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Hija del aire

08/11/2009 GMT 1

¿Dónde se encuentra el futuro de la ciencia ficción cubana?

hijadelaire @ 03:27

Entrevista al joven escritor cubano Gabriel Gil

Por Gina Picart

Esta entrevista fue hecha por mí a Gabriel Gil antes de que yo fuera invitada por la editorial Gente Nueva a participar en calidad de jurado en el concurso La Edad de Oro 2009. La opinión que ya tenía sobre el talento de este joven escritor habanero se ha visto confirmada por la mención especial que Gil obtuvo en ese certamen con su libro de relatos Pies firmes, pies errantes...

Gabriel Gil nació en El Vedado en 1987, en una familia de científicos (madre física, padre cibernético), lo que constituye para cualquiera un handicap similar al karma: o salía científico o salía escritor de ciencia ficción. Con Dios y con el Diablo, hoy Gabriel estudia el cuarto año de la carrera de Física en la Universidad de La Habana, y aunque sus pininos en el arte fueron a través del dibujo, hoy es uno de los más prometedores escritores jóvenes de la ciencia ficción cubana.

Lector precoz de temas científicos e históricos, su iniciación en el más polémico de los géneros literarios ocurrió cuando un compañero de estudios secundarios le prestó la novela de Isaac Asimov El sol desnudo. La lectura de esta obra le reveló una dimensión más humana de la ciencia ficción que el cine le había hecho conocer hasta ese momento bajo la forma de space-opera. Estimulado por esa lectura escribió sus primeros cuentos que sometió, no sin inquietudes e inseguridades, a la opinión de sus padres y abuelos, sus primeros críticos. Muy pronto descubrió que le producía gran placer generar historias, crear imaginarios.

Gabriel no cometió el error de no leer a Bradbury, un clásico del que nadie debería prescindir, y aún hoy sigue convencido de que la ciencia ficción dura y la blanda se pueden mezclar. Interrogado sobre sus preferencias, admite encontrar a Lovecraft demasiado exhaustivo en sus descripciones, y revela que su novela preferida de ciencia ficción es Hyperion, de Dan Simons, autor al que admira porque puede manejar todas las posibilidades del estilo para moldear a sus personajes. Ama la música celta y el rock sinfónico. No siente que haya una grieta profunda entre el perfil profesional que ha elegido y su vocación literaria, porque entiende que la física y la literatura de ciencia ficción tienen en común la búsqueda de explicaciones para las cosas que parecen no tenerlas, y contrariamente a la opinión que suelen sostener no pocos escritores del gremio sobre que los mejores escritores son aquellos que no han estudiado carreras de Letras, Gabriel no cree que haya una carrera específica, ya sea de letras o de ciencias, que se deba cursar para garantizar la calidad o el éxito de un escritor. Para él, lo único imprescindible es la vocación. Más aún: el don.

Pero no solo la literatura despierta su interés. Como suele suceder entre lectores y escritores de ciencia ficción, también ha practicado los juegos de rol, y ha participado en la variante narrativa de los mismos por foros de Internet. Esta variante consiste en que alguien concibe la línea argumental general de una historia y crea un foro donde otras personas irán escribiendo sobre ese imaginario principal y aportándole sus propias ideas. Cada participante reserva turnos para intervenir en el foro y escribe capítulos que deberán integrarse orgánicamente a los del resto de los jugadores, pudiendo formar al final un cuento o una novela. Pero este divertimento, que Gabriel se tomaba muy serio, le deparó experiencias amargas cuando el creador del foro retiró todos los turnos de los miembros y publicó con su nombre el resultado del juego. Sin embargo, lejos de mostrarse definitivamente resentido, Gabriel piensa que, en general, fue una experiencia muy interesante, como una especie de entrenamiento, pues ocuparse de temas que no le interesaban y de argumentos creados por otras personas e intentar mejorarlos y hacerlos convincentes, le sirvió para desarrollar su imaginación y sus técnicas narrativas.

El taller literario de ciencia ficción más importante en el momento en que Gabriel despuntaba como futuro cultivador del género era Espiral. Atraído como una nova por un fuerte poder de gravedad, Gabriel se unió a él y sus coordinadores no tardaron en detectarle el talento. Por sugerencia de ellos se presentó a la convocatoria del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, y fue aceptado. Tras un año de permanencia en sus aulas, Gabriel opina que un taller literario puede desarrollar las capacidades de aquellos miembros que las posean en estado latente, pero no puede hacer nada por quien no esté naturalmente dotado para ese oficio. Afirma haber sufrido un bloqueo creativo durante el curso y después de él, lo que piensa se debió a que la enseñaza del Centro daba prioridad a la forma sobre el contenido, y ello se le convirtió en una especie de camisa de fuerza del estilo que lo inmovilizó por algún tiempo. Más que las conferencias impartidas allí por especialistas, piensa le fueron útiles la lectura del libro de técnicas narrativas de Eduardo Heras León y el intercambio con otros escritores, aunque la mayoría de ellos tuvieran intereses diferentes a los suyos y casi siempre se sintiera como un pez metido en pecera ajena.

De los escritores cubanos de ciencia ficción es Agustín de Rojas quien más le ha interesado, pero también ha leído las obras, publicadas en algunos casos e inéditas en otros, de Daína Chaviano, José Miguel Sánchez, Michel Encinosa y sus compañeros de Espiral.

Aunque se considere a sí mismo más que como un posible escritor, un eterno intentador, lo cierto es que la obra de Gabriel Gil, hasta ahora escasa e inédita, ya mereció el premio Salomón en el evento Behíque 2009 de ciencia ficción y fantasía, que obtuvo con el cuento Sus girazas son nuestras. Este joven científico en ciernes escribe relatos de una rara sensibilidad que no es frecuente encontrar en el mundo de la ciencia ficción, y con un estilo muy personal donde se conjugan la escritura elegante y un discurso que no se pliega a las escuetas convenciones del género, sino que se adentra en los vastos y hermosos territorios de la poesía. En su narrativa coexisten conflictos emocionales y existenciales con otros de índole intelectual y racionalista enfocados con gran originalidad, y en sus historias nunca el uso de la tecnología es más importante que el impacto de la misma sobre el alma y la psiquis humana, en lo que se asemeja a clásicos como Bradbury, quien hasta ahora no ha sido superado en su modo de explorar los entretelones y las profundidades de un género tan mal llevado y peor traído por tantos de sus propios escritores como es la ciencia ficción.

Resulta tentador especular sobre el posible futuro de un intentador (¿?) tan especial como Gabriel Gil. ¿Llegará a convertirse en un fenómeno de mercado, en un escritor “rutilante” o en un artista verdadero? Por el momento es un joven algo tímido con un brillo singular en sus ojos claros; un miembro del taller Espacio Abierto, al que acude puntualmente y donde escucha, reflexiona e intercambia experiencias sin intentar atraer sobre sí la atención, siempre atento, dedicado y silencioso. Pero para quienes lean sus cuentos como yo he tenido la fortuna de hacer, es tentador especular, imprescindible apoyar, necesario estimular y... hasta rezar a las sombras de los Grandes Antiguos lovecraftianos si fuera necesario, para que Gabriel Gil tenga delante de sí una carrera sin obstáculos y pueda cumplir su destino en la literatura que, si realmente resultara como yo lo presiento, será grande.

07/11/2009 GMT 1

LOS MANSO DE CONTRERAS Y EL TESORO MÁS BUSCADO DE

hijadelaire @ 14:52

OJO: ESTE ARTÍCULO TIENE POR LO MENOS DIEZ AÑOS, NO HE ACTUALIZADO LA INFORMACIÓN Y TAMPOCO ME PROPUSE OFENDER A NADIE. PERO UN VECINO MÍO, UN MANSO DE CONTRERAS, FUE QUIEN PRIMERO ME HIZO ESTA HISTORIA Y A MÍ ME LLAMÓ MUCHO LA ATENCIÓN Y ME PARECIÓ MUY SIMPÁTICA. AÑOS DESPUÉS SE HA FILMADO EN CUBA UNA PELÍCULA CON ESTE TEMA, MUY BUENA, POR CIERTO.

Todas las ciudades del mundo tienen alguna leyenda sobre tesoros perdidos. Cada pueblo, cada aldea o villorrio, por más insignificante que sea, porque la imaginación humana es una constante productora de las más extraordinarias fantasías.
Pero las ciudades del Nuevo Mundo, especialmente aquellas que ostentan el carácter de puerto por su asentamiento natural en puntos costeros de gran tránsito, son ricas en leyendas de tesoros desaparecidos, inmensas cantidades de monedas, preferiblemente doblones españoles, y joyas de incalculable valor, ya sea acumulados por los antepasados de las grandes familias coloniales, o perversamente robados por piratas de rostro ceñudo y patas de palo aterradoras.
Nuestra hermosa isla no podía ser menos, y al lado de los delirios sobre tesoros hundidos en el fondo del Caribe, sepultos en las mudas barrigas de los galeones españoles, y los enormes cofres repletos de riquezas ocultados por los corsarios en los archipiélagos, brilla cada día con mayor intensidad la leyenda del tesoro perdido de la familia Manso de Contreras.
Tuve noticia de este asunto por primera vez mientras conversaba con un vecino de mi barrio, quien me aseguró ser miembro de uno de los tantos comités familiares constituidos desde hace años para la búsqueda del tesoro en cuestión, y añadió con expresión seria y solemne que él mismo era descendiente de dicha familia Manso de Contreras. Lo que no me explicó es que los herederos buscadores no se limitan a la cifra discreta de miembros de un simple clan familiar, sino que alcanzan la fabulosa cifra de miles de personas que, sobre todo en las provincias centrales del país, dicen llevar en su sangre los genes de don Bartolomé Manso de Contreras y su esposa Josefina de Loyola y Monteagudo, quienes dejaron este mundo entre los años 1755 y 1758, llevándose consigo al más allá las primeras claves del enigma.
Don Andrés Manso de Contreras, si se ha de creer en la historia (que cada día toma un cuerpo más denso por obra y gracia de las fecundas levaduras del deseo) llegó a esta siempre fiel Isla de Cuba en 1615, comisionado por la Corona de España para combatir a los corsarios y piratas que infectaban entonces las aguas caribeñas, donde hoy nadan ajenos los turistas.
Uno de sus descendientes, el rico hacendado don Bartolomé Manso de Contreras, contrajo matrimonio con Josefina, otra acaudalada heredera de una importante familia propietaria de tierras en las provincias centrales de la isla. Tuvieron cuatro hijos. El varón, quien hubiera sido mayorazgo y único heredero de todo según las leyes españolas, murió en la infancia, y las tres niñas terminaron como monjas de clausura en un convento de clarisas. Triste destino de familia.
En 1947 el periódico El País aseguraba que las tres buenas monjitas enterraron vivo en el muro del recinto un legado recibido de sus padres, consistente en seis arcones de hierro cargados de macizos lingotes de oro y joyas familiares, nada más y nada menos que como haría el rencoroso Montressor unos siglos más tarde en un cuento de Poe, El tonel de amontillado.
El País describe minuciosamente el sitio exacto del empotramiento: el muro sobre la arcada monumental de la puerta del convento de Santa Clara en la Ciudad de La Habana, donde profesaban sus plácidas existencias monjiles María Isabel del Santísimo Sacramento, María Dolores de la Resurrección Y María Manuela de San Agustín, las descendientes del riquísimo Manso de Contreras.
En 1776 ante los rumores de un inminente ataque pirata, las tres Marías desempotraron los arcones y los embarcaron secretamente a bordo de un velero inglés, El Titán, que viajaba rumbo a Inglaterra, donde se cree fueron depositados, bien en el banco de Orfola o en el de Inglaterra.
La prensa de entonces aseguró que el tesoro ascendía a treinta millones de dólares de la época. Depositados a un cinco por ciento de interés anual, tras doscientos once años sin movilidad alguna en dicha cuenta, el monto total ascendería actualmente a unos trescientos mil millones de dólares, una cifra astronómica en verdad. Cuenta la leyenda que antes de morir, las tres Marías testaron a favor de sus tíos y de toda su descendencia, convirtiéndolos así en los herederos del tesoro más buscado de la isla de Cuba.
El detonante para los sucesos que hoy envuelven a tantas personas (convencidas sinceramente muchas de su derecho de sangre sobre tal dinero, y otras espectadoras divertidas del escándalo internacional), fue un llamado del periódico El Heraldo de Cuba, hecho en 1925 a los supuestos herederos cubanos para que reclamasen una fortuna que, debido al monto de los intereses, estaba a punto de hacer quebrar el banco en cuyas bóvedas dormía el pesado sueño del olvido.
Muchos son los apellidos de ilustres familias cubanas que afirman descender o haberse mezclado con los Manso de Contreras, entre ellas los Ladrón de Guevara, los Pérez del Prado, los Rodríguez de Mendoza y otros.
Al respecto no faltan simpáticas anécdotas como la contada por la revista Bohemia en la década de los 50, sobre tres maestros reposteros de Camagüey, quienes trataron de cobrar la herencia reclamada años antes por un abuelo que se decía descendiente de los Manso de Contreras. Este abuelo fue internado por sus diligentísimos nietos en Mazorra, el hospital psiquiátrico de la Habana, donde murió. Hasta algunos cubanos de Miami ilustremente apellidados viajan a la isla de vez en cuando en busca de información que los ayude a conseguir lo que ellos llaman, sin ambajes, su dinero.
Y como mandan las leyes casi desconocidas que gobiernan la formación y desarrollo de una leyenda, la levadura sigue fermentando en torno al destino de estos anheladísimos billetes, y hasta se ha llegado a especular sobre la posibilidad de que el gobierno de nuestro país haya cobrado ya una porción de la fabulosa herencia de los Manso de Contreras. El bulo es tan grande que no falta quien afirme estar muy bien enterado de que el Estado cubano comenzaría a pagar a los herederos a principios de este nuevo siglo, entregándoles además viviendas, automóviles y tarjetas de crédito con las que cada cual podría extraer hasta 350 dólares mensuales de una cuenta bancaria.
Esta fantasía desatada que amenaza con arroyar cuanto se le ponga por delante, involucrando en su torrente incluso a las más altas esferas gubernamentales de una nación, ya se va pareciendo sospechosamente a una conga espasmódica, a la que mucha gente se une entusiasmada por los fuegos artificiales de un engañoso carnaval. Si hay un núcleo de verdad en los comienzos de esta historia, todo parece indicar que por el momento, este núcleo, sepultado en las bóvedas de un banco misterioso, seguirá gritando a sus entusiasmados paladines: ¡Por el amor de Dios, Montressor!.

LA ARISTOCRACIA CUBANA FRENTE AL ESPEJO

hijadelaire @ 14:49

No son pocas las personas convencidas de que en Cuba nunca existió una aristocracia verdadera, sino únicamente algunos aventureros y comerciantes que habiendo hecho rápidamente fortuna en el negocio del azúcar, la trata o el tabaco, compraron los llamados títulos nobiliarios de Castilla, convirtiéndose de la noche a la mañana en un remedo caricaturesco de la aristocracia española. También se ha dicho que nuestros pretendidos aristócratas fueron personas ridículas, ignorantes y de muy mal gusto, algo así como los marqueses y condes de la Mermelada, La Limonada, etc. que proliferaron en Haití luego de la revolución que tuvo lugar en esa isla en el siglo XIX.
Pero cuando se profundiza en el estudio de nuestra historia nacional este sector o clase emerge con una imagen muy diferente: la de un grupo social fuerte y sólidamente constituido, que a pesar del poco espacio político permitido por el férreo control de los gobiernos de la Metrópoli, se las arregló muy bien para, con sus vastas fortunas e influencias, determinar en buena parte los rumbos de la vida económica, cultural y social del país; y sin atender debidamente al papel que este grupo desempeñó no podría comprenderse a cabalidad la historia de Cuba.
En primer lugar habría que distinguir entre los individuos que poseían realmente títulos de nobleza y aquellos hacendados, riquísimos y opulentos, quienes vivían como auténticos aristócratas y se mezclaban con los verdaderos formando un selectísimo estrato, muy cerrado e impenetrable, que conformaba la cúpula de la sociedad cubana. Estos ricos hacendados constituían lo que podría calificarse como la alta burguesía nacional.
Como bien afirma el historiador Carlos del Toro, uno de los pocos especialistas que ha investigado el tema, en su libro La alta burguesía cubana, en la mayor de Las Antillas la presencia de una aristocracia nobiliaria en el sistema socioeconómico y político predominante —de relaciones esclavistas o capitalistas— constituye un hecho innegable de su evolución histórica.
Muchos de esos títulos de nobleza vinieron entre los primeros colonos que poblaron las Antillas, pues mientras los mayorazgos de las familias españolas de alcurnia quedaban en la Península al frente de sus posesiones, los segundones que no hallaban de su agrado el destino eclesiástico que la tradición reservaba a aquellos que no podían heredar por no ser primogénitos, se venían a América dispuestos a labrarse sus propias fortunas. A estos, la Corona concedió encomiendas y el derecho de fundar nuevos linajes o mantener los suyos en tierras del Nuevo Mundo, lo cual hizo también con hombres del común, quienes se habían destacado por sus hazañas militares u otros servicios prestados a los Reyes en sus nuevos dominios. Estos últimos fundaron estirpes que, aunque en muchas ocasiones, sin blasones, llegaron a ser muy poderosas y ostentaban la muy respetada y reconocida condición de descendientes de los fundadores de la nación, un equivalente de lo que en Estados Unidos se conoce como las familias pionners. De por sí, esto era un blasón. En la isla se les conocía como aristocracia o nobleza indiana. También pudieran utilizarse aquí para referirse a ambos sectores los términos ya acuñados de nobleza antigua y nueva.
Lo primero sería enmarcar un espacio de tiempo real para la existencia y actividades de esta aristocracia nobiliaria, que no debe pasar, en mi opinión, de los primeros años de la República, pues para esa fecha ya otro grupo social con disímiles características se había consolidado en el poder y el proceso de suplantación de una clase por otra se hallaba en su apogeo.
Siguiendo a Del Toro, entre 1713 y 1897 la Corona otorgó casi cien títulos nobiliarios en la siempre fiel isla de Cuba, lo cual se debió en gran medida a la pérdida por parte de España de su imperio continental americano, y a su interés en asimilarse a la oligarquía cubana para mantener a la isla en la órbita española.
Algunos de estos títulos resultarán familiares al oído del lector, pues nominaron calles, lugares e inmuebles que aún existen y forman parte del patrimonio nacional. ¿Quienes fueron aquellos marqueses de Alta Gracia, Bella Vista, Campo Florido, Casa Calvo, Pinar del Río, Guáimaro; aquellos condes de Buena Vista, Casa Bayona, Casa Lombillo, Fernandina, Jibacoa, Lagunillas, Revilla de Camargo, Jaruco, Santa Cruz de Mopox, seres casi míticos que se diferenciaban de los simples mortales por una partícula nobiliaria que demarca mundos con más eficacia que una muralla?
Fue el poseedor de una de estas rancias partículas quien nos dejó el mejor testimonio sobre sus iguales en un libro muy valioso, que hoy día apenas si se encuentra en alguna que otra biblioteca importante. Me refiero a Familias cubanas, y a su autor el conde de Jaruco y Mopox, como revela su nombre aristócrata él mismo, y con Grandeza de España, (lo cual significaba pertenecer a una Casa Real), descendiente del infante español don Alonso de Aragón, miembro de una de las más importantes casas reales de la Península, la misma a la que había pertenecido don Fernando, el Rey consorte, quien junto a su esposa Isabel la Católica fundó la nación española.
El conde de Jaruco y Mopox, cuyo padre, don Joaquín de Santa Cruz y Cárdenas, fue considerado en su época como un gran benefactor de Cuba, era gran genealogista de reconocido prestigio. Él dedicó su vida a registrar en nueve tomos la larga lista de apellidos y títulos nobiliarios de la isla, y esos libros son hoy de obligada consulta para cualquier historiador que desee hacerse una idea cabal de esta clase patricia que tan relevante papel desempeñó en nuestra historia nacional.
A esta muy ilustre y acaudalada familia perteneció la archifamosa Mercedes Santa Cruz, la bella y culta condesa de Merlin. Esta dama conoció en la casa de sus padres a brillantes figuras de la intelectualidad española como Quintana, Moratín y Maury, y asegura el poeta y periodista Julián Del Casal en su delicioso libro Crónicas Habaneras, que en la mansión que dicha familia poseía en España expuso el pintor Francisco de Goya sus más célebres cuadros. Y hay que tener en cuenta que Goya mereció el título de Pintor de Cámara del Rey, lo cual nos da una idea bastante aproximada de la alta estima en que esta familia Jaruco era tenida por la Corte de Madrid.
Cuando la joven Mercedes contrajo matrimonio con el general francés conde de Merlin y se instaló en París, su salón estuvo siempre frecuentado por lo más selecto del mundo parisiense, y se contaba entre los cinco salones más distinguidos, refinados y codiciados de la capital francesa, centro espiritual de la cultura europea de entonces, y quizá pueda afirmarse que de todos los tiempos, quedando ubicado en relevancia nada menos que entre los de la emperatriz Josefina, la baronesa de Stael, la actriz Montant y el barón Gerard. No me parece necesario mencionar aquí los méritos literarios de la condesa, son sobradamente reconocidos.
Pero si bien el libro genealógico de Jaruco y Mopox nos presenta a todos los miembros de esa aristocracia criolla, perfectamente clasificados no sólo por apellidos, sino por primeras, segundas y hasta terceras líneas de descendencia, es el poeta y periodista Julián del Casal, magnífico cronista de su época, quien en el libro ya mencionado anima para el lector actual en imágenes muy vívidas y pintorescas a aquella clase elegante, refinada, y de formación esencialmente europea, en cuyas manos enjoyadas estuvieron por mucho tiempo los destinos económicos y culturales de Cuba.
En sus páginas conoceremos, por ejemplo, a la condesa de Fernandina, a quien Julián del Casal vio por primera vez durante una representación teatral de Sarah Bernhardt en La Habana, quedando muy impresionado al saber que un día, en Londres, ella gastó veinticinco mil pesos en la compra de una pareja de caballos porque quería rivalizar con el príncipe de Gales. Se cuenta que era tan hermosa que una noche, al verla entrar en una fiesta en Las Tullerías, el emperador Napoleón III se arrojó a sus pies exclamando entre conmovido y deslumbrado: Saludo a la mujer más hermosa de las Américas. Y no hay que olvidar que la española Eugenia de Montijo, esposa de aquel descendiente del Gran Corso, pasaba entonces por ser una de las mujeres más bellas de Europa.
O al marqués de Santa Lucía, uno de los supervivientes de las guerras de independencia, a quien califica Julián del Casal como el más demócrata de los aristócratas o el más aristócrata de los demócratas. El marqués de Santa Lucía sacrificó su patrimonio por la causa de la libertad de Cuba, y llegó a ser Presidente de la Cámara de Representantes de la República en Armas. Su esposa Ciriaca Cisneros, acompañada por sus dos hijas, también se lanzó a la manigua a luchar por la libertad, y alguien escribió de ellas que las tres anduvieron durante un año por el escenario de la guerra, envueltas en miserables harapos, asordadas por el estruendo de las balas, ennegrecidas por el humo, enardeciendo a los valientes y llorando sobre los despojos de los muertos (…). Sufrieron incontables privaciones y todo buen cubano debe venerarlas, asegura Casal con fervor, para contar de inmediato cómo doña Ciríaca tuvo la valentía de presenciar la ejecución de su esposo, quine había caído prisionero de los españoles.
Hay que añadir que esta familia de Santa Lucía se arruinó durante la guerra, pero más tarde pudo rehacer su fortuna y contribuyó generosamente al establecimiento del gran ferrocarril central de Puerto Príncipe y a la reconstrucción de esa tierra. Otros acaudalados patricios criollos como Miguel Aldama y Miguel de Embil, y muchos más, aunque no eran poseedores de títulos nobiliarios, también pagaron con la ruina de sus posesiones su adhesión a la causa libertaria, y no tuvieron la suerte de recuperar lo perdido, de lo que, por otra parte, jamás se quejaron aunque murieron pobres y olvidados en el exilio. Por lo menos la Historia no recoge ninguna muestra de su arrepentimiento, si es que alguna vez su amor por la libertad de Cuba les permitió experimentar semejante aflicción.
También menciona Julián del Casal al marqués de la Real Proclamación, quien como la mayor parte de los miembros de su familia, se ha distinguido por su acendrado patriotismo. Durante las épocas más temibles de la política (…) el marqués no dejó de poner su firma al pie de los mensajes que se dirigían al gobierno pidiendo reformas en sentido liberal.
O el marqués de Lagunillas, erudito a quien debemos hoy la colección de antigüedades griegas que todo el pueblo puede visitar y disfrutar en las salas de Arte Antiguo del Museo Nacional de Bellas Artes.
O el conde de Casa Barreto y marqués del Almendares, quien se dedicaba sólo a la agricultura. Casal lo describe como un individuo que prefiere la gloria de tener dinero a ostentar sus blasones. Debía caerle muy mal al poeta, porque éste lo caracteriza como un rudo hombre de campo, al tiempo que recuerda con sarcasmo su prole numerosa y asegura que su casa es la de peor gusto que ha conocido. Este aristócrata desciende de aquel otro Barreto de siniestra memoria, célebre por las extravagantes crueldades a las que sometía a sus esclavos, por su vida sexual desordenada y lasciva, y su maldad tan grande que la sociedad de su época lo consideraba endemoniado, si no Satán en persona descendido a la Tierra.
De este conde Barreto ha quedado en la memoria el hecho de que sus contemporáneos le temían tanto al creerlo diabólicamente poseído, que cuando murió fue velado solo por un puñado de sus esclavos en su casona junto al Almendares, una noche de tormenta en la que hubo grande inundación. A la mañana siguiente, cuando un mísero cortejo conducía el ataúd para ser enterrado, llamó la atención el peso del mismo, y al abrírsele se le encontró lleno de guijarros negros. El destino del cadáver jamás fue conocido.
Gracias al libro Familias de Cuba, del conde de Jaruco y Mopox, hemos logrado hallar un dato interesante: la noble ascendencia de Catalina Lasa del Río, una de las más bellas damas de la sociedad habanera, casada con Pedro Estévez Abreu, único hijo de la patriota villaclareña Marta Abréu. Catalina Lasa, quien protagonizó uno de los más despampanantes y revolucionarios episodios de amor de nuestra historia nacional, era miembro de la tercera línea descendiente de la casa Solar de Lasa, natural de la villa de Astigarreta, Guipúzcoa, País Vasco. En aquellos lares sus antepasados ostentaron el título de Hijosdalgos de dicha villa, otorgado en 1792 por la Corona de España. Esta señora de célebre belleza fue la primera mujer cubana que obtuvo una dispensa papal para disolver su primer matrimonio y contraer, según las leyes francesas, segundas nupcias con el millonario sacarócrata matancero Juan de Pedro Baró, quien era, por cierto, tercer marqués de Santa Rita y tercer vizconde de Canet de Mar, títulos de Castilla comprados a la Corona por su abuelo José Baró Blanxard, connotado negrero catalán, con la fortuna que hizo en Cuba como uno de nuestros más importantes tratantes de esclavos, lo cual constituye un caso típico de aristocracia indiana.
Hubo también muchos visitantes extranjeros, menos sospechosos de complacencia, que nos legaron descripciones valiosas de estos grandes señores del azúcar y el tabaco, dueños de pingues fortunas, dominios vastos como países y un sin igual amor por la cultura y la intensidad de la vida. Leyendo sus memorias podemos vislumbrar que la aristocracia colonial cubana fue una clase variopinta donde hubo de todo tipo de ejemplares, pero en general, marcados por el común denominador de la distinción, la magnificencia y una exquisita educación.
Lo cierto sobre la aristocracia cubana colonial es que a esta isla caribeña que tanto deslumbró a Colón fueron trasplantados numerosos títulos de nobleza, y no sólo españoles, sino también franceses, alemanes, italianos y algún que otro austríaco, y hasta varios concedidos por El Vaticano con carácter vitalicio. Y que quienes los ostentaron fueron personas en su mayoría bien instruidas y en no pocos casos verdaderamente cultas, que gustaban vivir en París con gran fausto, siendo siempre muy bien recibidas en los salones aristocráticos de las capitales europeas, tan exigentes en cuanto a reconocer pureza de sangre y blasones, y que, en casi todos los casos, hicieron con su dinero importantes contribuciones a sectores nacionales como la economía, la educación, la arquitectura, el transporte y las industrias del tabaco y el azúcar, bases sobre las cuales descansaba entonces el desarrollo del país.
En cuanto a la compra-venta de títulos y escudos de nobleza, hay que decir que fue una verdadera fiebre que se desató entre todos aquellos ciudadanos que disponían de algún peculio significativo. Cecilia Valdés, nuestra primera novela nacional, muestra los muchos afanes que traían a mal traer a don Cándido Gamboa, padre de Leonardo y Cecilia, quien soñaba día y noche con obtener el título de marqués de Casa Gamboa, conseguido al fin a cambio de muchos doblones salidos de su tacaña bolsa.
Pero no todo el que quiso comprarse un título lo consiguió, aunque tuviera dinero a montones. La Corona española ponía como requisito esencial que el aspirante al título tuviera en su haber un determinado grupo de obras realizadas en bien público y del país. Recordemos el título que esa misma Corona quiso otorgar a la patriota Marta Abréu por las muchísimas obras benéficas que ella llevó a cabo para el desarrollo de su villa natal, y que La Venerable, como era llamada por sus coterráneos, rechazó por fidelidad a la causa de Cuba y por su proverbial modestia personal.
Aunque, por supuesto, no hay que descartar el poder de don Dinero, que lo tiene siempre y en todos los casos y causas, por más imposibles que parezcan. Sin embargo, como consigna la investigadora María Teresa Cornide en su obra De La Habana, de siglos y de familias, grupos familiares tan poderosos como los Sotolongo, fundadores y líderes locales por más de tres siglos, y los O'Farrill, verdaderos protagonistas y empresarios exitosos del auge azucarero, jamás lograron ser agraciados con la concesión del tan anhelado título de nobleza.
¿Y qué fue de nuestros patricios? ¿Qué destino tuvieron como clase social?
Sería interesante conocer el punto de vista que Julián del Casal, hombre de la época y, contemporáneo de aquellos aristócratas hoy desaparecidos, tiene sobre el colapso que provocó su extinción:
La lista de antiguos nobles cubanos, que es tan larga como la de los archiduques de Austria, va disminuyendo de día en día. Algunos herederos (...) han dejado caducar sus títulos. Otros varios (...) viven hace tiempo oscurecidos (...). La antigua nobleza de Cuba, compuesta de familias cubanas, está condenada desde hace algún tiempo, ya por su posición social, ya por razones políticas, a ver elevarse al lado suyo, otra nueva nobleza formada por ricos burgueses sin más títulos que los de sus fortunas. Como las palmeras de nuestros fértiles campos (...) ven levantarse rápidamente a la sombra de sus penachos verdes innumerables yerbas parásitas, trasplantadas de otros climas por el viento tempestuoso de las altas regiones..
Aunque no conocía el marxismo, la lucidez de Julián del Casal le permitió percibir cómo las secuelas ruinosas de las guerras de independencia y la intervención de los Estados Unidos en los asuntos de Cuba fueron decisivas para activar el mecanismo histórico de la sustitución de una clase social por otra. Las yerbas parásitas trasplantadas a Cuba por los vientos de las altas regiones no son otras que los grupos de especuladores y comerciantes de orígenes oscuros quienes, colgados de los faldones de la levita interventora del americano, amasaron en tiempo record cuantiosas fortunas, las cuales luego dedicaron a rodearse de lujo y boato y ostentación como soportes para sus pretensiones de hacer carrera política.
Como un eco trágico de las palabras de Julián del Casal, Tomas Ely cuenta en su libro Cuando reinaba su majestad el Azúcar cómo durante los viajes que realizó a la isla con el fin de buscar material para su obra, se encontró con descendientes de muchas familias de brillante prosapia viviendo absolutamente empobrecidos en barrios marginales, alcoholizados, degenerados y ya sin rastro de su noble condición. Ely afirma que la propensión que sentían muchos patricios criollos de gastar rápidamente sus herencias en una vida de boato y festejos interminables dio al traste con aquellas fortunas inmensas amasadas en el plazo de una generación y dilapidadas en pocos años por descendientes vanidosos e irresponsables, quienes además de derrochar a manos llenas sus doblones, ponían sus bienes en manos de administradores inescrupulosos y se negaban a atender personalmente sus negocios y propiedades, arrastrados por un vértigo insaciable de placeres que los exprimía y aniquilaba como el trapiche a la caña dejándola convertida en vil bagazo. No de balde surgió aquel refrán que reza con cáustico humor criollo: padre negrero, hijo millonario, nieto pordiosero.
También es interesante citar lo que sobre el tema de la desaparición de nuestra aristocracia escribe Carlos del Toro en su obra ya citada, cuando dice:
Con el establecimiento de la República neocolonial no desapareció la aristocracia nobiliaria en Cuba. A pesar de los fallecimientos de titulares nobiliarios sin hijos o cuyos herederos renunciaron o no reclamaron la categoría, así como el traspaso de esta a ciudadanos de otra nacionalidad (española principalmente), o la fijación de la residencia permanente de algunos nobles cubanos en el extranjero, se mantuvo la supervivencia de una elite aristocrática. Su membresía la integraron ciertos descendientes de la vieja burguesía colonial y de la nueva generación de capitalistas republicanos.
Pero ya en la década de los cincuenta, concretamente en 1953, aparecen registrados por Del Toro los últimos aristócratas vivos con residencia en la capital habanera. Fueron ellos José Baró Erdman, IV vizconde de Canet de Mar y marqués de Santa Rita, José María Chacón y Calvo de La Puerta, VI conde de Casa Bayona, Joaquín Gumá Herrera, VII marqués de Casa Calvo, y Rodolfo Peñalver Hernández, VI conde de San Fernando. Absorbidos por una voraz dinámica social, los aristócratas cubanos murieron sin descendencia, emigraron o se diluyeron en la pleamar de una emergente burguesía portadora de los valores del american way of life.

03/11/2009 GMT 1

PARA SANDRA, DE BUENOS AIRES

hijadelaire @ 03:44

Holaaaaaaaa, querida, qué bueno encontrarte. Ya estoy otra vez en mi dirección personal, escríbeme, Sandrita, tenemos cosas que contarnos. Te deseo lo mejor del mundo.
Besos muchísimos

29/10/2009 GMT 1

LA SOCIEDAD ECONÓMICA DE AMIGOS DEL PAÍS

hijadelaire @ 18:32

La Sociedad Económica de Amigos del País es ese edificio imponente que está en la avenida Carlos Tercero, y que la población más joven sabe que radica el Instituto de Literatura y Lingüística, con una de las más completas bibliotecas sobre tema cubano que existen en el país. Fue fundada el 9 de enero de 1793 por hacendados criollos. Entre sus miembros se encontraban los más relevantes nombres de la industria azucarera, la ciencia y la cultura de la época: Arango y Parreño, Tomás Romay, Félix Varela, José de la Luz y Caballero, Álvaro Reinoso y muchos otros próceres.

Los patricios cubanos, influidos por los aires de la Ilustración y con la autorización de la Corona Española, fundaron esta institución que en sus inicios se llamó Real Sociedad Económica de Amigos del País. Su aparición estuvo muy vinculada a las primeras manifestaciones del nacimiento de la nacionalidad cubana. Las enormes fortunas de muchos de sus fundadores y miembros, amén del prestigio social de todos sus integrantes la convirtieron desde el primer momento en un organismo poderoso que trabajó sin descanso para el fomento económico de Cuba.. Su más notable resultado fue
el extraordinario impulso que dio al desarrollo de la industria azucarera, principal renglón de la economía de la época. Gracias a los esfuerzos de la Sociedad se produjo una auténtica revolución económica con la importación de los últimos avances tecnológicos en la industria, la agricultura, el transporte, la ciencia y la técnica.

Otros de sus más grandes logros tuvieron lugar en el campo de la educación y en la construcción del primer tramo de ferrocarril, Habana-Guines, con el que Cuba debutó en ese campo antes que España y fue el quinto país del mundo en poseer el nuevo medio de transportación.

La Sociedad impulsó la creación del primer periódico cubano, la primera cátedra universitaria de Química, la Academia de Pintura y Música de San Alejandro, la primera biblioteca pública entre otros adelantos. Pero los especialistas coinciden en afirmar que en este campo su mayor logro fue la creación de la primera cátedra de Economía Política en 1819, lo que ciertamente constituyó un avance precoz para aquellos tiempos.

Los extraordinarios frutos del trabajo de la Sociedad en todos los territorios del Saber serían demasiado extensos para referirse a ellos en este necesariamente breve espacio, pero baste decir que la historia de Cuba, en todos los órdenes, tiene contraída una enorme deuda con esta institución, y que sin ella es muy probable que no hubiera sido nunca la que fue.

Después de la Intervención de los Estados Unidos en nuestro país, la Sociedad Económica de Amigos del País continuó su intensa labor de mejoramiento y las ciencias sociales asumieron en su recinto un papel de vanguardia, en lo económico como en lo cultural, para enfrentar la situación política.

El edificio que es hoy la sede del Instituto de Literatura y Lingüística, más conocido entre nosotros por sus siglas SITMA, guarda como joya preciosa la biblioteca Fernando Ortiz, primera que se organizó en Cuba con carácter público en 1793. Actualmente tiene un fondo bibliográfico que rebasa el millón de documentos. Contiene incunables anteriores a 1500 más de dos mil ejemplares raros y valiosos a partir del siglo XV hasta nuestros días, una valiosa colección de literatura gallega, una colección bastante completa de la prensa cubana entre los siglos XVIII y XIX, y los archivos y papelería de personalidades destacadas de la cultura cubana, entre ellos los del insigne don Fernando Ortiz, Jorge Mañach y la familia Henríquez Ureña. También se guardan en sus bóvedas las Actas correspondientes a la institución con asuntos referentes a la historia, la economía y la política cubanas que abarcan siglos.

LA DULCE CASA DE LA NATILLA ¡PASEN Y PRUEBEN! NO ESTÁ PROHIBIDO CHUPARSE EL DEDO...

hijadelaire @ 18:31

Por Gina Picart

Desde tiempo inmemorial a los cubanos nos encantan los dulces hechos con huevo, ya sea solo o con leche, o con cuanta cosa se nos ocurra mezclarlo. Es una vieja tradición de la cocina cubana heredada de la española. Una natillla, unas torrejitas, pudines y flanes, y el increíble boniatillo criollo con leche y huevo son regalos para el paladar y también para el alma, pues cuando se sirven en la mesa en unos agradables pozuelitos, espolvoreados con canela y bien fríos, no hay disgusto que sobreviva ni sonrisa de alegría que no aflore de solo verlos frente a nosotros sobre el mantel.

Por eso uno de mis lugares preferidos en la calle del Obispo es la Casa de la Natilla, donde por un precio muy módico y en un ambiente de bodegón colonial se pueden saborear estas maravillas exquisitas, ya sea en el interior umbroso del local, sentado el comelón en bancos y mesas de madera a la usanza colonial, o en el exterior bajo sombrillas rayadas que protegen del sol a los golosos. Usted devora plácidamente su postre mientras escucha la música de los tríos que amenizan el ágape en el vecino restaurante de comida árabe La Mina, o contempla el bullicioso paso de la troupe de banqueros que recorre el Casco Histórico envuelta en sus atuendos de colores y acompañada por su estribillo de corneta china.

Como no soy egoísta y una de las cosas que más me gusta compartir es la mesa, dejo aquí un par de recetas, convencida de que si nunca han probado estas delicias, se chuparán los dedos con ellas.

TORREJAS EN ALMÍBAR

600 gramos de pan de flauta
Dos huevos
500 mililitros de leche
Dos gramos de canela en rama
Cien mililitros de vino seco
Dos gramos de canela en polvo
300 mililitros de aceite para freír
300 mililitros de almíbar
Pizca de sal

Disponga el pan de flauta, que no esté tostado y de un grosos parejo, el huevo batido, la leche hervida con la canela en rama. Tenga dispuestos los demás ingredientes. Corte el pan en rebanadas sin quitarle la corteza. Remójelas bien con la leche y rocíeles el vino seco. Espolvoree la canela y escúrralas sin que se rompan y páselas por huevo batido. Fríalas en aceite caliente y escúrrales la grasa sobre un colador. Colóquelas en una fuente, rocíeles el almíbar por encima, déjelas refrescar y póngalas en frío de conservación hasta el momento de servirlas en platillos para postres, acompañadas de una pequeña cantidad de almíbar. Da para ocho raciones.

ARROZ CON LECHE CONDE

175 gr de arroz
2 huevos
900 ml de leche frescaç120 gm de azúcar refino
1 cucharada de miel
1 cucharadita de vainilla
1 gr de sal
50 gr de mantequilla

Limpie el arroz y blanquéelo en agua caliente durante 3 minutos. Enjuáguelo y escúrralo. Rompa los huevos y separe las yemas. Tenga dispuesto el resto de los ingredientes. Una vez escurrido el arroz viértalo en una cazuela de fondo grueso e incorpórele la leche, el azúcar, la vainilla y la sal. Revuélvalo, tápelo e introdúzcalo en horno a 250 grados por 25 minutos. Extráigalo de horno y, mientras esté caliente, agréguele las yemas de huevo y la mantequilla, revolviendo con precaución para lograr una mezcla homogénea y evitar la ruptura de los granos. Da para diez raciones.

Eswpero sonceramente que disfruten estos manjares de la cocina cubana, aunque no puedan comentármelo desde una mesa vecina a la mía en La Casa del Huevo.

HISTORIA DEL MUSEO NACIONAL DE ARTES DECORATIVAS DE LA HABANA

hijadelaire @ 18:28

Por Gina Picart

El famoso palacete que se construyó la condesa María Luisa Gómez Mena, hoy sede del Museo Nacional de Artes Decorativas, es uno de los edificios más hermosos, lujosos y mejor conservados de la capital cubana.

María Luisa, casada por conveniencia con el ciudadano español Agapito Cajigas, conde de Revilla de Camargo, hizo de esta boda la feliz comunión de fortuna y título de nobleza, a la que ella, además, aportó su exuberante personalidad. Fue una de las damas criollas más conocidas por su ostentación y sus caprichos, pero también por el fasto de su vida social.

La mansión fue construida entre los años 1924 y 1927. Su diseño, inicialmente encargado a una casa francesa, y que terminó en manos de dos arquitectos cubanos, se proponía reproducir el de un palacio francés del siglo XVIII, pero acabó siendo una muestra más de arquitectura ecléctica. No fue un fenómeno aislado, sino enmarcado dentro de una época en que El Vedado comenzaba a levantarse como una urbanización que no tardaría en alcanzar su esplendor. Por esa misma fecha, más o menos, en la calle Paseo construía el riquísimo hacendado Juan de Pedro Baró la extraordinaria residencia que obsequió a su esposa Catalina Lasa del Río, quien dicho sea de paso, tenía una enconada rivalidad con María Luisa, aunque quién sabe si haya sido al revés, pues mientras Catalina era una de las mujeres más bellas de Cuba, la Gómez Mena no era reputada por agraciada; y mientras la primera era reconocida por su exquisito gusto, educado en París, la segunda no se distinguía por la misma virtud, y cuentan sus contemporáneos que sus compras eran batiburrillos que solo su dinero salvó de ser ridículas. Se cuenta que en cierta ocasión, Catalina, para mortificar a María Luisa, se apareció en una fiesta muy importante luciendo un vestido esplendoroso cuyo modelo había hecho copiar subrepticiamente del ropero de su enemiga, quien lo había comprado en París como exclusivo y pagando por él una verdadera fortuna. Cuenta la leyenda que mientras María Luisa era retirada del sarao con un ataque de histeria, Catalina se paseaba por los salones, sonriente y serena, saludando a todos los presentes.

Como la mansión de Catalina había comenzado a ser construida en 1922 con aquellas arenas traídas del Nilo, su cristalería diseñada por Lalique y tantos otros refinamientos que de sobra conocemos los habaneros, y que han hecho de su casa una joya de la arquitectura nacional, no hay que descartar que ello haya sido decisivo en la carrera hacia el boato y la extravagancia que primó en la construcción de la casa de su rival. María Luisa obligó a su esposo a comprar para el palacete mármoles de Carrara, y baldosas y adoquines belgas para los exteriores. Las puertas, de costosísimas maderas preciosas cubanas, fueron talladas en París. Como la casa de catalina, también el palacete de María Luisa fue concebido para pocas personas. U salón principal reproduce la sala del castillo de Zeus, en Francia, y en el comedor hizo poner unos bronces que pertenecieron a un castillo francés del Siglo de las Luces. Para embellecer los alrededores de su casa, María Luisa encargó los maravillosos jardines de Las Estaciones y de La Noche, poblados por hermosas esculturas que impactan al visitante. Y se dice que el cuarto de baño descrito por Carpentier en una de sus más célebres novelas, copia exacta del interior de un templo antiguo, es nada más y nada menos que el baño privado de María Luisa, un exponente de la más desbordada fantasía criolla y su gusto por las culturas de la Antigüedad, en el que se utilizaron plata, cristal, porcelana,, opalinas francesas, y cristales de Bohemia y de Lalique.

Actualmente el museo conserva en sus almacenes y salas de exposición más de 33 mil piezas de arte, aunque no todas pertenecieron a su dueña. María Luisa abandonó la isla en los albores del triunfo revolucionario y se cree que murió en España en 1965. Luego de su salida de la isla, en 1963 el edificio pasó a ser propiedad del Estado y un año más tarde se inauguró la institución. Desde esa fecha han ingresado en sus fondos muchas obras de arte por concepto de compras, donaciones y herencias.

El fuerte del museo no es la pintura, sino las artes decorativas. En sus espléndidos salones pueden apreciarse obras artísticas de magnífica calidad que llevan las marcas de Sévres, París, Chantilly, Limoges, Derby, Chelsea, Worcester y otras de igual relevancia. Entre el mobiliario se pueden reconocer los estilos de los más famosos diseñadores de muebles de la vieja Europa, entre ellos Chippendale, Gallé y Simoneau. La muestra de orfebrería es exquisita y variada.

Hay salones Rococó, Art Nouveau y Art Deco, y en el salón de Lacas Orientales se pueden admirar colecciones de piezas valiosas procedentes de varios países asiáticos, entre las que destacan una colección de biombos chinos de los siglos XVII, XVIII Y XIX , originarios de la provincia de Chiansí, todos de gran belleza. La decoración del comedor está inspirada en el estilo Regencia. Todas sus paredes están revestidas de mármoles italianos y e sus esquinas se pueden apreciar trofeos de bronce mercuriado con alegorías de atributos propios de su época. En el suelo de este salón se exhiben dos tapices de Abusson, del siglo XVIII y un reloj de Caffieri, cuya maquinaria fue elaborada por Martinot, relojero del rey francés Luis XV.

Es en el salón Neoclásico donde se encuentra, entre otras piezas muy hermosas, la célebre cómoda que perteneció a la reina María Antonieta, y un secretaire que esta poseía en el palacio de Versalles.

El Salón Oriental exhibe un decorado de paneles laqueados con escenas de chinerías. En ella hay piezas de China y Japón y otros países de continente asiático; una alfombra persa del XVIII, un escritorio japonés de madera de cerezo tallado con motivos vegetales, que data del XIX, y dos peceras de gres vidriado con motivos florales de la dinastía Ming.

A juzgar por los sorprendentes hallazgos de varias obras de arte, cuya ubicación permite suponer que fueron ocultadas intencionalmente, parece ser que en el momento en que María Luisa salió de Cuba no pensó que perdería definitivamente su patrimonio. Las primeras piezas, valiosas muestras de artes decorativas, fueron halladas empotradas en una pared de los sótanos del edificio. En el 2003, en medio de reparaciones que se le practicaban al edificio para su conservación, fueron encontrados cinco valiosos óleos pertenecientes a la escuela francesa del siglo XVIII. Carecen de firma, como era usual en la época en que fueron pintados, son paisajes se supone que fueron adquiridos en subastas europeas.

Una visita al Museo Nacional de Artes Decorativas da una idea muy clara de cómo vivían la poderosa aristocracia y la clase alta de Cuba, imbuidas del boato y el ansia de grandeza que habían incubado durante los largos siglos de coloniaje, en que el férreo dominio de la Corona española les negó todo protagonismo político dejándoles, en cambio, la posibilidad de restañar su soberbia viviendo como príncipes, rodeados de un lujo exacerbado que en la mayoría de los casos corrió parejo con la sensibilidad y la elegancia de quienes lo desplegaron.

EL VINO SALVÓ A LA HABANA

hijadelaire @ 18:26

Por Gina Picart

El vino ha sido considerado a través de los tiempos como una bebida salvadora de la humanidad. Claro está, además de placentera, y no han faltado religiones, instituciones, leyes e individuos que también la hayan satanizado. Se sabe que contiene los ocho aminoácidos esenciales para la vida, que es un gran digestivo, que cura catarros y otras enfermedades y que es un increíble reconstituyente para los estados de convalecencia.

La Cuba colonial, que no fue nunca muy dada al alcohol, no lo fue tampoco al vino, aunque en las cenas familiares de sociedad se solía acompañar con una copita las comidas, y en los mesones donde acudía el pueblo llano se despachaba sin cortapisas, especialmente en las tabernas cercanas al puerto. Resabe que algunas familias conservaban caldos potentísimos en sus bodegas, pero solo los usaban para aliviar a los enfermos, y en dosis de cucharadas muy bien medidas.

Sin embargo, en una ocasión el vino salvó a la ciudad de La Habana.

Importantísimo puerto de mar y capital de la codiciada Perla de las Antillas, la tierra más hermosa que ojos humanos han visto, La Habana era presa constante de piratas, filibusteros y corsarios, ya que además de sus ventajas intrínsecas como enclave comercial, era punto de reabastecimiento y descarga de la flota de Indias. Se hacía, pues, necesario fortificarla y la Corona de España destinó desde muy temprano enormes sumas para tal fin.

En 1589 el ingeniero Juan Bautista Antonelli colocó la primera piedra en las obras del castillo de Los Tres Reyes del Morro, pero tres años después, producto de los malos manejos administrativos de los fondos aportados por España para esta construcción (sin excluir el robo disimulado de los doblones y de no pocos materiales), se terminó el presupuesto y Antonelli y sus cuadrillas de albañiles se vieron de repente a pie de obra y clamando al cielo.

Corría el año de 1591, siendo entonces Capitán General de la isla el señor Maldonado. Pensando y pensando, se le ocurrió enfrentar la situación del Morro cobrando un impuesto sobre el vino que se vendía en todas las tabernas que en ese entonces existían en la ciudad. Si se piensa en la condición de puerto de mar de la capital de Cuba, y de que solo en la línea del puerto marinos de todas partes bebían como condenados día y noche mientras sus naos permanecían fondeadas, hay que calcular que lo recaudado no era poco y la medida fue sabia. Un solo dato bastaría para sustentarla: había entonces en La Habana más de ¡ochenta tabernas!*, en un país cuya población total era escacísima. Ello prueba que aunque las clases altas no fueran adictas al alcohol y los marinos foráneos bebieran mucho, el pueblo llano de La Habana se las había muy bien con Baco.

Fue así como el venerable Antonelli, el Capitán General Maldonado, La Habana, la isla de Cuba y todo el imperio español contrajeron una impagable deuda con los adictos al fruto de la vid y los angelicales taberneros que pagaron sis chistar lo reclamado para tan buena obra.

*Si alguien quiere protestar por esta cifra, que se dirija a Héctor Zumbado, de quien tomé la información. Soy inocente de cualquier hipérbole.

25/10/2009 GMT 1

EL EFECTO REALIDAD

hijadelaire @ 14:41

Que me perdonen los propietarios de este material que reproduzco sobre el efecto realidad, pero me ha parecido tan interesante...

INSCRIPCIÓN N°: 256

Colegio Rafael Sanhueza Lizardi
Texto Leído Profesor responsable Equipo de alumnos Número de Palabras :::: “FICCIONES”, Jorge Luis BorgesMarcos Morong Reyes Samuel Gutierrez, Carlos Rivas, Hugo Zúñiga 1.349

EL EFECTO REALIDAD

Quizás admitimos como una verdad absoluta nuestra realidad contingente, pero ¿Quién nos dice que así es?. Supongamos que esta “real” realidad no fuera tal, que fuera una invención de alguien con el fin de mantenernos trabajando como esclavos, como los seres humanos “inteligentes” que nos creemos, ¿Qué sabemos si lo nuestro es verídico, si no es una vil ficción, un mundo inverosímil plasmado de realidades paralelas, de vidas repetidas e historias sin vida?. La verdad, no sé si me interese este tema. Escribo por escribir, por el gusto, por la descarga, por la emoción, por las guerras, el hambre, la pobreza, la miseria, la mentira, el genocidio, la tortura, la felicidad y también la vida. Porque sea o no una ficción, la sentimos, la tocamos, la palpamos, la disfrutamos; en fin, la vivimos. No me interesa la verosimilitud de la vida, la realidad es mental. En este sentido, tal como Borges la describe, la realidad no es más que una ficción. Quién decide lo real, es el tema secundario, si vivimos una realidad, quién lo sabe, si en realidad nadie sabe para qué vivimos. Los reales, nosotros, los que vivimos una supuesta vida normal, no sabemos nada. Respetaría más a un loco que claramente afirma que no sabe qué hace parado en sus dos pies, que a quien me dice que tiene sus metas claras en la vida. Por qué la verdad, es que no hay verdad. Si no hay verdad, ni hay realidad, ¿Existirá realmente algo? No, señores, nada existe, todo es relativo, cuestionable e intransferible. Se criticará mucho esta postura seudo nihilista, pero pensemos, es la real. Pero si digo real, entonces no existe. Le digo, entonces: “postura”, simplemente, y, en este sentido, tiene unas bases no predecibles. Así, lo único real, van a ser los sentimientos, lo que nadie presenta como imprescindible, pero es en el fondo, la única realidad, y es mental y es interna.
Siglos de discusiones terrenales sobre lo existente, adoptaban diversas posiciones tomando como base hechos también terrenales. La esencia de lo imperdurable está en la inmaterialidad, y la mayor inmaterialidad indiscutible y personal es una; el sentimiento. El mayor índice de vida, es un sentimiento. Odio, rencor, felicidad, egoísmo, terror, alegría, felicidad, pasión, caridad, decepción, seducción, etc., y amor. El amor es el afluente de nuestra existencia, la raíz de todas nuestras malditas, impenetrables, inexplicables e ingratas existencias. Sin amor no hay vida, y sin vida no hay realidad. Ahora, como esta realidad es subjetiva, no es real, pero viene de un único sentimiento universal, que es conocido por la mayoría de nosotros. Obtengo así que el fundamento de la realidad está en los sentimientos.
Entonces, este mundo no es más que un vil Tlön , un mundo dentro de otro, creado por nuestras emociones, nosotros mismos, por los “otros”. Si, los otros, los sensibles, los que sienten, los que se emocionan al ver a un perro tiritando, los que lloran cuando les gritan, los que quieren a sus hermanos y piensan en la persona que aman.
Ahora, si buscamos una realidad en nosotros, los que corremos en un auto, los que les gritamos a nuestros amigos, los que nos ponemos escopetas en el cuello y apretamos el gatillo como si fuera un juego. Ahí hay, quizás, realidad. Sí, hay mucha realidad, la realidad actual, la que siembra el odio. Me encuentro entonces con la siguiente paradoja: Si lo real lo crean los sentimientos y el odio es uno de estos, ¿No será lo que crea el odio real también? Sí que lo es, la gente dominada por el odio también es real, la gente dominada por el temor también, y la que le contesta también. Obtenemos entonces otra conclusión, que todo es real, porque todo lo dirigen los sentimientos junto a las emociones.
¿Qué pasará entonces con el mundo actual y real, que es creíble gracias a que tú lo sientes?, ¿Estarán nuestro sentimientos erróneos, nuestros valores transgredidos y cambiados?, ¿A qué se debe la inmoralidad actual?, ¿Será, acaso, una lotería babilónica?, ¿Estará ésta, regida por el azar, y tendremos tan poca suerte de llegar a esta realidad actual, llena de traiciones, demacraciones y estupideces morbosas que nos han hecho llegar hasta aquí?. Que “aquí”, se dirá el lector, en su cómoda silla, en su hermosa habitación, y al lado de la proletaria que está barriendo el excremento del perro. Sí, que “aquí” se dirá esa gente feliz, aunque para mí la felicidad es otra ficción. Quizás no caminó a su escuela por la calle en la mañana, y vio el gentío durmiendo en la calle; no conocerá quizás los campos de concentración, ni las Guerras Mundiales, ni le han apuntado con una pistola en la nuca, ni le han violado a su hija: “ficciona esta realidad Borges”, cambia estos “buenos” acontecimientos, preocúpate de ayudar a tu mundo que se muere de hambre, en vez de estar escribiendo y revisando inútiles ensayos, abre tu mente y tu visión, y quizás entiendas esta estupidez que te escribo.
La realidad, sea realidad o ficción, ¿Qué interesa?. No voy a hacer básicas ni odiosas comparaciones con ella, con un universo, porque sabemos que éste es grande; por favor, no exageremos, no es una biblioteca de Babel . La vida no es más que un jardín de senderos que se bifurcan, no es más que realidades paralelas, no es más que distintas visiones; es una estupidez general, una ficción invertebrada, pero que es necesario vivir. Ahora con pastillas, con bastones y drogas, pero hay que vivirla. Por mi parte, no quiero perderme este espectáculo, ver sus inservibles vidas, que dicen tener sentido, cuando lo único que queremos es destruir el mundo. Soñamos con el amor, pero ahora creo que éste también es una ficción. Este ensayo es quizás una ficción, porque ahora se me ocurre que todo existe, que todo es bello, que amo al mundo, que mi vida es buena, que Borges escribió una genial obra, que el concurso del ensayo es entretenido de realidad, ah! (se me olvidaba), y que amo a alguien pero eso no importa por que nadie lo ve, que llegaré a mi casa en mi Ford, que me atenderá mi sirvienta, que tendremos sexo hasta el amanecer, que luego querré de verdad a alguien, creeré que quizás esto tenía orden, que mi vida de realidad existía...
Abre los ojos, estás solo, tu vida no es buena, suicidémonos en masa, levántate y trabaja, sé otra escoria más de Dios; vive sin pensar, porque eso es lo que todos quieren; no te deprimas, no caigas, sigue adelante, no tengas razones, sé totalitario, no te impresiones, ve la mayoría de muertes y asesinatos que puedas, ponte realmente estúpido, se pesimista, porque no eres nada; te creo en cinco minutos otra mentira igual que tú, que de dónde vienes, qué eres, tener más dinero te hace mejor, no escuches al resto. Ten hartos amigos, ten poquísimos, que con quién compartirás tu vida, tu dinero, tus amores; en fin, nada más discutiremos. Será la vida una ficción o no, no me interesa, que el libro se constituya en dos partes, que sean todos relatos enigmáticos y ficticios, que no haya alcanzado a leer el libro entero, no me interesa, quién fue Borges no me interesa. Lo único que quiero hacer es vivir, no cuestionármela tanto, pero no quiero ser un ente que te haga un ensayo casi como Biblioteca, quiero despertarte, quiero sorprenderte, déjame ser tu conciencia, baila debajo de la lluvia, déjame estar dentro de ti, qué más da, si esta vida no importa, y si te importa, ¿Por qué?, qué sabes de lo que después sigue. Aléjate de tus creencias, te debilitan, ¡¡¡despiértate de la ficción maldito!!!. Te quiero ver libre, pensante, pero no te quiero ver, no quiero ser parte tuya ni interesarme en ti, no sé quién eres, pero también estás leyendo esta porquería. Tírame a la basura, porque no merezco que tus manos estudiosas lean esto, esto no existe, no es, no fue, ni será. Es una vil y desagradable ficción, como tu vida.
¡¡¡Y no me lo discutas!!!

A MARTINE

hijadelaire @ 00:28

Te respondí en Faro Gamoneda, ¿lo has visto...?

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