El propio Martí describe la naturaleza de su sentimiento por ella en carta a Manuel Mercado, donde dice textualmente:
No es pasión frenética, a menos que en la calma haya frenesí; pero es como atadura y vertimiento de todo su espíritu en mi espíritu (...).
A juzgar por la poesía de Martí y los encendidos versos de amor que en toda ella se dejan leer, pasión sintió a lo largo de su relativamente corta vida por varias mujeres, entre las cuales, según la antes mencionada confesión, no se encontraba Carmen y probablemente no se encontró tampoco después del casamiento. Semejantes palabras a las escritas a Mercado sobre el particular parece haber confesado el Apóstol a una amiga muy íntima, la actriz Eloísa Agüero, con quien vivió un romance tempestuoso antes de desposar a Carmen, según consta en breve carta de Eloísa enviada a Martí y reproducida por Luis García Pascual en su hermoso y utilísimo libro Destinatario José Martí.
Sin duda de naturaleza bien diferente fue la volcánica pasión que le inspiró la jovencísima María García Granados, diez años menor que él cuando se conocieron (ella tenía solo quince), y a quien sin ninguna duda Martí cortejó cuando ya estaba comprometido con Carmen, pues existen documentos que así lo prueban. María lo amó con un amor sin límites, pero Martí, con hidalga honestidad, no le ocultó su compromiso con Carmen. Así lo prueba una carta que La Niña envió a su enamorado cuando él regresó casado a Guatemala. En dicha nota, María se queja a Martí porque él no ha ido a visitarla, y le aclara que ningún rencor le guarda por ese matrimonio, pues él siempre se lo había hecho saber con entera sinceridad. Aunque La Niña ya se encontraba enferma del mal que la llevó a la tumba, Martí no la visitó.
Como puede apreciarse por otras piezas epistolares y por diversas biografías del Apóstol, entre ellas la de Jorge Mañach, Martí inició su noviazgo con la que poco después llevaría al altar mientras se encontraba enzarzado en amoríos con las actrices mexicanas Concha Padilla y Eloísa Agüero, (Mercado, el amigo fiel, creyó ayudar a Martí a disipar su relación con Concha Padilla metiéndole por los ojos, al decir de Mañach, a la pobre Carmen. Y por si fuera poco, después de comprometerse con Carmen inició su idilio de un nunca definitivamente comprobado platonismo con La Niña de Guatemala. Carmen no era, pues, su única dueña. Y ella no debió vivir en dulce ignorancia de estos hechos, según revela en una de las primeras cartas de novia que escribió a Martí:
(…) Es muy cierto que desde que te vi te amé, desde el primer momento sentí nacer en mi corazón llama inextinguible del primer amor, pero también es cierto que desde que te conozco no he tenido un día de calma, pues los celos me mataban (…)
Seguramente tuvo el disgusto de verificar cuán acertada estuvo entonces al sentir esos celos, sobre todo cuando mucho después leyó el poema de Martí a la muerte de María, especialmente aquellos versos que rezan: Él volvió, volvió casado/ y ella se murió de amor.
De nada sirvió la blanqueada versión oficial que se ofreció de la muerte de María, según la cual la jovencita había contraído una pulmonía al bañarse de noche en un río. Guatemala entera sabía que era falsa. Y Carmen también.
Pero antes de comprometerse con Martí sí es bien posible que Carmen ignorara por completo los amores paralelos de su Pepe, pues le escribió entonces con una ingenuidad conmovedora:
Yo no tengo solo tu carta en el corazón, tengo tu imagen grabada en mi mente, tu voz y tus miradas me queman, pues te adoro con el delirio de un corazón puro!!! Ámame como yo te amo. Yo juro adorarte hasta la muerte. (…) A pesar de mi poca experiencia y edad tengo la desgracia de dudar de todo, pues he visto tantos corazones marchitos muy temprano por los desengaños. Tanto vi que tengo temores, mas cuando me dices que quizás, tal vez, me quieras firmemente, eso es terrible. Cuando entusiasta esperaba leer en tu carta frases amorosas solo encontré duda y frialdad. Te ruego seas más amoroso en otra. (El subrayado es mío).
Llama bastante la atención que una novia recién estrenada y capaz de expresar sentimientos tan vehementes para una buena damita virgen de la época, sintiera la necesidad de suplicar a su cortejante muestras más intensas de su afecto, su ternura, su amor. ¿Cómo debe entenderse que Martí le dijera a Carmen al principio de su idilio que quizás, tal vez, la querría firmemente? ¿Acaso no estaba entonces completamente seguro de amarla? Si así fue, entonces ¿por qué se comprometió con ella?
El propio destinatario se encargaría de explicar plenamente el enigma al escribir tiempo después, cuando ya el matrimonio era un completo fracaso:
Cuando me casé, más por amor que yo tuviera, por agradecimiento al que aparentemente me tenían, y por cierta obligación de caballero que excitaba mi imaginación, amable y puntillosa, sentí que iba a un sacrificio que acepté, en desconocimiento del verdadero amor, porque creí que alguna vez habría de llegar.
Un albor de amor tuve, después de conocer a mi mujer, allá en Guatemala, que sofoqué con mi creencia de que me debía a la mujer que me tenía dadas prendas anticipadas de su amor.
Este subrayado, por obvio y escabroso, no necesita ser comentado. Después de estas palabras ya no tiene sentido seguir preguntándose por qué Martí desposó a Carmen Zayas Bazán. Cualquier razón pudo existir, menos la de un amor verdadero.
Sin embargo, ese Martí que en retrospectiva confesaba haber desposado a Carmen solo por agradecimiento, es el mismo que escribió al padre de ella cuando iniciaba noviazgo con la hija:
(…) Me da usted mi mayor riqueza, y mi mejor gloria: me da usted a mi Carmen de mi vida (…) Yo, que a Carmen debo la resurrección de mis fuerzas (…) a Carmen me consagro ahora por completo.
Y más aún, es el mismo autor del hermoso poema Carmen, donde escribió estos versos:
Es tan bella mi Carmen, es tan bella/ Que si el cielo la atmósfera vacía/ Dejase de su luz, dice una estrella/ Que en el alma de Carmen la hallaría./ (…) Tiene este amor las lánguidas blancuras de un lirio de San Juan, y una insensata/ Potencia de creación, que en las alturas/ Mi fuerza mide y mi poder dilata,/ Robusto amor, en sus entrañas lleva/ El germen de la fuerza y el del fuego (…)
………………………………………..
¿Y CARMEN?
Carmen eligió libremente a Martí, sin que mediara ninguna de las acostumbradas presiones familiares propias de la época. Por el contrario, don Francisco, el padre, nunca vio con buenos ojos aquel enlace, pues era cercano colaborador de España y dudosamente debió sentirse satisfecho de entregar su hija al joven que, aunque de genio y de talento, ya se veía despuntar como futuro adalid de la independencia de Cuba.
Tras una breve luna de miel en Acapulco, la pareja se instala en Guatemala, donde permanecen hasta 1878. Los hechos demuestran que tras el matrimonio, Carmen renunció de buen grado a la vida de lujo, comodidades y relaciones sociales que le correspondía por su nacimiento, a cambio de seguir a Martí al exilio y la pobreza.
Y muy mal debió sentirse desde el principio de la convivencia, pues criada entre sedas no estaba habituada a sobresaltos ni pesares, y muchos tuvo junto a este esposo conspirador y perseguido. Ya desde Guatemala había visto cómo Martí, solidarizándose con el injusto despido de un amigo de la Universidad donde ambos trabajaban como profesores, presentaba su propia renuncia en señal de protesta, y cuando alguien le pidió que reparara en que su sueldo de maestro era lo único con que contaba para mantener a su esposa, él respondió con la vehemencia que ya entonces le caracterizaba: Renunciaré, aunque mi mujer y yo nos muramos de hambre.
De Guatemala el matrimonio regresa La Habana, donde el 22 de noviembre de ese mismo año nace en la parroquia de Monserrate su primer y único hijo con Carmen. Posteriormente la familia se instala en Guanabacoa, donde Martí, vinculado al Liceo, despliega activamente sus labores de conspirador. Carmen acepta calladamente el peligro. Acerca de ello narra Mañach en su libro Martí el Apóstol:
El 17 de septiembre (de 1879) Juan Gualberto (Gómez) almorzaba con Martí y su señora. Tocaron a la puerta. Pepe (anuncia Carmen), el señor que vino a verte antes. Martí pasó a la saleta. Un instante después apareció de nuevo muy tranquilo, llamó a su esposa al cuarto y habló con ella en voz baja. A Juan Gualberto, que saboreaba lentamente su tabaco entre sorbitos de café, le comunicó que se veía precisado a salir para un asunto urgente… Apenas lo hubo hecho, Carmen, desfallecida, gritó: “Se lo llevan, Juan; “¡se llevan preso a Pepe!”.
Debido a los sucesos vinculados al Liceo de Guanabacoa Martí es deportado a España el 25 de septiembre de 1879. Carmen le espera con el niño, quien cuenta entonces un año y un mes de vida.
Los esposos se reunieron en Nueva York el 28 de febrero de 1880, donde permanecen juntos una breve temporada, pero Carmen abandona a Martí y vuelve a La Habana con Pepito en octubre de ese año. A raíz de la primera separación del matrimonio, Carmen, quien se ha instalado en Puerto Príncipe con el niño, le escribe a Martí el 7 de enero de 1881:
He sabido que escribiste una carta a papá en la que le decías yo había venido porque no quería pasar pobreza a tu lado; mi contestación a eso está dada, todos saben que ya solo la ropa teníamos que empeñar para vivir y que tú no tenías donde trabajar.
Desde hoy espero tus órdenes para hacer cuanto me mandes. Créeme, Pepe, yo no quiero sino que olvidemos el pasado, es necesario estar unidos por nuestro hijo, no se le da vida a un ser para sacrificarlo, sino para sacrificarse por él.
Unos días después, el 13 del mismo mes, le escribe en otra misiva unos párrafos donde puede apreciarse claramente la vida difícil que encontró junto a los suyos, lo menos parecida posible a aquella que muchos errados intérpretes de la Historia siempre la han acusado de desear para sí:
(…) Viendo yo desde hacía tiempo por los insultos de mis hermanos que todo el motivo que tenían contra mí era que yo estaba en la casa sin deber, haciendo gastos, consulté a Azcárate sobre si podía pedir a papá, sin estar tú aquí, mi haber materno pues no tenía ni para zapatos del niño. (…)
Fui a hablar con papá, que ha cedido en todo lo que Barrios ha querido en contra mía, me dijo que me viniera a vivir con mis tías porque yo no tenía derecho a estar en casa: entonces le dije si no lo tengo sí lo tengo al haber materno pues no tengo con qué vivir y hace ya tres años que usted debió dármelo y nunca lo he molestado. Gritó, dijo que no tenía un medio, que acabara con su fortuna, que lo quemara todo, que nunca debí hablarle de esto, que me cogiera una casa; acepté y entonces retrocedió y me dijo que solo podía darme 40 pesos papel ¡para vivir y todas mis necesidades como rédito de mi haber materno! Vivo en la calle Mayor 16 comiendo escasamente con tal de salvarle la leche a mi hijo (…) El pueblo está escandalizado (…) Aquí no se habla de otra cosa (…) los escándalos que se han dado en casa hoy son origen de todas las conversaciones.
En carta que Manuela Zayas Bazán, hermana de Carmen, envía a Martí poco después, le cuenta que Carmen y el niño, que están viviendo con ella, han llegado de La Habana muy delgados. Y le cuenta que Carmen, de estar sin el calor del esposo, anda medio loca.
Carmen le habla al esposo en sus siguientes cartas de cuánto la atormenta un penoso padecimiento de la cintura del que no quiere darle demasiados detalles, pero que le resulta muy penoso e invalidante. Los médicos le han recomendado que no se apresure a viajar para reunirse con Martí, pues su estado de salud no le permitiría ir más allá de La Habana.
Un fragmento de una carta de la madre de Martí a su hijo escrita por esos días revela mejor que ningún otro documento la realidad de que Carmen Zayas Bazán aunque joven, era ya una mujer muy enferma:
Creo que no debes precipitar su regreso hasta que estés enteramente tranquilo y tengas trabajo seguro, pues ella no es para penalidades. Aquí raro era el día que no necesitaba médico, y gracias a que lo tenía con facilidad, porque el de los fosos es buena persona y venía al momento que lo llamaba, esto no es echarte en cara su naturaleza débil, pero sí decirte que no es mujer para penalidades ni para vivir con pocos recursos y creo harás bien en dejarla descansar algunos meses…
El 12 de septiembre del mismo año Carmen escribe a Martí desde Puerto Príncipe una carta que nos descubre de cuerpo entero a una mujer completamente desesperada y afligida:
He tenido a mi hijo atacado de una fiebre maligna que lo ha tenido privado de sentido días enteros (…) solo una cosa pedí a Dios, ¡que no solo él se fuera de esta vida, bastante falta le hace a mi alma el reposo de la eternidad” (…) Ojalá que allí (Venezuela) halles lo que buscas, pero óyelo bien: nada estable conseguirás Te estás matando por un ideal fantástico y estás descuidando sagrados deberes (…) Nunca se manchó ningún hombre por volver a su tierra esclava ante la necesidad urgentísima de vestir y dar de comer a su mujer y a su hijo, saber con qué curar sus enfermedades y enterrarlos si se mueren.
En la medida en que los quehaceres y obligaciones del revolucionario van acumulándose sobre Martí disminuye la frecuencia con que este se comunica con su familia en Cuba. El Apóstol se queja a Carmen porque no recibe noticias de Pepito, a lo que ella responde:
No tienes más noticias del niño porque no me parece natural que dejes meses enteros sin escribir.
Pero no son Carmen y Pepito, el Ismaelillo, los únicos afectos pospuestos por Martí en aras de una entrega total a la absorbente causa que ha elegido. El 19 de agosto de 1881 doña Leonor, su madre, también le envía quejas amargas por la falta de noticias en que la tiene el hijo tan amado:
Yo no sé que pensar ya de ti ni de tu sano juicio, ya no sé qué palabras emplear para hacerte comprender cuanto me haces sufrir con tu abandono para escribirnos (…) no te cuidas de si vivimos o morimos en meses enteros, no contestas a ninguna carta por más que te lo suplique (…).La pluma se me cae de la mano, no sé ni lo que te escribo, ni si esta tendrá la misma suerte de las anteriores, así es que acabo aquí rogándote que si la lees no sea con la misma indiferencia como las demás (…) pues por trabajosa que sea tu vida no puede faltar un momento para evitar esta angustia en que haces vivir, o mejor dicho, morir a tu madre.
De lo que se deduce por las cartas de ella, los esposos habían discutido mucho sobre su falta de entendimiento: él se quejaba de que Carmen no comprendía su deber para con Cuba, y ella de que él no atendía sus requerimientos de madre y de mujer. Se intercambiaban con suma frecuencia mutuos y acerbos reproches, como puede verse por un fragmento de la siguiente epístola de Carmen a Martí fechada el 21 de enero de 1882:
Solo te diré que una vez que acepté esta pobreza tuya y fui conforme con los riesgos que traía consigo, y Guatemala es testigo de lo que en ella sufrí, contenta de lo que después vino no lo he sido jamás, porque creo, sin duda equivocada a tu juicio, que no era hora de sacrificios ni frutos, ni justo ante ninguna conciencia prescindir de deberes que no podían cumplirse al mismo tiempo que ese otro ideal tuyo.
En diciembre de 1882 Carmen regresa a Nueva York a reunirse una vez más con Martí y permanece a su lado hasta marzo de 1885, fecha en que vuelve a separarse el matrimonio.
El 13 de mayo de 1886 ya el distanciamiento entre los esposos es tan grande que Martí responde duramente a una petición de dinero para el niño que le hace Carmen desde Puerto Príncipe. Ella, herida en lo más vivo de su dignidad, riposta:
Ante todo deseo desde el mes que viene no recibir mesada ninguna. (…) cuando me casé con usted hasta de mis más pequeños gustos prescindí, y anulé de tal manera mi personalidad que cualquiera hubiera sospechado no era yo capaz de un pensamiento propio; lo que hice al principio con placer, llena del amor inmenso que le tenía, mi abnegación de madre me dio fuerzas para llevarlo a cabo después (yo solo busqué en el matrimonio la felicidad en un hogar modesto que según mi pensamiento debía haber bastado siempre a usted, como sin duda me bastó a mí, no es natural que cuando usted cambió tan presto y me abandonó a mis lágrimas y me dio una muerte civil espantosa dejándome sin posición fija en la sociedad, quisiera yo para consuelo en una desventura tan grande poder gastar unos cuantos pesos que recibirlos en esta extraña situación cuesta violencia suma. O usted nunca ha sabido quién soy u obra con mala fe manifiesta suponiéndome mezquindades que cuesta rubor hablar de ellas. No sé si es por mi padre o por mí que dice usted debía avergonzarnos admitir lo que usted envía con esfuerzo (…) ninguna ilusión me ha hecho lo que usted gane, pues aunque fueran miles de pesos, yo no recibiría nunca dinero de un hombre que no es mi esposo sino por el lazo de mi hijo (…) sería mengua que yo aceptase su trabajo ofrecido a un lazo indisoluble por punto de honor y no por cariño: si he aceptado ha sido en nombre de mi hijo. Para nada necesito ese su horrendo sacrificio de vida que me ofrece ni que se juzgue usted esclavo mío: desde que supe que su alma no entendía la mía no me creo en el derecho de pedir nada y muy ofuscado debe andar su espíritu cuando me ha escrito esto. (… )quise venir, pues eran muchos los tormentos que en un país extraño sin amigos sin conocer el idioma y enferma sufría, a más de los que usted de diario me preparaba. (…) Puede usted siempre tenerme no respeto, pues de usted más que de nadie merezco admiración. De mi hijo esté tranquilo, en mi alma no caben miserias lo enseñaré a que lo ame siempre.
Y finalmente, en carta del 30 de abril de 1887 enviada por Carmen a Martí desde Puerto Príncipe, donde sigue viviendo expulsada de la casa paterna y sin abrigo financiero alguno, ella se le queja del olvido en que la tiene y le describe en términos verdaderamente desgarradores la miserable vida que lleva con Pepito en casa ajena, y el infierno en la Tierra que tales condiciones significaban para una mujer sola y enferma a cargo de un niño frágil:
Al fin recibimos carta, fue tanto lo que padecí en espera de ella que cuando vino a mis manos no pudo quitarme las muchas tristezas que tenía en el alma. Solo te diré que en los últimos diez días perdí doce libras, de modo que todo lo que adelanto a fuerza de cuidados lo pierdo por un olvido que no tiene nombre tratándose de una situación como esta., pues desde enero no preguntas por el niño. (…) El retrato (del niño) irá pronto solo uno solo se sacará para ti porque no puedo más. (…) Cheché nos hace vivir tan afligidos que ni puertas ni ventanas se abren, Siempre imagina que la insultan y es tanta su desventura que a veces dice que son sus propias manos quienes le dicen cosas y se las quiere arrancar arrancándose la piel hasta que le corre sangre, y día y noche corre por la casa gritando espantosamente; es un espectáculo verdaderamente desgarrador; a veces los cuchillos los palos cualquier cosa coge y se la arroja a uno encima, a nuestro hijo le ha tirado mucho aunque cuando se calma lo besa, pero desgraciadamente sus horas de calma van desapareciendo por completo. Los médicos me aconsejan que haga huir a mi hijo de este espectáculo (…) las niñas de Amalia no vienen por nada. Nada te puede pintar nuestra vida con este espectáculo que no tiene igual.
Tras una separación que esta vez dura seis largos años, aún vuelve Carmen a reunirse con Martí en Nueva York el 30 de junio de 1891, y permanece dos meses a su lado, hasta que de repente, sin explicación ni aviso, vuelve a abandonarlo, presentándose con Pepito en casa de Enrique Trujillo, a quien suplica ayuda para regresar a Cuba. Trujillo, al principio, presenta resistencia llevado de la amistad que le une a Martí, pero es tanta la insistencia de Carmen, ella parece tan desesperada, tan atribulada, que al fin obtiene lo que pide y Trujillo la acompaña a solicitar amparo y protección al Consulado español. Presumiblemente la sombra de los amores de su marido con Carmen Miyares fue ya demasiada carga para su espíritu exhausto y desbordó la copa. Carmen regresa a Cuba con Pepito.
Esta última separación es definitiva: los esposos no volverán a unirse más, pues Martí se trasmuta en antorcha que intenta alimentar hasta sus últimas consecuencias el fuego de la guerra necesaria. Pero Carmen, ya desamada, sustituida por otra Carmen en el corazón de su esposo y olvidada para siempre, daría aún dos vivas muestras de que su amor por Martí seguía intacto, y que a pesar de todo ella continuaba considerándose su mujer legítima. Al conocer la noticia de la muerte del héroe en Dos Ríos, Carmen acude a las autoridades españolas y a través del periódico La lucha reclama vivamente los restos descompuestos, lo único que aún le pertenece del hombre a quien entregó su vida.
La Habana, el 23 de mayo de 1895:
Sr. Director de La Lucha. Muy señor mío:
Ya que aparece en ese periódico la solicitud de una conferencia que pretendí con el señor General Arderíus, acto que suponía esencialmente privado, ruego a usted publique también que lo que me proponía obtener de aquella autoridad, era que se nos facilitara, a mi hijo y a mí, el modo de conseguir el cadáver de mi marido, para hacerlo enterrar en el panteón de mi familia, y quedo a sus órdenes, s.s.q.b.s.m.,
Carmen Z. de Martí
Carmen, fiel a sí misma y a la palabra que un día diera a Martí, jamás intentó alejar a Pepito de su padre ni disminuir el afecto natural que el niño le tenía. Le enviaba siempre noticias sobre cómo iba creciendo, le contaba de sus gustos y aficiones, y aún cuando hacer fotos de daguerrotipo era penoso para su modestísimo peculio, llevaba al niño a un fotógrafo, sacaba UNA sola copia (no podía permitirse más) y la mandaba al padre ansioso para que este pudiera ver con sus propios ojos cuan hermoso y sano crecía su retoño. Y cuando tras la muerte de Martí, Pepito, entonces con solo dieciocho años de edad, se mostró deseoso de luchar por los mismos ideales paternos, ella, quien tanto aborrecía el exilio en Nueva York, accedió a regresar a esa ciudad donde tan infeliz había sido, para que su hijo pudiera enrolarse en la expedición de los generales Castillo Duany y Carlos Roloff.
Carmen aceptó pasar, por segunda vez en su triste vida, por las mismas penas y afanes que la independencia de Cuba le había deparado como esposa, a ella, en cuya vida y principios la política no había ocupado jamás un lugar más sagrado que el de su condición de madre.
Y mucho más aún debió sufrir esta vez, pues su hijo resultó un soldado valeroso que se destacó en la batalla de Tunas de Bayamo, donde al sustituir a un cañonero caído en combate, Pepito se hizo cargo del arma, cuyos estampidos lo privaron para siempre de la audición. Educado por su madre en el amor y la admiración al hombre que lo engendró, Pepito Martí terminó la guerra con los grados de Capitán del Ejército Libertador, y durante la República ocupó la Secretaría de la Guerra bajo el gobierno del General Mario García Menocal.
Pero si aún quedara quien dudare de la firmeza del amor de Carmen por José Martí, véasea aún la extraordinaria prueba del álbum de boda: tres años después de iniciada su viudez, exiliada aún en Nueva York, Carmen va en busca de Enrique José Varona para suplicarle que añada su firma a las muchas que integraban el cuaderno.
Y por si no bastara, cuando regresa a La Habana ocupada por las tropas norteamericanas falsamente solidarias con la independencia de la Isla, se dirige con el álbum a cuestas rumbo a la casona donde vive su postrer refugio el Generalísimo Máximo Gómez, última persona que sella con su rúbrica la historia fatal de aquel amor que no pudieron aguas copiosas extinguirlo ni arrastrarlo los ríos.
Su último testimonio de fidelidad a la memoria de su esposo consistió en reclamar de las hijas de Carmen Miyares, en su nombre y en el de Pepito, la papelería de Martí, cuya custodia entregó de inmediato a los Aróstegui.
Jamás contrajo un segundo matrimonio. A pesar de su fragilidad, Carmen Zayas Bazán logró vivir una larga existencia. Murió en El Vedado en 1928.
Creo que Carmen amó mucho a Martí, y que ella ha sido una figura mal interpretada y peor comprendida por quienes temían cualquier mácula que pudiera enturbiar la memoria del Maestro. De alguna manera había que explicar ante la Historia el fracaso matrimonial del hombre a quien no solo los cubanos, sino el mundo entero reconoce como un genio de la Libertad y un gigante literario: cargar sobre Carmen las culpas de esa tragedia de amor fue la solución que pareció a muchos la más apropiada.
Concuerdo plenamente con la opinión que Cintio Vitier expresa en su trabajo sobre el álbum de bodas, publicado en el volumen II, no. 4/98 de la revista Opus Habana, donde se refiere al naufragio de los amores de Carmen y Martí como la tragedia de una intimidad que nadie debe atreverse a juzgar. Pero pienso con toda sinceridad que en muy poco ayuda a la Verdad quien pretenda correr un velo sobre las contradicciones de los grandes hombres. No es el silencio, ni menos aún el ocultamiento, la postura que mejor ayudará a conocer y comprender a los gigantes de la Historia. ¿A quién prestaremos buen servicio si continuamos repitiendo en libros y publicaciones que Carmen Zayas Bazán abandonó a Martí por insensible y egoísta, o porque no tuvo la necesaria elevación de alma para comprenderlo, y le privó sin escrúpulo alguno del Ismaelillo tan amado?
Yo creo firmemente que si alguna culpa puede achacarse a Carmen Zayas Bazán, es la de no haber nacido con una estatura sobrehumana similar a la de José Martí; la culpa de no haber sido, a pesar de su dignidad, su pureza, su honestidad, su integridad y su paciencia, más que una mujer a escala meramente humana. Esta escala, según la cual hemos sido concebidos la inmensa mayoría de los habitantes del planeta en todas las épocas de la Historia, difícilmente logra trascender su propia naturaleza, la cual, sin ser necesariamente enana, tampoco es prometeica. ¿Y es que acaso elegimos el barro del que estamos hechos y al que al final habremos de volver?
No me parece justo que la historiografía siga considerando a la esposa de Martí como alguien que no se merecía al hombre a quien el destino le dio por compañero. Carmen Zayas Bazán fue una víctima de circunstancias personales e históricas para las cuales no había sido hecha y que la trascendieron y derrotaron. Mientras Martí fue el padre de una nación, ella se consagró a ser la madre de un niño. Su grandeza no consistió en haber seguido a Martí en sus actividades políticas y su lucha por la independencia de Cuba, como sí lo hizo Carmen Miyares, sino en continuar amándolo más allá de la muerte, a pesar de no haber podido comprenderlo y de saberse desamada y vencida como mujer, esposa y madre.
Yo pienso como la misma Carmen escribió a Martí: que de él más que de nadie ella merecía no solo respeto, sino admiración. Y más aún: estoy segura que de nosotros, los cubanos, también los merece.

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¿A QUÉ OLÍA LA HABANA EN TIEMPOS DE LA COLONIA?

hijadelaire @ 21:56

 HISTORIA DE LA PERFUMERÍA EN LA HABANA COLONIAL

Unos amigos españoles me comentaron una vez que La Habana olía a gas. Yo me horroricé, porque ¿cómo una ciudad que pasa por estar entre las más bellas del mundo va a oler a algo tan despersonalizado e insignificante como el simple gas? Sin contar con que los habaneros son fanáticos de los perfumes, mientras más caros y exquisitos, mejor. Existe una ancestral cultura del perfume entre nosotros y ni las personas de menos recursos económicos se resignan a privarse de oler bien.
Cuando he leído novelas y crónicas de época que tratan de La Habana colonial, donde se describe que en el aire señoreaban los olores más bien fétidos, propios de una urbe portuaria en expansión pero todavía sin un sistema de higienización adecuado, se explica en cuáles circunstancias debió nacer la pasión de los cubanos por el perfume.
También habría que tomar en consideración como causa desencadenante del fenómeno los rigores del clima, que al provocar en verano una abundante sudoración hacen sentir la necesidad de contrarrestar ciertos olores aromatizando el cuerpo con esencias exquisitas.
¿O se trataría más bien de una tradición nacida del contacto de nuestra refinadísima aristocracia criolla con la cultura francesa, creadora, al igual que la italiana, de la más antigua y quintaesenciada historia de los olores en esa Europa que nos descubrió?
¿Y qué clase de aromas se usaban en La Habana antigua? ¿Qué colonias se hacían en las farmacias, donde fundamentalmente se preparaba este tipo de perfume? ¿A qué olían los interiores de las casas cubanas, sus recoletos rincones, sus patios, sus alcobas guardianas de secretos…?
Una respuesta bastante exacta podría ser que olían a lo mismo que los hombres y mujeres de entonces, incluidos los esclavos: la violeta, la rosa, el jazmín y el ilán, estaban en todos los patios; el aroma fuerte y no siempre agradable del tabaco sería otra constante en el mapa odorífero de la isla entera, porque todos los hombres lo fumaban o lo mascaban, como es el caso de los esclavos, por lo que se supone que de ese olor debía estar impregnada toda la ciudad.
En provincias quizás no era igual, ya que en La Habana vivía la mayoría de las gentes adineradas de entonces, los comerciantes, los industriales, los ganaderos más ricos, quienes traían a sus esposas los últimos gritos de la moda en perfumería allá por Europa, especialmente París. Sin embargo, hay constancia de que en Matanzas abrió su boutique monsieur León Labbé, quien importaba de Europa lo último en lencería. joyería, perfumería y todo cuanto pudiera demandar el gusto refinadísimo de su clientela, compuesta fundamentalmente por los patricios acaudalados (y muy afrancesados) de una ciudad que ya entonces era llamada la Atenas de Cuba por su intensa vida cultural, su poderío económico y su refinamiento de costumbres.
Al parecer, además de los perfumes importados, hubo en la colonia una gama básica de doce esencias que comprendía la violeta, el jazmín, el ilán, la lavanda, la lila, el tabaco, los cítricos, el azahar, que era uno de los favoritos; también el sándalo, porque es un aroma que desde el principio de los tiempos ha gustado a todo el que lo olió, teniendo en cuenta que es tan antiguo como los egipcios y los romanos. Para un rey del pasado el regalo más preciado que podía recibir de un parigual o un embajador era un presente de sándalo o mirra, como si ahora nos regalaran un millón de dólares.
Nuestras mujeres comenzaban su labor destinada al bien oler virtiendo a diario en el agua de sus tinas pétalos de flores macerados, especialmente lilas, rosas y jazmín; y también las llevaban como adornos en el pelo o las lucían como ramitos en la mano, siempre involucradas con estos olores.
En la película Cecilia, de Humberto Solás, hay una escena en que puede verse el ritual del baño de Cecilia Valdés. La hermosa mulata vierte con fruición sobre su maravillosa carne desnuda jícaras de un agua en la que flotan flores y hojas olorosas; y hay que tener presente que se trata en ese caso de una muchacha de muy humilde condición, de la más baja extracción social; pero ello demuestra cuán arraigado estaba en las cubanas de cualquier estrato el amor a los buenos olores, especialmente florales.
Los perfumes de entonces, aunque fabricados con una base de aceites esenciales, fueron anteriores al empleo en cosmetología de las sustancias fijadoras como el ámbar de la ballena gris o el almizcle, y eran colonias de fabricación artesanal. Estos olores impregnaban la piel unas dos horas, al igual que las actuales colonias, y luego se disipaban.
Los frascos para perfume originales que se podían comprar en las farmacias eran manufactura importada de Barcelona; pero nuestras damas coloniales se las arreglaban para llevar en sus bolsitos de encaje y seda frasquitos pequeñísimos de metal afiligranados llenos de su fragancia favorita. Y no contentas con eso, se colgaban del cuello unos aritos con un frasquito de plata que contenía perfumes, que de este modo ellas podían aplicarse en cualquier parte, y así permanecían siempre olorosas.
Esa misma función de perfumadores permanentes tenían unos aretes de oro o plata en forma de pequeñas esferas que las damas lucían en los lóbulos de sus delicadas orejas. Colgando de un largo pedículo, estos pendientes eran, en realidad, dos mitades que se abrían y en cuyo interior se les colocaba un algodoncito embebido en el aroma preferido por su dueña. Y como los aretes eran colgantes, cuando la dama se movía las esferas oscilaban entre su pecho y garganta esparciendo la fragancia en derredor como una nube mágica.
En los interiores de las viviendas también se instrumentaban mecanismos para mantener perfumado el ambiente. Había dos modos fundamentales de lograrlo: uno consistía en utilizar una especie de cuenco en el que se vertían agua caliente y unas gotas de aceite esencial; al igual que en un pebetero, el vapor se expandía por la habitación creando un ambiente muy agradable. Se usaban mucho los aceites y colonias de limón y mejorana. La fragancia cítrica del limón es muy estimulante y apropiada para el clima del trópico, pues ayuda a reponerse de la fatiga a los cuerpos que han sudado en abundancia durante el trabajo, un paseo, un baile o cualquier actividad fatigadora.
La segunda forma utilizada para perfumar interiores consistía en coser unos saquitos de lienzo que en ocasiones llevaban encima una preciosa muñequita confeccionada por las mejores esclavas costureras. Una vez terminados se rellenaban con pétalos de flores, cortezas de vetiver o cualquier otra madera odorífera, y se usaban para aromatizar habitaciones o roperos.
Los olores son una cosa mágica. Tienen más poder de permanencia que muchas otras cosas en la naturaleza. Tienen algo de común con el concepto de Eternidad. Uno puede visitar una calle, conocer su perfume, familiarizarse con él, y treinta años después regresa al lugar con los ojos tapados y lo reconoce por sus olores.
No damos tanta importancia al olfato como sentido, y sin embargo tiene muchísima. La nariz lo dice todo. Cuando antes los abuelos decían huelo el peligro, huelo el Mal, no mentían. Y tampoco se trataba sólo de una mera metáfora: realmente el olfato les advertía de una desarmonía en el entorno. La nariz llega a donde no alcanza nada más, porque uno respira y ese aire llega a los órganos, hasta a la punta del último de tus dedos, y dentro de ese aire también van los olores, y no se los puede eliminar, como cuando uno cierra los ojos para ignorar algo que no se desea ver. Es por eso que los olores pueden actuar con tanta eficacia sobre las emociones, sobre la psiquis en general, lo mismo para proporcionar bienestar que displacer.
Un olor determinado puede hasta ayudar a resolver un estado de ánimo; y también otras cosas, como, por ejemplo, un amor. Ya se sabe que Cleopatra atraía a los hombres valiéndose de exóticos perfumes. Ella se hacía masajear diariamente con aceites esenciales, lo cual era una costumbre muy arraigada entre los egipcios y otros pueblos sabios de la antigüedad; pero esta reina sabía sacar muy buen partido de la tradición odorífera que heredó de sus antepasados. A Marco Antonio lo sedujo llenando de pétalos de rosa la habitación donde le recibió por primera vez. Todos, hasta un rudo guerrero, somos sensibles a un olor.
Con olores hasta se pueden curar enfermedades. Cuando nuestras abuelas querían dormir se bebían una infusión de tilo; y si tenían catarro una de corteza de limón, pero a la vez que la bebían la estaban oliendo, haciendo sin saberlo una terapia de olor. La lavanda, por ejemplo, adormece, disminuye el estrés; y es una de las colonias más antiguas y codiciadas que se conocen. En el mundo de la perfumería existen variedades: la lavanda inglesa, la española, la alemana, todas en su época y en su tipo.
Durante la colonia y la república, las grandes farmacias creaban sus propias colonias, a las que daban su nombre. Por ejemplo, la colonia Taquechel olía un poco a madera. Ahora se está restaurando la farmacia Sarrá y se fabricarán allí algunos de los productos que elaboraba esta firma antiguamente.
También la farmacia Johnson se restauró y es hoy un centro de venta a la población; pero antes tenía sus propias fórmulas y sus propios productos, que no eran cubanos, porque la firma Johnson era americana, y nunca revelaron sus fórmulas.
Los antiguos alquimistas creían que se podía sensibilizar más el sentido humano del olfato según la fecha, y conocían a la perfección qué olores pueden sentirse más en cada día de la semana. Por ejemplo, los miércoles rige el color blanco, y todo cuanto se haga en este día debe ser trabajado con el blanco, porque de todos los colores del espectro solar es el blanco el que más incide los días miércoles sobre la tierra. Es, pues, un día ideal para llevar perfumes confeccionados con base de flores blancas.
Según documentos alquímicos muy antiguos, los lunes era el color oro el que reinaba sobre los demás, un oro como el de las prendas; el martes es el rosa, que se identifica con el amor, el corazón, las cosas buenas; el jueves el verde; el viernes el oro rubí; el sábado el violeta y el domingo el azul.
Los colores se dividen en fríos y cálidos, y los cálidos como el rojo y el amarillo dan calor, dan vida. Verdes y rosas son colores de curación, los niños los llevan mucho; así como los malvas y en general todos los tonos pastel. En perfumería eso se traduce en que los olores provenientes de flores de colores cálidos son más calientes y densos, como el olor de las rosas, mientras que los elaborados con flores de colores menos fuertes son más delicados y evanescentes, como el perfume de mariposas.
Si enfocáramos esta relación de los colores y los días desde una posición científica, descubriríamos que, precisamente, es la incidencia, el índice de refracción que tienen los rayos de colores cuando inciden sobre la vista, lo que determina que se reciba más de un color que de otro; y de ello depende qué color estará incidiendo más en cada día de la semana.
Los farmacéuticos utilizaban un instrumental muy semejante al de los antiguos alquimistas: colocaban las flores dentro de una esfera de vidrio llena de líquido y dejaban reposar la mezcla el tiempo necesario hasta alcanzar su maduración, porque el tiempo de maduración de una esencia no es siempre el mismo. Luego tapaban los recipientes con corcho o con papel de filtro y los iban oliendo de vez en cuando, fijándose en las capas que iban apareciendo en el preparado, en su grosor; pero es el olor el que avisa cuándo la esencia está madura.
Por ejemplo, el ilán no puede considerarse maduro hasta que se pone bien dulce, porque después se le diluye más, igual que ocurre con las rosas. Es necesario que estén muy concentrados y eso se identifica por la dulzura del olor. Cuando se ponen muy densos quiere decir que ya están listos.
En el caso del tabaco es al revés, tiene que ponerse muy ácido; cuando molesta entonces ya está perfecto. En general estas esencias demoran en madurar entre mes y medio y dos meses.
El perfumista no sólo tenía que saber destilar, sino ser al mismo tiempo un experto en pomadas, boticario, alquimista, artesano, comerciante, humanista y jardinero.
Las perfumerías naturistas antiguas eran como pequeños reinos o templos donde se rendía culto a la belleza desde la entrada hasta la salida. Estos locales se caracterizaban por el uso del cristal en grandes ventanales que además de iluminar el interior cumplían la función de vitrinas para mostrar al exterior la mercancía. Tenían salas iluminadas y claras; puntales bajos que hacen más diáfana y acogedora la estancia e inspiran mayor seguridad y tranquilidad al cliente, y estanterías de maderas pálidas, generalmente cedro y nogal. La decoración de estos ambientes iba desde el estilo del barroco refinado hasta ambientes rústicos con carácter campestre.
Las perfumerías de los siglos XVIII y XIX usaban en su decoración una gama de colores basada en sepias, caobas, rojizos y dorados, mientras que las tiendas naturistas combinaban la madera cruda con tejidos verdes y azules. Había estanterías a lo largo y ancho de las paredes, con cenefas pintadas; mesas-vitrinas en función de salas museables, relojes antiguos donde se combinaba la madera oscura torneada con el cristal transparente y el mármol cuadriculado; cestas de mimbre sobre madera dura y clara con productos de herboristería; recias vigas y fuertes mesas de trabajo con sencillas banquetas de cuero. Las imágenes e ilustraciones que pendían de las paredes evocaban el campo o el mar para identificar líneas completas de perfumes o cosméticos ecológicos. Los frascos empleados para envasar los perfumes generalmente eran de vidrio con líneas sencillas, coronados por un tapón esmerilado con cierre a presión a la medida. Aún hoy pueden verse en el Museo de Los Capitanes Generales estos frascos de murano verde y plata, los cuales, al igual que los cacharros de cobre, pertenecen a la colección del orfebre Soles, un español del siglo XVIII.
En Cuba existía variedad de esencias florales y se elaboraban aguas perfumadas en muchas casas cubanas. A fines del XIX ya se importaban grandes cantidades de aguas, y colonias, y esencias florales de producción industrial traídas del extranjero por comerciantes mayoristas ya se comercializaban a granel en las droguerías.
Pensando en aquel ayer de aires balsámicos, miro a los habaneros de hoy comprando en las perfumerías esencias producidas en serie, y pienso que aunque alguna mujer distinguida o un hombre elegante dejen a su paso una estela de Chanel no.5 o Douche Gavanna, yo hubiera preferido vivir en aquella ciudad colonial donde mi cuerpo podría seducir exhalando fragancias naturales de verbena, limón y el sensual patchoulí, pero sobre todo donde la ciudad no apestaba a gas, sino que olía a lejana urbe idealizada con aromas viriles de cuero y ron, matizados por el femenino encanto de las flores.

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24/08/2007 GMT 1

Cómo es la casa colonial cubana

hijadelaire @ 23:42

 LA CASA COLONIAL CUBANA (I)
Desde los primeros siglos de su existencia como país, Cuba desarrolló una arquitectura que, si bien en sus orígenes debía casi todo enteramente a la influencia española, pronto adquirió rasgos propios de gran originalidad, y aunque siempre compartió elementos comunes con las casas y palacios coloniales de España y América, mantuvo un sello indeleble de su identidad. Quizás, de todos sus elementos, la arquitectura colonial cubana sobresalga por sus mansiones y palacios como los más interesantes y característicos.
Las mansiones de los primeros siglos se agrupaban en derredor de las grandes plazas y en el núcleo de La Habana intramuros, pero según la ciudad fue creciendo se expandió hacia otras zonas. La Habana llamaba la atención de quien la visitaba por primera vez porque sus casas y palacios no tenían el color gris sepia de la piedra desnuda y patinda por el tiempo que hoy les conocemos, sino que estaban pintadas entonces de revoque plano con colores muy vivos.
Las casas y palacios que cercaban las plazas ostentaban amplios soportales sostenidos por columnas hermosas que protegían al caminante del sol inclemente y de las fuertes lluvias del trópico, y que le han valido a nuestra ciudad el epíteto dado por el escritor Alejo Carpentier de "ciudad de las columnas". Pero las casas fabricadas en las estrechas callejuelas interiores, por regulación expresa del Cabildo, ya no tenían este importante portal que pasó a considerarse como un símbolo de poderío económico y señorío social.
La planta de la casa colonial debe mucho a la planta de la villa hispanorromana y también de la villa mudéjar desarrollada en el sur de España. Ambas plantas son semejantes, presentando generalmente dos pisos y dos cuerpos de edificio llamados crujías, separados entre sí por uno o más patios a cielo descubierto. La pirmera planta se destinaba a negocios. Luego de abierta la enorme puerta de la entrada principal, lo primero que suele aparecer a la vista es el zaguán, donde se guardaban las volantas y quitrines. Este zaguán generalmente era visible desde la calle, como en la planta hispanorromana, pero también podía ser acodado para conseguir una mayor intimidad, lo cual era propio de las casas de planta mudéjar. A ambos lados del zaguán se encontraban los almacenes y el despacho del dueño de la mansión, generalmente hacendado azucarero, si era criollo, o comerciante, si era español. En ocasiones, si la casa era esquinera y tenía puerta en el piso bajo a dos calles, era ocupada en uno de sus extremos por una tienda o una accesoria que se alquilaba para vivienda de grupos familiares o de los empleados que asistían al dueño en sus funciones.
La primera crujía se abría a su vez al pato principal rodeado de arcadas, limitado por la segunda crujía, en cuya planta baja se encontraban la cochera, las caballerizas, los lavaderos y a veces las cocinas de la mansión. De la primera cruijía se subía al piso alto por una escalera que cambió considerablemente su fisonomía a lo largo de los siglos. En este piso alto habitaba la familia del dueño de casa. En la primera crujía se hallaban regularmente el salón de recibir y la biblioteca, o algunas otras dependencias de uso social, como la sala de música, etc.. En los bloques laterales que unían el primer cuerpo de la casa con la segunda crujía se encontraban las habitaciones de los miembros de la familia. Al final se hallaba el comedor. Entre ambos pisos la mayor parte de las mansiones y los palacios tenían un entresuelo de muy bajo puntal donde habitaba la numerosa servidumbre que se encargaba del cuidado de la casa y la familia del amo. Las galerías que circundaban los patios del piso bajo, lo mismo que aquellas a las que daban los aposentos del piso alto, estaban unidas al techo por arcadas sostenidas por columnas, que en muchos casos se cerraron completamente con persianas para ganar en intimidad y protegerse de la intensa luz del sol. Según algunos autores extranjeros, a pesar de ser muchos los esclavos que mantenían las familias pudientes, las casas no parecían suficientemente limpias y en mu muchos casos las galerías permitían la vista sobre patios repletos de animales bulliciosos y malolientes, lo que sucedía mayormente en las casas vivienda de los ingenios campestres.
Los prinsipales elementos decorativos de las mansiones de la clase alta cubana eran la obra de carpintería, generalmente en madera blanca y más tarde en hierro fundido; las cenefas que decoraban el interior de los salones hasta un altura de más de un metro veinte, y que en algunas casas más que cenefas llegaron a convertirse en verdaderos frescos pintados por artistas de gran renombre, como es el caso de la casa del conde de Casa Barreto, decorada con frescos de Juan Bautista Vermay. En la segunda mitad del siglo XVII aparecen las rejas de elaborado diseño, los guardavecinos, mamparas y vitrales o lucernarios, tan característicos del estilo arquitectónico colonial cubano,, así como ciertas transformaciones en los patios, donde los primitivos y modestos aljibes se transforman en fuentes majestuosas coronadas por grupos escultóricos de mármol; a la vegetación tradicional se suman ahora glorietas y bancos y esculturas que se colocaban en las esquinas para conferir mayor hermosura y distinción al espacio.
La casa colonial no tuvo baños o espacios destinados exresamente a esta función de aseo personal hasta bien entrado el siglo XIX, porque los patricios y patricias acostumbraban bañarse en sus habitaciones, que eran de dimensiones colosales, dentro de una bañera generalmente de latón muy decorado o de madera con bellas tallas. Allí, dentro del agua fría si era verano, o calentada por la servidumbre en el invierno, sus cuerpos venerables eran lavados y frotados por los esclavos destinados a esta función, y al terminar, puestos de pie, eran envueltos por estos en grandes piezas de lienzo que hacían las veces de tohallas.

Cabe hacer notar que el mobiliario de estas mansiones reflejaba cabalmente la potencia económica de sus habitantes, pues siendo los patricios criollos muy aficionados a viajar y estando completamente influidos por las culturas europeas, muchos, si su fortuna se lo permitía, traían de Inglaterra y Francia sus muebles increíblemente costosos. Sin embargo, los artesanos nativos desarrollaron un estilo conocido como colonial cubano, consistente en muebles de cuerpo y diseño sumamente ligeros, confeccionados con las maderas preciosas del país célebres en el mundo entero, y con asientos y espaldares de rejilla, muy propios para mantener el frescor en medio del clima calcinante del Caribe.

LA CASA COLONIAL CUBANA (II)
Para que el lector pueda hacerse una imagen vívida de una casa colonial, por fuera y por dentro, hemos seleccionado fragmentos de La piel Fugaz, novela histórica en fase de preparación:

Nuestra casona colonial, perteneciente a mi abuelo Juan el Marino, como yo le llamaba, estaba enclavada en la intersección de las calles de Luz y Oficios, y cuando el viento soplaba en esa dirección derramaba por sus interiores penumbrosos los penetrantes aromas del puerto, mezcla de brea, yodo y sal, de mieles y pan de azúcar embalsamado en sarcófagos de cedro. La segunda razón era de carácter más material: la casona databa del siglo XVIII, y se encontraba en una callejuela estrecha que no le permitía poseer un amplio soportal con arcos de medio punto y columnas toscanas, Sin embargo, nuestra casa era hermosa y yo aún recuerdo con nostalgia su techumbre de arcilla rojinegra brillando bajo el sol, y el amarillo intenso de sus muros de caliza conchífera traída del litoral, que a pesar del tiempo seguía conservando esa humedad marítima que inunda la penumbra de las habitaciones con un olor tenuísimo de algas sepultadas; su zaguán de azulejos gaditanos abierto a un amplio patio colonial lleno de plantas verdecidas descolgándose hasta el suelo, como una cabellera de mujer, desde enormes tinajas sujetas a los barandales de la galería cubierta de persianas y de balaustres de madera blanquísima, de exquisito torneado curvilíneo que evocaba al mirarlos las curvas opulentas de un cuerpo de mujer; y en medio de toda esta vegetación, el aljibe sencillo en el que hundían sus baldes las esclavas varias veces al día en procura del agua necesaria par la vida de la mansión. Con el tiempo, mi madre logró autorización de papá para disfrazar el humilde aljibe de fuentecita manadora con tres brocales de losas coloreadas, y lo llenó de carpas vivísimas, de rosas rojas y jicoteas bobas, endosándole encima un copia en mármol de la Venus Medícea, cuyas apetitosas desnudeses no tardó en hacer cubrir, aconsejada por su confesor que temía la lujuria de los negros, con un rígido paño sin gracia en nada semejante a los genuinos peplos de las vírgenes griegas. El entresuelo donde vivía la servidumbre, sin duda el lugar más alegre de la casa, nos estaba terminantemente prohibido a nosotros los niños, a quienes, sin embargo, se nos permitía corretear libremente en tropel por las dependencias del piso bajo, las cocheras, la caballeriza, la cocina y los lavaderos, donde podíamos hartarnos de mameyes ynaranjas, oír los cantos de los esclavos y las bromas que se gastaban, y ver quizás otras cosas no muy edificantes. Pero a mí lo que realmente me gustaba hasta el delirio era sumirme en la contemplación de los altos aparadores del comedor, repletos de vajillas de plata y porcelana con dibujos de pastoras y amorcitos, y las vitrinas de bibelots delicadísimos que mi madre atesoraba con celo. Y aún más me motivaban los pisos de madera cubiertos por alfombras espesas que debían apagar el rumor de los pasos sin conseguirlo jamás enteramente. Si durante toda mi existencia poseí un oído tan sensible, lo debo sin duda a la costumbre adquirida durante mis infancia de quedarme muy quieta en cualquier lugar de la casa, percibiendo el eco asordinado de las vibraciones, a través del cual podía percibir en todo momento dónde se encontraba y qué hacía cada uno de los habitantes de la casa. Este arte que perfeccioné con dedicación digna de mejor causa me permitió descubrir secretos que entonces, por mis pocos años, nunca debí llegar a conocer.
Otro de los grandes encantos que tenía para mí nuestra antigua mansión residía en la contemplación de las cenefas pintadas sobre las paredes y que me sacaban más de media cabeza de alto ; las del comedor ofrecían a la vista motivos geométricos de vivos colores, algo opacados por la antiguedad de los pigmentos empleados, mientras que las del comedor eran como extensos lienzos cubiertos por todas las variedades florales que la imaginación más exaltada pudiera concebir, y por pájaros de plumaje brillante que se diría prestos a levantar el vuelo. También me fascinaban las imágenes de cristal coloreado sobre las mamparas con que mi madre, en su insaciable afán renovador, había hecho proteger las puertas siguiendo el estilo de los palacios modernos. Pero creo que el espectáculo más impresionante para mis ojos de niña se producía sólo en ciertos momentos del día, cuando la luz solar atravezaba los lucernarios incrustados en mediopuntos de balcones y ventanales, se licuaba en las tintas rojo purpúreo, amarillo áureo, naranja frutal y cobalto insondable del vidrio emplomado, y terminaba derramándose sobre los muebles y las colgaduras, en deslumbrante juego de matices que evocaba la iridiscencia de un caleidoscopio. Cuando esto sucedía, especialmente a la caída de la tarde, aquel portento de luz multicolor se me antojaba una gloriosa prueba de la existencia de Dios, embargándome una exaltación muy cercana al éxtasis del alma en comunión con lo divino. En realidad aquella fue la única experiencia religiosa que tuve en mi infancia, pues los altares de los templos, los claustros de los conventos y los santos de semblante martirizado y plantas llagadas con pintura roja nunca me conmovieron.
Pero donde mi padre se negó rotundamente a complacer la caprichosa vanidad de mamá fue en lo tocante a la modernización de la escalera, que nacía en la primera crujía del piso bajo y unía este con los aposentos del piso alto; modernización que ella pretendía llevar a cabo recubriendo los escalones de piedra original con mármol italiano costosísimo. "Querida, no puedes convertir en pavorreal a una gallina vieja por más plumas que le pegues, fue su sentencia definitiva.. Así las cosas, la inquieta María Luisa tuvo que conformarse con los pasos moldurados de azulejos y las viejas barandas talladas en madera dura. Y yo me divertía locamente cuando veía crisparse el rostro de mi madre al sentir el irritante chillido que producían, en inevitable frotación con la piedra desnuda, los altísimos tacones de las damas que diariamente nos visitaban de cuatro a cinco, después de la siesta, para pasar la velada en inefable y siempre renovado cotilleo.
Este último fragmento, también de la novela antes mencionada, describe, aunque de forma recreada, la mansión la poderosísima familia Ximeno y Cruztenía en la ciudad de Matanzas:

La casa de la calle Gelabert tenía tres patios. En el último estaban los lavaderos, en un declive del terreno, y junto a estos, semienterrada bajo el nivel del suelo, la puertecita de maderas resecas que conducía a esa especie de paraíso del inframundo que era para nosotros la bodega de los vinos. Había allí botellas tan añejas que una capa de hongos ocultaba la etiqueta con la marca y el año de cosecha. No había ninguna clase de iluminación y cuando algún esclavo debía aventurarse en su interior llevaba invariablemente una vela o un candil para alumbrarse el camino(...).
Sirva de ilustración también esta otra descripción proveniente del mismo texto, pero esta vez enteramente reconstruida sobre memorias de época:
(...) la casa que ahora visitábamos estaba montada con todo el lujo y esplendor a que los riquìsimos Abréu estaban acostumbrados. Solamente la puerta principal tenía un labrado de la madera tan exquisito que la convertía en una auténtica obra de arte. Era una edificación bastante antigua, con paredes de piedra y techos de maderas preciosas ricamente trabajadas. Poseía dos plantas sostenidas por poderosas columnas de hierro y tantas ventanas que sólo una ligera mariposa hubiera podido volar por varias de ellas en el transcurso de unos minutos. Estas ventanas estaban todas protegidas por un enrejado de preciosas volutas y en la planta superior había estrechos balcones esquineros con guardavecinos coronados de flores. La puerta principal se abría a la cochera y a un lado quedaba la sala, que era más bien un lugar para recibir momentáneamente a quienes llegaban, y de ahí se pasaba al almacén, dependencia que ya los Abreu no utilizaban, pero donde aún guardaban reliquias del patrimonio familiar, y que se abría a un patio cuadrado y amplio, en cuyo centro una fuente de mármol representaba a una hermosa Afrodita con peplo, de cuya boca abierta manaba un alegre surtidor. Los muebles del piso alto, al menos los del salón y el comedor, eran de estilo Luis XVI, de palisandro con aplicaciones en bronce sobredorado. De las cornisas de caoba oscura descendían cortinajes de tupido damasco estampado en todos los matices del sepia con pájaros exóticos y flores, rematados en el ruedo por madroños de seda marrón. Fuentes, cestas, candelabros, ceniceros, braceros, escupideras y jofainas eran de plata cifrada, dando al espacio una sensación de austeridad casi monacal acentuada por la penumbra agazapada en los rincones y por el fuerte olor a metal recién bruñido y a encierro que flotaba en el aire. A este ambiente de claustro contribuían aún más los cuadros de familia, cuyos rasgos y porte severísimo denunciaba desde lejos el sello de la consanguinidad. Eran todos de ancianos y ancianas, y ni una nota de juventud perturbaba aquella deprimente galería de rancios patricios villareños.

En cuanto al comedor, importantísima pieza de la casa no sólo por la función de alimentación familiar, sino por el uso y abuso que hacían de él los patricios criollos, muy dados a ofrecer grandes banquetes sociales por cualquier pretexto:
(...) un salón inmenso con puntal altísimo y pisos de mármol verde con hermosas vetas. Las paredes, completamente cubiertas de paisajes de Europa que representaban momentos de las vidas de aldeanos y cazadores y pastoras. La mesa era la más grande de todas cuantas había visto, de caoba y mármol verde, con capacidad para ochenta cubiertos. Al fondo del salón un aparador enorme con puertas de cristal guardaba vajillas enteras de varias marcas y países, allí la porcelana de Dresde, la loza japonesa, las salseras de Bristol, acá las soperas de Derby, teteras de Chelsea, piezas de Sevres y la preciosa platería de Furstenberg llenaron mis deslumbrados ojos con sus mil diseños y colores, y la cristalería de Baccrat y Bohemia, inmensamente superior a la de mi casa en el labrado exquisito del cristal y la iridiscencia de los tonos, trastornó mi alma por un instante ante el espectáculo de tanta sublime belleza. Un enorme centro de mesa emergía triunfante de todo aquel caleidoscopio: un ciervo de plata maciza en actitud sedente sostenía entre el ramaje de sus astas un bellísimo plato de Bohemia en cuyo interior flotaba un pequeño jardín natural, un vergel donde las rosas en todos sus matices se mezclaban con claveles, dalias y madreselvas. En cuatro mesas esquineras se erguían cuatro imponentes candelabros de plata de siete brazos. Imaginé aquel comedor de leyenda iluminado por aquellas opulentas joyas y se me cortò el aliento.
Los patios, tan importantes en viviendas asoladas la mayor parte del año por un solazo que convertía a los habitantes en seres inertes constantemente abanicados por sus esclavos, tenían laa doble función de airear las mansiones y de iluminarlas:
(...)me propuso llevarme a los patios que no podían verse desde el salón principal por quedar ocultos tras otros cuerpos de habitaciones de la mansión. Me dejé conducir y pronto me introdujo en un jardín de ensueño. Había allí, como en todo gran patio de entonces, una fuente central con su correspondiente grupo escultórico representando el rapto de las sabinas. El surtidor se desgranaba alegremente sobre el agua en la que nadaban pequeños peces multicolores. Otras estatuas custodiaban las esquinas, sosteniendo, como el siervo del comedor, enormes platos donde crecían ramos de madreselvas, de estefanoides, de picualas con su aroma penetrante y dulzón tan parecido a un perfume de invierno. Arriba, de los barandales de madera torneada que cercaban las galerías, se descolgaban la yedra lujuriante, la flor de cera con sus simétricas estrellas, la malanga de hojas anchas como abanicos, el bambule y otras plantas que en su exuberante verdor conferían a aquel espacio abierto bajo el cielo la lujuriante apariencia de un paraíso.

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Por qué la capital de Cuba se llama villa de San Cristobal de La Habana?

hijadelaire @ 00:56

 ¿POR QUÉ LA CAPITAL DE CUBA SE LLAMÓ EN SU ORIGEN SAN CRISTÓBAL DE LA HABANA?

Mucha gente se ha preguntado siempre, y continúa preguntándose por qué nuestra capital fue en sus orígenes fundada con el nombre de villa de San Cristóbal de La Habana.
Habría que comenzar por explicar quién es san Cristóbal, y para ello no queda otro camino que remitirse a la hagiografía cristiana. Según se cuenta, Cristóbal fue un hombre nacido en la antigua tierra de Caanán, Asia Occidental, entre el Mediterráneo y el río Jordán donde destacaba entre sus compatriotas por su gigantesca estatura, la cual, según asegura la leyenda, fue de unos doce codos de altura, lo que significa mucho más de dos metros. Mientras se encontraba al servicio del rey de su país, un día se dijo a sí mismo que en realidad, él debería servir al señor más poderoso de la Tierra.
Tras una prolongada y estéril búsqueda para hallar a su nuevo patrón, el gigantesco Cristóbal llegó al refugio de un anciano ermitaño, al que, como es costumbre en los cuentos y fábulas, pidió consejo. El ermitaño reflexionó y al fin sugirió a Cristóbal que se estableciera a la orilla del río más caudaloso y profundo de aquellas tierras, y aprovechara su corpulencia para ayudar a los viajeros a cruzar la poderosa corriente. Era, aseguró, la única manera en que el gigante podría lograr que el gran señor a quien buscaba se le manifestara algún día.
Cristóbal hizo lo que se le decía y se construyó una cabaña a la orilla del río. Talló una gruesa rama de árbol para que le sirviera como báculo para ayudarse a caminar mejor dentro del agua, y se dedicó a transportar sobre sus fuertes hombros a todo aquel que deseara atravesar el río.
Una noche, mientras Cristóbal dormía, oyó la voz de un niño que le pedía ayuda para pasar a la otra margen. Cristóbal lo cargó sobre su espalda y se metió en el agua, pero no tardó en sentir que el cuerpo de la criatura se iba haciendo cada vez más pesado hasta casi hundirlo a él, el portador, en el fango blando del lecho del río.
Al llegar a la otra orilla, Cristóbal recriminó al pequeño, pero éste le pidió que no se sorprendiera, pues él no era un niño normal, sino el propio Cristo en persona, y el exceso de peso que había sofocado al gigante se debía a que, aunque pequeño, él, Cristo, llevaba sobre sí todo el peso del Mundo. Como prueba de sus palabras, indicó a Cristóbal que plantara el báculo junto a su cabaña, y a la mañana siguiente lo encontraría convertido en un árbol florecido, cosa que, desde luego, la leyenda asegura que sucedió.
Lo último que se sabe sobre Cristóbal el cananeo es que, presuntamente, padeció el martirio y murió alrededor del año 250 durante la persecución de Decio contra los cristianos.
Hacia finales del Medioevo la leyenda de Cristóbal cobró nuevo auge, puesto que se le atribuía el poder de conjurar la “mala muerte” o sea, la muerte que sorprende al individuo en pecado mortal y por ende, iría derecho al Infierno si no lograra a tiempo la absolución. Para ganarse su santa protección había que mirarle el rostro, razón por la cual se comenzó a pintar su imagen en proporciones enormes sobre las fachadas de las iglesias, para que pudiera ser visto por la multitud que clamaba su favor.
Por haber transportado sobre sus espaldas al niño Dios, Cristóbal fue convertido en patrono de los trasbordadores y barqueros. Como La Habana, en ésta su definitiva ubicación, se fundó como puerto de mar geográficamente colocado entre el Nuevo y el Viejo Mundo, es fácil imaginar cuántos marinos, aventureros, soldados, frailes, comerciantes, exploradores y viajeros en general se habrán sentido necesitados de obtener la protección del santo para enfrentar las aguas procelosas que separan la isla de Cuba de toda tierra firme. Ésa pudiera ser la razón para que la nueva villa haya sido colocada bajo la advocación del santo y bautizada con su nombre.
Mucha gente cree que también La Habana pudo ser llamada San Cristóbal en honor a Cristóbal Colón, descubridor del Nuevo Mundo y de nuestra hermosa tierra cubana, pero a éstas personas se les debe recordar que aunque la figura de Cristóbal Colón tenga la talla moral y simbólica de un gigante, aún hoy la Iglesia católica no le ha concedido la condición de santo, condición alrededor de la cual existe todavía una encendida polémica muy bien representada en la novela El arpa y la sombra, del escritor cubano Alejo Carpentier. Por lo tanto, en 1519, cuando San Cristóbal de La Habana fue fundada, a nadie se le habría ocurrido pensar en el Descubridor como un santo.
Sin embargo, es muy posible que Colón haya sido bautizado con ese nombre en memoria del buen gigante. También resulta muy tentador para la imaginación especular si el Descubridor, a quien se le achacan orígenes hebreos, genoveses y otros aún más oscuros, no se habrá cambiado su verdadero nombre por otro más castizo para presentarse sin levantar innecesarias sospechas en España, tierra perseguidora de infieles. De ser esto cierto, su amor al mar y su temprana vocación de marino le habrían sugerido seguramente tomar el nombre de Cristóbal como amuleto protector que lo acompañaría en su futura vida entre olas y tierras ignotas flotando sobre el mar.
Como dato curioso añadimos, para conocimiento de nuestros lectores, que de todos los grabados fechados que se conservan en el mundo, el más antiguo es, precisamente, una representación de San Cristóbal o Cristophoros, el Porteador de Cristo. Se trata de una xilografía o grabado en madera, que data de 1423. El desconocido autor presentó la figura del santo en el momento de alcanzar la otra margen del río llevando a Cristo en hombros. A su alrededor aparecen el ermitaño junto a su ermita, un viajero que atraviesa el arroyo con su mula y un molinero que acarrea un saco hacia su molino. También fueron grabados una liebre y un pez, símbolos del cristianismo esotérico.
No pretendemos agotar el tema, puesto que nadie ha logrado decir aún con absoluta certeza la última palabra sobre el por qué La Habana fue originalmente bautizada como la villa de San Cristóbal. Pero de cualquier modo, deseamos que siempre siga siendo una ciudad protegida y tan llena de misterioso encanto como lo ha sido hasta hoy.
Sería sumamente injusto no consignar aquí quién es san Cristóbal en la Regla de Ocha, pues esta es una de las religiones que mayor cantidad de adeptos tiene en nuestro país, y tal vez fue la fe que vino más representada en las bodegas de los barcos negreros. Al respecto dice Natasha Bolívar en su libro Los orichas en Cuba:
En el proceso de sincretización ocurrido en Cuba mediante el cual las deidades africanas se asimilaron a los santos de la Iglesia Católica, el grandote san Cristóbal se sincretizó con Aggayú Solá, gigante poderoso y temido y dueño de los ríos que se precipitan desde lo alto, o sea, de las cascadas y saltos de agua. Acostumbraba ayudar a cruzar la corriente, pero exigía que se le pagara. Es orisha mayor y patrón de los caminantes, porteadores y estibadores. Le gusta cargar a los niños sobre sus hombros fuertes.
¿Hasta qué punto habrá influido este orisha negro en el bautismo de La Habana, puerto de mar y paraíso de porteadores?
¿POR QUÉ LA HABANA…?
Según ciertos investigadores, la segunda parte del topónimo que da nombre a nuestra capital, Habana, no es más que una corrupción de la palabra haitiana sabana, que quiere decir exactamente eso: sabana, formación vegetal donde dominan las plantas herbáceas, propia de zonas tropicales en cuyo clima hay una estación seca. De donde La Habana sería una provincia en cuyo suelo predominaban las sabanas. Yo solo me pregunto por qué nuestros aborígenes, que tenían su propia lengua, habrían acudido a un préstamo lingüístico a todas luces innecesario, y también me pregunto si conocerían que dicho vocablo describía precisamente el suelo característico de la zona.
Eusebio Leal Spengler, Historiador de la Ciudad, es partidario de la tesis según la cual existió en el Occidente de la isla un cacique poderoso de nombre Habaguanex. Éste jefe habría sido el origen del primer nombre de nuestra capital. Esta sería, a mi juicio, una hipótesis más digna de consideración por parecer más lógica.
Pero según el lingüista Whitney, havana viene de haven o gaven, que significa puerto, fondeadero o abra. En apoyo de su teoría este especialista menciona la existencia de un puerto denominado Havanne en la costa septentrional europea
Otra posibilidad para llegar al meollo del asunto es la existencia de la Fuente de La India. Se cree que esta escultura conmemora una antigua leyenda basada en un hecho supuestamente real: la historia de la india Guara, quien, enamorada de un conquistador español, le avisa cómo y dónde asaltar un asentamiento indígena. Al ver la carnicería causada por los soldados españoles entre los hombres y mujeres de su raza, la aldea quemada y la sangre humedeciendo la tierra, Guara enloquece y vaga desmelenada por los alrededores hasta que, maldiciéndose a sí misma, se arroja al fuego y muere carbonizada. En esta leyenda aparecen unas indias plañideras que al dar sepultura a los restos de Guara reppiten incansablemente la palabra habana, lo que en lengua aruaca querría decir: ella (Guara) está loca.
Sea cual sea la verdad, lo cierto es que ha pasado ya demasiado tiempo y el tiempo trae consigo las aguas del olvido que todo lo borran, todo lo sepultan. Quizá ya nunca se consiga esclarecer el origen del nombre de esta hermosa ciudad que mira al Caribe como si interrogara a las olas sobre su destino.
Pero no deja de resultar curioso que, si intentáramos traducir fielmente el nombre completo de nuestra capital y para ello tomáramos el sentido literal de porteador y el de la leyenda de Guara, o sea, locura, el resultado sería que el nombre de la capital de Cuba significaría más o menos “el porteador de la locura” o “el que lleva sobre sus hombros la locura”, lo cual le va muy bien al habanero, cuyo temperamento se resuelve en esa cosmopolita locura porteña del frenesí de vivir intensamente cada minuto de existencia, hasta que la Vida pase junto a él y se despida con un breve y definitivo adiós.

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23/08/2007 GMT 1

Hermosa Habana de los misterios

hijadelaire @ 20:46

La Habana no es solo una ciudad hermosa, con una arquitectura tan variada que despierta la admiración de quienes la visitan y el apasionado amor de los que la viven día a día. La Habana es también una ciudad con sus misterios, a veces fuente de estremecimientos, leyendas y hasta mitos. Yo no quiero participar del alma chovinista habanera, pero me gustaría dar a conocer mi ciudad como algo más que un emporio de mulatas, rumba y rones de calidad.
También tengo la esperanza de que este blog llegue a servirme para encontrar mentes afines con la mía y acrecentar las posibilidades de adquirir nuevos conocimientos e intercambiar impresiones. "Hombre soy y nada humano me es ajeno".

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